Nov 162021
 

Juan Carlos Fernández Rincón

 

El Santuario de la Virgen de la Montaña está dedicado a la patrona de Cáceres y es uno de los lugares a los que los cacereños tienen mayor devoción. Es tal la importancia que tiene en la ciudad, que calles, instituciones, negocios e incluso personas reciben el nombre de la patrona.

El origen de esta Virgen se encuentra en el siglo XVII, cuando Francisco Paniagua, natural de Casas de Millán, trajo una imagen de esta Virgen a la villa de Cáceres.

Paniagua se asentó como ermitaño en la Sierra de la Mosca y lo que al principio fue una pequeña ermita se convirtió en un santuario al cabo de unos años, con la ayuda inestimable del Clérigo D. Sancho de Figueroa y Ocano.

El Obispo Jerónimo Ruiz Camargo bendijo el Santuario en 1626 y en 1635 se fundó la Cofradía de la Virgen de la Montaña. Otras fechas importantes son: En 1906 se declaró a la Virgen de la Montaña patrona de la ciudad de Cáceres y el 12 de octubre de 1924, fue coronada.

Como ya se habrán podido imaginar, la patrona de Cáceres recibe este nombre por el lugar en el que permanece.

Se trata de un Santuario construido en el siglo XVIII, de estilo barroco en su interior y con una sola nave con capillas laterales con imágenes de Santa Ana y del Cristo de la Salud.

El retablo principal es de estilo churrigueresco y acoge la imagen de la Virgen de la Montaña, que data del siglo XVII y es una policromía sobre madera de nogal que representa a la Virgen con el Niño en su brazo izquierdo.

Cabe destacar que el santuario tiene uno de los mejores miradores desde el que se puede ver toda la ciudad de Cáceres, casi como si estuvieras mirando por la ventana de un avión.

Aunque a lo largo de la historia se ha bajado a la Virgen a Cáceres en momentos de mucha necesidad, como sequías, guerras o enfermedades, en 1928 se creó el Novenario de la Virgen de la Montaña, por el que la Virgen estaría durante 9 días en la ciudad.

La Bajada de la Virgen de la Montaña es la fiesta más importante en su honor. Se baja en procesión con la Real Cofradía de la Santísima Virgen de la Montaña 11 días antes y se vuelve a subir después del Novenario en la Concatedral de Santa María.

Además, cabe destacar que la actual Virgen de la Montaña no es la misma que la que trajo a Cáceres Francisco de Paniagua, pues se encargó una nueva talla y la original se encuentra en el Convento de San Pablo, aunque no está totalmente documentado.

 

Pero para el estudio de su Historiografía nos basamos en las aportaciones documentales y los estudios realizados por el Profesor Floriano Cumbreño por los años sesenta que reproduzco y amplio a continuación:

Consultando los protocolos de los escribanos cacereños que dieron fe en el siglo XVII, y especialmente, por las fechas críticas en que nacía, se desarrollaba, y se instalaba firmemente en los corazones de los habitantes de la vieja villa la devoción a la Virgen de la Montaña, se encuentran noticias que vienen, en algún modo a esclarecer o ilustrar determinados aspectos, que, más o menos directamente se relacionan con la venerada Patrona de Cáceres, desde el punto de vista del interés histórico.

He encontrado infinidad de noticias de este acontecimiento, que, si bien pudieran carecer de verdadera trascendencia histórica, no pueden ser de todo indiferentes para los devotos de la Virgen, que son, por decirlo de alguna manera, todos los que hayan bebido agua de la fuente del Concejo, o hayan subido alguna vez a la Sierra de la Mosca.

El tranquilo ambiente en que transcurría la vida de nuestra villa durante los siglos XVI y XVII, en la que las relaciones sociales, jurídicas y económicas, se reflejaban en los protocolos notariales sin apenas particularidades dignas de mención como materia histórica, de no aprovecharlas en monografías muy del momento o pequeños artículos. Para encontrar algo nuevo y serio, hacía preciso armarse de una gran paciencia para bucear entre esos venerables legajos, de letra endiablada, algunos en muy mal estado que no permitían su hojeo normal. He podido sacar gran cantidad de artículos, pequeñas biografías, que a veces puedo afirmar, que aquellas personas me son más familiares que mis vecinos o catovis que trato casi a diario.

En este trabajo, para no extenderme mucho, no querría aportar muchos documentos de los que gran cantidad tengo relacionados, a veces de escasa fortuna literaria, si no que me referiré a los autores que han hecho un estudio más amplio, como puede ser en una publicación que lo que pretendieron en su momento es dar una intención más o menos preponderante de historificación a sus trabajos monográficos con tan excelsa protagonista. Por todo ello quedan liberados de este trabajo tantos impresos en forma de artículos o trabajos periodísticos, folletos, sermones, obras poéticas, discursos, etc., en los que siempre se puede encontrar, bajo un aspecto, un poco, o más de un poco, de sustancia histórica, y, en el mismo un dato historiográfico, que a veces es difícil de no comentar a lo largo de estas líneas.

Creo que, la bibliografía histórica de la Virgen de la Montaña es tan escueta como escasa; sus deficiencias, sus valores, sus particularidades, sus características y las incidencias de un proceso historiográfico, son lo normales y corrientes en esta clase de obras. Aún más se agrava el caso, cuando apenas pueden citarse Cinco obras o monografías que merezcan la calificación de especialmente históricas. Aunque también puedo decirles que de esas cinco, podría sobrar alguna, como luego veremos.

Alguien puede pensar que la Virgen de la Montaña no está suficientemente historiada, pero lo está y no insuficientemente, debiendo considerar al hacer esa afirmación la proximidad cronológica de los hechos que dieron lugar a la introducción de su culto, Imagen y devoción; y, no menos, la sencilla y perfecta conjunción, que tuvo lugar entre la intervención puramente providencial de ciertos hechos y circunstancias, captables nada más para el historiador, teólogo, o persona de grandes creencias religiosas.

Es lógico y natural que, en el orden de historias de esta naturaleza, se anteponga el sentimiento religioso a cualquier otro motivo activo de realización, ya que sería inconcebible que los principios históricos de un fervor de tal carácter no tuvieran una íntima conexión con estos principios, como guardando una imprescindible relación de causa efecto.

Después de alguna consideración hacen pensar en las causas por las que en el proceso histórico relativo a nuestra Patrona existe en su iniciación un largo retraso en cuanto a los conocimientos de ésta, aunque, claro es, solo se puede echar de menos una circunstancia o una pormenorización de los hechos que, naturalmente, no empañan, el esplendor de la causa providencial, de presencia de la Virgen, pues sin Ella no hubiera habido historia.

Este retrato de conocimientos históricos que, sobre la Virgen de la Montaña sufrieron, quizás no los primeros devotos, pues los pudieron alcanzar por experiencia propia, sino las inmediatamente siguientes generaciones, no afectó al curso triunfal de la propagación del sentimiento de amo a la futura Patrona. Por otra parte, ya se comprenderá que no les era precisa a nuestros antepasados, en esos primeros tiempos, otra ciencia que la infusa.

La bibliografía histórica de la Virgen de la Montaña con algo así como una prehistoria, que en verdad no empieza en el principio de los tiempos, a los que esta puede llegar… teóricamente a condición de emplear a fondo y a ultranza la fantasía y la imaginación, pero guarda una remota analogía con ella en cuanto es difícilmente captable, con rigor cronométrico las precisiones que señalen y vayan jalonando los primeros tiempos de esta devoción, en su aspecto histórico, bajo una especie de estudio con fondo de arqueología moral.

Refiriéndome no a la historia, sino a la bibliografía de ésta. Entendiendo que lo primero que podemos encontrar en esta historiografía es una ingenua literatura religiosa en la que se pone alas a una enfervorizada fantasía, un piadoso espíritu mariano, intuyendo una cierta correlación entre la Virgen como madre de Dios y la sobrenaturalidad de otra realidad que en este caso podríamos considerar mediata.

A la Virgen María, así a secas, le puede, incluso sobrar su historia temporal, pero bajo una advocación particular e histórica, con su presencia iconográfica, con su particularización onomástica, y tan realista también, además de su carácter toponímico, se hace casi necesario rodear su presencia, tan concreta y perfilada para nuestros sentidos, de una ciencia y una experiencia cuyos valores nos edifique la historia real y humana de este acontecimiento permanente, trascendental y continuamente renovado y actualizado.

Es verdad que una presencia divina no necesita de justificaciones históricas, pero, también es verdad que, estas contribuyen a comprender y explicar, aquel milagro sucedido con presencia humana para los más curiosos o exigentes devotos y al propio tiempo para los más resabiados o escépticos, que exigen evidencias más comprobables para sentimientos de menor alcance.

Hay alguno de estos cinco autores de los que hablaremos a continuación que considera la aparición de la Virgen como algo milagroso, cuando no fue así. La Patrona cacereña, vino a nosotros por causas normales (teniendo también en cuenta, el profundo espíritu religioso de la época), su estimación histórica no necesita alcanzar categoría de extraordinaria o excepcional, puesto que la categoría y la anécdota, estaban puramente fundidas, pero es bien sabido y puede también suponerse, que este caso no afecta a la existencia de un milagro imperceptible; milagro en el sentido de una Voluntad Divina; imperceptible quizás, solo ante la conciencia histórica, pero no ante el sencillo pensamiento religioso.

Nada de milagroso puede señalarse entre la serie de hechos y acontecimientos todos humildes y humanos para el historiador, que recogió los amores de los cacereños a su Patrona. Pero, si acertamos a desprendernos de prejuicios, no habrá de ser difícil dar una parte a la sensibilidad, al espíritu, a la intuición, para descubrir que sí, esos hechos en fila, constituyen o pueden constituir una historia, incluso una gesta, todos en la más sencilla y hasta ingenua síntesis, pueden denunciarnos la presencia de un milagro, aunque haya que tener en cuenta que a este lo define la iglesia, lo discurre el teólogo, lo presiente el místico y los sospecha vehemente el hombre y la mujer creyente, cualquiera que sea el grado de su fe o el poder de sus percepciones.

Podríamos considerar lo dicho hasta ahora como unas consideraciones preliminares, a lo mejor sin llegar a entenderme por el lector, pero lo que he pretendido es intentar explicar el corto proceso historiográfico a efectos de mejor entender a las cinco personas que escribieron y profundizaron en el nacimiento del culto a la Virgen de la Montaña y aportaron algún libro o panfleto de más o menos extensión.

También decir o contar que, hoy es fácil de apreciar con toda claridad que la Virgen de la Montaña tiene sus orígenes en claros testimonios históricos; es decir, humanos de los que sería difícil prescindir, a no ser, que se cuente con el auxilio de la gracia, que algún autor lo contempla, porque esos testimonios descansan, antes que, en conceptos históricos, en hechos pertenecientes a una realidad bien conocida y contrastada, la que luego de transcurrida, se hizo tradición.

El proceso historiográfico seguido con la Virgen de la Montaña, en cuanto hace relación a los orígenes de su culto y de su Imagen, se corresponde con la infinidad de procesos semejantes, que se dan en la católica y marianista España de la época.

