Oct 012005
 

Francisco Vicente Calle Calle.

Desde el mismo momento de su publicación en 1605, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha fue lo que hoy día llamaríamos un best-seller, un éxito de ventas. El mismo Cervantes da cuenta de ello cuando en la segunda parte, publicada en 1615, pone en boca del bachiller Sansón Carrasco las siguientes palabras dirigidas a Don Quijote: “(…) es vuestra merced uno de los más famosos caballeros andantes que ha habido, ni aun habrá, en toda la redondez de la tierra” gracias a la historia donde se recogen sus hazañas. [Por ello], “(…) el día de hoy están impresos más de doce mil libros de la tal historia: si no, dígalo Portugal, Barcelona y Valencia, donde se han impreso, y aun hay fama que se está imprimiendo en Amberes; y a mí se me trasluce que no ha de haber nación ni lengua donde no se traduzca[1]”.

La afirmación del bachiller Sansón Carrasco se corresponde perfectamente con la realidad pues ya en 1614 César Oudin había traducido la primera parte de la novela al francés y cuatro años más tarde François de Rosset había traducido la segunda. El éxito de la novela allende los Pirineos fue total, como lo demuestra el hecho de que ya en durante el siglo XVII se hicieron siete reimpresiones y a lo largo del siglo XVIII existieron 36 ediciones diferentes del Quijote en francés. A partir de ese momento, Don Quijote pasó a convertirse en un mito, y como tal, se instaló, si no en la conciencia colectiva del pueblo francés, si al menos en la conciencia de sus clases cultas e ilustradas[2].

Lo que pretendemos aportar en esta comunicación son una serie de ejemplos recogidos entre los escritos de algunos viajeros franceses en los que se menciona de manera directa o indirecta a Cervantes y a personajes y lugares de su novela, pero con la particularidad de que estos testimonios están relacionados a la vez con Extremadura, por lo tanto estaríamos intentando seguir trazas del Quijote en viajeros franceses que recorrieron Extremadura durante el siglo XIX.

Antes de citar los textos veamos unas breves notas biográficas sobre sus autores.

Las principales citas pertenecen al barón Jean-Charles Davillier (1823-1883). Fue experto en cerámica y alfarería, coleccionista de loza hispano-morisca, amigo de los pintores Mariano Fortuny y Raimundo de Madrazo, y enamorado de España. Viajó en numerosas ocasiones a nuestro país. En 1862 emprendió un largo viaje, acompañado por Gustave Doré, que dio como resultado una serie de artículos que fueron apareciendo en la revista Le tour du monde de 1862 a 1873, y que fueron publicados en un solo volumen en 1874 bajo el título de L’Espagne[3].

También veremos algún texto de Jean-François Bourgoing (1748-1811). El barón de Bourgoing llegó a pasar doce años en España en calidad de diplomático, lo que le permitió conocer a fondo el país. Escribió dos obras sobre España: Nuevo Viaje a España (1789) y Cuadro de la España moderna (1797).

El texto de Jean-François Bourgoing nos remitirá a otro de la condesa de Aulnoy(1650-1705), quien publicó dos obras sobre España, las Memorias de la corte de España (1690) y la Relación del viaje de España (1691).

El último autor que mencionaremos será el capitán de estado mayor J. -J. –E. Roy, quien en 1856 publicó su libro titulado Los franceses en España. Recuerdos de las guerras de la Península. (1808-1814). El libro, como su propio título da a entender, relata las vivencias del capitán Roy durante la Guerra de la Independencia, desde su movilización en enero de 1808, para incorporarse al ejército del general Dupont, hasta su salida de nuestro país en diciembre de 1813. Los únicos datos biográficos del capitán Roy que hemos conseguido reunir son los que él mismo aporta en su libro. Sabemos que entró en España el 25 de enero de 1808, “à quatre heures de l’après-midi” (p. 2), siendo capitán de estado mayor, y que abandonó España en diciembre de 1813, con el grado de jefe de escuadrón de estado mayor. Entre estas dos fechas tenemos la narración de un recorrido por España de norte a sur y viceversa, en la que J. –J. –E. Roy, no sólo va a referirse a los acontecimientos históricos ligados a la Guerra de la Independencia como el Tratado de Fontainebleau, la sublevación del dos de mayo de 1808 o la derrota de Bailén, sino que además describirá costumbres, como los toros, la Semana Santa; personajes como los serenos de Madrid o los guerrilleros; monumentos como El Escorial, El Real Sitio de Aranjuez o la Alhambra e, incluso, dará explicaciones sobre instituciones, como la Inquisición. En este sentido, su relato no está demasiado lejos de los de otros compatriotas suyos que también recorrieron España a lo largo del siglo XIX como Charles Davillier, Alexandre Laborde o Théophile Gautier, por citar alguno de los viajeros más famosos. Sin embargo, las páginas que dedica a Extremadura son algo diferentes ya que pasó por nuestra región como prisionero de guerra y esta situación personal hace que la visión de la realidad sea muy distinta de la que tiene un viajero tradicional[4].

