Nov 152021
 

Francisco Cillán Cillán

Dr. en Filosofía y Letras

Cronista Oficial de Puerto de Sta. Cruz

y de Santa Cruz de la Sierra

E-mail: francisco.cillan41@gmail.com

 

La obra de Francisco Pizarro es contemplada de distintas formas como su actuación personal, por lo que ha recibido calificativos muy diversos, a nuestro parecer algunos llenos de odio e inquina, como “sanguinario”, “carnicero”, “dictador”, “tirano”, “cerdo cruel de Extremadura”,  “que solo buscaba el oro”,  etc. Los que siguen esta tendencia consideran que los conquistadores representan la barbarie y lo inhumano y que la moral de los indios era superior a la de los cristianos de la época de la conquista. Esos principios están aún defendidos incluso por los altos mandatarios del Perú que niegan sistemáticamente los sacrificios cruentos de seres humanos de los incas y sus guerras de exterminio y consideran idílico el mundo que crearon. Lejos están de la realidad, como han demostrado cronistas de la época e incluso actuales, de gran solvencia por sus escritos. Es cierto que hubo una época al comienzo de la conquista, quizá la más oscura y cruenta, en la que Pizarro tuvo que realizar cabalgadas y rancherías bajo las órdenes de sus superiores, que poco tuvieron que ver con el periodo en el que él era gobernador y daba sus órdenes. Pero veamos como sucedieron los hechos en esos primeros veinte años en las Indias Occidentales.

Después de algo más de un años de actividad militar bajo las órdenes del Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, por las tierras italianas, Francisco Pizarro regresó a Trujillo con la intención de embarcar para las Indias. Algunos consideran que fue en el cuarto viaje de Colón, que salió de Cádiz el 9 de mayo de 1502, cuando emprendió dicho viaje. Así lo asegura el poeta Antonio Ferrer, entre otros historiadores, en la siguiente coplilla puesta en boca del protagonista:

Y de Trujillo, mi patria,

salí solo y miserable

y me trajo al Nuevo Mundo

Colón famoso en sus naves[1].

Sin embargo pensamos que es más acertada la versión de Gonzalo Fernández de Oviedo entre otros cronistas, al afirmar que fue en la expedición dirigida por frey Nicolás de Ovando[2], que el 13 de febrero del 1502 salió del Puerto de Sanlúcar de Barrameda[3], y llegó a “Santo Domingo el 15 de abril de dicho año”. Estaba formada por una flota de treinta y dos navíos y dos mil quinientos españoles, la más importante que se fletó hasta entonces, en ella iba gente perteneciente a los reinos de Castilla y León[4] de diferentes oficios: soldados, funcionarios, religiosos, artesanos e incluso, por primera vez, algunas familias dispuestas a establecerse en el otro lado del Atlántico.

Los primeros años de Pizarro en las Indias quedan reflejados y resumidos en la Real Cédula otorgada por Carlos I para la concesión del escudo de armas, dada en Madrid el 13 de noviembre de 1529, donde se dice que pasó a la Española “veinticinco años atrás poco más o menos” con el comendador de Larez o Lara[5], gobernador que fue de la isla y se halló en su conquista y pacificación. Y de allí pasó con Alonso de Ojeda a Tierra Firme, llamada Castilla del Oro, y como capitán le ayudaste a la pacificación y conquista de mucha parte de ella. Posteriormente con Vasco Núñez de Balboa descubriste el Mar del Sur. Y asimismo ayudaste a nuestro gobernador Pedrarias de Ávila o Dávila[6] a pacificar todos los pueblos cristianos en dicha Tierra Firme con la entrada a Urabá y Darién.

De lo anterior se deduce que Pizarro estuvo los primeros años de su llegada en La Española, aunque no he visto reflejada su actividad con claridad en ninguna parte, suponemos que participó como armígero de Ovando en la pacificación y colonización del interior de la isla. Pero el Trujillano necesitaba espacios más amplios de conquista, su cuna, su situación económica y su juventud impedían de principio ocupar puestos destacados, que le permitieran alcanzar la fama. La oportunidad se presentó cuando Alonso de Ojeda es nombrado gobernador de Nueva Andalucía, territorio que se extendía desde el cabo Vela hasta el golfo de Urabá en la actual Colombia[7]. Y el 10 de noviembre de 1509 partió desde Santo Domingo hacia las costas de Tierra Firme para explorarlas[8]. Le acompañaba el piloto Juan de la Cosa. Llevaban dos navíos y dos bergantines, en los cuales se embarcaron trescientos hombres y doce yeguas. Tomaron tierra en un lugar próximo a la actual ciudad de Cartagena de Indias en Colombia, que por entonces no se había fundado. Pizarro era uno más de aquellos valientes aventureros que con ilusión se enfrentarían a lo desconocido. Los contactos con los nativos, según Bartolomé de Las Casas, fueron desde el principio muy violentos y provocaron verdaderas masacres en ambos bandos de contendientes, aunque las diferencias de armamentos eran muy desiguales, los perros amaestrados para la guerra y los hombres a caballo con sus lanzas, así como el hierro y acero de las armas, ballestas, espingardas y después arcabuces daban una superioridad a los españoles, frente a los indios con sus flechas y varas tostadas, aunque más tarde utilizaran hondas con piedras y flechas envenenadas. Las fortalezas de los nativos, cuando las hubo, tenían escasa consistencia, de ahí que necesitaran un número muy superior al de los cristianos para conseguir algunas victorias[9]. Por primera vez los españoles leyeron a los indios en castellano el Requerimiento ordenado por la Corona, antes de entrar en combate. Documento en el que se explica a groso modo los entresijos de la formación de la iglesia católica y la fe cristiana contenidas en el credo, y se pide a los nativos que reconozcan

“a la Iglesia por señora y superiora del Universo mundo, y al Sumo Pontífice, llamado papa, y en su nombre al Rey y a la Reina doña Juana, nuestros señores, en su lugar, como a superiores y señores y reyes destas islas y tierra firme, por virtud de la dicha donación, y consintáis y deis lugar que estos padres religiosos os declaren y prediquen lo susodicho”[10].

Con la amenaza de que serían considerados herejes y enemigos de la Corona española, los que no abandonaran sus creencias paganas y aceptaran la fe de Cristo, y condenados a muerte o a la esclavitud. A partir de entonces el citado documento se consideró de obligada lectura antes de entrar en combate con los nativos. A pesar de las buenas intenciones de la monarquía española la conquista fue inevitablemente cruenta, como son todas las guerras. De las Casas narra un episodio, donde se comprueba lo cruel de las contiendas por una y otra parte, en el que nos vamos a detener, para eliminar todos los otros que necesariamente se dieron, con el fin de no hacer el relato más patético y dar fluidez al resto del contenido histórico. Pizarro debió encontrarse en este suceso, aunque el cronista no lo cita, pues por entonces no tenía graduación militar y por lo tanto carecía de responsabilidad en lo acaecido. Sucedió que Ojeda y Juan de la Cosa habían hecho muchos esclavos en el pueblo indígena de Calamar, por lo que los indios juraron vengarse. Pasado un tiempo Ojeda y Nicuesa se unieron para buscar al piloto de la Cosa que había quedado con 50 hombres para explorar el terreno y su tardanza en el regreso les hizo pensar en lo peor. Tomaron 400 hombres, a los que mediante pregón público prohibieron que tomaran cosa alguna de los indios, so pena de muerte. Desembarcaron en el puerto natural de Cartagena, y a caballo ambos líderes dirigieron de noche a su gente hacía el pueblo indígena de Turbaco y antes de entrar se dividieron en dos bandos. Unos papagayos con sus gritos delataron la presencia de los españoles. Los nativos al oírlos, conscientes de lo que podía pasar, salieron despavoridos unos con armas y otros sin ellas, pero algunos, al no ver a nadie, reflexionaron y regresaron a sus bohíos, pensando que no debían quedar más cristianos porque ya habían realizado su venganza. Otros aturdidos corrían sin rumbo y toparon con los españoles, a unos los “desbarrigaban” con sus lanzas, mientras en el otro bando los “despedazaban” con sus espadas. Luego prendieron fuego el poblado y muchos encontraron la muerte envueltos en llamas en sus casas.

Las mujeres, con sus criaturas en los brazos, salían huyendo, pero cuando vieron los caballos, que nunca habían visto, se tornaban a las casas que ardían, huyendo más de aquellos animales, que no los tragasen, que de las vivas llamas. Hicieron los españoles allí increíble matanza, no perdonando mujeres ni niños chicos ni grandes[11].

