Oct 012002
 

Manuel J. Bazaga Ibáñez.

«Yo me acosté, y dormí, y desperté, porque Jehová me sustentaba» (Salmo III).

Si queremos recoger algo de la vida de esta ilustre Religiosa, debemos significar que en este Salmo, se puede resumir toda la trayectoria tanto seglar, como religiosa de Maria Ramona (Mariquita, como familiarmente la llamaban), más tarde Sor Filomena Maria del Patrocinio Bustamante Risel.

Nació en Trujillo un 18 de octubre del año 1825, en la calle Ballesteros, hija de Manuel Bustamante Saldaña, natural de Madrid y de Jacinta Risel Orozco, nacida en Aldeacentenera, Marqueses de San Antonio y Condes de Saldaña., ambos de ilustres familias afincadas en Trujillo.

A partir de los siglos XV al XVIII en Trujillo se tiene una explosión de religiosidad; los que marcharon a la conquista de América, vuelven con dinero y ganas de perpetuar sus nombres, por ello no dudan en destinar parte de sus caudales en levantar Palacios, Casas solariegas o subvencionar Conventos, dentro de las murallas, o fuera de ellas, se acordaron de todos y a pesar de que había Cuatro de Frailes ( Mercedarios, dominicos, Franciscanos, en sus dos ramas, (Observantes y Conventuales) y Seis de religiosas: Clarisas, Dominicas, Concepcionistas, Franciscanas, y Jerónimas). Además de las Ermitas u Oratorios que a la sombra de estos Conventos fueron levantándose en los alrededores de Trujillo: Santa Ana, Loreto, Magdalena, Papanaranja, etc. Las Parroquias también levantaron nuevos edificios o mejoraron las existentes: San Clemente, La Veracruz, Santa Maria, San Martín, acogieron a los devotos trujillanos que encontraban refugio en sus vidas espirituales. Todos fueron más o menos dotados económicamente, con la esperanza de que por sus donativos intercedieran por ellos. El Convento de San Francisco Real de la Coria es el que en principio ocupará nuestra atención, ya que está relacionado de forma muy especial con la vida que hemos de relatar de Sor Maria Filomena.

Este Convento, llamado de la Coria, por encontrarse en el camino que salía de Trujillo hacia la población de Coria, fue fundado en el año 1426, siendo su verdadero nombre San Francisco Real. Fue el preferido por las damas trujillanas y por ello adquirió cierto prestigio y fama de solo acoger a miembros femeninos de ilustres abolengos. Verdaderamente en él tuvieron acogida todas las jóvenes o mayores que acudieron a sus puertas solicitando su ingreso en el Cenobio, incluso vivieron con las Religiosas jóvenes que sus familias solicitaban su acogida como pupilas. En este Convento estuvo viviendo la Regla Religiosa durante siete meses, la madre de Sor Filomena, que tuvo que abandonar por enfermedad.

En este también profesaron como Religiosas dos hermanas de Jacinta Risel Orozco, que así se llamaba la madre de nuestra protagonista, una fue Abadesa, Sor Ana Maria y la otra Portera, Sor Paula. Ambas por tanto tías de Mariquita.

Una vez que Jacinta Risel, dejó el Convento, contrajo matrimonio con Manuel Bustamante Saldaña, de cuyo matrimonio tuvieron cuatro hijos: Mariano, Manuel, Carmen y Maria Ramona. Carmen falleció al nacer (27 enero de 1820) La madre Jacinta Risel, también tuvo corta vida pues a los 33 años, el 7 de julio de 1829 falleció, dejando los hijos antes reseñados: Mariano, Manuel, y Maria Ramona, llamada familiarmente Mariquita, y que más tarde fuera Sor Filomena Maria del Patrocinio. Del matrimonio de Antonio Risel y Tapia y Mª Josefa de Orozco Treviño, nacieron Jacinta, Sor Ana Maria, Sor Paula, (ambas religiosas en el Convento de la Coria, como hemos dicho), Leonardo y Eusebio, primos y tíos de nuestra Religiosa. Toda la familia Bustamante Risel estaba integrada en Trujillo, y prueba de ello fue que recibieron sepultura en el Cementerio de la Ciudad: Juana Lozano Rubio, (Trujillana) casada con Mariano Bustamante, que también recibió sepultura en Trujillo, el 21 de agosto de 1900, falleció a la temprana edad de 23 años. Mª Álvarez Riguero, casada con Manuel Bustamante, enterrada a los 52 años de edad en este mismo Cementerio el 25 de septiembre de 1875. Mariano Bustamante Risel y Saldaña, viudo de Juana Lozano Rubio, falleció el 9 de mayo de 1898 a los 75 años de edad y algún otro allegado familiar. Todos estos enterramientos están en el Patio Grande del Cementerio de Trujillo, (con lápidas muy deteriorada pero que permiten su lectura.) Toda la familia Bustamante Risel, aunque no oriundas de Trujillo, se vinculó a él y tuvieron suntuosas viviendas en la calle Ballesteros, García de Paredes y Francisco Pizarro, ya que sus títulos nobiliarios y desahogada situación económica la hicieron figurar entre las más distinguidas familias Trujillanas.

Al morir Jacinta Risel Orozco, los hijos varones los acogieron sus tíos Leonardo y Eusebio. La hembraro OrozcoOo fue llevada por sus tías Religiosas al Convento de La Coria. Esta niña nació el día 18 de Octubre de 1825, en la calle Ballesteros de Trujillo a la que pusieron por nombre Maria Ramona, más conocida por Mariquita,.La bautizaron en la Parroquia de Santa Maria el día 19 de Octubre de 1825 y confirmada el 27 de Octubre de 1829. Su madre murió cuando tenia 33 años, como antes hemos dicho y Maria Ramona tres. Su padre rico hacendado, obligado a efectuar frecuentes viajes de negocio, tuvo que dejar a la pequeña en manos de criados desaprensivos que la maltrataron hasta ponerla en peligro de muerte en más de una ocasión. Enterado el padre del trato dado a la pequeña le obligó al padre en uno de sus regreso a Trujillo, a entregar a la pequeña Mariquita a sus tías Religiosas del Convento de la Coria, que tuvieron que hacerse cargo de la niña, y con ellas estuvo desde la edad de tres años hasta que por enfermedad, nuevamente el padre la llevó a su casa, pensando que en esta tendría mejores cuidados, pero también se equivocó.

