Oct 011988
 

Ramón Núñez Martín.

Presentación

Con este trabajo literario pretendo contribuir de algún modo aunque sea modestamente a dar a conocer a un extremeño universal, uno de los hijos más ilustres de Trujillo y uno de los descubridores más grandes de la tierra, tal vez el más grande después de Cristóbal Colón. Un escritor actual especializado en esta figura histórica, Alberto Vázquez de Figueroa, arrebatado de entusiasmo, ha hecho de él este juicio de valor: «Orellana es el más indomable de los hombres y el más desconocido de los héroes».Con esas palabras quiso hacer mejor elogio y a la vez expresar su trágico destino.

Hace ya bastantes años, en un mes de mayo, andando por una de las calles de Trujillo, me encontré con el famoso antropólogo, escritor y explorador Dr. Reberte, que había pasado bastantes años pateando varios países de América del Sur. Acompañado de su esposa vino a visitar Trujillo para conocer sobre el terreno el pueblo natal de Orellana, con vistas a preparar un programa de televisión sobre él, en la sección que llevaba sobre el tema: “Las Rutas de los Conquistadores”. Le acompañé a visitar varios monumentos y entre ellos la casa donde nació el héroe del Amazonas situada en la Calle de las Palomas y que por entonces todavía no estaba restaurada. En las horas que pasé con él me hizo muchas preguntas sobre Orellana y sobro el famoso Dominico Trujillano Fray Gaspar de Carvajal que le acompañó en sus descubrimientos y que escribió el libro “Diario de una expedición». Algunas de esas preguntas pude contestarlas pero otras no. Esto me estimuló a adquirir cuantos datos pudiera sobre nuestro descubridor, por quien siempre he sentido una profunda admiración.

Ante la proximidad de la celebración del Centenario del Descubrimiento de América, se impone el que en Trujillo demos a conocer a los hombres insignes que intervinieron en aquella gesta en donde se derrochó audacia y heroísmo.

Este trabajo va ha tener tres partes que responden a tres aspectos de la personalidad de Orellana: primero, su interesante biografía; segundo, su gesta heroica; y, tercero, su mensaje trascendental y aleccionador.

PRIMERA PARTE

Una biografía interesante

Francisco de Orellana Bejarano Pizarro y Torres de Altamirano. Este es su nombre y apellidos completos. Como se puede advertir, sus apellidos descubren con toda claridad la grandeza de su espíritu trujillano y extremeño. Sus padres fueron: Francisco de Orellana y Francisca Torres y el hijo también Francisco.

Sólo tuvieron este hijo en el matrimonio. La madre, al enviudar muy joven, contrajo matrimonio en segundas nupcias con Cosme de Chaves, perteneciente a una de las más ilustres familias de esta ciudad. Parece que en la infancia y en la juventud conoció la contradicción; pero en la prueba precisamente es donde se forjan los grandes caracteres. Los rasgos principales que los historiadores han señalado de su carácter son estos: tenía una voluntad de roble, una imaginación de fuego, una gran agilidad mental y, ayudado por sus principios cristianos, era todo un caballero en su recto proceder. Como buen extremeño nunca supo retroceder ante las dificultades. Jamás se dio por vencido. Era, además, un hombre animoso, optimista, alegre cien por cien. Si no hubiera sido así, imposible que hubiera salido airoso en la gran aventura que llevó a cabo. Nació en Trujillo. De esto no hay duda alguna, nadie lo discute. Sobre la fecha de su nacimiento, aunque no se tienen datos precisos, todos los historiadores calculan que fue sobre 1511. Hay certeza histórica de que nació en una casa solariega perteneciente a sus padres situada en la calle de las Palomas, radicada en la Villa, una de las zonas más antigua de Trujillo. No hay todavía ninguna inscripción que indique que en referida casa nació un trujillano universal. Una familia peruana, Carton-Loaysa, que tiene sus raíces en Trujillo, ya que sus antepasados del siglo XVI eran de aquí, han comprado esta casa hace unos años, realizando en ella una acertada restauración, rescatando en el exterior su viejo estilo. Parece que tienen acordado poner en la portada una lápida conmemorativa en la que se indique que en esta casa nació el descubridor del Amazonas.

Documentalmente no consta donde fue bautizado porque las partidas de bautismo no comenzaron a inscribirse hasta el 1542. Lo más posible es que fuera bautizado en la Iglesia de Santa María la Mayor o en la de Santiago, de esta ciudad, que son las iglesias más cercanas a la casa de su nacimiento.

Aquí en Trujillo pasó su niñez y siendo todavía muy joven, allá por el año 1526, manifestó su deseo de marchar al Nuevo Mundo, cuando tenía unos dieciséis años. Había oído hablar de Obando, de Hernán Cortés y de Pizarro; y en vez de marchar a Flandes o a Italia, decidió partir para América. Como uno de tantos, en un día cualquiera, salió de Trujillo Francisco de Orellana, dejando atrás el cariño de una madre y delante el infinito. En esta ocasión, el que partía no era nada; cuando volviera años más tarde podría serlo todo.

Podríamos considerar su vida de soldado de España en América y de gran descubridor, como un drama en tres actos, teniendo al final un trágico y fatal desenlace.

Acto primero

Embarcado, hacía América llega a Nicaragua-Panamá. Algunos historiadores dicen que estuvo en México algún tiempo con Hernán Cortés, pero de su estancia en la Nueva España no se sabe nada digno de mención. Se va después al Perú, reclamado por su pariente Francisco Pizarro y toma parte activa en esta empresa heroica. Se cubre de honor en Lima, en el Cuzco y Puerto Viejo. En esta última Ciudad, que se fundó en 1535, se quedó de asiento. Disfruta de una saneada hacienda y adquiere prestigio entre los españoles por su recto juicio, desprendimiento y llaneza. Sostendrían por entonces veinticinco años. Llega el rumor a sus oídos de que el Marqués D. Francisco Pizarro está sitiado en el Cuzco y que Hernando Pizarro, en Lima, atraviesa momentos difíciles. Él no podría permanecer impasible. Improvisa una mesnada de ochenta hombres, compra una docena de caballos y vuela en su socorro. Los indios no pudieron resistir a su bravura y quedó dominada la sublevación, capitaneada por Manco Tapa Yupanki. En ayuda de Hernando participa después en batalla de las Salinas. El marqués lo recompensa nombrándole capitán general de Santiago de Guayaquil, que él fundó, y de Puerto Viejo.

