Oct 011993
 

Fray Patricio Guerín Betts.

Sobre el año y lugar de nacimiento de este muy ilustre personaje no hay noticia tan exacta e indiscutible como sería de desear. Se calcula que sería hacia el 1400 y en Trujillo. Vivió alrededor de setenta años y su vida se puede dividir en dos secciones muy marcadas: la nacional y la internacional.

En 1430 consiguió en Salamanca el título de bachiller en leyes. Por entonces era clérigo de Ávila, donde fue canónigo y también en Salamanca y Deán de Astorga. Desde 1436 licenciado en leyes y abad de Santa María de Husillos (Palencia). En 1438 el Papa Eugenio IV le concede beneficios en León y Palencia. Este mismo año es nombrado oidor del Palacio Apostólico y miembro del Tribunal de la Rota Romana.

Y a partir de entonces comienza la segunda parte de su vida, sin duda la más gloriosa y fecunda para la Iglesia Universal. Embajadas a Florencia (1438), Venecia (1439), Sena (1440). Legado del Papa en las Dietas de Maguncia (1441), Francfort (1441, 1442), Nüremberg (1443,1444), Francfort (1445,1456).

En 1445 fue nombrado oidor general de la Cámara Apostólica y en 1446 cardenal del título del Santo Ángel en Pescheria. También el Papa Nicolás V le envió varias veces a Alemania, donde desde 1447 estuvo dos años. Junto con el emperador Federico fue promotor del concordato de Viena en 17 de febrero, 1448. Estuvo también en Bohemia y Hungría. Desde 1450 a 1454 le enviaron a Florencia, Venecia y Milán, para preparar una cruzada contra los turcos.

El Papa Calixto III (español) le mandó una vez más a Alemania y Hungría (1445,1456) y Bosnia (1457). En 1461, ya en el pontificado de Pío II, aún está en Hungría y le llegaron a llamar Protector de los Húngaros.

Junto con el cardenal Bessarión fue íntimo consejero del Papa Pío II, que le nombró obispo de Porto en 1461.

Paulo II le encomendó formar una Liga de Estados Italianos. Los dos últimos años los pasó en Roma y fue elegido Camarlengo del Sacro Colegio. Falleció el 11 de enero, 1469 y fue enterrado en la iglesia de San Marcelo. El cardenal Bessarión redactó el epitafio.

Su relación con España en la segunda época de su vida no pudo ser mucha, pero existió a través de algunos nombramientos. Ya Eugenio IV le nombró obispo de Coria en 1443 y en 1446 de Plasencia. Aquí fundó la cátedra de Humanidades, Nicolás V le dio la Encomienda de la abadía cisterciense de Moreruela en Zamora en 1449. Se da la circunstancia curiosa de que el mismo Carvajal era opuesto a las Encomiendas, mas, quizás en este caso concreto hubo algún motivo especial para aceptar. Lo cierto es que tenemos una hermosa fotocopia de un documento del Papa Pío II en que apoya una reclamación de Carvajal como tal abad comendatario de Moreruela a favor de los derechos de la Comunidad. Reza así:

“Pius episcopus, servus servorum Dei. Dilectis filiis Decano Ecclesiae Bracharensis et Officiali Bracharensi. Salutem et Apostolicam Benedictionem, Conquesti sunt Nobis Venerabilis Frater noster Iohannes episcopus Portuensis, qui monasterium de Moreruela cisterciensis Ordinis Zamorensis dioecesis ex concessione et dispensatione Apostolicae Sedis in commendam obtinet et Conventus eiusdem ad Alvarus Peres et quidam alii laici Bracharensis diócesis super quibusdam possessionibus et aliis immobilibus in dicta dioecesi Bracharensi cosistentibus mobilibusque bonis, fructibus, redditibus, proventibus et rebualiis ad dictum Monasterium legitime spectantibus iniuriantur eisdem. Itaque Discretioni vestrae per apostólica scripta mandamus quatenus, vocatis qui fuerint evocandi et auditis hinc inde propositis, quod iustum fuerit, appellatione remota, decernatis, facientes quod decreveritis per censuram ecclesiasticam firmiter observari. Testes autem qui fuerintnominati, si gratia, odio vel timore subtraxerint, censura simili, appellatione cesante, compellatis veritati testimonium perhibere. Quod, si non ambo iis exsequendis potueritis interesse, alter vestrum ea nihilominus exequátur. Datis Viterbii anno Incarnationis Dominicae millesimo quadragintesimo sexagésimo secundo, tertio nonas iunii, pontificatus nostri anno quarto .”

Que traduciendo quiere decir:

“Pío, obispo, siervo de los siervos de Dios. A los amados hijos el Decano de la iglesia de Braga y al oficial de Braga. Salud y la bendición apostólica. Se nos han quejado nuestro Venerable Hermano Juan, obispo de Porto, que tiene en encomienda el monasterio de Moreruela, de la Orden cisterciense en la diócesis de Zamora por concesión y dispensa de la Sede Apostólica y la Comunidad del mismo contra Álvaro Peres y algunos otros seglares de la diócesis de Braga, sobre diversas posesiones y otros inmuebles sitos en dicha diócesis de Braga, así como bienes muebles, frutos y réditos, rentas y otras cosas que corresponden legítimamente a dicho Monasterio y contra los cuales comenten desmanes. Por lo tanto mandamos a vuestra Discreción por este escrito apostólico que, llamados los que fueren de llamar y habiendo oído las razones alegadas por unos y otros, dispongáis lo que sea justo, sin admitir apelación y hagáis guardar lo decretado firmemente bajo censura eclesiástica. En cuanto a los testigos nombrados, si por soborno, odio o temor fallasen, les obliguéis bajo la misma censura y sin posibilidad de recurrir, a dar testimonio de la verdad. Que, si ambos no pudieseis ocuparos en ejecutar lo sobredicho, uno al menos de vosotros lo ejecute. Dado en Viterbo el año de la Encarnación del mil cuatrocientos sesenta y dos a tres de junio y en el cuarto de nuestro pontificado.”

Lo cual es buena muestra de la solicitud del Cardenal por sus encomendados de España. Aunque estuvo fuera más de treinta años, había marchado ya maduro y muy relacionado y eso no se olvida fácilmente. Según Denfle, citado por Pastor (t.V, p.121), fundó un colegio en Salamanca.

