Oct 142013
 

Manuel Rubio Andrada.

SITUACIÓN Y GENERALIDADES

El paso de Pablo se localiza en el mapa topográfico 1/50000 del Instituto Geográfico y Catastral, edición de 1963, hoja 681 denominada Castañar de Ibor; sus coordenadas son: longitud 10 48′ y de latitud 390 32′ 35″ del meridiano de Madrid.

 El diario Hoy del 8 de junio de 1992 notifica su descubrimiento e informa algo os­curamente sobre su situación en entrevista realizada a D. Antonio González Cordero por el corresponsal del citado periódico en Navalmoral de la Mata, Cáceres. En el escrito solamente se bautiza la apretura donde se encuentran las pinturas como «Paso de Pa­blo» dejando su localización en un impreciso lugar de la sierra de Roturas, quizás dando vista al valle de Santa Lucía. Sin duda D. Antonio, que gusta actuar de maestro oficiante en el bautismo de pasos, collados y cuevas, dejó sin localizar científicamente el hallazgo por temor a los estúpidos destrozos. Localizar estas pinturas parecía cosa fácil, hice va­rias tentativas y finalmente hube de ponerme en comunicación con su descubridor quien gustoso me facilitó los datos para su conocimiento y estudio.

 Aunque esta parte de la sierra de la Ortijuela pertenece al término municipal de Ca­bañas del Castillo es en la población de Roturas donde se debe tomar el camino para su visita. Parte frente al cementerio y desciende con rapidez hacia un puentecillo sobre el río Almonte; sin doblar hacia la izquierda, nos conduce al extremo N del valle de Sta. Lucía; remontad este valle por el camino, en sentido opuesto al que traíamos hasta fal­dear el pico del Ahorcado -un par de kilómetros desde que entramos en este valle-. Justo en la base de su cara W avistaréis una tupida masa de helechos, verde en alta primavera y marrón en otoño e invierno.

 Dejado el vehículo en su base, si es posible cerca de una maravillosa e inacabable fuentecita, os aguardan 25 o 30 minutos de una dura ascensión. Debéis acometerla más bien hacia la parte izquierda eludiendo si podéis la pedriza y el jaral; éste hace poco que se quemó, lo que permite subir con cierta facilidad, cuando crezca será imposible tomar esta vía de ascenso. Recomiendo tantear las tenues veredas de la saca del cor­cho que busca los grupos de alcornoques, ellas os ascenderán con evidente rapidez. Al llegar a la base izquierda de las primeras rocas subid y cruzadlas por arriba; tantear igualmente la pedriza para pasar ascendiendo hacia la derecha por encima del helechal; una vez allí hay que gatear aún unos metros y pronto se abre el paso que buscamos. Es el primero por encima de los helechos.

 

 Los dos paredones que lo forman son casi verticales en dirección próxima al N-S y ligeramente inclinados hacia el E, poseen curiosísimos restos fósiles de vida paleo­zoica. Sin mucha dificultad observaréis las pinturas en su base interior derecha. El opuesto paredón de la izquierda es mayor y vertical hasta lo alto, ofrece cobijo a una nutrida colonia de buitres leonados, cernícalos, cuervos, palomas, perdices … , algunos insectívoros completan el avifauna con poca pero selecta representatividad. La flora es la típica mediterránea extremeña.

 

El panel ocupa una superficie muy próxima a 1 m. de alto y 0,50 m. de ancho y está ocupado por unos once conjuntos en diversas tonalidades; su distribución en tan escaso espacio se debió a la comodidad que la naturaleza ofrece; allí, en su base, a la derecha, se puede observar los restos de pintura en un hoyuelo utilizado como recipiente; enfrente, muy cerca, las cuarcitas sirven de apoyo para pintar sen­tado con cierta aunque punzante comodidad. Estas buenas condiciones motivaron que, sin duda por no levantarse, las figuras en ocasiones se entremezclen dificul­tando el estudio de los conjuntos. La inclinación de la pared rocosa es motivo de cierta dificultad para fotografiar las partes inferiores, igualmente dificultan las natu­rales rugosidades fósiles, los colores de la roca, sus fragmentaciones, etc.; el sol alumbra únicamente unas horas antes y hasta mediodía. En general su estado de conservación es bueno y los diferentes cromatismos con los que fueron pintados intencionadamente facilitan su particular distinción (Fig 1).

