Oct 011978
 

Jenaro Sánchez Paredes.

Se trata de demostrar -cosa harto difícil, pues para ello he tenido que poner en hilera cronológica toda la bibliografía epigráfica de Coria- que la inscripción III -Lápida cauriense- de mi primer repertorio -Dieciséis inscripciones latinas inéditas de la Vettonia- comenzado a publicar en el diario Extremadura, de Cáceres, el día 21 de enero de 1964, no es inédita como entonces afirmé, sino simplemente una versión correcta de la número 776 del Corpus Inscriptionum Latinarum (OIL.II.) de Hübner, versión la suya casi ilegible por no haberla visto el eximio epigrafista alemán y haberse tenido que valer, exclusivamente, de una única y muy defectuosa copia que alguien, sin duda, debió mandar a don Claudio Constanzo y que éste incluyó en su Colección; pues tal colector no estuvo jamás en Coria, como el mismo manifestó a don Felipe León Guerra, otro insigne epigrafista y anticuario, paisano nuestro. En descargo del copista, anónimo todavía, debemos decir que entonces -postrimerías del siglo XVIII- el epígrafe se encontraba en el paramento exterior de la muralla de Coria, a gran altura y sobre la puerta romana de la Guía.

Como dato curioso podemos añadir que, de las tres versiones o lecturas de esta lápida cauriense (Constanzo?, Hübner, Paredes), las dos últimas han merecido ser incluidas en el nuevo Corpus provincial de inscripciones latinas (Cáceres,1977), de don Ricardo Hurtado de San Antonio; tal vez debido a la equivocación padecida en mi primer repertorio.

Al socaire de este ejemplo y como a modo de moraleja del mismo, el autor quisiera postular la tesis contraria a la sostenida por muchos ilustres epigrafistas, o sea, que no hay copia o lectura mala que cien años dure, siempre y cuando se conserve la piedra o ésta reaparezca; y que no «por no formar sentido» o «no decir nada» -como diría don Felipe León Guerra- hemos de condenar al ostracismo de la imprenta a estas «malas piedras». Lo importante y decisivo es publicar nuestras buenas o malas versiones, pues de lo contrario, algunas inscripciones -como ésta- pasarían por ser inéditas, evitándose de paso los numerosos pisotones que se dan en este campo, en el que, por cierto, el suscritor de estas líneas ha tenido que soportar varios. Lo ideal sería pues, que se publicasen -bien o mal- todas las inscripciones, que se conservasen todas las piedras y que se doctorasen en angelología todos los epigrafistas.