En su monumental obra Historia de los Papas Ludovico Pastor le menciona en los cinco primeros volúmenes (Barcelona, 1910). En la página 120 del tomo IV y sgtes. dice:

“…Juan de Carvajal, jaladalid de los cardenales de más severas ideas eclesiásticas. Su máxima favorita era: Sufrirlo todo por Cristo y su Iglesia. Su gran modestia y su total monosprecio de la celebridad han sido la causa de que la memoria de aquel varón enteramente extraordinario no haya alcanzado todo el esplendor que merecía…dio en 22 legaciones brillantes pruebas de su abnegada fidelidad y espíritu de sacrificio en por de la causa de la iglesia y que de todos sus viajes no trajo otra cosa sino la fama de su honestidad sacerdotal…Había ido a Hungría lleno de fuerza y salud en tiempo de Calixto III…y volvió hecho un viejo y quebrantado de aquella espinosa legación …En Roma se tributaba la mayor veneración a aquel varón sufrido…Ningún otro cardenal, se decía con justicia, ha trabajado tanto, ni tolerado tan indecibles fatigas como él en los seis años de aquella legación, en la cual se consagró al más sublime de los intereses es de la Iglesia, la defensa de su fe…De buena gana asistía con sus consejos a las personas de todos estados y apoyaba a los débiles contra los poderosos y ni por un instante desmintió los rasgos característicos: la severidad y la justicia…En su modesta casa…reinaba la mayor simplicidad y un orden ejemplarísimo. Su manera de vivir severamente ascética hacía posible al cardenal socorrer copiosamente a los pobres y acudir a las iglesias necesitadas. Nunca faltó a una solemne festividad eclesiástica o a un consistorio y en estos decía su parecer con libertad, pero sin aspereza ni espíritu contencioso…sus discursos eran breves, sencillos, inteligibles, rigorosamente lógicos…Se puede decir que no había nadie en Roma que no se hubiese inclinado ante aquel carácter de alteza y profundidad enteramente extraordinarias…Lo propio que a sus contemporáneos ha obligado Carvajal a los historiadores más modernos a tributarle no sólo estima y reconocimiento, sino también admiración”

En 1752 publicó sobre él una obra (De rebus gestis Ioannis S.R.E.Card. Carvajalis Commentarius) en Roma. En 1947 apareció en Málaga la del P. Lino Gómez Canedo Don Juan de Carvajal y en el Diccionario de Historia Eclesiástica de España un artículo de J. R. Codina en 1972

Oct 011980
 

Patricio Guerín Betts.

En una noche de 1568 ó 69 sale furtivamente de Badajoz el Prelado de la Diócesis y ya arzobispo de Valencia, D. Juan de Ribera, hijo, aunque natural del duque de Alcalá, posteriormente virrey de Cataluña y de Nápoles, D. Pedro Enríquez y Afán de Ribera y Portocarrero, alias Perafán de Ribera. Sus bienes, dineros y alhajas (lo que le quedaba de ellos) los dejó a los pobres de la Diócesis.

Badajoz fue su escuela episcopal y seguramente no hubiese querido ninguna promoción, más, el Rey prudente juzgó que era necesario y que lo debía procurar en conciencia.

Sale, pues, Ribera en una noche, que no nos cuentan si fue oscura, como la que pinta San Juan de la Cruz, coetáneo del otro Santo.

Aparte el gran rango del padre, las cualidades del hijo justificaban toda la confianza que el Monarca y también el Papa depositaban en él. Al principio parecía que su destino iba a ser de catedrático de Salamanca. Discípulo fue de Soto y de Melchor Cano entre otros. La marca intelectual la llevaría siempre consigo cobo cosa adquirida, pero muy por debajo de su ardor pastoral, que fue lo que realmente le interesaba. Alma profundamente espiritual, buscaba su santificación personal y la de aquellos que Dios a través de sus representantes le encomendó.

Para los Coloquios de Extremadura me he fijado este año en este obispo tan importante de Badajoz, movido por la localización casual hace algunos años de dos escritos suyos en el archivo de Simancas. No puedo asegurar que sean autógrafos, aunque me parece probabilísimo, la primera cartita por lo breve y la letra de anciano y el otro escrito más largo y trascendente, por esa misma gravedad del asunto y por ser contestación a consulta del Rey. La letra parece algo distinta, más firme el pulso. Pudo suceder que por la misma razón que indico buscase un amanuense o que se esmerase en emplear una caligrafía óptima. Eso lo podrán decir los buenos conocedores de su letra. Yo envío las fotocopias.

Ambos escritos se conservan en la Sección ESTADO, legajo 209. La carta es del 27 de febrero de 1608. Consta de solas ocho líneas breves. Arriba una crucecita y abajo la rúbrica sin firma. El arzobispo ya contaba setenta y seis años. Sabemos que es suya por la indicación en página separada, donde dice: Un papel del Patriarca Arzobispo de Valencia. -Consejo pleno. -Consultado.

¿A quién va dirigida? «El duque me dio hoy ese papel, para que se le diese a Vm. Dice que Su Md. manda que Vm. le lea un día en Consejo de Estado pleno para que, mirado con la atención que se requiere, se le consulte lo que pareciere. Dios guarde a Vm. a 27 de febrero 1608» y la rúbrica. ¿De qué Estado pleno se trata y cómo la carta fue enviada al archivo de Simancas? Su Md. entiendo que era el Rey, aunque en la siguiente del mismo año ponga V. M.

¿versión valenciana?, pero ¿quién puede ser el V. m. a quien manda su Md. que lo lea en Consejo de Estado pleno? No veo solución, pero la carta es una reliquia y la fotocopia su fiel reproducción.

El segundo escrito es mucho más importante y extenso. En la cubierta bajo una crucecita pone:

Valencia A Su Md. 1608 El Arzobispo Patriarca de 13 de setiembre

conviene que se vea a la letra. Contiene la contestación razona de un asunto tan importante como la conveniencia o no de expulsar a los moriscos.

«Mándame Vuestra Majestat responder a diferentes cabos». El primer cabo es, si esta gente muestra gusto y voluntad de convertirse. «Respondo que no sólo no muestra esta voluntad pero que, habiendo tenido alguna noticia de que nos hemos de juntar los prelados a tratar sobre esta materia, se han alterado y mostrado nuevo enojo». De Aragón le habían enviado unos memoriales. Quién opinaba que se debía tomar la cosa con calma y enviar un predicador a Aragón, otro a Castilla y otro a Valencia. Había quien decía que, antes de enseñar la doctrina, convenía instituir cátedras de árabe, para que los predicadores fuesen doctos en esa lengua, por estar escrito el alcorán en árabe muy elegante. Otros que los predicadores conviviesen entre los moriscos. «Para cualquier cosa de éstas son menester no sólo años, pero siglos, demás que se deja considerar las imposibilidades que tendrá esto, puesto a la práctica.

