Oct 011988
 

Luis Núñez Secos.

En 1227, D. Arias Pérez Gallego; primer maestre de la Orden de Alcántara, desde su traslado de ésta (antes San Julián del Pereiro) quiso distinguirse en una empresa y eligió para ello la conquista de la entonces Villa de Trujillo.

Consultadas sus fuerzas, se lanzó a la conquista logrando en el primer envite tomar la plaza.

Buscaron los moros refuerzos en otras comarcas y en una fuerte acometida volvieron a tomar Trujillo, demostrando que las fuerzas del maestre de Alcántara eran poco, por si solas, para defenderla; pues sólo duró la ocupación tres meses.

No podía consentir el valeroso maestre de Alcántara ver a la morisma en esta Plaza tan cercana al asiento de sus aguerridas huestes y vio la ocasión de la conquista definitiva bajo el reinado de Fernando III el Santo, el cual escribió carta a los maestrazgos y villas próximas a Trujillo, con el fin de aunar todos los esfuerzos y conquistar la Plaza definitivamente.

En 1231 partió el maestre de Alcántara a su antigua residencia de San Julián del Pereiro y desde allí a Alcántara, desde donde remitió los despachos a sus aliados para caer sobre la Plaza a comienzos de 1232.

Eran estos aliados el maestre de la Orden de Santiago, el obispo de Plasencia D. Domingo (que murió a los pocos días de esa jornada), también tomaron parte en esta empresa los caballeros de la Orden del Temple.

La conquista definitiva de la Plaza fue el 25 de enero de 1232, festividad de San Pablo.

A partir de esta fecha, queda Trujillo en poder de la Orden de Alcántara, cuyos maestres se preocuparon más de la estructura militar de la Orden que de la administración civil de la villa. Desee Trujillo prosiguieron la conquista por esta parte de Extremadura de la que poco a poco fueron los moros desalojados, siendo los últimos límites de este primer esfuerzo la orilla derecha del Guadiana.

La Orden de Alcántara reconoció el territorio que se conquistó juntamente con la villa y escogió 36 dehesas, las cuales señaló a los 36 principales caballeros conquistadores; de ahí bien el nombre de “caballerías”, con cuyo nombre común han ido conociéndose muchas de ellas hasta hoy.

Como ya hemos dicho, el hecho de prestar poca atención a la administración de la villa, produjo en ésta el deseo de verse libre del dominio de la Orden, y un hecho inesperado vino a cambiar la situación cuando, a mediados del siglo XIII ocupando ya la corona Alfonso X el sabio, viose éste obligado al cambio de moneda de “ppiones” a “burgaleses”.

Sucedió esto en la época en que el rey tenía puesta guerra a los moros en los pueblos extremos del Guadiana, y como para proseguir la conquista se vio necesitado de recursos, Trujillo hizo una importante donación al rey que le fue de gran provecho. Y viendo este graso conde generosidad, no pudo por menos que recompensarles y manifestó al Concejo que estaría dispuesto a conceder la merced de Trujillo le pidiese; y estos lo que no deseaban otra cosa, le pidieron ser libres del dominio de la Orden de Alcántara y pasar a ser villa realenga.

Accedió hecho el rey, en 1256, y como la Orden de Alcántara reclamase por el perjuicio que se les hacía al perder la villa de Trujillo, otorgoles el rey a cambio todo el terreno, villas y lugares que estaban conquistando en la orilla izquierda del Guadiana. A este territorio de la Baja Extremadura se le conocía con el nombre de “La Serena” (que viene del árabe “Serna” que quiere decir, llanura o extensión). Estos territorios, de 243 y medio de millares, al incorporarse las órdenes militares a la corona durante el reinado de los Reyes Católicos, formaron la “Real Dehesa de La Serena”. En este territorio se hallaban comprendidos los pueblos de: Villanueva de la Serena (que era la cabecera), La Coronada, Campanario, Esparragosa de Lares, Cabeza del Buey, Benquerencia, Monterrubio, Castuela, Esparragosa de la Serena, Malpartida, Quintana de la Serena, y Magacela, en la cual radicaba el Priorato que, con jurisdicción propia (independiente de toda diócesis), gobernaba espiritualmente todo el territorio.

