Oct 011993
 

Mª Jesús Fernández García.

Si bien la intención última y fundamental que motiva los primeros relatos sobre el Nuevo Continente es informativa y forma parte de la obligación adquirida por los viajeros-conquistadores de referir detalladamente a la corona sobre lo acaecido y lo hallado en las nuevas tierras, sus narraciones y las de posteriores cronistas, algunos de ellos meros recopiladores de las historias oídas y otros auténticos etnógrafos, tienen el carácter de textos interesantes para su estudio desde la perspectiva historiográfica, pero también filológica. Aunque descartada a priori cualquier intención de nacer como textos literarios, las crónicas sobre América son desde hace tiempo consideradas una importante página de la historia literaria en lengua española.

El relato del primer contacto con América llega de la mano de su más directo protagonista, Cristóbal Colón[1], en forma de diario de navegación y de cartas. Por su parte, Hernán Cortés será el cronista, aunque no único, de una nueva etapa en el proceso, la de conquista y dominación militar de los pueblos de Mesoamérica; le seguirán F. López de Gomara, que escribe a partir de los recuerdos del conquistador, y Bernal Díaz del Castillo, cuya Historia Verdadera de la Conquista de Nueva España es resultado de una reacción crítica ante la versión de los hechos dada por López de Gomara. Vendrán después nuevas visiones de la «gesta» y de la figura del conquistador en la línea de una historiografía de las grandes epopeyas y de los héroes.

En el caso de las Cartas de relación de Hernán Cortés se ha destacado la presencia continua de un deseo de encumbramiento personal[2], palpable a través de la personalización de los acontecimientos y de la toma de decisiones. Los móviles políticos y económicos que el conquistador tenía tanto en tierras americanas como españolas subyacen al relato, que se presenta en forma de cartas al Emperador como una comunicación aparentemente cerrada, donde un emisor en primera persona refiere su experiencia personalísima en las nuevas tierras que los españoles van ocupando política y militarmente. En Hernán Cortés se unen cronista y protagonista siguiendo el modelo autobiográfico que, para las Crónicas de Indias, inauguró Colón y que será después muy seguido. Caracteriza este modelo la focalización personal de todo el relato.

De entre las cinco cartas[3] que Hernán Cortés escribe al emperador Carlos I, hemos elegido la Segunda Relación. Esta carta, como relato de un viaje, contiene los avatares vividos en un espacio que va desde el puerto de Veracruz, ciudad fundada por Cortés en 1519 y de donde sale la expedición en Agosto de ese mismo año, hasta la ciudad de Tenochtitlán, posterior salida de ella y vuelta a Segura de la Frontera, población que habían fundado los españoles poco antes como puesto defensivo y fronterizo entre el señorío de Moctezuma y las provincias de los aliados y nuevos vasallos de la corona española. En esta población concluye Cortés su relación al Emperador en Octubre de 1530. Desde su arribo al continente, la fama de la ciudad de Tenochtitlán y del poder de su cacique Moctezuma determinó que Cortés convirtiera a una y otro en el objetivo último de su internada en el territorio azteca desde la costa. Aunque Hernán Cortés escribe su relación no como diario sino como una visión retrospectiva de lo acaecido bastantes meses antes al momento de su narración, cronológicamente los hechos se recuperan en una secuencia lineal fiel a su sucesión real en el tiempo, de modo que el relato progresa como un lento avance hacia la gran ciudad.

El conjunto de la carta atiende a dos ejes: por un lado la narración de lo hecho y por otro la descripción de lo visto. A ellas, se superpone un metadiscurso compuesto por las reflexiones y las dudas que el autor manifiesta sobre su capacidad de transmitir con verosimilitud su experiencia y, en general, sobre la dificultad de aprehender verbalmente las nuevas realidades[4].

Aunque los acontecimientos que se narran en esta Segunda Relación son de gran trascendencia en la trayectoria personal del conquistador, según ha puesto de manifiesto la historiografía sobre él[5], nuestro objeto de análisis se encuentra en el eje de la visión, de la descripción de lo visto por Cortés. Distintos autores se han detenido en este aspecto especialmente atractivo que es el de la reacción del descubridor, conquistador, colonizador, en suma, del hombre europeo ante la visión de una realidad desconocida y se han empleado distintos términos para intentar sintetizarla en una palabra: asombro, sorpresa, admiración.

Eran sobrados los motivos que tenían los españoles para asombrarse y uno de ellos es el paisaje. Aunque se ha reconocido la importancia que la descripción de la naturaleza tiene en los cronistas de Indias hasta el punto de que en algunos de ellos es un «valor artístico aislado»[6], no se ha incidido demasiado en distinguir la descripción del paisaje natural de la de un paisaje urbano.

El paisaje natural y selvático[7] que tanto representa en el discurso de otros cronistas está en un segundo plano en Hernán Cortés que hace menciones más bien breves y generales a él:

«e así pasé un puerto que está al fin desta provincia, que pusimos nombre el puerto del Nombre de Dios, por ser el primero que en estas tierras habíamos pasado. El cual es tan agro y alto, que no lo hay en España otro tan dificultoso de pasar.»

«Desde aquí anduve tres jornadas de despoblado y tierra inhabitable a causa de su esterilidad y falta de agua y muy gran frialdad que en ella hay…»

Tan sólo en una ocasión la contemplación de dos volcanes[8] le merece mayor atención y la descripción es más reposada:

«Que a ocho leguas desta ciudad de Churultecal están dos sierras muy altas y muy maravillosas, porque en fin de agosto tienen tanta nieve que otra cosa de lo alto dellas sino la nieve se parece; y de la una, que es la más alta, sale muchas veces, así de día como de noche, tan grande bulto de humo como una gran casa, y sube encima de la sierra hasta las nubes, tan derecho como una vira; que, según parece, es tanta la fuerza con que sale, que aunque arriba en la sierra anda siempre muy recio viento, no lo puede torcer; y porque yo siempre he deseado de todas las cosas desta tierra poder hacer a vuestra alteza muy particular relación, quise désta, que me pareció algo maravillosa, saber el secreto, y envié diez de mis compañeros, tales cuales para semejante negocio eran necesarios, y con algunos naturales de la tierra que los guiasen y les encomendé mucho procurasen de subir la dicha sierra y saber el secreto de aquel humo de dónde y cómo salía…»

Una descripción por otra parte plagada de algunos de los recursos más frecuentes en el estilo descriptivo de Hernán Cortés, como veremos para la descripción de las ciudades, y que pueden entenderse como vehículos de la expresión de un sentimiento de asombro. Nos referimos a la presencia de partículas como muy, mucho, tan, tanto, a veces en estructuras comparativas o consecutivas, y a adjetivos como maravilloso y gran(de).

La focalización es mucho más nítida y detallada cuando el centro de la descripción son algunas de las ciudades que Cortés halla a su paso camino de Tenochtitlán. Hasta el momento de esta expedición la experiencia colonial de Hernán Cortés se reducía a las islas, por ello su viaje por el interior del Continente supone el progresivo descubrimiento de una civilización altamente desarrollada como el propio Cortés reconoce. Descubrir ciudades con una organización, tanto urbanística como comercial, en nada menor a la europea era quizás lo que el conquistador menos podía esperar. El auténtico encuentro con estas civilizaciones y el asombro que ello produce en Cortés tienen su momento preciso ante la contemplación de las ciudades mesoamericanas. La descripción de las mismas refleja la admiración que despiertan en los recién llegados españoles, admiración teñida sin duda de intereses económicos y políticos. El lenguaje que sirve a esta descripción es lo que desde nuestra perspectiva filológica más nos interesa y, en concreto, determinar qué recursos lingüísticos emplea el cronista y al servicio de qué visión están.

LAS CIUDADES MEXICANAS:

Hernán Cortés nombra en su Segunda Relación veinticuatro ciudades, de las cuales visita catorce[9], aunque describe detalladamente sólo siete, aquellas que debieron parecerle más importantes.

Pero además Cortés plaga su narración de referencias a ciudades pequeñas, pueblos, aldeas y alquerías, poblaciones menores en general, de las que normalmente no menciona el topónimo. El efecto logrado es la sensación de que los territorios por los que deambulan los españoles no son parajes deshabitados sino que, muy al contrario, densamente poblados[10]:

«Y a la cuarta jornada entré en una provincia que se llama Sienchimalen, en que hay en ella una villa muy fuerte y puesta en recio lugar (…); y en el llano hay muchas aldeas y alquerías de a quinientos y a trescientos y a doscientos vecinos labradores (…)»

«E antes que hobiesen lugar de se juntar les quemé cinco o seis lugares pequeños de hasta cien vecinos e truje cerca de cuatrocientas personas, entre hombres y mujeres, presos…»

«(…) y en la ribera dél hay muchas y grandes poblaciones, y toda la provincia es muy llana y muy fuerte, y abundosa de todas las cosas de la tierra y de mucho y casi innumerable gente.»