Después vino el saqueo y en ese trajín andaban cuando toparon con el cadáver de Juan de la Cosa, que con sus hombres, había caído en una emboscada. Estaba amarrado a un árbol, cubierto su cuerpo de flechas envenenadas, que originaron una gran hinchazón y produjeron severas deformaciones, con horribles y espantosas señales. El horror y el pavor que produjo en los expedicionarios son indescriptibles, tanto que ninguno osó quedarse allí aquella noche[12].

Ojeda  procuró que sus hombres se sobrepusieran al acontecimiento vivido y continúo la marcha por la costa, sorteando toda clase de ataques. El 20 de enero de 1510 fundó un pequeño fuerte con treinta viviendas en la parte más oriental del golfo de Urabá-Darién, al que denominó San Sebastián de Urabá, en memoria del piloto tan cruelmente asesinado, dado que les recordaba al santo asaeteado por los romanos, tantas veces invocado por los cristianos ante la peste[13]. Los españoles realizaron algunas razias para buscar oro y víveres, porque los indios se negaron a proporcionárselos. Un día se presentó Bernardino de Talavera con un barco que traía pan de mandioca y tocino y la hambruna se palió momentáneamente. Pero los ataques de los nativos cada vez eran más frecuentes y feroces, e iban diezmando sin piedad a los cristianos con flechas envenenadas. Así estuvieron ocho largos meses sin que llegara la ayuda prometida desde Santo Domingo por el bachiller Martín Fernández de Enciso, lugar teniente de Ojeda. En uno de esos combates una saeta atravesó la pierna del Adelantado, quien pidió al cirujano que cauterizase su herida con dos placas de hierro incandescentes para evitar el efecto del veneno[14]. Y, aunque en un principio el galeno se negó a realizarlo, ante la amenaza de que sería ahorcado sino aceptaba su orden, aplicó el remedio, y luego le envolvió la pierna en paños mojados en un tonel de vinagre. Las Casas afirma que así salvó Ojeda la vida y tan pronto se vio recuperado, como no llegaban refuerzos y estaba cojo y enfermo, tomó el barco que había traído Bernardino y se trasladó a La Española en su búsqueda[15]. Dejó entonces al frente del fortín de San Sebastián a Pizarro, con el nombramiento de teniente, aunque con la función propia de capitán[16]. Cieza de León afirma que fue el primer capitán de esa provincia, donde pasó grandes afanes y penalidades[17]. Y ordenó al Trujillano que resistiera y defendiera el fuerte durante cincuenta días, trascurrido los cuales podía regresar a la isla en busca de ayuda[18].

Pasó el tiempo señalado sin que los auxilios llegaran y los ataques de los nativos para expulsar a los cristianos no cesaban. La supervivencia estaba al límite de lo soportable, se habían comido hasta los valiosos caballos en aquellos trances. Pizarro comenzó hacer los preparativos para pasar también a La Española, con unos 70 hombre que le quedaban, pero era imposible trasladar a todos en los dos bergantines que le habían dejado y decidió esperar a que el hambre, las enfermedades y los ataques de los indios seleccionara a los más afortunados, por ver si mientras tanto llegaba la ansiada ayuda, luego los repartió lo mejor que pudo en las dos embarcaciones y salieron del puerto de Urabá. Pero cuando parecía que todo se iba a solucionar positivamente, el barco dirigido por Valenzuela chocó, al parecer con un gran pez, que los que lo vieron consideraron que debió ser una ballena, y se rompió el timón, por lo que quedó a la deriva, el naufragio fue inevitable y en él perdieron la vida todos sus ocupantes, sin que nada pudieran hacer el resto de compañeros por salvarlos. Los 35 hombres conducidos por Pizarro continuaron su camino y frente a Cartagena toparon con la flotilla comandada por el bachiller Fernández de Enciso, que llevaba, para socorrer a Ojeda, 15 caballos, cerdos, armas, pólvora y 150 hombres de refuerzo. El bachiller ordenó a Pizarro y su gente que le siguieran. De nada sirvieron las explicaciones y ruegos del Trujillano y sus hombres para que se dirigieran todos a La Española, vista la experiencia tan negativa que habían tenido. La tozudez de Enciso los condujo de nuevo a Urabá. En el golfo la nave capitana encalló con el valioso cargamento que transportaba, con ella se perdieron los víveres, animales, armamento, pólvora, varios hombres y hasta las credenciales de Enciso. Cuando llegaron a San Sebastián de Urabá el panorama con que se encontraron fue desolador, los indios habían quemado y destruido todo, pero el Bachiller ordenó desembarcar y se encontró con la sorpresa de que escondido en unas barricas venía de polizón [19], Vasco Núñez de Balboa[20].

“Un mancebo de hasta treinta y cinco o pocos más años, bien alto y dispuesto de cuerpo, y buenos miembros y fuerzas y gentil gesto de hombre, muy entendido y para sufrir mucho trabajo”[21]… “Era blanco, de pelo y barba rojizos, e impresionaba a cuantos lo trataban por la gracia nerviosa de sus ademanes y su persuasiva elocuencia”[22].

Pronto adquiriría popularidad entre sus compañeros por su carisma y valor. Los indios continuaron hostigando a los recién llegados, e incrementaban las hostilidades cuando se veían favorecidos por el clima adverso, la insalubridad o la falta de alimentos en el lugar. A finales de noviembre de 1510 el Bachiller no sabía que camino tomar, y Balboa, que ya había recorrido esta costa con Juan de la Cosa y Bastidas le aconsejó que estarían mejor situados al otro lado del golfo, en la parte norte, donde había un pueblo de nativos y abundancia de maíz. Los consejo hicieron efecto, tomaron a los indígenas el pueblo de Darién, situado en el interior, próximo a la desembocadura de un río, donde se asentaron, fundaron un poblado nuevo al que pusieron por nombre Santa María la Antigua del Darién, en honor de la Virgen Sevillana de la misma denominación, a la que los pasajeros se encomendaban antes de partir para América. El lugar estaba rodeado de indios pescadores, agricultores y, sobre todo, generosos, y la ciudad se convirtió en la capital de la zona y base para nuevas expediciones de conquista del territorio colindante.

Diego de Nicuesa, gobernador de Veragua[23] y del norte de Tierra Firme, reclamó la colonia[24], dado que los límites entre las dos gobernaciones eran muy imprecisos. Se trasladó hasta la ciudad reclamando sus derechos, pero el cabildo de la ciudad lo rechazó y Vasco Núñez de Balboa, que era la verdadera autoridad de Santa María, no lo aceptó y lo embarcó en un bergantín viejo y mal aparejado, que se perdió en el mar con 10 de sus criados y nunca más se supo de él[25]. Enciso pretendió tomar el mando de la nueva colonia, argumentando que era el lugar teniente de Ojeda, pero no pudo probarlo por la pérdida de la documentación cuando se hundió la nave capitana. Además era muy impopular y reclamaba el oro que requisaban los expedicionarios a lo indios para sufragar los gastos que había originado la expedición de refuerzo que él formó. Los habitantes de la colonia, comandados por Balboa, se sublevaron y lo acusaron de que todo lo quería para él. Lo apresaron y el 4 de abril de 1511, un mes después de Nicuesa, lo embarcaron para La Española, donde sería juzgado. Iba acompañado del alcalde Zamudio y el corregidor Juan de Valdivia, con el fin de que atestiguaran en el juicio, ante el virrey Diego de Colón, la causa del apresamiento y pidieran la interinidad de la alcaldía de la ciudad para Balboa, hasta nuevo nombramiento por parte del rey. Enciso fue acusado de abuso de autoridad y apropiación indebida, y el Jerezano fue elegido alcalde de Santa María la Antigua, cuyo gobierno muy peculiar duraría desde el año 1510 hasta el 1514. Utilizó con mesura la violencia, frente a la gran dureza practicada por otros. Este suceso no lo olvidará Enciso y procurará vengarse de los amotinadores tan pronto encuentre la ocasión, y años después actuará con dureza contra Pizarro, cuando pretende pasar a España para pedir las capitulaciones de Toledo.

