Oct 011974
 

Fray Patricio Guerín Betts.

El notable historiador de la Orden benedictina e insigne hijo de la misma Fray Magnoaldo Ziegelbauer incluye en su importantísima Historia Rei Literariae O. S. B.[1]una breve mención de José do la Cerda (JOSEPHUS DE LA CERDA) y para calcular la fecha de su muerte, dice que hubo de ser antes del 12 de junio de 1545,quo, nempe successorem habuit magnum virum Salmanticae olim colleqam Angelum Manricum Cisterciensem.

Lo cual copia a la letra del insigne Nicolás Antonio, quien en su Bibliotheca Nova, tomo I, 803 nos habla del mismo escritor y termina con esas palabras.

Respecto de los Coloquios de Trujillo hallamos, pues, la perfecta ilación entre Obispo y Obispo y entre ponencia y ponencia.

Sobre D. Fray Ángel Manrique ya hemos hablado dos veces. Inevitablemente hubimos de fijarnos en quién fue su antecesor, Y era benedictino, monje como él, discípulo del mismo Patriarca, abad como él y catedrático en Salamanca.

Lo curioso es que cronológicamente Manrique ora bastante anterior. Nacido en 1577, debía exceder en unos trece anos la edad do D. Fray José Valle de la Cerda. No tenemos noticia exacta de donde y cuándo nació este Prelado, mas es casi seguro. Al ser nombrado obispo de Almería en 1637 con treinta y seis años, hay que pensar que nació en el año 1600.

Ningún dato nos ofrece la Historia Eclesiástica de Badajoz acerca de su nacimiento. Todo queda resuelto, sin embargo, al examinar los expedientes de su hermano Pedro y de su sobrino José para Caballeros de Calatrava y Alcántara respectivamente. Son hijos de don Luis Valle de la Cerda, nacido en Madrid y de doña Luisa de Alvarado, nacida en Móstoles. Poca era la distancia entre ambas poblaciones: Mostóles era, según dicen los testigos, como un arrabal matritense. Pedro también nació en Madrid y suponemos que sus hermanos, entre ellos el Obispo.

El padre entre otros empleos tenía el de Secretario de la Cifra de su S. M. Fue hijo de otro Luis Valle de la Cerda y de Teresa de Castro, ambos naturales do Madrid.

La madre hija del Capitán (según otros Maese de Campo) Diego de Alvarado de Cicero, nacido en Móstoles, mas con un apellido muy montañés.

Se citan ejecutorias, Una en Valladolid a 25 junio, 1577 a favor de Luis y Andrés Ordoñez, hermanos. Su abuelo fue hermano de Antonio (Caballero de S. Juan) y de Francisco (fraile de Calatrava), así como de Diego, casado con Isabel de Loaisa. De estos últimos fue hija Isabel que casó en Móstoles con Diego de Cicero Alvarado. Otra ejecutoria del Capitán en Valladolid, 28 marzo, 1556.

Y se cita un padrón de la Colación de S. Andrés en Madrid del año 1494: Diego Valle, es cuantioso, dice que hidalgo.

Pedro, hermano del Obispo, fue Caballero de Calatrava, del Consejo de su Majestad en Hacienda y Cruzada, alguacil mayor de la Inquisición de Toledo y señor de la Villa de Casa Tejada. Casó con Cecilia de Villanueva, natural de Móstoles. El padre de Cecilia fue don Agustín, del Consejo de S.M. en Aragón y Protonotario en aquel Reino, nacido en Casteliscar. La madre Ana Diez de Villegas, natural de Madrid.

Tuvo Cecilia un tío llamado Jerónimo de Villanueva Caballero de Calatrava, del Consejo de S.M. en Guerra y Aragón, Protonotario y Secretario de Estado y Cámara y por lo menos dos hermanos: Jerónimo, Caballero de Calatrava y Agustín, Justicia Mayor de Aragón.

Lo que no tuvo fue suerte, pues, murió al dar a luz a su hijo José. Este sí parece que comenzó a tenerla, porque, a los pocos días de nacer, ya era pretendiente al hábito de Alcántara y sólo uno de los testigos alegó no tener motivos de conocerle, al ser tan pequeño: Otro testigo fue don Fernando de Salazar, arzobispo electo de Las Charcas, de sesenta y tres años.

