Oct 012006
 

Francisco Cillán Cillán.

Cronista Oficial de Puerto de Santa Cruz
Dr. en Filosofía y Letras.

Hoy encierra cierta dificultad la localización del enclave donde estuvo asentada la fortaleza de Santa Cruz. Sabemos que estaba próxima a la cima de la sierra que lleva su nombre y en cuya falda se encuentran actualmente las localidades de Santa Cruz de la Sierra y Puerto de Santa Cruz. Junto a la autovía N-V, a 17 Km. de Trujillo en dirección a Badajoz. Sin embargo, el valor estratégico que tuvo durante la Edad Media es innegable.

Algunos creen que los orígenes de esa fortaleza fueron romanos, “cuando no se remonte á más lejanas edades” (Hurtado, 1989: 83). Hemos visto próximo a ella, en la falda del saliente, un número de casas que por el corte y colocación de las piedras se asemeja al que usó dicho pueblo, aunque tengo que reconocer que no soy especialista en dicho análisis ni tampoco he localizado referencia escrita sobre el mismo. Necesitaríamos realizar un estudio in situ en profundidad para demostrar la veracidad del hecho. Por el contrario, sí está documentado el valor estratégico que tuvo durante el periodo visigodo. La conversión de Recaredo I al cristianismo, en el Tercer Concilio de Toledo, trajo revueltas incontroladas durante varios años por parte de ciertos obispos y nobles que no habían abdicado del arrianismo[1]. El rey consiguió sofocarlas, pero su hijo bastardo y sucesor Liuva II (601-603) tiene que enfrentarse a nuevos focos rebeldes. En el año 602 el conde Viterico se levanta en armas contra el joven monarca de veinte años de edad. Varios clérigos y nobles le siguen, entre ellos el duque Claudio, gobernador de la Lusitania, que tenía su residencia en Mérida, al que se unen los castillos de Trujillo, Santa Cruz, Medellín, San Pedro y Magacela. Liuva tiene que abandonar Toledo y se dirige a Sevilla y de allí a Reina desde donde prepara la operación contra los sublevados. Recupera Mérida y logra someter los restantes fortines lusitanos, pero los partidarios de Viterico le hieren en un brazo que hay que amputar y como consecuencia fallece (Extremadura, 1995: 50).

Sin embargo, la época de mayor esplendor del castillo de Santa Cruz, por el renombre y el valor estratégico que alcanzó, fue durante la dominación árabe. El baluarte excepcional que constituye la Sierra y el camino que por la ladera iba atrae a los sarracenos, y hace que sea ruta obligada para su incursión hacia el norte peninsular. El ejército de Muza, formado por árabes yemeníes, no se siente seducido por estos campos escarpados de pastores y prefiere asentarse en las llanuras del Guadalquivir o en las del Guadiana. Durante los primeros años de la Reconquista se crea un gran desierto poblacional entre las cuencas de los dos grandes ríos extremeños. Pero las sierras intermedias comienzan a ser asentamientos para algunos bereberes[2], que aprovechan las construcciones de los pueblos que les precedieron, manteniendo incluso la misma denominación. Alfonso I, rey de Asturias, por el año 740, recorre las tierras de Galicia, Astorga y la ribera del Duero y en posteriores campañas se aventura hasta las proximidades de Mérida, aprovechando que parte de los habitantes de la zona habían ido a apoyar una rebelión en el norte de Africa. A partir del año 750 los bereberes, en mayor número, toman las sierras meridionales extremeñas (Santa Cruz, Montánchez, San Pedro, La Aliseda, el espigón serrático de Cáceres y el Norte de las de Mirabel) como refugio natural sin formar población estable, y desde allí hostigan constantemente a los habitantes del llano, provocando la ira de los emires de Córdoba. Floriano Cumbreño considera que estas bandas nómadas sólo tenían una dependencia nominal de los emires, pero los unía un centro común religioso (masyd) “en el mismo corazón de la Sierra de San Pedro, en el angosto puerto que ha conservado por ello el nombre de Puerto de la Mezquita, y que, por aquellos tiempos, debía ser un lugar poco menos que inaccesible” (Floriano Cumbreño, 1957: 78 y ss.). Los bereberes eran menos cultos y más fanáticos que los árabes. Surge por esas fechas entre ellos Shaqya, un falso imán que se consideraba descendiente de la familia del Profeta. Con sus predicaciones une a las tribus de las sierras meridionales y consigue traer en jaque al ejército de Abd-al-Rhaman I durante seis años (768-776), dominando una amplia zona. Sólo por engaño y tras una emboscada los partidarios del Emir lograron darle muerte.

Después de la conquista árabe existió una gran anarquía en los territorios musulmanes, como se ha podido apreciar. Pocas localidades obedecían al gobierno de Córdoba, pues las guarniciones que las protegían eran escasas. Sus habitantes abandonaban el cultivo del campo por los ataques que recibían y la necesidad continua de tener que tomar las armas para su propia defensa. La propiedad del suelo era comunal y las fronteras, zonas propicias para el bandolerismo. Mérida, que pertenecía al-Andalus, fue la capital de la “Marca Inferior” que comprendía un amplio territorio bañado por el Tajo y el Guadiana, poblado por muladíes y bereberes, principalmente. Los muladíes eran cristianos convertidos al islán, generalmente hispano romanos[3]. Se conocía con el nombre de “marca” la tierra intermedia de contacto, y equivalía a los “extremas” latinos que usaban los cristianos para referenciar las amplias zonas fronterizas. En el año 828 el bereber Malsmud Abd-al-Chabbar y el muladí Sulayman ben Martín apoyados por el rey asturiano, Alfonso II, provocan sangrientas revueltas en Mérida y asesinan al gobernador ben-Marwan, que procedía del norte de Portugal de una zona próxima a Galicia, y de ahí que se le conociese con el nombre del “Gallego”. El emir de Córdoba, Abd-al-Rahman II, dirige contra los insurrectos una columna armada para apaciguar la situación, pero no consigue doblegar plenamente a los cabecillas. En el año 830 hay nuevos levantamientos y saqueos en la ciudad, y nueva intervención del emir que sofoca la rebelión. Los dos dirigentes son derrotados y huyen. El bereber se refugió en Badajoz, el muladí se hizo fuerte en la Sierra de Santa Cruz. El ejército omeya, muy superior en hombres y armamentos, les persiguió y limpió la zona de rebeldes hasta las orillas del Tajo, consiguiendo cercar y dar muerte al muladí una vez que salió de su reducto en el año 834. El Emir dispuso entonces la construcción de la alcazaba de Mérida, como residencia del nuevo gobernador, junto al puente romano, para así reforzar su dominio. Pero sus tropas abandonaron la Sierra que quedó al amparo de nuevas ocupaciones, pues lo abrupto del terreno presentaba dificultades para abastecer con regularidad a la posible guarnición que en ella quedase.

En el 881, las tribus berberiscas de Nafza, dirigidas por los Beni-Feranic, gobiernan las fortalezas de la cuenca del Tajo, según cuenta el cronista musulmán Ben-Haiyan en el manuscrito de Oxford, fol. 18, 99 (Ramón Martínez: 245)[4]. Sin embargo, Floriano Cumbreño considera que dichas tropas no podían ocupar la zona que va desde Trujillo hasta el Guadiana porque fueron derrotadas y saqueados sus campamentos por Alfonso III antes de cruzar el Tajo (Floriano Cumbreño, 1957, nota 1: 86). Ben-Haiyan relata en dicho manuscrito, fol. 980, que las citadas tribus a comienzos del siglo IX, seducidas y guiadas por el fanatismo del príncipe omeya, Almed-ben-Moawia, que se hacía pasar por el Madhi o el profeta esperado, de acuerdo con la doctrina de los fatimistas, dirigen una campaña proseletista contra el reino cristiano. En el sitio de Zamora llegan incluso a instar al propio rey y a sus mesnadas a que se convirtieran al mahometanismo o les matarían. Pero la rebelión del jefe bereber, Zalal-ben-Yaich, por las petulancias del líder religioso musulmán, hizo posible el triunfo cristiano que consiguieron dar muerte al falso Madhi (Ramón Hernández: 247, nota: 1). Con esa victoria las tropas del soberano de Asturias salieron fortalecidas, y aprovecharán la debilidad de los sarracenos tan pronto se presente la ocasión.

Por entonces, Abd-al-Rahman ben-Marwan más conocido por Iben-al-Chilliqui, o sea “el hijo del Gallego”, pues su padre era el gobernador asesinado años atrás en Mérida, traía en jaque al emir de Córdoba y, aunque éste lo derrotó y perdonó en varias ocasiones, seguía en su empeño de dar a la capital lusitana cierta independencia. Alfonso III (866-911), monarca asturiano, aprovecha las refriegas internas musulmanas y se alía con los insurrectos de Toledo, Badajoz y con el muladí rebelde, y penetra en territorio mahometano venciendo a los defensores de las fortalezas de Trujillo, Santa Cruz y demás poblados bereberes. Cruzó el Guadiana por Medellín y derrotó a los omeyas cerca del monte Oxiferium[5], regresando con un valioso botín a Oviedo. No cabe duda que este hecho es una muestra de la poca población que había y la indefensión en que se encontraba el territorio extremeño musulmán.