 

Pizarro a las órdenes de Vasco Núñez de Balboa y Pedrarias Dávila

Francisco Pizarro entró pronto a formar parte de las huestes de Vasco Núñez, la población andaba escasa de alimentos y se sabía que a unas treinta leguas de Santa María en dirección norte había una región dominada por los indios Cueva, que era rica en oro y sobre todo en maíz. Balboa ordenó al Trujillano que al frente de seis hombres inspeccionara dicho territorio. Cuando llevaban un cierto trecho de navegación por el río, les salió el cacique Cemaco al frente de un nutrido contingente de nativos con pretensiones de vengar antiguas querellas sostenidas con los españoles. Fue tal el recibimiento que hicieron a los cristianos con flechas y piedras, que Pizarro y su gente  tuvieron que abrirse paso entre los indios, que en número muy superior los acosaban por todas partes. Así logró regresar al poblado cristiano con sus hombres, todos descalabrados y heridos, aunque las flechas afortunadamente no estaban envenenadas. Balboa, al enterarse de que el soldado Francisco Hernán había quedado con vida en campo enemigo, mandó a Pizarro que con gente regresara a por él y a pesar de su estado consiguió traerlo vivo[26].

Varias incursiones a territorio indígena tuvo que realizar nuestro protagonista en otros momentos con resultados diversos. En una de esas salidas acompañó al Jerezano y oyeron contar a los nativos como al otro lado del istmo abundaba el oro y perlas y había un mar inmenso. El 31 de agosto de 1513 se ofició una misa y se pasó revista a 190 hombres con los que salió del puerto de Santa María la Antigua y el día uno del mes siguiente partió para las tierras de los indios Cueva, gobernada por el cacique Careta. Las Casas asegura que la expedición estaba formada por los más vigorosos y los más aptos para soportar las mayores dificultades. Embarcaron en un bergantín y diez grandes botes, y en dirección norte llegaron hasta el territorio de Careta, con el que guardaba una vieja amistad porque en una ocasión lo defendió de las tribus vecinas, y a cambio le había entregado su hija Anayansi, que con el tiempo se convertiría en una bella mujer, de la que se enamoraría Balboa. Allí estuvo algunos días y al final decidió partir con 92 soldados y dos sacerdotes, en pleno invierno, cuando las lluvias inundaban la región. Penetraron tierra adentro dispuestos a atravesar la cordillera de Darién. Nada les detuvo, ni la tupida y hostil selva tropical, ni las lluvias torrenciales, ni la agresividad de algunas tribus que les salían al paso, mientras otras huían ante el estrepitoso ruido de las armas de fuego al disparar, el ladrido de los perros, a los que tenían verdadero pavor por los horrores presenciados, o el tintineo constante de armaduras y espadas. Los expedicionarios pasaban de un poblado indígena a otra por el sendero que los indios tenían marcado.

El martes, 25 de septiembre de dicho año los guías mostraron al jefe de la expedición una cima desde la cual se podía ver el mar. Balboa mandó a sus hombres detenerse y en solitario ascendió hasta la cumbre del monte y en la lontananza divisó un brazo de mar que entraba en la tierra, al que llamó golfo de San Miguel[27], comprendió que pertenecía a una gran extensión de agua, a la que bautizó con el nombre de Mar del Sur, que hoy conocemos como Océano Pacífico. Con los 80 hombres que le quedaban continuó la marcha durante cuatro días hasta las playas del ansiado mar, y llegaron a una ensenada, la que más tarde se llamaría Golfo de San Miguel, por ser el santo del día en que fue descubierto. Y tomó posesión de aquellas aguas, en nombre de la Corona, tal vez como lo describe la iconografía tradicional, sumergidas las piernas y los brazos levantados con el estandarte de la conquista en la derecha mientras en la otra alzaba la espada, la cruz o quizás el estandarte de Santa María, según el artista de turno. El escribano levantó acta de lo sucedido, reflejando todos los que participaron, y en el listado aparecen en primer lugar Vasco Núñez de Balboa, seguido del capellán de la expedición, el dominico Andrés de Vera, en tercer lugar Francisco Pizarro, y detrás todos los demás.

El 23 de noviembre el gobernador decidió regresar por camino diferente, para descubrir nuevas tierras. El 19 de enero de 1514 llegaron a Santa María la Antigua, y sus habitantes celebraron jubilosos tan insólito acontecimiento al saber que traía abundancia de oro y perlas. Las puertas del imperio español se habían abierto de par en par, al ampliarse generosamente el horizonte de conquista en un océano que ningún europeo había contemplado con anterioridad. Por entonces, comenzó a llamarse al Darién y su zona Castilla de Oro y Balboa ejercía su autoridad de forma intermitente sobre ella. Pizarro comenzaba a salir del anonimato y a escalar puestos en el mundo de la fama, primero con la defensa numantina que realizó del fuerte de San Sebastián de Urabá y ahora con el grandioso descubrimiento, que como segundo, presenció junto a Balboa.

El Jerezano acababa de alcanzar la cúspide de la fama, pero su gloria se vería eclipsada muy pronto. El 14 de abril de 1514 salió del puerto de Sevilla, en dirección a Tierra Firme, una gran expedición dirigida por el aristócrata y militar segoviano Pedrarias Dávila[28], formada por 19 navíos y 1.500 hombres, según cuenta Pascual de Andagoya[29], llegó a Santa María la Antigua de Darién el 29 de junio de dicho año[30]. Traía el nombramiento de gobernador y capitán general de Castilla de Oro, que comprendía las gobernaciones de Ojeda y de Nicuesa, otorgado el 27 de julio de 1513 en Valladolid[31]. Se extendía dicho territorio desde el cabo de la Vela, en la Guajira[32], hasta el límite de Panamá con Veragua, provincia perteneciente a los herederos de Colón. Pedrarias tenía por entonces 63 años y una gran experiencia militar en las contiendas europeas y africanas, pero eran nulos los conocimientos que sobre los indios poseía. La expedición fue numerosa y con gran demanda de pasajeros, debido a la difusión que mandó hacer el rey Fernando el Católico sobre todo por Castilla, y las circunstancias favorables que se dieron al frustrarse una campaña de Gonzalo Fernández de Córdoba (el Gran Capitán) a Italia, con lo que se quedaron gran número de soldados en paro. Se alistaron muchos hidalgos, entre los pasajeros se encontraban algunos que alcanzarán renombre en la conquista y colonización de las Indias. Pascual de Andagoya, Hernando de Soto, Diego de Almagro, el padre Hernando de Luque, Gonzalo Fernández de Oviedo (que iba como veedor), Francisco de Montejo, Sebastián de Benalcázar, Bernal Díaz del Castillo, etc. Era la primera vez que se mandó un obispo a América, fray Juan Quevedo, y llevaba todo su séquito: un deán, un arcediano, un chantre, un maestrescuela, varios canónigos, tres sacristanes y un arcipreste[33]. Pedrarias también llevaba un amplio cortejo.

Vasco Núñez, acompañado del cabildo de la ciudad, salió a recibir al nuevo gobernador, que venía con su esposa, acompañados de su escolta armada, y les ofrecieron pleitesía. Balboa, siguiendo la costumbre de la época, tomó la escritura de nombramiento, la besó y la colocó sobre su cabeza en señal de acatamiento, por ser orden real, y “le ofreció obediencia en nombre suyo y de todos, y de servirle como gobernador del Rey”. Amigablemente los habitantes de la ciudad compartieron sus casas, que tenían el techo de paja, con los recién llegados y les proveyeron de pan de maíz, cazabi[34], raíces, frutas de la tierra y agua del río. Pedrarias les ofreció raciones de tocino, carne salada, bizcochos y otras cosas que traían en la armada. Pedrarias comentó que traía una Real Cédula firmada el 28 de julio de 1513 en Valladolid para que tomara juicio de residencia a Vasco Núñez por los años que había sido alcalde Mayor de Darién, como solía hacerse con los que cesaban en su cargo, si había alguna queja sobre su gobierno[35].

Los reyes entregaron a Pedrarias algunas normativas para el buen gobierno de la provincia de Tierra Firme y protección de los indígenas, como la firmada en Burgo el 4 de agosto de ese mismo año. Mandato del que hizo caso omiso la mayor parte de las veces el Segoviano. Igualmente se le entregó el Requerimiento, que como dijimos era de obligado cumplimiento el leerlo a los nativos antes de entrar en combate. La poca validez de esta recomendación era notoria. Estaba escrito en castellano, idioma que no conocían los indígenas y trataba de unas creencias que nunca habían escuchado y menos se las habían explicado con detenimiento. Era absurdo pensar que la respuesta fuera positiva. El padre Las Casas argumentó ampliamente lo poco creíble de dicho documento por parte de los nativos, y Oviedo aconsejó a Pedrarias que no lo leyera, pues afirma que los indios “primero eran salteados, y después de presos é atados se les leía, é con esto eran dados por esclavos é repartidos é vendidos”[36].