Como ya hemos señalado la mayoría de los textos que vamos a citar están sacados del Viaje por España del barón Davillier.

En el primero de ello se menciona a Miguel de Cervantes y la visita que realizó, en calidad de peregrino, al monasterio de Guadalupe:

Hacia mediados del siglo XIII, un pastor de Cáceres descubrió una virgen de madera atribuida a San Lucas y que había sido dada por el Papa Gregorio el Grande a San Leandro, arzobispo de Sevilla. Esta imagen, oculta en la montaña durante la invasión de los moros, había sido milagrosamente conservada durante seiscientos años, y en el mismo lugar en que el pastor la encontró se construyó el monasterio.

Nuestra Señora de Guadalupe es desde esa fecha la patrona de Extremadura, como la Virgen del Pilar, en Zaragoza, es de Aragón. Los cautivoslibertados por su intercesión acudíana colgar sus cadenas en señal de exvoto. Cervantes, en su novela Persiles y Sigismunda, habla de la «Santísimaimagen, libertad de los cautivos, limade sus hierros y alivio de sus prisiones[5]».

En el capítulo XLIX de la primera parte, Don Quijote en su disputa con el canónigo sobre la autenticidad de los hechos narrados en los libros de caballería responde en un momento dado:

“(…) porque, ¿qué ingenio puede haber en el mundo que pueda persuadir a otro que no fue verdad lo de la infanta Floripes y Guy de Borgoña, y lo de Fierabrás con la puente de Mantible, que sucedió en el tiempo de Carlomagno, que voto a tal que es tanta verdad como que ahora es de día?[6]

El barón Davillier menciona este pasaje al pasar cerca del puente de Alconétar, durante su viaje desde Cáceres hacia Plasencia, señalando que aquel puente es el famoso puente de Mantible:

“Algunas horas después de haber atravesado el pueblo de Casar de Cáceresllegamos a Cañaveral, donde pasamosla noche. Cerca de aquí estaba el famoso puente de Alconetar, por el quepasaba la vía romana de Salamanca aMérida. Este es el mismo puente que elde Mantible, del cual hablaba Don Quijote, y que se hizo famoso por la aventura de Fierabrás, que sucedió en tiempos de Carlomagno. El puente de Mantible, que estaba formado por treintaarcos de mármol blanco, estaba defendido—dice el historiador de Carlomagno—por el gigante Galafre, que antesde haber sido vencido por Fierabrásexigía de los cristianos por derecho depasaje treinta parejas de perros de caza,cien jóvenes doncellas, cien diestros halcones y cien caballos ricamente enjaezados, con herraduras que pesaban cada una un marco de oro fino[7]”.

El Quijote vuelve a ser citado por J. Ch. Davillier en el momento de hablar de la ciudad de Trujillo y de su héroe Diego García de Paredes:

Tuvimos también tiempo de ver en la iglesia de Santa María la Mayor la tumba del famoso García de Paredes, otro capitán del que Trujillo y toda España se enorgullece. Este temible García, apodado el Sansón de Extremadura y el Hércules de España, era compañero de armas de Gonzalo de Córdoba y pasó su vida guerreando contra los portugueses, los turcos y los franceses. Las hazañas del guerrero español dignas realmente de los tiempos fabulosos sobrepasan con mucho todo lo que se cuenta de los héroes de la mitología. Como los más famosos caballeros andantes, daba golpes terribles con su larga espada. Bajo este aspecto no podía faltar en el Quijote. Ya se recordará que cuando el cura y el barbero se disponen a echar al fuego algunos libros de caballería hacen gracia a dos obras, que son «historias verdaderas»: la vida del Gran Capitán y la de Don Diego García de Paredes. «Y este Diego García de Paredes fue un principal caballero, natural de la ciudad de Trujillo, en Extremadura, valentísimo soldado, y de tantas fuerzas naturales que detenía con un dedo una rueda de molino en la mitad de su furia; y, puesto con un montante en la entrada de una puente, detuvo a todo un innumerable ejército que no pasase por ella; y hizo otras tales cosas, que si como él las cuenta y las escribe él asimismo, con la modestia de caballero y de cronista propio, las escribiera otro libre y desapasionado, pusieran en olvido las de los Héctores, Aquiles y Roldanes[8]».

La cita textual del Quijote que reproduce J. Ch. Davillier pertenece al capítulo XXXII de la primera parte y se refiere a los libros que el ventero de la venta en la que servía Maritornes guardaba en una maletilla vieja para que fueran leídos en voz por alguno de sus huéspedes para solaz del resto[9].