Después de estos acontecimientos entramos en un periodo de escasez de información durante más de una centuria. Hay que llegar a mediados del siglo XII para que nuevamente adquiera protagonismo el fortín de Santa Cruz. Conviene recordar que en el 1145 se produce la invasión almohade, tras el desplazamiento de los almorávides, cuyo dominio dura hasta el 1269 en que los benimerines tomaron Marrakech. Las tres tribus son musulmanas del Norte de Africa de origen bereber. La cuenca meridional del Tajo continúa por entonces bastante despoblada y la poca población se concentra entorno a los castillos de Santa Cruz, Trujillo, Cáceres, Montánchez, Alcántara, Alburquerque, y pocos más. Los almohades trasladan la capital a Sevilla, aunque el centro político del imperio es Marrakech. Convirtieron la Sierra en un puesto militar importante, junto con los otros fortines. El califa Abú-al-Mumin, por esas fechas, intenta repoblar la zona y refuerza las fortificaciones existentes para asegurarse el tránsito de sus tropas por los puertos de las montañas en su constante hostigamiento a los reinos cristianos fronterizos, y para que vigilasen las posibles incursiones cristianas. Es probable que a esta época pertenezca un recinto rectangular de 2 x 3 m., aproximadamente, que se construyó en el reducto natural muy pequeño que forman las rocas del coronamiento del risco de San Gregorio[6]. Está todo encalado y al parecer estuvo cubierto por una bóveda, y pudo servir de aljibe o almacén de granos o armamentos. Hoy es depósito de sus propios escombros. En la base del citado coronamiento se encuentra un pozo cegado que se le denomina del «rey moro». Muy próximo a dicho pico, en dirección sur y con vistas al Puerto, están los cimientos del castillo árabe, que hoy apenas si se identifican. El geógrafo Xerif el Edrin, el Nubiense, refiriéndose a los habitantes de esos fortines, dice que son “gente valerosa e inquieta, que se dedican casi por completo a hacer correrías en territorio cristiano, asolando y saqueando los poblados para saciar su afán de robo y de perfidia” (Ramón Hernández: 247, nota: 2).

Pero la Reconquista se había desplazado ya a la cuenca del Tajo y comienza a formarse la actual Extremadura en el enclave que hoy conocemos, y con ello su denominación. Los romanos llamaron Lusitania a un territorio que coincide en parte con el actual extremeño y la zona centro de Portugal. Estaba poblado por dos pueblos principalmente: lusitanos y vetones. La denominación se mantuvo hasta el siglo X. A partir de esa fecha comienza a perder vigencia el término lusitano por ser tierra intermedia entre Hispania o Spania (tierra de moros) y Campos Góticos (tierra de cristianos). La palabra Extremadura se usaba para designar la vertiente meridional del río Duero “Extrema Durii”, o sea la tierra comprendida entre la margen izquierda de dicho río y la cordillera Central (Guadarrama, Gredos y Gata). Por eso se decía: “Soria pura, cabeza de Extremadura”, porque dicha población encabezaba en esa época la comarca fronteriza, que luego ocuparían Salamanca y Segovia, según avanzaba la reconquista, y hablaban entonces de Extremadura leonesa y castellana. Los cristianos, a partir de la segunda mitad del siglo XI, llaman la “Transierrra” a las tierras septentrionales de la cuenca del Tajo. En la centuria siguiente los avances son importantes, las zonas extremas se desplazan y comienzan a confundirse los términos. A mediados del siglo XIII con Alfonso X y, sobre todo, con la transhumancia se refuerza la actual denominación. A partir del siglo XV se habla ya de “Provincia” y de “Reino de Extremadura” para designar una extensión de terreno que prácticamente coincide con el actual[7].

A la muerte de Alfonso VII, el Emperador, se reparte el reino entre sus dos hijos, como era costumbre, sin una idea de Estado tal y como hoy lo entendemos. A Fernando II (1157-1188) le toca León, mientras que Castilla es para Sancho III. Ambos hermanos se reúnen el 23 de mayo de 1158 en Sahagún y delimitan sus zonas de expansión por tierras moras, sin tener en cuenta al suegro de Fernando, Alfonso Henríquez de Portugal, con el que estaba enfrentado por los ataques que recibía. Plasencia, Monfragüe y Trujillo caen en la zona de Castilla, mientras que Coria, Cáceres, Santa Cruz, Montánchez, Alcántara, Mérida, etc. pertenecen al reino leonés. Pero esa división fue sólo teórica, pues la realidad como vamos a ver ha de ser distinta. Sancho muere muy pronto y deja un hijo de tres años que será el futuro Alfonso VIII. Fernando tiene que parar continuamente las ansias de expansión de su suegro y las de un personaje controvertido que surge por entonces, Gerardo Sempavor. Por otra parte, sus intervenciones en Castilla, durante la minoría de edad de su sobrino, son constantes. Dos familias castellanas se disputan la tutela del rey infante: los Laras y los Castros. Los primeros se hacen con ella y por lo tanto con el poder. Los Castros piden ayuda al rey leonés que no consigue capturar a su sobrino Alfonso, pues es ocultado por sus protectores en varias localidades sucesivamente, pero sí cercar y tomar Toledo, que pone bajo la protección de Fernando Rodríguez de Castro.

Mientras tanto, el rey portugués ataca las fronteras leonesas por el norte, apoderándose de algunas plazas gallegas, y por el este, ocupando incluso Salamanca. No obstante, las mayores conquistas las realiza Gerardo Sempavor[8], para unos un aventurero, un guerrillero, un héroe de romances o el Cid portugués para otros[9]. Consigue avances importantes en el área de expansión leonesa y algunas plazas pertenecientes a la zona de Castilla. En junio de 1164 toma Trujillo[10]; en septiembre, Évora; en diciembre, Cáceres. Al año siguiente cae Montánchez y poco después Santa Cruz, Serpa, Ureña, hasta poner sitio a Badajoz para congraciarse con su rey Alfonso Henríquez, que acudió en su ayuda. Todos los autores coinciden en que Santa Cruz fue de las últimas plazas conquistadas por el portugués. Su toma se realizó próximo a 1169, año en que fueron perdidas y cedidas a los leoneses las plazas que había logrado recuperar. Velo Nieto afirma que estas conquistas se realizaron del 1164 al 1168, y que fue el primer cristiano que arrebató estas tierras a los moros. (Velo y Nieto, 1968: 168 y ss.). Ramón Hernández sigue al cronista de la época Ben-Sahibis-Salat, quien escribe:

“En Yumada segundo de la hegira 560 fue sorprendida la ciudad de Truxillo, y en Diskada, la notable villa de Jeburah. También la población de Cáceres en Safar de 561, y el castillo de Muntajesh en Umada y los fuertes de Severina y Jelmaniyyah” (Ramón Hernández: 248)[11].

Ante el ataque sorprendente de los portugueses, los musulmanes enviaron 500 jinetes en defensa de sus compatriotas, para evitar la pérdida de Badajoz, a la vez que piden ayuda al rey leonés. Su repuesta fue contundente, pues consideraba que la ciudad pacense estaba dentro de su campo de expansión, y no duda en aliarse con los almohades. En el 1169 acude en auxilio de la ciudad y de la comarca y hace prisionero a Alfonso I de Portugal, junto con otros caballeros y prelados portugueses que iban al frente del ejército. Mientras tanto, Fernando Rodríguez de Castro, el Castellano[12], mayordomo del rey de León, por entonces, al frente de un contingente de caballeros, capturó a Gerardo Sempavor. El portugués solicitó su libertad, entregando las plazas reconquistadas. En la Crónica Latina de los Reyes de Castilla[13] leemos:

“Tunc et caputs fuit Giraldus qui dicebant sine pavore et traditus in manus Roderici Fernandi Castellani, cui pro liberatione sua dedit idem Giraldus Montages, Trujellum, Sancta Cruz, Monfra que idem Giraldus acquisierat a sarracenis” (Floriano Cumbreño, 1957: 232)[14].

La Crónica General(Primera)[15], que hace referencia al enfrentamiento entre los dos monarcas, relata el acontecimiento de la toma de Badajoz en castellano de la época de la manera siguiente:

“… et el rey don Fernando II ayuntada su hueste, ueno et lidio con don Alffonsso, rey de Portogal, et uenciol. Et alli fue desbaratada la huest de los portagalesses, et don Alffonsso su rey fuxo, et metiose en Badajoç, ca ya auie tomado fasca las dos partes dessa çiudat de Badajoç et tenie los moros encerrados en una torre…” (Floriano Cumbreño, 1957: 227).

Continúa el texto diciendo que al intentar huir el monarca portugués por una estrechez se rompió una pierna. Fue, entonces, capturado por Fernando II, al que ofreció el reino y su persona, pero el rey leonés le devolvió todo.

“Mas el Rey don Fernando mansso et con la piedad que solie, touosse por abonado de lo suyo quel su padre le dexara et de lo que el auia ganado, et de lo desse rey don Alffonsso de Portogal non quiso retener ninguna cosa (675/50)” (Floriano Cumbreño, 1957: 228).

En el reparto del botín, el soberano leonés cedió a Fernando Rodríguez de Castro todas las plazas situadas en la parte oriental de la calzada Ruta de la Plata: Montánchez, Trujillo, Santa Cruz y Monfragüe. Los almohades permanecieron en Badajoz[16].

«Y así se dio el caso a lo largo de todo el avance cristiano por la Marca inferior, de no saber nunca si Montánchez y Santa Cruz pertenecían al área de la expansión leonesa o a la castellana, pues todo el territorio montañoso comprendido entre el nacimiento del Ayuela y el del Búrdalo, divisorio de las cuencas del Tajo y Guadiana por esta parte, siempre fue un hervidero de moros, contra los que actuaban tan pronto las huestes de Castilla como las de León» (Floriano Cumbreño: 163).