No es pues, una excepción cuanto ocurre y ocurrió en el trayecto y recorrido, con sus incidencias de la versión histórica de esa Imagen, desde el momento que tiene su principio, no en Ella misma, sino en la fe robusta y sencilla de un hombre hipersensibilizado, como fue Francisco de Paniagua, tal que lo hechos que le sucedieron, e inmediatamente después de él, son como vemos hoy a través de los últimos historiadores, claros y evidentes e incapaces de suscitar problemas de orden moral.

No se podrían aducir muchos datos concretos sobre la existencia de un largo periodo ante-histórico o prehistórico durante el cual el buen pueblo cacereño se satisfizo con la real presencia de la Imagen envuelta en las brumas del misterio religioso. Esto le bastaba y no existía ni curiosidad ni necesidad de que alguien lo descifrase, descorriendo el velo para que entrara la luz de la historia.

No importa la falta de noticias concretas de que adolecieron nuestros antepasados de varias generaciones, y digo de varias generaciones, porque se suman los dos últimos tercios del siglo XVII y los primeros del siglo XVIII, como luego veremos.

Un primer historiador que no conforman los cinco a los que me he referido al principio de estas páginas es D. Juan Rodríguez de Molina, de familia conocidísima, acomodada y muy prolífica en prestigios a escala local, que se mantuvo en el apogeo, precisamente a través de los siglos XVII y XVIII. Respetables clérigos, abogados del Consejo de SM, escribanos del ayuntamiento, familiares del Santo Oficio etc…

He aquí lo que dice sobre el origen iconográfico de la Patrona de Cáceres en un manuscrito cuyo título es La Historia descriptiva de la Villa de Cáceres y que dice entre otras cosas lo siguiente: “La tradición está variada en las noticias, afirmando unas su aparición, o Hallazgo, en aquella enriscada cumbre; y asegurando otras, fue trahida la preciosa Efigie por un Peregrino, que con limosnas dio principio a la Hermita.” (Revista Extremadura X, 339); a cuyo texto resulta oportuno agregar que al referirse en la misma página al Santuario y Camarín comenta: “… de la primorosa y pulida construcción, con hospedería capaz y habitación separada para el Hermitaño.”. De aquí, profundizando podemos asegurar que él no es el autor de estas afirmaciones, ya que el Licenciado Juan Rodríguez de Molina no pudo conocer esas construcciones en el Santuario de la Virgen de la Montaña, parecen hablar de 1760 y no de 1660.

Esta historia descriptiva es, indudablemente valiosa, al objeto de afirmar los primeros sentimientos del pueblo con respecto a su Virgen, que eran puramente religiosos, sin preocupaciones mediatizadoras o inquietudes de otro orden y resulta aún más valioso porque es difícil aportar otros ejemplos y precisamente de personas de acreditada ilustración a las que no se le puede negar por las noticias que de ellas conocemos que pudiesen ver, sospechar o presentir entre contemplaciones, adoraciones y rezos a su Patrona ciertas perspectivas históricas que completasen o perfeccionasen los alcances de un grandioso hecho que rebosaba por todas partes, irradiando al infinito.

Pero, de todas maneras, ya muy superado ese periodo y esa inquietud, a que me he referido, todavía seguía flotando en el ambiente una vaga y piadosa tradición alrededor de la Virgen. Y, como ejemplo de ello, pueden citarse las palabras del fraile exclaustrado D. Zoilo Congregado, que hacia mediados del siglo XIX se expresaba así en la fiesta de la Virgen: “Hace dos siglos y medio que apareció la Santísima Virgen de la Montaña en este valeroso peñascal…”, lo cuenta Publio Hurtado en su Ayuntamiento y Familias cacerenses.

CINCO HISTORIAS DE LA VIRGEN

Son cinco las obras que, adoptando la forma monográfica y con designio historiográfico, tratan de la Virgen de la Montaña y fueron impresas, que es el tema del trabajo, o por lo menos yo no conozco más. Aunque en algún momento he comentado que podría reducirse su número, sin resentirse la dedicación de tantos eruditos y no eruditos, a tratar este tema, aunque no en Monografías o libros escritos.

Pero, así como sería raro que un asunto tan local y tan cercano para los cacereños, surgiese una desconocida obra impresa, o existiese algún manuscrito, y refiriéndome a esto últimos puede citarse un caso de la mayor excepción, pues supongo que estará en poder de los herederos de Publio Hurtado un trabajo de esta clase, cuyo autor fue un abuelo de éste, según la siguiente mención en su monumental obra de Ayuntamiento y Familias cacerenses ya comentada, en la página 440. Se refiere su ilustre nieto a D. Ignacio Rodríguez Hurtado y Grande de Vega y por ella nos enteramos que escribió una historia o reseña referente al Santuario y Hermandad de la Virgen de la Montaña, de cuya cofradía fue Mayordomo, diciendo textualmente de dicha historia: “yo la conservo inédita entre mis papeles”. D. Ignacio R. Hurtado vivió por la mitad del siglo XIX, aunque lo rebasó ampliamente, pues en 1860 y siguientes desempeñaba cierto cargo. Fue padre del gran escritor, dramaturgo y poeta Antonio Hurtado.

A partir de ahora, con la concisión que me sea posible, voy a referirme a cada una de esas cinco historias o monografías, escritas e impresas alrededor de nuestra Patrona.

También, me gustaría saber hacerles entender, que todas se mueven en un estrecho campo y resulta variada en cuanto a criterios, conceptos y métodos, en sus valores de síntesis, como en los de mera exposición. Es natural que así sea, no solo por los motivos específicos que ofrece el tema, sino también porque el ciclo historiográfico se inicia en 1732 y termina aproximadamente por 1950, ampliable a nuestros días como veremos al final, pero en esos dos siglos largos, era natural que la trayectoria de desarrollo sufriese las deviaciones de las nuevas perspectivas que sucedían a cada nueva publicación, y, ello sin contar las influencias y experiencias que alguna vez aportaron y, más aún aportaran, autores meros aficionados pero muy preparados universitariamente.

Estos cinco historiadores de nuestra Virgen de la Montaña con sus obras son los siguientes:

1.- Aparición y Devoto Novenario de Nuestra Señora de la Montaña, escrita en Salamanca por un devoto de S. M.  D. Eugenio García Honorato en 1732.

2.- Breve noticia del Origen del Santuario de la milagrosísima Imagen, que con el título de la Montaña se venera extra-muros de la M. N. y L. Villa de Cáceres, provincia de Extremadura, escrita por D. Simón Benito Boxoyo, Presbítero, natural de la misma Villa, Diputado Eclesiástico de su Cofradía, en el año 1784. Con licencia en Salamanca.

3.- La Virgen de la Montaña, escrita por D. Juan Daza Malato de Cáceres. Imprenta de la Viuda de Burgos en 1854.

4.- Historia documentada del Santuario e Imagen de Nuestra Señora de la Montaña, Patrona de la ciudad de Cáceres, escrita por Fray Ángel Ortega, O. F. M. Impresa por Luciano Jiménez Merino. Portal Llano 19 de Cáceres en 1924.

5.- Historia del culto y del Santuario de Nuestra Señora de la Montaña, Patrona de Cáceres, escrita por D. Miguel A. Ortí Belmonte, Correspondiente de las Reales Academias de la Historia y Bellas Artes de San Fernando y Hermano de la Cofradía. Dos volúmenes en 4º menor de 268 y 240 páginas, más índices, editados por la Diputación Provincial de Cáceres, Servicios Culturales en 1949 1950, y que contiene fotograbados. Hoy los conserva la Cofradía varios ejemplares en un solo volumen.

Al final comentaremos, sin extendernos mucho, alguna más de las mencionadas.

1º.- LA HISTORIA DEL DEVOTO DE S. M. por EUGENIO GARCÍA HONORATO

Esta obra la traigo a este trabajo sin haberle echado una ojeada, sino ignorando que haya otra referencia, que la cortísima que le dedica Boxoyo que citaré, y eso que el mismo Boxoyo explica que una de las razones de su obra era la necesidad de salir al paso de las erróneas afirmaciones del Devoto y rectificárselas para que no engendren confusión.

Se trata de un trabajo que tiene muy poco de intencional historificación, pues parece no tener otro objeto que, el de ensalzar la gloria eterna de la Madre de Dios y enfervorizar a sus lectores dirigiendo y centrando sus devociones a esta particular advocación, haciéndoles presentir, que los orígenes de la Virgen de la Montaña no son históricos, puesto que se deben a una causa sobrenatural.

Si entendemos que es así, en realidad Eugenio García Honorato que así se llamaba, no cabe dentro de la serie de historiógrafos de la Virgen, debiendo, por el contrario, tener un lugar más acomodado en ese periodo ante-histórico al que me he referido al principio de este trabajo.

Al Devoto, no se le puede negar que fue el primer autor que rompió el silencio que rodeaba a la Virgen de la Montaña. Hablamos siempre de letra impresa, pues la manuscrita se llevaban ya más de cien años usándola en documentos de la Cofradía y en instrumentos públicos, si bien ante la indiferencia y falta de curiosidad por lo que de valor histórico podía tener. Cuando escribió su obra en 1732, el medio ambiente no estaba en condiciones de exigir una particularización en los aspectos de examen que ofrecía la Virgen: sus orígenes, sus introductores, su Imagen, su ermita, su Cofradía, etc. La consideraba indivisible, bajo todos los puntos de vista, incluidos, como es natural, los de orden temporal e histórico.

El texto de Boxoyo por el que nos ha llegado el conocimiento de esta obra es, tan corto como severo, y se encuentra en su Breve noticia del Origen del Santuario… relacionada ya anteriormente. Ésta la escribió medio siglo después de imprimir la suya el Devoto, es decir en 1884, y nos dice que uno de los estímulos para escribirla la de haber visto correr en manos de muchos cacereños y cacereñas, un librito impreso en Salamanca, en 1732, con su título Aparición y devoto Novenario de Nuestra Señora la de la Montaña, escrito por un devoto de S. M. sin declarar su nombre. Agrega que advirtió muchas contradicciones, con los documentos de la Cofradía, y que no está en su ánimo impugnar el librito, ni decir cosa alguna contra la persona devota que haya sido su autor, antes bien, le alaba el celo y el deseo de mayor culto de Nuestra Señora, debiendo creer que solo escribió por noticias vagas e infundadas, sin consultar ningún documento de la Cofradía, que seguro ésta le hubiera proporcionado.

Boxoyo le echa encima la falta de una documentación que, él mismo, (era a la sazón, como hace constar en la portada de su libro Breve noticia…, Diputado Eclesiástico y Archivero de la Cofradía, pues, cabe recordar que fue archivero de todas las Cofradías a las que perteneció) tenía a su cargo. Aunque también debemos reconocer que, cuando escribió su obra el Devoto en 1732, el archivo de la Cofradía, seguro que, no existía o era solo un cúmulo de papeles amontonados sin orden ni concierto.

Leyendo el título de la obra, Aparición y Devoto Novenario…, cuyo término parece envolver, o de encontrarse en forma implícita, algún sucedido prodigioso, más menos explicado en la obra, simplemente supuesto a priori.