De sus hermanos Manuel y Mariano, se hicieron cargo de ellos sus tíos Leonardo y Eusebio, donde encontraron toda clase de cuidados y ayuda hasta su mayoría de edad. No fue así, con Mariquita, las personas encargadas por el padre de cuidar a la pequeña, la maltrataron despiadadamente, y en lugar de cuidar de la pequeña siguieron abusando de la confianza en ellas depositadas. La llevaron a un pueblo cercano a Trujillo, para evitar que se dieran cuenta del mal trato que recibía la pequeña, con ello creyeron tener la seguridad de que los familiares no se enterarían de cómo era tratada y prescindieran de sus servicios. La encargada de su cuidados y criados de la casa siempre abusaron de la confianza depositada en ellas y aprovechándose económicamente de la situación, mal alimentaban y maltrataban, llegando a situaciones extrema, pues incluso trataron en una ocasión de ahogarla, La niña que desde su nacimiento era débil y aquejada de extraña enfermedad volvió a recaer, en tal forma que en alguna ocasión llegaron a darla por muerta, sin que los médicos supieran que mal era el que la aquejaba. En esta situación, la niña ya mayorcita trata de volver con sus tías al Convento, cuando ocurre un extraño suceso: Llama un día a la puerta del domicilio paterno un desconocido personaje, pidiendo limosna, Mariquita le socorre y confiando en él, solicita que la lleve al Convento, con sus tías, así lo hace el anciano y una vez en las cercanías de la Coria, desaparece misteriosamente, sin que ella, ni sus tías, a las que explica lo ocurrido encuentren repuesta a la situación.

Una vez en el Convento tampoco encuentra la paz y tranquilidad que precisaba, ya que su enfermedad no deja de afectarla, más cuando en el Convento había algunas señoritas residentes, que a espaldas de las Monjas la maltratan haciéndola la vida insoportable, con especial cuidado para que las tías no se den cuenta de estos malos tratos, que llegando incluso a la violencia. Maria Ramona vuelve a sufrir con su enfermedad sin que ningún momento se la ocurra dar noticias de lo que está sufriendo.

Maria Ramona, quiere imitar a sus tías y religiosas del Convento obligándose con sacrificios y penitencias, demasiados rigurosas para su estado físico y tierna edad, contaba en aquel entonces trece años de edad. Vuelve a castigarla su enfermedad, llegando al parecer de todos a ponerse en trance de muerte, así se considera su estado en varias ocasiones. Milagrosamente algunas veces permanece en este estado de inconciencia más de un día, volviendo a la vida, como si nada hubiera pasado, recuperándose seguidamente, y siguiendo como su único pensamiento y deseo incorporarse a la Comunidad Religiosa con los votos monástico. Las otras monjas pusieron algunos impedimentos, pues la consideraban de poca edad para cumplir su investidura del hábito religioso y deseos de pertenecer a la Orden, en la que estaban sus tías. Estos deseos la daba fuerzas para superar todas las pruebas, tanto físicas como espirituales, con que se mortificaba su cuerpo y cada día más deseaba hacerse monja y pertenecer al Convento a perpetuidad.

Llegan tiempos difíciles para las Religiosas, si hasta entonces recibieron todas clases de ayudas económicas y espirituales, empiezan al cambiar radicalmente la situación. Los políticos por un lado, con la famosa Ley de Desamortización de Bienes Religiosos, (firmada por Mendizábal) año 1836, atacan a Conventos y Ordenes Religiosas que en ellos moraban. Por un lado se apropian de sus bienes, y como prohiben que existieran dos Conventos de igual Orden Religiosa, en la misma Ciudad. Más tarde la invasión francesa, en que las tropas francesas a su paso para Portugal arrasan, se apropian o destruyen lo poco que quedaba a los Conventos, saqueados y se obliga a las Religiosas a marchar a sitios más seguros. Las del Convento de San Francisco el Real (La Coria) marchan al Convento de San Ildefonso de Plasencia, donde las acogen. (Allí estaban también refugiadas las de San Pedro de Trujillo, por las mismas razones).

La marcha de las Monjas hasta llegar a Plasencia, fue de verdadera epopeya, pues si en Trujillo se las despide con todos los honores , el viaje es catastrófico, intento de asalto, vejaciones por los contratados para el traslado, amenazas, llegando por fin el 30 de abril de 1836, a Plasencia en donde son recibidas en el Convento de San Ildefonso. En este mismo Convento estaban las Religiosas del Convento de San Pedro de Trujillo, que también fueron obligadas a abandonar el suyo de Trujillo, por las mismas causas.

Nuestra Religiosa no encuentra mejoría en su enfermedad recayendo una y otra vez, no sirviendo para nada los cuidados médicos que no encuentran la enfermedad que la aquejaba, pero no olvidando en sus mejorías, la idea de hacerse religiosa como sus tías. Estando en Plasencia su familia trujillana, intentan una y otra vez que abandone el estado religioso al que aspiraba, llegando a proponerla el matrimonio con un amigo de la familia, relevante personaje en el Ejército, sin que fueran capaces de modificar sus pensamientos. Su padre había fallecido y los hermanos no estaban dispuestos a que siguiera en sus intentos religiosos, más cuando no dejaba de afligirla su extraña enfermedad, y con buen criterio esperaban que al abandonar el Convento mejorara siguiendo con sus propuestas matrimoniales. Sus deseos de seguir la vida religiosa la daba fuerzas para superar sus crisis y seguir con sus deseos de perfección.

Por fin hace sus votos simples en San Ildefonso, a los 17 años, tomando el nombre de Sor Filomena Maria del Patrocinio.

Su enfermedad no dejaba de afligirla de vez en cuando, tan pronto parecía una muerte aparente como que desaparecían los síntomas volviendo a la plenitud de su vida espiritual. Aceptaba y creía con fe firme, aplicándose lo que se decía en el Salmo:” YO ME ACOSTE, Y DORMI, Y DESPERTE, PORQUE JEHOVA ME SUSTENTABA” en El confiaba hasta su muerte verdadera.

Por su poca edad tuvo inconvenientes para lograr integrarse con las Religiosas, tomando los hábitos de la Orden, pero por autorización expresa del Obispo Placentino consiguió la toma del hábito que la vinculaba para siempre a la Orden Religiosa en 2 de abril de 1850.

Desapareciendo las causas por las que pasaron las Religiosas, después de 15 años en Plasencia, piensan en volver a su antiguo Convento de Trujillo, y el 30 de abril de 1851 regresan, encontrando que su Convento de La Coria, era un montón de escombros y unas malas paredes que restaban de él ya que los franceses a su paso por Trujillo, demolieron todos estos edificios religiosos, que tuvieron que abandonar las Religiosas y se llevaron todo lo que lo poco de valor que restaba en ellos, asaltados anteriormente por el saqueo autorizado por las leyes desamortizadoras de Mendizábal.

