Oct 011977
 

Adelaido Cárcel Ramos.

El reciente nombramiento del doctor D. Antonio Vilaplana Molina, canónigo magistral de la catedral de Valencia, para la sede episcopal de Plasencia, me da motivo para el presente trabajo en que voy a dar a conocer una breve reseña biográfica de otros obispos, también valencianos que han regido las tres diócesis extremeñas de Badajoz, Coria-Cáceres y Plasencia, desde el siglo XVII hasta la actualidad.

D. LUIS CRESPI DE BORJA [1]

El doctor Crespí de Borja es una de las grandes figuras del episcopado español del siglo XVII. Nació en la ciudad de Valencia el 2 de mayo de 1607; su padre descendía de familia noble, pues era hijo del señor de la baronía de Sumacárcel y Alcudia de Crespíns, quien desempeño el importante cargo de lugarteniente general de la Real y Militar Orden de Nuestra Señora de Montesa, y su madre descendía de la ilustre familia valenciana de los Borja. Por haber muerto el padre a los 55 años de edad quedó viuda la madre que tuvo que hacer frente a las exigencias de la noble casa y familia, cuya economía había quedado muy quebrantada con la expulsión de los moriscos, con el fin de encauzar la vida de sus diez hijos.

Uno de ellos es nuestro biografiado que fue dedicado al estudio de la Gramática y Retórica, ingresando en la Universidad de Valencia donde cursó Ciencias, Filosofía y Teología, doctorándose en esta Facultad en 1629. Consagrado al estado eclesiástico, opositó a una pabordía en la catedral de Valencia que tenía aneja una cátedra en la Universidad, y al obtenerla fue ordenado más tarde de presbítero en septiembre de 1631. Celebró su primera misa el 4 de octubre en el convento de San Julián, donde habían profesado tres de sus hermanos, actuando de diácono su hermano Fr. Juan Crespí, provincial de la seráfica orden de San Francisco, y de diácono su otro hermano Fr. Francisco, dominico, que más tarde fue obispo de Vich.

El prestigio adquirido por el nuevo paborde entre sus compañeros fue tan grande que en 1633 fue enviado a Roma para dilucidar un litigio en la Curia Romana, que afectaba a los derechos y honores de los pabordes y el cabildo de la catedral de Valencia, regresando dos años después con el pleito ganado a favor de los primeros. Con este motivo su consejo es solicitado con frecuencia por el virrey, el arzobispo y el Santo Oficio.

Durante su larga estancia en Roma escribió un libro sobre las pabordías y tradujo le vida de San Felipe Neri, fundador del Oratorio, siendo nombrado por Urbano VIII arcediano de Murviedro, una de las dignidades de la catedral de Valencia, que era compatible con la pabordía, quedando incorporado al grupo de sacerdotes que trataban de crear en Valencia el Oratorio de San Felipe Neri.
Esto motivó un nuevo viaje a Roma para conocer mejor la vida práctica de la nueva congregación, que a su regreso fue fundada en Valencia en 1645, levantando al efecto un nuevo edificio cuya iglesia es la actual parroquia de Santo Tomás.

La gran personalidad adquirida por el doctor Crespí y su fama de hombre docto y virtuoso motivó que en 1651 fuese nombrado obispo de Orihuela, siendo consagrado en la catedral de Valencia por el arzobispo Fr. Pedro de Urbina. Una vez tomada posesión de la diócesis se consagró con gran entusiasmo a la visita pastoral y predicación, organizando frecuentes misiones. Tomaba parte en los exámenes sinodales y creó una cátedra de Gramática para preparar en Humanidades a los aspirantes al sacerdocio. Extendió por la diócesis la devoción del santo rosario, fomentó el culto a la Eucaristía y fue comisionado para activar la canonización de Santo Tomás de Villanueva, habiendo escrito otro libro sobre «Cuestiones selectas, morales para combatir errores», dejando en todas partes fama de muy caritativo.

Habiendo fallecido el obispo de Plasencia Fr. Domingo Guerra, fue designado para sucederle D. Luis Crespí en 1658, quien trabajó en su nueva diócesis por la reforma de las costumbres y santificación de las almas. Dos años después marchaba de nuevo a Roma con una embajada del rey relativa al dogma de la Inmaculada Concepción, siendo recibido por el Papa Alejandro VII, quien concedió el 8 de diciembre de dicho año la bula sobre dicha festividad. A su regreso a Plasencia empezó la construcción del seminario tridentino, que vio terminado y consagró a la Inmaculada Concepción.

Años después cayo enfermo, marchando a Madrid en litera para que lo reconociesen los médicos de la Corte. Descansó en la residencia de los condes de Oropesa y convento de recoletos de Santa Olalla, donde se agravó, por lo que le fue administrado el Santo Viático, continuando el viaje hasta Novés, de donde no pudo pasar, pues falleció el 19 de abril de 1663 a los 55 años. Su cadáver fue trasladado a Madrid y enterrado en el Colegio Imperial, de donde cuatro años más tarde fue trasladado a Valencia para ser enterrado definitivamente en la capilla de Santa Ana de la citada iglesia del Oratorio.

D. JOAQUÍN HERNÁNDEZ HERRERO. [2]

A la muerte de Fr. Domingo Canubio, obispo de Segorbe, fue presentado para sucederle uno de sus más antiguos y eficaces colaboradores, D. Joaquín Hernández Herrero, a la sazón obispo de Badajoz.

Era hijo de una familia humilde y nació en la pequeña aldea de Las Eras, situada a poca distancia de la histórica villa de Alpuente, el 16 de enero de 1806. Alpuente, diócesis de Segorbe y provincia de Valencia, se halla situada en la parte alta de la misma, conocida por la Serranía, cuyos vecinos viven de la agricultura y ganadería, por lo que desde pequeño fue dedicado el joven Joaquín al pastoree por sus padres hasta que, conocedor el párroco de las buenas cualidades y clara inteligencia del mismo, lo tomó bajo su protección, orientándolo hacia el campo de las letras. Con este motivo vino a Valencia, donde entró como fámulo en el convento de carmelitas, lo que le permitía asistir a las clases de latinidad en las Escuelas Pías, donde pronto comenzó a destacar.

La exclaustración decretada en 1820, le obligó a salir del citado convento, volviendo al lado de sus padres, pero al reanudarse tres años después la vida conventual, regresó a Valencia continuando los estudios de Humanidades, que amplió en la Universidad, donde cursó más tarde Filosofía y Teología, en cuyas facultades obtuvo el premio extraordinario, y basta llegó a regentar una cátedra de Filosofía en la misma.

Sintiendo la vocación religiosa recibió la tonsura a los 22 años, ingresando como becario en el colegio mayor de la Madre de Dios, pera tomar posesión en 1832 de un beneficio en la parroquia de los Santos Juanes, siendo ordenado de presbítero el 21 de diciembre de 1823. Meses más tarde opositaba a la canongía lectoral de Segorbe, obteniendo una brillante censura y en 1834 era nombrado vicario mayor de le mencionada parroquia, en la que trabajó con gran caridad atendiendo a los enfermos por haberse declarado en aquellos años el cólera morbo. Poco tiempo después, el arzobispo de Valencia López Sicilia (antiguo obispo de Coria) lo nombró secretario de cámara, cargo que desempeñó con gran acierto y que continuó después de la muerte de dicho prelado, durarle los muchos años que estuvo vacante la mitra, hasta 1848 en que vino el nuevo arzobispo Doctor García Abellá. Al convocar este concurso general a curatos vacante, tomó parte en el mismo D. Joaquín Hernández Herrero, mereciendo por sus brillantes ejercicios ser nombrado párroco del Salvador en la capital y a la vez el obispo de Hegorbe, P. Canubio, le confiaba importantes trabajos para la aplicación del Concordato en esta su diócesis de origen.

En 1857 opositó a la penitenciaría de la catedral de Valencia, resultando elegido entre tres opositores y a la vez fue nombrado profesor de Teología en el Seminario Conciliar, cargos que desempeñaba en 1364 cuando fue preconizado obispo de Badajoz, siendo consagrado en la catedral de Valencia juntamente con su compañero de cabildo el canónigo Magistral D. José Luís Montagut que había sido nombrado obispo de Oviedo. Hizo su entrada en Badajoz el día 8 de junio, pero su pontificado fue muy corto, ya que no había pasado un año cuando moría el citado obispo de Segorbe y la Providencia dispuso que fuese a sucederle uno de sus más íntimos colaboradores, el doctor Hernández Herrero. Presentado en mayo de 1865, la noticia despertó gran entusiasmo entre los diocesanos de Segorbe, ya que éste sería el primer obispo hijo de la diócesis por su nacimiento.

Hizo la entrada solemne en la ciudad de Segorbe el 3 de febrero de 1866, siendo su primer acto oficial la bendición e inauguración del nuevo pavimento de la catedral, que no pudo ver acabado su antecesor. En el mes de abril inició la visita pastoral de la diócesis por la parroquia de Alpuente, siendo recibido con gran entusiasmo por sus paisanos los alpontinos, labor que continuó por todo el arciprestazgo hasta mediados de julio en que regresó a Segorbe donde bendijo la iglesia de San Pedro rehabilitada para el culto.