«En esta gran ciudad estuve proveyendo las cosas que parecía que convenía al servicio de vuestra sacra majestad, y pacificando y atrayendo a él muchas provincias, y tierras pobladas de muchas y muy grandes ciudades y villas y fortalezas…»

Al lado de estas poblaciones menores y algunas ciudades de las que apenas nos ofrece más que el nombre, fueron objeto de una descripción más detallada siete ciudades que son por orden de aparición en el relato Tascaltecal, Churultecal, Temixtitán, Iztapalapa, Tezcuco, Ocupatuyo e Izzucan. La capital del imperio azteca, Temixtitán[11], es de entre ellas la más extensamente descrita. El ritmo del relato se frena para resaltar con detalle cada una de sus particularidades.

En la descripción de unas y otras hay unos elementos comunes que aparecen en mayor o menor medida desarrollados:

1. Como acabamos de ver el número de habitantes es casi una constante en la información sobre una ciudad, al igual que la localización de la misma que se hace bien señalando la distancia en leguas de otra ya conocida o bien dando alguna peculiaridad del terreno en que se ubica:

«Esta ciudad de Churultecal está asentada en un llano…»

«E aquellas personas que conmigo iban a Muteczuma me dijeron que no parase, sino que me fuese a otra ciudad que está a tres leguas de allí, que se dice Iztapalapa (…) Terná esta ciudad de Iztapalapa doce o quince mil vecinos; la cual está en la costa de una laguna salada grande, la mitad del agua y la otra mitad en la tierra firme.»

«E la cabeza dél es una muy gran ciudad que está junto a esta laguna salada (…) E llámase esta ciudad Tezcuco, y será de hasta treinta mil vecinos.»

«En este tiempo vinieron a se ofrecer al real servicio de vuestra majestad los naturales de una población grande que está encima de aquellas sierras, dos leguas de donde el real de los enemigos estaba, y también al pie de la sierra donde he dicho que sale aquel humo, que se llama esta dicha población Ocupatuyo (…) Será esta ciudad de hasta cinco o seis mil vecinos…»

2. Un índice de desarrollo y bienestar para Cortés lo constituyen las casas y edificios en general: es importante su número en una localidad, la riqueza de los materiales constructivos, su extensión y número de aposentos así como la existencia en ellas de jardines o huertas aledaños. Por ello son habituales informaciones como:

«Esta ciudad de Churultecal (…) tiene hasta veinte mil casas dentro del cuerpo de la ciudad, e tiene arrabales otras tantas.»

En Iztapalapa:

«Tiene el señor della unas casa nuevas que aún no están acabadas, que son tan buenas como las mejores de España, digo de grandes y bien labradas, así de obra de cantería como de carpintería y suelos (…) Tiene en muchos cuartos altos y bajos jardines muy frescos (…) Tiene una muy grande huerta junto a la casa (…) y dentro de la huerta una muy grande alberca de agua dulce, muy cuadrada, y las paredes della de gentil cantería…»

En Tezcuco:

«Tiene, señor, en ella muy maravillosas casas y mezquitas, y oratorios muy grandes y muy labrados.»

En Caltanni, una población menor que no se incluye en este grupo de las mejor descritas, llamó la atención de Cortés la calidad de las casas del cacique local:

«(…) y a la abajada del dicho puerto, entre unas sierras muy agras, está un valle muy poblado (…) llegué a un asiento algo más llano, donde pareció estar el señor de aquel valle, que tenía las mayores y más bien labradas casas que hasta entonces en esta tierra habíamos visto, porque eran todas de cantería labradas y muy nuevas, e había en ellas muchas y muy grandes y hermosas salas y muchos aposentos muy bien obrados; y este valle y población se llama Caltanni.»

Comentarios breves sobre las casas se desperdigan a lo largo de toda la Segunda Relación y todos tienen en común la calificación en grado superlativo del adjetivo que se atribuye a dichas construcciones:

«nos aposentaron en unas muy buenas casas del señor del lugar»

«y en lo alto de este cerro terná una población de hasta cinco o seis mil vecinos, de muy buenas casas…»

«dije que había muy grandes poblaciones y casas muy bien obradas, de mejor cantería que en ninguna de estas partes se había visto.»

Sorprenden especialmente a Cortés los edificios religiosos. Este encuentro con una realidad que desconoce, la del templo-pirámide azteca, y la necesidad de nombrarlo le lleva a elegir un término como mezquita, con que se denomina la realidad antagónica del mundo católico que Cortés siente más próxima[12]:

«E certifico a vuestra alteza que yo conté desde una mezquita cuatrocientas y tantas torres en la dicha ciudad, y todas son de mezquitas.»

«(…) en todas muy buenos edificios de casas y torres, en especial las casas de los señores y personas principales y de las sus mezquitas u oratorios, donde ellos tienen a sus ídolos.»

3. En consonancia con el planteamiento utilitario y con la visión del colonizador que centra su atención sobre todo en la viabilidad de un proyecto de ocupación y explotación económica, están por un lado las descripciones de los mercados y por otro la mención, siempre ponderativa, de las tierras de labranza:

3.a. En cuanto a los mercados, las descripciones pormenorizadas corresponden a los de Tascaltecal y al de la capital, Tecnochtitlán; en ambas se resaltan, por un lado, la cantidad de los productos que pueden hallarse en dichos mercados y para ello se sirve del empleo frecuentísimo de los cuantificadores mucho(a) y tanto(a)al igual que de enumeraciones. La calidad se subraya por medio del adverbio muy, modificador siempre de adjetivos positivos y también por medio de comparaciones con realidades del ámbito hispánico o del mundo. Por último, un rasgo como la variedad se expresa por medio del determinante todo (a). El conjunto de estos elementos o recursos superlativos convierte las descripciones en un cuadro de conjunto que recoge productos, oficios vinculados a la venta, medidas, recaudadores de impuestos y personas que deambulan por él, todos bajo una visión subjetiva que les encarece y exalta sus valores.

En Tascaltecal:

«Hay en esta ciudad un mercado en que cuotidianamente, todos los días, hay en él de treinta mil almas arriba vendiendo y comprando, sin otros muchos mercadillos que hay por la ciudad en parte. En este mercado hay todas cuantas cosas, así de mantenimiento como de vestido y calzado, que ellos tratan y pueden haber. Hay joyerías de oro y plata y piedras (…) tan bien concertado como puede ser en todas las plazas y mercados del mundo. Hay mucha loza de todas maneras y muy buena, y tal como la mejor de España. Venden mucha leña y carbón y yerbas de comer y medicinales. Hay casas donde lavan las cabezas como barbero y las rapan; hay baños. Finalmente que entre ellos hay de toda manera de buena orden y policia y es gente de toda razón y concierto.»

La descripción del mercado de Tenochtitlán es más prolija en enumeraciones de minerales, de aves, de hierbas, de verduras y frutas, de pescados y en general de todos los productos que podían hallarse en él, desde ropa de algodón hasta vasijas de barro, pasando por colores para pintores, cuya venta se distribuye por calles como era también la costumbre gremial en Europa. La necesidad de subrayar cantidad y variedad requiere de expresiones como «en mucha cantidad», «en gran cantidad», «infinitas maneras», «de diversas maneras», «de muchas maneras» (además de las ya señaladas mucho y todo), que culminan en frases ponderativas del tipo de:

«(…) donde hay todos los géneros de mercadurías que en todas las tierras se hallan (…), donde venden todos los linajes de aves que hay en la tierra (…) donde hay todas las raíces y yerbas medicinales que en la tierra se hallan (…) Hay todas las maneras de verduras que se fallan.»

Y para concluir:

«Finalmente, que en los dichos mercados se venden todas cuantas cosas se hallan en toda la tierra, que demás de las que he dicho son tantas y de tantas calidades, que por prolijidad y por no me ocurrir tantas a la memoria, y aun por no saber poner los nombres, no las expreso.»