De todas formas, no debemos entrar más a fondo, pues como he dicho antes, es una obra a la que conocemos tan solo por su título y por un breve juicio de Boxoyo. Estas dos bases son importantes, pero solo pueden orientar hacia una pista segura, aunque sin posible concreción. El Devoto además de carecer de documentos, también carecía de intuición para buscarlos. No se acordó de ellos porque más bien fue llevado de un impulso hacia una finalidad más noble: la extender una devoción que cada vez se arraigaba más en la Villa cacereña, concentrando esta devoción por medio de su individualización en la Imagen de María de la Montaña, contribuyendo a que su trabajo perdurase y se extendiese por la espiritualidad cacereña.

2º.- BREVE NOTICIA DEL ORIGEN DEL SANTUARIO DE LA MILAGROSÍSIMA IMAGEN, CON EL TÍTULO DE LA MONTAÑA SE VENERA EXTRA-MUROS DE LA M. N. y L. VILLA DE CÁCERES, PROVINCIA DE EXTREMADURA,  por SIMÓN BENITO BOXOYO

Por las consideraciones precedentes, puede tenerse a este ilustrado sacerdote, a quien tanto debe la historia de Cáceres, como el primer historiador de la Virgen de la Montaña. En su breve trabajo se encuentran las fuentes básicas de las historias subsiguientes, y potencialmente los datos que dejo de sumar a su obra, por razones de espacio, e impresión tan minúscula, por lo que fueron dados como inéditos por sus sucesores, pues en su sentido literal lo eran. Con ello, pudieron amplificar justamente y desarrollar aquel fundamental embrión que el buen clérigo les facilitó con su instinto de historiador, que éstos aplicando criterios más modernos en exposición y valoración aprovecharon bien y fielmente hasta el mismo límite que permitían los modestos hechos históricos, que terminaron siendo una verdadera historia en valoración literaria.

Nadie podrá quitarle la gloria a Boxoyo de ser el primero en acarrear materiales de autenticidad indiscutible para iniciar la historiografía de la Virgen de la Montaña, representados en la documentación de un archivo, que, hasta él, nadie consideró como una fuente de conocimiento, no ya única, sino decisiva, para establecer, relacionar, calibrar y ordenar los hechos fundamentales de una historia que se vivía en su máximo apogeo, en aquel momento.

La inclinación que siempre observó Boxoyo hacia la indagación histórica, le hizo sopesar, los pocos legajos que entonces existían en la Cofradía y al punto supo captar el valor informativo que ofrecían y el valioso servicio que podrían prestar para hacer luz sobre los orígenes de la devoción, de su Imagen, de la ermita y actual Santuario; noticias que solo andaban por la insegura memoria de algunos devotos, ya probablemente deformadas por el uso y abuso e tan deficiente vehículo como es el de la transmisión verbal.

Pero a la distancia de siglo y medio de los sudores y trabajos de Francisco de Paniagua y de los sinsabores amarguras de D. Sancho de Figueroa y Ocano, la Imagen, el Culto y la Devoción, se mostraban esplendorosos ante la plácida y magnifica realidad que contemplaba Boxoyo como piadoso sacerdote y analista enamorado de su pueblo.

El libro “La Breve Noticia…”, pues vino más que a sustituir una deficiencia de este proceso historiográfico, a iniciar una trayectoria, que, ni las historias que le siguieron, ni las que se escribirían después, serán capaces de desviar, pues el encauzamiento que les dio, precisamente por no tener nada de original ni casi personal, en cuanto a efectos de su propio concepto, es lógico que resulte difícil de rectificar. Es verdad que su trabajo carece de un sentido moderno, de actualidad conceptual, y de un sistema metódico. No solo en los años que escribió hubieran admitido rigores y disciplinas todavía no usados, pero también si lo hubiera intentado, no había encontrado campo donde emplearlos, dada la brevedad extraordinaria de su historia; tan breve que, recuerda una miniatura literaria, constituyendo, incluso, una admirable síntesis, que cubre y justifica todos los defectos, ausencias y carencias, y que la hace al propio tiempo compacta y esquemática. El hecho es que Boxoyo cumplió el pronóstico que se hizo al escribirlo y que siendo nuevo todo lo que dejó en ella e inéditos todos los documentos en que basó el contenido de su trabajo, aportó a la Historia de la Virgen de la Montaña más que los que le siguieron, ya que el verdadero interés de su librito está en la extraordinaria luz que hizo de una vez, con la mera alusión a las fuentes históricas.

La importancia de la obrita de Boxoyo radica en que sus defectos se dejaron sentir y dieron frutos de modo inmediato, con lo que quedó establecida esa línea historiográfica de la que será muy difícil que algún autor se pueda separar.

Una de las valoraciones que también podríamos hacer de su obra, es el caso en que el archivo de la Cofradía, podría sufrir algún extravío o destrucción, como tantos otros de instituciones religiosas de cualquier ciudad, por alguna circunstancia, que podríamos considerar como fortuitas. Y, en caso de dispersión o desaparición. ¿Cómo podría haberse puesto en pie, el tema histórico de la Virgen de la Montaña, al menos con el orden y perfección con que hoy se nos muestra…?

3º.- LA VIRGEN DE LA MONTAÑA, por JOSÉ DAZA MALATO

Nada menos de setenta años, transcurrieron desde la impresión del luminoso volumen del clérigo Boxoyo hasta la publicación de la Virgen de la Montaña, debida a D. Juan Daza Malato, en 1854. Les confieso que no he visto ningún ejemplar de esta obra, igualmente parca, aunque de ella, lo ha reflejado la revista El Santuario de la Montaña, que editaba la Cofradía y que reprodujo, en varios de sus números.

¿Pero quién fue Daza Malato? Los cacereños aficionados a la historia de Cáceres habrán leído u oído hablar de este apellido asociado a un topónimo urbano: La Botica de Daza, que estaba en la calle Pintores. Y digo como topónimo, porque en realidad, la inmensa mayoría de las veces se empleaba como punto de referencia topográfica: junto a la botica e Daza, cerca de la botica de…, al pasar por la botica de…, frente a la botica de…. La botica parecía de miniatura, por lo pequeña, y el boticario, siempre sentado en su puerta tras el umbral, era un vejete carrilludo, de ojos un poco saltones. Estamos hablando de principios del siglo XX.

Este buen anciano era hijo del autor de La Virgen de la Montaña, Juan Daza Malato, que fue impresa en 1854. Obra tan breve de extensión como la de su antecesor Boxoyo, ya comentada, pues, aunque tenía 128 páginas, tipo octavilla, una parte del librito se la lleva un Álbum poético de varios autores, además de la Novena, con lo que dejan bastante reducido el texto histórico. Al final de este trabajo y fuera de estos cinco libros comentaré alguno parecido editado a finales del siglo XX. Una de las críticas que se le hicieron en su momento a Daza es que, se metió en intrincadas reflexiones buscando imposibles paralelismos entre la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe y la de la Montaña.

Daza no era, indudablemente, un historiador, al menos un historiador con vocación. Yo diría que un aficionado a la historia, siempre que se entienda ésta, no como una particular atracción, sino como una curiosidad universal que se apodera de todo trabajador intelectual, y que no es, profesional de disciplina alguna. Su principal faceta la constituyó el periodismo. Hojeando periódico que fundó,“El Regenerador Extremeño” cuyo primer número tiene la fecha de 30 de noviembre de 1852, que fue semanario hasta el número 63, correspondiente al 5 de julio de 1853 y desde aquí bisemanario de martes y sábados, pueden apreciarse sus dotes de periodista, hasta con cierto sentido moderno, instintos publicitarios, discretas concesiones al interés de los lectores, fácil calibración de los valores noticiosos… en una palabra: era un importante periodista, a lo mejor el más importante de la época, y no porque fuera el único sino por sus condiciones propias; y sus méritos suben aún más si se tiene en cuenta los elementos y circunstancias de la época y la parcela donde desarrolló su corta pero densa actividad periodística.

Parece no faltarles cierto sentido comercial a sus escritos, dirigido, claro es, por criterios personales, cosa natural, pues sin aspiración inteligente ni inquietud, su existencia nos sería ahora desconocida. Y quiero referirme, sino fuera debida a esta condición de sagacidad periodística, la sospecha, intuición o adivinación que se le ofrecía a su relativamente fácil pluma, para sustituir el librito y novena de Boxoyo, sin duda agotado en esas fechas, aparte de su álbum poético de varios autores, poco tenía que escribir para quien, como él, no pensó en historiar porque esta parte la tenía resuelta con la obrita de Boxoyo.

De todos modos, si poco se puede estimar en esta historia de Daza, por falta de aportaciones de algún valor, subjetivo u objetivo, hay que valorarla e incluirla en esta Historiografía de la Virgen como una publicación que si, reiterativa, sirvió, sin embargo, para llenar un ya largo transcurso de tiempo desde la Breve Noticia de Boxoyo evitando un vacío en la Historia de la Virgen de la Montaña.

El librito de Daza, por esta razón, debió ser bien y prontamente acogido por los cacereños y quizás el éxito principal lo viesen sus convecinos, más que en el asunto principal, en la necesidad práctica de la Novena, agotada la anteriormente publicada, y, en la literatura poética, tema de especial interés para aquella sociedad de 1850. Todo ello hacía que su obra tuviese en su variedad una especie de designio para captar adquirientes, o lo que es lo mismo, lectores y usuarios, viéndose en este detalle ese sentido periodístico que hay que reconocerle y tomarle en consideración ante su soledad profesional, la escasa tradición de esta actividad en la villa de Cáceres, aunque pronto si hubo una prensa apasionada, romántica, polemista y numerosa; y sobre todo grandes y agiles profesionales del periodismo, bien entrado el siglo XX.

Hay algún detalle en la personalidad de Daza que parece viene a confirmar, de que el librito que dedicó a la Virgen de la Montaña era para su captación de lectores y apoyo a su vena de político que iniciaba, pues no era un hombre de condición piadosa absorbente.

Y por si fueran pocas las facetas de su personalidad, todavía se pueden citar, la de geógrafo, pues fue autor de una “Cartilla geográfica-estadística de Extremadura”, que la imprimió Daza también en la Imprenta de Burgos e Hijos, en 1854. También se le reconoce autor de un pequeño libro sobre “El Ferrocarril hispano-lusitano y la provincia de Cáceres”, editado en 1856 por la misma imprenta.

Publio Hurtado dijo de él, que era bibliotecario y escritor. Dice que vino a Cáceres el año 1852, procedente de su pueblo Valencia de Alcántara. Fue nombrado Encargado de la Biblioteca Provincial.

Como resumen puede asegurarse que Juan Daza no puede considerarse como un verdadero escritor de la Virgen de la Montaña, aunque, por otra parte, resulte dignamente mencionable en cualquier biografía de la Patrona cacereña. En su obra no se encuentra nota alguna personal que no sea de un tono gris y que alterna entre dos matices muy pocos diferenciados: entre lo mediocre y lo discreto.