Acto segundo

Comienza Orellana la gran aventura del descubrimiento del Amazonas donde se cubrió de gloria. Era el año 1541. Al año siguiente, a finales de 1542, realiza la hazaña que le ha hecho inmortal, se propone regresar a España con la finalidad de dar cuenta a Rey de su descubrimiento. Tenía treinta y dos años. Una furiosa embestida de la mar océano, puso en peligro su vida al naufragar la nave donde venia. Se salva milagrosamente, teniendo necesidad de desembarcar en uno de los puertos de la nación hermana. Al enterarse el Rey portugués de la categoría de este personaje le retiene quince días tratando con promesas y alagos de ganarle para su causa aprovechando sus valiosos descubrimientos y servicios. Pero no conoce la nobleza del español. Tal propuesta es dignamente rechazada como corresponde a un caballero español. Se presenta en Valladolid, donde estaba Carlos V, quien lo recibe con gran gozo, escuchando admirado la narración de su hazaña. Después viene a Trujillo, a su ciudad natal, para visitar a sus familiares y amigos.

Acto tercero

El trece de enero de 1544 el Príncipe Felipe -en nombre del Emperador- y Orellana, firman el concierto y las capitulaciones. El original se conserva en Archivo de Indias. Queda nombrado Gobernador y Capitán General de las partes Amazónicas que se han de llamar Nueva Andalucía. La expedición, como es natural, tarda algún tiempo prepararse. Mientras tanto se casa en Sevilla con Ana de Ayala, natural de Córdoba y que fue fiel esposa y compañera inseparable en su segunda expedición. Por sus propios medios y sin ayuda material alguna por parte del Rey consigue construir cuatro barcos y recluta a cuatrocientos hombres, cifra a todas luces, insuficiente para un proyecto tan ambicioso como era conquistar la selva amazónica, extensión tan grande como toda Europa.

A mediados de 1545 embarca para el Amazonas, en San Lúcar la Mayor; pero nunca segundas partes fueron buenas. Esta no fue tan afortunada como la primera. La suerte se volvió adversa. En aquellas bocas del río a que hace referencia fray Gaspar, se alza la ciudad de Belén del Pará, que es como la puerta del Amazonas. Después de luchar contra los indios salvajes y contra la furia de los elementos, no le queda más que un barco y cien hombres. Pero Orellana jamás se rinde y, al fin, no le queda más que una barca y diez hombres y su esposa. Unas fiebres malignas le causan la muerte. En un sitio desconocido de la inmensa amazonia hay una tumba perdida en la selva: la de Francisco de Orellana. Allí sus restos esperan la resurrección. El clásico latino decía: “los dioses mueren jóvenes”. Él murió a los 35 años, más de la edad de Cristo. De él podemos decir que murió joven pero hizo muchas cosas.

SEGUNDA PARTE

La gesta histórica

Según el juicio de algunos historiadores, con razón se ha considerado a esta empresa del descubrimiento del Amazonas, como una de las aventuras más bellas y más salvajes de América. Fue llevada a cabo por un grupo relativamente pequeño de españoles aguerridos y tenaces (cincuenta y siete en total), acaudillados por un inteligente y valeroso capitán Francisco de Orellana.

Tenemos que conocer que este suceso, esta gloria del descubrimiento del Amazonas, pertenece en buena parte a Trujillo. Y si digo esto no es para envanecernos sino para estimularnos y ser dignos de estos hombres que fueron nuestros antepasados. Fue un trujillano el que proyectó esta empresa: Gonzalo Pizarro. Otro trujillano fue el que convirtió este proyecto tan arriesgado en hermosa realidad: Francisco de Orellana. Trujillano fue también el historiador que habiendo tomado parte en la aventura, la refirió después con exactitud y amenidad en su libro “Diario de la Expedición». Su autor, el dominico fray Gaspar de Carvajal. Que sepamos, intervinieron también en aquella gesta dos trujillanos más, hombres de confianza de Orellana. Sus nombres: Antonio Muñoz y Juan de Arévalo.

Fue Gonzalo Pizarro el primero que planeó esta aventura soñando con el descubrimiento del país de la canela y tal vez con el tesoro del Dorado, mito o leyenda muy extendida entre los indios. Residía Gonzalo en Quito (Ecuador), mientras que Francisco de Orellana, pariente suyo, residía en Guayakil, ciudad fundada por él en 1537. Dicen los que la conocen, que es una de las ciudades más grandes del Ecuador y una de sus puertas más importantes. ¿Origen del nombre? Guaya era el cacique de estas tierras y Kil su esposa; y dice la historia que al ser vencidos por los españoles no pudieron soportar la derrota y, de común acuerdo, determinaron llenos de vergüenza, quitarse la vida. Orellana, en su honor, dio el nombre de los dos esposos a la ciudad por él fundada: Guayakil.

Francisco de Orellana era un joven héroe de poco más de 30 años, natural de Trujillo, como ya se ha dicho. Él llevaba cuatro años de gobernador en Guayakil, pero aquella vida tranquila y sosegada no se había hecho para él. Le hervía la sangre joven en sus venas y se sentía con vocación de aventurero, de descubridor. Le dio ocasión de realizar sus sueños la noticia que le llegó de que su primo Gonzalo Pizarro proyectaba una empresa nueva para descubrir y conquistar el país de la canela. Y Orellana le ofreció su colaboración personal, poniendo a su disposición su hacienda y espada. Quedó todo concertado. Pero cuando días más tarde Orellana fue a Quito para unirse con Pizarro, este ya había partido hacía la selva hacía días. ¿Qué hará Orellana? Debió producirle una profunda decepción. Debió suponer una prueba muy fuerte. Había renunciado a la gobernación de Guayakil. Había vendido sus propiedades para incorporarse a la empresa con cincuenta caballeros y ahora resulta que Gonzalo ha partido hacia la selva. Otro cualquiera se hubiera desazonado, pero él como buen extremeño, no tiene marcha atrás y por eso decide seguir adelante. Está en Quito. Dicen que Quito es hoy una ciudad colonial encantadora y una de las más hermosas del continente, teniendo la gloria de ser la ciudad descubridora del Amazonas. En esta ciudad hay un monumento que conmemora este hecho glorioso y en él un busto en bronce de Orellana en el que se puede leer esta inscripción: «De aquí partió Francisco de Orellana hacía el descubrimiento de nuestro gran río, el Amazonas». Orellana, lleno de ilusión y de espíritu emprendedor, intentó dar alcance a los hombres de Pizarro, encontrando en los indios salvajes una gran resistencia. Comenzó su etapa atravesando un hermoso valle. Se topará después de meterse en una selva impenetrable, con grandes alturas, de 4.000 metros, con grandes extensiones heladas o coronadas de nieves. Por aquí están situados los volcanes de Cotopaxí y Callambre.