Entre los testigos del Caballero de Calatrava hallamos a Fray Francisco de Valdivia, abad de S. Martín de Madrid, de setenta y tres años y padrino de José fue Fray Diego de la Cruz, monje ermitaño de S. Benito en Ntra. Sª. de Monsserate (sic) y Sor Francisca de la Cruz.

Fue bautizado el 13 de junio, 1641.

Pero hay más. Tenía el futuro Obispo una hermana, Teresa, moza casadera y no carente de novio en la persona de don Jerónimo de Villanueva. Solía frecuentar el monasterio de S. Martín y un buen día vio que uno de los monjes tenía en la mano la Regla de S. Benito. Quiso leerla y le produjo tal impresión que cambió de vocación y con el consentimiento y ayuda de su novio fundó e ingresó en el convento de S. Plácido. Estamos en los años 1623, 1624. Profesó en 18 junio, 1625.

Eso fue nada. En 1631 fue llevada toda la Comunidad a los calabozos de la Inquisición de Toledo por denuncia de alumbradas y en 1633 Teresa Benedicta fue recluida en Stº. Domingo el Real durante cuatro años. Redacto un Memorial que se atribuyó a un fraile. En 1638 fue absuelta toda la Comunidad y volvieron a Madrid donde así Sor Teresa como sus hermanas carnales Juana Andrea e Isabel Benedictina (abadesa en 1653) y doña Ana Plácida (hermana de su novio malogrado y abadesa) y demás monjas vivieron en adelante en paz y gracia de Dios. Sobre todas esta peripecias informa ampliamente Gregorio Marañón en su voluminosa obra sobre el Conde-Duque de Olivares y en otra pequeña. Don Juan.

Pero a nosotros nos interesa el Obispo. No prendieron en el las malas lenguas. Al igual que su antecesor don Fray Ángel Manrique, aunque posteriormente, fue a estudiar a Alcalá y halló allí la vocación benedictina. En 1618 tomó el habito en S. Martín de Madrid. En Salamanca obtuvo las Cátedras de Sto. Tomás, Durando y Prima. Fue abad del Colegio de su Orden en la misma Ciudad. Parece ser que el Rey Felipe IV le presentó para el obispado de Almería en 1635. Le despacharon las Bulas en 6 noviembre 1637 (que ya es bastante tardar) y a principios del año siguiente tomó posesión.

Ninguna de estas circunstancias ni de las anteriormente relatadas le impidió manejar la pluma y fue madurando las obras que aparecerían algo mas tarde e incluso después de su muerte.

En el poco tiempo que residió en Almería arribó la flota nacional, que había sufrido una derrota y fue tanta la solicitud del Sr. Obispo, en favor suyo que el Duque de Nájera le dio gracias en nombre del Rey y al poco tiempo fue nombrado Obispo de Badajoz. También en está ocasión tardó un año en presentarse, si bien el Deán tomó posesión en su nombre en 5 julio 1641. Ya por Navidades el Protonotario don Jerónimo de Villanueva contesta desde Madrid al Cabildo y le dice que ninguna cosa me ha podido causar mayor alborozo que el ir a esa Iglesia el Sr. Obispo, porgue le amo y estimo a su persona.

La entrada fue muy solemne en 6 de octubre, 1641. En los tres años de gobierno trabajó intensamente. El martes 25 de noviembre de 1642 presidió la sesión del Cabildo en que se trató de las oposiciones. La muerte le sorprendió en la actividad preferentemente pastoral, la Santa Visita. Falleció en Zafra el 22 de octubre, 1644, pocos días después de la muerte de la reina Isabel. Fue enterrado en la capilla de S. Juan Evangelista, pero no descansó en paz mucho tiempo, ya que en 1658 murió en Zafra el obispo diocesano don Diego del Castillo Arteaga, quien ni siquiera pudo entrar en Badajoz, por estar sitiada la ciudad por los portugueses y no se halló mejor modo de sepultarle que sacar los restos de su predecesor y dejar la caja encima del altar.