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Figura 1.

Figura 2

Figura 2.- Conjunto 1

  CONJUNTO I (Fig 2)

Un primer conjunto se dispuso en la parte superior izquierda; está formado por dos series de gruesos puntos. La superficie que los contiene presenta en la derecha dos finísimas líneas en alto relieve formando cuartos de Luna; nueve puntuaciones estiliza­das los adornan externamente a modo de cortos rayos. La serie de la izquierda completa hacia el mismo lado con siete puntos; caprichoso abultamiento que además allí ofrece la cuarcita.

 

Las series de puntos que conozco por lo general se distribuyen en superficies de tendencia rectangular aunque hay algunos casos que siguen organizaciones aparen­temente más liberadas entorno a un caprichoso racheado u otro motivo, aquí no parecen tener otra finalidad que lo meramente ornamental completando los finos segmentos cir­culares de origen fósil. Su cronología parece tardía por todas estas cuestiones.

CONJUNTO II (Fig 3)

Figura 3

Figura 3.- Conjunto 2

El segundo conjunto comienza algo inferiormente, unos 10 cm. a la derecha; fue realizado en color rojo parecido al del conjunto 1 y trazos de grueso medio. En su parte superior, la figura número 1 ofrece una forma de palmera; consta de un grueso tronco en cuya parte superior surgen armoniosamente pequeños arquitos de circun­ferencia distribuidos algo elemental mente. Este arbolito presenta a ambos lados de su base líneas circulares con tendencia a formar semicircunferencias concéntricas; son visibles cuatro en el lado izquierdo y tres en el derecho, estas últimas conse­guidas con perfecta ejecución. Este dibujo está realizado en los dos tercios derechos de una línea recta y horizontal que, a la altura media de su tercio izquierdo, fue alzada con pequeña curva superior; es indicio de no pretender confundir los contenidos que ofrecen los aguzados tracitos realizados en otra colocada paralelamente bajo ella; constituyen la fig. núm. 2.

 

Próximos a esta zona comienzan los bien marcados cuernos de un bóvido; el animal, figura 3, mira hacia la izquierda y presenta una cabeza rectangular sin pormenorizar; continúa el cuello alargado y muy deteriorado en su parte inferior. El tronco tiene su­periormente dos marcados abultamientos -anterior y posterior- y un hundimiento muy acusado en la zona dorsal; acaba en larga cola. Las extremidades son pequeñas, tos­cas y algo desproporcionadas. Este animal tiene una atadura bastante recta en la parte superior de su hocico y termina unos 2 cm. más abajo en una pieza arqueada que fue perfilada con mucha meticulosidad, constituye la figura número 4.

 

La número 5 pertenece a otro animal de dimensiones más pequeñas. Su voluminosa cabeza presenta un redondeado hocico que tiene la arqueada pieza de la atadura; está rematada superiormente con tres pequeños tracitos apuntados con decisión, pueden indicar tres cuernecillos. Este hecho extraordinario debió ser motivo fundamental del re­lato ya que el cuerpo de este animal se trazó con perspectiva muy diferente resultando el tronco un tanto distorsionado por la necesidad de presentar en «primer plano» la ca­beza con sus tres nacientes pitones. Sus extremidades superiores comienzan en un so­lo trazo para separarse en dos al llegar a un pequeño hoyuelo de la roca; las traseras parecen estar representadas por una línea algo más gruesa y tosca. En este mismo es­pacio hay otra vertical y paralela, algo separada, a la derecha de la figura que puede corresponder a una representación elemental de lo que no se ve por estar tapado por la especial posición, esto es la otra extremidad o bien la cola.

 

Este conjunto nos muestra en la parte superior un pequeño paisaje. En el centro un árbol semejante a una palmera completa la decoración; los arcos concéntricos que de­coran su base -por esto debe tomarse como un dibujo realista con marcada tendencia figurista-; puede ser indicativo de una vegetación propia del clima más cálido -actual­mente conseguir una palmera en estas alturas es sin duda tarea muy difícil-. Todo este dibujo se limitó inferiormente con una recta que se presenta respetuosamente curvada en la parte izquierda aparentemente para no «dañar>’ los tracitos afilados inferiormente en otra paralela colocada inmediatamente debajo; estos tracitos debieron ser de gran valoración para el autor por la meticulosidad y pormenorización de su factura; con es­casas dudas parecen mencionar las piezas de un arado.

