Oct 011987
 

Manuel Vivas Moreno.

El descubrimiento de América conllevó un despliegue del pensamiento utópico en la renacentista Europa. A partir de ese dato se puede calificar la invención de América por parte de nuestro continente como «invención antropológica». América es, pues, inventada como hogar de lo humano, como escenario de la concreta realización de un determinado fenómeno: la humanización, valga la redundancia, de lo humano.

Según todo esto, «inventada» significa criterio de humanización y, a la vez, -siendo esto lo importante- significa que América es portadora de un destino que la autodetermina… o, mejor dicho, “que se confunde con su íntima, oculta y tan largamente presentida realidad última».

Queda de este modo América caracterizada como «La Utopía», el porvenir; este porvenir americano no es, empero, el caracterizado por Hegel en sus «Lecciones sobre Filosofía de la Historia», según el cual América es la tierra del futuro. El futuro no existe en Hegel: decir eso y decir que América no ha recibido aún la visita del Espíritu de la Historia (léase del mundo, el espíritu absoluto), es lo mismo.

Desde aquí podemos abordar el tan traído y llevado problema de la conquista. ¿Tienen algo que ver la invención y la conquista de América? ¿Es que acaso la invención de un determinado sino utópico con el que se ve amenamente dotado un pueblo descubierto conlleva el desenraizamiento de su ancestral antropológico desde los impulsos conquistadores de un pueblo dominante? La pregunta antedicha no halla respuesta sino con otra cuestión que se radicaliza a sí misma: ¿Fue ética la conquista?

De todos es sabido, que la conquista fue ya impugnada por fray Bartolomé de las Casas, que se planteó radicalmente cuestiones de la índole de si, por ejemplo, el carácter de Palabra de Dios de los Evangelios y el carácter de palabra autorizada de la prédica de la Iglesia, bastaban para legitimar moralmente (desde una moral en la cual el apego fiducial estaba garantizado por la personalidad del autor) la actuación de nuestros históricos conquistadores.

Bien es cierto, que se nos puede plantear, dado lo antedicho, una seria objeción crítica: a saber, la que interrogue por el sentido que tiene el plantearse hoy, quinientos años después, una cuestión que sólo sirva para levantar recelos y resentimientos del pueblo hispanoamericano para con los españoles. Es, al mismo tiempo, obvia la tesis que formula lo que se ha dado en llamar Realismo Existencial: deben de estar contentos los actualmente existentes americanos de nuestra conquista por mucha falta de ética que ésta adoleciese, pues, precisamente, gracias a ella los mismos que hoy la condenan existen. Si los españoles no hubiéramos ido a América y no hubiésemos conquistado sus territorios y sus culturas, los actuales mexicanos o colombianos o salvadoreños etc. no existirían.

Pero esto parece que vaya contra la cuestión formulada por nosotros: si tan obvio es lo que acabamos de decir y no discutimos su obviedad, ¿a qué viene plantearse entonces la pregunta por la eticidad de una conquista que pertenece ya a la historia? La cuestión tiene, empero, su sentido: justamente aquel que nosotros, ahora, a poco tiempo del quinto centenario del descubrimiento le queremos dar. Y es necesario hoy más que nunca plantearse en la radicalidad profunda del pensamiento, tamaña cuestión, porque si bien América supo emanciparse desde su autodeterminación de la conquista alcanzando su libertad política como tierra y como pueblo, no es menos cierto que pende aún de su destino el radical problema de América: a saber, aquel que llamamos «América inventada». Es decir, no es el problema de la conquista en sí el que nos interesa, ni siquiera el de la eticidad de la misma nos lo planteamos en sí mismo. Se trata de ver si América, que estaba llamada a ser el sino antropológico que Europa quería casi, aporeticamente, encontrar puede emancipar esa invención que aún se está llevando a cabo.

Según el venezolano Ernesto Mayz, el existenciario constituyente del latinoamericano sería “la expectativa”. Expectativa que debe entenderse como condición de posibilidad de una realización práctica y no como una pasiva espera. Ahora bien, esta expectativa no es aquella expectante de un futuro que no adviene por utópico sino, justamente, la posibilidad de realización de posibilidades concretas de realización de un destino utópico. Es decir, la invención debe hacer que el ser americano no se desenvuelva en una conciencia ahistórica sino justamente en aquella relación de conciencia de pueblo y de historia que crea aquello que llamamos “Destino”, “Historia”.

Sin embargo, la invención que hace a América como utopía, es una de las causas que han impedido el que la América española encuentre su propia identidad a través de un desarrollo histórico evolutivo y progresivo. ¿Por qué? A decir verdad, tampoco la América anglosajona ha encontrado su identidad; peor, ha perdido la posibilidad de toda identidad.

La América española tiene trabajo en reencontrar su identidad por dos causas que, aunque aparentemente vayan juntas, son bien distintas: la primera justamente a causa de la inmoralidad que toda conquista supone; la segunda por el propio devenir del mundo en el que América se ve envuelta. Tendríamos que plantearnos aquí cuestiones referentes a las condiciones de posibilidad que tiene un continente o un pueblo de crearse un destino propio: por ejemplo, parece que la opción por la ciencia significa la opción por Occidente. ¿Es eso compatible con un destino propio? En todo caso debe de madurar América su destino, aguantar en medio de la historia su propia invención y emancipar en cuanto pueda las invenciones que sobre ella los demás pueblos hemos creado. La conquista no fue ética; eso lo reconocemos hoy todos. Pero eso no debe servir para levantar odios, sino para, desde la conciencia de que la libertad es la condición irrenunciable de los pueblos, aguantar el curso de la historia. Para eso sólo hay un método: crear historia. Sólo así América será un invento: el suyo propio. Y sólo así nosotros, los extremeños, sabremos, al tiempo, crearnos nuestro propio destino, aquel que justamente tenemos aun por crear.