Pizarro y los suyos, unos cinco mil hombres, iban bien equipados; llevaban rebaños de animales, ovejas, caballos, etc. La primera fase de su aventura resultó bien. Lograron avanzar y no fueron molestados por los indios de la selva pero después, al ir avanzando por la jungla, se encontraron ante las mismas puertas del infiero. Anduvieron por la selva casi un año perdidos pasando toda clase calamidades.

Fray Gaspar de Carvajal, fraile dominico, paisano de Orellana, como cronista de la expedición, nos ha dejado en un libro una narración muy documentada e interesantísima, de todo lo que se referente a esta aventura. Sufrieron tantas bajas que quedaron reducidos a la mínima expresión.

Orellana se encuentra ahora ante el paso de los Andes, la misma puerta de la amazonía que son unos 7.000 kilómetros de agua desde los Andes hasta el Atlántico. Orellana tuvo que pasar por la Altísima con sus 5.000 metros de altitud y el monte más gigante de la cordillera andina, el Sangay, el más temible y hermoso volcán que domina una gran extensión. A continuación viene el gran desnivel, una bajada desde los 4.000 metros a los 800 metros, encontrándose al fin en la laguna de Papayasca. Las gentes de Pizarro se encontraban en las cumbres del alto Coca, con toda razón llamado el río maldito. Fue aquí en donde tuvo lugar la separación entre los dos primos. Gonzalo Pizarro y Francisco de Orellana. Gonzalo Pizarro, el fracasado en esta ocasión, no por falta de valor, que lo demostró lo mismo que sus hermanos en el campo de batalla, sino a causa de su mala suerte, las circunstancias que se atravesaron en su camino, el hambre y demás sufrimientos que lo hicieron regresar a Quito con unos cuantos supervivientes. Iban medio desnudos; los quiteños, al saberlos, les ofrecieron ropas, pero ellos no las quisieron. Entraban llorando de vergüenza. Allí fue cuando se eclipsó la estrella de Gonzalo Pizarro.

Orellana, volvió victorioso a causa de su valor indomable, pero también con su buena estrella, siguió adelante hasta dar cima a su proyecto. Fray Gaspar de Carvajal lo refirió muy bien en su crónica. Pizarro dejó marchar a Orellana. Se hizo un barco para navegar por aquel río, que tenía media legua de ancho, para ir a buscar comida, ya que era muy grande la necesidad. Después de navegar cincuenta leguas, al no encontrar comida, decidieron volver y Orellana le dijo a Pizarro que deseaba seguir el curso del río, y que allí le esperasen tres o cuatro días y que si no venían no hiciesen cuenta de ellos. Y así, nuestro descubridor, con cincuenta y siete hombres, se fue río abajo y de momento se vieron en gran necesidad, teniendo que comer suelas de zapato. Por fin encontraron indios y comida, y a los nueves días de haber abandonado a sus compañeros, pudieron alimentarse. ¿Y porqué no volvieron a ayudar a sus compañeros? se preguntan algunos. La respuesta es muy fácil: porque no pudieron. Se encontraban en el bajo Coca o uno de sus afluentes, el Napo, y comenta fray Gaspar: «Aunque quisiéramos volver aguas arriba no era posible por la gran corriente y así acordamos que cogiésemos lo que al capitán y a todos nos parecía de dos males el menor; porque, una de dos, o seguir adelante río abajo o morir». Hablar de la traición de Orellana hacia sus compañeros, es tener un desconocimiento total del alto Amazonas, que con toda razón es llamado el infierno verde. Donde hoy está situado el pueblo de Rocafuerte, en la misma frontera de Perú y de Ecuador, es donde Orellana tomó la decisión: no volver al punto de partida por no poder hacerlo. Así se hizo costar en un documento redactado por el escribano de la expedición y firmado por todos. De haber regresado no hubiera vuelto vivo ninguno.

Orellana, sin embargo, para tranquilizar más su conciencia y agotar también los medios de acudir en ayuda de los que quedaban atrás, prometió dar cien ducados de oro a los seis soldados que salieran con comida a socorrer a Gonzalo Pizarro. Pero nadie se atrevió, a sabiendas de que iban a una muerte segura. Orellana no tenía otra posibilidad nada más que seguir adelante.

Los indios Aucas que se encontraron a los largo de 500 kilómetros a la orilla del río Napo, salieron en canoas a ofrecer comida a los españoles; perdices más grandes que las de España, tortugas y peces. El capitán Orellana se lo agradeció muy gentilmente, dándoles de lo que tenía y ellos quedaron muy contentos de su buen trato. Estos indios eran blancos, altos y fuertes y muy pacíficos, aunque después, por el abuso de los exploradores de caucho, se volvieron guerreros.

Estamos en enero de 1542, Orellana y sus huestes eran los primeros que iban a atravesar el Nuevo Mundo de Oeste a Este. Descansan, preparan la embarcación y siguen navegando río abajo. Orellana era un gran caudillo lleno de humanidad y de sentimientos cristianos y ordenó a los suyos que no hicieran la guerra a los indios, sino en caso necesario en extremo para defenderse. Y recomendaba que se les tratase con suavidad y amor.

Van pasando los días y el río Napo se va ensanchando más y más; y de pronto aparece ante sus ojos el cauce del gran río: el Amazonas. Allí, en la confluencia del Napo y del Marañón, es donde aparece ante sus ojos atónitos este espectáculo sublime.