 

La forma de los dos bien marcados cuernos nos indican con claridad que se trata de un bóvido, el cual se trazó con dos exageradas gibas en la parte superior de sus ex­tremidades acompañadas de un peculiar hundimiento dorsal; pudo tratarse de un animal muy longevo y, en cualquier caso, debió ser utilizado en múltiples funciones entre éstas como animal de carga, e incluso de monta, de eso le podría venir la deformidad ver­tebral. La atadura ofrece muy pormenorizada en el hocico del ternero una pieza rígida cuya naturaleza se nos escapa aunque pudiera ser metálica -no hay que descartar la madera-, en cualquier caso su ejecución real es artificiosa pues ha de funcionar como pinza o, en el peor de los casos, como anilla, lo que conduce con facilidad al rasgado del tejido nasal y la consiguiente posibilidad de pérdida del ternero; llegar a su cons­trucción denota una necesidad y experiencia poco elemental.

 

El gusto por la combinación de líneas rectas y curvas, su organización y sobre todo el empleo de los semicírculos concéntricos como temas en su decoración recuerdan contenidos y estilo figuristas propios de algunas vasijas ibéricas en cuyo momento cul­tural lo encuentro más encajado y desde luego se aleja de las composiciones anteriores en las que la ambientación decorativa es prácticamente inexistente.

CONJUNTO III (Fig 4)

 Figura 4

Figura 4.- Conjunto 3

Muy próximo a la parte baja del conjunto anterior se dibujó este otro en color granate, trazo grueso -10 o 12 mm.- y sin aparente limitación.

 La fig. núm. 1 de este conjunto está formada por un ramiforme compuesto por un trazo de tendencia vertical acabado superiormente en pequeño óvalo. A la altura media de lo que llamaré tronco, ofrece por la izquierda un trazo elevado y, en la misma zona del lado opuesto, otro algo simétrico; el tramo inferior tiene otra ramificación de tamaño e inclinación parecidos. Hacia la derecha continúan las figuras 2, 3 Y 4, son tres gruesas y pequeñas líneas equidistantes e inclinadas hacia este lado; la núm. 4 se remató su­periormente en gancho.

    Este conjunto continúa debajo a la izquierda con la fig. núm. 5. Consta de dos tracitos cortos y gruesos co­locados en la parte superior. La figura 6 está formada por uno indicativo de la cabeza y dos inferiores para el tronco, el de la izquierda se interrumpió al llegar a un profundo racheado realizándose otro a su lado, éste acaba en un sexo simplemente apuntado. Las extremidades superiores tienen en su parte izquierda dos ra­mificaciones, de ellas la inferior está curvada a manera de pinza y posee un muñón pe­queño en su parte superior; la extremidad del lado opuesto dobla hacia abajo a la altura de lo que sería el codo y termina en un ángulo recto hacia arriba.

 Estas figuras son la tosca representación de dos individuos posiblemente masculinos enfrentados; uno portaba en su mano derecha un objeto y en la iz­quierda otro de tamaño inferior, se adornaba o protegía con un tocado o casco. El otro individuo trazado superiormente, parece caer.

 El conjunto tiende a la desproporción, a la tosquedad, al excesivo grosor de los tra­zos … y en esa línea corresponde relacionarle con el situado en Las Marías, Cabañas del Castillo 1; más distante sería el de Monfragüe, Torrejón (6) y otros de estilo menos tosco pero de parecido ambiente. Todos ellos se oponen a las realizaciones en grupo cuyo desenvolvimiento en el espacio rocoso no presenta los pro­blemas que aquí, por ello es de suponer que su trazado corresponda a épocas diferen­tes aunque imprecisas.

 CONJUNTO IV (Fig 5)

Figura 5

Fig 5.- Conjunto IV

Este conjunto está a la izquierda del anterior, pasado un fino racheado que divide diagonal mente la superficie de izquierda a derecha; su trazo es de grueso variable os­cilando entre 5 y 10 mm.; el color rojo es bastante más claro que el granate del conjunto 111 y parecido al empleado en el conjunto 11 de los bóvidos.