La repoblación no fue fácil y los reyes tenían que recurrir a las órdenes militares para que poblasen y defendieran las nuevas tierras conquistadas. Fernando II en el 1166 recupera Alcántara que entrega al Conde de Urgel, por su eficacia en la reconquista, y dio Coria a los templarios. El 1 de agosto de 1170 entregó Cáceres a una nueva orden militar, “los fratres de Cáceres”, que se ponen bajo la protección del apóstol Santiago y reciben su homónimo[17]. En octubre de ese año prometió que cuando ganase Mérida la donaría al arzobispo de Santiago, olvidándose de que dicha ciudad había sido sede metropolitana en época romana y visigoda. En diciembre dio a los santiaguistas el castillo de Monfragüe. Sin embargo, la escasez de caballeros, la falta de recursos y el mal estado de la fortificación hizo que la seguridad no estuviese garantizada.

En el 1173 el Califa Abú Ya´Qüb Yusuf I (1163-1184), que era hijo de Abú-al-Mumin, rompe las paces con el rey de León e invade con un numeroso ejército los territorios extremeños y portugueses que parecían consolidados por los cristianos. Cáceres se defendió heroicamente, pero todos sus fratres fueron masacrados. Alcántara y las demás plazas también sucumbieron ante el poderío de los sarracenos, que llegaron hasta Talavera, devastando su rica comarca. En el 1184 realizó nuevos ataques a poblaciones como Santarém y Ciudad Rodrigo. Fernando II, que se encontraba en León y no esperaba esto, acudió en su defensa, y derrotó a los musulmanes a las puertas de la ciudad salmantina, causándoles grandes pérdidas. Posteriormente recuperó algunas plazas de la Transierra, pero Coria quedó durante varios años en poder de los moros. El califa almohade inició la construcción de la alcazaba de Badajoz, y respetó las plazas que gobernaba don Fernando Rodríguez por el tratado de paz que entre ambos existía, y de esta forma Santa Cruz se libró de su ferocidad.

El comienzo del reinado de Alfonso VIII (1158-1214), como ya hemos visto, está lleno de intrigas cortesanas que afectan a varios nobles castellanos, incluido el rey leonés, que se disputaban la tutoría del monarca niño. Es un gobierno de altibajos que consigue hechos importantes en el aspecto cultural, crea escuelas catedralicias, origen de las universidades; en lo social, repuebla y funda ciudades, otorgándolas fueros, y establece diócesis; y en lo militar da un gran avance a la Reconquista, después de haber puesto en peligro gran parte de su reino. En el 1180 recupera la ciudad de Plasencia y la repuebla. “Edificó esta ciudad en la parte de la provincia Lusitana, que los antiguos llamaron Vetonia y nosotros Extremadura”. Prosigue el mismo autor “El arzobispo de Toledo, don Rodrigo Jiménez, … que vivía cuando el rey edificó y puso nombre a Plasencia, en el lib. 7 de su Historia de España, cap. 28 … dice: convirtió los pueblos en una ciudad nueva y ensalzó allí la tiara pontifical” (Alonso Fernández: 25).

En 1186 el rey establece en Plasencia la base para empresas posteriores hacia el sur. El 21 de abril de ese año está en Trujillo y otorga privilegios al Maestre de la Orden de Santiago, Fr. Fernando Díaz, para que la poblara y defendiera de las correrías sarracenas.

“Le hizo donación de la mitad de los diezmos pertenecientes á la Corona en todas las rentas de Trugello, tanto de la agricultura como de las demás materias contributivas, y de la mitad de las tercias de las iglesias de Trugello y sus términos, que se poblaran desde el Tajo hasta el Guadiana, y la mitad de los derechos que corresponden al Obispo”. “Facta carta apud Trugellum. Era MCCXXIIII et XI Kalen, Madri”(Ramón Martínez: 250)[18].

Una donación tan generosa sólo es concebible por la necesidad que el rey tiene de atraer a la orden hacia esta comarca, para su definitiva conquista y posterior defensa.

Por otra parte, Don Fernando Rodríguez, que en Castilla se le conocía con el sobrenombre del de Trujillo, reconoce al rey castellano como soberano de las tierras conquistadas y cedidas por el rey leonés años atrás. Alfonso VIII se dirige a ellas en el 1186, concediendo rentas a la orden de Santiago en la ciudad de Trujillo y su término cuando se poblase. Don Pedro Fernández de Castro, hijo de Don Fernando Rodríguez, el 15 de agosto de 1187, dispuso en su testamento que, si moría sin descendencia, sus castillos de Montánchez, Santa Cruz, Zuferola, Cabañas, Monfrag, Solana y Peña Alcón, pasarían a la Orden de Santiago en las mismas condiciones que había pactado su padre con el rey castellano (González, 1983: 64).

En el 1188 se instituyó obispado y catedral en Plasencia. La bula de creación, concedida por el papa Clemente III a petición del monarca, otorga a la diócesis, además, de los lugares propios de la ciudad, los agregados de Trujillo, Medellín, Santa Cruz y Monfragüe con todos sus términos y pertenencias. El primer obispo placentino fue don Bricio, que gobernó durante veinte años parte de la diócesis, pues no estaba todo el territorio recuperado.

“… autoritate Apostolica Episcopalem Cathedram constituimus, dioccesim quoque habendam iuxta dispostionem Reglam, ab eadem Ecclesia Cathedrali decernimus, ut villae, sicut praesenti scripto concluditur, quae sua sunt ei largitioni concessa, dioccesano iure ad eam perpetuo debeant pertinere; Turgellum, scilicet, et Medellinum, et Mongragorum, et Sanctacruz cum omnibus pertinentiis suis…” (Alonso Fernández: 24).

Don Domingo, natural de Béjar, segundo obispo de Plasencia, consiguió del rey Fernando III el Santo que el papa Honorio III incorporase al obispado su población natal con todas las aldeas anexas, ocupando de esta forma casi los límites actuales.

Las órdenes militares fueron otras de las instituciones que desempeñaron un papel fundamental en la Reconquista de España. Estaban formadas por caballeros que se sometían a ciertas reglas religiosas y se entrenaban en el uso de las armas. Sus orígenes están en las Cruzadas, aunque entonces algunas, como la Hospitalaria, tuvieron como misión principal el cuidado de los enfermos y peregrinos que visitaban los Santos Lugares. Se crean “tal vez para contrarrestar a los grupos fanáticos de monjes-soldados islámicos” (Velo y Nieto, 1968: 170). Tenían como fin principal la defensa de la Religión y la lucha contra los infieles, y su presencia fue constante en todos los reinos de la Europa Medieval. El jefe de cada orden se llamaba Maestre y residía en el convento principal del que recibía el nombre. El Maestre de Alcántara vivía en el recinto conventual de San Benito que está en esa localidad cacereña. Los reyes y poderosos les hacían espléndidas donaciones que ellos organizaban en encomiendas, al frente de cada una estaba un convento. Las reglas monacales eran las que diferenciaban unas órdenes de otras. La de Calatrava, Alcántara, Pereiro o de Trujillo estaban sometidas a las reglas de San Bernardo o del Císter, y de ahí que se uniesen una vez cumplida la función principal de reconquista o se confundiesen unas con otras, pues dependiendo del reino en el que se encontraban iban a recibir denominaciones diferentes.

El rey, consciente de la necesidad que tenía de dichos caballeros para la conquista y defensa de estos territorios, invitó a la Orden salmantina de San Julián del Pereiro[19]a que se estableciese en Trujillo, y fundara allí casa, para cuyo sostenimiento donó la villa de Ronda (Toledo). En el documento se llama al Maestre del Pereiro, fray Gómez Fernández, Maestre Trujillense. Esto ha hecho pensar a algunos que por esas fechas en Trujillo se constituyó una orden militar con el nombre de «Caballeros de Trujillo o Truxillense». Antonio Ponz en la Carta Séptima considera que “Monfragüe fue cabeza de la orden de Truxillo, de la Estrella, ó de la Vanda” (Ponz: 156). Y afirma que varios autores tratan de ella. Campomanes la menciona en su historia de los Templarios, … Roa advierte que una cruz de mármol que se encuentra encima de la puerta de la ermita que hay dentro del castillo de Monfragüe “es la venera que usaba aquella orden”. Y concluye: “Habiéndose trasladado a Truxillo la orden se llamaron sus individuos Freyle Truxillenses” (Ponz: 157). Pero Velo afirma que la citada venera de mármol es de los caballeros de Santiago o de la Espada, y la Virgen de Montegaudio es la que presidía la ermita. Y que a partir de 1192 la milicia de Montegaudio cambia el nombre por el de Monsfrag, en honor al lugar y a los caballeros que defienden dicha fortaleza. La penuria económica y de personal por la que pasan estos fratres hacen que en el 1221 se incorporen definitivamente a la Orden de Calatrava (Velo y Nieto, 1968: 267 y ss.). No estamos totalmente de acuerdo con estas afirmaciones, pues según los documentos que hemos podido cotejar, parece cierto que el monarca, en marzo de 1195 con el fin de atraer a los freires de Trujillo para defender la frontera, hizo donación a su Maestre don Gómez del castillo y villa que llaman Trujillo, la villa y castillo que llaman Albalat[20], situado en la rivera del Tajo, y el castillo que llaman Santa Cruz cerca de Trujillo y situado en el Monte Arduo, y otros dos castillos, de los cuales uno se llama Cabañas y el otro Zuferola[21]. Así se especifica en el Bulario de las Ordenes Militares de Alcántara:

“dono et concedo vobis Domino Gomez Magistro Truxillensi, et omnibus fratribus vestri, praesentibus et futuris, Tondam, cum ingresibus… dono itaque vobis et concedo villam et castellum quod vocant Turgellum, et villam et castellum quod vocant Albalat, situm in ripo Tagi, castellum quoque quod vocant Santam Crucem, propé Turgellum, situm in Monte Arduo, et alia duo castella, quorum alterum vocatur Cabannas, reliquum veró Zuferola”[22](Ramón Martínez: nota, 1 y 3: 251).