En octubre inauguró la apertura de curso en el Seminario y adquirió con destino al mismo el nuevo gabinete de Física y el Museo de Historia Natural. Pero el problema mayor en la diócesis era la aplicación del Concordato de 1851, que hacía quince años que había sido promulgado. Urgía hacer un arreglo parroquial a fondo, a lo que se dedicó sin dilación y en ese mismo año convocó concurso a curatos vacantes, que fue muy laborioso. Creó la nueva parroquia de Santa María, que de acuerdo con el cabildo, fue instalada en la capilla del Salvador, que está en el claustro de la catedral. Entre tanto, se desplazó a Valencia para predicar en las fiestas del segundo centenario del templo de la Virgen de los Desamparados, marchando el 4 de junio a Roma para asistir a la canonización de los mártires del Japón. En noviembre envió al ministro de Justicia el nuevo arreglo parroquial correspondiente a los seis arciprestazgos de la diócesis. Poco después se le presentó una trombosis en una pierna y en febrero de 1868 se agravó su dolencia de tal modo que pidió la administración de los santos sacramentos, falleciendo el día 19 de dicho mes y fue enterrado en el panteón de obispos de aquella catedral.

D. RAMÓN PERIS MENCHETA.[3]

Este bondadoso prelado, hermano que fue del ilustre periodista, director y propietario de «La Correspondencia de Valencia», había nacido en la ciudad de Valencia el 22 de marzo de 1851. Desde sus primeros años dio relevantes muestras de piedad, demostrando viva inclinación a la carrera eclesiástica, que cursó en el Seminario Conciliar de Valencia con gran aprovechamiento, habiendo obtenido el doctorado en Filosofía y Teología por esta Universidad Pontificia después de ser ordenado de presbítero en 1876.

Dedicado a la vida parroquial, fue nombrado coadjutor de Cullera, donde dejó gratos recuerdos de su caridad y fervor religioso. Más tarde en 1879 era nombrado beneficiado de la catedral de la que fue canónigo en 1882 y dignidad de Arcipreste en 1887.

Su promoción al episcopado tuvo lugar al ser preconizado obispo de Coria el 21 de mayo de 1894 para cubrir la vacante del doctor Felipe Ortiz Gutiérrez trasladado al obispado de Zamora. Su consagración se celebró en la catedral de Valencia el 12 de agosto del mismo año por el cardenal arzobispo D. Ciríaco María Sancha y Hervás, siendo apadrinado por el Ayuntamiento de esta capital.

El apostolado del doctor Peris Mencheta ha dejado inolvidable recuerdo por su celo apostólico y su amor a los diocesanos, ya que recorrió la diócesis cinco vedes en visita pastoral, levantó de nueva planta cuatro templos, celebró tres concursos a curatos y un sínodo diocesano, habiendo fallecido en Coria el 6 de enero de 1920.

El doctor Peris Mancheta tuvo un excelente equipo de colaboradores formado por los sacerdotes valencianos D. Nicolás David Campos, que fue rector del Seminario, deán, provisor y vicario general; D. José Fogués Cogollos, que fue canónigo y secretario de cámara hasta su muerte en 1914; D. Vicente Cosme Navarro, también canónigo y secretario de cámara, y don Félix Ivancos Montagut, que fue canónigo y secretario particular del difunto prelado.

D. JOSÉ MARÍA ALCARAZ ALENDA.[4]

Para cubrir la vacante del doctor D. Ramón Pérez Rodríguez promovido en 1929 al vicariato general castrense, fue nombrado obispo de Badajoz D. José María Alcaraz Alenda, canónigo Penitenciario de la catedral de Orihuela. Nació en Aspe (Alicante) el 23 de abril de 1877, estudió la carrera eclesiástica en el Seminario Diocesano de Orihuela, hasta empezar Teología en que fue enviado al nuevo colegio español de San José de Roma, donde permaneció hasta 1904, obteniendo el doctorado en Filosofía y Teología por la Universidad gregoriana, tras recibir el presbiterado el 20 de julio de 1901 en la ciudad eterna.

Al reintegrarse a la diócesis fue nombrado profesor del Seminario, donde explicó Teología general, Dogmática y Moral, Historia Eclesiástica e Instituciones canónicas, también fue prefecto de teólogos del mismo así como vicerrector y en 1917 obtuvo por oposición la canongía Penitenciaria de Orihuela, siendo nombrado en 1923 secretario de cámara del obispado así como vocal del patronato de la Caja de Ahorros de Orihuela, examinador sinodal y consiliario de la junta diocesana de Acción Católica de Mujeres.

Preconizado obispo de Badajoz el 13 de marzo de 1930, fue consagrado en la iglesia de San Agustín de Orihuela por el nuncio monseñor Tedeschini, asistido por los obispos de Orihuela, monseñor Irastorza, y de Madrid-Alcalá, monseñor Eijo Garay el 20 de julio siguiente, habiendo tomado posesión de la diócesis el 24 de septiembre y seguidamente hizo la entrada oficial en la capital de su nueva diócesis.

El doctor Alcaraz Alenda fue siempre un enamorado y celoso propulsor de la Acción Católica, a la que ha vitalizado extraordinariamente durante su pontificado. Entre sus varias pastorales publicadas figuran las dedicadas al santo rosario «Denuncia sobre las prácticas supersticiosas», «Su Santidad el Papa Pío XII».

Habiéndole sorprendido la guerra de 1936 en Badajoz, su vida fue respetada durante los primeros días a pesar de la violencia desatada habiendo podido continuar en el normal gobierno de la diócesis al ser liberada la ciudad de Badajoz el día 15 de agosto del mismo año.

La prolongada estancia del doctor Alcaraz al frente de una diócesis tan extensa como la de Badajoz y su avanzada edad motivaron que en 1955 fuese nombrado para ayudarle como obispo coadjutor el doctor D. Eugenio Beitia Aldazabal, quien permaneció a su lado hasta 1962 en que fue nombrado este último obispo de Santander. Le sucedió como obispo coadjutor el doctor D. Dorotea Fernández Fernández, que era obispo auxiliar de Santander, quien desde su llegada a la diócesis ha residido en el Seminario Conciliar, ya que el doctor Alcaraz continuaba ocupando el palacio episcopal por ser el obispo titular de la diócesis y seguir llevando el peso del gobierno de la misma hasta pocos años antes de su muerte en Badajoz el día 22 de julio de 1971, siendo enterrado en la catedral de Badajoz.

D. MANUEL LLOPIS IBORRA.[5]

Nació en Aleone el 17 de enero de 1902. De origen humilde trabajó en una fábrica de Alcoy algún tiempo hasta 1917 en que inició la carrera eclesiástica en el Seminario Conciliar de Valencia, obteniendo más tarde una beca en el Colegio del Patriarca. Fue ordenado de presbítero el 13 de noviembre de 1928 después de haberse licenciado en Teología por la Universidad Pontificia valentina.

Su primer destino fue el de capellán del Santo Sepulcro de Alcoy, cargo que desempeñaba al estallar la guerra de 1936 en que pudo salvar la vida y al que se reintegró en 1939 trabajando también en la vida parroquial para la reconstrucción de los templos de la ciudad que habían sido totalmente arrasados, por lo que en 1941 fue nombrado arcipreste de Alcoy.

Tomó parte en el concurso a curatos vacantes celebrado ese mismo año y en 1942 fue nombrado párroco del Santo Ángel Custodio de Valencia, una de las varias parroquias que habían sido creadas en la capital por el prelado doctor Melo, al dividir la amplia feligresía de la de San Juan y San Vicente, en la zona de la Gran Vía, una de las más pobladas de la ciudad. Apenas tomó posesión de la misma, adquirió un solar, desplegando tal actividad en recaudar fondos no solamente entre sus nuevos feligreses sino también entre sus antiguos amigos de Alcoy, que al año siguiente estaba levantado el nuevo templo, el que poco después pudo ya ser utilizado para el culto, continuando las obras hasta hacer la casa abadía y escuelas parroquiales, por lo que su actividad pudo ser considerada como modelo en la diócesis por los superiores y compañeros.

Como premio a tan apostólica labor el 4 de febrero de 1950 fue preconizado obispo de Coria, para cubrir la vacante del doctor Cavero Tormo, siendo consagrado en la catedral de Valencia el 30 de abril de 1950 por el nuncio monseñor Cicognani, asistido por el arzobispo de Valencia D. Marcelino Olaechea y el obispo de Mallorca, su condiscípulo, D. Juan Hervás. Adoptó como lema episcopal «Ómnibus omnia factus sum, ut omnes facerem salvos». Hizo la entrada oficial en la diócesis el día 11 de junio de dicho año, la que ha gobernado sin interrupción hasta su jubilación a principios de 1977. Durante su largo pontificado se firmó el nuevo Concordato con la Santa Sede en 1953 por el que se ampliaba el título de la diócesis, llamada desde entonces de Coria-Cáceres por pertenecer a la misma la capital de la provincia, a la que trasladó su residencia, habitando en un antiguo palacio propiedad de la mitra y destinando para concatedral la iglesia de Santa María, con la creación del nuevo Seminario Mayor, quedando en Coria el Seminario Menor. Como aplicación del citado Concordato hubo también algún reajuste de la diócesis, habiéndose consagrado especialmente a la Acción Católica y a la aplicación de las normas del concilio Vaticano II. Actualmente reside como obispo dimisionario en la casa de ejercicios que las Obreras de la Cruz tienen en Moncada (Valencia).