J. Ch. Davillier continúa su relato señalando algunas de las hazañas de Diego García de Paredes citadas en La Crónica del Gran Capitán así como otros lugares y hechos relacionados con el héroe trujillano.

“La Crónica del Gran Capitán, impresa en Alcalá de Henares en 1584, refiere también cómo Diego García de Paredes tomó una espada con las dos manos, y puesto sobre el puente de Garellano, que los franceses acababan de construir, y combatiendo contra ellos, comenzó a hacer tales pruebas de su persona como no las hicieran mayores en su tiempo Héctor, Julio César, Alejandro el Grande ni unos antiguos valerosos capitanes, pareciendo realmente otro Horacio Cocles por su resolución e intrepidez. A poca distancia de Trujillo se enseña un pozo de treinta pies de anchura que, según se dice, franqueó de un solo salto el héroe extremeño, tan ágil como valiente y vigoroso, demostración tan digna de crédito, por lo demás, como sus hechos de armas.

Parece ser que el Sansón de Extremadura se entretenía también en hacer estas demostraciones a la edad de setenta y cuatro años. Según cuenta uno de sus historiadores, murió en Bolonia, |en 1530, a consecuencia de una caída que tuvo queriendo demostrar su vigor y su agilidad.

Hemos visto en la Armería de Madrid media armadura que pertenecía a García de Paredes. Pesa en conjunto dos arrobas y cinco libras, es decir, un poco menos de treinta kilogramos.

Cuando se tiene fuerza suficiente parallevar unas armas tan pesadas, puedeuno muy bien aspirar a ser llamadoHércules español[10]”.

Tampoco puede J. -Ch. Davillier evitar comparar a los cabreros que encuentra en su caminar por tierras extremeñas con aquellos a los que Don Quijote dirigió su discurso sobre la Edad de Oro.

La región comprendida entre Trujillo y Mérida está ocupada por inmensas dehesas. Así se llaman los terrenosdonde crecen pastos naturales. En ellos pastan infinitos cerdos negros, que son, con los rebaños de corderos (…), una de las principales riquezas de Extremadura. Estos negros animales, que se designan con el nombre de ganado de cerda, se nutren principalmente de las bellotas que producen las encinas. Sus guardianes, que cuentan entre sus antepasados al conquistador del Perú, tal vez desciendan también de aquellos cabreros ante los que Don Quijote, cogiendo un puñado de bellotas en su mano, alabó tan elocuentemente las dulzuras de la dichosa edad a que los antiguos dieron el nombre de dorada[11]”.

Tal episodio aparece en el capítulo XI de la primera parte de la novela.

J. -J. -E. Roy a pesar de estar prisionero tampoco puede evitar comparar algunas de las personas que se va encontrando con personajes del Quijote, como ocurre en el caso del encargado de custodiar el castillo pacense de Piedra-Buena y de sus acompañantes:

Tras haber caminado todo el día, bajo la lluvia, por caminos impracticables, llegamos a las nueve de la noche ante la puerta del castillo de Piedra-Buena [Cerca de San Vicente de Alcántara[12]] Llamamos varias veces con violencia; esperamos bastante rato sin que nadie nos respondiera. Por fin las troneras del castillo se iluminaron con un resplandor que parecía venir del patio; poco después la puerta se abrió: nuestros soldados iban a hundirla a culatazos. Estaba expectante por conocer a los habitantes de esta antigua morada, cuando un viejo hidalgo, grande, delgado, seco, armado con una larga espada, se presentó ante nosotros. Si había creído reconocer a Sancho Panza en el alcalde de Madrilejos (Madridejos), debía, con más razón, reconocer a su amo en el castellano del castillo de Piedra-Buena: allí estaba realmente el héroe de Cervantes, pero a la edad de ochenta años. Le seguía una vieja mujer, mucho más pequeña que él, pero no menos seca, y, quizás, más arrugada. Esta pareja decrépita estaba acompañada por dos niños; uno llevaba en la mano un puñado de juncos encendidos, de la especie llamada esparto, con la que se hacen, en algunas partes de España, cuerdas para pozos y sombreros de espartería, y que se utiliza también como antorcha o hacha, como era el caso. El otro niño tenía bajo el brazo una gavilla de la misma planta, de la que cada cierto tiempo sacaba un puñado para sustituir a la que estaba a punto de apagarse. Fue con la ayuda de este primitivo alumbrado como entramos en el castillo[13]”.

En cuanto al mencionado alcalde de Madridejos he aquí su descripción:

Inmediatamente vi entrar al magistrado; era un hombre bajo, mofletudo, de vientre prominente, y que me hubiera recordado bastante a su compatriota Sancho Panza, a no ser por una cierta afectación de gravedad y de importancia incompatible con la simplicidad y el descuido del famoso escudero del caballero de la Mancha[14]”.

