Oct 011989
 

Francisco Encinas Cerrillo.

Así le define el historiador peruano Rómulo Cúneo-Vidal, al Estandarte con que entraron las tropas del Emperador de España, Carlos V, que man­daba el Adelantado Francisco Pizarro, en el Cuzco, capital del imperio de los Incas, en 1533.

Aquí se recogen sus datos históricos y se propone que Trujillo, cuna de Pizarro, solicite del Mu­nicipio de Caracas, donde se encuentra depositado, una copia del mismo y pueda ondear el 12 de Octubre de 1992 -y años sucesitos en esa fecha- en el Pa­lacio de la Conquista, en la fiesta a la Hispanidad que deberá celebrarse en Trujillo, ciudad «Cuna de la Conquista»

El Concejo Municipal de Caracas conserva las más antiguas re­liquias ligadas a su fundación y emancipación. Entre esos valiosos objetos, se encuentran otros que forman parte del patrimonio nacional, entre los que figura el Estandarte con el que, desplegado, en­traron los castellanos en el Cuzco, capital de los Incas, a las ór­denes de Francisco Pizarro como adelantado de las tropas del Empe­rador español Carlos V, el 16 de noviembre de 1533. “E1 Pendón de la Conquista” le llama el historiador peruano Rómulo Cúneo-Vidal en el capítulo que dedica a este tema, en su obra «Vida del Conquistador del Perú don Francisco Pizarro”. Este pendón o estandarte había sido bendecido en la Iglesia de la Merced de Panamá, el 27 de diciembre de 1530.

Terminada la ocupación de la ciudad de los emperadores azte­cas y la conquista del Perú, Francisco Pizarro determinó depositar aquella noble enseña en la iglesia, que antes había sido Templo del Sol y convertido en templo cristiano, donde permaneció en el olvi­do, pues no vuelve a hablarse de él hasta siglos después, has­ta el mes de enero de 1825 en que el general José Antonio Sucre, vencedor de Ayacucho, le encontró entre otras banderas que habían pertenecido a ciertos batallones realistas españoles, disueltos a raíz de la capitulación del virrey La Serna, al final de aquellas acciones independentistas. El general victorioso, encontró en el Pendón de Pizarro un digno presente con que agasajar a su jefe el general Bolívar, ordenando le fuera remitido quien, posteriormente, le cedió al Municipio de Caracas, datos que han sido recogidos por el académico y escritor venezolano E. Machado en un folleto que ha sido publicado con el titulo de «E1 estandarte de Pizarro. Autenti­cidad de esta valiosa reliquia histórica existente en el Concejo Municipal de Caracas».

En dicho estandarte, permanecen palpitantes el recuerdo de tres generaciones, correspondientes a tres épocas gloriosas, según Car­los Marchante Alonso, al que también seguimos: su pasado indígena, la conquista de América y la emancipación de la familia americana. A las que podíamos agregar una cuarta, que es el reencuentro de esa familia, ligada por lazos de sangre, idioma y religión, que hoy al unísono se preparan para rememorar los vínculos que les une y que saldrán a relucir en el próximo V centenario.

Es curioso que trescientos años después de que entraran las tropas de Francisco Pizarro en el Cuzco, en nombre del emperador de España, entrara el general Sucre, vencedor en Ayacucho, en a­quella histórica capital, como mensajero de la libertad del Perú y de América. Edificios públicos, archivos, material bélico, ban­deras y todo cuanto perteneció al gobierno colonial, fue puesto a su disposición, en señal de agradecimiento del pueblo peruano por los servicios prestados en favor de su independencia. Viendo en el estandarte, que se le dijo que era el de Pizarro, una dignísima o­frenda, le desprendió de su posible condición de despojo de guerra y le remitió a Colombia, a su jefe el Libertador, quien a su vez le puso a disposición de la municipalidad de Caracas. El citado historiador, Cúneo-Vidal, al que seguimos en este escrito, hacía elogiosos comentarios de la gran satisfacción que sintió cuando vio aquella nobilísima reliquia, cuando fue llevada a Lima, por la embajada venezolana, con motivo de las fiestas celebradas en el primer centenario de la victoria de Ayacucho.