Estilo encomiástico que se da desde el primer momento de la descripción donde se refiere al lugar en que se instala el mercado y al número de personas que acuden a él:

«Tiene otra plaza tan grande como dos veces la ciudad de Salamanca, toda cercada de portales alrededor, donde hay cotidianamente arriba de sesenta mil ánimas comprando y vendiendo.»

3.b. Por lo que se refiere a la información sobre las tierras de labor es siempre de tipo positivo, resaltándose su fertilidad y su buen aprovechamiento, con lo que se subraya al mismo tiempo el desarrollo de las técnicas agrícolas. Las tierras en torno a la ciudad de Tascaltecal:

«En esta provincia de muchos valles llanos y hermosos, y todos labrados y sembrados, sin haber en ella cosa vacua.»

En Churultecal:

«Esta ciudad es muy fértil de labranzas, porque tiene mucha tierra y se riega la más parte della (…), porque es tanta la multitud de la gente que en estas partes mora, que ni un palmo de tierra hay que no esté labrado.»

En Izzucan:

«Tiene un balle redondo, muy fértil de frutas y algodón, que en ninguna parte de arriba se hace (…); todo este valle se riega por muy buenas acequias, que tienen muy bien sacadas y concertadas.»

El conjunto de esta información debe considerarse de tipo socioeconómico; al mismo tiempo que con admiración y con sorpresa, Cortés describe con los ojos de un hombre práctico que encuentra calidades insospechadas y que quiere transmitir el valor, también material, del hallazgo, de esta forma justifica indirectamente su presencia y su modo de proceder puesto que el resultado compensa sobradamente las dificultades de la empresa.

4. En las dos últimas ciudades descritas por Cortés, tras la experiencia del levantamiento de Tenochtitlán, la información sobre las mediadas defensivas de las ciudades se hace más detallada:

En Ocupatuyo:

«Y toda esta ciudad está cercada de muy fuerte muro de cal y canto, tan alto como cuatro estados por de fuera de la ciudad (…) Y por toda esta muralla va su petril tan alto como medio estado; para pelear tiene cuatro entradas tan anchas como uno puede entrar a caballo (…) En toda la cerca tienen mucha cantidad de piedras grandes y pequeñas y de todas las maneras, con que pelean.»

En Izzucan:

«Está en un llano a la falda de un cerro mediano, donde tiene una muy buena fortaleza; y por la otra parte del llano está cercada de un hondo río y de barranca, que es muy alta, y sobre la barranca hecho un pretil toda la ciudad, tan alto como un estado; tenía por toda esta cerca muchas piedras.»

Como venimos viendo, la descripción no es plana y falta de emotividad en ningún caso. Cortés no tiene inconveniente en expresar la admiración que le produce la contemplación de ciertas ciudades y admitir lo increíble que su relato puede resultar:

De Tascaltecal:

«La ciudad es tan grande y de tanta admiración, que aunque mucho de lo que de ella podría decir dejé, lo poco que diré creo que es casi increíble…»

De Tenochtitlán:

«(…) mas como pudiere, diré algunas cosas de las que vi, que, aunque mal dichas, bien sé que serán de tanta admiración que no se podrán creer, porque los que con nuestros propios ojos las vemos nolas podemos con el entendimiento comprehender…»

Esta admiración se traduce en el relato en una serie de recursos lingüísticos, principalmente recursos de superlación[13] cuya acumulación en cualquiera de las descripciones lleva a concluir que la visión de Cortés es sobre todo magnificadora del paisaje urbano.

1. El recurso más frecuente es la intensificación por medio del adverbio muy, modificador habitual de adjetivos cuyo significado remite a esferas distintas pero siempre positivas: muy poblada, muy torreada, muy alta, muy concertada, muy abrigada de sierras, etc.

La asociación al adjetivo buen(o), tanto antepuesto como pospuesto al sustantivo, y al adverbio bien es una de las más frecuentes: cosas que ellos comen muy buenas, nos metieron en una aposento muy bueno, me hicieron muy buen acogimiento, de muy buen suelo, muy buenas tierras, muy buena fortaleza, muy buenas acequias, muy bien sacadas y concertadas, oratorios muy grandes y muy bien labrados.

Con otros adjetivos como, gran(de), fuerte y fértil la intensificación con muy tiene también varios ejemplos:

  • una muy grande huerta, una muy gran(de) ciudad, un muy gran sitio, oratorios muy grandes, una muy grande alberca;

  • el aposento era muy fuerte, oratorios muy fuertes, cercada de muy fuerte muro de cal;

  • esta ciudad es muy fértil, un balle muy fértil.

En algún caso el adverbio refuerza la expresión de un adjetivo de por sí ya ponderativo: muy maravillosas casas y mezquitas, muy hermosos corredores y salas; o de estructuras comparativas: muy mayor que, muy más fuerte que, muy mucha más gente que.

2. Mucho(a) acompañando a un sustantivo para expresar la cantidad de forma imprecisa no tiene normalmente valor superlativo, sin embargo es su reiterada presencia en algunos contextos en los que se une a otras formas como muy, tan o todo, permite atribuirle una intención intensificadora del número. En Iztapalapa Cortés describe la casa del señor local en estos términos:

«Tiene en muchos cuartos altos y bajos jardines muy frescos, de muchos árboles y flores olorosas; asimismo albercas de agua dulce muy bien labradas, con sus escaleras hasta el fondo. Tiene una muy grande huerta junto a la casa, y sobre ella un mirador de muy hermosos corredores y salas, y dentro de la huerta una muygrande alberca de agua dulce, muy cuadrada, y las paredes della de gentil cantería, e alrededor della un andén de muy buen suelo ladrillado, tan ancho, que pueden ir por el cuatro paseándose (…). De la otra parte del andén, hacia la pared de la huerta, va todo labrado de cañas con unas verjas, y detrás della todo de arboledas y yerbas olorosas, y dentro del alberca hay mucho pescado, y muchas aves, así como lavancos y cercetas y otros géneros de aves de agua; y tantas, que muchasaves casi cubre en el agua.»

Otros cuantificadores como taltantanto o el adjetivo gran(de) no son tan habituales como muy y mucho. Los primeros cuando aparecen lo hacen en estructuras consecutivas de intensidad y gran tiene valor ponderativo en el sintagma «la gran ciudad» que sustituye con mucha frecuencia al topónimo Tenochtitlán. El adverbiobien también intensifica adjetivos en ejemplos como: bien rico, bien satisfecho y bien grande y maravilloso.

En cuanto a los numerales parece que en algunos casos su imprecisión les hace funcionar más como indicación intensificadora de la cantidad que como cifra con valor real: «una población de cuatro o cinco mil indios».

La presencia de adjetivos y sustantivos con valor ponderativo tampoco es muy abundante: se reiteran adjetivos como maravilloso (a), hermoso y gentil, además de sustantivos como grandeza o bondad.

3. En cuanto a la expresión sintagmática, la mayoría de las locuciones que podemos aislar se orientan a la intensificación de la cantidad: «en mucha cantidad», «de toda manera», «sin cuento», «hasta» y «más de» seguidas del numeral.

4. Las estructuras comparativas y las consecutivas de intensidad son las formas más frecuentes de expresión oracional con finalidad ponderativa.

4.a. La comparación, siempre de superioridad o de igualdad, se realiza en ocasiones con respecto a ciudades españolas o al conjunto de España[14]:

En Tascaltecal:

«La ciudad es tan grande y de tanta admiración (…) porque es muy mayor que Granada y muy más fuerte y de tan buenos edificios y de muy mucha más gente que Granada tenía al tiempo que se ganó…»

En Temixtitán:

«Es tan grande la ciudad como Sevilla y Córdoba.»

«Tiene esta ciudad muchas plazas (…) Tiene otra plaza tan grande como dos veces la ciudad de Salamanca.»

En Iztapalapa:

«Tiene el señor della unas casas nuevas que aún no están acabadas, que son tan buenas como las mejores de España, digo de grandes y bien labradas.»

Sus soldados, enviados a ver las minas de oro de Moctezuma, cuentan haber visto muchas y grandes ciudades:

«En especial me dijeron que habían visto una casa de aposentamiento y fortaleza que es mayor y más fuerte y más edificada que el castillo de Burgos.»

No faltan casos de comparación con el conjunto del mundo:

«Hay joyerías de oro y plata y piedras, y de otras joyas de plumajes, tan bien concertado como puede ser en todas las plazas y mercados del mundo.»

