Oct 011993
 

Juan García-Murga Alcántara.

En nuestra área cultural y social mediterránea, y particularmente dentro de ella en la regional extremeña, más que en otras zonas y colectividades o ámbitos geográficos, la calle de nuestras ciudades y pueblos se nos presenta como un núcleo de convivencia, de encuentro y manifestación de civilizaciones: “voy a la calle”, es una expresión que encierra un valor mucho más profundo que el simple hecho de salir de casa, se trata de un programa o forma de vivir la contenida en esta sencilla frase: se diría que el recinto doméstico se prolonga de puertas afuera del reducido lugar donde vivimos.

Nuestra sociedad es abierta, climáticamente receptiva e invitadora al contacto personal; se crea lo que se denomina “ambiente”, palabra de difícil comprensión y definición, y que está marcada en su contenido por las personas que viven y laboran en un determinado lugar: son los seres humanos los que marcan el ambiente, no se puede en ningún caso creer en le determinismo de los lugares: el historiador, por ejemplo; sabe muy bien que para decir que un determinado rincón del mundo imprime carácter, ha de estudiarse el citado lugar generalmente desprovisto de la finalidad primera para la que se concibió, y sin la presencia de los habitantes primitivos que lo hicieron; son los hombres de cada día los que, con la evolución de su pensamiento, que fluye afortunadamente sin fin, dan una interpretación trascendente a los edificios, rincones y ámbitos ahora con frecuencia desiertos o poco o nada utilizados.

La calle de los núcleos donde se desenvuelve nuestra sociedad es, lo repetimos, lugar de encuentro e invitación a la convivencia, la cual puede y debe estar rodeada de valores espirituales y también materiales que sean estéticamente hermosos.

Los recintos urbanos actuales, se les considera como reflejo de épocas pasadas en su trama constructiva o como prefiguración o encuadre de acontecimientos históricos, merecen en muchas ocasiones su custodia, vigilante por nuestra parte, pero sin procurar una mera conservación sino una valoración con criterios actuales, que no pueden pretender una conservación erudita si más: conservar por conservar es un criterio que no debe estar presente nunca en la mente del historiador: esta iniciativa supuestamente conservadora se trata en muchos casos de un costosísimo capricho; ¿y el valor de la simple contemplación estética, sin más?, podríamos preguntarnos; es éste un preciosísimo valor moral, pero su calidad alcanza mayor brillo si se procura orientar la referida contemplación a procurar el perfeccionamiento, en su uso por parte de la comunidad en donde se incruste, del monumento de que se trate.

Todos comprendemos que existen muchas clases de lo que se ha dado en llamar “vida”; los edificios en sí y las obras de arte no son seres vivos, pero participan de esa vida en tanto en cuanto el sentido que les den esas personas que los construyen y habitan; el historiador sabe como pocos que el hombre no hace las cosas sin una finalidad, especialmente aquellas iniciativas que por su tamaño, dificultad de ejecución, importancia, …son obras de y para una colectividad; lo que ocurre es que , partiendo de la base de poseer una mente equilibrada y ágil, ha de tenerse como criterio de la máxima importancia el de la armonía de los elementos de un conjunto arquitectónico o recinto urbano; consideramos este mismo equilibrio armónico, que también exigimos en las arquitecturas actuales, como un valor integrante del patrimonio artístico que se pretende defender; nos sentimos menos vivos si nos rodean obras que parezcan testimonio de la falta de interés estético o cultural de otros seres humanos, especialmente cuanto más cercanos sean a nosotros, en el espacio y el tiempo; el monumento queda de esta forma disminuido en importancia, la pretensión de originalidad se convierte en una muestra de falta de gusto, tan frecuente por otra parte en muchos elementos puestos a nuestro servicio en esta vida excesivamente volcada a lo práctico, utilitario y materialista.

Obviamente la vida moderna no puede desenvolverse a nuestro gusto en los mismos ámbitos urbanos que en épocas pasadas; son diferentes materiales y otras técnicas constructivas, la población es mucho más numerosa y uniformizada, imponiéndose de esta forma criterios en los que prime lo práctico, el sentido de lo colectivo antes que el genio individual; pero, a pesar de todo, los hombres de nuestra época no tienen que pasar a la Historia como aquéllos que perdieron el gusto estético y destruyeron todo lo que merecía la pena conservar en le terreno del arte y del amor por los edificios monumentales; en vez de modernos se nos podría llamar bárbaros, pero en el sentido etimológico de la palabra: extranjeros en el campo de la Cultura.