No podemos silenciar aquí la eficaz ayuda de los sacerdotes valencianos en el gobierno de la diócesis que han ocupado los siguientes cargos: D. José Martínez Valero, maestrescuela y vicario general, D. Manuel Durá Sanz, canónigo y rector del Seminario Menor, D. José Tomás Benedito, oficial de la Curia y D. Leopoldo Silvestre Miralles, mayordomo del seminario.

D. ANTONIO VILAPLANA MOLINA.[6]

Tres años vacante la diócesis de Plasencia desde la muerte del Dr. D. Juan Pedro Zarranz Pueyo, era nombrado para sucederle el 18 de septiembre de 1977 un sacerdote valenciano, el magistral de la catedral de Valencia, D. Antonio Vilaplana Molina.

Nació en la ciudad de Alcoy el 28 de febrero de 1926. Estudió en el Seminario Metropolitano de Valencia hasta 1946 en que fue enviado al Colegio Español de Roma para terminar la Teología en cuya Facultad se licencia, siendo ordenado de presbítero en 1949. Ejerció el ministerio parroquial en Vall d’Alcalá y en 1953 volvió a Roma doctorándose en Teología. A su regreso a Valencia fue nombrado profesor del Seminario donde ha explicado Historia de la Filosofía y Teología Dogmática y ha sido consiliario de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, capellán de las Esclavas de Mª Inmaculada, protectora de obreras, delegado arzobispal de la sección filial masculina n° 3 del Instituto Luís Vives de Valencia, profesor de religión en la Facultad de Derecho de la universidad y, desde 1962,colegial perpetuo del Real Colegio Seminario de Corpus Christi, bajo cuya dirección se han llevado a cabo importantes mejoras en la biblioteca del mismo.

En 1970 obtuvo por oposición la canongía Magistral de Valencia habiendo sido asesor del Dr. Olaechea en asuntos teológicos. Nombrado obispo de Plasencia, su consagración tuvo lugar en la catedral de la misma el 31 de octubre de 1976 por el actual arzobispo de Valencia, D. José Mª García Lahiguera, asistido de los obispos de Coria, Badajoz, Salamanca, Huelva, auxiliar de Valencia y electos de Ávila y Zamora, en presencia del cardenal primado D. Marcelo González, metropolitano de la diócesis de Plasencia, acto celebrado por primera vez en dicha catedral desde el siglo XI.

El Dr. Vilaplana es autor de varios trabajos teológicos:

«La sacramentalidad en la Teología contemporánea»[7], «Necesidad de la gracia en el justificado»[8], «Fundamentos teológicos del Derecho»[9], «La predicación episcopal según Fr. Luís de Granada»[10] y «El problema del hombre en el catolicismo actual»[11].


NOTAS:

[1] E. VIDAL TUR, Episcopologio de Orihuela-Alicante, Alicante 1962.

[2] P. LLORENS RAGA, Episcopologio de la diócesis de Segorbe-Castellón. (Burgos 1966), p. 480-487.

[3] E. SUBIRANA, Anuario eclesiástico de 1919. (Barcelona), p. 149-151.

[4] Anuario religioso español de 1947 (Madrid), p. 344-345.

[5] Guía de la iglesia española de 1960 (Madrid), p. 218.

[6] Guía de la iglesia en Valencia.(Valencia 1975), vol. II, p. 146.

[7] Anales del Seminario de Valencia, nº 1 (l96l), 145-167.

[8] Anales del Seminario de Valencia, n° 4 (l962), 19-106.

[9] Anales del Seminario de Valencia, n° 6 (l9S3), 69-123.

[10] Ministerio y carisma. Homenaje a monseñor García Lahiguera, (Valencia 1975), 225-234.

[11] Anales Valentinos, nº 3 (l976), 21-33.

Oct 011974
 

Fray Patricio Guerín Betts.

El notable historiador de la Orden benedictina e insigne hijo de la misma Fray Magnoaldo Ziegelbauer incluye en su importantísima Historia Rei Literariae O. S. B.[1]una breve mención de José do la Cerda (JOSEPHUS DE LA CERDA) y para calcular la fecha de su muerte, dice que hubo de ser antes del 12 de junio de 1545,quo, nempe successorem habuit magnum virum Salmanticae olim colleqam Angelum Manricum Cisterciensem.

Lo cual copia a la letra del insigne Nicolás Antonio, quien en su Bibliotheca Nova, tomo I, 803 nos habla del mismo escritor y termina con esas palabras.

Respecto de los Coloquios de Trujillo hallamos, pues, la perfecta ilación entre Obispo y Obispo y entre ponencia y ponencia.

Sobre D. Fray Ángel Manrique ya hemos hablado dos veces. Inevitablemente hubimos de fijarnos en quién fue su antecesor, Y era benedictino, monje como él, discípulo del mismo Patriarca, abad como él y catedrático en Salamanca.

Lo curioso es que cronológicamente Manrique ora bastante anterior. Nacido en 1577, debía exceder en unos trece anos la edad do D. Fray José Valle de la Cerda. No tenemos noticia exacta de donde y cuándo nació este Prelado, mas es casi seguro. Al ser nombrado obispo de Almería en 1637 con treinta y seis años, hay que pensar que nació en el año 1600.

Ningún dato nos ofrece la Historia Eclesiástica de Badajoz acerca de su nacimiento. Todo queda resuelto, sin embargo, al examinar los expedientes de su hermano Pedro y de su sobrino José para Caballeros de Calatrava y Alcántara respectivamente. Son hijos de don Luis Valle de la Cerda, nacido en Madrid y de doña Luisa de Alvarado, nacida en Móstoles. Poca era la distancia entre ambas poblaciones: Mostóles era, según dicen los testigos, como un arrabal matritense. Pedro también nació en Madrid y suponemos que sus hermanos, entre ellos el Obispo.

El padre entre otros empleos tenía el de Secretario de la Cifra de su S. M. Fue hijo de otro Luis Valle de la Cerda y de Teresa de Castro, ambos naturales do Madrid.

La madre hija del Capitán (según otros Maese de Campo) Diego de Alvarado de Cicero, nacido en Móstoles, mas con un apellido muy montañés.

Se citan ejecutorias, Una en Valladolid a 25 junio, 1577 a favor de Luis y Andrés Ordoñez, hermanos. Su abuelo fue hermano de Antonio (Caballero de S. Juan) y de Francisco (fraile de Calatrava), así como de Diego, casado con Isabel de Loaisa. De estos últimos fue hija Isabel que casó en Móstoles con Diego de Cicero Alvarado. Otra ejecutoria del Capitán en Valladolid, 28 marzo, 1556.

Y se cita un padrón de la Colación de S. Andrés en Madrid del año 1494: Diego Valle, es cuantioso, dice que hidalgo.

Pedro, hermano del Obispo, fue Caballero de Calatrava, del Consejo de su Majestad en Hacienda y Cruzada, alguacil mayor de la Inquisición de Toledo y señor de la Villa de Casa Tejada. Casó con Cecilia de Villanueva, natural de Móstoles. El padre de Cecilia fue don Agustín, del Consejo de S.M. en Aragón y Protonotario en aquel Reino, nacido en Casteliscar. La madre Ana Diez de Villegas, natural de Madrid.

Tuvo Cecilia un tío llamado Jerónimo de Villanueva Caballero de Calatrava, del Consejo de S.M. en Guerra y Aragón, Protonotario y Secretario de Estado y Cámara y por lo menos dos hermanos: Jerónimo, Caballero de Calatrava y Agustín, Justicia Mayor de Aragón.

Lo que no tuvo fue suerte, pues, murió al dar a luz a su hijo José. Este sí parece que comenzó a tenerla, porque, a los pocos días de nacer, ya era pretendiente al hábito de Alcántara y sólo uno de los testigos alegó no tener motivos de conocerle, al ser tan pequeño: Otro testigo fue don Fernando de Salazar, arzobispo electo de Las Charcas, de sesenta y tres años.

Entre los testigos del Caballero de Calatrava hallamos a Fray Francisco de Valdivia, abad de S. Martín de Madrid, de setenta y tres años y padrino de José fue Fray Diego de la Cruz, monje ermitaño de S. Benito en Ntra. Sª. de Monsserate (sic) y Sor Francisca de la Cruz.

Fue bautizado el 13 de junio, 1641.

Pero hay más. Tenía el futuro Obispo una hermana, Teresa, moza casadera y no carente de novio en la persona de don Jerónimo de Villanueva. Solía frecuentar el monasterio de S. Martín y un buen día vio que uno de los monjes tenía en la mano la Regla de S. Benito. Quiso leerla y le produjo tal impresión que cambió de vocación y con el consentimiento y ayuda de su novio fundó e ingresó en el convento de S. Plácido. Estamos en los años 1623, 1624. Profesó en 18 junio, 1625.