No consta cuál fuese la causa de un fallecimiento tan prematuro. Cuarenta y dos o cuarenta y tres años podía contar a la sazón.

Nicolás Antonio le asigna las siguientes obras:

«De Maria et Verbo Incarnato», impreso en Almería en 1640.

«In Sacram Judith Historiam». Dos tomos impresos en Almería, 1641 y en Lyon por L’Anisson, 1651.

«María Efigies». Lyon por L. Anisson, 1651. Esto es lo que podemos decir someramente acerca de este ilustre monje y prelado.

Oct 011972
 

Patricio Guerín Betts.

Cronológicamente casi veinte años de diferencia, de hecho perfecta continuidad. No sabemos qué gracia ni qué desgracia tenía esta diócesis para recibir obispos de extraordinaria valía y cuando más estaban rindiendo, perderlos o por la muerte o por traslado. Citemos a un san Juan de Ribera, que cuanto menos estuvo en Badajoz más estuvo en Valencia.

De los dos cistercienses el primero fue don Fray Angel Manrique. Llegó ya muy gastado, si bien con óptima disposición. Emprendió la labor de un joven, la Visita pastoral asidua, seguida de un sínodo en 1648. Era la base firme de una renovación de la diócesis. El error en designarle tan tardíamente frustró tan intensa y meritoria labor.

Entre los que rindieron homenaje a su memoria fue don Fray Francisco Rois de Mendoza, monje cistercienses de Valparaíso, que tuvo la oración fúnebre en el colegio de san Bernardo de Salamanca. Pasan diecinueve años largos y Rois y Mendoza ocupa la sede de Badajoz.

Día alegre de su entrada. Muy detalladamente lo refieren las actas capitulares. Salió el cabildo hasta el puente. El señor Obispo, que venía montado en una mula, muy afable. Parece que las relaciones entre el prelado y el cabildo fueron siempre excelentes.

Monseñor Rois, nacido en 1611, y que entró en la diócesis el 18 de octubre de 1668 tenía entonces 57 años de edad. Traía ideas casi fijas y muy dinámicas. Había venido, pero tenía que ver. Veni, vidi. Por eso muy en breve visita la santa iglesia catedral, las iglesias y conventos de la ciudad y la diócesis.

El 16 de julio de 1670 es día memorable en los fastos pastorales de Badajoz. Sale de su palacio el señor obispo, don Francisco Rois Bernaldo de Quirós Mendoza, presuroso, llevado por el espíritu de Dios en dirección al lugar donde estaba reunido el cabildo. Sabe que será bien recibido, que se le quiere, pero no sabe cómo será recibida su propuesta. Venía a decirles que había visto. Había visitado oficialmente la catedral, parroquia y monasterios de la ciudad, Alburquerque, Jerez de los Caballeros y sus valles (parajes ambos que llevaban casi 20 años sin visitar), Fregenal y su vicaría, Zafra, Villagarcía, Burguillos, Ducado de Feria y todo lo restante hasta salir por Talavera la Real a su palacio de Badajoz jueves 23 de marzo de 1670 a celebrar la Semana Santa y había averiguado personalmente la necesidad de mucha nueva reforma.

Pero no hay que atender solamente a los títulos de sangre de don Francisco. Hay que recordar que es hermano de don Diego, expaje del duque Alberto y ex-capitán y monje cisterciense de Valparaíso, hermano de dos monjas cistercienses de las Huelgas de Burgos y cisterciense él también de Valparaíso desde los 17 años. Hay que recordar su brillante carrera en Alcalá de Henares, en Salamanca, donde fue discípulo de don Fray Angel Manrique, obispo también de Badajoz, a quien ya había sucedido (siquiera nominalmente) como Prior de Calatrava y predicador del Rey. Y no digamos de las cátedras que obtuvo, si bien ni como catedrático ni como escritor creemos que llegase a la altura de Manrique.

En labor pastoral, sin embargo, en Badajoz llevaba ventaja, ya que era más joven. Nacido en 1611, no había cumplido los 60 años y nos lo figuramos con paso ágil, gesto elegante y convincente y un ardor pastoral devorador.