La comparación por medio de superlativos relativos con respecto a ciudades vistas anteriormente en el continente americano es un recurso que dibuja una línea creciente de progresivo asombro a medida que se conocen nuevas ciudades:

De Churultecal:

«Es la ciudad más a propósito de vivir los españoles que yo he visto de los puertos acá.»

De una población menor como Caltanni: «que tenía las mayores y más bien labradas casas que hasta entonces en esta tierra habíamos visto»

4.b. Las consecutivas de superlatividad o de intensidad son un recurso habitual para reflejar encomiásticamente cualidades y cantidades y aun para compararlas con otras realidades. Las correlaciones se hacen por medio de las partículas tan….que, tal….que y tanto….que:

Tascaltecal:

«Finalmente que entre ellos hay que toda manera de buena orden y policía y es gente de toda razón y concierto; y tal, que lo mejor de Africa no se le iguala.»

De Churultecal:

«En obra de quince o veinte días que allí estuve quedó la ciudad y tierra tan pacífica y tan poblada que parecía que nadie faltaba della.»

«(…) porque es tanta la multitud de la gente que en estas partes mora, que ni un palmo de tierra hay que no esté labrada.»

Iztapalapa:

«(…) e alrededor della un andén de muy buen suelo ladrillado, tan ancho, que pueden ir por él cuatro paseándose.»

Los españoles que visitaron las minas de oro describieron a Cortés lo visto:

«(…) y en el camino pasaron tres provincias, según los españoles dijeron, de muy hermosa tierra y de muchas villas y ciudades, y otras poblaciones en mucha cantidad, y de tales y tan buenos edificios, que dicen que en España no podían ser mejores.»

TENOCHTITLAN, LA GRAN CIUDAD:

Sin duda Tenochtitlán es el plato fuerte de la conquista de Hernán Cortés. En su segunda carta hace una amplia descripción de la más importante urbe del imperio azteca, descripción más extensa y detallada que incluye tanto a la ciudad como al gran señor de ella, Moctezuma. En el vocabulario cortesano Tenochtitlán es siempre «la gran ciudad», antes y después de su levantamiento contra los españoles:

«(…) entré por una calzada que va por medio desta dicha laguna de dos leguas, fasta llegar a la gran ciudad de Temixtitán»

«(…) en esta gran ciudad estuve proveyendo las cosas que parecía que convenía al servicio de vuestra sacra majestad»

«(…) porque yo quisiera tomar algunos a vida, para me informar de las cosas de la gran ciudad, y de quién era señor después de la muerte de Moctezuma»

«(…) de aquel herido, supe muy por extenso las cosas de la gran ciudad de Temixtitán»

A tal tipo de consideración de la ciudad le corresponde una equivalente para el señor de ella. Moctezuma siempre es «gran señor» que, lógicamente, ostenta un «gran poder» y tiene un extenso imperio donde ejercerlo, pues «era su señorío casi tanto como España» y «era tan temido de todos, así presentes como ausentes, que nunca principe del mundo lo fue más.»[15]

Desde el comienzo de la relación Cortés manifiesta su objeto de llegar hasta ella y hacer vasallo de la corona a su cacique a cualquier precio:

«Y dije asimesmo que tenía noticia de un gran señor que se llamaba Moctezuma, que los naturales desta tierra me habían dicho que en ella había (…) Y confiando en la grandeza de Dios, y con que me ofrecí (…) a mucho más de lo a mí posible. Porque certifiqué a vuestra alteza que lo habría, preso o muerto, o súbdito a la corona real de vuestra majestad.»

Conocida esta intención por Moctezuma en reiteradas ocasiones sus mensajeros intentan evitar este encuentro dibujando la ciudad a Cortés como pobre y estéril, restándole atractivos ante los ojos del conquistador:

«(…) y que todavía me rogaba que no curase de ir a su tierra, porque era estéril, y padeceríamos necesidad, y que de dondequiera que yo estuviese le enviase a pedir lo que yo quisiese, y que lo enviaría muy complidamente. Yo le respondí que la ida a su tierra no se podía excusar, porque había de enviar dél y della relación a vuestra majestad…»

«(…) de parte dél me dijeron que él me enviaba aquello y me rogaba que me volviese y no curase de ir a su ciudad, porque era tierra muy pobre de comida, y que para ir a ella había muy mal camino, y que estaba toda en agua, y que no podía entrar a ella sino en canoas, y otros muchos inconvenientes que para la ida me pusieron…»

La conciencia de su valor como centro económico-político del imperio, pero también de su calidad urbanística, le hacen considerarla con su habitual estilo encomiástico «la mejor y más noble ciudad de todo lo nuevamente descubierto del mundo, y ella perdida se perdía todo lo que estaba ganado por ser la cabeza de todo y a quien todos obedecían.»

En cualquier elemento de su descripción un recurso superlativo está presente:

Las calles:

La calle por la que se aproxima Moctezuma con su séquito al encuentro de Cortés «es muy ancha y muy hermosa y derecha». La ciudad «tiene cuatro entradas todas de calzada hecha a mano, tan ancha como dos lanzas jinetas» y «son las calles della, digo las principales, muy anchas y muy derechas».

Las casas:

«Hay en esta gran ciudad muchas casas muy buenas y muy grandes (…), demás de tener muy buenos y grandes aposentamientos, tienen muy gentiles vergeles de flores de diversas maneras.»

Los puentes:

«Hay sus puentes, de muy anchas y muy grandes vigas juntas y recias y bien labradas, y tales, que por muchas dellas pueden pasar diez de caballos juntos a la par.»

Los templos:

«Hay en esta gran ciudad muchas mezquitas o casas de sus ídolos, de muy hermosos edificios»

En la descripción del templo más importante de la ciudad se reúnen la mayor parte de los recursos de superlación que venimos viendo como los más frecuentes en el estilo de Cortés:

– el recurso a la falta de palabras para la descripción:

«(…) y entre estas mezquitas hay una, que es la principal, que no hay lengua humana que sepa explicar la grandeza y particularidades della»

– intensificación con muy y con cuantificadores como mucho y bien:

«Tiene dentro deste circuito, toda a la redonda, muy gentiles aposentos, en que hay muy grandes salas y corredores (…) Hay bien cuarenta torres muy altas y bien obradas.»

– ponderación con oraciones consecutivas de intensidad:

«(…) es tan grande, que dentro del circuito della, que es todo cercado de muro muy alto, se podía muy bien facer una villa de quinientos vecinos.»

«Son tan bien labradas, así de cantería como de madera, que no pueden ser mejor hechas ni labradas en ninguna parte.»

– estructuras comparativas con realidades españolas:

«Hay bien cuarenta torres muy altas (…); la más principal es más alta que la torre de la iglesia mayor de Sevilla.»

– la adjetivación, en forma superlativa o no, también es de contenido semántico positivo:

«hay unos buenos aposentos», «muy hermosos edificios», «muy gentiles aposentos».

5. Las llamadas «casas de placer» también le causan suficiente admiración a Cortés como para detenerse en una detallada descripción, plagada de enumeraciones. Se trata de distintos tipos de casas de recreo que van desde jardines con estanques, donde se crían las más variadas especies de aves y peces, hasta auténticos zoos donde se exhiben felinos enjaulados de todo tipo, pasando por casas donde los objetos estrambóticos son personas deformes, enanos o albinos.

5.a. El número y la variedad tanto de las casas como de los contenidos de ellas se ponderan de diversas formas:

– con mucho(a) y todas:

«Tenía, así fuera de la ciudad como dentro, muchas casas de placer, y cada una de su manera de pasatiempo.»

«Tenía otra casa donde tenía muchos hombres y mujeres monstruos.»

«E las otras casas de placer que tenía en su ciudad dejo de decir por ser muchas y de muchas calidades».

«y en cada una destas casas había un ave de rapiña, comenzando de cernícalo hasta a águila, todas cuantas se hallan en España y muchas más raleas que allá no se han visto.»

– con expresiones como «mucha cantidad» o «en cantidad»

«E de cada una destas raleas había mucha cantidad»

«Había en esta casa ciertas salas grandes (…) y en todas o en las más había leones, tigres, lobos, zorras y gatos de diversas maneras y de todos en cantidad»

5.b. Por su parte, las calidades son ponderadas por medio de:

– el adverbio muy intensificando el valor de adjetivos de por sí encarecedores como maravilloso, gentil o hermoso:

«Tenía una casa poco menos buena que ésta, donde tenía un muy hermoso jardín con ciertos miradores (…) y los mármoles y las losas dellos eran de jaspe, muy bien obradas.»