 

La figura 1 pertenece a la forma esquemática de un cáprido que mira hacia el lado izquierdo. Su cabeza posee bien marcada cuerna, algo inclinada hacia atrás; en su par­te inferior se dibujaron con meticulosidad dos finísimos penachos indicativos de la bar­ba. Tras la triangular cabeza continúa una línea estrecha indicativa del tronco. Sus ex­tremidades anteriores rectas y toscas. Las posteriores se sustituyeron por una mons­truosa forma bípeda y acéfala que posee apuntados en la parte superior tres pequeños trazos; esta forma se proyecta hacia la cuerna del animal con un grueso trazo.

 

Situados a la derecha de un fino racheado y a la altura de la parte superior de la fig. 1, hay tres trazos en igual tonalidad, de unos 7 mm. de grueso e inclinados, cons­tituyen la figura número 2. Bajo ellos, algo hacia la derecha se pintó la fig. 3 que per­tenece a un gancho en igual tonalidad y de diferente grueso -la parte izquierda tiene 7 mm. de grueso y la terminación derecha no sobrepasa los 10 mm-.

 

Esta última figura puede relacionarse con otras semejantes, no muy numerosas y casi siempre independientes, esparcidas por esta serranía; así se manifiesta en la cueva del Caballo, Berzocana. En otras latitudes más bajas, valle del río Guadiana, su ejecu­ción individual es escasa perteneciendo a figuras algo más complejas que muestran idéntico acabado superior en gancho, hay que destacar las numerosas figuras del gran panel del Zarza de Alange, Badajoz, indicativos de algún contenido parcial dentro del más general que tiene las figuras en sus respectivos conjuntos. Igualmente se observan muy parecida a la de Zarza de Alange en algunas figuras del Morrón del Pino, Quintana, Fuencaliente, Ciudad Real (1). Su estudio está por sistematizar, como en la mayoría de los signos, por lo que no se puede determinar con certeza los diferentes contenidos que pueda tener pero dados los contextos donde se encuentran y las formas que suelen completar, parecen apuntar contenidos semejantes.

 

La realización de la cabrita con formas esquemáticas, aunque con algún pequeño detalle naturalista, debe relacionarse con otras semejantes, la más cercana está repre­sentada en la cueva de la Rosa, valle del Ruecas, Cañamero (2). Su continuación pos­terior por formas bípedas coronadas con tres cuernecillos parece informar de la extraña paternidad bípeda de un tricornio. Lo probable es que con el hecho reflejado se intentara explicar mediante alguna narración tosca pero fantástica el extraño fenómeno evidente en el conjunto número 11. Tal vez se pretenda explicar de forma particular la causa ge­neral del nacimiento de animales con tres cuernos. Si nos fijamos el cardinal de los tra­citos coincide con el de los cuernecillos por lo que bien puede mencionar estos; el gan­cho final, como he dicho, parece subrayar fondos masculinos; unos y otro remarcan abs­tractamente, de forma casi gráfica, la misma cuestión.

 

El estilo esquemático naturalista con el que fue realizada la cabra y el estilo abstracto -gráfico- no tienen porque apuntar cronologías diferentes ya que ambos recursos fue­ron utilizados tanto en obras muy tempranas como en otras más tardías, los conjuntos de la Pedrera del Joyu, río Ruecas, Cañamero, son un ejemplo entre otros de lo aquí indicado. Hecha esta salvedad y dada su integración en el mismo conjunto IV puede interpretarse el tema como una cláusula causal de los que expone el conjunto 11 -del ternero tricorne-, por ello hay que admitir su realización en épocas p’róximas de la Edad del Hierro debido a los motivos decorativos que aquél muestra.