El cabildo le recibe con respeto y cariño y destina el día 18 para meditar la respuesta, pero por de pronto le da las gracias y le acompaña hasta la puerta de la iglesia. El 18 nombra a los que le habían de asistir en los preparativos del sínodo y reconoce que es muy justa y santa obra.

Si bien los preparativos y por fin el 1 de febrero de 1671, domingo de Septuagésima, comienza el sínodo. De antemano se habían registrado los archivos y resultaba que propiamente vigente era el que celebró en 1501 el obispo don Alonso Manrique. Se hizo especial mención de los de don Diego Gómez de Lamadrid en 1582, don Fray Juan Roco de Campofrío en 1630 y don Fray Angel Manrique en 1648. Sorprende que no se tiene en cuenta los tres sínodos que parece celebró San Juan de Ribera, distintos sin duda de Rois en el carácter, pero semejante en el celo pastoral. Lo cierto es que a esta asamblea la llama gran sínodo don Pedro Rubio en su Historia del Seminario Diocesano y a él se refiere como a últimos sínodo el anuario eclesiástico de 1928, de modo que, si entonces se consideraba que habían transcurrido 170 años sin sínodo viable, desde esa fecha hubo un lapso mucho más prolongado. Aunque este mismo sínodo no sabemos si entró en vigor, no porque no fuera de la intención del señor Obispo, sino por cuanto al imprimirse en 1673, ya estaba designado para el arzobispado de Granada. Gracias y desgracia para Badajoz su segundo obispo cisterciense. Vino, vio, sentó las bases para remedio de los males y fomento del bien, pero no tuvo tiempo para aplicar lo legislado. Consta que entregó al cabildo un ejemplar de las sinodales, que subsiste y que despidió de dichos capitulares en la sesión del 12 de mayo de 1673. El cabildo le recibió a la puerta de la iglesia, le acompañó hasta el recinto capitular, donde tomó asiento entre el deán y el prior, les habló durante un rato y escuchó la contestación del deán y luego fue escoltado de nuevo hasta la puerta de la iglesia.

Pasó a Granada, donde siguió trabajando intensamente en el campo pastoral, hasta que enfermó y al cabo de largos meses de enfermedad falleció santamente. Eso fue lo que perdió prematuramente la diócesis de Badajoz.

En cambio conserva hasta hoy su Angel, que fue también el Angel del obispo Rois y de tantos otros. Ahí están los restos de la capilla del sagrario de la catedral, donde él confirmó a numerosos fieles en 14 de febrero 1646. Pidieron su restos sus hermanos de Santa María de Huerta. La carta es inédita y reza así:

Señor

El Abad, Prior, Monjes y convento, hijos de esta Real Casa de Huerta, en nuestro capítulo juntos humildes y postrados a las puertas de Vuestra Señoría dicen, que nuestro Señor fue servido de llevarse para sí a su gran Padre, Maestro y Señor, Padre Maestro Fray Angel Manrique hijo de esta Real Casa y dignísimo obispo de esta santa noble e ilustrísima iglesia de Badajoz y que desean en algo mostrar a su gran Padre y al mundo lo tiernamente que le amaban y cuán cordialmente le veneraban y querían. Por tanto han acordado suplicar a Vuestra Señoría, como por esta carta firmada de su Abad y Secretario lo hacen, se sirva Vuestra Señoría de darles y volverles a su amado Jacob y Padre, que, si su Ilma. no lo mandó a su hijo José, que es el Abad de Huerta, ni le juramentó a la traslación de sus huesos, fue sin duda porque, como tan atento y mirado, conoció ser superfluo, respecto lo generoso, grande, piadoso y religioso del pecho de Vuestra Señoría y que ni quedaba en Egipto, ni su José las había de haber con Faraón sino con Vuestra Señoría que tanto se deprecian siempre de honrar a todos y fiando más en muerte su Ilma. para la traslación de sus huesos a su querida Raquel de lo que Vuestra Señoría le supo en que de lo que su Ilma. podía acordar y mandar como Jacob a la despedida de ella, lo omitió. Petición es, Señor, justa y pía y digna de lo que siempre Vuestra Señoría se esmera en honrar a todos, con que está Casa se promete el feliz suceso de sus deseos, porque de antemano besa a Vuestra Señoría su mano, reconociéndose desde hoy por su perpetua esclava, solicita y deseosa prospere a Vuestra Señoría la divina clemencia crecidos aumentos de la divina gracia.