«Tenía otra casa muy hermosa, donde tenía un gran patio losado de muy gentiles losas.»

«Había en esta casa ciertas salas grandes, bajas, todas llenas de jaulas grandes, de muy gruesos maderos, muy bien labrados y encajados, y en todas o en las más había leones, tigres, lobos…»

– con una consecutiva de intensidad unida a la referencia a la imposibilidad de expresar verbalmente lo que se ha visto:

«Tenía dentro de la ciudad sus casas de aposentamiento, tales y tan maravillosas, que me parecería casi imposible decir la bondad y grandeza dellas. E por tanto no me porné en expresar cosas dellas, más de que en España no hay su semejante.»

– con oraciones comparativas:

«Tenía (…) muchas casas de placer (…) tan bien labradas cuanto se podía decir»

«E las casas eran hondas cuanto estado y medio, y tan grandes como seis pasos en cuadra.»

Incluso la falta de recurso alguno de superlación puede ser reflejo de la verosimilitud con que se quiere presentar algo que ha producido un gran asombro y que de otra manera podría parecer exageración. Así, la frecuente elección del verbo certificar evidencia el deseo de reforzar la autenticidad de un dato que magnifica la existencia de estos lugares de recreo: las exigencias económicas y el número de personas necesario para el mantenimiento diario de dichas casas de placer:

«Certifico a vuestra alteza que a las aves que solamente comían pescado se les daba cada día diez arrobas dél, que se toma de la laguna salada. Había para tener cargo destas aves trecientos hombres, que en ninguna otra cosa entendían.»

El estilo superlativo no se reduce a la descripción de la ciudad, está también presente en otras como en las de las riquezas de Moctezuma y en los regalos que éste hace a Cortés, pero tales descripciones sobrepasan nuestros límites.

En resumen, admiración y asombro ante la organización de las ciudades y la calidad de su urbanismo es la reacción del conquistador, pero subyace a esta manifestación una realidad de fondo: la existencia de una civilización con altos índices de desarrollo. La evidencia de este desarrollo en su vertiente socioeconómica (también técnica y cultural) tiene para Cortés su más palpable reflejo en el número de ciudades que vertebran el territorio, en las dimensiones de las mismas, en la fastuosidad de sus edificios públicos y en la racionalidad de su trazado viario. Todo ello le lleva a Cortés a equiparar con España esta tierra y pedir para ella el nombre de Nueva España:

«Por lo que yo he visto y comprehendido cerca de la similitud que toda esta tierra tiene a España, así en la fertilidad como en la grandeza y fríos que en ella hace, y en otras muchas cosas que la equiparan a ella, me pareció que el más conveniente nombre para esta tierra era el de la Nueva España del mar Océano; y así, en nombre de vuestra majestad se le puso aqueste nombre.»

Pese al sentimiento de predestinación religiosa que se ha destacado en la mentalidad cortesana, el discurso de Cortés en esta Segunda Relación no se basa en la contraposición del salvaje con el europeo. La consideración de estos pueblos como bárbaros se debe sobre todo a su desconocimiento de la religión católica y a la práctica de sacrificios humanos y en ningún momento al desprecio de otras formas culturales. Las referencias a sus similitudes con España y, en general, su estilo ponderativo, al tiempo que quieren construir la imagen de unos territorios ricos merecedores del esfuerzo conquistador y colonizador, son prueba del reconocimiento de una realidad equiparable a la conocida.

Pero en esta misma equiparación radica la raíz del problema americano: América no es una tierra de nadie, no es un despoblado donde el principio de prioridad sea aplicable. América ya estaba descubierta y la presencia española necesitará justificaciones teóricas y no sólo las estrictamente religiosas[16].

El discurso cortesano en esta Segunda Relación es acorde con la visión del desarrollo del medio urbano y lingüísticamente el estilo superlativo es el que le sirve para describirlo. El resultado es una visión magnificadora que se lleva a cabo por diversos medios:

  1. La superlación por vía morfemática no se da en el caso de las descripciones de ciudades.

  2. Los medios léxicos son fundamentalmente el adverbio muy y en contadas ocasiones bien; determinantes cuantificadores como mucho, tan, tanto, todo ogran; la adjetivación en las descripciones no es muy rica y básicamente se reduce a la repetición de adjetivos como maravilloso, hermoso y gentil. Tampoco son muy frecuentes los sustantivos con valor superlativo, apenas dos, grandeza y bondad.

  3. En cuanto a los medios sintagmáticos, como hemos visto, la superlación de cantidad y variedad se apoya en expresiones como en gran cantidad, en mucha cantidad, en todas maneras, etc.

  4. La expresión oracional de la ponderación se lleva a cabo mediante oraciones comparativas y consecutivas de intensidad.

  5. Si bien los recursos no son muy variados, es sobre todo la acumulación de ellos, y de otros que en principio no tienen sentido superlativo como la enumeración o la presencia continua de numerales, lo que traduce en el estilo descriptivo de Cortés esa impresión de asombro.

BIBLIOGRAFIA:

  • Hernán Cortés, Cartas de la Conquista de México, Madrid, Sarpe, 1987.

  • Cioranescu, A.: «De la Edad Media al Renacimiento: el descubrimiento de América y el arte de la descripción», Historia y Crítica de la Literatura española, Vol. 2, Barcelona, Crítica, 1980, pp. 243-246.

  • Donaire Pulido, Mª José: «La expresión de «superlación» en la poesía satírica, burlesca y amorosa de Quevedo», I Congreso Internacional de Historia de la Lengua Española, 1988, pp. 329-337.

  • Esteva Fabregat, Claudio: «Los indios de México en la versión de Cortés», Actas del Congreso Hernán Cortés y su tiempo, Editora Regional, 1987, pp. 475-496

  • González Calvo, José M.: «La expresión de la superlación en el Marqués de Santillana», I Congreso Internacional de Historia de la Lengua Española, 1988, pp. 417-433.

«Sobre la expresión de lo superlativo en español (1)», Anuario de Estudios Filológicos, 1984.

  • Martinell, Enma: «Manifestación lingüística del asombro: el Diario del primer viaje de Cristóbal Colón», I Congreso Internacional de Historia de la Lengua Española, 1988, pp. 1261-1271.

  • Rebollo Torío, M. A., «Cuestiones sobre el grado en español», Anuario de Estudios Filológicos, Facultad de Filosofía y Letras de la UNEX, pp. 191-195.

  • Rodríguez Cancho, Miguel y Pereira Iglesias, José Luis: «Conquista y colonización de Nueva España. Valoración Historiográfica», Actas del congreso Hernán Cortés y su tiempo, Editora Regional, 1987, pp.415-424.

  • Wilkes, John: Hernán Cortés, conquistador de México, Madrid, Akal, 1990.


NOTAS:

[1] Sobre la lengua del Almirante hay algunos estudios como el ya clásico de Menéndez Pidal «La lengua de Cristóbal Colón» (Bulletin Hispanique, XLII (1940), pp. 1-28) y, más reciente, el artículo de Enma Martinell «Manifestación lingüística del asombro: el Diario del primer viaje de Cristóbal Colón», Actas del I Congreso Internacional de Historia de la Lengua Española, 1988, pp. 1261-1271.

[2] Este afán por exaltar su triunfo personal tiene varias manifestaciones en el texto: por un lado, la omisión de los nombres de sus capitanes a los que, según Bernal Díaz del Castillo, consultaba siempre antes de cualquier acción arriesgada, dada la necesidad de mantener un grupo de fieles. Por otro, la continua referencia a que es muy bien recibido a su paso por pueblos y ciudades y a que deja tras de sí vasallos de la corona y «mis amigos». La intención es presentarse a sí mismo como una figura imprescindible para la conquista pacífica de los nuevos territorios. Este personalismo se ha explicado como un deseo de dejar a un lado a los posibles competidores en el fin político de convertirse en Gobernador de México.

[3] Citamos por la edición de las Cartas de la Conquista de México de la Biblioteca de Historia de España, Sarpe, 1987.