Careció de conceptos formados en cuanto a discriminación de los valores históricos, cuando tan fácil le hubiera sido pesarlos y considerarlos, de haber tenido en cuenta la pequeña y a la vez gran obra de Boxoyo, que parecía señalarle con el dedo, el lugar de las auténticas fuentes y textos para ilustrar su historia de la Virgen de la Montaña, de su Sagrada Imagen, de su Culto, de su Santuario y de sus verdaderos entronizadores Paniagua y Sancho de Figueroa, aunque si les soy sincero, si vino a cumplir un cometido historiográfico y a resolver momentáneamente una situación de larga crisis en el proceso bibliográfico-histórico de la Virgen de la Montaña.

4.- HISTORIA DOCUMENTADA DEL SANTUARIO E IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA DE LA MONTAÑA, PATRONA DE LA CIUDAD DE CÁCERES, por FRAY ANGEL ORTEGA, O.F.M.

El Padre Fr. Ortega, O.M.M., imprimió en 1924 su historia documentada del Santuario e Imagen de Nuestra Señora de la Montaña. Exactamente habían transcurrido desde la Breve Noticia de Boxoyo ciento cuarenta años. En este intervalo de casi siglo y medio, a igual distancia de ambas publicaciones (setenta años), imprime la suya Juan Daza Malato.

La obra del Padre Ortega, es ya una verdadera historia, sin los piadosos rasgos de imaginación de la del Devoto de S.M., nombrado en primer lugar García de Honorato, sin la exagerada contracción de la de Boxoyo y sin la falta de relieves de la de Daza. En su página 71 de su libro, el mismo nos da en pocas líneas un juicio sobre las historias anteriores, reflejando un acertado criterio estético y moderno. De la del Devoto comenta que es un folleto de pocas páginas “y de menos valor histórico, pues demuestra no haber visto ningún documento ni poseer el autor criterio alguno”.

Hace como no podía ser menos, justicia a Boxoyo en su Breve Noticia, y dice que está escrita con la más sana crítica y a la vista de los documentos del Archivo. Agrega que Boxoyo refuta al anterior, y añade algunas más noticias y lo denomina como El Historiador de la Montaña. De la Virgen de la Montaña de Daza, se limita a manifestar que la parte histórica es copia de la de Boxoyo.

El Padre Ortega tiene pocos precedentes (por no decir que carece de ellos) en la historiografía mariana de la Montaña, pero este hecho, que viene a hacer casi forzosa su originalidad, no aminora o desvanece la presencia de una personalidad constituida con caracteres específicos que le hacen estar presente en su historia con alma, vida y corazón.

El Padre Ortega no se limita en su historia a ordenar hechos y documentos, echándoles un poco de retórica y literatura para su hilación y más perfecto ajuste. Antes, al contrario, dejando intactos y subsistentes esas realidades de otrora que llegan a nosotros por vía de conocimientos reflejos, se adelanta a ellas para adentrarse en ese conocimiento y sorprender sus sustentaciones espirituales, las que, indudablemente tiene siempre, aunque nuestra cortedad de alcances no acierte a identificarlas tantas veces.

Esta es la razón de que el Padre Ortega lleve a su historia consideraciones, notas y curiosas noticias, que, sin referirse directamente al tema de su obra, constituye valiosas aportaciones a la historia local, distinguiendo inquietudes, anhelos y preocupaciones, que ayudan a ambientar el tempo histórico en que tuvieron lugar los sucesos relatados.

Claro es que fray Ángel Ortega no era nuevo en estas disciplinas; no era un espontáneo, como Daza, por ejemplo; sino que se trataba de un escritor bien acreditado, y, como es natural, en trabajos relacionados con la religión, y, por lo tanto, le tenían que ser un tanto familiares. Son bien conocidos y apreciados sus trabajos relacionados sobre la Inmaculada Concepción, sobre la tradición concepcionista de Sevilla, sobre el Monasterio de la Rábida y muchos más.

Después de lo comentado de su obra y sus conocimientos siempre profundos, ¿qué dificultades podía tener para él con tan grandes recursos literarios, científicos y de pura inspiración el intento de formalizar una historia de la Virgen de la Montaña? Una historia que por lo demás, se ofrecía tan sencilla de exponer que para ser veraz el historiador solo debía de atender a unos hechos naturales, ingenuos, impregnados en el fuerte y tierno espíritu de religiosidad que dominaba a la España del siglo XVII y a unos normales acontecimientos sucedáneos de aquellos hechos, con las características de la vida y sociedad de aquel tiempo.

Poca dificultad tuvo el Padre Ortega para dar cima a su historia. Es verdad que se encontró, sino del todo desbrozado el camino, si indicado en su escasa longitud, por Boxoyo. Aquí no hay cuestiones que resolver, ni que aclarar dudas, ni interpretaciones por las que optar, pues nuestra Virgen, por muy en el fondo que nos metamos en el intento de agotar su biografía histórica, no presenta aspectos o extremos que necesiten del auxilio de la crítica o una sistemática especial, y si en algún punto lo necesitara sería muy leve e intranscendente.

Aunque también tengo que decir algo en su contra, y es que, pese a su experiencia y preparación historiográfica, no acudió a fecundos registros que ya existían, como los diocesanos o parroquiales, quizás pensando, no con poca razón, pero no toda, que la Historia de la Virgen de la Montaña estaba integra en el archivo de la cofradía y extraordinariamente compendiada en el librito de Boxoyo. Sin embargo, por otro lado, supo aprovechar algunos papeles viejos que tuvo a su alcance, curiosos textos olvidados, apenas manejados o jamás consultados, que ajustó hábilmente a su historia documentada salpicándola de notas eruditas, anecdóticas, ilustrativas, que, al dar verdad a su obra, rompían la monotonía o resaltaban el poco relieve que ofrecía el relato desde el punto de vista histórico.

Por eso y porque su prosa resultaba fácil, espontánea, como hablada, pero no de estilo oratorio, ya que tiene que ver con el sentido retórico y clásico que desemboca en una gran facilidad para la lectura.

Fray Ángel pudo hacer, por sus características morales y temperamentales, su cultura, su experiencia como escritor, una obra grandilocuente, y sin embargo solo quiso hacer una obra histórica, y, efectivamente la hizo; cosa admirable, que envuelve un gesto de renunciación de los apoyos más firmes y seguros con que contaba el autor.

Podemos pensar que fray Ángel, resolvió al leer su obra, una contradicción, que más que contradicción es un contrapunto, el efecto armonioso de concordar lo mejor del alma franciscana, con lo más inteligente de su secundaria vocación de escritos o historiador.

Su trabajo es de una armonía difícilmente de conseguir, además de que no polarizó el sentido de su trabajo en un ardiente documento, reflejo de las inspiraciones de su alma, sentimental, sensible y sensitiva solo abierta al amor divino, y ello fue porque tuvo presente en todo momento la participación del elemento histórico.

En resumen: fray Ángel Ortega no pudo escribir una historia de la Virgen de la Montaña absolutamente objetiva. ¿Cómo lo hubiera hecho un humilde y santo varón franciscano, que parecía una viva representación física y moral del de Asís?… Pero no desdeñó aplicar métodos y técnicas que hacen de su obra, antes que anacrónica, una historia moderna y científica, porque acierta a valorar, no solamente con ese criterio eterno de los hechos y las persona, sino también con ese criterio menos valioso, pero que han de estar presente en obras de esta naturaleza; es decir el criterio histórico, el de la época, el actual o cualquiera de ellos que sirva de punto de relación o unidad de medida y, aún mejor, todos ellos.

5.- HISTORIA DEL CULTO Y DEL SANTUARIO DE NUESTRA SEÑORA DE LA MONTAÑA por MIGUEL A. ORTÍ BELMONTE

Después de una historia de la Virgen de la Montaña como la del Padre Ortega tenía que ser bastante difícil remontarla en el caso de que su sucesor se atuviese poco más o menos, al aprovechamiento de los mismos materiales usados por el anterior. Ortí Belmonte, efectivamente siguió los pasos del anterior, bebió en las mismas fuentes y consultó y reprodujo los mismos textos, relatando los mismos hechos.

Es verdad que tuvo que someterse a esa servidumbre que al historiador impone su antecesor, cuando éste ha tratado su tema con la suficiente inteligencia, ha interpretado los textos con cierto hermetismo y ha desarrollado su trabajo con la amplitud requerida. Solo le quedan al sucesor dos caminos para intentar que prevalezca su obra sobre la anterior, acudir a otras fuentes que le faciliten nuevas noticias y datos que, en algún modo puedan insertarse y hasta influí en el proceso histórico a desarrollar, o prolongar cronológicamente el fenómeno o las consecuencias del fenómeno histórico desarrollado.

El primer camino no lo siguió Ortí y a la fe que pudo hacerlo, quizá porque coincidió con el Padre Ortega en la creencia de que no daba más de sí, desde el punto de vista histórico, la Virgen de la Montaña. Es posible que no le falte razón.

El segundo camino es el que hizo distinguir una obra de otra, haciéndolas distintas, aunque dentro de una misma armadura, puesto que las bases, el alzado y la consistencia de materiales, de la de Ortí son los mismos de la Historia documentada…: Ortí actualizó la historia de la Virgen, es decir la prolongó hasta sus mismos tiempos, al imprimir un segundo volumen con sus trabajos, a no dudar, interesantes y algunos bienes valiosos, constituidos por discursos, descripciones, poesías y acontecimientos importantes relacionados con el culto a la Patrona de Cáceres, todo ello, indudablemente de valor histórico, pero cuya sustancia todavía era inmadura, para verlos desde una historia de la Virgen con la perspectiva histórica; es decir, con el sabor, la solera y la noble pátina que comunica el tiempo a cosas y personas dándoles esa consideración que tiene unos límites imprecisos pero que todos fijamos sin previas nociones, ni medidas ni convencionalismos.

No sería cosa de enfrentar a Ortega y Ortí, porque entre otras razones, no se encontrarían motivos para ello. Por comparar creyeron que una articulación más minuciosa a sus obras, no las mejoraba o perfeccionaba, sin embargo, la diferencia de aspectos ambientales y de textos aparentemente no relacionados, pero sí de modo indirecto, no fueron muy apreciados por uno y otro historiador, en la creencia que eran sabidos, habían sido adivinados o se descontaban como supuestos.

Estas ausencias no se notan en la obra del Padre Ortega, debido a que su franciscanismo impregnó de trascendencias y de alto sentido a su narración, pero Ortí no podía estar en el mismo caso; su preparación o formación universitaria con su brillante secuela profesional le hicieron derivar su bien experimentada atención en busca de valores de captación documental igualmente ( aunque siempre sin salir demasiado del círculo trazado por Boxoyo), pero valores un tanto originales que necesitaban de apreciados, calibraciones, juicios y atribuciones que, en sus relieves daban y dieron a su obra algunas variantes sobre la de fray Ángel Ortega. Me refiero particularmente a particularidades tangenciales con la historia de la Virgen, que, constituyendo legítimos materiales para ella, tienen o pueden tener otros valores independientes al margen de ella. Ortí no podía prescindir de ellos porque constituían por si mismos una parte muy importante de sus estudios específicos: la arqueología y el arte, para lo que ni si quiera era necesario poseer un fino sentido de la valoración actual de los aspectos más íntimamente relacionados con la historia.