Cada pueblo poseía sus ejidos y al empezar la enajenación de la Real dehesa reinando Fernando VI, en 1748, hubo que hacer un reglamento que consta de 25 apartados (los cuales no transcribo aquí por su extensión). En dicho reglamento se expresa que “un tercio de las yerbas, o sea, ochenta y un millar y 166 cabezas de medida de cuarenta se deben aplicar a los pueblos para sus necesidades, quedando obligado el pueblo que no necesitarse la totalidad que le correspondía se agregase al pueblo limítrofe que tuviera necesidad de ello, y si aún un quedase terreno disponible sería disfrutado por los ganaderos de la mesta”.

Para el cumplimiento de este reglamento se constituyó una Junta, en la que había un representante de cada pueblo para efectuar su cumplimiento.

La renta que habían de pagar por cada cabeza de medía cuerda era de cuatro reales al año. Reactivo a la enajenación de la citada Dehesa, existe el siguiente documento: “copia de escribanía dada, signada y firmada por Antonio Martínez Salazar; escribano del Rey, escribano de cámara y de la comisión para la enajenación de la Real Dehesa de la Serena; su fecha, 22 de noviembre de 1754, comprensión de dos escribanías de venta que se habían otorgado en los días 25 de abril de 1750 y 6 de abril de 1753, por el Ilmo. Sr. Marqués de los Llanos D. Gabriel de Olmeda y Aguilar, juez peculiar y privativo para la enajenación de la referida Real Dehesa y redención de sus juros e infidencias en nombre del rey Fernando VI, vendió a favor del presbítero don Matías Molina, Comisario del Santo Oficio de la Inquisición y vecino de Mérida por una de dichas escribanías, 542 cabezas y media de cuerda y por otra 1256 en la dehesa de Las Puercas y El Quinto de Baldesordillo, incluidas en la Real Dehesa; cuya venta se verificó al presbítero en pública subasta como perteneciente a la Orden de Alcántara y que su majestad determinó vender dando su consentimiento las villas del partido de Villanueva de la Serena y obteniéndose del Pontífice Benedicto XIV la correspondiente Bula. El rey Fernando VI, en 17 de noviembre de 1751, concede el privilegio de la propiedad, posesión y usufructo de dicha finca al citado presbítero”.

Ayer documento en el que se especifica en 1826 el contrato de arrendamiento de 2602 cabezas de Yerba en la finca de La Pared, su perteneciente a la Real Dehesa de La Serena. Dicho contrato se hacía por ocho años a varios ganaderos de los cuales (por no alargar el trabajo) omito el nombre. El precio del arrendamiento era de seis reales y medio por cabeza de yerba.

Hay un documento de 28 de febrero de 1827 en el que se dan disposiciones para la extinción de la plaga de la langosta que asolaba la Real Dehesa, delimitando los terrenos que había que sanear para deshacer el desove de la plaga y la parte que correspondería a propietarios, labradores y ganaderos, pues era difícil ponerles de acuerdo dado los puntos de vista tan diferentes entre ellos, por intereses particulares.

La última venta de fincas de la Real Dehesa se llevó a cabo en 1837, por la desamortización, y comprendía seis posesión es de las Salesas Viejas de Madrid, de las cuales no reseña por la brevedad del tiempo. Dichas posesiones eran un total de 4.520 cabezas de cuerda y los nombres de las posesiones son las siguientes: Arzonilla, Rincón de Valdeargena, Arroyo de Lino, Barrionuevo, Miraflores y Hornillo.

Oct 011987
 

Luis Núñez Secos.

Estando en puertas de la conmemoración del V Centenario del Descubrimiento de América por Cristóbal Colón, es lógico que se posponga cualquier trabajo a presentar en estos XVI Coloquios Históricos de Extremadura que se celebran en Trujillo, para dedicar el presente trabajo al trascendental papel desempeñado por nuestra región en la conquista y colonización de dicho continente; pues a pesar de lo poco que se está contando con ella para esta celebración, fue in dudablemente Extremadura la región de entre todas las de España que contribuyó con mayor número de hombres (pues pasaron de los 6.000) en tan histórica gesta.