Eso fue nada. En 1631 fue llevada toda la Comunidad a los calabozos de la Inquisición de Toledo por denuncia de alumbradas y en 1633 Teresa Benedicta fue recluida en Stº. Domingo el Real durante cuatro años. Redacto un Memorial que se atribuyó a un fraile. En 1638 fue absuelta toda la Comunidad y volvieron a Madrid donde así Sor Teresa como sus hermanas carnales Juana Andrea e Isabel Benedictina (abadesa en 1653) y doña Ana Plácida (hermana de su novio malogrado y abadesa) y demás monjas vivieron en adelante en paz y gracia de Dios. Sobre todas esta peripecias informa ampliamente Gregorio Marañón en su voluminosa obra sobre el Conde-Duque de Olivares y en otra pequeña. Don Juan.

Pero a nosotros nos interesa el Obispo. No prendieron en el las malas lenguas. Al igual que su antecesor don Fray Ángel Manrique, aunque posteriormente, fue a estudiar a Alcalá y halló allí la vocación benedictina. En 1618 tomó el habito en S. Martín de Madrid. En Salamanca obtuvo las Cátedras de Sto. Tomás, Durando y Prima. Fue abad del Colegio de su Orden en la misma Ciudad. Parece ser que el Rey Felipe IV le presentó para el obispado de Almería en 1635. Le despacharon las Bulas en 6 noviembre 1637 (que ya es bastante tardar) y a principios del año siguiente tomó posesión.

Ninguna de estas circunstancias ni de las anteriormente relatadas le impidió manejar la pluma y fue madurando las obras que aparecerían algo mas tarde e incluso después de su muerte.

En el poco tiempo que residió en Almería arribó la flota nacional, que había sufrido una derrota y fue tanta la solicitud del Sr. Obispo, en favor suyo que el Duque de Nájera le dio gracias en nombre del Rey y al poco tiempo fue nombrado Obispo de Badajoz. También en está ocasión tardó un año en presentarse, si bien el Deán tomó posesión en su nombre en 5 julio 1641. Ya por Navidades el Protonotario don Jerónimo de Villanueva contesta desde Madrid al Cabildo y le dice que ninguna cosa me ha podido causar mayor alborozo que el ir a esa Iglesia el Sr. Obispo, porgue le amo y estimo a su persona.

La entrada fue muy solemne en 6 de octubre, 1641. En los tres años de gobierno trabajó intensamente. El martes 25 de noviembre de 1642 presidió la sesión del Cabildo en que se trató de las oposiciones. La muerte le sorprendió en la actividad preferentemente pastoral, la Santa Visita. Falleció en Zafra el 22 de octubre, 1644, pocos días después de la muerte de la reina Isabel. Fue enterrado en la capilla de S. Juan Evangelista, pero no descansó en paz mucho tiempo, ya que en 1658 murió en Zafra el obispo diocesano don Diego del Castillo Arteaga, quien ni siquiera pudo entrar en Badajoz, por estar sitiada la ciudad por los portugueses y no se halló mejor modo de sepultarle que sacar los restos de su predecesor y dejar la caja encima del altar.

No consta cuál fuese la causa de un fallecimiento tan prematuro. Cuarenta y dos o cuarenta y tres años podía contar a la sazón.

Nicolás Antonio le asigna las siguientes obras:

«De Maria et Verbo Incarnato», impreso en Almería en 1640.

«In Sacram Judith Historiam». Dos tomos impresos en Almería, 1641 y en Lyon por L’Anisson, 1651.

«María Efigies». Lyon por L. Anisson, 1651. Esto es lo que podemos decir someramente acerca de este ilustre monje y prelado.

Oct 011972
 

José Bueno Rocha.

No cabe duda que el siglo mejor conocido de la Iglesia emeritense, que por otro lado coincide con el de su máximo esplendor, es la segunda mitad del siglo VI y la primera mitad del VII, que comienza con la ocupación bizantina de la zona y concluye con el III Concilio emeritense.

La mayor parte de este período ha sido historiado por un anónimo monje emeritense del monasterio eulaliense, obra de la mitad primera del siglo VII. Su género literario hay que clasificarlo en una obra popular, en donde se ponderan hechos reales con otros más o menos maravillosos para destacar las cualidades de las personas biografiadas, al modo de las florecillas de San Francisco de Asís. La segunda parte de este opúsculo es la crónica de los obispos Paulo (530-560), Fidel (560-571), Masona (573-605), Inocencio (605 -?), Renovato (¿ – 633?).

Estos datos se completan con la epigrafía, pues 22 epígrafes emeritenses pertenecen a los siglos VI (17) y VII (5, otros 13 estás sin datar, pero que en su mayor parte hay que incluir en esta época. Totalizan, pues, treinta y cinco epígrafes.

Finalmente tenemos los datos de las actas de los Concilios, que reflejan los planteamientos más vitales de la época, entre los que hay que incluir en primer lugar el Emeritense del año 666, y los toledanos III (a.589), IV (a.635), VIII(a.635) y X (a.656).

MASONA

De toda esta época, el pontificado más importante fue el de Masona (573-605), dilatado pontificado que ocupa dos reinados vitales en la Historia de España, el de Leovigildo (572-86) y Recaredo (586-601). De este pontificado se conocen media docena de hombres eclesiásticos, y casi otro tanto de la nobleza, así como una veintena de hombres y mujeres laicos.

Pero si es verdad que es el momento histórico mejor conocido de la iglesia de Mérida, no obstante hay aún algunos puntos esenciales oscuros, como el que nos ocupa y otros varios aún sin resolver, como ya indiqué en mi comunicación al IV CONGRESO DE ESTUDIOS EXTREMEÑOS de Mérida, bajo el título: «Cuestiones de Crítica histórica de la Iglesia local de Extremadura en las épocas romana, visigoda y mozárabe«.

En realidad, falta aún por realizar con espíritu de crítica histórica la biografía del más destacado obispo del episcopologio emeritense. El presente estudio intenta ser una aportación a un punto oscuro, aún no definitivamente resuelto y que creemos de capital importancia en ese momento histórico: el origen, la personalidad, la tarea y el fin del obispo NEPOPIS.

Es cosa sabida que Masona tuvo que sufrir destierro en tiempos de Leovigildo a causa de su fe. De origen godo («nobili ortus… genere quidem Gothus» (VPE, V.6.1), como nos dice el anónimo monje de Sta. Eulalia, sucede en el pontificado a un obispo de origen griego, Fidel, igual que su antecesor, Paulo. No deja de ser significativo que desde el año 530 hasta el 571, la sede emeritense sea ocupada por dos hombres de procedencia oriental, fechas que coinciden casi exactamente con el reinado de Justiniano (527-565) y con la presencia del ejército bizantino en la península de modo estable desde el año 554, pero con presencias griegas en nuestra región desde el año 521 (Petroglifo de Torrecilla de los Ángeles, en Las Hurdes) hasta el año 575 (Plasenzuela, en el Campo de los Norbanos).

El paso de un obispo de origen griego a otro de origen godo ocurrió, según el monje emeritense, de modo suave: «praedecesore nimirum astrigeris civibus concerto in coelis, successore manae dulcedo eiusque insigne meritum cunctorum civium moerorem lenivit in terris, ut omnibus pro obitu tanti pontificis moeror non solum discuteretur, verum etiam instar priscorum patrum Heliae quondam et Helisei duplicata paracliti spiritus gratia palam cunctis cernentibus sancti Fidelis antistitis in Masonam sanctum episcopum requievisse videretur, ut plebs sublato pastore non usquequaque taederet afflicta languore sed gemitato gaudio congauderet, divina tribuente miseratione, dum et illum sui pro salute praemissit ad coelos et istum eximiae virtutis virum suscepit gratulanter in terris» (VPE, V.1.2-4).

De muy diversa manera fue el acceso de Fidel al pontificado: «post cuius discessum (Pauli) quidam pestiferi homines iuxta id quod vir Dei praedixerat verbis malignis contra beatissimum Fidelem episcopum musitare coeperunt, ut eum de loco que constitutus fuerat per quacumque occasione pellerent» (VPE, V.l).

Creemos entender que ello se debía a dos hechos diferentes: hacía el año 560 el poder bizantino ya debía estar algo mermado en Mérida, mientras que en torno al año 573, Mérida ya debía estar en poder de Leovigildo en una etapa de pacificación promovida por tan hábil gobernante. Completa esta etapa la elección de Masona, católico aunque de zaza goda, elección a la que no fue ajeno, pensamos, el hábil Leovigildo y la incorporación al gobierno de sus hijos Recaredo y Hermenegildo (a. 573), que había de gobernar la Bética y Lusitania.

Pero los hechos vinieron a corroborar que este hábil plan no fue eficaz en la práctica.

En efecto, casado Hermenegildo con Igunda en el año 579, poco después se convirtió al catolicismo (a. ¿580?) y se rebeló contra su Padre, apoyado por la gran mayoría de católicos hispanorromanos de las cuencas del Guadiana y Guadalquivir y con el apoyo moral de arzobispos católicos de prestigio como Masona de Mérida, ciudad partidaria del hijo del Rey.

Reunido un buen ejército para combatir al hijo, Leovigildo toma la ciudad de Mérida (a. 582), hecho reseñado por Gregorio de Tours («cui et Emeritam Civitatem abstulit«) y acuña moneda con tal motivo («LIVVIGILDVS REX / EMÉRITA VICTORIA»).