 

(Lám. 1. El Pendón de la Conquista, como se conserva en Caracas.)

 

Lo que se conoce como el Estandarte de Pizarro, es un pendón o gonfalón, como los que se usaban en los siglos XV y XVI, que en algunas ciudades se sacaban en las fiestas y solemnidades y de los que eran portadores alguna alta dignidad nacional, de ahí el nombre de gonfaloneros que se les dio a los que tenían el privile­gio de llevar y ondear tan distinguida insignia. Su modalidad y características responden a las que se usó en los estandartes de su clase, a saber: el cuerpo de damasco sobre fondo carmesí, recamadas en plata y oro con las armas reales bajo corona sostenidas por el águila bicéfala entre las dos columnas clásicas, todo ello dentro de una vistosa ornamentación plateresca.

Para describir este Estandarte, hay que remontarse a tiempos pasados, en la época en que se encontraba intacto en el Cuzco, an­tes de que fuera parcialmente mutilado por la mano del hombre y por el tiempo. Nos describen el primer pendón de Pizarro así: “Bordado en rico damasco de color grana, del que no quedan sino peque­ños fragmentos. Le componen dos grandes cuadros, uno por cada ca­ra, formados de arabescos del siglo XV, con medidas de 127 centíme­tros de altura y 115 de ancho, ambos de raso amarillo y blanco, retocados de azul y con bordados en hilo de oro. Uno de estos ara­bescos se conserva casi en su totalidad, mientras que del otro so­lamente quedan algunos retazos. En el centro de uno de los arabes­cos, había un círculo de 80 centímetros de diámetro, en el que es­taban bordadas las armas de Carlos V, en aquellos años de 1533, a saber: el escudo de Castilla (dos leones, dos castillos y la dia­dema imperial), rematado por dos cabezas de águila que llevaban sendas coronillas. Del círculo central se conservan los dos leones y uno de los castillos, como así las dos cabezas de águila, pero la coronilla que tenía la de la izquierda ha desaparecido. Por la otra cara, aparece el patrón de las españas, el apóstol Santiago, jinete en fogoso caballo lanzado a la carrera, espada en alto y en actitud de acometer a las mesnadas agarenas”.

El estandarte que llevó Francisco Pizarro a la conquista del Perú fue hermano, por su hechura y simbolismo, del que el empera­dor Carlos V donó a la imperial villa de Potosí, el cual -según los historiadores- fue el que don Juan de Austria llevó en la flo­ta que combatió y venció en Lepanto.

Cuando el estandarte llega a Caracas en 1826, los odios po­líticos contra España aún no habían desaparecido, hasta el extre­mo de que en la primera fiesta cívica que celebró la capital después de recibir tan valiosa prenda, fue arrastrada por las calles de la ciudad, queriendo demostrar así el odio que conservaban contra sus antiguos mandatarios. De ahí los deterioros causados en el estandarte, que han restado valor a su estado primitivo, in­dependiente sufrido por el paso de los siglos. Dieciocho años más tarde, en 1842, cuando los restos mortales de Bolívar llegaron a su tierra natal, el pendón fue colocado con veneración al pie del mausoleo que Guardaban las cenizas del Libertador. Pasados otros treinta años, este recuerdo histórico de la conquista, fue colo­cado al lado de la enseña oficial de España y escoltado por la bandera venezolana. Y en 1967, con motivo del IV centenario de la fundación de Caracas, 434 años después de la conquista del Cuzco, la prensa venezolana y todos los medios de comunicación de aquella nación, se ocupaban con cantos elogiosos recordando que el pendón de Pizarro era una pieza importante de museo en el Salón de la Presidencia del Concejo Municipal de Caracas, donde se encuen­tra depositado.