Y como siempre la leyenda negra ha trabajado contra España para echar por tierra tanto heroísmo y sacrificio derrochado, queriéndolo atribuir a motivos exclusivamente ambiciosos.

Quiero ser completamente imparcial al juzgar los acontecimientos acaecidos en aquella fecha, y si bien es cierto que hubo actos de brutalidad, es mucho más cierto que fueron muchos más los actos de sacrificio y trabajo a favor de los pueblos colonizados.

¿Cómo no iba a haber actos de barbarie cuando se encontraron con indígenas que practicaban en sus ritos religiosos los más cruentos sacrificios humanos? ¿Es que los conquistadores hubieran podido reprimir actos tan crueles repartiendo caramelos?

Cierto es que se cometieron expolios, pero verdad es que los indígenas que ya tenían su civilización y cultura propia, al trocar oro y esmeraldas por trozos mucho más grandes de vidrios de colores y espejos, creían ser ellos los que ganaban en el cambio, siendo por lo tanto su codicia también grande.

Yo voy a citar en este trabajo varios nombres suficientemente conocidos como los de Hernán Cortés, Francisco Pizarro, Francisco de Orellana, Hernando de Soto, etc… Pues son innumerables los hombres que dieron gloria a Extremadura y por lo tanto a España.

Habiendo encontrado por casualidad un pequeño libro escrito por don Publio Hurtado editado en Barcelona en el año 1899 con motivo del IV Centenario del Descubrimiento, en cuyo libro se dan datos bibliográficos de los extremeños en América, quiero citar a algunos de ellos entre los que figura alguno apenas conocido a pesar de su gran labor en aquellas tierras.

Comenzaré citando a frey don Nicolás de Ovando, que si bien accidentalmente nació en Brozas era hijo de ilustre familia cacereña. Desde muy joven obtuvo la Encomienda de Lares juntamente con el hábito de la Orden de Alcántara, llegando a ser Comendador de dicha Orden. Tuvo mucho valimiento en la corte de los Reyes Católicos, siendo nombrado por estos para desempeñar altos cargos al lado del príncipe don Juan, y como debido a esto los freyres le trataron mucho y llegaron a tenerlo en muy gran concepto por su prudencia y sagacidad.

Era entonces capital de todas las posesiones de ultramar la llamada isla de La Española, y para remediar la desastrosa administración que en ella ejercía Francisco de Bobadilla, los reyes enviaron a ella a Ovando con el cargo de Gobernador y Capitán General, tomando posesión de dicho cargo en marzo de 1502 siendo acompañado de muchos hidalgos y hombres de armas, todos ellos extremeños.

Al poco tiempo de posesionarse en su cargo tuvo noticias de que se tramaba una sublevación en la provincia de Jaragua. Entonces Ovando invitó a los caciques de aquella provincia a una fiesta a la cual acudieron éstos, bien en exceso confiados en su fuerza, o bien sabiéndose inocentes del delito que se les imputaba. Sucedió el caso que cuando estaban en plena fiesta Ovando dio una señal a los suyos, los cuales acometieron de imprevisto a los indefensos convidados siendo unos pasados a cuchillo y quemados otros en una gran hoguera.

En dicha matanza se libró de la muerte la reina Anacaona, mujer de grandes prendas físicas e intelectuales, la cual fue llevada a Santo Domingo y sometida a un proceso por pura fórmula siendo condenada a morir ahorcada. Se sospecha qué razones de Estado tan contradictorias a todo sentimiento humanitario obligaron a Ovando, contra su voluntad, a inmolar a aquella mujer, modelo de generosidad y aún de caridad hacia los españoles, a pesar de deber a uno de ellos la deshonra de su hija.

Tras la provincia de Jaragua se levantó también la de Higuey, la cual fue sometida y su cacique ahorcado.

Una vez conseguida la paz por tan expeditivos medios se acreditó Ovando como gran administrados y legislador, dándose el caso de que algunas de sus leyes aún rigen en ciertos territorios americanos. Fue tan grande su escrupulosidad administrativa que para volver a España tras siete años de gobierno necesitó pedir prestados 500 pesos.