Tomada la ciudad – dato que calla el cronista emeritense – Leovigildo pretende instaurar a un obispo arriano, fiel a su causa, SUNNA, que quiere reemplazar al obispo legítimo Masona por la sedición («pro seditionis simultatibus excitandis et pro conturbatione sanctissimi viri vel totius populi in eadem civitatem episcoporum Arrianae pertis instituit» (VFE, V.5.2) y apoyado por la fuerza del rey victorioso consigue el dominio de casi todas las iglesias de la ciudad aunque no de la basílica eulaliense adonde se había refugiado como el más valioso de los reductos el obispo legitimo («hic iamdictus perfidiae auctor dum in urbem Emeretensem adveriens quasdam basilicas cum omnibus earum privilegiis praecipiente rege sublatas ausu temerario de potestate proprii pontificis sibimet aggrediens usurparet» (VPE, V.5.4/202)).

No pudiendo conseguir Sunna el dominio sobre Santa Eulalia, lo que venía a representar en Mérida, un valor semejante a la posesión de la sede episcopal, escribe al Rey ausente que sitiaba Sevilla (a. 583), lo que induce a éste a buscar de momento una solución diplomática para ganar tiempo o encontrar una solución ecléctica, como acertadamente intuyó López Prudencio (San Masona, 44). Buena prueba de ello es, sin duda, la disputa o disputas públicas entre los dos diligentes, arriano y católico, ante un clero y unos fieles indecisos y en gran parte sin criterio entre la libertad y ortodoxia de la fe y el sometimiento al poder civil.

Sunna y sus partidarios, con influencia en el Aula Regia, no dejaron de insistir ante el Rey, que se ve al fin obligado a una intervención directa, posiblemente cuando ya estaba asegurada la victoria final frente a Hermenegildo o este desterrado (a.584). En consecuencia, el Obispo Masona es llevado a la fuerza a Toledo y presentado ante el tribunal real, donde debe responder de graves acusaciones (v. VPE, V.6.4). El juicio real acabó con una sentencia de destierro:

«Masonam, moribus nostris semper contra nos infestum et fidei nostrae inimicum religionisque contrarium, ocius a conspectibus nostris subtractum exilio religari iubemus». (VPE, V.6.23/216). El destierro duró tres años (584-586) (v.VPE, V.7.1/219) y que no acabó sino en la enfermedad ultima del Rey (agosto-septiembre del 586), acaso como un gesto penitencial de reconciliación.

Es precisamente en estos tres años cuando tiene lugar la presencia en Mérida de este tercer obispo, NEPOPIS, que es el objeto de nuestro trabajo y personaje que plantea varias cuestiones:

  1. ¿Quién era Nepopis?
  2. ¿Que motivaciones le llevaron a Mérida y ocupar la sede de Masona?
  3. ¿Cuánto tiempo estuvo ejerciendo su ministerio en Mérida?
  4. ¿Cómo fueron sus últimos días?

I. PERSONALIDAD DE NEPOPIS.

Se ha venido repitiendo, quizás con más rutina que reflexión sobre las fuentes, que Nepopis era un obispo arriano. Así lo afirman Tamayo de Vargas en su «Historia de Mérida» y el P. Flórez en el t. XIII de «España Sagrada», entre otros. Creemos que en el primer caso se debe a la credulidad del falso S. Máximo que transcribe la firma de los obispos arríanos convocados por Leovigildo en Toledo el año 58O,y en este sentido López Prudencio es deudor a la misma falsa fuente ya que sigue a Tamayo.

En el caso del P. Flórez, ignoramos la razón que le lleva a afirmar que era obispo arriano de otra ciudad, pero acaso sea un cierto pudor de admitir que se trata de un obispo católico.

En realidad, la única fuente al respecto es el anónimo cronista de Sta. Eulalia, que afirma: «et hic erat alienae civitatis episcopus» (VPE, V.6.29/), con ocasión de establecerse en Mérida. Y lo reafirma en otros pasajes, diciendo: «at propriam urbem in qua antea fuerat episcopus fugere nitebatur», «ad propriam tendebat civitatem», «pulsus ab Emérita ad suam civitatem festim perrexit» (VPE, V.8.8-11) cuando tiene que abandonar Mérida porque regresa a ella Masona.

En estos textos se ven claramente dos cosas:

  1. Nepopis no era de Mérida, sino de otra ciudad.
  2. Era obispo de esa ciudad.

En puridad no puede afirmarse que era obispo arriano, dato que no aparece reflejado en ninguno de los párrafos del cronista cuando habla de él. Al contrario, son varios los indicios para pensar todo lo contrario, esto es, que se trata de un obispo católico.

En efecto, el cronista emeritense:

  1. Cuando habla de Sunna siempre alude a su filiación arriana; de Nepopis ni siquiera lo insinúa.
  2. No consta en ningún momento que Nepopis ocupara violentamente la sede ni que fuera apoyado directa o indirectamente por Leovigildo.
  3. No se comprende la presencia de un segundo obispo arriano que pasa a primer plano de preferencia, cuando ya había uno, en el preciso momento en que Masona ha dejado el campo libre. Pero sí se comprende la presencia de un obispo católico cuando el pastor legítimo está desterrado.
  4. Cuando regresa Masona a su sede, Nepopis abandona precipitadamente la ciudad, no así Sunna que permanece en ella como jefe de los arríanos.

Ayudará a comprender lo que venimos afirmando la sinopsis de los tres obispos:

Masona

«impar omnium virtutum vir ortodoxus» (V.l.l)

sacerdotali ordine Masona succedit Fideli».

«nobili ortus … genere quidem. Gothus..
mente promptissima erga Deum per quam devotus…
moribus sanctis ornatus,… amator fratrum…
(V.P.2)

Sunna

«virum pestiferum » arrianae haereseos
pravitatem per omnia vindicantem…
in eadem civitate episcoporum Arrianae partís instituit»
(V.5.2)

mente sinister,
moribus pravus,
lingua mendax,…
de bonis indignus,

(v.5.3)

Nepopis

pseudosacerdoe… atque in locum viri Dei
in Emeretensem urbem substituitur, …
et hic eral alienae civitatis epiacopua»
(V.6.29)

homo … profanus servus sane diaboli
angelus satanae praenuntius antichristi

(V.6.P9)

Cierto que el cronista llama a Nepopis «pseudosacerdos», epíteto semejante al que emplea para Sunna a quien denomina «pseudoepiscopus», pero las razones son totalmente diversas:

  • Sunna es el hereje que viene a sembrar la guerra y el mal, que se apodera violentamente de las iglesias y sus bienes, que goza de la protección del Rey hereje, que es causa en definitiva del destierro del Obispo legítimo y que no acepta la penitencia.
  • Nepopis es un obispo católico de otra ciudad, que contra derecho ocupa la sede metropolitana abandonando la propia, que es tolerado mientras el obispo legítimo está ausente, que quiere enriquecerse con los bienes de la Iglesia emeritense y que huye avergonzado y asustado al enterarse del regreso del Pastor legítimo.

En definitiva, Sunna y Nepopis son «pseudosacerdotes» y «pseudoepiscopus» Por la diversa situación de lo inválido y lo ilícito.

Ahora bien, ¿cual era la ciudad de la que era obispo Nepopis? ¿De donde venía este hombre?

Según la «Historia de España» dirigida por Menéndez Pidal (III, 391), Nepopis es un oriental, mientras para Pérez de Urbel («Los monjes españoles…, I, 270) era egipcio.

Ignoramos las razones en que se apoyan estos autores para sus afirmaciones, ya que el cronista no deja ningún indicio que pueda apoyar esta conjetura. En efecto, la frase «erat alienae civitatis episcopus» no quiere decir otra cosa que Nepopis no era emeritense. Si es verdad que el sepulcro de Eulalia era la ocasión para peregrinaciones y posteriores «devotiones» o consagraciones, como pudo ser el caso del abad Nancto, africano, no es lícito generalizar sin más.

Además, la presencia de un obispo «oriental» (griego) en un lugar tan importante como Mérida, en un momento histórico en que la Península toma conciencia de unidad nacional bajo Leovigildo no deja de ser extraño. En efecto, difícil de aceptar por una comunidad en la que ya los orientales han perdido gran parte de su influencia y cuando no se los considera ya como «romanos» sino como ocupantes extranjeros. Creemos que el buen político Leovigildo no aceptaría esta presencia extraña, cuando el mismo procuró antes que la influencia goda fuera decisiva en Mérida.

La frase «erat alienae civitatis», creemos pues que puede entenderse -sin retorcer su sentido- aplicándola a otra ciudad de la Península, tal vez de la misma región. En efecto: La ciudad de Nepopis hay que relacionarla con la región donde estaba situado el lugar a que fue desterrado Masona.