[4] Al comienzo de su segunda carta dice Cortés:

«E porque querer de todas las cosas destas partes y nuevos reinos de vuestra alteza decir todas las particularidades y cosas que en ellas hay y decir se debían sería casi proceder al infinito, (…) a vuestra sacra majestad suplico me mande perdonar; porque ni mi habilidad, ni la oportunidad del tiempo en que a la sazón me hallo, para ello me ayudan. Mas que todo, me esforzaré a decir a vuestra alteza lo menos mal que yo pudiere la verdad…»

Y antes de comenzar la descripción de Tenochtitlán, Cortés advierte:
«Porque para dar cuenta, muy poderoso señor, a vuestra real excelencia de la grandeza, extrañas y maravillosas cosas desta gran ciudad de Temixtitán, y del señorío y servicio deste Muteczuma, señor della (…) sería menester mucho tiempo y ser muchos relatores y muy expertos: no podré yo decir de cien partes una de las que dellas se podrían decir (…). Pero puede vuestra majestad ser cierto que si alguna falta en mi relación hobiere, que será antes por corto que por largo…»

Esta dificultad de describir realidades queno son identificables o superan lo previsible y desbordan la capacidad del cronista es también manifiesta en Colón:
«no bastarían mil lenguas a referillo, ni su mano para lo escribir»
Cita de Enma Marinell, «art. cit.», pág. 1270.

[5] Acontecimientos tales como la ruptura con la autoridad del gobernador de Cuba, el enfrentamiento con Pánfilo Narváez o el levantamiento de Tenochtitlán y la huida de la ciudad en lo que se ha llamado la Noche Triste.

[6] Así lo considera José Mª Martínez Val en «El paisaje geográfico en los historiadores de Indias», Revista de Indias, VI, 20, p. 2, citado por Enma Martinell, «art. cit.», pág. 1271.

[7] Incluso en el paisaje natural habría que distinguir el salvaje de un paisaje antrópico en el que Cortés sí se fija: tierras de labor, huertas, jardines, etc., como reflejo de una actividad económica despiertan el interés del conquistador, de modo que incluye su descripción como un índice más del desarrollo de estos pueblos.

[8] Se trata de los volcanes del Valle de México el Popocatépetl (5482 m.) y el Iztacihualt (5386 m)

[9] La información toponímica en esta Segunda Relación es muy abundante: nombres de ciudades, de provincias y pueblos, no así la onomástica personal.

[10] Contribuye a ello la continua información del número de vecinos de la localidad nombrada o descrita como recurso que permite hacerse una idea de su tamaño e importancia, aunque este dato siempre es un número aproximado que Cortés hace fluctuar en un centenar o un millar; también dan idea de la densidad de población las cantidades de individuos que participan en las batallas o forman parte de ejércitos, cifras que van desde treinta mil, cien mil, ciento cuarenta y nueve mil, hasta un «número infinito de gente de contrarios».

[11] Temixtitán es la variante empleada por Cortés del topónimo más generalizado de Tenochtitlán. De igual forma, Cortés emplea Muteczuma en lugar de Moctezuma.

[12] Alejandro Cioranescu, en su artículo «De la Edad Media al Renacimiento: el descubrimiento de América y el arte de la descripción» (Historia y Crítica de la Literatura española, Vol. 2, pp. 242-246), atribuye a esta primera generación de cronistas la peculiaridad de aprehender las nuevas realidades asimilándolas a las ya conocidas por medio de los nombres de éstas últimas. Los cronistas posteriores recogerán el nombre indígena reconociendo la absoluta originalidad de objetos, seres, etc. Los americanismos en la Segunda Relación son sólo tres: panicap «que es cierto brebaje que ellos beben», cacap «que es una fruta como almendras» ymaguey «miel de unas plantas que llaman (…) maguey, que es muy mejor que arrope.»

[13] Entendida la superlación como la expresión del máximo o mínimo grado de la calidad o de la cantidad. Ver en la bibliografía José M. González Calvo, Miguel A. Rebollo Torío y Mª José Donaire Pulido.

[14] La comparación con el mundo español es un modo de aproximar realidades, según Enma Martinell, «art. cit».

[15] La organización política que se deduce de este tipo de consideraciones es la de un férreo sistema centralista y personalista con una estructura aristocrática, que difería poco de los sistemas europeos. El propio Cortés hace una interpretación del sistema equiparando este funcionamiento al de las ciudades estado de Italia.

[16] Sobre esta cuestión de carácter historiográfico, los profesores Rodríguez Cancho y Pereira Iglesias (ver bibliografía) opinan que:
«Conceptos como los de Descubrimiento, Conquista y Pacificación y Colonización precisan de una rigurosa revisión y valoración historiográfica. El primero de tales conceptos, descubrimiento de América, es una invención del pensamiento europeo…» (pág. 416)

Y respecto a las justificaciones que la acción española en América precisó, añaden:
«Su legitimación requiere de un proceso teórico doctrinal elaborado a posteriori y que se basa en una doble línea argumental: consideraciones pragmáticas y utilitaristas (explotación económica), consideraciones ético-religiosas (evangelización) que se desarrollan con gran profusión entre los cronistas e historiadores de la época (…) Cuando los territorios son tierra de nadie, la justificación se fundamenta en el derecho de prioridad; pero las Indias tenían dueños legítimos ¿cómo privarles de tal derecho?»
(pág. 417)

Oct 011993
 

Miguel Alba Calzado y Mª Jesús Fernández García.

La vinculación entre mujer y alfarería está contenida en los relatos míticos sobre el origen de esta ocupación en culturas diversas y distantes. Muchas de estas interpretaciones míticas hacen depender la existencia de la alfarería de una divinidad femenina, identificada a veces con la propia Madre Tierra, que transmite el conocimiento en beneficio de la humanidad, en ocasiones a través de un agente también femenino[2].

Estudios etnográficos sobre sociedades africanas y americanas que hasta el presente siglo se han mantenido en estadios tecnológicamente primarios nos revelan que, en muchos de estos pueblos, la elaboración de vasijas de arcilla es tarea fundamentalmente femenina[3]. Pese a la distancia geográfica, se dan entre ámbitos culturales tan dispares como el africano y americano una serie de características coincidentes en lo que a la práctica alfarera se refiere: en primer lugar, es la mujer la responsable de todo el proceso de elaboración, un proceso técnico caracterizado por la ausencia de construcciones específicas y máquinas que determinan su factura totalmente manual. Además, el fin último de la producción es el abastecimiento local, cuando no se restringe al consumo propio, de modo que la comercialización rara vez supera los límites del poblado. De igual manera que para el hombre se reservan funciones muy específicas como la defensiva, la pastoril y la cinegética, entre las funciones domésticas de la mujer se incluye la manufactura de recipientes cerámicos junto a otras actividades artesanales como la elaboración de tejidos, de curtidos o la cestería. La cerámica resultante reúne unas características técnicas afines: además de su factura a mano (modelado estático)[4], las pastas son groseras, cocidas a baja temperatura en una atmósfera reductora o mixta que no siempre precisa de hornos. Las formas son simples y eminentemente utilitarias sin que la presencia o ausencia de decoración presente una pauta fija.

Si retrocedemos en el tiempo, encontramos esas mismas premisas técnicas en la cerámica Neolítica, Calcolítica y de la Edad del Bronce (Inicial y Pleno) de los yacimientos arqueológicos del actual territorio extremeño[5]. Si bien se carece de pruebas concluyentes acerca de su autoría, por paralelismo etnoarqueológico apoyado en la división del trabajo por sexos se podría argumentar que la alfarería pudo ser en su origen una actividad sino exclusiva sí mayoritariamente practicada por mujeres. De ser así, la producción cerámica femenina habría predominado alrededor de cinco mil años frente a los últimos dos mil quinientos mil de alfarería masculina. Con los profundos cambios aculturativos acaecidos en el Bronce Final y en la Edad del Hierro, aparecen entre los materiales arqueológicos[6] vasijas modeladas con torno rápido, de pastas decantadas y cocidas en hornos a alta temperatura en atmósfera oxidante[7], combinadas con otras de factura rudimentaria y de características semejantes a las anteriormente enumeradas para la cerámica más arcaica. La lectura que se ha hecho de este contraste es que coexisten dos tipos de producción: una, la autóctona, y otra foránea de las «cerámicas finas» llegadas en una primera fase a través del comercio en respuesta a una demanda promovida, entre otras razones, por motivos de prestigio social. Estas cerámicas torneadas, con el paso del tiempo, se generalizarán en el mundo ibérico mediante producciones de artesanos locales, artífices masculinos, probablemente, como entre griegos y fenicios. De igual forma «la nueva cerámica» aumentará progresivamente su presencia en las comunidades celtíberas castreñas del interior (por ejemplo, entre lusitanos y vettones), relegando paulatinamente a las de modelado estático atribuibles, como hipótesis, a la mujer dentro de una economía doméstica que pretende la autosuficiencia. Las vasijas a torno, «finas» y comunes denotan una ascendente especialización profesional, reflejo de los cambios sociales operados en la última fase de la Edad del Hierro, truncados por la completa asimilación cultural romana. Desde la romanización, el oficio es una actividad eminentemente masculina, plenamente especializada.