Durante su gobierno fundó varias ciudades y patrocinó expediciones de grandes capitanes como Núñez de Balboa, Alonso de Ojeda, sobresaliendo de entre todos ellos su nunca bien ponderado amigo y pariente, Hernán Cortés.

Luis López Ortiz: natural de Plasencia. La vida de este humilde placentino puede demostrarnos que los extremeños que marchaban a América no sólo iban a guerrear y a hacer grandes fortunas en poco tiempo a costa de la miseria y de la sangre de los desventurados indígenas. Su gran religiosidad y su pacificó temperamento se lo impedían.

Era comerciante y pensando que no serían muchos los que en su gremio se lanzarían a llevar sus mostradores y anaqueles a aquellas tierras, decidió hacerlo él ¿Para hacer riquezas rápidas y disfrutarlas algún día? Nada de eso. Trabajó y aguantó privaciones para aumentar el culto divino en aquellas tierras.

Llegado a Bogotá, se estableció en Santa Fe abriendo una tienda frente a la Catedral. Su gran honradez, su moralidad y las módicas ganancias que consiguió comerciando con los españoles y con los indígenas, le hicieron muy estimado de todos resultando que vendiendo mucho aunque ganando poco, en detalles consiguió una gran fortuna, la cual dedicó al engrandecimiento de su nueva patria. Fundó varias obras benéficas y conventos, tanto en Santa Fe como en su tierra natal a la cual nunca olvidó.

Como puede verse, pasó su vida en América haciendo el bien igualmente a los indios que a los españoles, quedando al morir su memoria enaltecida para siempre y demostrando que los españoles que marchaban a América no iban a matar indios y a apoderarse de sus riquezas.

Garci-Fernández Barrantes: natural de Alcántara. Con el gran descubrimiento de Colón exaltósele la imaginación de este hidalgo extremeño y se marchó al Nuevo Mundo en compañía del almirante en su segundo viaje en el año 1493, mereciendo por su honradez y lealtad muy pronto la confianza de Colón.

Se encontró en el descubrimiento de la isla de Santo Domingo, de la de Guadalupe, de la de Jamaica y en la expedición a Cuba. Sostuvo siempre con gran tenacidad la causa de Colón (que era la real), en contra de los levantiscos e insubordinados capitanes de los soldados españoles.

Hallábase en la ciudad del cacique Guariomen (hoy Isla de la Concepción) al frente de un destacamento de sólo treinta españoles, cuando se le presentó el turbulento Francisco Roldán que se había sublevado contra el gobierno de Colón, y exhortole a que siguiera su ejemplo, primero con promesas y después con amenazas. Garci-Fernández no escuchó las primeras y virilmente rechazó las segundas, encerrándose dispuesto a defenderse en la casa fuerte que tenía por cuartel. Ante la amenaza de Roldán de incendiar la casa, Garci-Fernández le retó a hacerlo, pero comprendiendo Roldán que con semejante reto se produciría un desastre. Se retiró llevándose las provisiones que el cacique tenía para las escasas tropas de Barrantes. En pago de sus servicios fue nombrado Alcaide de la ciudad de Santiago y jamás cometió injusticias ni crueldades con los indios.

Era tan grande la opinión que le tenía Colón, que cuando fueron sometidos los rebeldes de Roldán, estimando el almirante que era necesario en España personas que defendieran su causa contra las calumnias de los insurrectos que habían regresado y que con sus insidias minaban en la corte su reputación, eligió a Garci-Fernández juntamente con el veterano capitán Baellester para que abonasen ante los Reyes su intachable conducta tan vilipendiada entonces, como hoy ensalzada.

Con la semblanza de estos tres extremeños creo retratar lo que fueron los españoles en la conquista y colonización de América, la cual si se cometieron grandes errores fueron más numerosas las grandes virtudes.

Estas grandes virtudes las siguieron sembrando los misioneros enviados por la corona de España. Citaremos como ejemplo a Paraguay descubierto por Juan de Solís en 1515 y conquistado después de grandes combates con los indios.

En 1590 los españoles habían fundado diez ciudades y cuarenta colonias y los indígenas, por el sistema de encomienda, quedaron reducidos a la esclavitud.