Viendo que en el Convento de la Coria era imposible habitarle, obtienen autorización para instalarse en el Convento de San Pedro, vacío, pues la Monjas de él, habían fallecido todas durante su estancia en Plasencia. El estado de este Convento tampoco era muy halagüeño, pero no encontrando sitio más confortable se cobijaron en sus ruinas, mientras lo acondicionaban obligando a las Religiosas a vivir entre sus muros desdeñando su estado ruinoso. Poco a poco fueron rehabilitándole. No faltaron a las Religiosas numerosas donaciones y limosnas que ayudaron a hacerle algo más habitable. La Abadesa, solicita y consigue ayuda de la Reina Isabel II. Una vez acomodadas en San Pedro, Sor Filomena hace por fin sus votos perpetuos el 11 de mayo de 1851. En 26 de febrero de 1865, fue nombrada Superiora Sor Filomena, sucediendo a su tía en el cargo y por su afortunada gestión las monjas pudieron proveerse de todo lo necesario y acabar de restaurar el Convento, e incluso consiguiendo que fueran admitidas novicias jóvenes que deseaban vivir como Religiosas a pesar de que la ley, todavía vigente solo permitía ingresar a más de dos personas como novicias en los Conventos. Pero Sor Filomena logra autorización de la Autoridad Civil para que puedan ingresar mayor número. Con ello se renueva la vida activa de las Religiosas.

La Madre Sor Filomena Maria del Patrocinio, recibe el ofrecimiento de unas señoras de Fuente del Maestre, en la provincia de Badajoz, dueñas de un antiguo Convento, para que en él se instalen las Monjas de su Orden. Obtenidas las oportunas autorizaciones del Obispado y pensando que en Trujillo ya están bien servidas y en Convento rehabilitado, acepta con otras cinco Monjas el ir hasta Fuente del Maestre. Llegando al edificio ofrecido ve, que de nuevo ha de acometer la obra de rehabilitación, puesto que hasta entonces este edificio había sido utilizado como fábrica de harinas. No logra mejorar en su enfermedad, que no dejaba de atacarla de vez en cuando y sin cejar en sus empeños de mejor servir a Dios, rehace y crea un nuevo Convento.

Pensando que la Orden que había estado anteriormente en el edificio que ella han aceptado fue de Religiosas de la Orden de Santa Beatriz de Silva, Concepcionistas, y previa consulta con sus hermanas religiosas y autoridad Religiosa, cambia su Orden Franciscana, por la de Inmaculada Concepción, cambiando su hábito, por el azul y blanco de estas Religiosas, Cumple así con sus deseos de servir a la Inmaculada Concepción, de la que siempre fue devota. Sor Filomena durante su estancia en Fuente del Maestre sufrió periodos de larga postración, ocasionados por su enfermedad, pero llegado el día 22 de Noviembre de 1913, a los 88 años de edad, entregó definitivamente su alma a Dios, dando en todo momento ejemplo de santidad, aceptando su muerte y ofreciéndola como prueba de amor a su Madre Inmaculada,. Su cuerpo recibió sepultura en la Iglesia del Convento por ella fundado, donde sigue. El pueblo de Fuente del Maestre demostró el sentimiento de todos los habitantes por la muerte de la Madre Filomena, que lo manifestó con numerosas pruebas de cariño a la Madre que despedían y a la que consideraban como elegida de Dios y merecedora de su devoción.

Oct 012002
 

José Luís Barrio Moya.

Cuando el rey Alfonso IX de León conquistó a los musulmanes Badajoz, en el año 1230, precisamente el de su muerte, la comarca de Olivenza pasó a manos de los Caballeros del Temple, en cuyo poder permaneció hasta que Alfonso X el Sabio los evacuó en 1278. Como parte de la Corona de Castilla permaneció Olivenza hasta el tratado de Alcañices, firmado en 1297, mediante el cual Fernando IV cedía aquella villa a su hermana Doña Beatriz, cuando aquella contrajo matrimonio con Don Alonso de Portugal , hijo del rey lusitano Don Dinis[1].

La incorporación de Olivenza a la corona portuguesa significó para la población el inicio de un periodo de engrandecimiento y prosperidad, por obra de los monarcas lusitanos Don Dinis, Alfonso IV, Juan II y, sobre todo, Manuel I, el rey del “manuelino”. A todos ellos se debe el carácter monumental que Olivenza tiene en la actualidad.

Cuando Portugal y sus posesiones ultramarinas pasaron a formar parte de la Monarquía Hispana de Felipe II, en 1580, tras la muerte de Don Sebastián en la trágica batalla de Alcazarquebir, en la que el ejército portugués fue dramáticamente derrotado por las tropas marroquíes de Abd-el-Melic, Olivenza volvió a manos españolas, en las que permaneció hasta la revuelta lusitano contra Felipe IV en 1640.

Durante la guerra hispano-portuguesa, la villa de Olivenza fue sitiada en varias ocasiones por las tropas hispanas, siendo el cerco más importante el de 1648, pero que la enérgica defensa de la población obligó a levantar. Sin embargo el valor de los soldados portugueses no pudieron impedir que el 30 de mayo de 1657 Don Francisco Tuttavilla, duque de San Germán se apoderase de Olivenza, que retornó a la corona lusitana cuando Mariana de Austria, viuda de Felipe IV, firmó la paz con Portugal, el 12 de febrero de 1668, reconociendo la independencia del reino lusitano, tras veinte y ocho años de enfrentamientos[2].

A comienzos del siglo XIX y en la vorágine de las luchas napoleónicas, España aliada de Francia, se vio obligada a declarar la guerra a Portugal para con aquel gesto obligar a Juan VI a cerrar los puertos lusitanos a su tradicional aliada y feroz enemiga de Francia: la opulenta Inglaterra. La guerra se declaró el 27 de enero de 1801 y al frente del ejército hispano-francés se colocó como generalísimo Don Manuel Godoy, quien invadió el país vecino el 20 de mayo de 1801. Las tropas hispano-francesas, mucho más numerosas que las portuguesas, conquistaron gracias a aquella circunstancia varias plazas del Alentejo, entre ellas Olivenza y Jurumeña, llegando a poner sitio a Elvas, que gracias al esfuerzo de sus defensores no capituló. En recuerdo de aquellas campaña algunos soldados españoles ofrecieron a Godoy dos ramos de naranjas de los jardines de Elvas, que el favorito remitió a la reina Maria Luisa. Portugal se vio obligada a pedir la paz, firmado el Tratado de Badajoz el 16 de junio de 1801 Manuel Godoy y Luis Pinto de Sousa. Por aquel tratado España devolvía a Portugal todas las plazas conquistadas excepto Olivenza, a la vez que Juan VI se comprometía a cerrar sus puertos a las naves inglesas.

No obstante tantas guerras y en los periodos de paz entre los dos países algunos oliventinos pasaron a España, como así lo demuestra Don Manuel Pereira de Castro, quien alcanzó en Madrid el cargo de médico de Cámara de los reyes Carlos III y Carlos IV.