CONJUNTO V (Fig 6)

Figura 6

Figura 6.- Conjunto 5

La figura número I aparece bajo la forma caprina del conjunto IV; aparentemente só­lo es visible una mancha negra, muy tenue y algo discontinua que corresponde a la re­presentación naturalista de un magnífico venado trotando hacia la derecha. Sabido es que la pintura naturalista levantisca no tenía relaciones conocidas en nuestro entorno -hay que subir al valle del río 8atuecas, Salamanca, donde sí se realizaron- (3). Dado el grado de visibilidad debería dudarse de su existencia de no haber sacado González Cordero y Alvarado Gonzalo su extraordinaria colección de fotografías (4). De la cabeza apenas nos han llegado unas manchitas y se situó a la derecha inmediatamente pasado el fino racheado, da la impresión que se utilizó un pequeño hueco que la roca ofrece para lograr su factura en bajorrelieve; hacia la parte superior se dispuso una larga pero finísima cuerna siendo escasamente visibles sus puntas. Hacia la izquierda se extiende con nitidez el tronco. Se conserva una extremidad delantera y muy tenuemente un frag­mento de la otra; las inferiores son parcialmente detectadas entre el deslizamiento in­ferior de la pintura negra. Finamente lanzadas dotan de movimiento esta pequeña re­presentación naturalista de unos 8 cm. de alzado.

 

Cerca de ella, en la parte superior izquierda, está la figura número 2. Puede obser­varse, con la misma tonalidad y finura, la diminuta e incompleta forma de otro cuadrú­pedo de sólo unos 2 cm. de alzado; su ejecución es aparentemente de tendencia es­quemática aunque las cortas líneas se realizaron con estilización. Solamente son visi­bles el tronco, cuello y dos finísimas extremidades superiores.

 

En general, la inclusión de la figurita de apariencia esquemática no debe restar an­tigüedad general al naturalismo que informa la forma del venado y puede ayudar a re­lacionar con otros conjuntos en los que está presente esa misma forma de composición.

 

El especial deterioro de la roca en la parte baja de estas formas descomponiéndose lentamente en forma granulosa es un proceso erosivo que naturalmente había comen­zado cuando se pintaron nuestros ciervos, pues hay espacios saltados impregnados de

pintura, pero hay otros contiguos, minúsculos, en los que falta, añádase a esto cierta impregnación del tono rojizo que del conjunto inmediatamente superior ha ido super­poniéndose; todo esto hace que hoy las figuras sean casi imposibles de reconocer en condiciones normales de luz y humedad y puede considerarse que el conjunto debió com­pletarse con otras formas hoy desaparecidas.

 

   Sin duda, no es necesario mirar a Levante con demasiada meticulosidad para en­contrar algún paralelismo. Ejemplos semejantes se observan entre las realizaciones de la fase IV según Beltrán o fase C estilizada dinámica de Ripoll. Concretamente nuestro venado tiene parecido con alguno de los realizados en la cueva de Minateda, en cueva de La Vieja, Alpera y en el abrigo VI-A, cavidad derecha del Torcal de Bojadillas, Nerpio. Albacete. El pequeño e incompleto cuadrúpedo, aunque aparece bastante estático, no constituye problema a la hora de su datación pues figuras esquemáticas semejantes acompañan a las formas naturalistas en la fase apuntada y muy evidente en el citado abrigo del Torcal de Bojadillas.

   Este tipo de formas viene situándose en el área levantina desde el 3500 al 2000 años a.C . (5) y estimo que, a pesar de las limitaciones cuantitativas, debe incluirse por el mo­mento en ese amplio horizonte cronológico en espera que hallazgos futuros puedan completar lo aquí simplemente esbozado.

                       CONJUNTO VI (Fig 7)

Figura 7

Figura 7.- Conjunto VI

   A la derecha del conjunto anterior e inmediatamente a la izquierda del número 3, aparecen un grupo de formas realizadas en una tonalidad naranja; hay motivos que se distinguen con nitidez, otros no.

 

   Coincidiendo con el trazo izquierdo de la figura 1 del conjunto 111 se observan dos puntuaciones en mi opinión superpuestas a dicho trazo; una más, algo alargada, con­tinúa por la izquierda. Bajo esta fila horizontal existe otra de cuatro puntuaciones se­mejantes, fig. 2, Y se colocaron en la parte superior de un relieve fósil, lineal y arqueado superiormente: Hacia la parte derecha inferior descienden dos trazos lineales y para­lelos no muy gruesos, cortados en su zona media por uno horizontal que se prolonga hasta la base de la fig. I del conjunto 111, es la fig. 3. Todavía se ven inferiormente otras formas bastante borrosas de tendencia cuadrangular.