Era inútil que en España los reyes dieran las mejores leyes y órdenes a favor de los indígenas pues a tan larga distancia los encomenderos hacían caso omiso de ellas o las desfiguraban a su manera, siendo el resultado el odio de los indígenas a los españoles y su huida a los bosques del interior.

Los misioneros decidieron acompañar a los primeros expedicionarios, pero en razón a la conducta de estos vieron muy poco avance en su predicación de la fe de Cristo, decidiendo por lo tanto seguir a los indígenas en su huida, protegiendo así su libertad lo que provocó gran animosidad contra los misioneros entre los encomenderos. Pero a pesar de ello, el rey Felipe III prestó a las misiones su debida protección autorizando a los indios a poseer armas de fuego.

La acción de los misioneros fue de gran beneficio para los indígenas hasta que en el siglo XVIII fueron expulsados los Jesuitas por el rey Carlos III.

Citaremos como caso curioso que Fray Bartolomé de las Casas llegó a América como encomendero, pero viendo la conducta de éstos decidió proteger a los indios contra la injusticia, dictando su justas “Leyes de Indias” y exigiendo su cumplimiento.

Oct 011985
 

Luis Núñez Secos.

Muchos son los trujillanos que pasan de los sesenta años y recuerdan la inauguración de la estatua a 1º de Junio de 1929 pero pocos son los que saben que la aspiración de tener en Trujillo este monumento a su Ilustre hijo fue mucho mas antigua… Ya en 1892 con motivo del cuarto centenario del descubrimiento de América por Cristóbal Colón el Municipio trujillano envió a Huelva una lucida representación y fue entonces cuando un entusiasta trujillano, D. Anselmo Blázquez Pedraza, culto Notario, de una viva inteligencia y un gracejo inevitable concibió la idea de la construcción de un monumento a Pizarro y con otras personas de aquella época formó una especie de junta para dicho fin. Con el colaboraron D. Jacinto de Orellana-Pizarro y Díaz, Marqués de la Conquista, D. Prudencio Fernández de la Pelilla, D. Andrés Seco de Vargas y algunos más que no se recuerdan, llegando a conseguir del Sr. Cánovas del Castillo la promesa, de que el gobierno prestaría su apoyo a la idea.

Pero pasaron los años, fueron muriendo aquellas personas y con la penuria y sobresaltos nacionales que acarreo la guerra de Cuba y la perdida de las colonias dejo de hablarse durante muchos años del monumento a Pizarro; hasta que en 1912 en que siendo alcalde D. José Núñez Secos animado este por el entonces Comandante Militar de la Plaza Sr. Estévez, del culto presbítero D. Clodovaldo Naranjo, autor del libro «Trujillo y su tierra» por la prensa local y algunos entusiastas entre obreros y estudiantes volvieron a reanudarse los trabajos en pro de la construcción del monumento. Presto gran apoyo en este segundo intento otro trujillano de inmemorial recuerdo por su bondad y generosidad sin límites. Fue este D. Jacinto de Orellana-Pizarro y Abecia, Marques de Albaida, que alentó aquella comisión ofreciendo en cariñosa carta la entonces espléndida cantidad de 5.000 pesetas para encabezar una suscripción y además trabajó de una manera decidida con aquella comisión durante más de un año.

Se llegó a construir una maqueta en la que se representaba a Pizarro no a caballo sino a pie con un estandarte en la mano. Dicha maqueta yo he llorado al verla en el ayuntamiento donde creo aun continuará.

Se dieron algunos festejos para allegar recursos y se llegó a reunir en la suscripción a más de la ya citadas 5.000 pesetas otras 8 o 10.000 pesetas. Pero con estas cantidades era insuficiente no solo para la estatua sino para el pedestal de la misma. No se hizo efectiva la cantidad suscrita y con la salida de la alcaldía de D. José Núñez Secos y la muerte del Marqués de Albaida, pasaron varios años sin que se pudiera hablar de la estatua del Conquistador.