Pero hemos de remontarnos al mes de octubre de 1957 en que Trujillo viviría hermosos actos de confraternidad con la nación venezolana, en cuya fecha se conmemoraba el IV centenario de la fundación de la ciudad de Trujillo de Venezuela. Previamente, en junio de 1956, había llegado a nuestra ciudad una comisión diri­gida por el hermano Nectario, de la Doctrina Cristiana, haciendo gestiones ante nuestras autoridades locales para comenzar con los preparatorios de los actos a celebrar. Solicitaban, se les facilitara una copia de las banderas que el fundador del Trujillo venezolano, el trujillano Diego García de Paredes (hijo del que fuera fabuloso personaje del mismo nombre, también nacido en Trujillo, conocido por los sobrenombres de Sansón de Extremadura y Hércules de España, tal era su fuerza) había arrebatado a Lope de Aguirre y que habían sido traídas a Trujillo por su encargo, para que fueran deposi­tadas en la tumba de su padre. Abierta la tumba del Sansón extre­meño, no fueron encontradas dichas banderas, que se creían habían sido depositadas en su interior, hecho que de antemano se presuponía, sino que habían sido colocadas sobre ella, donde habían permanecido hasta 1809, en que fueran destruidas por las tropas de Napoleón cuando la invasión francesa, entre los muchos destro­zos que causaron en nuestra ciudad. A cambio les fue ofrecido el escudo heráldico de la familia Paredes, con gran simbolismo histórico, que existía en la finca Torre de la Coraja, que pertene­ció a la familia, grabado en Granito del berrocal trujillano y labrado en el siglo XV. En octubre de 1957 se celebraron en nues­tro Trujillo importantísimos actos conmemorativos del IV centena­rio de la fundación del Trujillo venezolano, con asistencia de nutrida representación de la diplomacia y de la cultura de aquel país, de la de nuestra nación, de nuestra región, provincia y de nuestra ciudad, sellándose en aquellos actos, cordiales lazos fraternales entre Venezuela y España, especialmente entre los dos Trujillo. Además fueron obsequiados con una estatua de Diego Gar­cía de Paredes, gemela de la que existe en la hornacina de la es­calinata central de nuestro Palacio Municipal, obra y donación desinteresada del gran escultor extremeño Juan de Ávalos. Tras muchos años de alejamiento, volvía a resurgir la cordura con la llamada de la sangre y las dos naciones hermanas se fundían en a­pretado y entrañable abrazo, quedando unidas las dos homónimas ciudades y aunque lejanas en el espacio, quedaron íntimamente li­gadas en el afecto. La estatua del Trujillo venezolano, tenía previamente destinados preciosos jardines donde ser admirado y recordado su titular, pero la que se quedó en nuestra ciudad, aún continúa escondida en su hornacina, deteriorada su escayola, es­perando su transformación en bronce y un espacio más adecuado don­de lucir, bien en nuestra hermosa Plaza Mayor o en la placita de nuestro recinto amurallado que se le dedicó en el homenaje que se le hizo en aquellas fechas, en la que naciera y por la que co­rriera y jugara en su juventud antes de emprender la tarea que le aguardaba en tierras americanas y donde pueda ser conocido por multitud visitante de nuestra ciudad.

Don Carlos Marchante Alonso, en su escrito «El Estandarte de Pizarro», del que hemos obtenido abundante material para el nues­tro, nos dice en elocuente frase:«¡Cuántos contrastes! En la pri­mera de estas épocas todo fue hijo de la pasión; en la segunda, la Gloria de lo pasado que rendía su homenaje a la gloria de lo presente; en la última, la reconciliación de la familia, los re­cuerdos históricos de todas las épocas, sintetizando un mismo origen glorioso y el abrazo fraternal que ahoga todos los resentimientos y confunde todas las glorias… El estandarte de Piza­rro no es un botín de guerra; es un recuerdo de familia, es un orgullo de raza, es una época inmortal, es el símbolo de unión entre dos grandes pueblos de igual origen y comunes glorias». Y termina su bello y elocuente escrito, que reproducimos para conocimiento de todos los trujillanos, por su gran contenido: «Gloria también a Trujillo, cuna del conquistador, donde debía conservarse una reproducción del histórico Estandarte para que en los días solemnes ondease en el balcón principal del palacio de sus descendientes».