Oct 011983
 

Juan García-Murga Alcántara.

En nuestra área cultural y social mediterránea, y particularmente dentro de ella en la regional extremeña, más que en otras zonas y colectividades o ámbitos geográficos, la calle de nuestras ciudades y pueblos se nos presenta como un núcleo de convivencia, de encuentro y manifestación de civilizaciones: «voy a la calle», es una expresión que encierra un valor mucho más profundo que el simple hecho de salir de casa, se trata de un programa o forma de vivir la contenida en esta sencilla frase: se diría que el recinto doméstico se prolonga de puertas afuera del reducido lugar donde vivimos.

Nuestra sociedad es abierta, climáticamente receptiva e invitadora al contacto personal; se crea lo que se denomina «ambiente», palabra de difícil comprensión y definición, y que está marcada en su contenido por las personas que viven y laboran en un determinado lugar: son los seres humanos los que marcan el ambiente, no se puede en ningún caso creer en le determinismo de los lugares: el historiador, por ejemplo; sabe muy bien que para decir que un determinado rincón del mundo imprime carácter, ha de estudiarse el citado lugar generalmente desprovisto de la finalidad  primera para la que se concibió, y sin la presencia de los habitantes primitivos que lo hicieron; son los hombres de cada día los que, con la evolución de su pensamiento, que fluye afortunadamente sin fin, dan una interpretación trascendente a los edificios, rincones y ámbitos ahora con frecuencia desiertos o poco o nada utilizados.

La calle de los núcleos donde se desenvuelve nuestra sociedad es, lo repetimos, lugar de encuentro e invitación a la convivencia, la cual puede y debe estar rodeada de valores espirituales y también materiales que sean estéticamente hermosos.

Los recintos urbanos actuales, se les considera como reflejo de épocas pasadas en su trama constructiva o como prefiguración o encuadre de acontecimientos históricos, merecen en muchas ocasiones su custodia, vigilante por nuestra parte, pero sin procurar una mera conservación sino una valoración con criterios actuales, que no pueden pretender una conservación erudita si más: conservar por conservar es un criterio que no debe estar presente nunca en la mente del historiador: esta iniciativa supuestamente conservadora se trata en muchos casos de un costosísimo capricho; ¿y el valor de la simple contemplación estética, sin más?, podríamos preguntarnos; es éste un preciosísimo valor moral, pero su calidad alcanza mayor brillo si se procura orientar la referida contemplación a procurar el perfeccionamiento, en su uso por parte de la comunidad en donde se incruste, del monumento de que se trate.

Todos comprendemos que existen muchas clases de lo que se ha dado en llamar «vida»; los edificios en sí y las obras de arte no son seres vivos, pero participan de esa vida en tanto en cuanto el sentido que les den esas personas que los construyen y habitan; el historiador sabe como pocos que el hombre no hace las cosas sin una finalidad, especialmente aquellas iniciativas que por su tamaño, dificultad de ejecución, importancia,…son obras de y para una colectividad; lo que ocurre es que , partiendo de la base de poseer una mente equilibrada y ágil, ha de tenerse como criterio de la máxima importancia el de la armonía de los elementos de un conjunto arquitectónico o recinto urbano; consideramos este mismo equilibrio armónico, que también exigimos en las arquitecturas actuales, como un valor integrante del patrimonio artístico que se pretende defender; nos sentimos menos vivos si nos rodean obras que parezcan testimonio de la falta de interés estético o cultural de otros seres humanos, especialmente cuanto más cercanos sean a nosotros, en el espacio y el tiempo; el monumento queda de esta forma disminuido en importancia, la pretensión de originalidad se convierte en una muestra de falta de gusto, tan frecuente por otra parte en muchos elementos puestos a nuestro servicio en esta vida excesivamente volcada a lo práctico, utilitario y materialista.

Obviamente la vida moderna no puede desenvolverse a nuestro gusto en los mismos ámbitos urbanos que en épocas pasadas; son diferentes materiales y otras técnicas constructivas, la población es mucho más numerosa y uniformizada, imponiéndose de esta forma criterios en los que prime lo práctico, el sentido de lo colectivo antes que el genio individual; pero, a pesar de todo, los hombres de nuestra época no tienen que pasar a la Historia como aquéllos que perdieron el gusto estético y destruyeron todo lo que merecía la pena conservar en le terreno del arte y del amor por los edificios monumentales; en vez de modernos se nos podría llamar bárbaros, pero en el sentido etimológico de la palabra: extranjeros en el campo de la Cultura.