Pero a fines de 1924, empezó a correrse el rumor de que una señora norteamericana regalaba la estatua de Pizarro a la Ciudad de Trujillo. La esplendidez de la señora americana fue acogida con reserva y sin entusiasmo debido a los fracasos anteriores y se ponían en duda las noticias algo confusas que se iban recibiendo. Pero a medida que pasaban los días los detalles que se daban iban siendo mas cierto y por fin se supo que siendo Alcalde por segunda vez D. José Núñez Secos, este y D. Juan Terrones López salían para Madrid para ser presentados al Duque de Alba gran amigo de la señora norteamericana que regalaba la estatua y ponerse en relación directa el Duque con nuestra Ciudad para determinar los detalles del emplazamiento. La prensa atenta a sus deberes informativos procuro entrevistarse con D. Juan Terrones, el cual con su acostumbrada amabilidad contesta detalladamente a cuantas preguntas se le hicieron…….. ¿Díganos Sr. Terrones?……… Su contestación fue explícita.

Llegamos a Madrid el alcalde y yo a las once de la noche y al entrar en el hotel se nos entregó por el dueño del mismo una carta de D. Andrés Castellano Gendre en la cual decía no había tiempo que perder; el Duque no esperaba al día siguiente a las once así que a esa hora acudimos al palacio de Liria donde nos esperaba el Sr. Castellano acompañado de D. José Ortega y Gasset. Nos recibió el Duque con gran sencillez y amabilidad y después de los saludos de rigor le hicimos presente que los que habíamos acudido a su llamada éramos pocos por no haber tenido tiempo material para avisar a algunos trujillanos residentes en Madrid y otros que por sus urgentes ocupaciones no pudieron efectuar el viaje; pero que Trujillo entero agradecía su requerimiento y que en las sucesivas entrevistas que habíamos de tener con él sería más nutrida la representación de todos los estamentos sociales.

Nos manifestó el Duque tener que salir en breve de Madrid y antes cumplir el encargo de Mrs. Runmsey sin excusa dada la amistad con que me honra, y esta ha sido la causa de molestarles a ustedes con esta cita. Continuó el Duque diciendo que estando en África en una cacería de tigres hizo amistad con un hijo de dicha señora siendo este el origen de haber hecho extensiva la amistad a los padres de mi amigo. El Sr. Runmsey padre, multimillonario norteamericano, era hombre de gran cultura y de entusiasmo loco por España, por su historia y por sus conquistadores especialmente por Pizarro. Hizo grandes estudios sobre la Conquista del Perú y llego a enamorarse tanto de la obra colosal llevada a cabo por el valeroso trujillano de quien decía era superior en todo conceptos a los demás conquistadores. Era muy aficionado a la escultura y no sabiendo como enaltecer y perpetuar la memoria de Francisco Pizarro modeló una estatua ecuestre del Ilustre trujillano, que es la que tengo el gusto de mostrar a ustedes en esta fotografía que pueden llevarse a Trujillo pues para que la conozcan los trujillanos me las ha entregado su viuda.

Hay que hacer constar que el Sr. Runmsey hizo dos estatuas de Pizarro exactamente iguales, una de ellas fue regalada a Lima donde se encuentra y la otra es de la que estamos tratando; con esto queda demostrado no ser cierto lo que dice cierto escritor, que la estatua de Pizarro no es de éste sino de Hernán Cortes y que México la rechazó. Si eso fuese cierto ¿por qué no regaló a Medellín dicha estatua?, y ¿por qué fue el hacer dos iguales?.

Continua el Duque diciendo que muerto el Sr. Runmsey su viuda quiere llevar a efecto el pensamiento de su marido pues siente aun mayor entusiasmo que él por Pizarro, por Trujillo y por España, en su relación con América y encomienda con fervoroso entusiasmo ver colocada en Trujillo la estatua que modeló su marido. Ya sabe que hoy venían ustedes a reunirse conmigo para aceptar el regalo y esta misma mañana he recibido este telegrama que pueden leer en el que saluda a Trujillo y agradece en el alma acepten su oferta terminando el telegrama con un ¡Viva Pizarro!.

Continuo el Duque diciendo que el pedestal lo haríamos nosotros pues no era cosa de sablear a nadie. Trujillo pone lo que buenamente pueda y yo me ofrezco a contribuir con lo necesario. Se lo encargaremos a quien creamos pueda hacerlo mejor y el Sr. Ortega y Gasset allí presente estoy seguro se complacerá en redactar la leyenda de la lápida que ha de llevar el pedestal.