Pocos datos tenemos sobre la vida del médico oliventino, aunque gracias a la documentación que aportamos, encontrada en diversos archivos madrileños, podemos ofrecer una sumaria biografía del mismo que sirva para posteriores investigaciones.

Don Manuel Pereira de Castro nació, según él mismo declara en su testamento, en la villa de Olivenza “ovispado de Elvas en el reyno de Portugal”, siendo hijo e Don Juan Álvarez de Castro y de Doña Francisca Teresa Maria de Vega y Pereira, ambos naturales de “Alvito en el ovispado de Beja en el mismo reyno”. Nada conocemos de los primeros años de la vida del futuro médico de Cámara, ni tampoco en que lugar realizó sus estudios, que pudo ser en la Universidad de Coimbra. Si sabemos que en 1757 ya se encontraba en Madrid, ejerciendo como médico. No hay que olvidar que desde 1746 reinaba en España Fernando VI, casado con la portuguesa Bárbara de Braganza, y es probable que Don Manuel Pereira de Castro pensara que una lusitana en el trono de Madrid podía significar un futuro mas prometedora que en su Portugal natal[3].

El día 7 de junio de 1779 el mayordomo mayor de palacio, marqués de Montealegre informaba a Carlos III que Don Manuel Pueyo había ascendido a médico de número de la Real Familia al puesto de médico de Cámara y para ocupar la vacante dejada proponía al rey “a tres sujetos medicos abiles, que tienen la aprobacion del Primero de Cámara”. Estos tres médicos fueron Don Manuel Pereira de Castro, Don Nicolás López de Valverde y Don Miguel García de Burunda. El marqués de Montealegre destacaba que Don Manuel Pereira de Castro era “medico de los Caballeros Pages de Vuestra Magestad y academico de la Real Academia Medica de Madrid, que haze 22 años que exerze su facultad en la Corte y en instancia que hizo solicitando los honores de medico de la Real Familia en atencion a sus meritos se digno Vuestra Magestad resolber con fecha de 1 de abril de 1776 que acordare su pretension en adelante” [4].

El 19 de junio de 1779 Carlos III decidió que la plaza vacante dejado por Don Manuel Pueyo fuera ocupada por Don Manuel Pereira de Castro, el cual juró su cargo de médico de la familia real el 2 de julio de 1779 “y desde este dia se le han de considerar 2200 reales anuales (hasta que suceda otra vacante) por la mitad de esta plaza por que con la otra mitad esta jubilado Don Antonio de Medina, que la goza en virtud de Real Resolucion a constancia de 29 de septiembre de 1761, y en consecuencia y con desquento de un mil y cien reales que adeudo al derecho de la media annata” [5].

El 24 de enero de 1780 Don Manuel Petriz y Manrique, contador de la Real Caballeriza, informó a la oficina de la media anata “que Don Manuel Pereyra de Castro havia sido medico de la Casa de Cavalleros Pages de Su Magestad, y gozando con este encargo por nominas de sueldos de la misma cavalleriza el de 2750 reales de vellon al año, que le havian cesado en 9 de julio de 1779, quedando de dever al derecho de la media annata 1375 reales correspondientes a dicho goze, a fin de que se le bajasen del que tenia en la Real Casa como medico de numero de Familia, en cuya consequencia se ha hecho la referida baja y aplicado para el pago total de los espresados 1375 reales, no causando media annata alguna con la entrada al goze de los 2200 reales el medio sueldo de tal medico de numero de familia, y quando entrare al goce entero devera satisfacer la respectiba a el aumento que ha de resultar desde los 2750 reales que tenia por dicha cavalleriza” [6]. Comunicaba asimismo Don Manuel Petriz y Manrique “que haviendo fallecido Don Juan Garcia Sebillano, otro medico de familia de numero, en 19 de diziembre de dicho año de 1780 deve entrar desde al dia siguiente al goze entero de su plaza el dicho Don Manuel de Pereyra como lo tiene acordado para los de esta clase el excelentisimo señor marques de Montealegre, mayordomo mayor de Su Magestad, por su orden de 2 de abril de 1764, y se le han de descontar 825 reales por razon de media anata correspondiente a los 1650 reales que logra de aumento segun el que ha tenido por la Real Cavalleriza”.

El 2 de febrero de 1788 Don Francisco Antonio Montes, intendente contralor de la Real Casa y Cámara de Carlos III certificaba que en esa fecha Don Manuel Pereira de Castro “que hera medico de familia” fue nombrado “para la sexta plaza de medico de Camara con el sueldo asignado a ella, la que juro en primero de marzo siguiente en manos del excelentisimo señor marques de Valdecarzana, que hera sumiller de Corps de Su Magestad y en presencia del contralor general por ausencia del grefier, y por Real Orden de 16 de febrero del presente año de la fecha se sirvio Su Magestad nombrar a dicho Pereyra por su medico de Camara de exercicio con la antiguedad desde su nombramiento y sueldo”[7].

La muerte de Carlos III el 14 de diciembre de 1788 no supuso ningún cambio en la situación de Don Manuel Pereira de Castro en palacio, puesto que Carlos IV, hijo y sucesor del monarca difunto, mantuvo en su cargo al médico oliventino.

En Madrid Don Manuel Pereira de Castro contrajo matrimonio con Doña Josefa de la Guardia y Castro, hija de Don Francisco de la Guardia y Castro y de Doña Teresa Ximénez de Roa, todos nacidos en la localidad conquense de Horcajada de la Torre. De esta unión nacerían tres hijos, bautizados con los nombres de Antonio, Luís y Manuel.

El día 25 de mayo de 1793 y ante el escribano Pedro Barrero, Don Manuel Pereira de Castro y su esposa otorgaban de mancomún su testamento y últimas voluntades[8]. En el citado documento, además de declarar ambos cónyuges tanto el nombre de sus padres como sus lugares de nacimiento, expresaban su deseo de ser enterrados, amortajados con el hábito franciscano, “en la yglesia parroquial donde fueramos feligreses al tiempo de nuestro respectibo fallecimiento”. Establecían que se dijesen por el alma de cada uno cien misas rezadas y que se entregasen a las mandas forzosas, doce reales de vellón. Asimismo se nombraban recíprocamente por sus testamentarios junto con sus hijos Don Luís y Don Manuel, Don Juan de Quevedo Revenga, abogado de los Reales Consejos, Don Juan Bautista Soldevilla, médico de Cámara de Carlos IV, Don Antonio Fraseri y Don Joaquín Gómez, ambos médicos de la Real Familia.

Como herederos de todos sus bienes instituían a sus tres hijos “para que lo que hubiere y quedare lo haian, lleven y hereden por iguales partes, con la bendicion de Dios nuestro señor y la nuestra”.

Fueron testigos de este otorgamiento Don Alfonso Arias gago, visitador eclesiástico, Don Manuel de Aróstegui, abogado de los Reales Colegios de Madrid, Don Antonio de la Pastora, Don Manuel Urete y Don Antonio Casado.