Para el sostenimiento de estos castillos concede tres mil áureos anuales sobre las rentas de Greda de Magán, que pagaría el Almojarifazjo, según se cita en dicha bula en párrafos posteriores. Sin embargo, no hubo tiempo para ocupar esas fortalezas porque los almohades, dirigidos por Abú Yúsuf Ya´Qüb II (1184-1199), tras proclamar la guerra santa contra los cristianos, derrotaron a Alfonso VIII en Alarcos en junio de ese mismo año y, como consecuencia, el ejercito castellano quedó muy menguado y las plazas situadas al sur del Tajo casi desprotegidas[23]. Después de esta derrota, los reyes peninsulares buscaron la amistad de los vencedores y firmaron tratados de paz poco duraderos.

Al año siguiente, en 1196 se forma una coalición entre Alfonso VIII de Castilla y Sancho I de Portugal contra Alfonso IX de León, Sancho VII de Navarra y el califa almohade. Ya´Qüb, crecido por su triunfo, partió de Sevilla y reconquistó Mérida. La población de Montánchez fue acuchillada, después de rendirse, en el lugar que aún hoy se conoce con el nombre del Valle de la Matanza, cerca de Torrequemada, por una banda de fanáticos musulmanes. La ciudadela de Santa Cruz se rindió sin ofrecer resistencia, pero su castillo fue arrasado. Lo mismo sucedió con Trujillo, Plasencia, y otros lugares de Toledo, llegando incluso a sitiar la capital visigoda sin resultados positivos. Los Anales toledanos recogen este hecho histórico y las atrocidades que el monarca almohade iba realizando:

“Priso el rey de Marruecos a Montanchez, é Sancta Cruz, e Truxillo, é Placencia, é vinieron por Talavera, é cortaron el Olivar, é Olmos, é santa Olalla, é Escalona, é lidiaron Maqueda, é non la prisieron, é vinieron cercar Toledo, é cortaron las viñas é los árboles, é duraron y X días en ul mes de Junio, era MCCXXXIV” (Ramón Martínez, nota1: 252).

Mientras que la Primera Crónica General relata así el acontecimiento:

“Al terçero anno despues de la de Alarcos, el Rey de los almohades, de quien dixiemos ya, ueno de cabo et cerco Toledo et a Maqueda et a Talauera, mas pero non pudo prender ninguna dellas, pero desbarató Sancta Olalla et a otros logares que son eran çercados, et yndosse dallí preso a Plazençia et a Sancta Cruç et a Montagne et a Trujiello, et tornosse dallí con orgullia et soberuia pora su tierra (682/31)” (Floriano Cumbreño, 1957: 229).

Durante algún tiempo quedaron estas fortalezas extremeñas en poder de los moros. Pero a pesar de aquellas terribles masacres que realizaron los sarracenos, la posesión almohade no fue muy duradera. Alfonso VIII en coalición con otros reinos de la cristiandad -leoneses, castellanos, navarros, aragoneses y cruzados de Europa- derrotó al califa Muhammad ibn Ya´Qub al-Nasir -denominado por las crónicas castellanas Miramamolín (el califa)-, sucesor de Yacub II, en las Navas de Tolosa, año 1212[24]. La derrota fue tan significativa que supuso la destitución del rey moro por el Consejo de jeques de Marruecos. El imperio marroquí se fraccionó en múltiples reinos de Taifas gobernados por dinastías diferentes. Ante este caos, ya no hay más impedimento para el avance cristiano que el de sus propias fuerzas.

Habría que recordar, también, para completar lo que al respecto hemos dicho sobre las órdenes militares y el papel que desempeñaron en esta zona de Extremadura, que la Orden de Calatrava, durante la regencia de Alfonso IX de León, conquistó Alcántara en el 1217. La Orden del Pereyro o de San Julián del Pereiro recibió este nombre porque se inició en una ermita dedicada a la advocación de dicho santo y junto a ella había un peral, de ahí que se la denomine «Pereyro o Perero», incluso figuró este símbolo en su escudo con el significado de austeridad y castidad. Esta orden se sometió a la de Calatrava en la obediencia y visita según las normas cisterciense, y a cambio recibió la villa y castillo de Alcántara en el 1218, siendo maestre don Martín Fernández, y aceptó su homónimo. Clodoaldo Naranjo considera que los mismos caballerosos reciben el título de Pereyro en el reino de León y el de Truxillense en el reino de Castilla, pero al cumplir el objetivo de reconquista se unen y forman una sola orden. No sucede lo mismo con la Orden de Santiago porque se rige por las reglas de San Agustín. No obstante, se ofrecen idénticas fortalezas a los caballeros de Santiago y a los de Trujillo o Truxillenses, pero como hemos comprobado, una vez reconquistados los castillos de las sierras van a seguir caminos muy diversos, salvo Montánchez que será para la Orden de Santiago.

Los leoneses, después de la batalla de las Navas de Tolosa, una vez más adelantan sus fronteras y de nuevo se confunden las zonas de expansión. El 23 de abril de 1229 Alfonso IX reconquistó Cáceres, y en el fuero que dio a la ciudad, concediendo el término, leemos:

«De moros eran Trugiello, et Santa Cruz, et Montánchez, Mérida et Badajoz, quando io, Alfonso, Rey de León di et otorgué al conceio de Cáceres estos términos que en este fuero son escriptos» (Floriano Cumbreño: 256)[25].

Poco después el monarca se traslada a Galisteo. Y hasta allí llegaron las reclamaciones de los santiaguistas que recordaron al rey la promesa que había hecho su antecesor, Fernando II, de donar a dicha orden la ciudad cuando fuese conquistada. Sin embargo, el soberano estaba dispuesto a que la población cacereña fuese de realengo, y le asignó un vasto término. La Orden de Santiago recibió a cambio las villas de Castrotoraf y Villafáfilla, con más de 2.000 maravedíes de renta, y la promesa de donación de alguno de los lugares siguientes: Trujillo, Santa Cruz, Montánchez o Medellín; cuando se conquistaran.

“Item obligo me et succesores meos quod si Deus aliquo tempore nobis dedrit castrum de Turgiello, vel de Sancta Cruz, aut de Montánchez, aut de Medellin, quod demus ipsum vobis et Ordini vestro jure haereditario.- La data dice: “Facta carta apud Galisteum mensi de Maii, era MCCLXVII”. Bularium Ord. Mil. S. Jacobi, pág. 149” (Ramón Martínez, nota 1: 467).

Al año siguiente recupera Montánchez, entregándolo con su término a los santiaguistas, cumpliendo así su promesa. Mérida y Badajoz son reconquistadas por Alfonso IX en el 1230. Se significó mucho en estas conquistas don Arias Pérez, Maestre del Pereyro. Ese año, por herencia, Fernando III el Santo unifica los reinos de Castilla y León, y se prepara para dar un gran avance en la Reconquista. Se traslada a los campos de Jaén y Córdoba para disputar esas plazas a los moros. Mientras tanto, el obispo de Plasencia, don Domingo, con gente de guerra de la ciudad, miembros de órdenes militares, como don Arias Pérez, junto con algunas familias nobles, como los Altamiranos, Añascos y Bejaranos, tomaron definitivamente Trujillo, el 25 de enero de 1232. El Maestre de Santiago, don Rodrigo Íñiguez, comendador de Montánchez, y gente de Mérida recuperan Medellín en los primeros meses de 1234, y posteriormente parte de la Serena. Pero en medio de todas esas conquistas aún quedaba un diminuto territorio donde ondeaba el estandarte de la media luna, un baluarte inexpugnable. Era la fortaleza de Santa Cruz con su entorno, que el 28 de agosto de 1234 fue reconquistada por última vez. A su toma acudieron las principales órdenes militares, comandadas por don Pedro Yáñez, lugarteniente y sucesor de don Arias Peres, de la orden de Alcántara o del Pereyro. Al frente de la Orden de Santiago estaba don Pedro González Mengo; por el Temple, don Pedro Álvarez Alvito; el Maestre de los Hospitalarios era don Gonzalo Pérez. Así lo indica el Bularium de las Ordenes Militares, en la pag. 159“Los freyres de las Ordenes prisieron Medellin, é Alfange[26]e Sancta Cruz, era MCCLXXII”[27](Ramón Martínez: 414 y ss). Clodoaldo también confirma este evento, y toma como referencia al mejor historiador de la Orden de Alcántara, Torres Tapias (Naranjo Alonso: 39).

Hemos visto que cronistas, exploradores, juristas, etc. de la Edad Media hablan con frecuencia de la fortaleza de Santa Cruz, pero a partir de su reconquista definitiva debió quedar tan debilitada que ya sólo se la menciona por referencia a un pasado y algunos hasta la ignoran. Así su existencia fue recogida por diversos autores, muchos siglos después. Fray Alonso Fernández (1627) «Historia y anales de la ciudad y obispado de Plasencia», refiriéndose a la cima más elevada de la Sierra dice: «el sitio y la mucha y buena agua daría ocasión a edificar el castillo, que hubo en lo alto, del cual aún se parecen las ruinas» (Alonso Fernández, 1952: 32). Un siglo más tarde, en el «Interrogatorio para la creación de la Real Audiencia de Extremadura (año 1790),» ni los vecinos del Puerto ni los de Santa Cruz recuerdan tal existencia. Ambos pueblos responden que no «hay castillo» dentro de su término.