El primer problema con el que se encontró Dávila y que no lo pudo evitar fue el caos que se formó en la colonia con su llegada. Santa María la Antigua tenía unos 500 habitantes y de pronto se vio cuadriplicado o quintuplicado su número, con lo que eso supuso en cuanto al alojamiento y manutención. La hambruna y la modorra, enfermedad con fiebre y somnolencia profunda, acompañadas de complicaciones pulmonares y renales se apoderaron de la población[37]. Pedrarias se vio obligado a movilizar a su gente, pues era mejor que tenerlos parado en aquella situación, y comenzó a realizar expediciones de reconocimiento tierra adentro. Pizarro pasó a ser hombre de confianza y lugarteniente del jefe de turno en varias de ellas, que le proporcionaran pingües beneficios en indios y oro. La crudeza de la conquista se acrecentó severamente, la buena voluntad de consenso y pacificación de los indígenas con que se mostraba Balboa no se apreció en Pedrarias. El conflicto alcanzó niveles difíciles de narrar, que se fueron acrecentando según disminuía el oro que necesitaban enviar a Castilla y para pagar a la milicia, la barbarie aumentaba: perros adiestrados que destrozaban los cuerpos de los indios, poblados saqueados e incendiados, rapto de mujeres y niños, nativos tomados como esclavos para trabajar en las minas o ser vendidos, conquistadores perdidos y atrapados en los pantanos o en medio de la selva, indios sublevados por doquier. El espectáculo era tan dantesco que Andagoya quedó impresionado ante tanta crueldad, y José Antonio del Busto Duthurburu lo consideró uno de los episodios más crueles de toda la conquista de las Indias Occidentales.

La primera cabalgada en la que participó Pizarro con el nuevo gobernador estaba dirigida por Gaspar de Morales, pariente de Pedrarias, que se dirige hacia el sur, con el fin de andar la ruta de Balboa en su descubrimiento del Pacífico y buscar la isla rica en perlas. El Trujillano, que conoce el camino, es elegido lugarteniente, y ambos líderes estuvieron a punto de perder la vida. Salieron en dos canoas con 30 hombres cada uno para visitar las islas vecinas, pero les sorprendió la noche con gran enfurecimiento de la mar y perdieron el rumbo, así estuvieron navegando y luchando contra la tempestad cuando a la mañana siguiente aparecieron en la costa de uno de los islotes. Sometieron a los caciques Ponca, Chiapes y Tumaco, entre otros, que hicieron amistad con los españoles y les comunicaron la existencia de un gran imperio sureño y lejano. Fue la primera vez que el Trujillano oyó hablar del supuesto imperio Inca. Los nativos de aquellas playas, después de someterlos, en general recibieron pacíficamente a los cristianos, quienes tomaron posesión en nombre del rey de España de las islas de las Perlas. Forma este pequeño archipiélago un grupo de 25 ó 30 islas agrupadas en torno a una mayor, pero en general casi todas son fértiles. Llegaron a la isla Rica a la que rebautizaron con el nombre de isla del Rey. El caique los obsequió con una cesta llena de perlas que pesaban 110 marcos, todas muy valiosas, pero había una que “era como una nuez pequeña (otros dijeron que como una pera cermeña)”, que al parecer la regaló el cacique de la isla en pago del vasallaje y con el tiempo adquiriría gran renombre en la corte española por su forma, color y brillo especial, y con el tiempo al pasar de mano en mano de reinas y princesas recibiría el nombre de la Peregrina. Tenía 95 marcos de peso y era de 31 quilates. Fue vendida a un mercader para ajustar el quinto que había que pagar al rey, luego la adquirió Pedrarias para su esposa, Isabel de Bobadilla, que la vendió a Isabel de Portugal, consorte de Carlos I de España, por 4.000 ducados, con la que Tiziano realizó el conocido retrató de la emperatriz, luciéndola en el pecho como colgante de collar[38]. “Los españoles entregaron cuentas y espejos y cascabeles y otras cosillas de las nuestras, de que el cacique fue muy alegre” [39].

Los expedicionarios regresaron a mediados de 1515, por camino diferente, buscando la dirección más recta a Santa María la Antigua de Darién, por lo que tuvieron que enfrentarse a varias tribus que les salieron al encuentro, y consiguieron oro y sobre todo muchos esclavos. Pizarro obtuvo grandes beneficios en indios y en metales preciosos, según el registro que hizo en la fundición de 3.720 pesos de oro fino y 272 de oro bajo, además de valiosas perlas. Y sobre todo logró una encomienda en dicha isla, además de otra en comunidad, que le serán muy útiles para las incursiones hacia el sur que haría años más tarde.  Por entonces se trasladó la esposa de Pedrarias a Castilla con gran cantidad de oro y la perla Peregrina, que la puso en almoneda en 1.200 castellanos, aunque luego se pagó mucho más cara, como hemos visto[40].

Poco tiempo tuvo de descanso nuestro personaje, al ser nombrado de nuevo lugarteniente del capitán Luis Carrillo que organizó una incursión al sureste de Santa María, en las regiones de Abrayme y de Teruy. Una más de las cabalgadas que con frecuencia se van a realizar durante este periodo con el único fin de conseguir oro y capturar indios destinados a la venta. Llevaban también el propósito por mandato real de fundar pueblos en los señoríos de los caciques principales[41], para asentar indígenas con el fin de que vivieran en paz y se fuera realizando la colonización. El terreno por el que tuvieron que caminar, cuajado de tupidos bosques tropicales, lagunas y pantanos, habla de su crudeza, pero regresaron a la ciudad con centenares de indos destinados como esclavos a la venta en las islas o llevados a las minas. Fundaron algunos poblados que durarían poco tiempo, porque el sistema compulsivo de sometimiento con fines puramente económicos y métodos inhumanos originó respuestas belicosas muy violentas, por parte de los nativos tan pronto se percibieron de ello, que produjeron cuadros muy sangrientos. El 30 de noviembre de 1515 Pedrarias organiza una nueva expedición, con unos trescientos soldados, doce equinos y, sobre todo, una jauría de perros bien adiestrados. Funda el fuerte de Acla en el mismo lugar que estaba, equidistante de Darién y del Pacífico, deja diez o doce hombres, bajo las órdenes de Lope de Olano y regresa enfermo a Santa María. Nombra a Espinosa jefe de la expedición[42], que queda con 200 soldados de a pie y 10 de a caballo, y a Pizarro su lugarteniente con el grado de capitán, entre sus soldados iba Diego de Almagro, que hasta entonces desde su llegada a Indias se había dedicado a la agricultura, la ganadería y el comerció principalmente con alguna incursión conquistadora. A finales de diciembre de dicho año emprendieron la marcha en dirección al noroeste, originando una de las cabalgadas más largas, sangrientas e inhumanas de por entonces. Los indígenas responden con dureza y destruyen el fuerte de Acla, al poco tiempo de salir los españoles, no dejando a ninguna persona viva de las que en él se encontraban. Los expedicionarios vuelven a mediados de marzo de 1517 con un suculento botín de más de 2.000 indios destinados al mercado de esclavos en La Española.

En una nueva campaña, que se organiza en septiembre de ese mismo año, bajo el mando del factor y veedor Juan de Tavira, se alista Pizarro como su lugarteniente, llevan la misión de descubrir la región de Dabaibe y salen en tres pequeñas embarcaciones y algunas canoas. Remontaron el río Atrato, que desemboca en el golfo de Urabá. Las lluvias torrenciales sorprendieron a los españoles, arrastrando árboles, tierra y piedra que bajaban de los montes próximos. Los indios ayudaban con sus flechas a la naturaleza para que los cristianos no pudieran desembarcar. La falta de agua potable y de víveres creo una situación insostenible entre aquellos infelices que no podían salir de sus bergantines. El jefe de la expedición y el tesorero, Juan Navarro de Virués, perecieron ahogados al pretender pasar de una embarcación a otra, y Pizarro tuvo que hacerse cargo del mando en aquella delicada situación, elegido por sus mismos compañeros de expedición[43]. Faltaban más de la mitad de los hombres y los que quedaban estaban famélicos, agotados y desmoralizados y de acuerdo con ellos decidió regresar a Santa María. El objetivo de la marcha no se había cumplido, el Trujillano, a base de pérdidas económicas y mucho sacrificio, se iba curtiendo en la lucha contra los indios y contra la naturaleza, tan adversa a la que él conoció en su tierra extremeña.

