Oct 011976
 

Juan Pedro Vera Camacho.

Extremadura ha dado a la Literatura excelentes poetas y novelistas, y algún que otro dramaturgo. Lo que nos sabíamos era que tuviera un fabulista de primera categoría, como lo fue Juan José Velo Nieto, «Veliso», nacido en tierras cacereñas y fallecido en Zaragoza pocos años ha, cuando volvía de pasar unas vacaciones en Suiza.

Velo Nieto, era un humorista estupendo. A mí me leyó cierto día un sainete que le inspiró un viaje que hizo por cierta comarca española, donde la gracia saltaba a raudales. Velo Nieto, que hasta su muerte perteneció a la Tertulia de Literatos extremeños del Hogar Regional de Madrid, nos amenizaba las veladas con sus chistes, sus versos improvisados, su buen decir y su amistad.

Yo tengo dedicado los suyos dos libros de fábulas con unos versos o curiosísimos, que no suscribo porque no quiero hacer propaganda de mi nombre ni de mis cualidades, si las tengo. Pero son un dechado de humor fino y amistad sincera.

Juan José Velo Nieto, que firmaba también «Veliso», -le brindó el seudónimo a mí también amigo Fernando Serrano para su trabajo de investigación sobre el tema-, escribió dos volúmenes titulados «Fabulario Boreal» y «Fábulas Edificantes», respectivamente, ilustrados los dos por Galindo y prologados respectivamente por don José María de Cossío y por Evaristo Acevedo, con una glosa de Enrique Jardiel Poncela. Que humorista tan cualificados hayan colaborado en los libros de Velo Nieto, ya dice por sí solo que sus fábulas eran merecedoras de mucho. Esta aportación, es el mejor laudo para su fabulario, interesantísimo bajo todos los puntos de vista: como primicia extremeña y única al género y como modificación de los cánones tradicionales desde Fedro, Esopo, Lafontaine, Iriarte o Samaniego, en cuyas fábulas hablaban animales, mientras en estas de Velo, los que parlan y dialogan son instrumentos y máquinas, cosa mucho más difícil aún, al ser capaz de «animar» a seres totalmente «inanimados». Porque los animales y aún las plantas tienen en sí reacciones a veces semejantes a las humanas, pero un martillo o una plancha eléctrica, son imponderables para crear interés, cosa que, sin embargo, logra Velo Nieto para el lector.

En el prólogo del primer libro, por ejemplo, Cossío escribe: «Ha sido un empeño mío más que de su autor, el escribir unas líneas al frente de este fabulario. No querían desperdiciar la ocasión que se me ofrecía para hacer una profesión de fe literaria, y nótese que digo literaria (y podría decir retórica) y no poética… La empresa que el señor Velo se ha propuesto tiene todavía mayores dificultades (se refiere a las fábulas clásicas). Un ser vivo por elemental que sea, tiene una vida y unas reacciones que pudiéramos llamar voluntarias. Poseemos, pues, documentos sobre los que fundamentar una psicología, aunque primaria. El escoger como actores seres inanimados, o con la falsa y fatal vida de la mecánica, supone un esfuerzo de caracterización de mucho más difícil logro. Únicamente el llorado Ramón Basterra dio principio a una serie de fábulas que, como las de Velo, sucedían entre máquinas y artefactos industriales. Pero la intención de las fábulas de Basterra era fundamentalmente poética, en tanto Velo las da un carácter estrictamente moralizador… Este halago he sentido leyendo las graciosas fábulas de Velo, tan llenas de vida e ingenio, y tan ingenuamente aleccionadoras… frente al ideal de nuestros días de mecanizar la vida, Velo quiere evitar expresión vital a la mecánica».