Pascual Madoz [“Sierra de Santa Cruz” en Diccionario Histórico Geográfico de Extremadura. (1846-48)] escribe: “En el punto más elevado y risco nominado de San Gregorio, se advierte bien un cerco de más de 400 pasos de diámetro, cuyo cimiento se compone de una argamasa de cal y canto sumamente endurecido y fuerte; al norte hay un subterráneo de bóveda, hundida ya, y cuya entrada no se descubre; se advierten trozos de una buena calzada que conduce a un estanque, a la parte oeste, con su fuerte muro de cal y canto, un cuarto legua distante” (Madoz: 311). El insigne geógrafo en este texto hace referencia al castillo y al “Chabarcón de los moros”, nombre que recibe la alberca que hay en la falda de la sierra, próxima a la actual autovía y junto a un camino que se conoce con el nombre de calle del Puerto, porque conduce a esa localidad desde Santa Cruz. Aún se pueden contemplar los gruesos muros con que estuvo cercada, a pesar de su deterioro por el paso del tiempo y el abandono en que se encuentra. Pero sólo en invierno mantiene actualmente agua, pues los muchos escombros que encierra han reducido considerablemente la cabida.

La reconquista definitiva de este agreste lugar supuso su ruina. Hoy apenas si se distingue con claridad cuál fue el enclave del emblemático castillo alrededor del cual se forjaron los diferentes hechos históricos, pero tanto los textos antiguos como los modernos aún recuerdan su existencia y hablan de su importancia en épocas pasadas. Dos poblaciones se formaron en la ladera del picacho. En la falda norte, Santa Cruz, aunque no está muy claro quién dio nombre a quién, pues hay testimonio de su existencia tanto romana como visigoda. En el poniente se fue rehaciendo el Puerto, tal vez en el asentamiento de una antigua mansio romana. Arriba en la cúspide de la montaña sólo permanecen las ruinas, testigos de una época gloriosa y de gran trascendencia histórica dentro de la provincia de Cáceres y para la formación de Extremadura.

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  • Velo y Nieto, Gervasio: La Orden de Caballeros de Monfrag, Madrid, 1950.

NOTAS:

[1] El territorio lusitano era un foco importante de los seguidores de Arrio. El obispo Sunna se levantó contra su rey y le hizo frente durante diez años (578-588), pero la rebelión fue sofocada.

[2] El ejército de Tarik, lugarteniente de Muza, estaba formado principalmente por bereberes del norte de Africa, que eran musulmanes pero no árabes.

[3] Mozárabes eran los cristianos que se mantenían en sus creencias dentro del territorio árabe.

[4] Renhar Dozy: Histoire des musulmanes espagnoles, lib. II, c. XIV.- Refiérase al cronista arábigo Ben-Haiyan, manuscrito de Oxford, fol. 18, 99 (Ramón Martínez: nota 1, 245).

[5] No se ha podido identificar con exactitud dicho monte (Floriano Cumbreño, 1957, nota 1: 87).

[6] Considero que la mano del hombre primitivo está en la colocación de esas gigantescas rocas del coronamiento, aunque algunos autores piensan que es de origen natural.

[7] Vid. (Floriano Cumbreño, 1957: 89 y ss.), completa este estudio y añade algunas otras precisiones.

[8] Velo Nieto: La Orden de Caballeros de Monfrag. Pedro Cava en Revista de Estudios Extremeños, T. XXIV, año 1968. Matías Ramón Martínez: “Trujillo” en Revista de Extremadura, T. II (1900), pág. 248 y ss. La Crónica de los Godos Cronicón Lusitano dice que la toma de Évora y demás plazas fuertes realizadas por Gerardo Sempavor fueron en la era 1202 (año 1164); mientras que el cronista árabe Ben-Sahibi considera que fue en Dikada de la hegira 560 (Julio a Agosto de 1165) (Ramón Martínez: 248, nota 2).

[9] Los portugueses consideran que Gerardo guarda cierta semejanza con la figura del Cid español. Sin embargo, algunos autores españoles creen que el portugués era un guerrillero y no tiene parangón con el Cid castellano (Floriano Cumbreño, 1957: 124).

[10] Floriano considera que la toma de Trujillo fue el 14 de mayo de 1164, y en septiembre de 1166 sorprendió Cáceres. En marzo de 1167 se adueña de Montánchez y Serpa, tomando después Santa Cruz y Ureña, para terminar acosando a Beja (Floriano Cumbreño, 1957: 117).

[11] Según esta nota, la luna de Yumada 1º, indica que debió comenzar antes de mediado de abril de 1165. Hay que recordar que los musulmanes comienzan su calendario con la fecha de la toma de la Meca, que fue en el año 562 de nuestra era.

[12] Era el sobrenombre que se daba a este caballero que, desde que recibió la ayuda del rey de León, se puso bajo sus órdenes.

[13] La Crónica Latina de los Reyes de Castilla comienza con la muerte de Fernán González y llega hasta el año 1236. Se supone que fue terminada en dicho año. Ed. G. Girot, Une chronique latine des Rois de Castilla, Bulletin Hispanique, XIV (1912), pág. 30 y ss.; 411 y ss.

[14] “Entonces fue capturado Gerardo, que le llaman sin pavore, y extraditado por Fernando Rodríguez, el Castellano, que por su liberación, el mismo Gerardo dio: Montánchez, Trujillo, Santa Cruz, Monfragüe, que el mismo Gerardo arrebató a los sarracenos”. Gerardo se rehizo de estos descalabros y consiguió formar un nuevo ejército. Reanudó sus correrías de hostigamiento por las márgenes del Guadiana e incluso sitió de nuevo Badajoz, pero la presencia de Fernando II le hizo desistir de su empeño. Una vez que perdió los favores de su rey, se alió con el Califa y cuando se enteró de las intenciones de traición del portugués le mando degollar.

[15] Ed. Menéndez Pidal: Primera Crónica General. Estoria de España que mandó componer Alfonso X, Madrid, 1906. Comenzó a redactarse en 1270 y terminó en el reinado de Sancho IV.

[16] Cáceres también estaba en poder de los moros, pues la posesión portuguesa debió ser efímera, aunque Fernando II la toma poco después sin ofrecer resistencia.

[17] Esta orden primeramente recibió varios nombres: Ordinen de Cáceres, Milites de Cáceres, Fratres y Freyre de Cáceres, Fratres de la Espada; y a partir del siglo XII se denomina Orden de la Caballería del Señor Santiago (Floriano Cumbreño, 1957: 126).

[18] Toma esta nota Ortega y Cortés del Bularium ordinis militiae de Alcantara…, Madrid, 1759, p. 2. Tenemos que recordar que los documentos que se fechan por “era” pertenecen a la era hispánica y empiezan a contar desde el año 38 a. J.C., pues sigue al calendario juliano o de Julio César que ordenó el año solar, y dura hasta el Renacimiento –año 1370 a 1390- que se comienza a contar en “años”. Luego en los escritos que contengan la palabra “era”, hay que descontar 38 años, para saber la fecha que corresponde al calendario cristiano actual.

[19] Pereyro, Pereiro o Perero, que de las tres formas aparece escrito por los diferentes estudiosos del tema.

[20] No se refiere a la actual localidad de Albalá, próxima a Montánchez, sino a un castillo que hubo junto al río Tajo entre Monfragüe y Almará.

[21] Zuferola es uno de los pueblos que actualmente no está identificado.

[22] Bullarium Ord. Mil. de Alcántara, Madrid 1759, pág. 11 y 13.

[23] Por este triunfo recibió el título de Al Mausür (El Victorioso).

[24] La iglesia conmemora esta cruzada contra los mahometanos con la festividad del Triunfo de la Santa Cruz, que se celebra el 16 de julio, día en que se dio la batalla.

[25] Floriano Cumbreño toma dicho dato del A.M.C. Códice de los fueros, F, 6v. a 7v.

[26] Alfange es actualmente la localidad de Alange, lugar próximo a Mérida con un balneario de época romana.

[27] Recordemos que a la “era” 1272 hay que restar los 38 años del calendario juliano, por lo que queda la fecha citada de 1234.

Oct 012001
 

Francisco Cillán Cillán.

Cronista Oficial de Puerto de Santa Cruz

A la memoria de Juan Antonio de la Cruz.

En mi primer encuentro con Juan Antonio me confirmó que había participado varias veces en las bodas del Puerto como músico. Posteriormente nuestra amistad fue creciendo y conocí sus diversas inquietudes artísticas. Hoy quiero contar en su memoria como era ese evento de honda raigambre y profundas consecuencias para el pueblo.

El matrimonio suponía una forma de asegurar la continuidad en la sociedad patriarcal, de ahí que la boda tuviese tanta importancia.

La tendencia general era que el noviazgo se produjese dentro de la misma localidad. Los padres de los jóvenes los animaban a establecer relaciones entre los hijos de sus amistades, la misma clase social o se dejaban llevar por los intereses, principalmente, económicos; sin tener en cuenta que a veces, al ser la población pequeña, las posibilidades de elección eran mínimas y caían en los problemas de consanguinidad penados incluso por la iglesia. No obstante parece que no llegó a prodigarse la endogamia, pues los vecinos la rechazaban de forma natural, y eran fieles a los preceptos eclesiásticos que exigían permiso del obispado hasta el quinto grado de consanguinidad y del papado para el segundo grado de parentesco. Rodríguez Marín en el 1882 en los Cantos populares españoles, al tratar este tema, refiriéndose a los habitantes de España, escribe:

“Y ya que hablo de esta materia, no dejaré de consignar que el pueblo, pensando por su cuenta y no por la de la Curia Romana, profesa animadversión al matrimonio celebrado entre parientes, aunque intervenga la dispensa canónica. Hay casos de enlaces de este género; pero son muy pocos con relación a los que se cuentan entre las clases elevadas” (RMa, nota 1356: 725).

Para corroborar su aserto trae varias coplas populares. Veamos una de ellas donde el pueblo critica al propio rey Alfonso XII por su matrimonio con la tempranamente malograda infanta María de las Mercedes.

A beintitres (sic) de Mayo
Se casa el rey
Con su primita hermana
¡Mira que ley!