¿Esperanzas de que perseverasen en la fe y se aquietasen y apartasen de veras de su secta y de maquinar contra el Bey y la seguridad y conservación de sus reinos? Ninguna, ni se puede tener de que perseveren en otra fe más que la suya, lo cual se sabía por experiencia de largos años y el ningún provecho que había resultado de los edictos de gracia. Nunca pensaban más que en traición y levantamiento y confiaban en el auxilio de los turcos. Sobre este peligro quien más sabía era el Arzobispo, informado por los párrocos.

Sobre el batallón valenciano contesta al Rey que solamente en Valencia saben disparar y eso porque él como virrey había restaurado las prácticas miltares.

¿Que qué remedio se le ofrecía contra estos peligros? Ya se lo había indicado al Rey en tres papeles de 1601. En el primero trató de las blasfemias de los moriscos y del peligro para la Corona de España. Lo aprobaron el Rey y el duque de Lerma. Indicó Ribera algunos posibles remedios y el Rey le pidió los especificase como lo hizo en los otros dos papeles, de los cuales no resultó nada. Quiso el Santo saber la causa y el conde de Villalonga le dijo que aquellos medios habían parecido rigurosos. Pensó dar explicaciones, mas,  lo fue demorando hasta que el Rey pidió de nuevo su parecer. Era éste que los medios propuestos por él en vez de rigurosos habían sido muy suaves, ya que los culpables lo que merecían era la muerte en vez del destierro. Los que querían medios más suaves, debían indicar los y si resultaban eficaces, que se aplicasen cuanto antes. Otro ministro le había indicado que, aunque se reconocía que la necesidad era gravísima y notoria, como del remedio habrían de resultar inconvenientes, convenía dejarlo correr hasta incurrir en los daños. «Esto parece opuesto a la virtud de la prudencia tan necesaria para el gobierno espiritual y temporal, de la cual es principal parte la providencia, cuyo fin es prevenir a los males y antever los peligros para evitarlos».

Había escrito los papeles con deseo de acertar y con estudio y consulta de libros de la facultad y los autores clásicos. Pudo haberse equivocado, por lo que aconsejaba al Rey pasase sus papeles a hombres doctos y celosos.

Sobre la expulsión de los moriscos habla extensamente el historiador Modesto de la Puente en el tomo XI de su Historia de España. Precisamente dice (p. l47, nota) que había consultado multitud de documentos del archivo de Simancas. De este documento concreto no hace mención y sin embargo, podría ser clave para conocer el verdadero pensamiento de libera.

Y todo esto como remembranza de ese obispo de Badajoz, que salió de esa Capital de noche y con lo más preciso, porque todo lo que le quedaba se lo había dejado a los pobres.

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Oct 011978
 

Patricio Guerin Betts.

En carta de 2 de septiembre me comunica el P. Georges Boterrau, Director adjunto del Archivo Romano de la Compañía de Jesús, lo siguiente:

Cristóbal de Lobera nació en Medina del Campo alrededor de 1544. Entró en la Compañía de Jesús en Plasencia el 4 de julio, 1558. Lo recibió el rector del colegio, P. Martín Gutiérrez. A principios de 1562, a preguntas del Visitador, P. Jerónimo Nadal, enviado desde Roma por el P. Diego Lainez, sucesor de S. Ignacio, contestó de la siguiente manera. Sus padres han fallecido. Tiene una hermana que, «por casar tiene suficientemente». La salud de Cristóbal «Un poco tengo el estómago opilado». A escogido la Compañía de Jesús «con motivo de ir a Indias y ser bueno». «Entré muy contento y consolado». Ha practicado los Ejercicios de San Ignacio, los de la primera semana dos veces durante dieciséis días. Ha enseñado el catecismo y hecho la peregrinación prescrita para los novicios en plan de mendigar. Ha hecho los servicios domésticos y confesión general cinco veces. Ha renovado seis veces los votos de religión en público y muchas más en privado… Antes de entrar a novicio a los catorce años, ya practicaba el ayuno y la disciplina y algo también la oración mental y vocal. En Plasencia estudió dos meses como novicio y estuvo muy enfermo durante el resto del noviciado. Siguió de novicio en Simancas y Villar. Actualmente está en Ocaña, donde sustituye al portero, cuando hace falta. Repasa la gramática y sus otros estudios. Siempre tiene gran deseo de ser enviado ahora las Indias y «tengo voto de ello». Antes de entrar en el noviciado había estudiado unos dos años y medio en Medina y Plasencia la gramática y un poco de retórica. No le gusta mucho el estudio, mas sí la Teología. Cree que tiene cierto talento para predicar. Tiene buena memoria. Al año siguiente (1563-1564) está todavía en Ocaña. Su Superior advierte que tiene «un raro talento de predicar, aunque la voz y la salud no le ayuda». Estudia filosofía (artes). Luego pasa cuatro años en Alcalá para estudiar Teología. Antes de ser ordenado sacerdote el 25 de abril de 1572 en Toledo ha hecho la profesión de los tres votos el 12 de diciembre de 1571, según la prescripción del Papa Pío V (contraria a las constituciones de San Ignacio, que reservaba la profesión para después del sacerdocio). Desde 1573 y hasta la muerte en 22 de diciembre 1616 en Plasencia hay pocas noticias. Siempre está enfermo. En 1574 es enfermero en Plasencia (no será una confusión por enfermo? Creo que no). En 1587 está en Ocaña de predicador, «es muy enfermo». De 1590 a 1602 en Murcia, siempre enfermo y sin oficio. Desde 1611 hasta la muerte en Plasencia enfermo.

Según el P. Berthold Ignace de Sainte Anne (Vie de la Mére Anne de Jesús, tome I,p. 24) habría escrito varias obras, entre ellas dos volúmenes sobre la predicación y explicación de los evangelios de todo el año. No parece que se hayan publicado estas obras.

Viaceli (Cóbreces 14 de septiembre 1978)

Es Patrona de la ciudad episcopal de Plasencia la Virgen del Puerto. En su honor construyó una ermita el canónico y chantre de la Catedral. D. Diego de Lobera, fallecido en 1502 y cuyo sepulcros se conservaba en el claustro en 1631. Había en dicha ermita tres escudos de armas de los Lobera.

Dice Ángel Manrique en su Vida de la Venerable Madre Ana de Jesús (Bruselas 1632) que el apellido Lobera que llegó a Plasencia con el Canónigo y sus hermanos. De estos debieron descender los que vamos ahora a mencionar: Cristóbal de Lobera y Torres, jesuita, y su hermana la Venerable Ana de Jesús y otro Cristóbal de Lobera y Torres y su hermano jesuita, primos de los otros dos. Nacieron aquellos en Medina del Campo, Cristóbal hacia 1540 y Ana el 25 de noviembre de 1545, hijos de Diego de Lobera y de Francisca de Torres. Sus primos nacieron en Plasencia, al menos Cristóbal en 1556, hijos del licenciado Diego de Lobera y de Francisca de Torres, lo cual no deja de ser chocante.