Día histórico éste. El 11 de febrero, fiesta de Santa Olalla, cuando divisaron los orígenes del gran río, cuyo descubrimiento les iba a hacer famosos en la historia. Aquello, más que un río parece un brazo de mar. Baja furioso y con tan grandes avenidas que da espanto verlo. Su profundidad es de 130 metros y es navegable en la mayor parte del curso. Pero lo más impresionante no es su caudal y su anchura, sino su longitud, los 7.000 kilómetros cuadrados de la amazonia. El viaje de Orellana navegando por el Amazonas fue subyugante, heroico; comían patos salvajes, codornices, conejos amazónicos. En las márgenes del río se ocultaba el caimán negro, la gran serpiente acuática anaconda y la pequeña y ferocísima piraña abriendo su boca llena de dientes como sierras, es muy sanguinaria y parece odiar al mundo.

En las fuentes del río Trompetas se hallan las sesenta ciudades del Amazonas que dan nombre al río. En el diario de la expedición cuenta fray Gaspar, que llegando un seis de mayo a un poblado de las márgenes del Amazonas se detuvieron para buscar comida. En esos poblados no eran los jóvenes sino los viejos los que luchaban. Vieron a una gran multitud en canoas que se acercaban a ellos en plan de guerra. Ellos tuvieron que juntar los dos bergantines para defenderse mejor con los arcabuces y las ballestas. Atravesaron un momento difícil, pero lo superaron, adquiriendo reservas de comida para el viaje. Más adelante narra fray Gaspar la llegada de la expedición al río Negro y el extraño descubrimiento que hicieron de maquetas representando las ciudades de las amazonas, a las que los indios rendían un culto idolátrico.

Entran los de Orellana y se encuentran una tribu de indios pacíficos, donde a hallaron comida. Les manifestaron que eran tributarios de las amazonas; y a preguntas del capitán de quiénes eran estas mujeres guerreras, les contestaron que ellos eran súbditos suyos y les dieron toda clase de detalles. El jefe se llamaba Cocorí. Disponía de mucho oro y plata para el culto al Sol. No permitían vivir con ellas a ningún varón. Y como preguntase Orellana como podían ellas subsistir por mucho tiempo, les dijeron que cuando tenían necesidad de engendrar iban a la caza de hombres papa poder perpetuar la especie entre ellas, arrojando de su seno a los varones.

Las mujeres guerreras eran grandes y rubias, y peleaban armadas de arcos y flechas; y este fue el motivo de que dieran el nombre de Amazonas al gran río que con mucha más razón debió llamarse río Orellana. Y así fueron sucediendo muchos episodios, que por no hacer demasiado extenso este trabajo no se dicen, hasta llegar al Atlántico, en donde desemboca el río inmenso.

Algunos, en las tierras de América, llaman a Orellana el quijote de los Andes. Ciertamente él no fue el Quijote del mito creado por Miguel de Cervantes, pero si fue en realidad un Quijote que hizo cosas increíbles dadas las grandes dificultades que tuvo que vencer. Él fue un prodigio de audacia «Audaces fortuna juvat» («La fortuna ayuda a los audacia»). Él y todo lo suyo puesto al servicio de un gran ideal: la grandeza de España.

TERCERA PARTE

Un mensaje trascendente y aleccionador

Todas las vidas de los grandes hombres, dentro de sus limitaciones y defectos, contienen un mensaje, encierran una lección viva. También de la biografía de este trujillano excepcional, gran figura histórica, enmarcada en la primera mitad del siglo XVI, tenemos mucho que aprender.

Él, desde su vida ejemplar, limpia, alegre, abnegada, y heroica, nos habla, o mejor dicho, nos transmite sin hablar un mensaje a los españoles, a los hispanoamericanos, a los extremeños y a los trujillanos de hoy; a la juventud de ahora y de siempre.

Podemos preguntarnos: ¿Si Orellana volviera a la vida, que nos diría? Esto nos da pié para sumergirnos en una profunda reflexión. Estoy convencido de que sus palabras, llenas de ponderación y de sentido de trascendencia, resultarían muy interesantes y producirían unas sacudidas muy fuertes en aquellos que las escucharan.

Nos dirían que la humanidad actual no necesita en nuestro siglo tanto descubrir nuevas tierras, como atender al hombre. Y que no es tan importante dominar las cumbres casi inaccesibles de los Andes o explorar las selvas impenetrables de la amazonia, en la que consistió su gesta heroica, como descubrir y explorar los grandes valores que están todavía ocultos en la interioridad de la persona humana. Nos podría recordar que estamos en el siglo del humanismo y que éste es sin duda uno de los signos de los tiempos. Pero cuidado, que este humanismo tiene dos vertientes: la del materialismo y la del espiritualismo cristiano; Cristo y Marx se disputan el mundo.

En España, nos diría que es preciso descubrir nuevos horizontes y dominar metas ambiciosas en el orden de la ciencia, de la cultura y de la investigación, al servicio siempre de la comunidad humana. No son descubridores sino investigadores lo que necesita hoy nuestra patria para ponerse al nivel de otras naciones europeas. No enterremos el talento que Dios ha puesto en cada uno. Tratemos de negociar con él.

En los principios de siglo, nuestro premio Nóbel Ramón y Cajal, expresaba, no sin cierta amargura: «Cuantos ríos se pierden en el mar y cuantos talentos en la ignorancia». La primera parte, afortunadamente, ha dejado de constituir un problema; basta tender la vista por nuestra piel de toro para ver una red extensísima de pantanos que han multiplicado la riqueza nacional. No podemos decir lo mismo en cuanto a la segunda parte. ¡… cuántos talentos en la ignorancia! A pesar de lo conseguido, todavía queda una selva virgen en gran parte sin explorar. Por ese motivo ¡cuántas energías perdidas y cuántos progresos malogrados!

Estas riquezas del espíritu -el cultivo de las inteligencias y la formación de las voluntades- pueden ser una esperanza, nuestras futuras minas de oro o de uranio y nuestros mejores pozos de petróleo.