Todo ello le permitió aportar a su obra noticias muy interesantes, de carácter tanto histórico como crítico, entre los que entran artistas, estilos y atribuciones, que, aunque no habíamos echado de menos en la obra del Padre Ortega, no desarrolló con las dimensiones y, quizá, con la capacidad, con que Ortí desarrolló este aspecto secundario, pero completamente de la suya. A este efecto, son dignas de notar las páginas que consagra a la obra del Santuario moderno, las intervenciones de diferentes artistas y, más principalmente, por la importancia histórica e intrínseca de su arte, al retablo de la capilla mayor.

Aun suscribiendo por mi parte, todas sus afirmaciones y deducciones, es de reconocer como, sin pretensiones, expone con autoridad académica, juicios muy dignos a tenerlos en cuenta y que, en algunas ocasiones, están por encima de la modestia del extremo trazado.

Tanto el P. Ortega como Ortí Belmonte, exponen opiniones que, algunas son coincidentes, aunque creo que erróneas. Creo suponer, ambos parten para sostenerlas de la documentación extraída del archivo de la Cofradía, en la que, además no está nada clara la cuestión, sino sujeta a una interpretación personal, como es el dualismo de la Iconografía de la Virgen de la Montaña, de la que no ha tratado ningún autor anterior y que ofrece muchas dudas para los estudiosos de este tema. La opinión del profesor Floriano del que he bebido para este trabajo, dice: Que son erróneos muchos de los comentarios e interpretaciones de estos dos autores, en un instrumento increíblemente inédito, y por eso jamás consultado, y comenta que es increíblemente inédito, porque de siempre se conoció de su existencia, fecha del mismo, escribano ante quien se otorgó, y, por lo tanto, lugar donde podía encontrarse. Existe un documento muy importante, que no estimuló si quiera, la intuición de ningún historiador, a pesar de que parecía ofrecérsela a todos, por decirlo así, en bandeja de plata, y lo era, tanto para la historia de la Virgen y sus imágenes como para iluminar un poco la noble pero borroso persona de una de las figuras decisivas de nuestra historia, y , por lo mismo, de toda nuestra historia religiosa, por su intervención trascendental en su culto como Patrona de Cáceres: El Licenciado D. Sancho de Figueroa y Ocano, cuyo testamento fue otorgado en Cáceres ante el escribano Gonzalo de Aldana y Ulloa, el día 6 de julio de 1660, y está citado en su partida de defunción. Y lo más curioso es que el P. Ortega y Ortí, comentan la citada partida en sus historias.

Es una lástima que ninguno de sus autores se decidiese a buscar dicho testamento en el registro indicado. Yo creo que en su momento podría haber habido alguna dificultad para encontrarlo y por eso de esta situación.

De todos modos, y aunque estos comentarios pudieran ser negativos, Ortí enriqueció la Historia de la Virgen de la Montaña, desde ángulos más eruditos y criteriológicos que Fray Ángel, aunque no pudo aumentar mucho el volumen de elementos narrativos que, éste aportó a la suya.

Ortí salió bien airoso de su empeño, cosa no fácil si se tiene en cuenta que los hechos históricos, como tales, carecen de interés propio, para que pueda el historiador emplearse a fondo, bien con su literatura, bien con su técnica, bien con su experiencia y habilidad, en esa lógica inductiva o deductiva, sin a veces resolver los problemas o cuestiones de orden histórico. Todavía supo sacar gran partido de una historia, que apenas era historia, y, a pesar, de los precedentes de Boxoyo, con su síntesis, y del Padre Ortega con su desarrollo, y todo esto, dejando incólume, en todos sentidos la perspectiva histórica, con que desde un principio se mostró la presencia, con todas sus incidencias, de la Virgen de la Montaña, tan asentada y fija como Ella misma, lo está en la cumbre de la Sierra de la Mosca, tan firme como las propias rocas, que sirvieron al bendito Paniagua para hacer su trono a la Madre de Dios.

Ortí cerró, con su Historia del Culto Santuario…, al menos por ahora, el proceso historiográfico de la Virgen de la Montaña, que he intentado analizar con la ayuda del Profesor Floriano en estas líneas, que él mismo publicó en el Periódico Extremadura en los meses de abril, mayo y junio de 1965 en largos artículos, que yo he tratado de resumir y aclarar según la mirada del siglo XXI. También decirles que en su momento la Junta de Gobierno de la que me honro en presidir actualmente como Mayordomo, editó en los años 80 del pasado siglo, esta historia de Ortí en un libro que no es difícil de conseguir hoy día.

Después de lo tratado ha habido infinidad de artículos, y algún que otro libro pero referido a discursos, pregones, poesías, como son los de la foto 9 referido a poesías sobre la Virgen de la Montaña, incluido una de Gabriel y Galán, al que dediqué un trabajo para estos Coloquios el pasado año 2020, escrito por D. Valeriano Gutiérrez Macías, erudito investigador, militar y político del pasado siglo XX.

Aunque también existe otro libro, creo yo, muy importante y más actual, resumen de todos los anteriores editado por la Fundación Mercedes Calles y Carlos Ballesteros, ubicada en el Palacio de los Becerra de la ciudad Monumental de Cáceres, que se realizó con motivo de una gran exposición por la puesta de largo de la citada fundación en 2006, en la que fueron Comisarios de esa exposición, Doña María del Mar Lozano Bartolozzi, Presidenta actual de la Academia de Extremadura, y D. Miguel Rodríguez Cancho, ambos Catedráticos de la Universidad de Extremadura. En el que se recogen: la Devoción histórica a la Virgen de la Montaña, así como la religiosidad popular cacereña; las manifestaciones modernas del culto mariano; la arquitectura del Santuario; el programa iconográfico y ajuar litúrgico del Santuario; la conservación de la memoria; la Montaña y su conjunto sacro; y un Catálogo de las obras seleccionadas para dicha exposición. Es el más completo y moderno estudio sobre la Virgen y su Ermita, realizado por los más eruditos investigadores de la ciudad, siete en total, con las mejores técnicas de reproducción y fotografía y habiendo bebido de las fuentes de Boxoyo, Publio Hurtado y otros, así como el archivo de la Real Cofradía de la Santísima Virgen de la Montaña.     Sería interminable recoger todo lo escrito sobre esta maravillosa historia, tan fácil de creer en ella y también, porque no, de entender, como es El Culto a la Virgen de la Montaña, la construcción de su Santuario, su Ermita, etc…

Apéndice fotográfico

Foto 1.  Santuario Virgen de la Montaña de Cáceres. Propiedad de la Cofradía

Foto 2.  Como ejemplo. Un Libro de Eugenio García de Honorato, (Internet)

Foto 3. Breve noticia del origen del Santuario de la milagrosísima imagen, con el título de la Montaña se venera extramuros de la M. N. y L. villa de Cáceres, provincia de Extremadura.  Por Simón Benito Boxoyo. Propiedad de la Biblioteca de Cáceres

Foto 4.  Periódico “El Regenerador Extremeño, dirigido por D. Juan Daza Malato (Internet)

Foto 5.  El padre fray Ángel Ortega. Foto de Internet

Foto 6. Libro: Historia documentada del Santuario e imagen de Nuestra Señora de la Montaña, patrona de la ciudad de Cáceres, por Fray Ángel Ortega. Biblioteca Rodríguez Moñino de Cáceres.

Foto 7.  Foto de Miguel A. Ortí Belmonte

Foto 8. Historia del culto y del Santuario de Nuestra Señora de la Montaña. Miguel A. Ortí Belmonte, propiedad del autor.

Foto 9.  Algunos Libros sobre distintos autores, entre ellos el de Cantores de la Virgen de la Montaña por D. Valeriano Gutiérrez Macías, todos, propiedad del autor.

Foto 10. Libro editado por la Fundación Mercedes Calles y Carlos Ballesteros en 2006, con motivo de una gran exposición en el Palacio de los Becerra. Libro propiedad del autor

 

 

Dic 122020
 

Juan Carlos Fernández Rincón

La poesía de Gabriel y Galán

Cuando muere Gabriel y Galán, los poemas de su autoría eran los más leídos en España. Unamuno, en la primera evocación tras el obituario, dijo acerca de su legado: “No ha pasado Galán por la tierra como callada sombra; deja cantos de consuelo para los pobres soñadores del sueño de la vida. En estos cantos nos queda el alma de su alma. Se la dio su pueblo y a su pueblo vuelve”. El poeta dejó cuatro hijos: Jesús, Juan, Esteban y Mª Purificación, los dos últimos fallecieron de modo prematuro.

La obra poética del autor es conservadora en estructura y temática: durante su realización José María defendió la tradición, la familia, el dogma católico, se aparta así del modernismo que estaba surgiendo, siguiendo con única sensibilidad social, la vida pueblerina. La poesía de Gabriel y Galán desde 1898 se vuelca hacia el paisaje, pueblo y la aldea. La voluntad de acercarle la poesía y su mojadura en el mundo campesino, lo va a poner de relieve con la constitución de fragmentos fáciles de fondo ético-moral:

“Sabrás que me he metido a predicador rural: hago unas coplas que yo llamo sermones, casi todas en verso, que recito y declamo los días festivos desde el balcón del Ayuntamiento. Son una vulgaridad estupenda, pero los que me oyen lloran, ríen, se entusiasman y aprenden verdades morales: los hago más buenos, que es mi propósito; digo a todos que vivan unidos y que renieguen de la política que es una mentita inmensa…” Carta escrita a Mariano Miguel del Val.

El poeta, a veces hace un maravilloso retrato de los humildes labriegos que faenan en vastas dehesas, las preocupaciones e inquietudes de las gentes sencillas, las duras condiciones de vida que soportan, la fortaleza y resignación con que se enfrentan a ellas, los momentos de sana alegría que eclosionan en fiestas públicas y privadas, los castos amoríos entre pastores y zagalas, la ingenuidad y ternura de la infancia, la honda espiritualidad religiosa del pueblo llano, y, en suma, las propias vivencias paterno-conyugales que Gabriel y Galán en su apartado retiro extremeño, configuran un magnífico fresco realista de la España rural de finales del siglo XIX y comienzos de la siguiente centuria, y sobre todo conviene destacar su audacia y eficacia en el intento de dignificar la región y las gentes más miserables del país.

Tuvo una época en el que estuvo sumido en un estado de ánimo que hoy tildaríamos de depresivo -como queda patente en el pseudónimo de «El Solitario», que eligió para suscribir las epístolas enviadas desde Piedrahita, en el que se aferró aún más a su inmovilismo espiritual y estético y se refugió en sus profundas convicciones religiosas, heredadas de su madre y destinadas a convertirse en otra de las principales señas de identidad de su obra (sobre todo, en sus primeras composiciones poéticas). Esta religiosidad sencilla y primaria, al tiempo que fortalecía su innata sensibilidad, le impidió caer en los postulados ideológicos defendidos.