Efectivamente, el cronista es muy concreto al señalar que el camino por el que regresaba a Mérida el obispo desterrado es el mismo por donde iban los bagajes del obispo Nepopis («per ipsam viam regredi ad Emeritam civitatem per quam plaustra rebus onusta properabant» (VPE, V.8.11/). Si Nepopis en su huida no se encuentra con el desterrado ello es debido a que huye a campo través («prior irse cum paucis fugeret» (VPE, V.8.11/). Ahora bien, hay dos datos para sospechar que el lugar del destierro, en donde el obispo estaba confinado no estaba demasiado lejos:

  1. Pudo recibir ayuda en su necesidad, enviada por la comunidad, ayuda abundante, además, lo que supone una cierta información del estado precario del obispo y su pequeño séquito. («nec mora et ecce subito ante fores monasterii reperti sunt ducenti asini onusti stantes qui missi cum diversis alimoniis ad eadem virum a diversis viris catholicis fuerant» (VPE, V.7.7/220).
  2. En su regreso es acompañado por una gran multitud hasta las mismas puertas de Mérida (Dehinc cum maximo comitatu de loco quo religatus fuerat ad urbem Emeretensem reversus est… Masonam cum infinita multitudine per ipsam viam regredi ad Emeritam civitatem» (VPE, V.8.8-11).

Creemos, pues, que hay indicios razonables rara sospechar que el lugar del destierro de Masona fue en la misma región. Ahora bien, parece lógico descartar las zonas del sur y del oeste, lugares de la revuelta católica. Por ello sospechamos que fue desterrado hacia el este o el norte de Mérida. La primera hipótesis supone un lugar relativamente cercano a Toledo, desde donde se le podría controlar mejor. Pero no puede descartarse la hipótesis del destierro hacia el norte puesto que las fuentes nos ofrecen algunos indicios. Indudablemente hay que rechazar de nuevo el falso S. Máximo, y por lo tanto el destierro de Masona a Complutum.

  1. El hecho de que Nepopis fuera tolerado por los católicos emeritenses parece revelar que este obispo, no era ajeno a la sede metropolitana, acaso fuera un obispo sufragáneo.
  2. La frase «erat alienae civitatis episcopus» bien pudiera ser un modo velado de indicar una ciudad cercana, bien conocida y sobre un hecho lamentable relativamente próximo, evitando así crear un baldón sobre la misma. Ciudad desde luego de mermados recursos que lleva a su obispo a depredar a la Iglesia emeritense tal vez para enriquecer a su propia sede.
  3. No deja de ser sugerente que en el año 589, un obispo de la región firma las actas del Concilio III de Toledo en último lugar, sin duda porque acababa de ser ordenado. Se trata de Jaquinto, obispo de Coria.

¿Es que acababa de sustituir a Nepopis, depuesto, que había mancillado su ministerio con una usurpación y la rapiña? De hecho el nombre de Nepopis no vuelve a aparecer en la historia tras de su presencia en Mérida.

Con ello tendríamos que el primer obispo cauriense conocido fue Nepopis, obispo depuesto como Marcial de Mérida, aunque por distinta motivación.

En resumen, aunque la hipótesis no deja de ser tentadora, en rigor no puede darse por definitiva mientras no se aporten datos más fehacientes.

II. LA PRESENCIA DE NEPOPIS EN MÉRIDA.

Está fuera de toda duda que Nepopis aparece en Mérida durante el destierro de Masona que duró tres años. Es evidente, además, que su diócesis era de escasos recursos económicos, puesto que él intenta enriquecerla o enriquecerse a costa de la Iglesia ameritense. Es muy probable -como hemos dicho ya- que fuera una sede de la misma región, acaso Coria.

Es evidente que Nepopis encuentra un titulo -verdadero o aparente- para ocupar la sede emeritense sustituyendo al legítimo Pastor, desterrado. Este título no consta en ningún caso que sea de tipo político (una imposición regia como ocurrió con Sunna) ni que hubiera una intervención de Leovigildo, que el cronista no dejaría de señalar dado el contexto y el criterio que le merece este rey. Se debe tratar, pues, de un título eclesiástico. Sospechamos que se trate de:

  1. Ser obispo católico, ya que no consta oposición alguna contra él y sí una posesión quieta y pacífica que le hace disfrutar y disponer incluso de los bienes de la Iglesia usurpada («argentum copiosum et ornamenta insignia et quidquid meliora vidit in Emeretensis ecclesiae» (VPE, V.8.8/) e incluso de los siervos de la misma. Pero creemos que este solo título no era suficiente.
  2. Ser obispo sufragáneo, puesto que a título de «administración apostólica» podría tener acceso a la sede emeritense con mayor facilidad, puesto que su propia sede parece quedó sin ocupar, razón por la que regresa a ella cuando sale de Mérida.

No obstante, el título no aparece claro ni verdadero, ya que el propio Nepopis tiene conciencia de culpabilidad ante el regreso de Masona. Se trataba, pues, de una auténtica suplantación en la que cabe sospechar con razón que la codicia era acaso la razón principal.

No deja de ser extraño que en la crónica no aparezca ni la oposición de Sunna, que lógicamente aspiraba a una total hegemonía, ni la del Rey que había desterrado a Masona, ni siquiera la de éste.

  1. ¿Por qué Sunna no se opone? Pensamos que en el momento de esta ocupación su prestigio se ha debilitado bastante. En parte porque muchos indecisos eran ya partidarios de Masona al que consideraban una víctima inocente, en parte por su propio desprestigio y del grupo arriano por su intransigencia, como se vio en tiempos de Recaredo, y en parte, finalmente, porque los dos grupos -el católico y el arriano- en este momento estaban más definidos y separados. Y creemos que el segundo ya en franca minoría.
  2. La actitud de Leovigildo extraña a primera vista. Pensamos que como buen político se inclinaba a la convivencia y a tas fórmulas de compromiso. Acababa de sufrir las consecuencias de una feroz guerra civil y sobre todo el shock de la muerte de su hijo Hermenegildo (Pascua del año 585), que pese a todas las apariencias debió dejarle profunda huella. Posiblemente, vencidos ya sus enemigos, pensaba en una pacificación y tolerancia hacia los católicos.
  3. No consta que Masona protestara de la presencia de Nepopis en Mérida, en caso contrario no parece que éste hubiera tenido tan libres las manos para hacerse con los bienes y los siervos de la Iglesia.

Informado sin duda, posiblemente pensó que era un mal menor que la sede estuviera ocupada por un obispo católico que sin pastor alguno frente al arrianismo.

III. EL MINISTERIO DE NEPOPIS.

Por lo que acabamos de decir, sospechamos que el tiempo que Nepopis ejerció su ministerio episcopal en Mérida fue muy corto.

No parece que estuvieran los ánimos dispuestos a aceptar o tolerar la presencia de otro obispo que sustituyera a Masona inmediatamente después de ser desterrado, ni que de inmediato el propio Nepopis se dispusiera a suplantar a Masona.

Creemos que debió pasar un año largo sin obispo, y bien que algunos emeritenses se lo propusieran o bien que el propio Nepopis lo pensara, el caso es que ocupó la sede emeritense, posiblemente pasada la Pascua del año 865, ya que antes no creemos que el propio Leovigildo hubiera permanecido indiferente a esta maniobra.

Con ello pensamos que el ministerio de Nepopis en Mérida fue breve, acaso no durara más allá de año o año y medio. Ministerio anodino en el que no hay aspecto alguno que destacar salvo un epílogo inesperado, posiblemente para el mismo Nepopis que sin duda no pensó fuera tan corta su presencia en Mérida.

IV. EL FIN DE NEPOPIS.

Todas las ambiciones del obispo ilegítimo acabaron inesperadamente un día, cuando se entera del regreso inmediato del obispo legítimo. Desde ese momento los acontecimientos se precipitan, contados detalladamente por el cronista emeritense. Sucede todo en poquísimos días:

  1. La noticia de la amnistía y del pronto regreso de Masona alborota los ánimos del clero y del pueblo, que comienza a despreciar al obispo ilegítimo («ab omni clero vel populo pulsus» (VPE, V.8.9))
  2. Nepopis teme que Masona lo pueda encontrar ocupando su sede y que sea arrojado de ella con ignominia («ne eum vir Dei Masona in sua ecclesia invenisset et cum omni ignominia pelleret» (VPE,V.8.10)).
  3. Planea, por tanto, una marcha que al fin se realiza precipitadamente, tal vez porque el regreso de Masona es inminente. Pero antes quiere hacerse con la plata, ornamentos y objetos de valor de la Iglesia («prius quam abiret argentum copiosum et ornamenta insignia et quidquid meliora vidit in Emeretensem ecclesiam clam nocturno tempore ad suam civitatem fraudulenter misit» (VPE, V.8.11)) Estos bienes los quiere sacar de noche ocultamente.
  4. Mientras, él se adelanta con un pequeño grupo de incondicionales, huyendo precipitadamente («prior ipse cum paucis fugeret…» (VPE, V.8.11))
  5. Masona, que regresa triunfalmente, encuentra los bagajes que caminan lentamente durante el primer día de viaje. Encuentro feliz porque los siervos de la Iglesia y los bienes de la misma se recuperan, lo que se celebra con acción de gracias en la Basílica Eulaliense.

Ahora bien, después de estos datos, Mepopis ya no aparece mencionado, ni el cronista explica sus últimos días, mientras que describe el fin de Sunna, que al frente de un grupo de activistas arrianos aún ha de ofrecer no solo resistencia al obispo Masona sino que llega a planear atentados contra su vida y que acaba desterrado e impenitente difundiendo el arrianismo por Mauritania, dato que confirma el Biclarense en su Crónica.