Huerta y marzo 24 de 649.

Fray Gabriel Trincado,
Abad de Huerta
Rubricado

Por mandato de su Paternidad
Fray Dionisio de Herrera,
Secretario
rubricado

Llegó tarde esta carta y sin posible efectividad, ya que el anónimo Continuador de la Historia de la Diócesis dice que el cabildo no accedió, creyendo (son palabras textuales) que en él tiene esta Iglesia un Angel de guarda después de veintiún años. Y yo, cisterciense que celebré mi primera Misa en Santa María de Huerta treinta y cinco años ha, creo que reposan en buenas manos los preclaros restos del Angel de guarda de Badajoz.

Oct 011971
 

P. Vicente Jiménez, C.M.

NOTA HISTÓRICA de la Casa-Misión de los PP. Paules de Badajoz.

Fase 1ª.- En 1.8o2 fue nombrado obispo de Badajoz D. Mateo Delgado Moreno. Habiendo oído y tratado a los Hijos de S. Vicente. quiso aprovecharse de sus servicios en su seminario de San Aton. Fácilmente obtuvo de Carlos IV la licencia de su instalación, pero le fue muy difícil obtener misioneros del P. Visitador-Provincial-, P. Sobíes,… quien por fin lo envió a los PP.Murillo, Camprodon y Zabalza, con un Hº. Coll.

Fase 2ª.- Cruzaronse no pocas dificultades, singularmente, por el estado de indisciplina y rebeldía de los jóvenes escolares y otros poderes intrusos. Esto inclinó al Visitador P. Sobíes, a llevárselos… pero tenazmente suplicado del Obispo y otras personalidades, dejó allí al prudente y sabio P. Val honesta, -que luego murió allí, trayendo inmenso gentío a su entierro,? quien pasó en dicho Seminario otros 4 años muy dificultosos, sin lograrse todavía la fundación definitiva.

Fase 3ª y final.- La fundación la realizó el Obispo, vencidas todas las dificultades, el 19 de octubre de 1.807. En las cláusulas de la Escritura de fundación «se cede y traspasa -el nuevo edificio levantado- para vivienda de los misioneros, para casa de ordenandos y corrigendos y ejercitantes, y comprometiéndose los PP, a dar clases de Teología, Moral y Escritura, además de la Liturgia, a regir el Seminario, dar conferencias a los colegiales, y a practicar los ministerios de las misiones y ejercicios a cuantos lo pidieren».

La casa de los Ordenandos se hizo famosa por su caridad y heroísmo durante la Guerra de la Independencia.

La aprobación de los Estatutos, de forma definitiva, posee la fecha del 14 de febrero de 1.810, firmados por el Sr. Obispo de una parte y del Superior General de la C.M. P. Salhorne en París, el 21 de mayo del mismo año, acto que le da carácter de entidad canónica y legal.

Oct 011971
 

Patricio Guerin Betts.

Valores históricos religiosos de Extremadura.- Muchos sin duda, y los más llamados a estudiarlos son los hijos de la propia tierra.

Sucede, sin embargo, que los historiadores y sobre todo, los investigadores, tenemos cierto instinto policiaco, y nuestra misma labor nos exige seguir la pista de los historiados.

«Tras el polvo de su sandalias». Sí; a mi me toca en este momento seguir las huellas de unas sandalias episcopales, desde Leyre, donde me encuentro hasta Badajoz, en cuya catedral descansan los restos mortales del inmortal fray Ángel Manrique.

El dicho «inmortal», y en el título puse «coloso» aunque este epíteto no se me ocurrió a mí sino que lo recojo de una carta que hace tiempo me escribió un sacerdote erudito, que me exhortaba a seguir estudiando la persona de Manrique, «porque es un coloso«. Y aquí en esta semana monástica, un monje de gran nombradía, enterado de este trabajillo actual, me declaró con espontaneidad que Manrique era una gran figura poco estudiada.