Para que el lector se dé una idea de lo que son las fábulas de nuestro paisano, vamos a reproducir la primera de su primer libro, que sirve de introducción a las restantes. Dice así:

FILOSOFÍA DEL «BOREAL»

«Esopo, Lafontaine y Samaniego
compusieron apólogos morales,
en que hablaban la víbora, el borrego
y demás compañeros animales;
más la gente leyó sus fabulillas
como el fakir se traga las bombillas;
y a pesar de su espíritu docente,
el mundo prosiguió tan insolente.
¿Por qué estos moralistas del Parnaso
sufrieron tal fracaso?…
Si quisiera pecar, yo juraría
(y que Dios atempere mí osadía)
que si estos fabulistas fracasaron
fue… porque no triunfaron;
más la causa de tal ineficacia
radica en que olvidaron, por desgracia,
que el hombre benemérito y prolífero
no tolera consejos de un mamífero.
Más yo, que soy moderno fabulista,
abandoné la selva animalista,
y, abrazado a turbinas y motores,
inhalé el arcaduz de sus vapores
extrayendo la etérea consecuencia
de su mucho poder y mucha ciencia,
e hice hablar al tornillo, al cojinete,
al motor de explosión y al torniquete,
pensando que, al hablar un topolino,
en vez de hacerlo un ganso o un pollino,
mis fábulas dirán «topolinadas»,
pero no pollinadas ni gansadas.
Brindo pues al lector las moralejas
de mis motorizadas fabulejas»…

Al final de este su primer libro, Velo Nieto recibe la siguiente glosa de Enrique Jardiel Poncela:

«Ya que el autor solicita
en su volumen escrita
una glosa, como honroso
resumen que glose el númen
de sus fábulas, lo gloso
diciendo que es FABULOSO.
¡Y no existe otro resumen
qué honre más, por lo elogioso,
las fábulas de un volumen,
tan instructivo y jocoso!».

El segundo volumen, «Fábulas Edificantes» está ilustrado asimismo por Galindo y prologado por Evaristo Acevedo, el gran humorista, que escribe entre otras cosas en el prólogo del mismo: «Aristóteles expuso la tesis de que únicamente los animales deberían protagonizar las fábulas. Siglos más tarde el fabulista francés Arnault se revelaría contra esta opinión… don José Velo Nieto hace suya está protestada de Arnault. Y va más allá todavía rompiendo toda clase de moldes, como buen celtíbero. Sus fábulas no las protagoniza el león, el buey, el cordero. Tampoco la montaña, el árbol, el río. En un «más difícil todavía», antiguo lema del circo que podría ser «eslogan» de los aperrados ciudadanos de la sociedad de consumo, el autor de este fabulario modernizar su musa haciendo hablar a la excavadora, el adoquín -sin alusiones jerárquicas-, a la chabola, a la apisonadora… Los elementos de la construcción son sus personajes preferidos, hasta el punto de que esta obra debería considerarse «libro de texto» para los novios celtíberos, eternos buscadores de pisos para casarse… Con sus Fábulas Edificantes consideró que Juan José Velo Nieto presta un gran servicio patriótico. Si meditan sobre ellas los responsables de algunas inmobiliarias, tal vez bajen un poquito el precio de los pisos. Y los descendientes de don Pelayo, que empezó a edificar la independencia hispana arrojando piedrecitas a la cabeza de los sarracenos, le quedarán agradecidísimos. Como he quedado yo, tras la lectura de este fabulario».

Juan José Velo Nieto, además de un fino humorista era un compañero humanísimo y amigo cordial. Era funcionario de Correos -de cuya carrera tantos humoristas han salido, como K-Hito, como Evaristo Acevedo, como José María Marcos Leffler, como el mismo Velo-, y en sus ratos libres, escribía. Hubiera llegado muy arriba si su única dedicación hubiera sido la literatura de humor, estamos seguros. Quede aquí constancia de ese quehacer como prueba de que en Extremadura la fábula también tuvo asiento. Y terminemos dando a conocer una titulada «La Cafetera Express y el Infiernillo Eléctrico»:

«La cafetera Express vaporizaba
y al infiernillo eléctrico exhalaba
sus planes venideros
de cambiarse en veloz locomotora
y pilotar los trenes de viajeros
a noventa kilómetros por hora,
para así convertir su inercia estática
en máquina energética y dinámica.
-¡Modérate el frenillo!,
respiró incandescente el infiernillo;
pues juzgó con franqueza
que el café se te ha subido a la cabeza.
¿Es que el llamarte «Express» que da derecho
a desdeñar las portas de tu pecho?…
¿Qué te parecería que yo,
por ser eléctrico artilugio,
quisiera transformarme en un tranvía
para buscar a mi tensión refugio?…

El buen nombre se hereda,
pero no las virtudes que amoneda;
por eso yerra el hombre
te imagina triunfar con sólo un nombre»