Los dos textos que a continuación vamos a citar no hacen referencias directas al Quijote pero queremos incluirlos aquí porque nos parecen guardar una cierta relación con las imágenes y con episodios de la novela cervantina.

El primero de ellos es la descripción general que hace J. -J. –E. Roy al comienzo de su libro de una venta, lujar quijotesco por excelencia:

[Durante la ruta que va de Vitoria a Valladolid] tuve la ocasión de conocer lo que se llama una venta[15] o posada, es decir un albergue español. Voy a tratar de dar una idea a mis lectores de cómo son. Se entra en general en la venta por una especie de cobertizo que sirve de caballeriza; se la atraviesa arriesgándose uno a llevarse una coz, y se llega a la cocina. Se da ese nombre a un reducto oscuro, de diez a doce pies cuadrados, que no recibe luz más que por una larga abertura hecha en el techo. El hogar está en el medio; el humo del fuego y de las carnes que allí se fríen o asan no tiene otra salida para escapar que la abertura mencionada: lo que obliga a permanecer bastante tiempo en la “oficina”, con gran desagrado para la vista y el olfato. El ventero, la ventera y su familia están sentados en unos bancos de piedra colocados a lo largo de los muros de la cocina, no teniendo otra ocupación más que la de calentarse, peinarse mutuamente y fumar el purito. Nunca se encuentra nada para comer en estos albergues; pero rápidamente os indican las casas dónde se vende pan, legumbres, carne, caza, frutas, pimienta, aceite y cualquier otro comestible necesario para la comida. Tiene que ir uno mismo a comprar esas provisiones, y aderezarlas también uno mismo en la sartén de la venta, a menos que el ventero se encargue de este trabajo, cosa que evitábamos, sobre todo al comienzo de nuestra estancia en España, a causa de la suciedad asquerosa de estos personajes (…)

La primera vez que se me ocurrió entrar en una venta, fue entre Torquemada y Dueñas. Algunos muleros estaban comiendo en la sartén el guisado, una especie de “ragoût” español (…). Preguntamos que si podíamos comer nosotros también; el ventero nos respondió que estaba dispuesto a prepararnos nuestra comida, pero que había que esperar a que acabaran aquellos señores, puesto que había que preparar, servir y comer nuestro guisado en la misma sartén que los muleros tenían por le mango. Preferimos entonces un trozo de queso antes que la bazofia del ventero, excusándonos de no poder degustar su cocina, porque la exigencia del servicio no nos permitía pararnos más que para eso.

Mientras tomábamos esa modesta comida, una familia completa desembarcó en el albergue; (…) Las mujeres venían en una galera, especie de carro de cuatro ruedas, tirado por dos mulas; los hombres las seguían montados en mulas. (…) Estos viajeros cogieron de la galera las provisiones necesarias para su almuerzo, pan, arroz y tocino. El vino estaba en una bota, odre de piel de macho cabrío. Prepararon ellos mismos su comida en la sartén de los muleros; se sentaron a la mesa, amos y sirvientes; y todos comieron con buen apetito, picando por turnos de la sartén y bebiendo de la misma bota, pero a la catalana, es decir cogiendo la bota con una mano, y elevándola de manera que caiga el líquido en la boca sin que los labios toquen el brocal. El uso de vasos es desconocido en el campo y en los albergues de este país: es muy curioso ver a un grupo de españoles bebiendo así mientras comen, uno detrás de otro, a chorro. Son tan duchos en este ejercicio, que, incluso levantando la bota lo más alto que les permite el brazo, no dejan caer una gota sobre el rostro o sobre las ropas.

Paseando alrededor de la galera, vi baúles y dos enormes paquetes envueltos en cuero con forma de maletas; eran los colchones, las sábanas, las mantas y las almohadas de toda la familia; necesariamente hay que tomar precauciones en un país en el que falta de todo en los albergues. El que se descuida o no puede, por la razón que sea, procurarse estos objetos, duerme en el suelo o en el banco que hay alrededor de la mesa. Añadamos, para terminar lo que tenemos que decir sobre las ventas, que la hospitalidad que en ellas se recibe, aunque reducida a su más mínima expresión, está lejos de ser gratuita[16]”.