José María no era uno de esos hombres de gran espectáculo que, en cuanto los enfoca el reflector de la fama cuidan del maquillaje y de los gestos y componen la figura para que la posteridad, y aún los contemporáneos, puedan admirarlos en apostura gallarda. Por el contrario le molestaba esa luz excesiva de lo que consideraba vano renombre, y procuraba defenderse de su brillo y de sus rayos, lo mismo que cuando le agobiaba el furioso sol del verano extremeño, arrimándose a la cosas humildes y amigas: el chozo, la ermita, la encina, el fresco sosiego de las vidas oscuras, que eran, además, los elementos y seres que animaban su obra poética. Es, además, un intelectual de sensibilidad muy fina, ya que sufrió esas depresiones de la tristeza y esas inquietudes del desasosiego espiritual, que no dejaron de serlo nunca aunque, por ajustar el tono al disfraz, sustituyese la palabra culta por la frase felicísima y expresiva del «jormiguillo que le jormiguea».

Gabriel y Galán fue uno de los primeros autores que denunció la miseria de la comarca de Las Hurdes a partir de los poemas ‘La jurdana’ y ‘A Su Majestad el Rey’, ambos de 1904. El segundo de ellos tenía por objeto sensibilizar a Alfonso XIII, entonces de visita en Salamanca: «Porque infama la negrura / de la siniestra figura / de hombres que hundidos están / en un sopor de incultura / con fiebre de hambre de pan». Posteriormente el monarca señaló que fue a través de ambas poesías como tomó conciencia del problema de un territorio que aún tardaría en visitar hasta 1922.

Su nacimiento y familia

José María Gabriel y Galán nació el 28 de junio de 1870 en Frades de la Sierra, pequeño pueblo de la provincia de Salamanca que en aquellos tiempos formaba parte de Castilla la Vieja y en la actualidad, Salamanca es una de las nueve provincias que componen la autonomía de Castilla y León (España). Sus padres fueron Narciso Gabriel y Bernarda Galán, y se dedicaban al cultivo de la tierra y la ganadería en terrenos de su propiedad, dos de las producciones típicas del campo charro salmantino. Su economía era la propia de quienes se dedicaban a la labranza y al cuidado de los animales por aquellos años finales del siglo XIX. Su infancia la pasa en su pueblo natal y allí en su escuela aprende las primeras letras. Su madre era gran aficionada a la poesía, e insufló la atracción de sus cinco hijos por la composición lírica.

Su hermana Carlota define así a la familia: «Padre no paraba en casa, con sus ires y venires, y aquel desacarreo que se traía el pobre, que me acuerdo de haberles oído decir a sus amigos, por embromarle, que si dormía con las espuelas puestas…

Cuando llegó, a cada momento, fuimos dejando la casa. Primero, el mayor, Baldomero, de muchas luces el pobre; sacó plaza en abogados del Estado, y lo destinaron a Zamora; luego Enriqueta, que quedó más cerca, en La Maya, a donde se la llevó su marido, que tenía allí una buena labor; más tarde el pobrecito José María, el más revoltoso de todos y el ojito derecho de mi madre, a la que traía en andas y volandas.

 

Como paraba poco en casa, porque desde que terminó los estudios ya no volvimos a tenerle de quieto, cuando caía por aquí era como si entrase el viento por todas las puertas y ventanas; pero un viento que a mi pobre madre la ponía como nueva y hasta le aliviaba la jaqueca que siempre padecía…; la misma jaqueca que me tocó a mí en la herencia, como mejora».

Yo me casé aquí, y aquí he vivido, la única que quedó en el pueblo de los cinco. Finalmente el pequeño Luis, se las buscó por su cuenta e iba y venía de vez en cuando por casa.

Su madre, como ya dijimos aficionada a la poesía escribía recordando a sus hijos:

En tres provincias están

las flores que yo crié;

mientras más dure la vida

con llantos las regaré.

Un clavel tengo en Zamora,

en Piedrahita una dalia,

en Frades dos alelíes

y una azucena en La Maya.

¡Piedrahita de mi vida,

Maya de mi corazón,

Zamora del alma mía,

como llamáis mi atención!

¡Como podré yo vivir

teniendo en Zamora el alma,

en Piedrahita la vida

y el corazón en La Maya!

Estudios y primeros pasos en la poesía .

Pasa su infancia en su villa natal asistiendo a su escuela, y a los quince años se traslada a Salamanca para cursar los tres primeros años de Magisterio en la Escuela Normal, datando de esa época sus primeros versos. A primera hora oye su misa en San Martín entre unas cuantas mujeres que suspiran y rezan, asomando apenas sus arrugadas caritas por el embozo de los negros y afelpados mantones; consume en un santiamén el bebedizo del desayuno, que refuerza con alguna raja de sabrosos embutidos de matanza, renovado en oportunos envíos de la madre previsora; y con sus libros oprimidos bajo el sobaco, envuelto en su capa española de coloradas becas, marcha camino de sus clases.

El cuarto curso (1888-1889) lo realiza en la Escuela Normal Central de Madrid, esa ciudad le va a producir un gran rechazo, la termina tildando en algunas cartas como Modernópolis. Obtenido el título de magisterio se le destina a Guijuelo, a unos 20 km de su ciudad natal (1889-1892) y posteriormente a Piedrahita (Ávila) (1892-1898). Su estado de ánimo es bajo (firma las cartas a sus amigos como El Solitario), definiéndose como un hombre de carácter melancólico, sensible y de profundas convicciones religiosas (recibidas de su madre), que ya se perciben en sus poemas.

A punto estuvo Galán de quedarse, como la mayor parte de sus camaradas de escuela, en el primer tramo de la enseñanza oficial, pues siendo segundón y teniendo ya el primogénito en los estudios de Salamanca, aprendiendo las leyes, se inclinaba el amo Narciso a retener a José María junto así, para que aliviase de los muchos afanes y trabajos que le costaban sus negocios… Y aquí la intervención del maestro, que encariñado con su alumno predilecto, con la gracia con que repetía los poemas y por el empuje que iba tomando su entendimiento, se lo disputó al padre, tirando de él como de cosa propia, hasta que, de tanto alabar las facultades del mozuelo y su feliz disposición para los trabajos de la inteligencia, consiguió que el labrador enterizo quebrase de su propósito, dando, por lo menos, su licencia y sus cuartos para poner a prueba la vocación y las luces que el maestro elogiaba como algo extraordinario.

Su padre, poco dado a bagatelas literarias, acabó por reconocer para sus adentros, que se daba buena maña para coplero, el diantre del chico.  De sus primeras poesías siendo aún muy joven y que denota su religiosidad está dedicada al Nazareno de su pueblo:

Cuando pasa el Nazareno

de su túnica morada,

con la frente ensangrentada,

la mirada de Dios bueno

y la soga al cuello echada,

y el pecado me tortura,

las entrañas se me anegan

en torrentes de amargura,

y las lagrimas me ciegan

y me hiere la ternura.

 

El amor a la vista. Piedrahita.

Seis años en Piedrahita; desde el mes de mayo de 1892, en el que llegó animoso y fortalecido, huyendo como del demonio, de las tentaciones y gruñidos de Guijuelo, hasta que, en noviembre de 1898, se evadió, definitivamente, de la pedagogía y de la escuela hacia campo abierto, donde le esperaban los días fecundos y venturosos. Seis años como seis surcos; tan iguales y monótonos, que apenas si se distingue uno del otro. Entró con mal pie en la frondosa y abundante villa, en cuya plaza pública se levantó cadalso, a los pocos días de su llegada, para que pudiera estremecerse el maestro nuevo ante la vieja y terrible estampa española del ajusticiado en garrote vil.

Aunque algo extraordinario tenía que suceder. Lo presentía cuando escribía a sus amigos enviándoles, con noble envidia, sin mezcla de pesar por el bien ajeno, aquella felicidad conyugal de la que hablaban, y, sobre todo, aquel humano engreírse, sin darse cuenta, porque el amor les pagaba, enviándoles sus angelotes más rollizos… «Cuando veo a mis amigos viviendo y gozando cada uno con lo suyo, siento una envidia tan grande por no poder hacer yo lo propio, que llegan momentos en que estoy a punto de echarme a la calle y, sin respetar estado ni condición, sin nada, decir de un golpe al primer palo con faldas que me encuentre: ¿Usted quiere ser mi novia?

Pues sí señor, ¡el maestro tiene novia!… Para encontrarla no ha sido preciso el atrevimiento escandaloso a que pensaba arriesgarse si llegara el caso. No se ha plantado en la calle, con el sombrero daleado y el aire donjuanesco, para colmar, con una declaración súbita y fogosa, las ocultas ansias de fulanita o menganita, que encendían velas rizadas al San Antonio guapín del Convento de la Monjas para que inflamase el frío corazón del maestrito en favor de la gentil devota.

El amor le esperaba donde él le había citado; no, por cierto en el casino, entre la música y el frívolo bullicio de las reuniones dominicales; ni en la plaza, donde paseaba el señorito a la salida de misa de la doce; ni si quiera en el parque de la Duquesa, donde, después de todo, le hubiera encontrado mejor dispuesto para el tono confidencial y resbaladizo del primer diálogo peligroso… Le esperaba, con la serenidad que él apetecía, rodeado de todo lo que amaba, como una nueva Ceres de sus campos y labores, que embelleciese aún más, con su presencia, la hermosura de los montes y los prados. Y José María se fue acercando a ella, paso a paso, con algún temor que se desvaneciese como un sueño la figura que le aguardaba, sonriente y tranquila, mirando hacia castilla desde el cerro donde se asienta la ermita del Cristu Benditu.

Como intentamos contar en 1893 conoce a Desideria García Gascón “mi vaquerilla” como solía llamarla cariñosamente quién vivió entre los años 1874-1954, ​ella nacida en el seno de un hogar de terratenientes, se casaron y el Poeta va a experimentar un cambio radical en su vida; que se va acentuando a partir de su boda, que se celebró un 26 de enero de 1898 en Plasencia- Cáceres. Allí estaba, junto a él, con su traje de seda y su velo de desposada, la vaquerita querida:

 

Alma blanca, más blanca que el lirio;

frente blanca; más blanca que el cirio

que iluminaba el altar del Señor.

 

De ella llegó a decir el poeta; que era la felicidad soñada, la esposa presentida, la mujer que buscó y el ángel, al cabo, encontrado y de la que todos podemos decir, por nuestra cuenta, que la debemos gratitud y admiración muy hondas porque fueron sus manos suaves las que aliviaron de sus quebrantos al decidido maestrito y disiparon con el blando aleteo de sus honestas caricias las inquietudes que le roían el ánimo, y fue su amor, atrayente y amable, dulce y seguro, fecundo y tranquilizador, el que desvió a su destino triunfal el indeciso rumbo de una vocación, que comenzaba a extraviarse entre las brumas peligrosas.