En resumen, sin desestimar motivos culturales importados relativos a la mentalidad y al comportamiento, parece que entre las causas que motivan el cambio de la actividad alfarera como tarea femenina a oficio masculino se hallan la profesionalización de los artífices (dedicación exclusiva), la asunción del torno rápido, el aumento de la producción a media y gran escala y la comercialización exterior.

Con la desarticulación del Imperio romano, las invasiones y el posterior establecimiento del reino visigótico, reaparece la cerámica modelada a mano (y a torneta), que coexiste con la producida a torno, por lo que cabe preguntarse si de nuevo la realización de la vajilla doméstica es asumida por la mujer en el marco de una economía autárquica rural. En cambio, en ciudades como Mérida[8], la cerámica altomedieval mantiene una ejecución técnica propia de alfareros de oficio que perpetuará la comunidad mozárabe hasta ser relevados por los artífices islámicos.

En los casos aún vigentes en la Península Ibérica de cerámica femenina, reducida a ámbitos rurales muy concretos, se mantienen atávicamente algunos de los rasgos que la enlazan con antiguas formas de elaboración alfarera. Así en Moveros y en Pereruela, provincia de Zamora, las mujeres protagonizan todo el proceso de elaboración[9]. Realizan sus vasijas, que constituyen una producción reducida, sobre una torneta baja que impulsan intermitentemente con la mano. Un caso semejante era el de Mota del Cuervo[10] (Cuenca) y el de algunas localidades asturianas. En territorio portugués, Emili Sempere documenta los centros de Pinhela, localidad próxima a la frontera con Zamora, y Malhada Sorda en la Beira Alta[11]. En Canarias[12], las alfareras prescinden del torno y de la torneta en la factura de sus piezas completamente manual. Un ejemplo de sistema mixto pervive en Molelos (Portugal), donde la mujer comparte con el hombre todas las funciones a excepción del torneado que compete al varón, en tanto que la cocción, en hornos de soenga, es responsabilidad femenina.

Las circunstancias que rodean hoy la participación femenina en Extremadura son muy distintas a las de los centros citados. A grandes rasgos, el papel de la mujer en la alfarería tradicional extremeña[13] se centra en la realización de tareas subsidiarias, habitualmente ocasionales y dependientes de la categoría económica del taller. Se da el caso de ausencia total en el proceso técnico en los centros dedicados a la producción de grandes recipientes de almacenamiento como tinajas[14] y conos, en tanto que su participación es prácticamente inexistente en los alfares desvinculados del espacio doméstico, denominados «fábricas»[15], o en aquellos donde, aun compartiendo el mismo espacio el obrador y la vivienda, en el pasado dispusieron de una plantilla amplia de oficiales y aprendices que cubrían cualquier aspecto del proceso, salvo lo relativo a ciertos tipos de decoración de los que tradicionalmente se ocupaba la mujer. Tampoco se ha dado presencia femenina en los obradores de elementos cerámicos para la construcción: teja, ladrillo, baldosa y tubos.

En lo referente a la comercialización hay una presencia tímida de la mujer, aunque poco a poco irá aumentando su protagonismo hasta compartir en algunos casos esta función con el hombre.

A modo de regla general para el ámbito extremeño, se puede afirmar que el grado de intervención de la mujer es mayor cuanto más limitados son los efectivos humanos y económicos de un alfar. En efecto, se observa la siguiente constante en todas las localidades alfareras: cuando el número de operarios[16] es tres o más, las posibilidades de intervención de la mujer se reducen al mínimo, si es que se dan; con dos, aumentan, aunque no deja de ser su participación ocasional y restringida; y en los que el alfarero trabaja en solitario es cuando la mujer pasa a asumir ciertas responsabilidades en el proceso de elaboración. En muchos casos, coincide este momento de mayor participación femenina con los primeros años de matrimonio y el establecimiento de un alfar propio y concluye cuando los hijos alcanzan la edad suficiente para reemplazarla. Con todo, en ningún caso se puede hablar de mujeres alfareras, sino de la esposa o la(s) hija(s) del alfarero que realizan esporádicamente unas funciones auxiliares muy concretas, tales como el acarreo de agua para proceder a la mezcla de las arcillas, retirar las vasijas de la mesa del torno, enasar, vigilar las fases de oreo y secado y cargar y descargar el horno. Tareas como la extracción de arcilla, desmenuzamiento, batido y colado, amasado, torneado y cocción son actividades reservadas por completo al hombre. Los motivos que sustentan tal exclusión son fundamentalmente las limitaciones físicas y causas de naturaleza sociocultural. Las primeras se deben al gran esfuerzo que hay que desarrollar en las actividades anteriormente mencionadas, para las que se considera al hombre más capacitado. La segunda argumentación basada en causas socioculturales, enraizadas en la mentalidad de un sistema patriarcal, va encaminada a conservar y reproducir unos patrones de comportamiento inquebrantables: la alfarería era una profesión privativa del rol masculino, por ello nunca se enseñaba el oficio a las hijas. El hermetismo llegaba incluso a privar de la transmisión del oficio a los hijos varones de las hijas del alfarero y a los hijos de los hermanos de la esposa.

En aquellos talleres más prósperos hay que añadir un tercer motivo: el hecho de alcanzar un determinado estatus económico implicaba liberar a la mujer de cualquier actividad manual fuera del ámbito doméstico.

En cambio, donde la mujer adquiría un protagonismo hegemónico, bien dentro o fuera del núcleo familiar, era y es en la decoración cerámica y, más concretamente, en determinadas técnicas decorativas. Como en el resto del panorama peninsular, la alfarería tradicional extremeña reúne una serie de motivos decorativos que de forma más o menos testimonial acompañan a la obra utilitaria. De ordinario, los sencillos motivos impresos o incisos, realizados durante el torneado, son obra del hombre. Sin embargo, a la mujer le corresponden aquellas decoraciones que son resultado de esquemas laboriosos con motivos florales o geométricos de factura esmerada, minuciosa y precisa que ocupan gran parte de las piezas. En el pasado dos técnicas decorativas eran exclusivas de la mujer: el enchinado y el bruñido. Ambas tienen como soporte preferentemente la obra de agua (jarro, botijos, cantarilla, jarra de agua, dama de noche, etc.) El bruñido consiste en efectuar dibujos sobre la superficie del recipiente, bañado en un engobe colorado muy fino, antes de que se haya secado la pieza, valiéndose de una piedra pulida (un pequeño canto de río) humedecida con la lengua; el resultado es un trazo brillante de rápida ejecución que, combinado con otros, da lugar a motivos vegetales preferentemente florales. El enchinado es la técnica decorativa basada en la incrustración de pequeñas piedras de cuarzo blanco sobre la superficie plástica de las piezas cuando están a medio secar. Los motivos, de composición libre, son vegetales y estrellados y se desarrollan en un solo lado del recipiente, en tanto que el bruñido circunda toda la pieza. En uno y otro caso las mujeres trabajaban en grupos, en un quehacer reiterativo, fiel a un patrón tradicional pero abierto a la incorporación de matices que permiten reconocer la procedencia de un taller e inclusive su autoría. En Salvatierra de los Barros o en los centros con alfareros originarios de allí, la esposa e hijas del artesano solían ser bruñidoras; en Ceclavín ocurría de forma similar con las enchinadoras. Dos técnicas decorativas tradicionales, que realizan indistintamente el hombre o la mujer, son el dibujo con tierra blanca bajo cubierta de vidriado transparente (plomo) y el esgrafiado sobre este mismo engobe blanco.

En plena década de los noventa parece ya incuestionable la evolución que el sentido de la mayor parte de obra alfarera ha experimentando desde una función fundamentalmente utilitaria hasta una meramente decorativa. Esta inversión de prioridades en la obra alfarera que han traído los nuevos tiempos ha hecho que a veces el recipiente de barro sea un simple soporte material para la labor decorativa. Pese a que en algunos centros esta tarea es exclusiva de las manos femeninas, no se ha dado un cambio parejo en la consideración de la autoría de la pieza, de modo que cualquiera que sea el grado de participación de la mujer en las distintas fases del proceso alfarero e incluso aunque su papel sea preponderante en la decoración y ello le confiera el interés comercial a la pieza, la obra final es considerada siempre resultado del trabajo masculino y será el hombre el que la firme si es que la obra va así diferenciada. Las propias decoradoras suelen restar importancia a su labor y considerar que no es equiparable al buen hacer del torneado.