Teníamos la esperanza de hallar en el archivo de la Chancillería de Valladolid algún expediente de hidalguía de estos Lobera, mas no se les cita. Hay un Pedro de Lobera, vecino de Villalón en 1522. Procedía de lugar de Lobera en la Junta de Sámano, valle de Salcedo, en las Encartaciones de Vizcaya, hoy provincia de Santander. La casa era solariega, muy antigua y con escudo. Otañes era una de las cinco anteiglesias de la Junta de Sámano y Gibaja bajo la jurisdicción de Castro Urdiales. Aunque no haya mención de los Lobera de Plasencia, cabe que hubiese habido parentesco, ya que por de pronto dice Manrique que decían que la madre era originaria de Vizcaya.

El padre nació en Plasencia, pero no sabemos por qué motivo estaba en Medina del Campo al tiempo de nacer sus hijos y allí murió mucho antes de llegar Ana al uso de razón. Cuando ya tenía los siete años, era sorda y muda. Entonces comenzó a hablar. A esta misma edad recibió el sacramento de la confirmación. Quería cambiar su nombre por el de Francisca, pero su madre no lo consintió. A los nueve años quedó huérfana también de madre. Ella y su hermano fueron recogidos por la abuela materna. A los quince quiso marchar a Plasencia a casa de su abuela paterna y su hermano la ayudo.

En 1562 se hizo beata de la Compañía de Jesús. Dice Manrique que halló entre los papeles de fray Basilio Ponce de León un relato de cómo Ana salvo a Plasencia de la inminente destrucción. Alcanzó del Obispo que se aplazase una fiesta de cañas y toros. Aquella misma tarde se descubrió que estaban las casas minadas. Añade Manrique que, en caso de ser canonizada, sería una buena Patrona para Plasencia.

En busca de su vocación Ana acudía a la Virgen del Puerto. Tomó el hábito de Carmelita descalza en Ávila y profesó en San José de Salamanca a 22 de octubre de mil quinientos setenta y uno, traída allí por Santa Teresa.

Claro que no podemos extendernos en la vida de esta Venerable. Fue Priora en Beas. Algunos dijeron (p. 209) que en grandeza de ánimo excediera a la misma Santa Teresa. Y el párrafo que sigue merecería reproducirle si no fuera en gracia de la brevedad. En el libro cuarto se la presenta como fundadora en Granada y Madrid. San Juan de la Cruz compuso algunas de sus canciones a ruegos de ella (p. 251). Dice Manrique (p. 253) quieran parecidísimos. Por canciones entiéndase el Cántico Espiritual y más concretamente: A dónde te escondiste Amado, citado textualmente por Manrique.

Desde el libro sexto se trata de sus fundaciones en Francia y Bélgica, todo interesantísimo, pero largo. En la página 65 de este libro aparece la carta por la cual la Infanta Isabel Clara Eugenia la invita a Flandes, día de Santo Domingo de 1606. Promovió la traducción de las obras de Santa Teresa e hizo imprimir el libro de las fundaciones. (p. 82). Fray Luis de León compuso a instancia suya (p.97) el Comentario al libro de Job y ella insistió en que se imprimiese.

Una vez fallecida, sano a su primo Cristóbal, obispo de Osma (p. 202 del libro VIII) en septiembre de 1621. El mismo Obispo lo declaró ante notario en Ucero a 18 de abril, 1622. Dicho Señor falleció el año que se publicó la obra de Manrique. La Venerable había fallecido el 4 de marzo de 1621.

Acerca de su hermano Cristóbal se sabe poco. El P. Sommervogel en su Bibliotheque de la Companie de Jesús dice que entró en el noviciado hacia 1561. Sería, pues, poco después de ir a Plasencia y hacia la época en que Ana se hizo beata de la misma Compañía. Fue autor de varias obras, entre ellas una sobre la predicción y sobre las homilías del evangelio de todo el año. Sin embargo añade, que en los archivos de la Orden sólo figuraba un hermano coadjutor de ese nombre, que en 1574 era enfermero en Plasencia. Murió en España hacia 1617 y Ana le vio subir derecho al cielo.

Sobre el primo jesuita, a quien llama nuestro Gómez de Torres, escribe Ana a su hermano de él, el obispo Cristóbal, quien no había que tener pena, que muy poco padeció el por sus mocedades y al año siguiente le dice: Creo cierto goza de Dios el nuestro Gómez de Torres y no quiso decir más.

Ya sólo queda hablar del obispo Cristóbal. De este si se puede decir mucho. Manrique no quiso explicar más ampliamente la genealogía de los Lobera por lo herir la modestia de D. Cristóbal. Estudió en Salamanca. Dice Gil González Dávila (t.IV,l.IV,c10 del Teatro Eclesiástico, Salamanca, 1618) que le conoció de canónigo en Roma. Fue maestrescuela varios años en Plasencia, luego abad sucesivamente de Ampudia y de Lerma y a continuación en dieciséis años ocupó cinco mitras.

Primero la de Badajoz desde 1616 a 1618. Consagrado en Madrid en San Andrés por D. Andrés Pacheco, obispo de Cuenca en 25 de enero, 1616. El nombramiento fue en 16 de noviembre del año anterior y su entrada solemne el Miércoles Santo, 30 de marzo. El Sr. Obispo en su breve estancia hizo lo que pudo y entre otras cosas quiso hacer una fundación de monjas Carmelitas descalzas, para lo cual se carteó con su prima, la Venerable Ana, que le animó, pero el provincial se negó. Por fin consiguió una fundación en Talavera (no de la Reina) y fue el primer maestro de capilla, porque las enseñó el tono en que habían de cantar.