Todo esto nos parece confirmar el hecho de que Nepoppis fue depuesto de su sede, acaso a fines del año 686 o principios del 687, ya en pleno reinado de Recaredo. Debió aceptar la penitencia, viviendo sus últimos días en algún monasterio, recibiendo finalmente la pax ecclesiae.

V. LA PERSONALIDAD DE NEPOPIS.

Físicamente, creemos que hay que descartar un Nepopis ya anciano en el momento de ocupar la sede emeritense. En esas condiciones físicas ni se toman iniciativas tan arriesgadas ni se está en condiciones óptimas de hacerlo, dato por lo demás que el cronista no dejaría de reseñar. Tampoco parece probable que fuera muy joven, lo que le restaría prestigio para ocupar el puesto que pretendía. Si hemos de considerar la praxis de la Iglesia española, sancionado por el Concilio IV de Toledo (a.633) que prescribía 25 años para los diáconos y 30 para los presbíteros como mínimo, podría sospecharse una edad de cierta madurez, cerca de los 40 años.

Intelectualmente, el cronista lo describe como «homo profanus» (V.6.29), es decir, un hombre poco ilustrado.

Moralmente, es un hombre ambicioso, con pocos escrúpulos, que cree aprovechar la gran ocasión de su vida para situarse. Es tolerado pero no aceptado por la comunidad emeritense que ve en él siempre un «pseudosacerdos», un «servus diaboli… angelus satanae» y un «praenuntius antichristi» (V.6.29), que ha intentado engañar a los cristianos.

CONCLUSIONES

Aunque quedan muchos e importantes aspectos de esta cuestión sin resolver, creemos oportuno fijar unas conclusiones provisionales hasta que nuevos datos nos ofrezcan más claras conclusiones:

  1. Nepopis fue un obispo católico.
  2. Era obispo de otra ciudad, más modesta y pobre, casi con seguridad ubicada en la misma región que Mérida.
  3. Hay indicios razonables para sospechar que se trata de la ciudad de Coria.
  4. Nepopis ocupa la sede emeritense de modo ilegitimo, pero bajo la apariencia de título legítimo, probablemente en el verano-otoño del año 685.
  5. Ejerce su ministerio durante poco más de un año, tolerado pero no aceptado por la comunidad católica.
  6. Ni Leovigildo, ni Sunna ni Masona parece que pusieron trabas a su ministerio que debió desarrollarse pacíficamente.
  7. Abandona inesperadamente la ciudad de Mérida ante la llegada del obispo legítimo Masona, no sin antes querer llevar consigo los bienes de la Iglesia emeritense.
  8. Es presumible que fuera depuesto hacia el año 687, sometido a penitencia y tal vez recluido en un monasterio, acabando sus días en la paz de la Iglesia.

APÉNDICE

Tomado de las Vitae Patrum Emeretensium (edic. Garvin).

Poshaec subrogatur ei pseudosacerdos Nepopis quidam nomine atque in locum viri Dei in Emeretensem urbem substituitur, homo namque profanus servus sane diaboli angelus satanae praenuntius antichristi, et hic erat alienae civitatis episcopus. Sed quantum vir Dei crescebat virtutibus copiosis econtra ille foedebatur actibus nefandis. (V.6.29)

Dehinc cum máximo comitatu de loco quo religatus fuerat ad urbem Emeretensem reversus est. Cuius dum gressum Nepopis qui eidem fuerat subrogatus audisset terrore divino subito exterritus ad propriam urbem in qua antea fuerat episcopus fugere nitebatur. Prius tamen quam abiret argentum copiosum et ornamente insignia es quidquid meliera vidit in Emeretensem ecciesiam plaustris plurimis peroneratis per homines Emeretensis ecclesiae clam nocturno tempore ad suam civitatem fraudulenter misit. Ipse videlicet Nepopis infeliciter ab omni clero vel populo pulsus ab Emerita ad suam civitatem festim perrexit ac, ne eum vir Dei Masona in sua ecclesia invenisset et cum omni ignominia pelleret, quentocius egressi festinavit. Cum prior ipse cum paucis fugeret, post ipsum cuncti ad eum pertinentes urbem ignominiose egressi, dispersi, conturbati ac per diversa palantes, ad propriam tendebant civitatem.

Cumque haec agerentur, nuto Dei meritisque sanctae Eulaliae contigit eodem die subito sanctum Masonam cum infinita multitudine per ipsam viam regredi ad Emeritam civitatem per quam plaustra rebus eius procul ab urbe obviasset vir sanctus, sciscitari praecepit cui essent ista omnia vel plaustra. At illi cognoscentes proprium dominum gaudio magno repleti responderunt: «Servi tui sumus, domine». Quos ille denuo quid in plaustris ferrent interrogavit. Illi autem dixerunt: «Res sanctae Eulaliae et tuas, quas hostilis praedo Nepopis praedavit, portamos et ipsi infelices in captivitatem pergimus separati a rebus vel filiis vel uxoribus nostris, et a patria in qua nati sumus expulsi. «Qui cum vir Domini gaudio magno repletus est: «Gratias tibi. Domine Ihesu bone, refero quia magna est multitudo dulcedinis tuae, qui tantum in omnibus pro tuis licet indignis servis curam gerere dignatus es ut et nos ab omnibus malis ereptos prospere reduceres et res tuas ditioni inimicorum minime traderes». Et haec dicens cunctos ad civitatem suam revocari praecepit ac sic cum immenso gaudio gaudentibus cunctis ad urbem pervenit. (V.8.8-16).

Oct 011971
 

Patricio Guerin Betts.

Valores históricos religiosos de Extremadura.- Muchos sin duda, y los más llamados a estudiarlos son los hijos de la propia tierra.

Sucede, sin embargo, que los historiadores y sobre todo, los investigadores, tenemos cierto instinto policiaco, y nuestra misma labor nos exige seguir la pista de los historiados.

«Tras el polvo de su sandalias». Sí; a mi me toca en este momento seguir las huellas de unas sandalias episcopales, desde Leyre, donde me encuentro hasta Badajoz, en cuya catedral descansan los restos mortales del inmortal fray Ángel Manrique.

El dicho «inmortal», y en el título puse «coloso» aunque este epíteto no se me ocurrió a mí sino que lo recojo de una carta que hace tiempo me escribió un sacerdote erudito, que me exhortaba a seguir estudiando la persona de Manrique, «porque es un coloso«. Y aquí en esta semana monástica, un monje de gran nombradía, enterado de este trabajillo actual, me declaró con espontaneidad que Manrique era una gran figura poco estudiada.

Desconocido desde luego no lo es. Sus Annales Cistercienses han llevado su nombre más allá de las fronteras.

En nuestros tiempos, y con ocasión del tercer centenario de su muerte (1649-1949) le dedicó un trabajo muy documentado y concienzudo el que hoy es digno abad de Santa María de Viaceli, Cóbreces, provincia de Santander (1-. El Ilmo. fray Angel Manrique Obispo de Badajoz (1577-1649) en Collectanea Ordinis Cisterciensium Reformatorum nº3 de julio 1950 y nº2 de 1951, pags. 195-207, y 128-139).

Después me tocó entrar en la lid personalmente, ante todo con mi conferencia en santa María de Huerta en 1962 con ocasión del octavo centenario del Monasterio y que fue publicada en Celtiberia con el título de «fray ángel Manrique» (Celtiberia núm. 23 páginas 131-138 1962). Con la misma ocasión del centenario la revista «Cistercium» dedicó un número extraordinario a la ilustre abadía y a mí me ocupó exponer ampliamente la muy interesante genealogía hasta entroncarle con los mismos fundadores de dólares de Huerta. Agregue otro par de artículos en Cistercium: In cunabulis, y El curso de Meira (XVI, 1974 núm. 90, páginas 24-35.) bajo el título genérico de «Estudio y semblanza». El plan era vasto, pero la revista tenía sin duda gran cantidad de material, y se paralizó el trabajo. Únicamente un sueltecito en 1965 «Un insigne error» Cistercium XVII (marzo-abril 1965 pags. 85-88) en defensa de Manrique y de la verdad que es lo primero que debe preocupar a todo historiador.

También en otra revista de gran prestigio tuve ocasión de hablar de Manrique por extenso. Se trata de «Miscellanea Comillas» donde se reeditó (6) por tercera vez un «Memorial» de Manrique a las Iglesias de Castilla en 1624 acerca de la contribución que pedía el rey. Iba precedido de una larga introducción. Lo comentó D. Alberto Echevarría, profesor de la Universidad de Salamanca, en un periódico de dicha ciudad, y recientemente en un librito acerca de los antiguos alumnos de Salamanca. Envié una separata al actual señor obispo de Badajoz, y me contestó que le habían gustado mucho varios puntos del Memorial.

Un tercer exponente de las gestas de Manrique es el Padre Agustín Romero, monje de Santa María de Huerta, en Cistercium(7- Cistercium XIV marzo-abril, 1962; nº80, pags 71-82) El titulo es «El obispo Manrique a través de algunas de sus cartas». Precisamente es el tema que interesa más respecto a estos Coloquios, si bien para comprender a ese obispo pacense hay que estudiarle desde atrás.