Don Manuel Pereira de Castro murió en Madrid el 22 de mayo de de 1808, cuando ya se había iniciado la Guerra de la Independencia, siendo enterrado en la bóveda del Santo Cristo de los Milagros, sita en la iglesia parroquial de San Martín[9]. Su esposa, Doña Josefa de la Guardia y Castro había fallecido unos años antes que el médico oliventino que tan importante cargo ocupó en la Corte de Carlos III y Carlos IV.

APORTACION DOCUMENTAL:

Testamento otorgado por el doctor Don Manuel Pererira de Castro y Doña Josefa de la Guardia y castro, marido y muger.

en 25 de mayo de 1793.

En el nombre de Dios todo poderoso Amen. Nos el doctor Don Manuel Pererira de Castro, medico de Camara de Su Magestad, natural de la villa de Olivenza, ovispado de Elvas en el reyno de Portugal, hijo lexitimo de legitimo matrimonio de Don Juan Alvarez de Castro y de Doña Francisca Theresa Maria de Vega y Pereira, difuntos, vecinos que fueron de la villa de Alvito en el ovispado de Beja en el mismo reyno, y Doña Josefa de la Guardia y Castro, natural de la villa de Orcajada en el obvispado de Cuenca, hija legitima y de lexitimo matrimonio de Don Francisco de la Guardia y Castro y de Doña Theresa Ximenez de Roa, difuntos, vecinos que fueron de la misma villa de Orcajada, ambos otorgantes marido y muger, vecinos de esta Corte, estando como al presente nos hallamos buenos y sanos y en uso perfecto y cabal de nuestro juicio, memoria y entendimiento natural, el que Dios nuestro señor fue servido darnos, creyendo como firmemente creemos en el incomprehensible misterio de la beatisima Trinidad, Padre, Hijo y Espiritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero y en todos los demas misterios que el todo Poderoso nos rebelo y propone nuestra santa Madre Yglesia Catholica Apostolica Romana, bajo de cuia fee y crehencia hemos vivido, esperamos y queremos vivir y morir como fiados en los merecimientos de nuestra señor Jesu Christo y en los poderosos y dulces ruegos de su amorosa Madre la Santa Virgen Maria, concevida sin pecado original, a quien desde ahora para el trance final y postrimero ymbocamos por nuestra patrona y abogada con su esposo San Joeph, Angeles de Nuestra Guarda y demas santos de nuestero nombre y debocion para que yntercedan con su Divina Magestad a fin de que perdone todos nuestros pecados y labando nuestra alma con la preciosa sangre que nuestro Redemptor derramo por ellas, las coloque en tan amable compañia, donde les alaven y bendigan por los siglos de los siglos, temerosos de la muerte, trance tan temible y natural como incierta es su ora llegada y precabiendo que este duro golpe puede tomarnos de sorpresa, embargandonos el uso libre de la razon o los sentidos y nos arrebate sin permitirnos disponer sonre el descargo de nuestras conciencias, hacemos, ordenamos y disponemos este nuestro testamento y ultima boluntad en la forma siguiente:

– Lo primero encomendamos nuestra almas a Dios nuestro señor que las crio y redimio con el preciosisimo balsamo de su sangre, rogando a su Divina Magestad que quando fueren separadas de esta humanidad corruptible las reciba benigno, corroborandolas con el resplandor de su Divino rostro y nuestro cuerpos cadaveres mandamos a la tierra, de cuio elemento fueron formados, y queremos sean amortajados con el avito de nuestro seraphico padre San Francisco y sepultados en la yglesia parroquial donde fuesemos feligreses al tiempo de nuestro fallecimiento, dejando a eleccion del sobreviviente y testamentarios que adelante nombraremos la disposicion, ora y forma de nuestro entierro.

– Mandamos que por cada uno de nos los otorgantes se manden decir cien misas rezadas con la limosna de quatro reales de vellon cada una, de la que sacada la quarta parroquial, las demas se celebren en las yglesias o combentos en donde eligieren nuestros testamentarios.

– Es nuestra boluntad que se de por una bez y por cada uno de nos los otorgantes doce reales de vellon a los Santos Lugares de Jerusalen, Redencion de Cautivos y Hospitales General y Pasion de esta Corte y para todas ellas, con lo que los desistimos y apartamos del derecho y accion que pudieran tener a nuestros bienes.

– Prevenimos que si al tiempo de nuestro respectibo fallecimiento se encontrase alguna memoria o memorias escritas o firmadas de nuestras manos relatibas a esta nuestra ultima y final boluntad se este y pase por su contenido, protocolizandose con este instrumento para su devido y puntual cumplimiento.

– Usando yo el dicho Manuel Pereira de Castro del derecho y accion que me compete nombro por tutora y curadora de la persona y vienes de Don Manuel Pereira de la Guardia, nuestro hijo menor, a mi muger y su madre Doña Josefa de la Guardia y Castro, con relebacion de fianzas, respecto su notorio merito christiano y govierno con que siempre se ha conducido a la mejor crianza de sus hijos y pido a qualquier señor juez ante quien se presente testimonio de esta clausula la manden discernir el cargo de tal tutora y curadora, bajo la misma relebacion de fianzas que ba echa.

– Y para cumplir y pagar este nuestro testamento y memoria si se encontrase nos nombramos reciprocamente uno a otro por nuestros testamentarios, y para que lo sean igualmente con el sobreviviente nombramos de conformidad a Don Luis y Don Manuel Pererira de la Guardia, nuestros hijos, a el lizenciado Don Juan de Quevedo Revenga, abogado de los Reales Consejos y juez de rompimientos en esta Corte, a Don Juan Bautista Soldevilla, medico de Camara de Su Magestad, a Don Antonio Franseri y a Don Joaquin Gomez, medico de la Real Familia, a cada uno in solidum y nos damos y les damos poder y facultad cumplida para que luego que fallezca quañquiera de nos, entren y se apoderen de todos nuestros vienes y de su producto cumplan y paguen todo lo aqui expresado y que se expresase en la memoria o memorias si quedasen, bendiendo y rematando lo que fuere necesario en publica almoneda o fuera de ella, cuio cargo y facultad nos dure y les dure todo el tiempo necesario, aunque sea pasado el año del albaceadgo, pues desde luego prorrogramos el que necesite.

– Y cumplido y pagado quanto ba ordenado y se ordenare en la memoria o memorias si se encontrase, en el remanente que quedase de todos nuestros vienes, hacienda, caudal, derechos y acciones y futuras subcesiones, nombramos por nuestros unicos y universales herederos a Don Antonio, Don Luis y Don Manuel Pereira de la Guardia, nuestros tres hijos legitimos havidos en nuestro actual matrimonio, para que lo que hubiese y quedase lo haian, lleven y hereden por iguales partes con la bendicion de Dios nuestro señor y la nuestra, y les encargamos y rogamos hagan y ejecuten su division y adjudicacion amigable y extrajudicialmente con el sobreviviente como asi lo esperamos de su buena crianza y educacion.