En lo referente a la venta, antaño era frecuente que cada alfar dispusiese de un arriero, con preferencia miembro de la familia, que se encargaba de la comercialización exterior de la obra. La venta directa en la vivienda-alfar daba alguna ocasión de intervenir a la mujer cuando el maestro estaba ocupado o se hallaba ausente. Sin embargo, diversas circunstancias irían dando un mayor protagonismo a la mujer posibilitando su incorporación a la venta local y a la ambulante. Serían éstas la falta de hombres disponibles durante y después de la Guerra Civil, la recesión económica de la posguerra, que redujo las plantillas de operarios al mínimo y obligó a los alfareros a asumir el papel de arrieros o, en su lugar, a recurrir a la ayuda de la esposa o de alguna hija, y el vacío provocado en el sector por la fuerte emigración en respuesta a la crisis del oficio conforme decreció el consumo de obra utilitaria a lo largo de los años 60 hasta nuestros días. A diferencia del hombre, cuando el transporte aún se hacía en caballerías, la mujer encargada de la venta en los pueblos aledaños solía ir siempre acompañada y recorría trayectos cortos que le permitieran el regreso en el mismo día.

En una región eminentemente agrícola como Extremadura, la actividad artesanal en general y la alfarería en particular no pueden desvincularse del mundo rural. Dentro del entramado de relaciones y consideraciones sociales que se desarrollan en este medio, la categoría del alfar (medida en términos de producción, calidad de las instalaciones, número de trabajadores, ventas, etc…) determina el estatus social que la familia alfarera alcanza entre sus convecinos. Entre las diversas dedicaciones profesionales, la consideración social de los menestrales era y es siempre superior a la del campesinado. En nuestros días, la consideración social de la mujer, colaboradora o no en el oficio, ha ido pareja a la del alfarero (marido o padre), revalorizándose en los casos en los que la producción se ha orientado hacia una cerámica con intención decorativa, se ha modernizado el taller o se han abierto nuevas vías a la comercialización. Más precaria es la situación en aquellos talleres que, fieles al esquema productivo tradicional, no han sido capaces de afrontar la crisis.

Los cambios profundos que el oficio ha experimentado en los últimos decenios han si no acabado sí minimizado algunos de los inconvenientes y de las barreras que la mujer tenía planteadas para el acceso al trabajo alfarero como plena protagonista de él. Por un lado, la fase de preparación de la materia prima se ha simplificado con la comercialización a bajo costo de arcilla empaquetada lista para modelar, la adquisición de esmaltes y engobes industriales amplía el campo de la decoración y la mecanización del alfar (torno eléctrico, horno de gas o eléctrico, batidora, amasadora, etc.) ha suplantado la fuerza manual por la de tipo artificial. Por otro, el oficio no ha quedado ajeno a la incorporación de la mujer al mundo laboral en todos los campos. Escuelas de Bellas Artes, escuelas taller y cursos esporádicos del INEM han tenido y tienen como principales demandantes a mujeres. Para algunas de ellas la cerámica creativa se convierte en una opción profesional.

En la actualidad, es en el campo creativo donde la mujer reencuentra la cerámica, desligada de su antiguo sentido utilitario y erigida en expresión artística. En Extremadura existen algunos ejemplos renombrados de mujeres ceramistas[17] que enriquecen con su obra el campo experimental e inagotable de la cerámica.


NOTAS:

[1] Un extracto de esta comunicación se publicó en el catálogo de la exposición «La mujer en la alfarería española», (coord. Ilse Schütz, Agost, Museo de Alfarería, 1993, pp. 34-35)

[2] C. Lévi-Strauss hace en su libro La alfarera celosa (Barcelona, Paidós, 1986) un análisis de algunos de los mitos sobre el nacimiento de la alfarería entre tribus del Continente americano y observa cómo la mayoría de ellos presentan una figura femenina como dueña del arte de hacer vasijas de barro:

«De cualquier modo que se la llame: madre-Tierra, abuela de la arcilla, dueña de la arcilla y de las vasijas de barro, etc., la patrona de la alfarería es una bienhechora, pues, según las versiones, los humanos le deben esta preciosa materia prima, las técnicas cerámicas o bien el arte de decorar las vasijas». (pág. 35)

[3] Así lo señala C. Lévi-Strauss para el Continente americano:

«Sin pretender remontarnos a los orígenes, no hay duda de que en América es más frecuente que la alfarería incumba a las mujeres.» (Op. cit., pág. 34)

Ian Hodder para ilustrar las posibilidades del análisis etnoarqueológico referido a la tecnología cerámica se sirve de la alfarería femenina keniata (The Present Past.An Introduction to Anthropology for Archaeologists, London, Batsford Ltd, 1982).

[4] Esta terminología más precisa es la que emplea Emili Sempere (Rutas a los alfares. España y Portugal, Barcelona, 1982, pág. 46), pues hay que tener en cuenta que inclusive con el torno rápido el trabajo no deja de ser «manual».

[5] Son datos extensibles al resto de la Península, pero en los que a Extremadura respecta disponemos, hasta la fecha, de un representativo conjunto cerámico que han proporcionado yacimientos como Cueva de la Charneca (Oliva de Mérida), de época neolítica; del período calcolítico, los Barruecos (Malpartida de Cáceres) y la Pijotilla (Vega del Guadiana) y de la Edad del Bronce, Palacio Quemado (Alange) y Cueva del Conejar (Cáceres), entre otros. Algunos de los estudios sobre estos yacimientos arqueológico pueden encontrarse en el volumen Extremadura Arqueológica II, Mérida, Consejería de Cultura de la Junta de Extremadura y UEX, 1991.

[6] Sirvan de referencia los materiales cerámicos hallados en los yacimientos del Bronce Final (período orientalizante) de Cancho Roano (Zalamea de la Serena) y la Necrópolis de Medellín; de la Edad del Hierro, Castro de Villasviejas del Tamuja (Botija) y Castro prerromano de la Ermita de Belén (Zafra).

[7] Sin embargo, responden a estas mismas características y coinciden en este mismo horizonte cultural las llamadas cerámicas grises, realizadas en cocción reductora.

[8] Tal y como revelan los datos proporcionados por la excavación en curso del solar de Morerías (Mérida).

[9] Se refieren a la alfarería de estos centros J. LLorens Artigas y J. Corredor Matheos en su obra Cerámica popular espñola, Barcelona, Editorial Blume, 1982, pp. 63-70.

[10] Natacha Seseña, «La alfarería en Mota del Cuervo (provincia de Cuenca)», Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, nº XXIII, 1967, pp. 339-346.

[11] Emili Sempere, op. cit., pp. 332 y 327 respectivamente.

[12] Respecto a Canarias, J. LLorens Artigas y J. Corredor Matheos, op. cit., pp. 180-183.

[13] Para el contenido de los datos expuestos, nos hemos basado en los centros activos de la región extremeña durante la década de los 80: un total de veinte localidades alfareras, distribuidas nueve en la provincia de Badajoz y once en la de Cáceres. En lo básico, la información es válida también para la región del Alentejo portugués.

[14] Centros productores de recipientes de gran envergadura fueron Guareña, Castuera y Miajadas en la provincia pacense y Arroyomolinos de Montánchez en Cáceres, junto con Torrejoncillo única localidad que se mantiene en activo.

[15] El término «fábrica» es el que registra Pascual Madoz en 1846 en su Diccionario Geográfico, Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de ultramar para referirse a las alfarerías corrientes. Tal denominación ha pervivido en algunos centros extremeños hasta nuestros días. Sirvan de ejemplo los de Plasencia, Fregenal de la Sierra, Talarrubias, Mérida, etc.

[16] En los años 80, por la falta de demanda de recipientes utilitarios, ningún alfar de los registrados disponía de más de tres operarios, aunque muchos disfrutaron de plantillas más numerosas en el pasado.

[17] Cabe señalarse algunos nombres como los de Isabel Torrado (Cañamero), Inés Madejón (Navalmoral de la Mata), Paloma Sánchez (Cáceres) o María de Elena (Mérida).