Desconocido desde luego no lo es. Sus Annales Cistercienses han llevado su nombre más allá de las fronteras.

En nuestros tiempos, y con ocasión del tercer centenario de su muerte (1649-1949) le dedicó un trabajo muy documentado y concienzudo el que hoy es digno abad de Santa María de Viaceli, Cóbreces, provincia de Santander (1-. El Ilmo. fray Angel Manrique Obispo de Badajoz (1577-1649) en Collectanea Ordinis Cisterciensium Reformatorum nº3 de julio 1950 y nº2 de 1951, pags. 195-207, y 128-139).

Después me tocó entrar en la lid personalmente, ante todo con mi conferencia en santa María de Huerta en 1962 con ocasión del octavo centenario del Monasterio y que fue publicada en Celtiberia con el título de «fray ángel Manrique» (Celtiberia núm. 23 páginas 131-138 1962). Con la misma ocasión del centenario la revista «Cistercium» dedicó un número extraordinario a la ilustre abadía y a mí me ocupó exponer ampliamente la muy interesante genealogía hasta entroncarle con los mismos fundadores de dólares de Huerta. Agregue otro par de artículos en Cistercium: In cunabulis, y El curso de Meira (XVI, 1974 núm. 90, páginas 24-35.) bajo el título genérico de «Estudio y semblanza». El plan era vasto, pero la revista tenía sin duda gran cantidad de material, y se paralizó el trabajo. Únicamente un sueltecito en 1965 «Un insigne error» Cistercium XVII (marzo-abril 1965 pags. 85-88) en defensa de Manrique y de la verdad que es lo primero que debe preocupar a todo historiador.

También en otra revista de gran prestigio tuve ocasión de hablar de Manrique por extenso. Se trata de «Miscellanea Comillas» donde se reeditó (6) por tercera vez un «Memorial» de Manrique a las Iglesias de Castilla en 1624 acerca de la contribución que pedía el rey. Iba precedido de una larga introducción. Lo comentó D. Alberto Echevarría, profesor de la Universidad de Salamanca, en un periódico de dicha ciudad, y recientemente en un librito acerca de los antiguos alumnos de Salamanca. Envié una separata al actual señor obispo de Badajoz, y me contestó que le habían gustado mucho varios puntos del Memorial.

Un tercer exponente de las gestas de Manrique es el Padre Agustín Romero, monje de Santa María de Huerta, en Cistercium(7- Cistercium XIV marzo-abril, 1962; nº80, pags 71-82) El titulo es «El obispo Manrique a través de algunas de sus cartas». Precisamente es el tema que interesa más respecto a estos Coloquios, si bien para comprender a ese obispo pacense hay que estudiarle desde atrás.

He sentido mucho no poder acudir a Trujillo por las fechas designadas para estos Coloquios, pero para continuar mis investigaciones quedan otras muchas y estas ocasiones son las que mueven las voluntades e impulsan a trabajar. Entre tanto sólo puedo presentar a los asistentes y a los interesados en los Coloquios: una vez más a Manrique tal y como le conocemos hasta ahora. No serán nuevos los datos, pero sí la presentación, que será preparado ad hoc.

La primera explicación que hay que dar es bastante radical. Fr. Ángel Manrique al nacer y al ser bautizado parece otro distinto, ya que se llama «Pedro de Medina «Santo Domingo, y es que fue hijo de un regidor de la ciudad de Burgos, llamado D. Diego de Medina Cisneros, y de doña María Santo Domingo Manrique. El nombre propio lo cambiaria al entrar en religión, por el de Ángel, y el apellido Manrique lo hubo de llevar como condición indispensable para poder ingresar en el colegio de Los Manrique de Alcalá de Henares, fundado por D. García Manrique, tío de su madre . Un episodio famoso e importante de su niñez fue que conoció a Santa Teresa de Jesús, y esta le echo la bendición y pronosticó que había de ser importante en la iglesia de Dios.