Pero el Obispo ya tenía otro destino: Osma. Aquí tuvo un pleito muy importante en defensa de los derechos de la Mitra contra el condestable de Castilla. Lo refiere J. Loperráez y Corvalán en su Descripción Histórica del Obispado de Osma (Ma. 1788),t.III,p. 402. Se conservaba en el archivo catedralicio un tanto corregido de mano del Obispo de la demanda enviada a la Chancillería de Valladolid. Dice Juan Solano de Figueroa, autor de la Historia Eclesiástica de Badajoz, que allí (Osma) se dio tanta prisa en merecer, que en breve tiempo (1622) pasó a Pamplona. Y ya tenía 66 años. Y en Pamplona debió hacer algo parecido, porque el 23 de septiembre, 1625, entraba en Córdoba. Por de pronto lucieron sus limosnas. Donó a su iglesia una lámpara fénix de las lámparas y dotó a los ministriles que acompañaban al Viático. Muy devoto de San José. Visitó personalmente las iglesias de la Capital y en 1627 comenzó a visitar la diócesis, ya de setenta y un años. Quiso establecer la fiesta de Santa Teresa de Jesús para el 5 de octubre con octava, pero al Cabildo le pareció demasiado y se quedó en semidoble. De todos modos dirigió al Cabildo un manifiesto en defensa del patronato de la Santa, más ellos se resistieron. Insistió en examinar a los confesores religiosos en lo aprobó Urbano VIII por una Bula de 13 de octubre de 1627, confirmada en 30 de enero, 1629, que pueden verse en las Sinodales. Algunos religiosos se declararon en huelga de no confesar ni predicar. Tuvo otra desavenencia con el Cabildo sobre la contribución al Rey. En 1629 visitó parte de la Diócesis. Asistía con frecuencia al coro y era muy amante de la música. A primeros de junio de 1629 recibió la noticia de su nombramiento para arzobispo de Santiago de Compostela, pero, a pesar de sus tropiezos con el Cabildo, no quiso abandonarlos, ni tampoco lo quisieron ellos si no que pidieron al Rey le dejase en Córdoba. Regaló quinientos ducados a la iglesia de Badajoz. En 1630 hubo mucha hambre en las provincias vecinas y el Obispo gastó todas sus rentas en limosnas. El 25 de julio de 1631 predicó el Magistral el sermón de Santiago y Lobera le excomulgó, pero el Canónigo tenía de León no sólo su nombre (Dr. Lucas González de León) sino también el espíritu e imprimió el sermón. Por fin el gran devoto de Santa Teresa absolvió al gran devoto de Santiago.

Ya el 13 de marzo de este año visitó al Cabildo y les dijo que por lo rehusar en pocos días dos obispados, había aceptado el de Plasencia, su patria, más que se iba con mucho sentimiento. Le contestó atentamente el Deán. Salió para Plasencia el 16 de marzo. Esto hace pensar que hay un error en las fechas.

Según algunos fue ahora cuando le nombraron para Santiago, aunque esto contradice a las noticias de Córdoba. En Plasencia aparte de su actuación general mandó labrar una muy suntuosa ermita dedicada a Santa Teresa, fuera de la ciudad en dirección a Trujillo, muy bien dotada. Falleció el 21 de octubre de 1632 y por disposición testamentaria, aunque enterrado provisionalmente en la Catedral, fueron trasladados sus restos en 27 de julio de 1637 a dicha ermita. Tenía oído muchas veces Solano quiere el cuerpo estaba incorrupto al lado del evangelio con el correspondiente epitafio, por el cual constaba que entre otras cosas fue electo de Santiago y obispo de esta ciudad (por este orden). Dícese que tratan de él fray Alonso Fernández en su Historia de Plasencia y Tamayo en la Vida de San Epitacio. Algunos le atribuyen una obra sobre los salmos.

No cabe duda que la Venerable Ana de Jesús Lobera y Torres y su primo D. Cristóbal de Lobera y Torres fueron dos personajes de gran relieve y muy ligados a Extremadura.

Oct 011977
 

Patricio Guerin Betts.

Alcántara es un municipio de la provincia de Cáceres, rico en historia, más conocido universalmente por haber tomado de él el nombre de una ínclita Orden de Caballería. Pertenecieron a esta Orden numerosos personajes entre los cuales ocupa un lugar aventajado don Gaspar Melchor de Jovellanos.

Esta pertenencia de Jovellanos durante veintiún años no tiene nada de casual ni rutinario. Ya le había precedido su bisabuelo (padre del abuelo materno), don Alonso Antonio Ramírez, en 1662. Jovellanos ingresa en 1780 a los treinta y seis años. De su gran amor y solicitud por la Orden nos habla su paisano, el historiador cisterciense Fray Roberto Muñiz, natural de Avilés y abad a la sazón de San Martín de Castañeda. Dice, pues en la dedicatoria del tomo séptimo de su Médula Histórica Cisterciense, que trata exclusivamente de la Orden de Alcántara:

AL SEÑOR D.GASPAR DE JOVELLANOS
CABALLERO DEL HÁBITO DE ALCÁNTARA, DEL CONSEJO DE S.M. EN EL DE LAS ÓRDENES, DE LAS REALES ACADEMIAS ESPAÑOLA, DE LA HISTORIA Y DE SAN FERNANDO, DE LA JUNTA DEL COMERCIO, MONEDA Y MINAS, DIRECTOR DE LA NUEVA REAL COMPAÑÍA DE SEGUROS, etc.

Siempre fue ambición cuidadosa de la fineza el declarar sus favores por lisonjear sus afectos y no pudiendo yo desentenderme a los que merezco de V.S. o había de incurrir en la nota de ingratitud o esta pequeña obra había de caminar sin detención a sus manos. Toda ella se reduce a un compendio o resumen del origen, méritos, gracias y prerrogativas del Real y Militar Orden de Alcántara, cuya sagrada venera esmalta el pecho de V.S. y obra que renueva la memoria de las heroicas acciones, valor y fidelidad de los Caballeros de Alcántara ¿a quién podía dirigirse con más acierto que ha V.S. que de día y de noche estudia en promover sus aumentos, en mantener sus regalías y en procurar su esplendor?. Bien notorio es a todos los que tienen el honor de tratar a V.S. de cerca, que entre el tropel de varios y delicados asuntos que continuamente arrebataban su atención jamás pierde de vista los intereses de su Orden, mostrándose V.S. en todas las ocasiones como su particular corifeo.

Nuestro Señor guarde la vida de V.S. para lustre de España, gloria de la Religión de Alcántara y protección de sabios. De este colegio de San Martín de Castañeda y marzo 10 de 1789.

Su más rendido siervo y capellán,
Q.B.S.M
Fr. Roberto Muñiz

Queremos, pues tratar este año para los Coloquios Extremeños de Trujillo sobre Jovellanos. Muchas facetas tiene, muchas relaciones, la de Alcántara es muy suficiente para ponerle aquí en evidencia.

Como de costumbre he acudido a los archivos, al menos al principal, el Archivo Histórico Nacional para proceder documentalmente. Otras fuentes impresas he consultado. He de decir también que siento simpatía especial hacia Jovellanos desde doble ángulo, aunque ambos parten del mismo punto: ALCÁNTARA, que le acercan a Extremadura, con la cual tengo relación personal a través de los Coloquios y lo acerca a mi Orden cisterciense.