A Extremadura en concreto nos diría que no está necesitada ahora de tener hijos que sean grandes luchadores en el campo de batalla, conquistadores como ellos lo fueron en el siglo XVI, sino gentes resueltas, animosas, constates, que se lancen a la conquista de grandes singladuras para el progreso y desarrollo de nuestra región extremeña. Podría decirnos también que Extremadura necesita sentido de creatividad, imaginación y sobre todo saber conjuntar sus fuerzas para crearse grandes ideales y presentar realizaciones que merezcan la pena. Pero para esto hay que desterrar el maldito individualismo tan característico de esta región y que ha sido antes y ahora la raíz de nuestra decadencia. Ya en el siglo XVI había una décima que comenzaba con estos versos: «Espíritu desunido / domina en los extremeños». Tratemos de procurar este sentido de comunidad, de espíritu de equipo, que es de los que Extremadura está necesitada a todas luces para robustecer su personalidad y realizar la tarea histórica a que ha sido llamada.

Podemos pensar, con razón, que ha llegado la hora de Extremadura.

Orellana, en fin, diría a nuestra juventud de ahora que hay que poderse a trabajar en serio para descubrir los grandes tesoros de espiritualidad, sabiduría y amor ocultos en el libro de Dios que es la Biblia, en la doctrina segura del Concilio Vaticano II, en los principios y orientaciones del Magisterio de la Iglesia, y en la vida y escritos de los hombres ejemplares que nos precedieron para que con estos guías infalibles puedan liberarse de las seducciones del mal y aprender a tener un sentido de trascendencia y de belleza moral en la vida. Que se esforzaran en hacer un mundo nuevo, un mundo mejor que el actual.

Este es el mensaje que se desprende de la vida de uno de nuestros más grandes descubridores, de una de las figuras de más limpia y brillante ejecutoria que tiene méritos sobrados para arrebatar a nuestra juventud y que es todo un símbolo de heroísmo para ellos. Él fue un cristiano convencido y sin arredrarse ante las dificultades, supo proceder de una manera digna. Confiaba mucho en Dios y así se explica su fortaleza y valor que iba en cabezada ante los peligros y con su ejemplo arrastraba a los suyos. Tenía mucha caridad y eso le llevaba a preocuparse de que nada faltara a los que estaban a sus órdenes. Y para los enfermos, más que un capitán, era un padre.

Era un hombre generoso y desprendido. Sólo el hecho de haber renunciado a ser Capitán General de Guayakil para lanzarse a la desconocida hazaña del descubrimiento del Amazonas entre los mil peligros presentidos por él, nos habla de su excepcional talla humana. Por todo lo cual el podría pisar fuerte, teniendo autoridad moral para hacer suya la frase famosa del gran poeta francés Paul Claudel: «La juventud no se ha hecho para el placer», es decir para el vicio, la frivolidad, la venganza o el odio; «La juventud ha sido dada por Dios para el heroísmo», para emplearla íntegramente en causas nobles, en el cultivo de la belleza y de la libertad y el vivir en el amor, estando dispuestos a sacrificar la propia vida como hiciera con generosidad admirable nuestro ilustre paisano Francisco de Orellana,“el Quijote de los Andes”.

Oct 011986
 

Ramón Núñez Martín.

CAP. I.
EL ANTIGUO Y POBRE ASILO DE TRUJILLO TRANSFORMADO EN UNA ESPLÉNDIDA RESIDENCIA DE ANCIANOS.

Introducción a modo de resumen

Se trata, en esta comunicación, de hacer la historia, sin duda interesante, de esta residencia de ancianos que comenzó siendo asilo a finales del siglo pasado el primero de enero de 1894, cuando llegó la Congregación de Hermanas de los Ancianos Desamparados a hacer esta fundación en nuestra ciudad. Vino a hacerse cargo de la nueva casa abierta la superiora de Badajoz, sor Carmen del Corazón de Jesús, acompañada de seis religiosas más. Se instalaron en una casa señorial del siglo XIV, el antiguo Alcázar de Luis de Cháves, tal vez “el monumento más histórico de Trujillo”, porque aquí se acordó entre los Reyes Católicos la divisa de su escudo: “tanto monta”, para realizar la unidad entre Castilla y Aragón.

Pero un edificio envejecido como éste, no tenía condiciones para asilo y hubo necesidad de hacer bastantes trasformaciones. Aún así resultaba sumamente incómodo para poder vivir en él los pobres ancianos. Aquí funcionó como pudo el asilo durante 68 años.

Hasta que un día, allá por el año 1961, la superiora de la casa, la madre Antonia, una santa mujer llena de caridad y cargada de años y de experiencia, no pudo soportar por más tiempo una situación como esta y se lanzó resuelta y valiente a poner remedio: “esto no puede seguir así, hay que hacer un nuevo asilo”. Se puso confiadamente en manos de Dios y ese fue su gran acierto.

Aconsejada por el arquitecto de Bellas Artes, decidió buscar un solar al aire libre en las afueras de Trujillo. Al principio se encontraron dificultades, como suele ocurrir casi siempre con todas las obras de Dios. Pero por fin surgió una generosa donante, Isabel Mateos, trujillana, de Huertas de Ánimas, que habiendo llegado a su conocimiento que la madre Antonia buscaba un amplio solar para su proyecto, puso con alegría y desprendimiento total un grandioso campo de su propiedad a disposición de ella. Las dos han muerto ya, y juntas estarán en el cielo recibiendo la recompensa de su inmensa caridad.

El campo donado para este fin, está situado, a mi modo de ver, en un sitio ideal, a mitad de camino entre Trujillo-ciudad y su principal arrabal Huertas de Ánimas. El arquitecto trazó los planos en 1962 y en el mes de octubre comenzó a realizarse el proyecto. Al terminarse el primer pabellón se bajaron a la nueva casa la comunidad de hermanas con todos los ancianos. A la nueva casa se la designó con el nombre de hogar de Santa Isabel. Eran tiempos difíciles y se partía de cero, pero colaboraron muy bien tanto Trujillo como la comarca.

Cumplido su mandato, la madre Antonia fue sustituida por la madre Martina que levantó el segundo pabellón. A terminar los tres años, la Madre General envió a la madre Ignacia que es la que más ha contribuido a los aciertos de esta residencia, por su natural vocación de arquitecto y por su larga experiencia.

Fue ella quien, además de hacer el tercer pabellón, mandó construir la espaciosa y artística iglesia que arquitectónicamente es la obra más importante.