 

   Parcialmente el conjunto completa unas formas foliares que se extienden por la par­te superior de la ramita fosilizada; hacia la derecha el conjunto se pierde en una crea­ción bastante inconcreta por lo desvaído del color. Recordemos que fósiles parecidos fueron la causa de la ejecución del conjunto 1; las puntuaciones colocadas encima de cela ramita» presentan una estilización igualmente semejante por lo que su autor bien pudo ser el mismo. Su cronología resulta también imprecisa.

                                              CONJUNTO VII (Fig 8)

Figura 8

El color de este conjunto es rojo, semejante al del número 11. La primera figura por la izquierda es un ramiforme con forma de palmera parecida al del mencionado conjunto aunque más pequeña; su parte superior se encuentra claramente interrumpida por la pintura negra del vientre del ciervo naturalista del conjunto V; por esta razón sólo se dis­pusieron tres ramitas en el lado izquierdo y dos en el derecho; el tronco descansa en dos finos trazos paralelos de tendencia horizontal, fig 3. Superiormente una pequeña forma rectangular, gruesa, corta y en sentido vertical fig. 3, arriba remata en un triángulo equi­látero que posee otro concatenado en su parte derecha más achaparrado; ambos están muy borrosos, son la figura número 4. En mi opinión, fueron pintados parcialmente sobre la forma de hacha del conj. VI. Bajo las líneas paralelas se extiende la figura 5 que está compuesta por dos formas circulares ligeramente inclinadas hacia la izquierda y com­puestas cada una por tres círculos concéntricos y secantes; sus semicírculos inferiores traspasan un racheado extendiéndose muy tenuemente hacia la derecha.

 Estas formas, como el pequeño arboriforme, recuerdan la organización y tema del dibujo de la parte superior del conjunto II de este mismo panel, aunque más pequeño y de peor acabado.

 

La ejecución de este pequeño grupo debe encajarse en la misma época que el con­junto número II ya que presentan una temática parcialmente semejante siendo el color idéntico. En ese ambiente el contenido naturalista de los triángulos debe estar fuera de dudas y representarían sencillamente un fondo serrano.

 Dada la interrupción superior de arbolito al llegar al vientre del venado se puede su­poner que ya existía éste cuando se pintó.

 

Por todo lo ahora expuesto sabemos que los semicírculos concéntricos que decoran figurativamente el conjunto número II pueden tener contenidos semejantes a éstos y for­malmente parecidos a las decoraciones de algunos recipientes ibéricos. Su ejecución debe ser cronológicamente aproximada una fase avanzada del Hierro es el horizonte cronológico con más probabilidades.

 

CONJUNTO VIII (Fig 9)

Figura 9

Figura 9.- Conjunto VIII

Este conjunto se dibujó en la zona media de la superficie pintada; se encerró en una pequeña superficie rectangular perfectamente limitada por un racheado; su color rojo claro está casi perdido, a su derecha la roca está fracturada faltando algunas pinturas.

 

Lo componen pequeños puntos distribuidos en dos superiores. Por la derecha, en un espacio triangular contiguo, se observan otros dos distribuidos de forma parecida. Su color y forma de trazado recuerdan los conjuntos I y VI de este panel; no evidencia otros contenidos de los que puramente ornamentales y matemáticos; la carencia de otros datos impregna igualmente su cronología.

CONJUNTO IX (Fig 10)

Figura 10

Figura 10.- Conjunto IX

Un racheado corta casi horizontalmente la superficie. Las pinturas que contiene esta parte inferior son de tres colores, granate, negro y rojo claro. El conjunto que ahora pre­sento está compuesto por las figuras de color granate parecido al empleado en la rea­lización del conjunto III.

 

La figura número 1 y 2 se dibujaron en la parte superior derecha; el núm. 2 es un cuadrúpedo de pequeña cabeza que ofrece su boca abierta, de orejas cortas y gruesas; su tronco es voluminoso y termina en larga y gruesa cola, muy erguida; sus extremi­dades son cortas. Donde la cola termina comienza la figura número 1 que es parecida, de tendencia simétrica aunque su cola está algo más doblada; de este animal solamente se ve la mitad posterior del cuerpo y, tras un erosionado, algo de la casi perdida cabeza.