Consagración del poeta

A partir de ese instante, la vida del joven poeta experimenta un cambio radical; abandona su dedicación de maestro en la escuela de Piedrahita, y se traslada al pueblo cacereño de Guijo de Granadilla, en donde se encarga de la dirección y administración de una gran dehesa extremeña denominada «El Tejar», propiedad del tío de su esposa. Encuentra así, la calma que necesita el espíritu sensible de nuestro poeta: la dedicación al cultivo del campo y del alma. Debido al sosiego que esta nueva ocupación le proporciona, y debido también a su sensibilidad y sus dotes de agudo observador, se dedica a escribir lo que le inspira el nuevo entorno en el que se desenvuelve. Poesías de pura raigambre racial, retratan las vidas de los humildes labriegos que trabajan y habitan en la dehesa; de los pobladores de aquellos pequeños núcleos rurales extremeños; de los amoríos entre los pastorcillos y las jóvenes zagalillas…

En ese pueblo nace su primer hijo (Jesús, 1898), lo cual le inspira para componer la poesía «El Cristu Benditu» con la que inicia sus famosas EXTREMEÑAS en las que el empleo de la lengua vernácula, «el castúo», aroma y vivifica la musa del poeta. En esa poesía refleja el autor la vida es que pasó en su primera juventud y el gran cambio hacia la alegría que experimenta con su nuevo empleo y el nacimiento de su hijo. La observación minuciosa de las gentes pueblerinas de los alrededores, le lleva a decir un día a un amigo: «…las gentucas de las aldeas, al par que cosas buenas, tienen miserias y roñas morales que repugnan al estómago más fuerte, se necesita mucha calidad y mucha paciencia para vivir entre ellas…» En otra ocasión confiesa a un amigo, a través de la correspondencia epistolar: «…yo no tengo más amigos, en sentido estricto de la palabra, que uno de mis criados.

 

El Cristu Benditu

¿Ondi jueron los tiempos aquellos,

que pue que no güelvan,

cuando yo jui presona leía

que jizu comedias

y aleluyas tamién y cantaris

pa cantalos en una vigüela?

 

¿Ondi jueron aquellas cosinas

que llamaban ilusionis y eran

a’specie de airinos

que atontá me tenían la mollera?

 

¿Ondi jueron de aquellos sentires

las delicaezas

que me jizun llorar como un neni,

de gustu y de pena?

¿Ondi jueron aquellos pensaris

que jacían dolel la cabeza

de puro lo jondus

y enreäos que eran?

 

Ajuyó tuito aquello pa siempre,

y ya no me quea

más remedio que dilme jaciendo

a esta vía nueva.

 

¡Ya no güelvin los tiempos de altoncis,

ya no tengo ilusionis de aquellas,

ni jago aleluyas,

ni jago comedias,

ni jago cantaris

pa cantalos en una vigüela!

 

Esta es parte de una de su maravillosa poesía del Cristu Benditu.

“El castúo”, fragancia y conforta la musa del poeta. Gabriel y Galán se inspira del “deje andaluz” de su fascinado maestro Medina para así emprender el componer en este dialecto extremeño. Ese poema fue dado a conocer a Don Miguel de Unamuno, quién era entonces catedrático de Lengua y Literatura Griega de la Universidad de Salamanca, por el hermano del Poeta, Baldomero Gabriel y Galán (1868-1926), quién era abogado del Estado, columnista de prensa y también un destacado aficionado a la poesía. Unamuno considera muy rico el fragmento y, en general, comienza a apreciar la obra de Gabriel y Galán, valorando lo que iba a suponer la defensa y ejemplo del casticismo.

Ya desde que escuchó, en su misa de casamiento, la bella admonición canónica con aquel: «Mirad hermanos, que celebráis el casamiento del matrimonio para la conservación del género humano, porque se instituyó primero para tener sucesión, y que procuréis herederos, tanto de vuestros bienes cuanto de vuestra fe, religión y virtud, Dios os dé pequeños ángeles que alegren vuestra casa, y encanten vuestra vida». El lazo del matrimonio, sin ellos, es rosa de terciopelo sin aroma, amor sin objeto; vida sin estímulos, egoísta vida, sin sacrificios; soledad desconsoladora y triste, sin besos de ángeles cuando la frente se arruga, sin caricias que consuelen cuando la garra del dolor se clava y se desgarra la fibra más delicada del sentir, sin manos que, jugando y sin saberlo, limpien el ingrato sudor del trabajo, que es la levadura amarga del pan que comemos los pobres. Su vida anterior no fue, en lo hondo, sino un aprendizaje de la paternidad.

Nuestro poeta, fue pues, un intelectual de sensibilidad muy fina, ya que sufrió esas depresiones de la tristeza y esas inquietudes del desasosiego espiritual, que no dejaron de serlo aunque, por ajustar el tono de disfraz, sustituye la palabra culta por la frase felicísima y expresiva del «jormiguillo que le jormigue».

Nace el 27 de febrero de 1901, su segundo hijo y en septiembre de ese año, fue convocado por la Universidad de Salamanca, para participar y celebrar en unos Juegos Florales celebrados en el Teatro Bretón de Salamanca, va a ser su consagración como poeta, arranca siendo galardonado con la flor natural por su composición «El ama», que se encontraba inspirado en su madre, por la reciente muerte. El ya Rector de la Universidad de Salamanca; Miguel de Unamuno, desde el año anterior, presidió el jurado junto a otros catedráticos compuesto por; Santiago Sebastián Martínez, Decano de la Facultad de Filosofía y Letras, Luis Rodríguez Miguel Catedrático de Lengua y Literatura Española y el escritor Francisco Fernández Villegas Zeda.

José María, luego de desasirse de los admiradores, que le estrujaron en acompañamiento nutridísimo, hasta dejarlo en su hospedaje, y de desprenderse de aquella prenda geométrica que tanto le mortificaba y deslucía, dio en pensar la más bella aventura de su vida… Y sin que nadie lo supiese, sin aguardar al nuevo día, que ya se colgaba con mano impaciente de los flecos de la noche venturosa, montó a caballo, galopando, como un jinete de Durero, escoltado por el recuerdo de la muerte, a lo largo del camino desierto… Llevaba sobre el corazón la flor natural, que acababa de brindarle la fama sonriente y sumisa; y en llegando a Frades se encerró en la capillita del cementerio, para contarle sabe Dios qué cosas a su madrecita, dejando sobre la losa de granito aquel beso de pétalos suaves con el que la gloria mundana quiso desvanecer, sin lograrlo, al virtuoso labrador de Guijo.

Gabriel y Galán intenta e inicia el mantener correspondencia e intercambios con el rector de Salamanca, Miguel de Unamuno. Desde ese momento es notable para la época como ese ambiente ideológico que se encontraba considerablemente polarizado en la Salamanca de 1900 y el enérgico conflicto de Unamuno con quién era el obispo de Salamanca, Tomás Cámara y Castro, llamado el padre Cámara (1885-1904), el mismo estaba decidido a que fuera destituido de la autoridad de la Universidad, generando eso una situación compleja para al poeta acerca de la base de los intentos sucesivos de llegar a instrumentar su obra por parte de ambos.

Una vez consolidada la amistad con D. Miguel de Unamuno, sobre todo a través de cartas, éste le propone que escriba una novela o algo diferente, a lo que el poeta de Guijo se echa las manos a la cabeza » ¡Escribir yo una novela!, exclama con humildad alarmada. Menester será decirle a usted, quien soy, literariamente, para que no vuelva usted a darme sustos como ése. Nada, no; soy ningún… -iba a decir Unamuno, pero fuera muy descarado y de mala forma el elogio-: no soy capaz de escribir una novela, que pudieran llamar mediana, los que entienden. Aunque más tarde si lo intentó escribiendo la primera narración en prosa, bajo el título de El Tío Glorio, que se publicó el 18 de noviembre de 1901 en la hoja literaria de El Adelanto.

Tras ser el gran triunfador en los Juegos Florales de Zaragoza, Sevilla, Lugo y en el exterior, en Buenos Aires. Su fama se acrecienta y en el año 1902, es el lapso en el que publican sus dos primeros volúmenes; “Poesías y Castellanas”, al Ateneo de Madrid fue invitado para dar su primer gran recital poético que como era de esperarse concluyó con un sonoro éxito.​

 

José María Gabriel y Galán visita Cáceres

Hay en las calles cacereñas aires de Navidad. Las populares zambombas de barro rojo, no dejan de sonar, es diciembre de 1902, con temperaturas máximas que no llegan a los 10 grados y la mínima ronda los 0 grados. Es 27 del mes de diciembre y sábado.

Un viajero, entre no muchos, descabalga del tren y pone, por primera vez en su vida, las plantas

sobre tierra de la ciudad de Cáceres. Equipaje corto, porque piensa en una visita corta; nada más que el deseo de conocer personalmente a alguno de los hombres que tanto ha contribuido a extender su fama. En un traqueteante “coche de estación”, tirado por caballos y mulas, el viajero recorre el largo camino que media entre la estación (hoy el barrio conocido como Los Frates) y las primeras calles cacereñas, no mucho mejor pavimentadas entonces que las de su Guijo de Granadilla.

“El poeta Galán” (lo de José María Gabriel y Galán vendría con los años), ha hecho entrada en Cáceres, donde a nadie conoce por sus rasgos físicos y donde nadie puede identificarle personalmente. Pero este “poeta Galán”, que hace poesía con olor a pueblo, y al cual leer –los que saben leer- y repiten de oídas los que no, es “demasiado alguien” para que la capital no se estremezca de emoción con su venida. Se apagan por un momento las zambombas, y los villancicos se hielan.

-¡¡GALÁN está en CÁCERES!!-

Y mientras Cáceres se prepara para rendirle calurosos homenajes, el poeta acompañado, sólo por los recién conocidos, como eran Ibarrola, Grande Baudesson, Hurtado y alguno más, pide que lo primero que quiere es subir a rezarle a la Virgen de la Montaña, en su Santuario.

 

 

Era un día quejumbroso de diciembre ceniciento

Cuando yo subí la cuesta de la mística mansión:

El que aquella cuesta sube con angustias de sediento,

Baja rico de frescuras el ardiente corazón.

 

Era un día de diciembre. La ciudad estaba muerta

Sobre el árido repecho calvo y frío del erial;

La ciudad estaba muda, la ciudad estaba yerta,

Sobre el yermo fustigado por el hábito invernal.

 

Los palacios y las torres de los viejos hombres idos

En el carro de los tiempos de las glorias y el honor

Dormitan indolentes, indolentemente hundidos

De seniles impotencias en el lánguido sopor.

 

Me caían en la frente doloridos pensamientos

De esta trágica y oculta mansa pena de vivir;

Me pesaban en el alma los mortales desalientos

De las pobres almas mudas, fatigadas de sentir.

 

Era un día de amarguras cuando yo subí la cuesta

De la alegre montañuela que veía yo a mis pies

Desde aquella blanca ermita que asentaron en su cresta

Como nido de palomas en pimpollo de ciprés.

 

Horizontes que pusieron en las niñas de mis ojos

La visión de la desnuda muda tierra en que nací;

Tierras verdes de las siembras, tierras blancas de rastrojos,

Tierras grises de barbechos… ¡Patria mía yo te vi!

 

¡Madre mía, madre mía! Cuando aquella tarde brava

Yo subía por la cuesta de tu mítica mansión,

Como el látigo del viento que la cara me cruzaba,

flagelaba el de la pena de mi sensible corazón.

 

¡Madre mía!, me contaron unos buenos caballeros,

Moradores de tu hidalguía y amadísima ciudad,

Que son tuyos sus amores, y son suyos tus veneros,

Copiosísimos y santos de graciosa caridad.

 

Me contaron episodios de la bella historia tuya,

Dulcemente convivida con tu amante pueblo fiel;

Me dijeron que era tuyo; me dijeron que eras suya,

Que te daban bellas flores, que les dabas rica miel.