Vino posteriormente nombrada como superiora la madre Guadalupe. Era una mujer toda bondad, todo corazón cuya preocupación por los ancianos le costó la vida. Yendo una noche a recoger con otra religiosa unas peras que le habían ofrecido de un camión volcado, la arrolló un coche que venía lanzado a gran velocidad. Fue una noche tristísima ¡Cómo lloraban esa noche tanto las hermanas de la comunidad como los ancianos y ancianas de la casa! Fue una mártir de la caridad, ya que murió por hacer el bien a sus queridos ancianos.

Vino a ser superiora la madre Paula posteriormente, y continuó la construcción a ritmo más lento. Y por fin, por segunda vez, vino la madre Ignacia para poner el broche de oro en la construcción del Hogar. Todo ha quedado terminado en el año 1985 y al terminar la Madre General mandó a otra residencia de ancianos a la madre Ignacia, viniendo a reemplazarla la madre Raquel, que es la que está de superiora en la actualidad.

Con todo esto se ha dado fin a esta realización cristiana, necesaria y moderna que ha durado 23 años, ya que la obra del edificio se ha tenido que hacer poco a poco, según lo permitía la situación económica. ¡Cuántos sacrificios ha costado! ¡Cuántas dificultades se han tenido que vencer! Unos han ayudado con su trabajo, otros con su limosna en mayor o menor cuantía, otros entregando sus personas al servicio constante de los ancianos como han hecho estas hermanas que han sido las que más han dado. El que más da no es el que aporta su dinero o el que colabora con su inteligencia y su trabajo, sino el que da su persona y ellas, las hermanas, han consagrado sus vidas, han dado sus personas, lo han dado todo por amor a Dios y a los ancianos desamparados. Los que vivimos en Trujillo y su comarca debemos expresar nuestro más profundo agradecimiento por cuanto han hecho a favor de nuestros ancianos. Como dice una antigua expresión popular: “no es noble ni bien nacido el que no es agradecido”.

CAP. II.
EL ASILO, RESIDENCIA INCÓMODA Y PEQUEÑA

Comienzos heroicos

Las seis semanas que vinieron a hacerse cargo de esta residencia de ancianos, después de visitar el edificio por primera vez debieron pensar: “Para empezar no está mal del todo. Comencemos, aunque para vivir aquí los pobres viejos, este antiguo caserón no tiene condiciones. Ya trataremos de acondicionar la casa para que nuestros ancianos puedan estar lo menos mal posible”.

Para conseguirlo, tuvieron que realizar bastantes transformaciones, con lentitud, según lo permitían los escasos medios de que disponían. Obligadas por la necesidad tuvieron que construir algunas edificaciones modernas adosándolas a los muros exteriores con perjuicio de su carácter artístico y señorial. Por entonces Bellas Artes no demostraba tener mucha preocupación por estas cosas.

Era natural que la vivienda tan envejecida por los muchos siglos de existencia con que contaba, tuviera un notable desgaste y no ofreciera las mínimas condiciones de habitabilidad que necesitaban las personas mayores. No tenían calefacción en invierno. No había ascensores para subir tantas escaleras. El frío entraba por las rendijas de las ventanas como “Pedro por su casa”. Es decir, este asilo era trabajoso y además funcionaba en precario, a lo pobre, con escasos medios, y las religiosas de la comunidad, aunque se desvivían por remediar las deficiencias, no podían conseguirlo. Con mucha frecuencia tenían que salir por las calles de Trujillo y los pueblos de su comarca a recaudar limosnas para poder alimentar a tantos ancianos como llenaban la casa, así como para reparar el edificio. Por eso no es de extrañar que en invierno hubiera numerosas defunciones de los allí acogidos y que muchos ancianos se resistieran a venir al asilo, sabiendo lo que les esperaba.

Por ser de justicia, hay que poner de manifiesto el bien que hicieron estas hermanas, convertidas en ángeles de la caridad, con estos ancianos necesitados, tanto en el orden corporal como en el espiritual. ¡Cuántos estarán en el cielo gracias a ellas! En la actual comunidad de Trujillo sólo queda una hermana de las antiguas, vasco-navarra ella, de 80 años, fuerte como un roble y llena de paz y alegría: la hermana Leonor. Quedan también algunos ancianos, muy pocos, que les tocó vivir en la antigua casa.

La madre quiere construir un nuevo asilo

Recuerdo que por los años del 60 al 62, estaba de superiora en el asilo la madre Antonia, una santa mujer llena de caridad y cargada de experiencia que, sin duda, inspirada por Dios, no pudo soportar esta situación por más tiempo y se lanzó resuelta y valiente, como una nueva Judit, a poner remedio: “Esto tiene que terminar; de ninguna manera podemos seguir viviendo en esta casa; hay que hacer un nuevo asilo”. Para eso lo primero que hizo fue poner toda su confianza en el señor y éste fue su gran acierto.

Después pide consejo a los técnicos y ellos emiten su parecer diciendo: “No se debe gastar más dinero en este viejo edificio porque por muchos arreglos que se hagan no puede quedar bien por no reunir las condiciones necesarias para ser residencia de ancianos”.

En un principio la Madre pensó construir la nueva residencia en la Huerta y en parte del edificio de Chaves. Pero el arquitecto, con muy buen juicio, la convenció de que el proyecto en este lugar era inviable. Y, además, Bellas Artes, como es natural, se oponía a ello.

Su sugerencia fue que se hiciera el asilo nuevo en otra parte. Pero, ¿dónde? Fuera de la ciudad, en el campo, en un sitio sano. En principio se pensó hacerlo en el campo de San Juan, en la carretera de La Cumbre, donde recientemente se ha levantado un grupo de nuevas viviendas. Pero surgieron dificultades y no encontró otra solución que desistir en sus intentos de llevar a cabo el proyecto en ese lugar.

En esto, surgió providencialmente el ofrecimiento generoso de una familia cristiana. La donación de una puerta grande y hermosa a medio camino entre Trujillo y Huerta de Ánimas. Era el sitio ideal para levantar la nueva residencia.

La donante, una mujer excepcional

Isabel Mateos, trujillana, feligresa de la parroquia de San José de Huertas de Ánimas, fue esa mujer.