He sentido mucho no poder acudir a Trujillo por las fechas designadas para estos Coloquios, pero para continuar mis investigaciones quedan otras muchas y estas ocasiones son las que mueven las voluntades e impulsan a trabajar. Entre tanto sólo puedo presentar a los asistentes y a los interesados en los Coloquios: una vez más a Manrique tal y como le conocemos hasta ahora. No serán nuevos los datos, pero sí la presentación, que será preparado ad hoc.

La primera explicación que hay que dar es bastante radical. Fr. Ángel Manrique al nacer y al ser bautizado parece otro distinto, ya que se llama «Pedro de Medina «Santo Domingo, y es que fue hijo de un regidor de la ciudad de Burgos, llamado D. Diego de Medina Cisneros, y de doña María Santo Domingo Manrique. El nombre propio lo cambiaria al entrar en religión, por el de Ángel, y el apellido Manrique lo hubo de llevar como condición indispensable para poder ingresar en el colegio de Los Manrique de Alcalá de Henares, fundado por D. García Manrique, tío de su madre . Un episodio famoso e importante de su niñez fue que conoció a Santa Teresa de Jesús, y esta le echo la bendición y pronosticó que había de ser importante en la iglesia de Dios.

Comenzó a estudiar en edad bastante temprana puesto que a los 13 años ya estaba en el colegio de los Manrique de Alcalá. Aquí trabó grandísima amistad con los cistercienses de Santa María de Huerta, que cursaban estudios en la Universidad Complutense. Tal vez estaría aun vivo el recuerdo de las relaciones entre los Manrique y Huerta. El caso es que el joven Pedro de Medina cobró más cariño al claustro cisterciense que al colegio y fue a tomar el hábito al cenobio soriano. Muy grande debía ser el prestigio de Huerta, o su capacidad educativa, para que de aquella sola tanda de novicios saliesen tres futuros obispos cistercienses. Cual de una crisálida sale una mariposilla, así el estudiante frustrado de Alcalá, al cabo de un año de noviciado salió a estudiar filosofía al colegio del monasterio cisterciense de Meira. Era un curso filosófico de tres años. De fray Ángel consta que por su precocidad, le sobraba mucho tiempo del estudio, para dedicarlo a la piedad.

Todavía muy joven marchó a Salamanca, que seria su residencia durante muchos años. Tales progresos hizo en el estudio, que ya en 1605 puede publicar su obra «La Laurea Evangélica«, dedicada a su madre; en 1610, «El Santoral Cisterciense», del cual hace una gran alabanza el erudito fr. Lorenzo de Zamora que encuentra la doctrina muy sana y católica junto con la delicadeza de ingenio y erudición. El 7 de noviembre de 1613 obtiene el titulo de «Maestro en Teología» Con ello ganaba puntos la Universidad de Salamanca, al granjearse un joven profesor competentísimo, ejemplar, afable y constante. Seguramente sus primeras lecciones serían para los estudiantes del colegio de la Orden.

El año 1615 obtiene la cátedra de Escoto; en 1618, la de Santo Tomás, y en 1621 la de Filosofía Moral y el título de «Maestro en Artes».

Cargos monásticos tampoco le faltaron, como fue el de abad del colegio cisterciense de Salamanca, durante cuatro trienios. Entonces demostró talento matemático y administrativo, al trabajar en la fábrica del edificio colegial en menos tiempo mas que varios de sus predecesores juntos, y construir la célebre escalera del aire, enigma para el también inteligentísimo y célebre Caramuel.

Fue consiliario y definidor de su Congregación, y finalmente general reformador desde 1626 a 1629. Terminado este importante empleo volvió a la cátedra, y en 1630 obtuvo la de Vísperas. En 1636 fue nombrado predicador del Rey. Su Majestad quedó muy satisfecho de sus servicios, porque decía la verdad sin ofender. También predicó en varias ciudades; entre ellas, Barcelona, Burgos y Santiago. Tan castiza era su dicción que mereció ser incluido en el «Diccionario de Autoridades de la Lengua». A fines de 1638 obtuvo la cátedra de Prima de Teología. También este año publicó el primero de los 4 gruesos tomos de los «Annales» Cistercienses reeditado recientemente por la Gregg Press, a un precio muy elevado, índice del valor que se les atribuye. Al publicar el último tomo, -ya era obispo de Badajoz y tenía reunidos datos para otros tres; pero ya le fallaba demasiado la vista, que nunca tuvo buena. Antes en 1633 el abad de Morimond le había nombrado prior de Calatrava, y si no lo llegó a ser de hecho, fue por la oposición de los frailes a que ocupase tal dignidad un cisterciense.

Por monumental que fuese la obra de los Annales, es solo una parte de su labor literaria en latín y en castellano. Además de las obras ya citadas, hay un «Sermón en la beatificación de S.Ignacio de Loyola», Salamanca, 1610; –«Meditaciones para los días de la Cuaresma«. Salamanca, 1612- Sermones varios. Salamanca, 1620; «Apología por la mujer fuerte», Salamanca, 1620; «Historia y vida de la venerable Madre Ana de Jesús Bruselas», 1632, obra bastante voluminosa y escrita por encargo de la infanta doña Isabel Clara Eugenia; Memorial al señor Felipe IV, sobre el nombramiento de Prior de Calatrava, 1634; Respuesta al Rey sobre seis puntos concernientes a la Concepción de nuestra Señora, 1643, y Pontificale Cisterciense, Salamanca, 1610.

El no haber sido nombrado en fecha más temprana para alguna sede importante fue debido en gran parte a su desgana. Bien le hubiese gustado al Rey y a alguno de sus magnates tenerle cerca en Madrid para consultarle muchas cosas; pero Manrique no quería que le envolviesen y prefería estar a distancia. Por otra parte debía tener mucho cariño y apego a la Universidad Salmantina donde llegó a ser «Princeps Studiorum», y al colegio-abadía de su Orden.

Ya de viejo a los sesenta y ocho años consiguieron algunos de sus amigos, muy a disgusto suyo, que fuese nombrado obispo de Badajoz, y como dije en mi conferencia de Huerta: «A los sesenta y siete años bien cumplidos le llegó a Manrique la mayor de las distinciones, el nombramiento de obispo de Badajoz. Bien podía parecer una medida cruel, si es que el nombrado hubiese de tomar en serio las obligaciones anejas a esta dignidad, como en efecto lo hizo Manrique.»

Mientras se le enviaban de Roma las bulas, se pasó otro año casi entero, y así fue un anciano de 68 años el que se presentó en Badajoz para tomar las riendas del gobierno eclesiástico en el otoño de 1645. Viejo según el cuerpo, joven y vigoroso en el espíritu.

Es edificantísimo ver como el aristócrata, el teólogo, el historiador, la lumbrera de España, según le llamó Diana en carta escrita a Caramuel, este venerable anciano reside en la diócesis, y no solo en la capital, sino la mayor parte del tiempo en todos los rincones de ella sucesivamente, y cuando llegan las grandes festividades y conmemoraciones, Manrique escribe el Cabildo desde los puntos más remotos con exquisita cortesía para excusar su ausencia, y manifestar su unión espiritual con sus colaboradores mas íntimos.

No contento con recorrer la diócesis en todas las direcciones, tuvo arrestos para convocar un sínodo a fines de 1648, último año de su vida. Don Juan de la Guerra, canónigo magistral, nos describe al obispo Manrique en 1646 «armado de la pluma» en medio de las tropas a las cuales arengaba, ya en privado, ya en público, convertido casi en Ordinario Castrense, ya que Badajoz rayaba con Portugal, teatro de la guerra entre españoles y portugueses. Pese a esta situación y después de cumplir con las obligaciones de fiel pastor, Manrique hallaba tiempo para dar los últimos toques al cuarto tomo de sus Annales, que habrían de servir según el citado magistral, para animar a todos a cumplir con su deber.

Badajoz fue la ultima etapa de la vida de fr. Ángel Manrique, la más gloriosa pero también la más laboriosa. Sin duda Dios quería consumar la obra de santificación y por eso dejados atrás Burgos, Alcalá, Huerta y Salamanca se afanó en tierras extremeñas por cultivar la porción del campo del Señor a él encomendada. Y este es el ocaso inmortal del coloso. Ya no teoriza el que grande y excelente teorizador había sido. Obrar, trabajar, dar ejemplo cumplir esmeradamente su ministerio pastoral. De esto fue testigo la Extremadura de aquellos tiempos que se admiró y conmovió cuando los monjes de Santa María de Huerta, que también tenían motivos para conocer y para amar y admirar a fr. Ángel Manrique, pidieron sus restos mortales. La respuesta negativa estaba fundada en que sus restos eran los restos de un Santo. Y fue sepultado en la capilla del Sagrario de la S.I.Catedral de Badajoz, lo cual debe servir para que los habitantes de la capital y de la diócesis le consideren presente, porque un ocaso inmortal excluye la muerte.

Non omnis moriar, se debe decir de todo aquel que muere en gracia de Dios; pero más especialmente de estos colosos, que se deshacen en aras del bien de los demás, y con ello reciben una bendición especial de Dios, la bendición do permanencia. Ese sol que veis rubicundo esconderse tras la montaña o deslizarse en el mar, no ha desaparecido, se ha ocultado silenciosamente, majestuosamente, pero aún tiene que haceros mucho bien.

Fr.Patricio GUERIN BETTS.OCSO.