Comenzó a estudiar en edad bastante temprana puesto que a los 13 años ya estaba en el colegio de los Manrique de Alcalá. Aquí trabó grandísima amistad con los cistercienses de Santa María de Huerta, que cursaban estudios en la Universidad Complutense. Tal vez estaría aun vivo el recuerdo de las relaciones entre los Manrique y Huerta. El caso es que el joven Pedro de Medina cobró más cariño al claustro cisterciense que al colegio y fue a tomar el hábito al cenobio soriano. Muy grande debía ser el prestigio de Huerta, o su capacidad educativa, para que de aquella sola tanda de novicios saliesen tres futuros obispos cistercienses. Cual de una crisálida sale una mariposilla, así el estudiante frustrado de Alcalá, al cabo de un año de noviciado salió a estudiar filosofía al colegio del monasterio cisterciense de Meira. Era un curso filosófico de tres años. De fray Ángel consta que por su precocidad, le sobraba mucho tiempo del estudio, para dedicarlo a la piedad.

Todavía muy joven marchó a Salamanca, que seria su residencia durante muchos años. Tales progresos hizo en el estudio, que ya en 1605 puede publicar su obra «La Laurea Evangélica«, dedicada a su madre; en 1610, «El Santoral Cisterciense», del cual hace una gran alabanza el erudito fr. Lorenzo de Zamora que encuentra la doctrina muy sana y católica junto con la delicadeza de ingenio y erudición. El 7 de noviembre de 1613 obtiene el titulo de «Maestro en Teología» Con ello ganaba puntos la Universidad de Salamanca, al granjearse un joven profesor competentísimo, ejemplar, afable y constante. Seguramente sus primeras lecciones serían para los estudiantes del colegio de la Orden.

El año 1615 obtiene la cátedra de Escoto; en 1618, la de Santo Tomás, y en 1621 la de Filosofía Moral y el título de «Maestro en Artes».

Cargos monásticos tampoco le faltaron, como fue el de abad del colegio cisterciense de Salamanca, durante cuatro trienios. Entonces demostró talento matemático y administrativo, al trabajar en la fábrica del edificio colegial en menos tiempo mas que varios de sus predecesores juntos, y construir la célebre escalera del aire, enigma para el también inteligentísimo y célebre Caramuel.

Fue consiliario y definidor de su Congregación, y finalmente general reformador desde 1626 a 1629. Terminado este importante empleo volvió a la cátedra, y en 1630 obtuvo la de Vísperas. En 1636 fue nombrado predicador del Rey. Su Majestad quedó muy satisfecho de sus servicios, porque decía la verdad sin ofender. También predicó en varias ciudades; entre ellas, Barcelona, Burgos y Santiago. Tan castiza era su dicción que mereció ser incluido en el «Diccionario de Autoridades de la Lengua». A fines de 1638 obtuvo la cátedra de Prima de Teología. También este año publicó el primero de los 4 gruesos tomos de los «Annales» Cistercienses reeditado recientemente por la Gregg Press, a un precio muy elevado, índice del valor que se les atribuye. Al publicar el último tomo, -ya era obispo de Badajoz y tenía reunidos datos para otros tres; pero ya le fallaba demasiado la vista, que nunca tuvo buena. Antes en 1633 el abad de Morimond le había nombrado prior de Calatrava, y si no lo llegó a ser de hecho, fue por la oposición de los frailes a que ocupase tal dignidad un cisterciense.

Por monumental que fuese la obra de los Annales, es solo una parte de su labor literaria en latín y en castellano. Además de las obras ya citadas, hay un «Sermón en la beatificación de S.Ignacio de Loyola», Salamanca, 1610; –«Meditaciones para los días de la Cuaresma«. Salamanca, 1612- Sermones varios. Salamanca, 1620; «Apología por la mujer fuerte», Salamanca, 1620; «Historia y vida de la venerable Madre Ana de Jesús Bruselas», 1632, obra bastante voluminosa y escrita por encargo de la infanta doña Isabel Clara Eugenia; Memorial al señor Felipe IV, sobre el nombramiento de Prior de Calatrava, 1634; Respuesta al Rey sobre seis puntos concernientes a la Concepción de nuestra Señora, 1643, y Pontificale Cisterciense, Salamanca, 1610.