Al saber que la madre Antonia buscaba un amplio solar para realizar su proyecto, pensó en el medio de resolver el problema. ¿Cómo? Un sobrino suyo, José Mateos, tenía unas huertas en el lugar a propósito para ello. “Aquí, -pensó ella- estaría muy bien la nueva residencia de ancianos que la madre Antonia quiere construir; a medio camino entre Trujillo y Huertas de Ánimas”. Y habló a su sobrino proponiéndole un canjeo. Que ella se quedara con este campo para construir el nuevo siglo y le daban compensación una propiedad suya equivalente entre Trujillo y Huertas de la Magdalena. El sobrino aceptó gustoso. Cuando Isabel se presentó a la madre Antonia para hacer su ofrecimiento, ésta se llevó una de las mejores alegrías de su vida. “¡Gracias Señor, ya sí que tendremos una nueva residencia!”.

CAP. III
LA CONSTRUCCIÓN DEL NUEVO HOGAR

Manos a la obra

El arquitecto de la Congregación, con la autorización de la Madre General, trazó los planos del nuevo edificio en el lugar que ya hemos indicado, y la madre Antonia, con suma diligencia, sin pérdida de tiempo, comenzó la realización del plan proyectado en el mes de octubre de 1962.

Entonces todo estaba más barato que ahora, tanto los materiales como la mano de obra. Una vez construido el primer pabellón, se bendijo y se inauguró en la más estricta intimidad, estando ya presente la comunidad y los ancianos del antiguo asilo. A la nueva Casa había que ponerla un nombre y la madre Antonia determinó que se llamara Hogar de Santa Isabel, en agradecimiento a la donante del terreno: Isabel Mateos. Eran tiempos difíciles aquellos y se partía de cero. Hubo necesidad de hacer una campaña para recaudar recursos y pagar lo que se iba edificando. Entonces no existía la ayuda del Estado que llegaría más tarde. Tanto Trujillo como los pueblos de su comarca, dentro de sus posibilidades, colaboraron con entusiasmo y generosidad.

La Madre Provincial vio que la madre Antonia era ya muy anciana y necesitaba descansar. Ella había cumplido ya su misión de romper frentes y levantar el primer pabellón, en donde estaban los ancianos y ancianas que bajaron de la casa antigua. Y se envió una nueva superiora, la madre Martina, que comenzó enseguida a levantar un segundo pabellón, que es el que está mirando a la carretera de La Avenida. La parte superior de este pabellón, estaría destinado a servir de vivienda de las catorce hermanas que formaban la comunidad al servicio de los ancianos, y en la parte inferior se puso la portería así como las salas de visita y demás dependencias necesarias para acoger con sentido de hospitalidad a los familiares y amigos del Hogar de Santa Isabel. Lo construyó la empresa Barrera, de nuestra ciudad. Se puso en el lugar central de la fachada exterior la imagen de la madre fundadora de la congregación: Santa Teresa de Jesús Jornet, canonizada en Roma aquel mismo año: el 27 de enero de 1974.

Construir con visión de futuro

Pasaron los tres años de la madre Martina y había necesidad de construir una casa que mereciera la pena, pensando con visión de futuro que esto es una exigencia de tiempos modernos. Para llevar a cabo esa misión, la Madre General envió a la superiora de Badajoz para hacerse cargo de esta casa y comunidad: la madre Ignacia, que por su natural vocación de arquitecto y por su larga experiencia en obras, es sin duda la que más ha contribuido a los aciertos de esta gran construcción, gracias a los carismas con que Dios la ha adornado en beneficio de los ancianos. Ella fue la inteligencia, el buen gusto, la imaginación y la preocupación por el detalle en el desarrollo de la obra constructora.

En su tiempo, en la parte central de toda la edificación, se hizo la espaciosa y artística iglesia, moderna, en sentido arquitectónico es la obra más importante realizada en la casa hasta ahora. Hizo también el tercer pabellón, que está dedicado al servicio de la casa, enfermería, salas de recreo para los ancianos y terraza, y el pabellón para los ancianos.

Al ser nombrada de nuevo superior al del asilo de Badajoz, vino la madre Guadalupe a regir la casa. Era una mujer toda bondad, toda corazón, llena de preocupación constante y sacrificada por los ancianos. Todo lo que hacía para ellos le parecía poco. Continuaban las obras y, según me dijeron en sus tiempos, el hogar en construcción llegó a deber en la Caja de Ahorros hasta catorce millones de pesetas. Personas de su temperamento no han nacido para desenvolverse con agilidad en el mundo de la economía y de la administración. La preocupación por sus ancianos le costó la vida. La obra redentora exige sacrificios, porque “no hay redención sin derramamiento de sangre”.

Mártir de la caridad

Un día de verano, el dos de julio, a la una de la noche mientras ella ejercía la caridad, tratando de allegar recursos para sus queridos ancianos, murió víctima de un accidente de tráfico en la carretera de Badajoz la madre Guadalupe. El Hogar de Santa Isabel quedó, de momento, sin madre superiora.

El acontecimiento sucedió así: avisaron por teléfono aquella noche, pasadas las doce, estando acostada la Comunidad, que había volcado un camión grande de peras en la carretera de Badajoz y que se ofrecían al Hogar gratuitamente para los ancianos, si aquella misma noche pasaban a recogerlas. La madre, con otra religiosa, la hermana Ángeles, se levantaron de la cama y en el coche de la Casa se dirigen al sitio del suceso, para recoger la fruta ofrecida y traerla a Hogar.

A cruzar la carretera, la madre Guadalupe que no andaba muy bien de la vista, no pudo distinguir que venía un coche a gran velocidad, y se la llevó por delante, arrastrándola bastantes metros. ¡Fue aquella una noche tristísima! Su cadáver estaba destrozado y sólo se puede dar la Santa Unción bajo condición de estar viva.

Los guardias de la carretera, vigilantes de la misma, cogieron sus restos en una sábana de plástico y los trajeron al Hogar de Santa Isabel, quedando la carretera regada por su sangre generosa.

Lloraban las hermanas desgarradoramente, lloraban todos los ancianos y ancianas de un modo inconsolable al saber la inesperada y trágica noticia. Todos a una exclamaban: ¡Hemos quedado huérfanos!, ¡se nos ha muerto la Madre! Sin duda que fue mártir de la caridad ya que murió por hacer el bien a sus queridos ancianos. Ella desde el cielo pediría por ellos al Señor, para que el Hogar pudiera pagar pronto la crecida deuda que tenía.