Esta primavera quiere ir a Trujillo Mrs. Runmsey para conocer la Ciudad y procuraremos la acompañe el Embajador del Perú y algún otro personaje pues esto gustará a los trujillanos. Su Majestad el Rey está al tanto de las corrientes favorables de Hispano-Americanismo le he enterado de los propósitos de Mrs. Runmsey y los aprueba con entusiasmo. También el Gobierno se muestra propicio y el Marqués de Magaz se ha ofrecido a dar toda clase ayuda como Franquicia Aduana, representación cuando se inaugure el monumento etc. etc.

Dijo el Duque que como la estatua estaba modelada por un aficionado tanto por el interés de Mrs. Runmsey como por el suyo propio antes de ser erigida quería fuese examinada por un profesional y al efecto se llamó al gran escultor Mariano Benlliure que examinó la obra con todo detalle asegurando era una escultura perfectísima que denotaba gran conocimiento dé los trajes de la época, de las armas, de los arreos y de la anatomía caballar pues los músculos y posición del caballo son exactos a los descritos en documentos históricos de aquella época. Ustedes me dirán si aprueban mis gestiones y creen necesaria alguna otra cosa. Creo que a Trujillo se le abren puertas para obtener en el futuro mayores bienes; hoy es la estatua, tras ella vendrán las visitas, las relaciones con otros pueblos y quien sabe donde puede llegar el ofrecimiento de Mrs. Runmsey. Tengo entendido que Trujillo es algo apático pero debe despertar de su modorra…. En fin ustedes dirán y verán lo que hacen.

Al terminar el Duque su amena conversación los visitantes quedaron absortos pues les parecía un sueño lo que acababan de oír. El alcalde dio las gracias en nombre de la Ciudad y ofreció al Duque que Trujillo sabría corresponder dignamente a las atenciones de que era objeto, pues si bien es cierto el carácter indolente de los trujillanos mucho de ello se debe al olvido constante que se tiene a esta región por parte de los poderes públicos pero que a pesar de ello sabríamos corresponder con entusiasmo sin límites al rasgo de Mrs. Runmsey y a las atenciones de V.E.

Abandonamos el Palacio de Liria impresionados, satisfechos y confiados en que Trujillo agradeciera y aprobara el rasgo de Mrs. Runmsey.

Hasta aquí la relación que nos hace el Sr. Terrones.

En efecto aquella primavera venía a Trujillo Mrs. Runmsey siendo recibida con gran entusiasmo por gran multitud de trujillanos. Dicha señora ofreció costear todo lo referente al emplazamiento de la estatua y se encargo el proyecto al inminente arquitecto D. Pedro Muguruza a quien la estatua no le gustó tanto como a Benlluire y propuso su instalación en el Campillo (Hoy plaza del General Mola), a lo cual Mrs. Runmsey no accedió pues era su deseo que la estatua fuese instalada en la Plaza Mayor. El Sr. Muguruza hizo el proyecto para instalarla en el centro de la Plaza, pero hubo oposición por gran parte de trujillanos que no querían ver desaparecer el pilar; se hizo otro proyecto situando la estatua, delante de donde se encontraba la plaza de mercado pero tampoco satisfizo al pueblo y al fin se hizo el proyecto ubicando la estatua donde se encuentra en la actualidad.

Fue inaugurado el monumento el 9 de Junio de 1929 descubriendo la estatua Mrs. Runmsey en presencia de autoridades civiles militares y eclesiásticas, locales, provinciales y nacionales asistiendo el Presidente del Gobierno General Don Miguel Primo de Rivera, y en representación de S.M. el Rey lo hicieron sus S.S. A.A. reales Dª. Beatriz y Don Alfonso de Orleans. También asistieron numerosos embajadores así como los descendientes del Conquistador.

Esta es la historia de la erección del monumento a Pizarro en Trujillo que por unos es admirado y por otros censurado, pero es el caso que ha atraído multitud de visitantes a Trujillo siendo una de sus principales ilusiones el ver la estatua y retratarse ante ella, así como adquirir postales que han dado la vuelta al mundo proclamando la grandeza y el valor del Ilustre trujillano que fue Francisco Pizarro Conquistador del Perú.

Trujillo, Agosto de 1985