(RMa, nota 23: 818)

O esta otra más explícita que toma del cancionero gallego:

Con dispensa non me caso
Porque sei qu´á Dios ofendo;
A dispensa non me tira
A sangre de donde a teño.

(RMa, nota 1356: 726)

Sin embargo el refrán «quien va fuera a casar, va a que le engañen o a engañar» dominaba el ambiente. Desde los primeros matrimonios registrados en losLibros de Casados del Archivo Parroquial, que datan de comienzos del siglo XVII, hay testimonio del bajo porcentaje de gente foránea que contraía matrimonio en el Puerto. La mujer tenía presente el cantar popular que dice:

No te enamores, niña,
de forastero,
que cuando menos piense
tomará vuelo.

O ese otro que Rodríguez Marín incluye en su extenso refranero publicado en el año 1926:

El amor del forastero
Es como la golondrina;
Que cuando pasa el verano,
A su tierra se encamina.

(RMa, p. 32)

Esta tradición de profundas raíces estaba muy generalizada. El profesor de la Universidad de Salamanca, Gonzalo Correas, natural de Jaraíz de la Vera, en el 1627 recoge dos dichos populares que lo atestiguan: “El que se casa en tierra ajena, toma la mujer mala y hácensela buena” y “El que se casa fuera, o la trae o la lleva” (GC: 181). Y da la siguiente explicación para aclarar la ambigüedad y alegoría de esas sentencias:

“Suelen los que se casan fuera llevar y traer sus mujeres a ver a sus padres y deudos; debajo de esta color quiere decir que el que se casa fuera, o trae tacha o falta, en calidad y linaje, o la lleva, y más claro se dice así: “Quien se casa fuera, o trae mal o le lleva”; aunque no es regla tan cierta que no se ecete en muchos” (GC: 182).

Si el novio era de una localidad distinta, los mozos del pueblo en edad casadera le pedían la «media». Consiste esta costumbre, semejante a la que tienen los pueblos limítrofes, en pagar a los jóvenes la cantidad que se acuerde, principalmente en vino, que solían tomar todos juntos. Era un acto simbólico por el que el novio entraba a formar parte de la nueva comunidad y se le consideraba uno más del pueblo. También suponía el pago por el rescate de la novia, un miembro activo que se perdía. Rara vez se negaban a cumplir este rito, cuando se iba con «buenas intenciones» al noviazgo. Si alguno se oponía, era conducido al Pilar del Caño o se enzarzaban en duras peleas hasta romper las relaciones.

La proximidad de la boda hacía que la familia de los contrayentes entrase en un periodo festivo que duraba varios días. Comenzaba con las amonestaciones, el compromiso se publicaba durante el ofertorio de la misa mayor los domingos o días festivos; había que confirmar la falta de impedimentos por parte de la comunidad, para que el matrimonio se celebrase, según la norma impuesta por el Concilio de Trento. La tercera o última amonestación era festejada con un almuerzo común en la casa de los padres del novio; con la novia iban la «acompañá», padrinos y «cirieros». Se realizaban intercambios de regalos. Todo estaba sometido a un estricto reglamento no escrito, recogido en la tradición oral; cuando éste se rompía y alguna familia caía en el desliz tan insignificante, como podía ser el alterar el orden en el matrimonio de los hijos, surgía la crítica mediante la canción o el dicho: “Pícaropadre, que casas a los chicos y dejas a los grandes”.

Unos días antes de la boda se realizaban los inventarios. Primero los del novio y, para dar solemnidad al acto, en comitiva iban a por la novia que los presenciaba. Ante todos reunidos, el escribano tomaba nota de aquellos bienes que padres y parientes próximos donaban al novio «para ayuda de las cargas del matrimonio». En una sociedad de economía agrícola rudimentaria, las dotes van en esa línea: útiles de casa, de labranza, animales, semillas… Todo se tasaba y una vez relacionados se entregaban a la novia como bienes dotales, con la obligación de devolverlos, si son reclamados de forma «legítima o por el juez, en caso de que el matrimonio sea disuelto por muerte, divorcio o por otras causas permitidas por derecho», obligándose a ello con sus bienes y persona. Se apelaba a la justicia para que lo haga cumplir. En la forma más antigua, a los presentes que sirvan de testigos, según las formas protocolarias de los inventarios realizados en el Puerto durante los siglos XVII y XVIII, recogidos en los libros del Archivo Municipal. Con la misma solemnidad se realizaba el inventario de la novia. Esta costumbre perduró hasta mediados del siglo XX. El novio celebraba con los mozos la «despedida de soltero» en una velada donde la bebida e incluso la comida no estaban ausentes.

La víspera de la boda la «acompañá» o dama de confianza de la novia, enseñaba la casa de los novios; allí estaba expuesto con esmero el ajuar de ambos. Se resaltaban los laboriosos bordados que pacienzudamente habían realizado la novia, la madre, hermanas o incluso las abuelas. Los «cirieros», dos jóvenes parientes o amigos de los novios, solían estar presentes. Todo ello estaba presidido por un estado festivo donde las bromas entre los jóvenes no faltaban. Mientras, los mayores se afanaban en preparar las últimas calderas de “frites” o de dulces que habían de consumirse en los días próximos. Los gallos, el cabrito o el choto determinaban el estado social de los contrayentes.

La ceremonia religiosa era imprescindible en una España que se consideraba eminentemente católica, conllevaba el “consentimiento y consejo paterno” por parte de los progenitores o tutores de los contrayentes; varias actas de comienzo del siglo XX que se encuentran en el Archivo Parroquial así lo atestiguan. Los padres consentían ante el sacerdote en la celebración por ser de su “agrado y satisfacción”. El día de la boda en la casa paterna, de rodilla ante el progenitor, recibía nuevamente su consentimiento y bendición. Posteriormente los padrinos acompañaban al novio hasta el domicilio de la prometida y, con la frase “en buen día y en buena hora llegan los padrinos a por la novia” y el deseo de todos de que “así sea”, recibían a ésta que seguía al novio hasta la puerta del templo. El acto se realizaba en una misa solemne, al lado de los novios, junto al altar se colocaban padrinos, «cirieros», con dos velas encendidas y adornadas con cintas blancas, y la «acompañá». La ceremonia recogía otros simbolismos, como la velación, que el concilio Vaticano II ha derogado.

Después de la misa se iba a dar «el parabién» a casa de los contrayentes. Los invitados los felicitaban con la frase «para bien y para muchos años». A la vez que surgían con frecuencia los gritos de júbilo con vivas incluidos:

Viva la novia y el novio
y el cura que los casó,
la madrina y el padrino,
los dos “cirieros” y yo.

Pero, sobre todo, no cesaban los cantos, llenos de un fuerte carácter docente, que recordaban su nuevo estado y las obligaciones que habían contraído. La tonada, que presentamos a continuación, estaba impregnada de la consideración religiosa del acto y tenía presente el aspecto social de la época, en la que la esposa se sometía al marido y éste tenía la obligación de «vestirla y mantenerla, / aunque vivieras cien años», o lo que es lo mismo de por vida. También se alude al deber de educar a los hijos o a la ruptura que el matrimonio supone con el pasado. La música y la repetición de los versos facilitaban la memorización y posibilitaban el canto una y otra vez.

Gracias a Dios que ha llegado (bis)[1]
el día tan deseado
que te dieran por esposa
esa que tienes al lado,
y si al lado no la tienes
la tienes a tu mandato,
que esta mañana en la iglesia
por esposa te la han dado,
delante del Señor cura
padres, padrinos y hermanos
y también de los «cirieros»,
que allí os estaban velando.
Ella se ha llegado a ti
y a ti te dieron los cargos
de vestirla y mantenerla,
aunque vivieras cien años.
Y si tienes hijos de ella
los tendrás bien educados,
que no sean respondones,
ni tampoco mal hablados,
no los oigan en la calle,
ni el vecino más cercano.
Esta noche se despide
de toda la mocedad,
de sus padres y hermanos,
con su marido se va.
Con esto no digo más
porque no estoy confesado,
que me voy a examinar
con la Virgen del Rosario.

Para romper la monotonía, de vez en cuando, se introducían nuevas canciones, más alegres, con música de jota que hacían bailar a los más danzarines, sin que por ello perdiesen el sentido de alabanza y docencia.

Que bonita está la sierra
con los almendros floridos,
más bonita está la novia
al lado de su marido.
Crezca el amor
de la espiga y el trigo
crezca el honor
de novios y padrinos.
Crezca el amor
del clavel y la rosa,
crezca el honor
de los mozos y mozas.

Una y otra se intercalaban mientras las bandejas de dulces se perdían entre los asistentes. Las rocas y las flores, hechas con harina y huevos, fritas en la sartén, y posteriormente embadurnadas con azúcar o miel, eran los más típicos. Luego «el baile de por la mañana». El almuerzo común, cada cual a su lugar de invitación. Los novios, padrinos, «cirieros» y «acompañá» comían en casa del novio. Después «el baile de daga». Los “recién casados” y los padrinos se sentaban junto a una mesa, que colocaban en la plaza pública, en la calle de la casa de los novios o en el salón de baile, donde situaban una bandeja, cubierta con un paño, para depositar la «daga». Los invitados, a la vez que entregaban su dinero o hacían ofertas en especies, sacaban a los novios a bailar, o algún miembro de la mesa, y al son del pandero, la acordeón o el saxofón cantaban y bailaban sin cesar mientras duraba el acto. Ya lo dice el cantar popular:

A los señores novios
sacarlos a bailar,
para que se despidan
de la mocedad.

Otros, a los que la ocasión no les era favorable, cumplían con los acompañantes de la mesa o se animaban a hacerlo por separado. Y todos bailaban y cantaban al son de algún instrumento las jotas de la tierra.