Jean Charles Davillier describe a su vez una venta que se hallaba entre Mérida y Cáceres. Como veremos en esta descripción vuelve a aparecer alguno de los elementos señalados por J. J. E. Roy[17]:

Ya hemos entrado varias veces en algunos de esos caravanserail de España, pero ninguno de los que habíamos visto tenía un aspecto tan miserable y tan salvaje como la venta donde nos detuvimos entre Mérida y Cáceres. En la primera habitación o zaguán-cocina, que sirve a la vez como su nombre indica, de pórtico y de cocina, divisamos acurrucados alrededor del fuego, a algunos individuos de aspecto huraño, que nos parecieron arrieros. Iban vestidos de tosco paño y tocados con esos sombreros que se llaman monteras. La patrona, una mujer pequeña y arrugada, cuya nariz y barbilla se juntaban, era el perfecto tipo de esas viejas que los españoles llaman brujas. Vigilaba una media docena de pucheros colocados sobres los carbones y de los que salía un olor a aceite rancio, acre y nauseabundo. En cuanto al ventero, estaba sentado sobre un banco cojo y cantaba con voz nasal, acompañándose de una mala guitarra. Esta escena se nos apareció como a través de una espesa niebla, pues no había chimenea en la habitación. El hogar, compuesto simplemente de algunas piedras, estaba colocado en uno de los ángulos, sobre el suelo, y el humo se escapaba con dificultad por un agujero hecho en el techo.

El ventero, viéndonos entrar, interrumpió su canción y avanzó hacia nosotros y los asistentes nos hicieron sitio cortésmente. Por fortuna para nosotros, nuestras alforjas contenían abundantes provisiones, pues no habríamos encontrado en la venta más que pan y vino malo[18], y si le hubiéramos preguntado al ventero lo que tenía en su venta, habría podido contestarnos la respuesta tradicional: «Hay de todo… lo que lleven ustedes».

Nos contentamos, pues, con pedir aguardiente para las gentesde la galera[19].

Si hemos citado estos dos textos sin que en ellos se mencione al Quijote es porque nos parece clara su relación con el mundo quijotesco, relación demostrada con estas palabras que el mismo J. Ch. Davillier dedica al final de su digresión sobre los alojamientos en España, en general, y sobre las ventas en particular:

No eran mejores las ventas en tiempos de Cervantes, como puede unocomprobar leyendo algunos pasajes desus novelas y de su Don Quijote, principalmente el capítulo donde el Ingenioso Hidalgo tomó a la venta porcastillo. «En esta venta, el lecho estaba formado simplemente por cuatrotablones acepillados puestos sobre dosbancos desiguales y de un colchón tandelgado que más bien parecía colcha.El cual colchón estaba cubierto de protuberancias que al tocarlas se hubieran tomado por guijarros, si no se hubiera visto por algunos rasgones queeran pelotes de lana.[20]»

Los dos últimos textos se refieren a una forma de penitencia llamada disciplina en la que el penitente se golpea voluntariamente las espaldas con instrumentos de varias clases que causan dolor. Es posible que Cervantes mismo practicara este tipo de penitencia, ya que desde 1609 hasta su muerte perteneció a la Hermandad y Congregación de Esclavos del Santísimo Sacramento, en la que había ejercicios de oración y disciplina los lunes, miércoles y viernes. Quizás por esta razón aparecen cinco menciones expresas a los disciplinantes en el Quijote, concretamente en el capítulo 52 de la primera parte y en los capítulos 32, 35, 36 y 71 de la segunda.

Esta costumbre, bastante arraigada en nuestra tierra, sorprende a los viajeros franceses, sobre todo porque va unida a un extraño ritual en el que participa una mujer, tal y como nos lo cuenta Jean-François Bourgoing:

Un hombre digno de creer me ha asegurado haber sido testigo, hace algunos años, en un pueblo de Extremadura de la escena siguiente. Conocía en dicho pueblo a una joven de buenas costumbres, con un carácter amable y jovial, adornada con todos los encantos de su edad y de su sexo. Va a verla un viernes santo. La encuentra con aire de fiesta en sus rasgos, en toda su persona, llevando un vestido resplandeciente de blancura. Le pregunta el porqué de esta vestimenta extraordinaria en un día de duelo y de penitencia. Lo vas a saber ahora mismo, le responde ella. Era el momento en el que los flagelantes debían de pasar por su barrio. Ella los esperaba con impaciencia. Por fin aparecen. Se acerca a la ventana de su casa que estaba a ras de la calle separada de ésta por unos barrotes. Los flagelantes se paran delante de ella y se golpean. En unos instantes está cubierta por las gotas de sangre que salen de sus espaldas. Ella parecía deleitarse viendo sus ropas mojadas por aquel horrible rocío, y el enigma de su vestido blanco quedó explicado al espectador. Supongo, si se quiere, que la galantería jugaba un papel en esta obra de penitencia, y que el amante de la joven se encontraba entre los actores. ¿Pero la escena no parece por ello todavía más atrozmente extraña?[21]

Esta misma costumbre también había sido explicada por Madame d’Aulnoy en su Viaje por España en 1679 y 1680, aunque en su caso tuvo lugar en Madrid:

Me ha parecido muy desagradable el espectáculo que ofrecen los disciplinantes. Al ver el primero, creí desmayarme. No sé cómo puede parecer bien un espectáculo que horroriza y asusta. El disciplinante se os acerca tanto, que al azotarse salpica con su sangre vuestro vestido, y esto se considera una galantería…

Para darse azotes gallardamente y hacer que salte la sangre a un punto determinado, hay reglas formuladas y maestros que las enseñan y caballeros que las aprenden como se aprenden las artes de la danza y de la esgrima. Los disciplinantes visten una túnica muy delgada que los cubre desde la cabeza hasta los pies, con menudos pliegues, y tan amplia, que para cada túnica se necesitan de cuarenta a cincuenta varas de tela. Llevan sobre la cabeza una caperuza muy alta, delante de la cual cuelga un trozo de lienzo que cubre la cara y tiene dos pequeñas aberturas por donde asoman los ojos del disciplinante, que lleva guantes y zapatos blancos, muchas cintas en las mangas de la túnica y desnudos los hombros. Generalmente, llevan también enlazada en las disciplinas una cinta que a cada penitente regala su amada, y ellos la lucen como un señalado favor. Para ser admirado y hacer bien las cosas precisa no levantar el brazo, mover solamente la muñeca, darse los azotes sin precipitación, y que la sangre, al saltar de las heridas, no manche la túnica. Se despellejan de una manera horrible los hombros, de los que brota mucha sangre. El disciplinante anda pausada y ceremoniosamente, y al llegar junto a las rejas de su amada se fustiga con un brío estupendo. La dama observa esta caprichosa escena desde las celosías de su aposento, y por alguna señal bien comprensible le anima para que se desuelle vivo, dándole a entender lo mucho que le agradece aquella bárbara galantería.

Cuando los disciplinantes tropiezan en su camino con una hermosa mujer, suelen pararse junto a ella y sacudirse de modo que al saltar la sangre caiga sobre su vestido. Esta es una interesante atención, como ya os expliqué antes, y la señora muy agradecida, les dirige palabras amables[22]”.

Según la Condesa d’Aulnoy hay que distinguir entre los verdaderos penitentes, los amantes y los hipócritas. El ejemplo citado se refiere claramente al segundo grupo. En cuanto al primer grupo citaremos el ejemplo que pone, por ser una descripción muy cercana a la de los tradicionales “empalaos” de Valverde de la Vera:

También hay verdaderos penitentes que inspiran verdadera compasión… Sólo van cubiertos de los pies a lacintura y llevan arrollada en el desnudo torso y en los brazos una cuerda de esparto, cuyas vueltas oprimen de tal modo la carne, que toda la piel se pone amoratada y sanguinolenta. En la espalda llevan siete espadas metidas entre cuero y carne, que les producen dolorosas heridas a cada paso que dan, y como llevan los pies desnudos y las piedras de la calle son puntiagudas, con frecuencia se caen los infelices[23]”.

Conclusión

Estos ejemplos de referencias al Quijote en textos de viajeros franceses por tierras extremeñas han pretendido ser, por una parte, homenaje a la novela de Cervantes en este IV centenario de su publicación y, por otra, una “excusa” para acercarnos a nuestra tierra a través de la visión que de ella tuvieron unos viajeros extranjeros hace ya más de un siglo.

Esperamos y deseamos que su lectura sirvan para acercarnos una vez más al universal texto cervantino y, también, para interesarnos por conocer desde otros puntos de vista nuestra región.


NOTAS:

[1] Miguel de Cervantes Saavedra, Don Quijote de la Mancha, (II, III), ed. de Jonh Jay Allen, Madrid, Cátedra, 1997, Letras Hispanas, 101, p. 46.