Dicho todo esto, hablemos de Jovellanos no exhaustivamente, porque eso sería agotador, más si concierto detenimiento, porque se trata de un hombre excepcional.

Nace en Gijón en 5 de enero de 1744. El mismo día le bautizó de socorro Ángel Gutiérrez. Al recibir los óleos le impusieron los nombres de Baltasar Melchor Gaspar María. Su primer apellido Jovellanos se descompone en Jove y Llanos, como se ve por los distintos cuarteles del escudo de armas familiar, porque el procede de un auténtico linaje y por parte de su madre es nieto de marqués.

Sus padres fueron Francisco Gregorio, nacido en Val de Soto (Pola de Siero) y bautizado el 25 de enero, 1706. La madre, Francisca Eulalia Apolinaria Benita Ramírez, nació en Gijón el 23 de julio, 1703 y en Gijón se casaron en 30 de junio de 1732. Resulta, pues, que B. Gaspar es hijo de padres bien maduros. No es, sin embargo, hijo único. El mayorazgo fue Francisco de Paula, capitán de Fragata y brazo derecho de Gaspar. A éste sigue inmediatamente su hermana Josefa. Otra hermana fue condesa de Peñalva. Josefa quedó viuda en 1784 y contra el parecer y gusto de Gaspar se hizo agustina precisamente al lado de o dentro de la casa paterna. Fundó una escuela para niñas huérfanas y murió en olor de santidad. Tuvieron una tía benedictina, abadesa de San Pelayo en Oviedo.

El abuelo paterno, Andrés de Jovellanos, nació en Gijón, bautizado en 8 de diciembre, 1676. Su esposa fue doña Serafina de Carreño, natural de Val de Soto. Se casaron en 23 de septiembre, 1703. El ya fue hija de Francisco Carreño Estrada y de Luisa de Peón Vigil. Bautizada el 16 de enero, 1680. Tenían los Carreño un escudo en la parroquia de San Tirso de Oviedo. El abuelo materno fue Carlos Miguel Ramírez, marqués de San Esteban, bautizado en Gijón el 21 de diciembre, 1673, hijo de Alonso Antonio Ramírez (el Caballero de Alcántara) y de Catalina de Vigil de la Concha. La abuela, Francisca María Juliana Benedicta de Miranda Ponce de León, hija de los marqueses de Valdecarzana (Lope de Miranda y Josefa de Trelles Albornoz), nació en Muros, bautizada en 8 de marzo de 1667.

Pero estamos diciendo demasiado por nuestra cuenta. Pongamos al lado de los informantes: Fray Roque de Prado y Ulloa y Fray Francisco Valencia. Comienzan la investigación en Gijón el 3 de julio, 1780. Comparecen testigos: don Pedro Miguel Valdés Llanos. Dice entre otras cosas que un progenitor fue nombrado en 1558 alférez mayor perpetuo de Gijón. El título llegó hasta el hermano mayor de Jovellanos. Otros siete. Después preguntaron a don Miguel de Jovellanos, tío carnal del pretendiente por los documentos. Le señaló la única parroquia de Gijón. El abuelo paterno fue hijo de Gregorio de Jovellanos y de Antonia de Jove Huergo. Dicho Gregorio tuvo por padres a Francisco de Llanos y Juana Ramírez. La abuela hija de Gregorio de Jove y de Ana de Jove.

En Gijón había testamentos. El del padre del abuelo materno, precisamente el alcantarino. Muy devoto de Santa Teresa. Testa en 15 de octubre, fiesta de la gloriosa Santa Teresa de Jesús, mi especial madre y abogada. Tuvo trece hijos. El abuelo materno casó con hija de que Lope de Miranda Ponce de León y de Josefa de Trelles Simo Carrillo de Albornoz, marqueses de Valdecarzana y Torralba.

Tuvieron una hija, Isabel Teresa, monja en San Pelayo de Oviedo y abadesa. El primogénito, Alonso Antonio, se iba a casar con María Josefa Bernardo de Miranda, señora de las casas de Campomanes y nieta de María Bernardo de Quirós. Francisco de Carreño Estrada (hijo de Francisco de Carreño y de Antonia de Estrada) y Luisa de Peón Vigil (hija de Pedro de Peón y de Isabel de Vigil), casaron en 26 de noviembre, 1677.

Los informantes visitaron también el archivo de la casa del pretendiente y el de su tío, marqués de San Esteban. Vieron el título de alférez mayor de Gijón a favor del licenciado Francisco Álvarez de Jove, fiscal de S.M. en la corte y el título de Castilla de la casa de la madre del pretendiente de 20 de marzo de 1708 debido a los servicios del mariscal de Campo don Francisco Ramírez, tío del actual marqués y del pretendiente. Defendió durante dos meses el castillo de Tortona (Milán), por lo cual los enemigos le pasaron a cuchillo. Título de comisario provincial de artillería concedido al abuelo materno del pretendiente en 1 de octubre, 1649. En los padrones de Muros de 1668 a 1698 figura doña Josefa Trelles Simo Carrillo Albornoz, madre de la abuela materna y marquesa de Valdecarzana, Torralba y Bonanaro y tenía señoríos en Cerdeña. Había nacido en Gaeta. Testó en Oviedo ante Diego Blanco en 17 de febrero, 1713. Su marido Lope Fernández de Miranda Ponce de León fue mayordomo de la Reina doña Ana de Austria. En su testamento doña Josefa manda traer los restos de Lope y los de don Álvaro de Miranda, Abate que fue de Teverga, depositados en el monasterio cisterciense de Santa Ana de Madrid, a Teverga, donde estaba el panteón familiar. El bisabuelo materno, Caballero de Alcántara, nació en Gijón, hijo de Alonso Ramírez y de Margarita Valdés.

Abuelos paternos Alonso Ramírez y Catalina Menéndez, maternos Fernando de Valdés y Luisa de Valdés, todos vecinos y naturales de Gijón.