Eres alta y delgada
como tu madre,
morena, salada,
como tu madre.
Bendita sea la rama
que al tronco sale,
morena, salada,
que al tronco sale.

La parodia, para conseguir la chanza, como en las canciones más usuales, también surgió en ésta, al agregar la siguiente estrofa:

Pero tienes bigote,
morena, salada,
como tu padre,
morena, salada,
como tu padre…

No faltaban los cantares dirigidos a la patrona de Extremadura, con exaltación del color moreno o la ponderación de sus pertenencias, comparadas con los de otros lugares que se consideran de mayor importancia:

La Virgen de Guadalupe
es un poquito morena,
y el niño que lleva en brazo
todo se parece a ella.

Vivan los aires moreno
que vienen de Guadalupe
y pasan por Castilblanco
y van a Herrera del Duque.

Tiene Guadalupe hermosa
lo que no tiene Madrid
las siete (o las cuatro) mujeres fuerte
allí arriba en el camarín.

Otros hacen referencia a localidades próximas o al propio baile:

Cuchillí, cuchillí
que esta jota no me agrada,
cuchillí, cuchillí,
que esta jota es de Miajadas
cuchillí, cuchillí,
que esta jota no es de aquí,
cuchillí, cuchillí,
que ha venido de Almoharín.

La jota me dan que baile,
la jota yo no la sé,
por dar gustito a mi amante
la jota yo bailaré.

Sin embargo la jota que en ocasiones más sonabas era la de Santa Cruz de la Sierra, localidad situada en la falda norte de la sierra que lleva su nombre a tan solo kilómetro y medio del Puerto. Se solía bailar principalmente cuando los contrayentes eran de las dos poblaciones; cosa que sucedía con mayor frecuencia que con el resto de los pueblos vecinos por su proximidad.

Ya se murió la culebra
la que habita en el castillo,
la que por su boca echaba
rosas, claveles y lirios.

Date la vuelta con aire
que se te vea
el refajo encarnado
que colorea,
que colorea, niña,
que colorea.
Date la vuelta con aire
que se te vea.

Santa Cruz no es Santa Cruz
que es una tacita de plata,
porque tiene por patrona
a Santa Rita de Casia.
Date la vuelta con aire… (estribillo)

Tienes el mandil cortito,
le has echado cinta negra (nueva)
para que diga la gente
que eres alta, sana y nueva.

(Estribillo)

A tus plantas me arrodillo
manojito de azucena,
si quieres que me levante
dame la mano morena.

(Estribillo)

Ya que la mano me distes
y me ayudaste a levantar
con permiso de tus padres
volveremos a bailar.

(Estribillo)

Así pasaban la tarde. Durante la noche, de nuevo los bailes. Había que despedirse de la vida de soltero, para ello se bailaba sin cesar con amigos y parientes. «Hay que cumplir con todos». Volvían a repetirse las canciones o surgían otras con intenciones menos honestas, dirigidas al novio:

Esta noche al novio
le toca decir
acuéstate primero
y apaga el candil.

O a la novia:

Que contenta está la novia
porque tiene cama nueva,
más contento está el novio
que se va acostar con ella.

El día siguiente, o de «la tornaboda», no era menos alegre y ajetreado. Los novios y padrinos, con los familiares más allegados, correteaban el pueblo. La música nuevamente dirigía el cortejo. Los vecinos los invitaban a entrar en sus casas y, a la vez que se las ofrecían, les entregaban un obsequio; generalmente en especie propia del lugar: garbanzos, trigo, patatas… Los «cirieros», con alforjas en los hombros, las trasladaban a la casa de los “recién casados”. De esta forma todo el pueblo ayudaba a la nueva pareja, cada uno en su medida. Mientras la juventud, que seguía a la comitiva, cantaba, bailaba, bebía o, dándose bromas, se arrojaban frutos de la tierra[2].

Urí, urí, urí
los de la boda, los de la boda,
urí, urí, urí
los de la boda están aquí.
Que tenemos un defecto,
que tenemos un defecto
en la punta de la nariz.
[que nos gustan las/os gachí (el anís. etc.)].

La alegría de los primeros días no duraba siempre. En ocasiones se rompía demasiado pronto y el desamor llegaba con facilidad. La sociedad difería bastante de la nuestra. La excesiva juventud de los recién casados frente a las pesadas cargas contraídas, o la carencia y dependencia económica, en ocasiones de los propios padres, en una sociedad de economía de subsistencia –“donde no hay harina todo se vuelve riñas”-, propiciaban el ambiente. El cantar popular recoge esa inquietud generalizada:

Dicen que casar, casar,
yo también me casaría,
si la vida de casado,
fuese como el primer día.

La sociedad patriarcal tenía por el matrimonio a los hijos como mano de obra barata. Se admitían segundas y terceras nupcias, siempre que se asegurase la continuidad familiar y se sometiesen a las leyes eclesiásticas. Los Libros de Casados del Archivo Parroquial así lo atestiguan. No se veían con tan buenos ojos, según comentan los más ancianos, las diferencias considerables de edad o los matrimonios entre las personas mayores, pues se consideraban de “apaño” o de “conveniencia”, máximo si caían en la deshonra casando torpe o ridículamente, sólo por el interés. Ya lo dice el dicho popular:

No te cases con viejo
por la moneda:
la moneda se acaba,
y el viejo queda.

Pero, sobre todo, no se consentían las desavenencias públicas entre los contrayentes; cuando esto sucedía, los mozos se encargaban de correrles «la mariquilla» o darles la “cencerrada”. Durante la noche, hacían sonar los cencerros junto a la vivienda del matrimonio mal avenido, a la vez que los increpaban con canciones y decires. Si los ánimos se exaltaban, eran conducidos en carros al caño o a la laguna. De la premura en atajar estos desmanes y en ejecutar sentencia habla la tonada del siglo XVII que Gonzalo Correas coloca en el Vocabulario de refranes y frases proverbiales:

Mañana se parte Olalla;
vase fuera del lugar;
démosle la cencerrada,
que mañana no hay lugar.

(GC: 191)

Para concluir sólo me queda que resaltar la esperanza y el deseo de que este breve relato sirva para perpetuar aún más la memoria de nuestro buen amigo Juan Antonio, que tal vez hoy, desde su eterno descanso y gozo perpetuo, se habrá alegrado con tan singular recuerdo.

BIBLIOGRAFÍA:

Archivo Parroquial de Puerto de Santa Cruz, Actas de matrimonios, siglos XVI al XX.

Archivo Municipal de Puerto de Santa Cruz, Idem.

CORREAS, Gonzalo: Vocabulario de refranes y frases proverbiales, (1627), Madrid, Rev. de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1924. (GC: Se cita la página).

RODRÍGUEZ MARÍN, Francisco:

  • 1882. Cantos Populares españoles, Buenos Aires, Editorial Bajel S. A., 1948. (RMa: Se cita el número).
  • 1926. Más de 21.000 refranes castellanos no contenidos en la copiosa colección del maestro Gonzalo Correas…, Madrid, Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos. (RMa: Se cita la página).

NOTAS:

[1]Se trata de una composición paralelítica, formada por dísticos. El segundo verso es una repetición exacta, del primero, con rima asonante en «a-o».

[2]Generalmente sandías.

Oct 011989
 

Francisco Cillan Cillan.

Tomemos la carretera radial que viene a Extremadura, ya en la provincia de Cáceres, a 17 km. de Trujillo, en dirección a Badajoz, casi sin darnos cuenta estaremos en la cima de un puerto natural, divisorio de dos vertientes. Atrás queda la ondulosa cuenca del Tajo. Al fondo se divisan las llanuras inmensas del Guadiana. A un lado y a otro, sierra y atalaya, granito y pizarra. A muy pocos metros, agazapado, dejando ver sólo la espadaña de su torre y algunas casas modernas que lo delatan, se encuentra Puerto de Santa Cruz, una pequeña villa de 483 habitantes[1]. Vigía permanente ¿quién sabe desde cuándo? Mario Roso de Luna[2] en investigaciones realizadas a principio de siglo en la zona, obtiene descubrimientos protohistóricos en la Sierra. Dentro del término, 33,93 km2, múltiples son los restos celtíberos y romanos: los Cotos, en la cara sur. Pozo Nuevo, a 3 km., en dirección a la Atalaya. El mismo pueblo[3]. En la cara norte, el inmortal Santa Cruz, prerromano, romano, visigodo y como no árabe. Una de las cinco villas con que cuenta el obispado de Plasencia en su fundación, 1189[4]. Béjar, Almonfragüe, Trujillo, Santa Cruz y Medellín. Cuatro de ellas fortificaciones árabes en el camino del Tajo al Guadiana,  por esta zona.

Crucial es la Sierra en esa época, desde los primeros momentos, bereberes y muladíes la toman por refugio natural. Más tarde los almohades se adueñan de su cima. El Califa Abu-al-Mumin la fotifica en el 1148, para que sirva de guardián del camino que por la ladera iba[5].

El Cid portugués, Geraldo Sempavor, la reconquista, 1164-68, cediéndola muy pronto al rey leonés[6].

Castellanos y leoneses se disputan su conquista final. “Entre el nacimiento del Ayuela y el del Búrdalo, divisorio de las cuencas del Tajo y del Guadiana por esta parte, siempre fue un hervidero de moros contra los que actuaban tan pronto las huestes de Castilla como las de León[7].

Ha de ser don Pedro Yañez, de la Orden de Alcántara, con la ayuda de los Caballeros de Santiago de la parte de Mérida y los de Trujillo y otras villas, los que el 28 de agosto de 1234 la reconquisten definitivamente. Después de que hayan caído Trujillo, 25/1/1232 y Medellín, 1234[8].