En el 1518 Pedrarias ofreció una nueva oportunidad a Pizarro y a los que habían perdido gran parte de su fortuna en la expedición anterior, para que se resarcieran, y autorizó una correría de saqueo y captura de indios en la región de Abrayme, pensando en el éxito que se había obtenido tres años atrás. El Trujillano, conocedor del terreno y uno de los perdedores de gran parte de su fortuna en la anterior empresa, fue elegido capitán jefe de la expedición al frente de 50 hombres, que se animaron a seguirle. El resultado fue un fracaso, esquilmados los nativos y los metales años atrás, ya no dieron para más. Y sin población autóctona el hambre hacía su presencia y llegaba a veces a límites insospechados, difíciles de narrar. Tuvieron que matar siete caballos que llevaban para paliar la necesidad y regresar a Darién. Pizarro tuvo que vender gran parte de los esclavos que le quedaban, pero no aminoró su espíritu aventurero, mientras seguía aprendiendo en la escuela de la vida y, lo que es más importante en aquel mundo donde estaba, ganándose la confianza de sus superiores nombrados por el monarca, que eran sus auténticos representantes, a los que tenía que obedecer con total lealtad, porque estaban impregnado del poder divino.

Pero ellos también le necesitaban, en ese mundo se había creado una sociedad estratificada en tres estamentos diferenciados según Rolando Mellafe. Unos cuantos se habían enriquecido y eran los que ocupaban los más altos cargos del poder político, social y financiero, y subvencionaban las incursiones, bien de forma individual o en grupos, formando compañías. El gobernador otorgaba la autorización y el botín se repartía, una vez extraída la quinta parte del rey, entre los participantes, quedando el doble para el capitán o líder de la expedición. El beneficio de la conquista redundaba en provecho de los financieros. El segundo grupo estaba formado por aquellos que iban destacando del resto y poco a poco escalaban puestos hasta subir al escalón superior. Solían ser intrépidos capitanes, que “se entendían con los soldados, creándose entre ellos verdadera popularidad, según fuese su valentía o conocimiento de las regiones”, terminaban ocupando puestos en el Cabildo y “haciéndose cada vez más imprescindibles por su experiencia y conocimiento de la psicología indígena”. Son los verdaderos conquistadores, a los que el Gobernador para tenerlos contentos entrega tierra, en forma de encomiendas, y las minas.

“Bajo ellos estaba la masa de soldados, colonos y artesanos, que en momentos confunden sus oficios, alternando el papel de labradores y mineros, desde los cuales, en realidad, cuidaban a las cuadrillas de esclavos e indios encomendados, con el de soldados”[44].

Hemos dejado a Balboa olvidado y conviene recordar que hacía mientras tanto, aunque sea de manera sucinta. El 20 de marzo de 1515 recibió una cédula real firmada en Valladolid el 23 de septiembre del año anterior por la que se le nombraba adelantado de la mar del Sur y gobernador de las provincias de Panamá y Coiba[45]. Pedrarias tuvo que entregarle el documento debido a las presiones del obispo de Darién, fray Juan de Quevedo. Pero las desavenencias entre ambos líderes surgieron y aparentemente sin solución. Para aquietarlas el prelado había propuesto, según la costumbre de la época, el matrimonio de María Arias de Peñalosa[46], hija de Pedrarias, con el Jerezano, y el mismo obispo los casó por poderes, puesto que la novia estaba en España. El Segoviano, como recompensa, ordenó a su yerno el 24 de agosto de 1516 la reconstrucción de la ciudad Acla en el istmo panameño, imponiéndole unas normas muy estrictas, que puntualmente cumplió[47]. Balboa en colaboración con varios socios formaron la “Compañía del Mar del Sur” para explorar las costas del Pacífico. Y trasladó maderos, jarcias, velas, aparejos, brea y anclas por igual españoles e indios a hombros hasta la costa sur del Istmo panameño, con la intención de montar allí  dos bergantines y recorrer las islas adyacentes y el litoral del Pacífico, para colonizarlo y buscar un paso al otro gran océano. La participación de Diego de Almagro en esta empresa está recogida en la Colección de documentos inéditos… que recopila Medina.

Algunos enemigos de Vasco Núñez denunciaron ante Pedrarias esta actividad, advirtiéndole que su yerno pensaba sublevarse contra él[48]. Poco le faltó al Segoviano para encargar a Pizarro, que ya era su hombre de confianza, que trajera preso a Balboa y ambos se encontraron en las inmediaciones de Acla. Es de suponer que aquella misión no debió ser muy grata para el Trujillano por su vieja amistad con el preso, pero sabía que la obediencia en la milicia era fundamental si no quería sufrir el mismo castigo que el reo. Tampoco tenían muy claro la pena que podía imponérsele, conociendo su historial. Pero esta vez el obispo nada pudo hacer, aunque algunos consideran que incluso fue su acusador. Pedrarias tejió una sarta de embuste contra su yerno, para ensalzarse asimismo ante la situación tan precaria en que se encontraba, dado que se le había sometido a un juicio de residencia por Lope de Sosa, gobernador de Canarias, que venía a sustituirle. Dávila ordenó a Gaspar de Espinosa, alcalde mayor de la ciudad, que dictaminara sentencia y la ejecutara de inmediato a ser decapitado por traidor y usurpador de tierras sujetas a la real Corona, por conspiración y rebelión frustrada contra la autoridad legalmente constituida, y por delito de alta traición a S. M. Y, aunque el alcalde se negaba a dictaminarla, porque consideraba que merecía perdón por los grandes servicios hechos al Rey, tuvo que acatar la orden y el reo fue ajusticiado en la plaza de Acla entre el 13 y el 21 de enero de 1519, junto con cuatro de sus compañeros, mientras Balboa clamaba la falsedad de la acusación y sus deseos que mostró siempre de servir a su soberano[49]. La ejecución fue para unos un acto de justicia como afirmó Andagoya; para Oviedo y Las Casas entraba dentro de la inhumanidad y tiranía con que actuaba Pedrarias, tanto con indios como con españoles; mientras que la mayoría pensaba, con la mentalidad propia de aquellos tiempos, que era un castigo divino por haber enviado a Diego de Nicuesa preso en un barco para que se lo tragara el mar y haber usurpado el poder a Enciso. Lo cierto es que el proceso del juicio y la sentencia completa se perdieron sin dejar huella para la historia[50].

Cumplida esa misión en julio de ese mismo año, Pedrarias encomendó a Espinosa que descubriera la costa oeste de Panamá. Salieron en los dos barcos de Balboa y tres canoas 115 hombres, entre los que se encontraban Andagoya, Hernando de Soto, Pizarro, que era el lugarteniente de la expedición. Su puesto de mando le obligó a realizar misiones importantes de exploración arriesgadas, surtir de alimentos al resto de la tropa, o castigar con dureza a Urraca, cacique de Natá y sus indios, que se habían levantado contra los españoles, castigando severamente a los pocos cristianos que en la localidad quedaban y desmantelando el resto de la población[51]. Llevaba por compañero a Diego de Almagro, con el que ya explotaba una mina de oro junto con Hernando de Luque y un tal Diego de Mora. Espinosa diseñó la población de Natá y dejó en ella a Francisco de Compañón, como capitán al frente de un número de españoles. Y en octubre regresó con grandes ganancias en víveres, indios y oro a Panamá, por lo que Pizarro pudo resarcirse de las pérdidas que tuvo en anteriores expediciones y salir generosamente enriquecido de ésta, como sucedió al resto de sus compañeros, sobre todo los que fueron socios financieros de la incursión.

Mientras tanto, Pedrarias vio que el dorado metal se agotaba en Castilla de Oro, las poblaciones autóctonas estaban muy diezmadas y el resto habían huido al interior de la selva para evitar que los tomaran como esclavos. La capital, Santa María la Antigua, presentaba malos accesos y quedaba desplazada con respecto a la ampliación de conquista que el descubrimiento de Balboa había abierto. Todo ello hizo que el Segoviano tomara la decisión  de trasladarse a la costa occidental y fundar una ciudad, que fuera el centro de inflexión de futuros descubrimientos y conquistas. Hubo muchos lugareños que se opusieron, porque veían en ello la desaparición de sus negocios, incluso de la población entera, como en realidad sucedió. Dávila el 15 de agosto de 1519 fundó la localidad de Nuestra Señora de la Asunción de Panamá[52], por la festividad del día, siendo la primera ciudad que se creó en las costas del Pacífico de América[53]. Al otro lado del Istmo, junto a las costas atlánticas estaba la ciudad  de Nombre de Dios, que había sido fundada en el 1510 por Diego de Nicuesa[54]. Pronto ambas localices quedarían unidas por un camino de piedra de 80 Km. de largo, que sería lugar de tránsito de personas, animales y mercancías de España para el Perú y viceversa.