[2] “Podemos casi afirmar que de César Oudin a Claude Nougaro y su canción “Don Quichotte et Sancho”, pasando por Serge Reggiani, Jacques Brel, (…) Bernard Buffet y Gérard Garouste, todas las épocas, todos los géneros, han utilizado, en Francia, la imagen del Caballero andante y de su fiel Sancho que Daumier y Doré, particularmente, ilustraron a las mil maravillas. Sorel con El Pastor extravagante, Flaubert con Bouvard y Pécuchet, Stendhal, Balzac, Daudet conTartatin de Tarascon, Rostand con Cyrano son algunos de nuestros autores que se han inspirado en el Quijote y que en parte lo han resucitado a través de sus personajes”. Cf. Serge FOHR; Jean-Luc PUYAU, “Le Quichotte et la France – Histoire(s) d’une fascination ancestrale”. Cf.http://www.ambafrance_es.org/article.php3?id_article=1352 (Consulta: 12/04/05). La traducción es nuestra. En otra página Web podemos leer lo siguiente: “(…)Chateaubriand se ve a sí mismo como un Cervantes y un Quijote y en su Itinerario de París hasta Jerusalén, (1811), ensalza al Caballero de la triste figura, que ocupa también su lugar en El genio del Cristianismo como el más noble, el más valiente, el más amable y el menos loco de los mortales. Hay bastante de Cervantes en ese militar frustrado romántico que fue Alfred de Vigny. Los viajeros Prosper Merimée y Theophile Gautier llenan sus diarios de viaje de alusiones cervantinas. Para el crítico Saint-Beuve, Don Quijote es un libro que empieza por constituirse en una sátira de los libros de caballerías y termina por hacerse espejo de la vida humana. Victor Hugo, que pasó algunos de sus años infantiles en España como hijo del general Hugo, considera a Cervantes el poeta del contraste entre lo sublime y lo cómico, lo ideal y lo grotesco, y apercibe el influjo de La gitanilla en su novela Nuestra Señora de Paris. Henri Beyle, más conocido como Stendhal, que tenía diez años cuando leyó Don Quijote por primera vez, escribió que «el descubrimiento de ese libro fue quizá la más grande época de mi vida»; Honoré Balzac representó casi más a Don Quijote en su vida que en sus escritos y Gustave Flaubert asumió este espíritu en sus dos novelas Bouvard y Pecuchet, póstuma e inacabada, cuyos dos personajes principales enloquecen leyendo libros que no pueden asimilar, y su Madame Bovary, cuya protagonista es en realidad una quijotesca dama que pierde la sensatez leyendo noveluchas sentimentales, como José Ortega y Gasset ya apreció («es un Quijote con faldas y un mínimo de tragedia sobre su alma). (…). En Les oiseaux de la lune o Los pájaros de la luna (1956), de Marcel Aymé, el inspector de un colegio adquiere el poder de transformar a los pelmazos en aves de tanto leer novelas, lo que parece ser una parodia cómica de la locura de Don Quijote de la Mancha y de los magos que transforman sus desilusiones. La escritora Monique Wittig, por otra parte, en su novela Le voyage sans fin (1985) reelabora el Quijote de Cervantes sustituyendo a caballero y escudero por dos mujeres. En 1968 Jacques Brel compuso y grabó un disco de música, L’Homme de la Mancha. Y para cerrar una lista que podría prolongarse mucho, mencionaremos sólo a Léon Bloy, Tailhade, Henri Bergson, Maurice Barrès, Alfred Morel-Fatio, Paul Hazard, André Maurois y André Malraux”. Cf. www.elquijote.com/enelmundo.php/ch/mundFr/PHPSESSID. (consulta el 15/07/05)

[3] Nosotros seguiremos esta edición: J.-Charles DAVILLIER, Viaje por España, ilustrado por Gustavo Doré. Prólogo y notas de Arturo del Hoyo. Estudio crítico-biográfico, titulado Gustavo Doré por Antonio Buero (3 tomos), Madrid, 1949, Ediciones Castalia.

[4] J. J- ROY, Les Français en Espagne. Souvenir des guerres de la Péninsule, (1808-1814), Tours, 1856, Ad. Mame et cie, Imprimeurs-Libraires. El relato completo de los avatares del capitán Roy en Extremadura puede consultarse en Francisco Vicente Calle Calle y María Ángeles Arias Álvarez. “Aventuras y desventuras de un capitán francés por tierras extremeñas durante la Guerra de la Independencia”, Revista de Estudios Extremeños, nº III, 2003, pp. 1037-1057.

[5] Cf. J. -Ch. DAVILLIER, Op. cit., pp. 587-588. El texto de Los trabajos de Persiles y Sigismunda dice así:
“… y nuestros peregrinos llegaron poco a poco, a las santísimas tierras de Guadalupe.
Apenas hubieron puesto los pies los devotos peregrinos en una de las dos entradas que guían al valle, que forman y cierran las altísimas sierras de Guadalupe, cuando, con cada paso que daban, nacían en sus corazones nuevas ocasiones de admirarse; pero allí llegó la admiración a su punto, cuando, vieron el grande y suntuoso monasterio, cuyas murallas cierran la suntuosa imagen de la emperadora de los cielos; la santísima imagen, otra vez, que es libertad de los cautivos, lima de sus hierros y alivio de sus pasiones; la santísima imagen que es salud de las enfermedades, consuelo de los afligidos, madre de los huérfanos y reparo de las desgracias… Cuatro días se estuvieron los peregrinos en Guadalupe, en los cuales comenzaron a ver las grandezas de aquél santo monasterio; digo comenzaron porque acabarlas de ver es imposible
”. Cf. Miguel de Cervantes, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, Madrid, 1980, Espasa-Calpe, Austral, pp. 188.

[6] Cf. El Quijoteed. cit., p. 568.