Con esto vemos de cuanta raigambre era Jovellanos y en lo sabía perfectamente. Faltaba que respondiese a su alcurnia. Lo que resta por decir lo comprueba plenamente. El hecho cierto es que comenzó a estudiar la carrera eclesiástica. Dicen que fue por disposición de sus padres. Estudió las primeras letras y latín en Gijón. En lo del destino eclesiástico pudieron influir no sólo sus padres sino también sus parientes eclesiásticos, que también le pudieron ayudar en los primeros estudios. La filosofía la cursó en Oviedo. Luego pasó a Ávila, donde estudió leyes y cánones. El plan eclesiástico iba delante y bien encauzado y apoyado. Ya a los trece años había sido tonsurado en Oviedo. El prelado abulense, don Romualdo Velarde le confirió dos beneficios y le proporcionó una beca de colegial mayor de San Ildefonso de Alcalá de Henares. En 1766, a los veintidós años de edad y licenciado en ambos derechos iba a opositar a la canongía lectoral de Tuy. En este momento crítico, cuando ya tenía preparación muy suficiente para orientarse personalmente, dicen que le disuadieron sus amigos y parientes de seguir por el camino emprendido y le aconsejaron el de la magistratura. Entonces se plantea la cuestión de cuál era la auténtica vocación de Jovellanos. La solución podría tal vez darse con un examen de toda su trayectoria hasta el 66, en particular sus manifestaciones y comportamiento personal. Cabe también que no hubiese sido una vocación muy clara y decidida.

Al cambiar de rumbo siguió adelante sin titubeos y pese a la malísima época que le tocó vivir, llegó hasta el puesto de Ministro de Gracia y Justicia, no sin antes ser alcalde del crimen de la Audiencia de Sevilla, alcalde de Corte de Madrid y Consejero de las Órdenes Militares, académico de la Historia, de la de Nobles Artes de San Fernando y supernumerario de la Española. Fue un auténtico polígrafo y muy avanzado en cuestiones agrícolas. En particular nos interesa su labor como consejero de las Órdenes Militares. Dice Espasa que su «Consulta acerca de la jurisdicción temporal del Consejo» es un brillante resumen de la historia política de las Órdenes Militares y el «Reglamento del Colegio Imperial de Calatrava» constituye el plan de enseñanza más completo y perfecto que hasta entonces hubo en Europa. Fue Superintendente de los tesoros de Calatrava y Alcántara y prácticamente el mentor de las Órdenes Militares. Existe una obra de José Gómez Centurión «Jovellanos y los Colegios de las Órdenes Militares en Salamanca» (Madrid, 1913). Dice: «entre miles de importantes documentos de las Órdenes Militares sobresalen y se distinguen cuál fuente luminosa los de este genio organizador, de gran conocimiento del corazón humano, hombre de ciencia unida a la más profunda y extensa enciclopedia, siempre encaminada a la educación en general».

Desde abril a agosto de 1790 se ocupó de visitar el colegio de Calatrava de Salamanca y arreglar su disciplina interior y estudios. Colocó al mismo tiempo la primera piedra del nuevo colegio para mí Orden de Alcántara. No se trataba de sustituir al ya existente, sino que este estaba repleto. En principio se pensó en un modesto anejo, capaz para unos ocho estudiantes, pero Jovellanos preveía bastante más, y planeó un edificio que él describe como el mejor de Salamanca. ¿Cómo se podría hacer sin un presupuesto enorme? Aquí Jovellanos contesta como alcantarino y casi como cisterciense. Enjuicia a los arquitectos de los edificios de Salamanca. Lo que hace falta es algo sencillo y elegante. Puso el máximo interés y pleiteó contra los franciscanos, que se oponían, más, como él indica al fin de sus días, los contrarios tenía mucha influencia en la Corte y salieron perdiendo Alcántara y Salamanca una obra de arte, que hubiese sido uno de sus mejores adornos. Solamente este punto merecía un estudio a fondo. ¿Cuáles eran las ideas estéticas arquitectónicas de Jovellanos? No bastaría oírle a él sólo, aunque debía de ser una de sus especialidades y conocía gran número de edificios artísticos, entre ellos varios monasterios cistercienses. En sus Diarios póstumos enjuicia muchas de estas obras de arte.

En dichos diarios le vemos caminando, no por simple sino encargado por el gobierno de estudiar la situación de las minas. En todo lo unía, sin confundir en absoluto ambas cosas. Al llegar a Salamanca, hace mención de sus Visitas a Alcántara, sin especificar, y al colegio del Rey, que era de Santiago. Le pusieron algunos peros, pero lo fue convenciendo por artículos y no tuvieron que responder. Visitó el monasterio de Moreruela con poca fortuna y fue una lástima, Carracedo. Buena librería, ancha y grande y bastante iluminada, aunque pudiera serlo más, bastantes libros, aunque no llena y buenos, aunque no en todo. El archivo, que es muy rico en documentos, está en una pieza de bóveda de piedra. Buena comida, buena siesta, trabajó en los becerros, paseé en la librería y claustros, conversación con el abacial hasta las nueve. Estuvo en Cornellana y allá le fue a buscar el abad de Belmonte, Fray Alberico Salazar, posteriormente General. En Belmonte estuvo ante todo el archivo. Lo grande fue que el domingo 22 de 1792 hizo profesión. ¿Qué profesión? Dice el mismo que fue según la forma de las definiciones, que él se sabría de memoria. ¿Qué definiciones? Eso lo daba por supuesto. No serían las cistercienses, pero si él era de Alcántara había mucho de cisterciense. El Monasterio era cisterciense.

Oigamos a Jovellanos: Este día destinado a mi profesión… Dispúsose que yo recibiese la profesión en público después de la Misa conventual y en la iglesia. Asistió la Comunidad en el coro bajo. El prelado ocupó su silla, me postré e hice la profesión según la forma establecida por definiciones y acabada besé la mano al Prelado y luego le abracé como también a toda la Comunidad, habiendo concurrido a este acto muchas gentes de la tierra y además lo presenció y dio fe de él el escribano del coto y del concejo de Miranda, Andrés Puente. También asistió mi sobrino, don Álvaro de Cienfuegos. Después se trabajó en el archivo hasta la hora de comer… es mucho lo que hay en él y corto el tiempo, la cabeza ya no puede más.

Y ahí tenéis a Jovellanos, Alcantarino. Para profesar en Belmonte, así como en la sacristía el Abad se revistió de pontifical, él se puso su manto capitular de su Orden. Monje de todo corazón, político por las circunstancias. Llegó a hacer sombra al favorito Godoy, el cual, sin embargo le hubo de nombrar Ministro de Gracia y Justicia durante un breve período. Mucho más largos fueron los destierros, en particular a Mallorca durante siete años. Finalmente sucumbió por una enfermedad contraída al huir de los franceses de los cuales como invasores era enemigo declarado y adalid de la Junta Central.

Falleció en Vega en 1811.