Al llegar victoriosos los hombres de Espinosa, aunque no habían estado en la fundación, fueron considerados como primeros pobladores, otorgándoles casa y encomiendas, como si en realidad lo hubieran sido. Pizarro y Almagro salieron doblemente beneficiados y engrandaron considerablemente su hacienda. El Manchego participa en algunas expediciones por el istmo de Panamá, donde adquiere excelente reputación como soldado, sin que lograra ascensos en el escalafón militar, como lo haría su compañero, socio y amigo, Francisco Pizarro. Pero con mayor visión para los negocios que el Trujillano, una vez que se le asignó su lugar de residencia, se fue a Darién, donde tenía casa y terrenos con animales, y “trajo ganados por tierra ansy vacas como puercos”[55]. Durante los cuatro años siguientes, se quedó a vivir en Panamá, dedicándose a los negocios, sin intervenir presencialmente en ninguna de las cabalgadas, que se organizaron, aunque subvencionaba parte de ellas, por lo que recibía sus compensaciones. Administraba la hacienda de Pizarro y el padre Luque, y se cree que en este tiempo se formó la “Compañía” que los tres concertaron, al menos verbalmente. Tuvo un hijo con la india cristianizada de Panamá, Ana Martínez, sin que se sepa más de ella, al que puso su mismo nombre y le conoceremos como Diego de Almagro, el Mozo. Procuró darle una buena educación y formación, pero acabó mal, como se sabe.

Andagoya también se estableció en la nueva localidad y fue elegido regidor por el Cabildo en el 1521, cuando se dio a Panamá el título de ciudad. Su defensa constante que hace de los nativos, denunciando en sus escritos los malos tratos que reciben y como son esclavizados, supuso que en el 1522 fuese nombrado  “visitador general de los indios” por el rey de España Carlos I, y en el desempeño de su función llegó al golfo de San Miguel, donde se encuentra una provincia que llaman Chuchama[56], muy poblada de gente, que hablan la lengua de los Cuevas. Allí le contaron sus habitantes que todas las lunas llenas vienen del sur por la mar unos hombres, que los tienen atemorizados, porque los exigen altos tributos, hasta el punto que no pueden salir ni a pescar. Proceden de una provincia que se denomina Birú, palabra que en boca de los soldados se corrompe y da Pirú, donde habita un poderoso cacique, que poseía grandes cantidades de oro y plata. Andagoya se ilusionó con aquellos fantásticos relatos y con la autorización del gobernador Pedrarias organizó en el 1522 una expedición que duró poco, según él mismo cuenta en la Relación de los sucesos acaecidos…, donde dice que: “llegó a aquel río del Perú, que está más acá del río de Sant Joan”, y que “tardó sólo seis o siete días en ir desde Chochama hasta Birú o Pirú”. Esas palabras nos hacen coaligar que penetró poco en la actual Colombia, a pesar de que afirma que realizó “el viaje del Perú”, y varias veces asegura en su citado escrito que fue el verdadero descubridor de dicho reino. Lo cierto es que en esa expedición sufrió un grave percance, que estuvo a punto de costarle la vida. Tomó una canoa para reconocer el litoral de la provincia de Birú y la profundidad del cauce de los ríos, pero al chocar con unos escollos volcó, permaneciendo sumergido en el agua durante largo tiempo hasta que uno de los jefes indios pudo sacarlo. Eso le produjo una larga enfermedad de más de tres años que le impidió montar a caballo y realizar nuevas salidas en busca del tan deseado Dorado, y le pidió Pedrarias, según cuenta él mismo en la Relación, que debía continuar Pizarro, Almagro y el padre Luque en tan deseada búsqueda.

y que ellos me pagarían lo que había gastado. Yo respondí que en lo de darles la jornada que holgaba dello; pero en lo de la paga yo no quería de ellos, porque a pagarme a mí los gastos, no les quedaba a ellos con que comenzar la cosa, porque no tenían ellos en aquel tiempo más de hasta seis mil pesos y aun éstos no todo en dinero[57].

Mientras tanto, el cacique Urraca había cercado Natá con un número muy elevado de indios, de forma que los cristianos no podían salir más allá de un tiro de piedra fuera de la ciudad a buscar alimentos. Pedrarias preparó una expedición de socorro con ciento sesenta españoles, dos caballos y algún tiro de artillería. Llevaba por capitán de su guardia a Francisco Pizarro, conocedor de la zona, que se enfrentó al cacique Urraca y, tras varias refriegas y muchos indígenas muertos, consiguió vencerlo. Una vez pacificada la región, el 20 de mayo de 1522 fundó la ciudad de Natá que se convertiría en el centro de futuras incursiones para penetrar en las regiones adyacentes[58].

El Trujillano había conseguido en estos veinte años de estancia en las Indias Occidentales un puesto destacado entre aquella pequeña aristocracia. Su arriesgo, valor y valentía ante el peligro, su decisión acertada en momentos difíciles, su fidelidad al jefe de turno, poco habitual entre aquellos conquistadores, su buen trato a los compañeros de milicia, su eficacia en la lucha contra los indios, en las múltiples expediciones en las que había participado, con resultados muy desiguales, hizo que se ganara el aprecio de Pedrarias, le nombrara su lugarteniente y hombre de confianza en los asuntos militares y en el reparto de encomiendas, después de fundar Panamá, le entregara la encomienda de Chochama en la isla de Taboga con 150 indios, donde Almagro recibió 40 indígenas, para completar los 80 que obtuvo en el cacicazgo de Susy, de modo que casi toda la isla era de ambos[59]. El padre Luque, recibió 70 indios en el cacicazgo de Perequete.

Pizarro ya era reconocido y había adquirido la categoría de vecino de la ciudad de Panamá, por lo que podía desempañar las más altas funciones dentro del cabildo. Había alcanzado cierta posición económica, notoriedad y un lugar envidiable dentro de la sociedad reducida del Istmo. Pero su obra no se limitará a estos primeros años en las Indias Occidentales, sino que se llenará de otros muchos actos positivos, como ya se sabe y han reconocido historiadores de todos los tiempos y tendencias, por los que le han dado calificativos muy favorables, como “El Buen Capitán”, “hombre de gran valentía, de comportamiento medido y de buenas intenciones”, “deseoso de agradar y de muchos amigos”, “muy confiado, de muy buena condición y conciencia”, “noble y generosos de condición”, “de espíritu estoico y senequista”, etc. Mientras los indios dirán que era el Apu Macho o “el más valiente en la guerra y el más humano en la paz”. Apelativos que no son los que se dan a una persona asesina, cruel o que solo le interesara el oro, que sorprendentemente le llegó por añadidura. Sin que esto quiera decir que no hubo atropellos de toda clase, efectuados por los españoles y también por los indios, como sucede en todas las guerras y especialmente en las de invasión. Ninguna conquista, por definición, es pacífica, porque nadie se somete de buen grado a un dominador extranjero; pero, dentro de la crueldad que toda empresa de este tipo conlleva, existen matices, y la realizada por Pizarro no fue de las más cruentas, hubo otras muchas que se realizaron con mayor virulencia y crueldad e incluso con exterminio de la población nativa.

 

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[1] Ferrer: Acto I, esc. III.

[2] Nicolás de Ovando nació en Brozas (Cáceres) en el 1460. Era hijo del capitán Diego Fernández de Cáceres y Ovando y de su primera mujer Isabel Flores de las Varillas, dama de la Reina Isabel la Católica. Ingresó en la orden militar de Alcántara y fue comendador de Lares, actualmente Esparragosa de Lares en Badajoz. En el 1502 fue nombrado gobernador y administrador colonial de La Española, actual República Dominicana y Haití, sustituyendo a Francisco de Bobadilla, comendador de Calatrava. Durante su gobernación se hicieron los primeros repartos de encomiendas, fundó diferentes pueblos de cristianos, conventos y promovió la agricultura. Trasladó la ciudad de Santo Domingo al enclave actual. Pero la población nativa quedó muy diezmada, debido a las cruentas guerras y a las enfermedades. En el 1509 fue sustituido y se le hizo un juicio de residencia. El 29 de mayo de 1511 falleció en Sevilla y fue enterrado en el convento de San Benito de Alcántara (Cáceres), residencia oficial de la orden alcantarina, donde llegó a ser  comendador mayor.