Podríamos decir que toda la Sierra es un museo arqueológico, recuerdo de las diferentes civilizaciones que por ella han pasado. Deteriorado por las guerras, el tiempo y las exacciones indiscriminadas. Aún quedan restos importantes, testimonio de aquellas épocas.

En años sucesivos, toda ella, aparece como lugar de caza mayor para los reyes, donde abundan osos, jabalíes y lobos[9].

No cabe duda que el Puerto debe su nombre y su razón de ser a la situación geográfica.

En unos tiempos ocuparía el enclave actual. Época romana –conducción de agua sobre canales hechos en la roca y múltiples lápidas-[10]. En otros, por razones de defensa, ocuparía zonas más altas, la Sierra. O más alejadas, Valhondo. Que estuvo poblado este valle no cabe duda, en 1433, se le concedió el Señorío a Alonso García de Vargas, antepasado de los Vargas Carvajal, caballero del rey don Juan II de Castilla, que ganó para Trujillo la confirmación de título de Ciudad[11].

Sea como fuere hasta 1559 es una aldea pedánea de Trujillo, una de las 25 que componen su antiguo sexmo, con muy pocos habitantes. Es el reinado de Felipe II, las arcas de la corona están menguadas. Hay que hacer los preparativos para la batalla de San Quintín. Las campañas del duque de Alba en Italia y tantos otros frente. Para colmo de males una pertinaz sequía asola a la Península. El Rey se ve obligado a vender algunas de sus propiedades. De nuevo le toca al sexmo Trujillo. Seis lugares se desmembran: La Cumbre, Plasenzuela, Puerto de Santa Cruz, Santa Marta, Torrecilla, Guijo y Avilillo, estos dos últimos hoy han desaparecido.

Don Juan de Vargas y Carvajal compra el Puerto, para su hijo don Diego, este lo convierte en villa exenta de Trujillo, a pesar de la oposición de los vecinos que no aceptan el vasallaje de un señor particular, por lo que pleitean durante varios años.

Su nieto don Juan de Vargas y Carvajal en el 1638 lo eleva a condado. Queda como primer Conde del Puerto y Señor de Valhondo.

En el siglo XVIII a los Condes del Puerto se les concede el título de Duques de San Carlos[12].

Recuerdo de esa época queda el nombre de una plaza, la del Conde y dos escudos labrados sobre la roca que forman la pila del caño.

El Puerto ha sido espectador obligado del paso de tropas en campañas tan importantes como la anexión de Portugal y la Guerra de la Independencia. Eltopónimo de una calle, en las afueras del pueblo, nos indica el lugar donde estuvo alojada una compañía del ejército francés, calle “del Campamento”.

Dos talismanes tiene el Puerto: la Sierra y la carretera.

El primero, poderoso toten protector que “parte las tormentas, sirve de pararrayo natural y evita fuertes granizadas[13]. En el que el campesino pone sus ojos incluso para hacer sus predicciones meteorológicas. “Si Gregorio se pone la capa / no te dejes la tuya en casa[14]

O le sirve de refugio natural, por las múltiples cuevas que alberga. Se cuenta que durante la Guerra Civil en ellas se cobijaron mujeres y niños, mientras los hombres, apostados en las cunetas de la carretera, hacían frente a una posible invasión.

O la cita en sus canciones, en festividades tan entrañables como la Navidad:

La Nieblina ehtá en la Sierra

y no deja de mear

agüela ábreme la puerta

si me quiereh convidar

yo no quiero higo cocosoh

ni bellotah con ventanah

lo que quiero eh un choricito

para almorzar a la mañana

Naranjita china

rueda de limón

la Virgen María

doncella y parió.

 

La carretera, sobre ella se extiende el pueblo, en su mayor parte. Ha sido durante muchos años lugar de concentración y paseo de la juventud. No olvidemos que es su razón de ser. Los quintos en sus canciones expresan sus sentimientos.

Adioh carretera

adioh carnaval

loh quintoh d’ogaño

se loh llevan ya.

 

En la actualidad, Puerto de Santa Cruz, como otros muchos pueblos de la Provincia, tiene un porcentaje muy elevado de gente mayor, ya jubilada. El resto son campesinos y un número pequeño de profesiones liberales.

Sus habitantes de carácter pacífico, amable y hospitalario, reciben el gentilicio de portenchos.

Tres son las fiestas que tradicionalmente se vienen celebrando en el Puerto.

Las tres tenían su razón de ser en épocas anteriores.

 

La de invierno, San Blas, es el 3 de febrero. Ha terminado la recolección de la aceituna. Es época de descanso. “Los santos llevan alforjas”. El día antes había que “echarse la cayá”. El Santo es protector de los males de garganta, tradicionalmente así lo ha entendido el pueblo. Son múltiples los exvotos que cuelgan de su altar. Los quintos lucían los cordones y cintas de múltiples colores, previamente, al cuello o en el ojal de la chaqueta. Por la noche, acompañados de panderetas engalanadas, recitaban sus canciones.

Pandereta, pandereta

yo te tengo que romper

que a la puerta de mi novia

no quisihteh tocar bien.

 

Aún les quedaban fuerzas para seguir los bailes y canciones dos días más.

 

La de primavera es San Marcos, tradicionalmente el 25 de abril. En su honor se celebran las ferias de ganado dos días antes. La ermita está en Valhondo.

Si el año ha venido seco hay que ir a pedirle agua: ¡San Marcos, llena los charcos!

Si no hay tal necesidad, las menos veces, es un merecido día de descanso en la vida del campesino. Hay que ir a comerse “los bollos” y los “huevos cocidos” junto a su Santo Protector, en un rincón lleno de belleza natural.

Se engalanan las caballerías con mantas multicolores. Se hacen carreras en una explanada junto a la ermita. Los mozos presumen de tener la mejor cabalgadura. Las apuestas se multiplican, nadie se da por vencido. San Marcos es una fecha, durante el año, para saber cuál es la que más corre.

En la actualidad se celebra el último domingo de abril. Los coches han sustituido a las caballerías. Al final de la jornada es obligado ir a Santa Cruz. En un acto de amistad, se dan los últimos tragos a las botas que aún les quedan vino. Después se regresa al pueblo.

 

La fiesta de verano es “San Bartolo”, el 24 de agosto, patrón del pueblo. Se ha terminado la recolección de los cereales. Vienen unos días de menor trasiego, hasta que comience la otoñada y la sementera. “La otoñá verdadera / por San Bartolomé las aguas primeras / sino por La Morena”.

Durante tres días se hacen verbenas en la Plaza del Caño. Son fechas de encuentro de numerosos hijos que emigraron en décadas anteriores.

 

Una nueva fiesta está tomando auge en estas últimas décadas: “la Romería del lunes de Pascua”.

Encuentro de amistad de tres pueblos: Villamesía, Abertura y el Puerto. Se pasa el día en una finca junto al cruce de Abertura, en un punto equidistante de los tres a 4 km.

Lo nuevo va aparcando a lo tradicional, quizás en un tiempo no muy lejano éstas y otras fiestas sustituyan a aquellos que tuvieron su razón de ser. Lo mismo que el viajero que por la Nacional V deja atrás este agreste lugar, no se detiene a pensar en su historia.

 

 

 

 



[1] Padrón 1986.

[2] ROSO DE LUNA, Mario: “Excavaciones en la Sierra de Santa Cruz”. Revista de Extremadura. Tomo III y IV, 1901 y 1902.

[3] ROSO DE LUNA, Mario: “Nuevas inscripciones romanas en la región norbense”. Boletín de la R.A. de la H., 1.05. Revista de Extremadura. Tomo VIII, 1906.

[4] Fray Alonso Fernández: “Historia y Anales de la Ciudad y Obispado de Plasencia”. Cáceres, 1923.

[5] C. FLORIANO, Antonio: “Estudio de la Historia de Cáceres, desde los orígenes a la reconquista”. Oviedo, 1957, pág. 98.

[6] C. FLORIANO, Antonio: Op. cit. Pág. 115 a 124.

[7] C. FLORIANO, Antonio: “Estudio de la Historia de Cáceres, el fuero y la vida medieval siglo XIII”. Exmo. Aytto. de Cáceres. Pág. 163.

[8] Datos que toman, entre otros, NARANJO ALONSO, Clodoaldo: “Trujillo y su tierra. Historia Monumento e Hijos Ilustres”. Trujillo, 1923.

FLORIANO, Antonio: Op. cit. Todos ellos lo toman del cronista de Alcántara Torres Tapia.

[9] Alfonso XI de Castilla y León, 1312-1350. “Libro 3º de Montería”, cap. 20.

[10] Un camino de la Sierra recibe el nombre de calle de las Varas, en ella se puede apreciar el alineamiento de estas piedras y su longitud aproximada a dicha medida.

[11] NARANJO, Cloroaldo: Op. cit. Vol. I, pág. 451-452.

CORCHÓN GARCÍA, J.: “Bibliografía Geográfica Extremeña” Badajoz, 1955. Dice que hubo un “poblado romano en la dehesa de Valhondo”, pág. 479.

[12] NARANJO, Clodoaldo: Op. cit. Edt. 1983, pág. 258.

Los Condes del Puerto pasan a ocupar cargos relevantes en Perú y Chile. A don Fermín de Carvajal y Vargas, Conde del Puerto, se le concede el título de Duque de San Carlos. Fue el abuelo del Duque de San Carlos, favorito de Fernando VII.

[13] MADOZ, Pascual: “Diccionario Geográfico Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de ultramar”. Tomo III. Madrid, 1849, pág. 279.

[14] El Risco de San Gregorio es el pico más alto de la Sierra, 844 m. Mapa de la Dirección General del I. G. y Catastral. Nº 731. 1ª Edición, 1946.