 

Bajo ellas hay un espacio con una forma de color negro que estudio más adelante y enseguida otras dos; la número 3 tiene la parte inferior del cuerpo «oculto» por un racheado y sólo deja ver la parte superior de un cuadrúpedo de formas muy parecidas a las anteriores; en la cabeza, orejas y hocico cortos trazados con mayor minucia, lo que permite ayudar a reconocer en ellos un mustérido -posiblemente nutrias-. Muy pronto a la derecha, comienza la parte posterior de un cáprido del que faltan sus ex­tremidades superiores, su tamaño es semejante. El estilo naturalista con el que fue realizado es algo tosco e inacabado pero permite observar que el mustérido con la boca cerrada, olfatea la parte sexual del cáprido.

 

Por tener el mismo color incluyo en este conjunto la figura número 5 situada en la parte media del panel y corresponde a una pequeña forma triangular de lados extremadamente gruesos; su color está diluido externamente.

 

En la parte inferior del panel hay otras formas con la misma tonalidad. La figura  número 6 corresponde a una herramienta u arma compuesta por un eje central, vertical, de unos 6,5 cm.; en su tercio superior izquierdo surge un trazo que presenta hacia arriba, con toda crudeza, doce largos y afilados «dientes»; en la parte más alta del vástago central se trazó hacia la derecha un arco en media circunferencia, superiormente cóncavo, y aparentemente sujeto al eje central por un refuerzo ensamblado en el eje vertical a la altura del temible brazo izquierdo.

 

Inferiormente a la derecha hay otras dos formas en color parecido aunque algo más tenue y de trazo bastante grueso. La número 7 es un cuadrúpedo compuesto por un eje central que presenta inferiormente cinco trazos pequeños, crecientes hacia la derecha; en la parte superior uno muy cerca del extremo izquierdo suavemente doblado hacia la derecha representa la cuerna. Bajo ella hay otra más pequeña, la número 8, que per  tenece a otro pectiforme de composición parecida pero sin el trazo superior y solamente con tres inferiores.

 

Si atendemos exclusivamente a los temas que encierran las primeras figuras veremos· que, en sí mismos, son escasamente cinegéticos. La primera pareja de mustéridos jugue­tean, muy próximos, con sus colas erguidas… realizan un ceremonial próximo al aparea­miento haciendo ostentación de su fuerza. Es ese hecho y no otro lo que plasmó el autor, quien sin gran interés por otras partes del cuerpo, retrató el animal de la izquierda visible­mente incompleto tras el oscuro manchón. Posiblemente otra faceta del mismo tema se menciona con la pareja de animales colocada debajo, uno olisquea -así parece expresar­lo la disposición de su achatada cabeza-la parte genital de un cáprido, macho o hembra (es cosa que poco parece importar), lo que aquí se pone de relieve es el comportamiento juguetón de unos mustéridos posiblemente durante sus apetencias sexuales.

 

Si pertenece al mismo conjunto el terrible arma de la parte inferior, nos puede añadir concreción sobre su utilidad en la captura, al final la narración cambia e introduce un importante giro hacia lo cinegético.

 

Lo que se pudo plasmar en el panel con las figuras 7 y 8, formas bastante abstractas, por el momento se escapa a mi conocimiento aunque parecen añadir contenidos cir­cunstanciales referidos al último predicado de naturaleza venatorio: a mi entender poco añaden a la esencia de los temas expuestos en las tres «oraciones».

 

En resumen, si a las formas naturalistas se le añade el arma inferior, estas formas pueden apuntar una economía preagrícola y ganadera y extrañaría mucho situarlas en épocas posteriores al uso habitual del arco y la flecha como arma revolucionaria de las técnicas cinegéticas.

CONJUNTO X (Fig 11)

Figura 11

Figura 11.- Conjunto X

Este conjunto está formado por una serie de figuras en color negro situadas en la parte central del conjunto anterior. La forma número 1 presenta la parte posterior de un tronco con cola erecta y de medio grosor; en su parte inferior se ven con claridad las extremidades posteriores. Estas formas parecen perte­necer a un cánido.

 La figura número 2 mira igualmente hacia la derecha y fue realizada más abajo que la anterior alternando con los mustéridos del conjunto granate -número IX-, pertenece, a juzgar por los cuernos, a la figura esquematizada de un cáprido. Tanto estos como la parte inferior de las extremidades del animal están sobre una mancha roja reseñada en el conjunto anterior.