Ella, que se supo vivir de un modo tan ejemplar el ideal de la vida religiosa en su querida congregación, terminó con el más hermoso servicio de caridad que había realizado en su vida. Ciertamente que hay muertes que no dan miedo y ésta es una de ellas, porque Dios se la ha llevado al cielo a descansar eternamente. Jamás podrá olvidarse el testimonio que ha dejado la madre Guadalupe en la historia de esta Casa.

A raíz de este acontecimiento, en cuanto pudo, vino la Madre General a hacerse presente en el Hogar de Santa Isabel, para celebrar un funeral por la difunta y consolar en su justo dolor a esta familia entristecida, prometiéndoles que pronto les enviaría una madre nueva que continuase la labor de la anterior.

Última fase de la construcción

Vino ocupar la vacante, como nueva superiora, la madre Paula. Procedía de una ciudad de Murcia: Hellín, donde también había construido de nueva planta, como superiora, una residencia de ancianos. Continuó la construcción a ritmo lento y sumisión fue obtener medios para pagar la deuda que se tenía con la Caja de Ahorros, principalmente, y, sin duda, por la intercesión de la madre Guadalupe, logró en un tiempo relativamente breve, saldar la deuda.

Por fin, al marcharse la madre Paula, llegó por segunda vez de superiora la madre Ignacia, para poner el broche de oro en la construcción del Hogar de Santa Isabel. Principalmente construyó el pabellón de los ancianos con su correspondiente bar, salón de cine, sala de estar, refectorio, etc. Sin duda que ha quedado perfecto y digno de ser visitado. Se ha reformado también el pabellón primero que se hizo para ancianas y otras muchas más reformas y ampliaciones que pueden verse y que, de hecho, muchos al visitar la casa pueden ya admirar.

Agradecimiento a Dios y a los bienhechores del hogar.

La madre y las hermanas de la comunidad manifiestan que tanto Dios, Nuestro Padre, como otras muchas personas buenas, han ayudado de un modo constante y generoso. Y no saben cómo agradecerlo. Los tienen siempre presentes en su recuerdo y en sus oraciones.

No citamos nombres porque sería una lista interminable. Dios sabe el nombre de todos y les sabrá recompensar como merecen.

El Señor y nuestros protectores: la Virgen de los Desamparados, San José, Santa Isabel, Santa Marta y Santa Teresa de Jesús Jornet, se han volcado en delicadezas y atenciones con esta obra del hogar-residencia de ancianos.

Entre otros muchos casos que podría contar, por su importancia y especial significación hay uno que voy a referir: el problema del agua. El consumo de la casa era muy grande. La huerta no se podía regar porque el agua que había que comprar resultaba muy cara.

Vino entonces la necesidad de hacer exploraciones en el terreno para ver si podían abrir algún pozo en la huerta. Así lo hicieron y después de trabajar lo indecible en varios sitios personas expertas, tuvieron que desistir porque el trabajo resultó infructuoso.

Fue entonces cuando el Señor debía recordarles lo que dijo a los Apóstoles: “¿Os convencéis ahora de que sin Mí nada podéis hacer? Llevad a la oración esta necesidad proponiendo en Mí vuestra confianza y encontraréis lo que buscáis”. Providencialmente, llegó por entonces a conocimiento de la madre Paula una pista. Llegó a sus oídos que la comunidad de Madrid tenía una amiga era zahorí, y por mediación de estas hermanas la invitaron a que viniera Trujillo para ver si por fin podían descubrir agua y, enseguida, junto a la casa, dio con una abundante corriente de agua que daba 8.000 litros por minuto, con lo cual, después de haber abierto un pozo profundo, se comenzó a sacar agua en abundancia para atender las necesidades del Hogar y para regar la huerta.

Estando ya la madre Ignacia en su segundo mandato, viendo que todavía escaseaba el agua para las atenciones necesarias de la Casa, de la huerta y del ganado que tienen, acudieron por segunda vez a su amiga la zahorí de Madrid, María del Carmen, rogándole por favor que volviera a descubrir un nuevo manantial de la huerta para poder abrir un nuevo pozo. Así lo hizo y el problema quedó resuelto a plena satisfacción.

Gracias a eso la hermosa huerta está siempre verde, y se ha convertido en un vergel, no habiendo faltado agua desde entonces, en contraste con los prados y las huertas de alrededor que durante una gran parte del año aparecen secos y agostados.

Las religiosas están sumamente agradecidas a esta bienhechora del Hogar de Santa Isabel.

COLOFÓN
UNA LLAMADA A LA COLABORACIÓN

Esta benéfica institución del antiguo Asilo de Trujillo, trasformado hoy en el Hogar de Santa Isabel, ha sido llevada durante 92 años por la Congregación de Hermanas de los Ancianos Desamparados, estando regida en la actualidad por la madre Raquel. Faltan sólo ocho años para que se cumpla el siglo de la permanencia de esta comunidad entre nosotros.

En las presentes circunstancias, por la escasez de vocaciones, son pocas las hermanas en número. Nada más que once, dos de ellas muy mayores.

Es evidente que necesitan nuestra ayuda, y esperan que en Trujillo se encuentren personas generosas que se ofrezcan, por caridad, a ayudarlas en la inmensa tarea que tienen entre manos.

Desde hace algún tiempo viene un grupo reducido de seis mujeres una vez a la semana durante dos horas por la tarde a trabajar en el ropero. Y un hombre de Trujillo viene casi todos los días a ayudar al traslado de los ancianos impedidos.

¿No podrían hacer algo parecido muchas personas buenas pertenecientes a diversas asociaciones y que desean hacer el bien a los prójimos sus hermanos?

Por Navidades y por Reyes vienen varias asociaciones como los Antiguos Cruzados, la Adoración Nocturna masculina y femenina y otros grupos que ahora no recuerdo; todos a felicitar las Pascuas a los ancianos y ancianas de este Hogar, a traerles un obsequio y a representarles en el teatro una velada para alegrarles la vida.

Trujillo ha estado siempre muy vinculado a esta querida institución.

Las personas que tengan tiempo harán muy bien en ofrecer su colaboración personal. Sembramos el bien en la tierra para recoger con alegría en el Cielo.