En vida no le faltaron a Jovellanos enemigos, contrarios, denigrantes. Ya fallecido y hasta hoy han predominado los elogios y grandes elogios. En este punto vamos a escoger como encomiador entusiasta de nuestro alcantarino a otro insigne polígrafo, otro patriota, otro católico de sólido renombre, don Marcelino Menéndez Pelayo. En su obra maestra «Historia de los Heterodoxos Españoles» es donde más ampliamente habla de Jovellanos. En el tomo quinto de la edición del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (Santander, 1947) dice:

«Un gran nombre hemos omitido en esta revista del siglo pasado y sin duda el nombre más glorioso de todos: el de Jovellanos. Recuerda que por decreto de 5 de septiembre de 1825 fue a parar al Índice su obra «La Ley Agraria» junto con la de Campomanes «La Regalía de Amortización», pero reconoce que resulta acendrada y sin mácula la ortodoxia de Jovellanos. Ya hemos confesado que Jovellanos fue economista y no es este leve pecado, como que de él nacen todos los demás suyos. Pero de aquí a tenerle por incrédulo y revolucionario allí largo camino. Sin ser economista, creo que este reparo de Menéndez Pelayo, quien tampoco debió serlo, sea discutible. Más que se suele estar ex tradicionalista acérrimo. En 1805 comulgaba cada quince días y rezaba las horas canónicas con el mismo rigor que un monje y llamaba al Kempis su antiguo amigo. Herejía política llamaba Jovellanos al dogma de la soberanía nacional en la «Consulta sobre Cortes». Abomina de la manía democrática y de las constituciones quiméricas abstractas y a priori, que se hacen en pocos días, se contienen en pocas hojas y duran muy pocos meses… la Constitución de que habla es siempre efectiva, la histórica, la que, no en turbulentas asambleas ni en un día de asonada si no en largas edades fue lenta y trabajosamente educando la conciencia nacional con el concurso de todos y para el bien de la comunidad, Constitución que puede reformarse y mejorarse, pero que nunca es lícito ni conveniente, ni quizá posible destruir so pena de un suicidio nacional peor que la misma anarquía. ¡Qué mayor locura que pretender hacer una Constitución como quien hace un drama o una novela!… Este es Jovellanos en sus escritos públicos, pero aún hay un testimonio menos sospechoso, sus diarios privados… En esta especie de confesión o examen de conciencia que Jovellanos hacía de sus actos nada se halla que desmienta el juicio que de él hemos formado sino antes bien nuevos y poderosos motivos para confirmarle. Los diarios eran de 1790 a 1798. Decía Jovellanos que nada bueno se puede esperar de las revoluciones en el gobierno y todo de la mejora de las ideas. No, cuanto más se estudia a Jovino más se adquiere el convencimiento de que en aquella alma heroica y hermosísima, quizá la más hermosa de la España moderna, nunca ni por ningún resquicio penetró la incredulidad. Por eso, cuando se elogie al varón justo o integérrimo, al estadista todo grandeza y desinterés, al mártir de la justicia y de la patria, al grande orador, cuya elocuencia fue digna de la antigua Roma, al gran satírico, a quien Juvenal hubiera envidiado, al moralista, al historiador de las artes, al político, al padre y autor de tanta prosperidad y de tanto adelantamiento, no se olviden sus biógrafos de poner sobre todas esas eminentes cualidades otra mucho más excelsa que, levantándole sobre los Campomanes y los Floridablancas, es la fuente y la raíz de su grandeza como hombre y de su obra y la que le salva del bajo y rastrero utilitarismo de sus contemporáneos, hábiles en trazar caminos y canales y torpísimos en conocer los senderos por dónde vienen el alma de los pueblos la felicidad o la ruina. Y esa nota fundamental del espíritu de Jovellanos es el vivo anhelo de la perfección moral, no filosófica y abstracta sino «iluminada», como él dice en su «Tratado de enseñanza»: con la luz divina que sobre sus principios derramó la doctrina de Jesucristo, sin la cual ninguna regla de conducta será constante, ni verdadera ninguna. Esta sublime enseñanza dio aliento a Jovellanos en la aflicción y en los hierros. No querían destruir las leyes sino reformar las costumbres, persuadido de que sin las costumbres son cosa vana e irrisoria las leyes. Nada esperaban de la revolución, pero veía podridas muchas de las antiguas instituciones y no le pesaba que la ola revolucionaria viniese a anegar aquellas clases degeneradas qué con su torpe de depravación y mísero abandono habían perdido hasta el derecho de existir.

Tal fue Jovellanos, austero moralista, filósofo católico, desconfiado hasta un exceso de las fuerzas de la razón… tradicionalista en filosofía, reformador templado y honradísimo, como quien sujetaba los principios y experiencias de la escuela histórica a una ley superior de eterna justicia… pudo… exclamar con ánimo sincero en todas las fortunas prósperas y adversas de su vida:

Sumiso y fiel la Religión augusta
De nuestros padres y su culto santo
Sin ficción profesé…
¡Cuán pocos podían decir lo mismo entre los hombres del siglo XVIII!

Largo elogio y muy autorizado. En el tomo I de la Ciencia Española (edición C.S.I.C., Santander, 1953), pág. 163 aparece la lista de predilectos de Menéndez Pelayo: diez en ocho siglos.

En la misma línea pueden entrar otros preclaros sabios españoles que, si no dieron origen a escuelas o sectas filosóficas propiamente dichas, personifican grandes fases de la vida intelectual de la Península, aparecen como iniciadores de trascendentales movimientos en la esfera de las ideas o descuellan por la originalidad y universalidad de su doctrina de tal suerte que para darles a conocer debidamente es preciso trazar en torno suyo el cuadro de la época en que florecieron con sus antecedentes y consiguientes. A esta clase corresponden:

El arzobispo don Rodrigo Jiménez de Rada
Alfonso el Sabio
Antonio de Nebrija
Antonio Agustín
Arias Montano
Caramuel
Feijoo
Campomanes
Jovellanos
Hervás y Panduro

No excluye a otros, pero los que nombra los tiene muy grabados y apreciados. En sus Estudio sobre el «Teatro de Lope de Vega» tomo III, pág. 86, dice a propósito de Jovellanos: de tan claros varones no debe perderse ni aún el rasguño más insignificante. Y yo digo que, de tan claro varón no debe menospreciarse ni la más leve coincidencia. Y Jovellanos fue alcantarino. Para el eso tenía mucha importancia. Era una Orden Militar religiosa y él era profundamente religioso. Merecía este solo punto un estudio especial. Como dice muy bien el padre Muñiz, Jovellanos llevaba su pecho esmaltado de la sagrada venera de la Real y Militar Orden de Alcántara y Alcántara esmalta bien la geografía de Extremadura.

Fray Patricio Guerin Betts
Cuacos, septiembre 25 1977