– Y por el presente rebocamos, anulamos y damos de ningun balor ni efecto todos los testamentos, poderes para hacerlos, cobdicilos y otras ultimas disposiciones que antes de este haiamos hecho de palabra, por escrito o en otra forma que ninguna queremos balga, ni haga fee judicial ni extrajudicialmente escepto este testamento y memoria citada, si quedase, que queremos y mandamos se estime y tenga por nuestra ultima y final boluntad en aquella via y forma que mas haia lugar en derecho, en cuio testimonio asi lo otorgamos en esta villa de Madrid a veinte y cinco dias del mes de mayo de mil setezientos noventa y tres años, siendo testigos el señor don Alfonso Arias Gago, visitador ecclesiastico en esta Corte, Don Manuel de Arostegui, abogado de los Reales Colegios de esta villa, Don Antonio de la Pastora, Don Manuel Ureta y Don Antonio Casado, residentes en esta Corte y los otorgantes a quienes yo el infraescrito doy fee conozco lo firmaron.

Dr. Don Manuel Pereyra. Josepha de la Guardia Castro. Ante mi = Pedro Barrero.
(Archivo Histórico de Protocolos de Madrid. Protocolo = 21239, folº. 121-123 vltº.)


NOTAS:

[1] Para todo lo referente a la historia medieval de Olivenza véase Rosa María Sánchez y Luís Alfonso Limpo.- El enclave de Olivenza y sus murallas, Cáceres, Universidad de Extremadura, 1994.

[2] Carlos Martínez de Campos.- España bélica. Siglo XVII. La decadencia de un Imperio, Madrid, edit. Aguilar, 1968, págs. 158-162.

[3] Bárbara de Braganza nació en Lisboa en 1711. Hija de Juan V y de Maria Ana de Neoburgo, recibió una esmerada educación, siendo una gran aficionada a la música, pues no en balde fue su maestro en aquel arte el napolitano Doménico Scarlatti. En 1729 casó con el entonces príncipe de Asturias, el futuro Fernando VI, de cuya unión no se logró descendencia. Fundo en Madrid el monasterio de la Visitación, conocido como las Salesas Reales, inaugurado en 1757, un año antes de su muerte. Fernando VI la siguió al sepulcro, con la razón perdida, el 10 de enero de 1759. Ambos monarcas están enterrados en el convento fundado por Doña Bárbara de Braganza.

[4] Archivo General de Palacio. Sección = Personal. Signatura = C.809/19.

[5] Archivo General de Palacio.- Ibidem.

[6] Archivo General de Palacio.- Ibidem.

[7] Archivo General de Palacio.- Ibidem.

[8] Archivo Histórico de Protocolos de Madrid. Protocolo = 21239, folº. 121-123 vltº. Ver Aportación Documental.

[9] Archivo de la Iglesia de San Martín de Madrid. Libro 27 de Difuntos, folº. 325-325 vltº.
La partida de defunción del médico oliventino está redactada de la siguiente manera:
“Don Manuel Pererira de Castro, medico de Camara de Su Magestad, viudo de Doña Josefa de la Guardia, natural de la villa de Olivenza, obispado de Helvas y hijo legitimo de Don Juan Alvarez de Castro y de Doña Francisca Teresa Maria de la Vega y Pereira, difuntos, parroquiano de esta yglesia, calle de Preciados casa de Parayuelo. Otorgo testamento en 25 de mayo de 1793 ante Pedro Barrero, escribano Real, señalando cien misas a quatro reales. Testamentarios Don Antonio, Don Luis y Don Manuel Pereira, sus hijos, y Don Juan Quevedo y Revenga, Don Juan Bautista Soldevilla, Don Antonio Franseri, Don Ramon Gomez y Don Manuel Uzeta y a cada uno ynsolidum. Recivió los Santos Sacramentos. Murio en veinte y dos de mayo de mil ochocientos ocho. Se enterro de secreto en esta parroquia con la licencia del señor vicario, en uno de los nichos de la boveda del Santo Cristo de los Milagros».

Oct 012002
 

Antonio Manuel Barragán Lancharro.

I. INTRODUCCIÓN

Sobre la obra y producción literaria de Benito Arias Montano se ha escrito mucho, pero por lo que respecta a su vida, y al entorno más cercano que le rodeó, todavía sigue siendo en gran parte una incógnita. Sólo poseemos datos aislados, e inconexos en su mayor parte, algunos contradictorios entre sí, circunstancias que han originado quebraderos de cabeza a muchos investigadores que han intentado dar coherencia a esos datos personales y familiares para reconstruir una biografía fidedigna.

Lo que sí pone de manifiesto numerosos estudios aparecidos en estos últimos años, que por cierto se le ha vuelto a dar vida a su figura gracias a los actos conmemorativos en ocasión a la celebración de cuarto centenario de su fallecimiento, es que nunca llegó a desentenderse ni de Fregenal ni de su entorno más inmediato. Aunque en su última etapa de su vida prefirió vincularse a Aracena, y hacer de la Peña de Alájar su lugar de retiro, y de hacer de Sevilla, la ciudad más importante del sur de la península, otro lugar frecuentado por él. No por causalidad prefirió ser enterrado en esa ciudad.

La numerosa correspondencia que se conserva de Montano en el Archivo de Simancas, y dada a conocer en siglo XIX en la Colección de Documentos Inéditos para la Historia de España, permite reconstruir, grosso modo, las temporadas pasadas en la Peña de Alájar. Pero lo que se intenta probar en esta investigación es que Montano se desplazaba a los pueblos de los aledaños de Aracena para visitar a amigos y familiares, lo que pone de manifiesto una faceta del humanista poco conocida, y por lo general, obviada.

Es que tratándose de una figura importantísima como Arias Montano, del que los datos biográficos se encarecen extremamente, cualquier noticia que tengamos, convenientemente cotejada y contrastada, puede ser muy valiosa. Por ello, en este particular, un simple dato, aparecido en una partida sacramental, aislado en un primer momento, siendo analizado mediante unas pautas rigurosamente científicas, puede dar sus frutos, en este caso satisfactorios.