El no haber sido nombrado en fecha más temprana para alguna sede importante fue debido en gran parte a su desgana. Bien le hubiese gustado al Rey y a alguno de sus magnates tenerle cerca en Madrid para consultarle muchas cosas; pero Manrique no quería que le envolviesen y prefería estar a distancia. Por otra parte debía tener mucho cariño y apego a la Universidad Salmantina donde llegó a ser «Princeps Studiorum», y al colegio-abadía de su Orden.

Ya de viejo a los sesenta y ocho años consiguieron algunos de sus amigos, muy a disgusto suyo, que fuese nombrado obispo de Badajoz, y como dije en mi conferencia de Huerta: «A los sesenta y siete años bien cumplidos le llegó a Manrique la mayor de las distinciones, el nombramiento de obispo de Badajoz. Bien podía parecer una medida cruel, si es que el nombrado hubiese de tomar en serio las obligaciones anejas a esta dignidad, como en efecto lo hizo Manrique.»

Mientras se le enviaban de Roma las bulas, se pasó otro año casi entero, y así fue un anciano de 68 años el que se presentó en Badajoz para tomar las riendas del gobierno eclesiástico en el otoño de 1645. Viejo según el cuerpo, joven y vigoroso en el espíritu.

Es edificantísimo ver como el aristócrata, el teólogo, el historiador, la lumbrera de España, según le llamó Diana en carta escrita a Caramuel, este venerable anciano reside en la diócesis, y no solo en la capital, sino la mayor parte del tiempo en todos los rincones de ella sucesivamente, y cuando llegan las grandes festividades y conmemoraciones, Manrique escribe el Cabildo desde los puntos más remotos con exquisita cortesía para excusar su ausencia, y manifestar su unión espiritual con sus colaboradores mas íntimos.

No contento con recorrer la diócesis en todas las direcciones, tuvo arrestos para convocar un sínodo a fines de 1648, último año de su vida. Don Juan de la Guerra, canónigo magistral, nos describe al obispo Manrique en 1646 «armado de la pluma» en medio de las tropas a las cuales arengaba, ya en privado, ya en público, convertido casi en Ordinario Castrense, ya que Badajoz rayaba con Portugal, teatro de la guerra entre españoles y portugueses. Pese a esta situación y después de cumplir con las obligaciones de fiel pastor, Manrique hallaba tiempo para dar los últimos toques al cuarto tomo de sus Annales, que habrían de servir según el citado magistral, para animar a todos a cumplir con su deber.

Badajoz fue la ultima etapa de la vida de fr. Ángel Manrique, la más gloriosa pero también la más laboriosa. Sin duda Dios quería consumar la obra de santificación y por eso dejados atrás Burgos, Alcalá, Huerta y Salamanca se afanó en tierras extremeñas por cultivar la porción del campo del Señor a él encomendada. Y este es el ocaso inmortal del coloso. Ya no teoriza el que grande y excelente teorizador había sido. Obrar, trabajar, dar ejemplo cumplir esmeradamente su ministerio pastoral. De esto fue testigo la Extremadura de aquellos tiempos que se admiró y conmovió cuando los monjes de Santa María de Huerta, que también tenían motivos para conocer y para amar y admirar a fr. Ángel Manrique, pidieron sus restos mortales. La respuesta negativa estaba fundada en que sus restos eran los restos de un Santo. Y fue sepultado en la capilla del Sagrario de la S.I.Catedral de Badajoz, lo cual debe servir para que los habitantes de la capital y de la diócesis le consideren presente, porque un ocaso inmortal excluye la muerte.

Non omnis moriar, se debe decir de todo aquel que muere en gracia de Dios; pero más especialmente de estos colosos, que se deshacen en aras del bien de los demás, y con ello reciben una bendición especial de Dios, la bendición do permanencia. Ese sol que veis rubicundo esconderse tras la montaña o deslizarse en el mar, no ha desaparecido, se ha ocultado silenciosamente, majestuosamente, pero aún tiene que haceros mucho bien.

Fr.Patricio GUERIN BETTS.OCSO.