[7] Cf. DAVILLIER, J. Ch. Op. cit., p. 605. Sobre la leyenda de Fierabrás, Carlomagno y la princesa Floripes así como su reflejo en las tradiciones extremeñas, ver Moisés MARCOS DE SANDE, “Del folklore garrovillano: usos y costumbres”, en Revista de Estudios Extremeños, t. I, 1945, pp. ***

[8] DAVILLIER, Op. cit., pp. 588-591.

[9] Diego García de Paredes también es citado en el capítulo 49 y en el capítulo 51 de la primera parte del Quijote: “Y si todavía, llevado de su natural inclinación, quisiere leer libros de hazañas y de caballerías, lea en la Sacra Escritura el de los Jueces; que allí hallará verdades grandiosas y hechos tan verdaderos como valientes. Un Viriato tuvo Lusitania; un César, Roma; un Anibal, Cartago; un Alejandro, Grecia; un conde Fernán González, Castilla; un Cid, Valencia; un Gonzalo Fernández, Andalucía; un Diego García de Paredes, Estremadura; un Garci Pérez deVargas, Jerez; un Garcilaso, Toledo; un don Manuel de León, Sevilla, cuya leción de sus valerosos hechos puede entretener, enseñar, deleitar y admirar a los más altos ingenios que los leyeren” ; “Sentábase en un poyo que debajo de un gran álamo está en nuestra plaza, y allí nos tenía a todos la boca abierta, pendientes de las hazañas que nos iba contando. No había tierra en todo el orbe que no hubiese visto, ni batalla donde no se hubiese hallado; había muerto más moros que tiene Marruecos y Túnez, y entrado en más singulares desafíos, según él decía, que Gante y Luna, Diego García de Paredes y otros mil que nombraba; y de todos había salido con vitoria, sin que le hubiesen derramado una sola gota de sangre”.Cf. ed. cit., pp.567;580.

[10] Ibid.

[11] Ibid. p. 591.

[12] Sobre este castillo ver. AA. VV., La España Gótica (14). Extremadura, Madrid, 1995, Ediciones Encuentro, S. A., pp. 363-364.

[13] J. J. ROY, Op. cit., pp. 145-146.

[14] Ibid. pp. 122-123.

[15] Las palabras subrayadas aparecen en el español en el original.

[16] J. J. ROY, Op. cit., pp. 4-7.

[17] Ver por ejemplo I, 2 ; I, 16-ss; I, 32-ss;

[18] En cambio, A. Jouvin dice “haber bebido [en una posada de Plasencia] un vino blanco muy excelente, mucho mejor y más natural que el que transportan a Francia y a los países extranjeros (…)”. Cf. A. JOUVIN, El viaje de España y Portugal, en J. GARCÍA MERCADAL, Viajes de extranjeros por España y Portugal, 1999, Junta de Castilla y León, Consejería de Educación y Cultura., tomo III, p. 623.

[19] Cf. J. -Ch. DAVILLIER, Op. cit. pp. 594-595. En las páginas 595-598 J. –Ch. Davillier explica la diferencia que existe entre el parador, la posada y el mesón; cita además opiniones, casi todas negativas, de varios viajeros como A. Ponz, el holandés Aersens de Sommerdyck (1655), Madame de Aulnoy o el inglés Swinburn (1775) sobre estos todos establecimientos; también aparece una ilustración de Gustave Doré que representa una posada.
Sobre los transportes y caminos en esta época, ver también las referencias generales ofrecidas en María Dolores MAESTRE, Doce viajes por Extremadura (en los libros de viajeros ingleses desde 1760 a 1843), Plasencia, 1995, Imprenta La Victoria, pp. 25-27, 551-583 así como Jesusa VEGA, “Viajar en España en la primera mitad del siglo XIX: Una aventura lejos de la civilización”, en Revista de Tradiciones Populares, LIX, 2, 2004, p. 96-97; 111-117.

[20] Cf. J. Ch. DVILLIER, Op. cit., p. 596.

[21] Cf. Jean-François BOURGOING, Tableau de l’Espagne moderne, en Bartolomé et Lucile BENNASSAR, Le voyage en Espagne. Anthologie des voyageurs français et francophones au XVIe au XIXe. siècle, Paris, 1998, Robert Laffont, (Bouquins), p. 986. En este mismo libro parecen otras referencias a los flagelantes en las páginas 973-974; 978-979; 984-985.

[22] Cf. Condesa d’AULNOY, Viaje por España en 1679 y 1680 y Cuentos feericos, trad. y notas por Marta Corominas y Mercedes M. Villalta, Barcelona, 1962, Editorial Iberia, S.A., Col. Obras maestras, tomo I, pp. 194-195.

[23] Cf. Ibid., pp. 196-197.