Parece ser que la personalidad de Benito Arias Montano era muy apreciada en la zona de Fregenal, sobre todo cuando fue colmada, por meritos propios, de honores. El ser capellán de su Majestad significaba tener un aura especial que le impregnaba en primer lugar a él, y seguidamente a sus amigos y familiares. Por ello, era estimado por sus paisanos de la época, por ser, principalmente, el capellán de su majestad, y por ser, también, un sabio. Pero a nuestros ojos[1], Montano fue elAlma Mater de la excelente Biblioteca del Escorial, supervisor de la Biblia Políglota de Amberes por ser el biblista más reconocido en su época, además de ser un hábil conocedor de numerosas lenguas, ya vivas ya muertas, excelso poeta, teólogo consumado, participando en el propio Concilio de Trento, en definitiva, un auténtico humanista y hombre de su tiempo. Sin embargo, fue un intelectual renacentista que cayó en el pozo del olvido durante varios siglos, y que a pesar nuestro, sigue siendo, injustamente, un completo olvidado[2].

En agosto del 2000, mientras cotejaba el Archivo Parroquial de Monesterio, el autor de este trabajo de investigación encontró la partida sacramental del matrimonio canónico de Luís de Zurbarán e Isabel Márquez, padres del pintor de Fuente de Cantos, Francisco de Zurbarán. Esta partida, buscada por muchos, y obviada, en este archivo, durante cuatrocientos años, ofrecía las claves, como una especie de “libro de instrucciones”, para conocer aspectos familiares del pintor, que hasta la fecha habían sido imposibles de determinar, y se probó, como ya habían indicado algunos investigadores[3], que en el obrador del pintor Zurbarán en Sevilla destacaron dos familiares suyos, de Monesterio, que además tuvieron el privilegio de viajar con él a Madrid. Todo ello fue convenientemente expuesto en su día[4].

Durante el proceso de búsqueda de datos para poder reconstruir la familia del pintor Zurbarán en Monesterio, apareció, en la sección de Bautismos, una partida sacramental que mencionaba como el Doctor Arias Montano, capellán de su Majestad, participa como padrino de un bautizado, creando ya un vínculo muy fuerte con la misma familia, pues Montano contrajo además un lazo familiar con el niño y sus progenitores, pues se le pueden considerar compadres del humanista y viceversa. La susodicha partida es del siguiente tenor:

“Benito [margen]. En la villa de Monesterio a tres días del mes de junio de mil y quinientos/ y setenta y ocho años, el bachiller Bernardino Ordoñes, cura desta villa, baptizó/ y puso óleo y crisma con la demás solemnidad de exorzismos y chate/zismo, en la yglesia mayor desta villa, a Benito hijo de Benito Ynfante/ y de su muger Catalina [errata: IsabelVázquez, padrinos el doctor Arias Montano, capellán de/ su majestad, y madrina Catalina Vázquez muger de Benito Lorenzo, y firme testigos Francisco/ Barragán y Juan López hijo del Çid. Vale la marjen su magestad vala/ El bachiller Bernandino Ordóñez [rúbrica] Gonçalo Hernández [rúbrica][5]”.

En un primer momento no se le dio la importancia y atención que merecía, y quedó el dato totalmente inédito. Sin embargo, cuando decidí retomar una búsqueda bibliográfica sobre Arias Montano entendí que esta presencia no se debía al azar, y que respondía a circunstancias más profundas, y que desempolvar ese conjunto de relaciones pasado cuatro siglos no iba a ser tarea fácil.

Monesterio, a excepción del Archivo Parroquial que milagrosamente existe[6], ha tenido la mala fortuna de haber perdido, a nivel local, su patrimonio documental civil, especialmente a lo que se refiere el Archivo de la Escribanía[7]. Para reconstruir el proceso histórico de esa localidad hay que acudir a fuentes documentales fuera de la población. Por ello, carecemos de una pieza angular básica, el Archivo de la Escribanía nos hubiera podido proporcionar unos datos relevantes referentes a los compadres de Arias Montano en Monesterio, o sea, Benito Infante e Isabel Vázquez. Como justificaremos más adelante, la esposa de Benito Infante se llama Isabel y no Catalina.

II. CONTEXTUALIZACIÓN, DENTRO DE LA VIDA DEL HUMANISTA, DE SU ESTANCIA EN MONESTERIO.

El año de 1578 fue dentro de la vida de Benito Arias Montano un año donde volvió a demostrar su capacidad para la diplomacia, y donde además se puso de manifiesto de que era el más importante hombre de confianza de Felipe II, y por lo tanto también un hombre clave en el entorno del Rey Prudente. Actuales investigadores señalan que las salidas de Montano del reino, en aparente viajes de formación, tienen un carácter diplomático secreto, caso este que se manifestó en su estancia en Amberes. Así, en enero de 1578, Felipe II le encarga a Montano ser el responsable de una misión diplomática secreta en Portugal, todo encubierto bajo un simple viaje[8].

Aunque sobre ello se ha escrito bastante, mucho de ello rozando la imaginación, autores actuales sostienen que el trasfondo del viaje de Montano a Portugal, meticulosamente preparado, era más elevado de lo que se había pensado antes. Así es más creíble que Montano fuese enviado a Portugal para informar a su señor, Felipe II, sobre sus posibles derechos a la corona lusa, aún viviendo el rey don Sebastián[9]. Pues éste, en 1576, había expresado al rey de España su propósito de iniciar una cruzada en el norte de África. Estas ideas quiméricas del rey de Portugal, que pretendía seguir las pautas de un caballero medieval, originaba quebraderos de cabeza a buena parte de los nobles lusos[10]. El astuto rey de España preparaba la posible anexión del reino vecino si su sobrino, don Sebastián, fracasaba.

Cuando don Sebastián muere, sin herederos, junto con todo su ejército, en Alcazarquivir, se inicia el reinado del Cardenal Enrique, que más bien es un interregno de apenas dos años, donde se disputarán la corona dos candidatos, don Antonio, prior de Crato, y Felipe II, ambos nietos de Manuel el Afortunado. Felipe II encargará a Montano, y a varios sabios más, la fundamentación de sus derechos al trono de Portugal, que fueron elaborados en el Monasterio de Guadalupe en abril de 1580[11]. Un año antes, proporciona a su rey los nombres de importantes portugueses que podían simpatizar la unión de Portugal y de España[12]. Todo ello formaba parte del último estadio del interregno en Portugal.

Por ello, desde nuestra posición, creemos, que siendo un año donde Arias Montano estaba bastante ocupado, y que además anunciaba en su correspondencia bastantes indisposiciones en su salud[13], nos da suficiente argumento para pensar que estos vecinos de Monesterio debían de ser ya viejos conocidos del humanista.

La visita a Monesterio está registrada el 3 de junio de 1578, apenas una semana antes está en Sevilla, desde donde dirige el 25 de mayo una epístola al Rey, su señor[14]. Diez días después de estar en Monesterio ha llegado a la Peña de Aracena, desde donde manda una carta, a su amigo Gabriel de Zayas, el 13 de junio[15].

Estos datos nos permiten reconstruir, grosso modo, la ruta de Arias Montano, o sea, desde Sevilla, a finales de mayo parte hacia Monesterio, donde llega a principios de junio, y luego parte hacia su lugar de retiro, es decir, a la Peña de Aracena.