[3] OVIEDO, Part.1ª, lib. 3º, cap. VII y LAVALLÉ, 2004: lib. I, put. 2.

[4] Recordar que el descubrimiento se debió al reino de Castilla-León, con Extremadura, Andalucía, Murcia y Canarias y por lo tanto en un principio estaban excluidos de pasar a las Indias los vecinos de los reinos de Aragón-Cataluña, Valencia y Baleares, pero cuando muere Isabel la Católica, su esposo Fernando autoriza el paso a todos los demás reinos de España.

[5] Oviedo escribe Larez, y Barrenechea, Lara. Aclarar la imprecisión de que no son 25 años atrás, sino que son 27, pues se embarcó en la expedición del comendador de Lara, que era Nicolás de Ovando, como se ha dicho.

[6] Podemos encontrar esta denominación escrita al menos de tres formas diferentes: Pedrarias Dávila, Pedrarias de Ávila y Pedro o Pero Arias de Ávila. Agustín de Zárate, lib. II, cap. VIII, escribe Pedro Arias, gobernador de Castilla de Oro, cuya capital fue Santa María de Darién y después Panamá.

[7] Tierra Firme quedó divida en Nueva Andalucía, y la zona de Castilla de Oro, que iba desde San Sebastián de Urabá hasta la actual Costa Rica, concedida a Diego de Nicuesa, por Real Cédula de 28 de febrero de 1510. El Rey Fernando el Católico autorizó a los dos nuevos gobernadores la embarcación de 200 hombres de la Península y 600 hombres de la Isla La Española.

[8] Alonso de Ojeda nació en Torrejoncillo del Río (Cuenca) en el 1466, aunque hay diferencia de criterios en la fecha de nacimiento e incluso del lugar. Era oriundo de Ojeda, cerca de Oña. Por influencia del obispo de Badajoz, Juan Rodríguez de Fonseca, fue al frente de una de las naves colombinas en el 2º viaje del Almirante, realizado en el 1493, y participó activamente en someter a los indios de La Española y en otras misiones que le encomendó Colón. Regresó a España y el 18 de mayo de 1499 salía del puerto de Santa María en una sola carabela, proporcionada por el prelado Fonseca y acompañado de Américo Vespucio y Juan de la Cosa. Recorrió las costas de Venezuela, donde localizaron algunos palafitos o viviendas lacustres, que a Vespucio le recordaron Venecia, de ahí que pusieran al lugar Venecia Chica o Venezuela, y las costas Colombia entre el 1499 y 1502, de todo ello levantó un plano Juan de la Cosa.

[9] LAS CASAS, lib. II, cap. I.

[10] Ibidem, lib. II, cap. LVII.

[11] Ibidem, lib. II, cap. LVIII.

[12] Ibidem, lib. II, cap. LVIII y LÓPEZ DE GOMARA, 1ª prt., cap. LVIII.

[13] Estaba en la actual Colombia, próximo a la localidad de Necoclí, Antioquia.

[14] FERNÁNDEZ DE OVIEDO, 2ª part., lib. VII. Solemos citar a este cronista por el apellido Oviedo.

[15] Ojeda con gran dificultad para andar, tras el fracaso, fue destituido de su cargo por el rey de España y se retiró al Monasterio de San Francisco de la capital dominicana, sumido en una gran pesadumbre y allí murió el año 1515. Su cuerpo fue enterrado a petición propia en la puerta principal del templo para que fuera pisado por los que acudieran a la iglesia, consciente de que sería una forma de pagar por los errores cometidos en su vida.

[16] LAS CASAS, lib. II, cap. LX.

[17] Pedro Cieza nació en Llerena por el año 1520, aunque otros lo retrasan hasta el 1522, en el seno de una familia acomodada. En el 1535 se embarca para América y participa en la fundación de varias ciudades, bajo las órdenes de los capitanes Alonso de Cáceres y Jorge Robledo, en Cartagena de Indias (Colombia). Luego pasó a formar parte de los hombres del adelantado Sebastián de Benalcázar en Popayán. Intervino en el enfrentamiento entre Benalcázar y Robledo sin éxito, lo que costó la vida a este último, que fue ajusticiado en el 1546. Cieza pasa al Perú, incorporado a las tropas reales y después de Xaquixaguana se instala en Lima, donde permanece hasta el 1551 que regresa definitivamente a España. El Presidente Pedro de la Gasca le nombró cronista oficial y le concedió acceso a los archivos oficiales para escribir su historia, que comenzó a escribirla, según él mismo dice, en e1541 en Cartagena, perteneciente a la gobernación de Popayán, y la terminó el 8 de septiembre de 1550 en Lima. Y fue dedicada al muy alto y poderoso señor don Felipe II, príncipe de España. Cieza se inspiró además de los protocolos oficiales en los relatos que los mismos conquistadores e indios le contaban, como en sus propias observaciones viajeras y en las experiencias de guerra.

[18] CIEZA DE LEÓN, Prt. 3ª, cap. VI.

[19] Esa es la opinión del padre LAS CASAS, lib. II, cap. LXII, mientras que FERNÁNDEZ DE OVIEDO asegura que fue entre las velas del barco.

[20] Balboa nació en Jerez de los Caballeros (Badajoz) en el seno de una familia de hidalgos de baja alcurnia, se embarcó para las Indias Occidentales con el escribano Rodrigo Gutiérrez de Bastidas, nacido en el 1445 en el barrio sevillano de Triana, convertido en empresario en colaboración con Joan de Ledesma prepararon uno de los llamados “viajes andaluces o menores”, con licencia de los Reyes Católicos. Llevaban de piloto a Juan de la Cosa, famoso cartógrafo que ya había navegado con Colón. Salieron del Puerto de Cádiz en enero de 1502, según FERNÁNDEZ DE OVIEDO, en Historia General… Vol. III, lib. XXVI, cap. II, en dirección a las Indias Occidentales, donde tan sólo se conocían Las Antillas, la costa de Venezuela, las Guayanas y la costa septentrional de Brasil, todo lo demás estaba por descubrir. Balboa con ellos exploró la orilla de Tierra Firme, al oeste del cabo de la Vela, en el litoral atlántico colombiano, descubrieron la desembocadura del río Magdalena y llegaron hasta el golfo de Urabá. Vasco Núñez se afincó en La Española y Ovando lo acusó de incursiones en su territorio de colonización y lo hizo prisionero. Fue liberado y se dedicó a la agricultura sin éxito, pero con muchas trampas, por lo que sus acreedores lo perseguían y fue cuando huyó clandestinamente de Santo Domingo escondido en el barco de Enciso, que se dirigía a Urabá, como hemos dicho. El resto de su biografía la iremos desarrollando a través de este estudio.

[21] LAS CASAS, lib. II, cap. LXII.

[22] MADUEÑO GALÁN: 53

[23] Veragua fue un territorio en la América Central, equivalente más o menos a la actual Costa Rica, que Carlos V tuvo que conceder a Diego Colón, hijo del Almirante, para zanjar unos pleitos que tenía con la familia (OVIEDO, 1ª prt., lib. IV, cap. VII).

[24] En una Real Cédula de 1510 se declara que el golfo de Urabá correspondía a Alonso de Ojeda. AGI. Registros 139-1- 3, fol. 34.

[25] LAS CASAS, lib. II, cap. LXVIII.

[26] Ibidem, lib. II, cap. XXXIX.

[27] El cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, que conoció a Balboa, en Historia general y natural… hace una descripción detallada de este descubrimiento.

[28] Pedrarias nació en Segovia en el 1440 en el seno de una familia de judeosconversos de Toledo. Era hijo de Pedro Arias Dávila, el Valiente, doncel de Enrique IV y contino y coronel de los Reyes Católicos, que participó en la guerra de Navarra, y de su segunda mujer María Ortiz de Valdivieso. El padre Las Casas denomina a Pedrarias con el sobrenombre de Furor domini, por su trato inhumano a los indios y por la excesiva dureza que usaba con los españoles. Se casó con la segoviana Isabel de Bobadilla y Peñalosa, hija, según PRESCOTT, lib. II, cap. I, de doña Beatriz de Bobadilla, marquesa de Moya, camarera de la reina y su amiga personal, que tenía tanta ascendencia en la Corte que el pueblo decía: “Después de la Reina de Castilla, la Bobadilla”. Isabel era veinte años más joven que él, pero de gran coraje y no dudó en dejar a siete de los nueve hijos que tuvo en España y marchar con su marido al Darién por algún tiempo. Estuvo de gobernador de Castilla de Oro desde el 1514 a 1526, y fue destituido tras el segundo juicio de residencia, realizado por Juan de Salmerón. Poco después se le entregó la gobernación de Nicaragua, que gobernó de 1528 al 6 de marzo de 1531, que falleció. La madre de su esposa y su propia mujer (las Bobadilla) fueron clave en su defensa en múltiples ocasiones (CORREA: 369).