 Continúan hacia la izquierda las figuras 3 y 4 que pertenecen a ramiformes coloca­dos horizontalmente; la núm. 3 tiene al menos tres brazos en la parte superior de un eje horizontal y cuatro en la parte inferior. Próximo está la núm. 4 que es del mismo tono pero algo más fino, de trazos más cortos y próximos se inclinaron inferiormente hacia la derecha; posee superiormente cinco tracitos bastante desiguales y solamente son vi­sibles tres inferiores en la disposición habitual -verticales y paralelos-; dada su proxi­midad, puede suponerse un intento de continuar la figura 3.

 Inferiormente bajo la figura del cáprido está la número 5, de ella solamente es visible un grueso trazo con dos pequeñísimos apéndices inferiores.

 Bajo el temible artilugio rojo está la figura 6 formada con un grueso trazo horizontal semejante al número 5; se apuntaron superiormente en él dos pequeños y finos tracitos en los extremos, otros dos en la parte central; inferiormente se dispusieron cuatro: uno en el extremo izquierdo, otro en la zona media y los otros dos en la parte inferior derecha.

Muy cerca por la derecha se pueden observar unas líneas muy borrosas entre las que destacan al menos cuatro de tendencia vertical; constituyen la figura número 7.

En este conjunto son visibles la asociación de formas naturalistas estáticas de animales con sig­nos abstractos, ramiformes. Parecida cuestión ya se ofrece en los conjuntos IV y X de este mismo panel y es igualmente conocida en algún conjunto de Monfragüe, Torrejón el Rubio; Berzocana; valle del río Ruecas y Cañamero entre los más cercanos. No es necesario resaltar mucho que la inclusión de los signos abstractos dificulta la compre­sión de los contenidos.

 

Frecuentemente los ramiformes semejantes a éstos, pero realizados en posición vertical, pueden encerrar contenidos religiosos emparentados con los ídolos-placa, pero cuando su expresión es en posición horizontal la significación parece ser di­ferente. Su realización es escasa dentro del repertorio de pinturas esquemáticas pero puede rastrearse su representación en la roca 7 de la Virgen del Castillo, Chillón, Ciudad Real (7); en la Cueva de los Arcos y Vacas de Retamoso, Aldeaquemada, Jaén (8), o en la Submeseta N aparece grabada en el dolmen de Cubillejos de Lara, Burgos (9). En todos estos casos predomina su asociación a cuadrúpedos siendo un tema interesante para realizar una monografía al respecto, cuestión que ahora no se aborda.

 

Así las cosas, cabe decir que su significado se escapa debido a la naturaleza abs­tracta de algunos signos siendo igualmente incierta su cronología.

BIBLlOGRAFIA

(1) BREUIL, H.: «Les pintures rupestres schemátiques de la Peninsule Iberique», vol. 111, Lám XXII. Lagny 1933.

(2) GARCIA ARRANZ, J.J.: «La pintura rupestre esquemática en la comarca de las Villuercas (Cáceres)>>. Salamanca, 1990.

(3) BREUIL,H.: Opus cit., vol. 1.

(4) GONZALO CORDERO, A. Y DE ALVARADO GONZALO, M.: «Nuevas pinturas rupestres en Extremadura». Revista de Arqueología n.º 143, Madrid, 1993.

(5) BELTRAN, A.: «El arte rupestre del Levante español». Encuentro Ediciones. Madrid,1982. pág 82.            .

(6) RUBIO ANDRADA, M.: «La pintura rupestre en el Parque Natural de Monfragüe, Cáceres». Cáceres, 1993.

(7) CABALLERO KLlNG, A,: «La Pintura Rupestre Esquemática de la vertiente sep­tentrional de Sierra Morena (provincia de Ciudad Real) y su contexto arqueológico». Es­tudios y Monografías n.º 9, Museo de Ciudad Real, 1983.

(8) LOPEZ PAYER, M. G. Y SORIA LERMA, M. (1988): «El Arte Rupestre en Sierra Morena Oriental, Jaén, España». La Carolina, Jaén, págs. 63 y 97.

(9) GOMEZ BARRERA, JA (1993): «Arte Rupestre en la Meseta Castellano Leo­nesa, Junta de Castilla y León, Consejería de Cultura y Turismo, Pág. 233.