Este -y no otro- ha sido el motivo que nos ha animado a traer a estos Coloquios el tema que nos ocupa. Cada vez está más próxima la fecha de un nuevo centenario del Descubrimiento de Amé­rica, con el que nos encontramos plenamente identificados, pues como nacidos en esta tierra, sentimos el compromiso de que su con­memoración alcance el mayor esplendor y relieve, deseando unir la nuestra a otras muchas más voces que se alzarán y se harán escu­char en este sentido, atendiendo la invitación que se nos hace a través de estos Coloquios, por tratarse de hechos históricos so­bre Extremadura y relacionados con Trujillo, ciudad en que se ce­lebran y tanto tuvo que decir en el descubrimiento, colonización y evangelización de aquellas naciones americanas; hechos tan re­levantes que se la cita como: «Vientre egregio que gestó el Nuevo Mundo», «Ciudad de los destinos americanos» y como «Cuna de la Conquista», de excepcional significación, con tanta importancia e influencia en el puente espiritual que se creó entre España y América a partir de 1492.

Y aunque en el escrito que ofrecíamos el año anterior a es­tos Coloquios, que titulábamos «Trujillo ante el V Centenario del Descubrimiento», hacíamos una serie de interesantes peticiones -declaraciones de derechos- para nuestra ciudad en las que nos reiteramos en su plenitud, este tema nos obliga a nuevas sugeren­cias, cuyas peticiones las hacemos llegar a través de este Centro de Iniciativas Turísticas, organizador de estas tareas y el más idóneo para que por su conducto se hagan llegar a nuestra Corpo­ración Municipal y se materialicen en hechos positivos. Propone­mos se gestione del Gobierno de Venezuela -o del Municipio de Ca­racas- una reproducción del Pendón o Estandarte de Pizarro, allí depositado. Que se solicite del Museo del Ejército -o donde proce­da- copias de las espadas de Francisco Pizarro, de las de sus her­manos Hernando, Juan y Gonzalo, de la de Diego García de Paredes -nuestro Sansón de España-, de la de su hijo el fundador del Tru­jillo venezolano, de la del descubridor del río Amazonas Francis­co de Orellana y, en fin, de la de cuantos trujillanos universali­zaron a Trujillo, a España y a América. Solicitar de aquellas na­ciones con ciudades con el nombre de Trujillo, de las que fueran fundaciones por trujillanos o en las que tuvieran una destacada actuación, toda clase de recuerdos de su paso por ellas: banderas, estandartes, corazas, lanzas, trajes de aquella época, libros his­tóricos, ornatos religiosos de arzobispos y obispos trujillanos que ejercieron su ministerio sagrado en aquellas diócesis, etc. con que crear o incrementar el Museo de América en Trujillo.

Consideramos necesario instituir, con un estudio serio y pro­fundo, en nuestra ciudad, a nivel regional, la fiesta de la Hispa­nidad a partir del 12 de Octubre de 1992, de modo permanente, con la presencia de autoridades nacionales y americanas representando a las 20 naciones descubiertas en 1492, las más representativas de nuestra región, provincias y de nuestra ciudad. Celebrar en esa fecha una procesión cívica partiendo de nuestro Palacio Municipal, en vistosa comitiva, en la que formen parte banderas, estandartes, soldados del siglo XV, pajes, espadas, uniformes de época y cuantos recuerdos recibidos de Hispanoamérica merezcan ser incluidos, para dirigirse al Palacio de la Conquista, en nuestra histórica y monumental Plaza Mayor, desde cuyo balcón esquinado sea ondeado el Pendón de la Conquista por la autoridad máxima que presida tan importantes actos, dándole a conocer a la multitud pre­sente, y bajo la mirada del propio Marqués de la Conquista, Francis­co Pizarro, de la de su esposa doña Inés Yupanqui Huaylas, de la hija de ambos Francisca Pizarro Yupanqui (la primer familia hispa­noamericana) y de la del esposo de esta -y tío suyo- Hernando Pi­zarro, cuyos bustos en granito les perpetúa en los intercolumnios del mismo balcón.

Terminados los actos oficiales, banderas, estandartes, espa­das y todos los objetos que han servido para engrandecer la proce­sión cívica, pasarían al Museo de América de Trujillo, donde perma­necerían debidamente custodiados hasta la fiesta del año siguiente, aunque podría ser visitado por los numerosos forasteros que lle­garían a nuestra ciudad deseosos de conocer en Trujillo la historia de América.

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