[29] Pascual de Andagoya nació en el pueblecito de Andagoya, actualmente una aldea del valle de Cuartango en la provincia de Álava. Se cree que el acontecimiento tuvo lugar en el 1498 por unas declaraciones que hace el cronista Fernández de Oviedo, al afirmar que era un mancebo cuando se alistó a la expedición de Pedrarias Dávila, que no debía sobrepasar los 16 años. Su padre era el hidalgo Joan Ibáñez de Arca, pero desconocemos quien fue su madre y cómo se llamaba. Su vida en América está llena de altibajos. Participará en varias expediciones por orden de Pedrarias y sobre todo fue el primero que se aventuró en ir en busca de Birú o Pirú, actualmente el Perú. Se casó con una dama de apellido Tovar, que estaba al servio de la esposa de Pedrarias, obtuvo una encomienda de indios y fue padre de un hijo al que denominó Juan, que estuvo con Hernando Pizarro en el cerco de Cuzco. En el 1539 Carlos V le nombró adelantado y gobernador de San Juan, una franja costera en Colombia, donde fundó la ciudad de Buenaventura. En el 1541 mandó a Jorge Robledo a la conquista de nuevos territorios y fundo la ciudad de Antioquia. Andagoya murió en Cuzco el 18 de septiembre de 1548.

[30] Andagoya, en la Relación de los sucesos… da estos datos, otros historiadores ponen cifras diferentes, algunos afirman que fueron 22 barcos y unos 2.000 hombres los que formaban la expedición que organizó Pedrarias, al nombrarle el rey Fernando el Católico gobernador de Tierra Firme.

[31] A.G.I., legajo II, y Colección de viajes Fernández Navarrete, T. III: 337.

[32] Es la punta más septentrional de América del Sur, en la actual Colombia.

[33] Vid. MENA GARCÍA, 1998.

[34] Pan cazabi o cazabe era un sucedáneo del pan de trigo, pero hecho con mandioca, siguiendo el mismo proceso, con horneado incluido. Fue muy utilizado por los conquistadores.

[35] A.G.I.: 109-1-5.

[36] OVIEDO: Historia General… 1ª parte, cap. III: XLV, nota 7.

[37] Andagoya afirma que murieron de hambre y modorra en sólo un mes unos setecientos pobladores, y siete u ocho meses después la población había quedado reducida a la mitad.

[38] La Peregrina perteneció a la corona de España durante siglos y la lucieron varias reinas. José Bonaparte al dejar su reinado se la lleva junto con otras joyas de lo borbones, pasa a EE.UU. y la van adquiriendo sucesivos compradores. En la película “Ana de los mil días” la lleva puesta Elizabeth Taylor, y en el año 2011 se vende por 11,5 millones de dólares. Sin embargo, otra versión dice que está en España, que se la regalaron al rey Alfonso XIII con motivo de su boda y que la ha lucido la reina doña Sofía.

[39] LAS CASAS, lib. II, cap. LXV.

[40] LAS CASAS, lib. II, cap. LXVI.

[41] Esta forma de realizar la conquista es la que Balboa había descrito al rey Fernando el Católico en una de sus cartas.

[42] Gaspar de Espinosa podemos encontrarlo escrito Espinoza, porque en el siglo XVI se distinguía entre consonantes sordas y sonoras, pero hemos preferido escribirlo con -s-, dado que hoy no hay distinción de sonoridad.

[43] LAVALLÉ, 2004, 1ª part., pto. 2: 40 y ss.

[44] MELLAFE: 17.

[45] A.G.I., lib. de Tierra firme, año 1513 y TORIBIO MEDINA, T. II. Adelantado equivalía a jefe de la tropa del gobernador Pedrarias, nombramiento que irritó más al Segoviano y acrecentó las diferencias que se habían establecido entre ambos.

[46] Tras el ajusticiamiento de Balboa, María casó con el regidor de Segovia, Rodrigo González de Contreras y de la Hoz, que en el 1535 tomó posesión de la gobernación de Nicaragua. La otra hija de Pedrarias, Isabel Arias Dávila y Bobadilla casó con Hernando de Soto, al servicio de Dávila en Tierra Firme, capitán de Francisco Pizarro en el Perú y más tarde el conquistador de la península de la Florida.

[47] ALTOLAGUIRRE, 1914: 109, que toma la referencia de la Carta de Pedrarias a SM, 20-01-1516, asegura que fue el Segoviano el fundador de Acla, cuando uno de los hombres del cacique Careta se había sublevado contra su voluntad. Pedrarias lo mandó llamar e intervino en su reconciliación entre ambos indígenas, entregándolo un estandarte de V. M., que tomó y “alçó en nombre de todos por verdaderos vasallos”. Una forma de presentarse como auténtico pacificador de los indios ante el rey, cuando en realidad era todo lo contrario.

[48] Algunos cronistas consideran que Pedrarias había recibido de Fernando el Católico una cédula real en la que una de las cláusulas pedía que se prendiera al rebelde Balboa y le remitiera a España para que rindiera cuenta de las acusaciones de Enciso por la desaparición de Diego de Nicuesa.

[49] MENA GARCÍA, 2015, cap. IV: 110 y ss.

[50] Vid. AGI. Colección de Juan Bautista Muñoz, T. 76. Memorial de Gonzalo Fernández de Oviedo denunciando abusos de Pedrarias Dávila y sus oficiales en la Gobernación de Castilla del Oro.

[51] BUSTO DUTHURBURU, 1978: 89 y ss.

[52] El 15 de septiembre de 1521 Panamá recibió el título de ciudad y el escudo de armas, mediante real cédula otorgada por Carlos I, rey de España.

[53] A comienzo de 1670 el pirata inglés Henry Morgan destruyó la ciudad antigua, que poco después se trasladaría a la actual Panamá a unos diez kilómetros al suroeste de la vieja.

[54] En el 1503 Cristóbal Colón funda un asentamiento con el nombre de Santa María de Belén en el lugar que más tarde ocuparía Nombre de Dios, que duró tan solo medio año por falta de población. En el 1510 Lope de Olano, lugar teniente de Diego de Nicuesa, funda en dicho lugar la población de Belén, donde juntó hasta 300 hombres, que duró algo más de 8 meses, pero se abandona el lugar porque era un puerto malsano y la población estaba en un cerro. Nicuesa ese mismo año funda de nuevo el poblado con la denominación de Nombre de Dios. En el 1511, se origina nueva despoblación, pero con la fundación de Panamá en el 1519 adquiere protagonismo al unirse los dos puertos marítimos. Y el 23 de noviembre de 1537 por Real Provisión recibe el título de ciudad.

[55] Respuesta que da Diego Díaz en la probanza que hace Almagro el 13 de abril de 1531.

[56] Fray Bartolomé de las Casas, lib. II, cap. LXVI, dice que “llegaron a un pueblo de un cacique que había por nombre Chuchama”. El termino se puede aplicar a una provincia, a un pueblo o a un cacique y podemos verlo escrito, según el cronista de la época, de muy distintas formas: Chochama, Chuchama, Chichaza, o Chinchama, que escribe Zárate, etc.

[57] Para ampliar detalles conviene consultar la descripción que se hace cuando concede Carlos V y su madre doña Juana el escudo de armas a Pascual de Andagoya, una vez que fue nombrado adelantado y gobernador de la provincia del Río San Juan en el 1539, recogida en el siguiente documento: Sociedad de Bibliófilos Españoles (MDCCCXCII): Nobiliario de conquistadores de Indias. Pascual de Andagoya. Tomo XXX. Madrid,  pág. 13.

[58] En el año 1515 Gonzalo de Badajoz descubrió esta región donde consiguió bastante oro. Un año más tarde Gaspar de Espinosa estuvo en el poblado nativo de Natá cuatro meses y por carta contó a Pedrarias lo poblada que estaba la zona por el gran número de bohíos que tenía, y la abundancia de víveres que había en maíz, venados, pavos, pescados. Vid. LAS CASAS, lib. II, cap. CLXIII, para ampliar conocimientos, sobre todo de esta última parte de Natá.

[59] MELLAFE: 36.