 

Que el que suba aquella cuesta y en el pecho lleve agravios,

Turbias aguas en los ojos y los hombros dura cruz,

Baja alegre sin la carga, con dulzuras en los labios,

Con amores en el pecho y en los ojos mucha luz.

 

¡Madre mía lo he gozado! Los dulcísimos instantes

Que mis penas me tuvieron de rodillas ante Ti,

Fueron siglos de exquisitas dulcedumbres deleitantes

Que los ríos de tus gracias derramaron sobre mí.

 

Bellísima cacereña,

Hija del sol que te baña:

¡La Virgen de la Montaña

Te guarde niña trigueña!

 

Te habrán dicho los espejos

Que son tus labios muy rojos,

Que son muy negros tus ojos,

Que fuego son tus reflejos.

 

Y yo, que te adoro tanto;

Yo, que te quiero más bella

Que la loca reina aquella

De esta manera te canto:

 

¡Que angelical ermitaña

Tuviera en ti, cacereña

Para su ermita risueña

La Virgen de la Montaña!

 

Sube, preciosa ermitaña

Que algo que no da Natura

Se lo dará a tu hermosura

La Virgen de la Montaña.

 

Y yo que vivo buscando

Bellas cosas de cantar,

Tal visita al recordar,

Suelo decir suspirando:

 

¡Será un cielo aquella sierra

Cuando, levantando el vuelo,

visiten a la del cielo

las vírgenes de la tierra!…

 

Esto escribiría, después, en un poema dedicado a la Patrona de la ciudad cacereña y dedicada a su querido amigo el virtuoso sacerdote D. Germán Fernández

Esta, podría ser la crónica de la primera visita que nuestro poeta más importante realizó a Cáceres, ciudad y en la que, al siguiente día acudió a todos los sitios porque, entre otras cosas, todos quieren verle y oírle. Visitó el Casino de Artesanos, también apareció por el baile de La Concordia, finalizando ese día 28, en el Ayuntamiento, en el que sesenta personalidades cacereñas le tributaron el homenaje oficial.

En la ciudad de Cáceres se le recuerda todos los 6 de enero, con un recital y un concurso de poesías, junto a la estatua instalada en el Paseo de Cánovas de la capital, donde también, no falta nunca Pepe Extremadura cantando «El Embargo», una de sus poesías más reivindicativas y más maravillosa.

 

Su vida en Guijo de Granadilla

De él dijo Luis Chamizo: “Es Galán el creador egregio de una poesía extremeña que, en el cauce limpio de jugosa y pintoresca tabla, arrastra las notas típicas del vivir lugareño en nuestra región. Nuestros campos, costumbres y tipos rurales pasan por el alma delicada de Galán, adquiriendo la gracia luminosa y serena de un corazón que supo amarlos”.

La Zona del Guijo de Granadilla también quiso homenajear a su famoso vecino otorgándole el título de Hijo Adoptivo, que la villa le concedió el 13 de abril de 1903.

De aquella ajetreada vida que no le gustaba y en aquella paz de Guijo se acordó el poeta cuando habló, en verso, a los hombres de su lugar, al recibir ese título que siempre consideró el más honroso de los que se le concedieron. Para celebrarlo acudieron al ya famoso rincón extremeño los hombres sencillos que poblaron aquellas aldeas, y ante todos ellos, que llenaban la plaza, aclamándole con entusiasmo cariñoso, limpio -como el trigo de renta- de niebla y de gusano y de mala semilla, dio salida franca a su contento, sintiéndose invadido de felicidad que él buscaba y tenía por única y verdadera: la que orea y vivifica las almas, porque nace de lo más hondo del corazón, destilada por la bondad y el amor. Aquella fiesta si que le alegró de veras, porque no descubría entre la rústica muchedumbre al crítico ni al doctor que se lucían o se peleaban a su costa.

 

Una fiesta que es más bella

porque en ella no hay pasiones,

ni hay ruines miras de ella,

ni luchas ni divisiones.

Veros reunidos

me causa el mayor placer.

¡ Siempre en paz y siempre unidos

os quisiera a todos ver !

 

Esta poesía, que es más larga la compuso para este acontecimiento, titulada «Solo para mi lugar». Como comentamos anteriormente; Gabriel y Galán a partir de los poemas ‘La jurdana’ y ‘A Su Majestad el Rey’, fue uno de los primeros prosistas que denunció la indigencia de la comarca de Las Hurdes ambos los realizó en el año 1904. Alfonso XIII, estaba de visita en Salamanca y el Poema segundo de ellos tenía por objeto sensibilizarlo:

“Porque infama la negrura,

de la siniestra figura

de hombres que hundidos están

en un sopor de incultura

con fiebre de hambre de pan”.

 

Posteriormente el monarca señaló que fue a través de algunas de sus poesías, fue como tomó conciencia del problema de un territorio que aún tardaría en visitar (1922).

En cuanto a sus ideas políticas cuentan que eran carlistas, -el carlismo es una corriente política española de carácter completamente conservador y legitimista, derivó del absolutismo español y surgió durante la primera mitad del siglo XIX, en franca oposición al liberalismo-, y colabora con la «Buena Prensa», que era la prensa católica, conocida.

La muerte del poeta

Si mal andaba el poeta de salud moral, revuelta y avinagrada por las injusticias y amarguras que contemplaba a su alrededor, no era más boyante la de su organismo físico, entorpecido por trastornos que cada vez se acusaban más agudos y frecuentes… Las que él llamaba «localizaciones reumáticas» en una de sus cartas de 1897, debieron extenderse e intensificarse en la primavera de 1904, por ser ésta la única explicación razonable de aquella inesperada y única maniobra defensiva del ya paciente enfermo, que se decidió a probar las encarecidas virtudes terapéuticas de las termas de Montemayor, aconsejadas por un médico que decía ser amigo, de cuyo balneario debió de regresar antes del 28 de agosto, ya que en esa fecha estuvo presente en el homenaje a su amigo Bejarano.

Quien fuese el culpable, que Dios se lo haya perdonado; por escrito por el mismo Galán llegó a decir que los chorros o los baños de Montemayor le sentaron malamente. Estamos ya en octubre, y en armonía con la melancólica estación, que ya sufre, desnuda y aterida, la bocanada fría de noviembre, el poeta escribe, desganado, en párrafos que se fatigan en el primer punto, como faltos de aliento, detalle significativo en su estilo, que trepaba por las oraciones largas igual que si subiese un alto repecho… «Yo he tomado este año baños en Montemayor -escribe a un amigo-. Tengo algo de gastralgia. Lo atribuyo a disgustos, exceso de trabajo, irregular método de vida, etc.»

Padecía por todo José María, ¡ triste y noble destino de los corazones delicados ! Y como tenía imaginación, que es como tener otro corazón en la mente, sufría por lo presente, por lo pasado y por lo que el temor le anticipaba de lo venidero…

El 29 de diciembre aparece publicado en un periódico salmantino una de sus últimas poesías, no sabemos si previendo su muerte, aunque, yo más bien creo que bromeando sobre ella:

¡ Quiero vivir! A Dios voy

y a Dios no se va muriendo,

se va al Oriente subiendo

por la breve noche de hoy.

De luz y de sombras soy

y quiero darme a las dos.

¡ Quiero dejar de mí en pos

robusta y santa semilla

de esto que tengo de arcilla,

de esto que tengo de Dios.

 

Recordando palabras de San Agustín, podemos embalsamar con ellas, a manera de despedida, el recuerdo del cristiano poeta y hombre esencial, de bondad inagotable y generosa: «Si tierra amas, tierra eres; si cielo amas, cielo eres; y si a Dios amas, Dios eres». Dios eras, José María, lengua de Castilla antes de que te despojases de la envoltura carnal, que fue sayal de penitencia sobre tu alma delicada y pura… Reflejo de Dios en aquel su encendido amor por los humildes, en aquel recrearse con la divina obra y en su afán de defenderla frente a los que la profanan y desdeñan; hasta en sus palabras poéticas, que parecen un regatuelo claro en el que abrevan, como un rebaño de cándidas ovejas, las mansas parábolas evangélicas…

El 31 de diciembre de 1904 al finalizar una jornada supervisando las labores del campo comenzó a encontrarse mal y, transcurrida una semana, el 6 de enero de 1905 falleció probablemente a consecuencia de una apendicitis aguda, aunque hay otras versiones del motivo de su fallecimiento. El profundo arraigo del poeta en la población de su comarca se manifiesta en los testimonios de quienes presenciaron el duelo: «Pobres y ricos, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, todos, absolutamente todos, acudieron presurosos a la casa mortuoria para orar ante el cadáver por el eterno descanso de su alma y besar sus pies y manos. Las mujeres llorosas y los hombres entristecidos fueron besando los queridos restos». Ya que el profundo enraízo del poeta en la población y alrededor de su comarca se manifestó en las demostraciones de quienes presenciaron el duelo.

No tenía aún 35 años, no los había cumplido, nuestro joven poeta fallece. Muere, en plena gloria y juventud, era el poeta más leído de España en ese momento. “Era más bueno, sencillo y sincero que sus mismos versos, con serlos éstos mucho…”, afirma Federico de Onís. Ciertamente se apagó un joven prodigio de la narrativa poética española.

En el delirio de su muerte se le oyó recitar versos sueltos de las Coplas de Jorge Manrique.

cómo pasa la vida,

como se viene la muerte

tan callando;

 

Cuando falleció el poeta, según es la tradición en la región, quisieron llevar sus restos para que estuviesen junto a los de su esposa, otras fuentes hablan de que se quisieron llevar su cadáver a la Capilla de la Universidad de Salamanca, pero los mozos de Guijo de Granadilla, cuando se enteraron de ello, montaron una guardia día y noche con sus viejas escopetas para evitar así, que se llevaran los restos de aquel hombre a quien adoraban. Fue enterrado en Guijo de Granadilla.

 

Archivo fotográfico

 

 

 

 

 

 

Del libro Libro de «Gabriel y Galán» de Fernando Iscar Peyra (1886-1958). Fotos 1, 2.1, 2.2, 3, 4, y 5

Archivo de la ciudad de Cáceres. Archivo Marchena. Foto 6.1 y 6.2

Archivo Guijo de Granadilla. Fotos 2.3 y 5

Propiedad particular. Foto 8

Propiedad de la Cofradía Virgen de la Montaña. Foto 7

 

Bibliografía

Libro de «Gabriel y Galán» de Fernando Iscar Peyra (1886-1958). Edición patrocinada por la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Salamanca.

En las páginas de Internet:

Webmaster: Jesús Herrera Peña. (1870-1905). Biografía de Gabriel y Galán.

Biografía y Poemas del Autor Gabriel y Galán por Doris Peña.

Gabriel y Galán. Estudios Conmemorativos en el Centenario de su muerte. Revista de Estudios de Salamanca Nº 52. Año 2005.

Periódico «El Adelanto de Salamanca. Nº 5549 de fecha 28 de diciembre de 1902.

Revista “El Santuario”. Revista divulgativa de la Real Cofradía de Nuestra Señora la Virgen de la Montaña. Nº 21 de fecha, marzo de 2016