III. LOS COMPADRES DE BENITO ARIAS MONTANO EN MONESTERIO.

En el apartado anterior hemos apuntado la estancia de Montano en Sevilla, en su carta del 13 de junio de 1578, le dice a Zayas: “yo había ido a visitar mis hermanos y sobrinos en Sevilla”. ¿Y si por extensión también se refería a su ahijado y a sus compadres de Monesterio? En este apartado intentamos probar la posible existencia de vínculos anteriores entre el humanista y estos vecinos de Monesterio.

La esposa de Benito Infante, éste llamado tanto “Benito Suárez Ynfante, regidor” (documentos 5 y 11), como también “Benito Hernández Infante” (documento 11), aparece como madrina en el bautismo de Isabel, hija de Andrés Vallejo, barbero, y de Isabel García, celebrado el 5 de enero de 1573, como “la Mota” (documento nº 5). Cuando la hija de los primeros, Catalina, se casa el 20 de mayo de 1590, se hace designar “Catalina Sanches de la Mota, hija de Benito Infante y de Isabel Vazques de la Mota” (documento nº 15). Es más, otra hija del mismo Benito Infante llamada María, cuando contrae matrimonio se hace distinguir como “Mari Mota” (documento 16). En las anteriores citas un apellido es la clave: de la Mota. El que insistamos en él, el cual aparece en numerosas ocasiones en los documentos seleccionados en el apéndice, no corresponde al azar. De la Mota es un apellido, que según algunos investigadores, corresponde a personas muy cercanas a Arias Montano, algunos nos dicen que de la Mota es el apellido que usa un hermano del frexnense[16]. La peculiaridad de este apellido nos anima a pesar a la existencia, incluso, de vínculos familiares entre estos vecinos de Monesterio y Arias Montano.

En el testamento del humanista, hecho en Sevilla, el 24 de junio de 1598 deja claro que a Juan Arcos de la Mota, vecino de Fregenal de la Sierra no se le moleste en absoluto en ningún asunto referido a él[17]. Muy importante debió de ser Juan Arcos de la Mota para ser mencionado en el testamento del humanista extremeño. Juan Arcos de la Mota aparece mencionado, también, en cuatro ocasiones, en el estatuto por el que Arias Montano fundó la institución de la cátedra de lengua latina en Aracena, el cual eleva a escritura pública, en Sevilla, el 12 de julio de 1597. En la trascripción que ofrece Juan Gil en su obra, a parte de las cuatro menciones de Arco de la Mota, lo identifica como Juan Arias de la Mota[18]. Sin embargo, la que ofrece Paradinas Fuentes no aparece como Arias de la Mota, sino como Arcos de la Mota[19]. En la institución de esa cátedra de latín, Benito Arias Montano le ofrece, al susodicho Mota, el cargo de administrador de esa cátedra para cuando él mismo hubiese fallecido. Además, Rafael Caso Amador afirma que Juan Arcos de la Mota puede ser identificado con el Licenciado Juan Arias de la Mota, viajero a Indias en 1560, que decía ser hijo de Benito Harcos y Francisca Martínez[20]. Así, en el expediente de ingreso de Benito Arias Montano en la Orden de Santiago hacia 1560, algún testigo menciona que su madre se llama Francisca Martínez[21], dato que coincide con el otro. También hay que tener presente que en esta época es normal utilizar apellidos de forma alternante, pudiendo encontrar a una misma persona identificándose con diferentes apellidos en circunstancias diversas.

Estimo, entonces, que Isabel Vázquez de la Mota tuviese algún parentesco con Benito Arias Montano, pues son muchos los datos que juegan a nuestro favor. Por ello no lo escatimo como simple casualidad que una hija de Benito Infante, llamada Catalina Sánchez de la Mota, contrajera matrimonio con Pedro Rodríguez Candilejo, natural de Fregenal de la Sierra, el 20 de mayo de 1590 (documento 15). Todo parece conducir que tal matrimonio (Benito Infante e Isabel Vázquez de la Mota) procediera con toda seguridad de Fregenal de la Sierra, y que pasado muchos años después de arribar a Monesterio, todavía tuviese relaciones con personas de Fregenal de la Sierra. Diecisiete años después, Catalina contrae de nuevo matrimonio, pero en la partida matrimonial no consta como viuda (documento 17).

Benito Infante aparece como Regidor Perpetuo entre 1573 y 1575 (documentos nos 1, 2 5, 6, 7, y 8), cargo importante en el Concejo, Justicia y Regimiento de Monesterio. Su relevancia en el Concejo se muestra cuando el 19 de junio de 1575 le otorga, ante el escribano público García Pérez, carta de poder para representarlo en el pleito que mantenía con las cofradías de la localidad -la del Dulce Nombre de Jesús, la del Rosario y la Sacramental- (documento nº 1). Por ello, acude a la Audiencia Eclesiástica que existía en Calera de León para formalizar la documentación, y solicita además un plazo para poder recabar los testimonios (documento nº 2). Su firma y rúbrica, que la hemos podido rescatar, y que ofrecemos además una muestra sacada del documento nº 1, muestra que la hace de forma legible y ello prueba que tiene hábito al hacerla, por ello, suponemos que debía saber leer y escribir (figura 2).

Sin embargo, lo que nos ha llamado la atención, y que por otra parte nos dice que posee una posición económica holgada, es la posesión de esclavas, destinadas al servicio domestico. Así, hemos encontrado la partida bautismal, del 16 de agosto de 1572, de “Ysabel, esclava de Benito Infante, e hija de Polita, su esclava” (documento 4), y la confirmación, en 1573, por el Ilustrísimo y Reverendísimo don Bartolomé Pérez, Obispo de Túnez[22], de tres esclavas suyas (documento 8). La posesión de esclavas, obviamente para el servicio doméstico, demuestra una posición social importante. Además, aunque es arriesgado afirmarlo, esta posición se debiera al ejerció de alguna actividad, llamada hoy terciaria, como el comercio. Ésta es una actividad que se caracteriza por el contacto continuo y habitual con sus convecinos, ello estaría apoyado en el alto número de actos sacramentales en el que se contabiliza su presencia.

Además, aparece él y sus familiares relacionados con clérigos como Juan García (documento 4 y 11), Cristóbal Mexía (documento 9) Andrés Yañez (documento 9) y Alonso López[23] (Documento 12 y 13). Además, en el bautizo de su hija Catalina, celebrado el 18 de enero de 1571, son los padrinos un tal Baltasar Moscoso y su mujer doña Francisca, ésta, por el tratamiento que se le da, y la circunstancia de no ponerle el apellido, muestra que es una persona conocida e importante en la villa; también concurre la circunstancia de que sea bautizado por el párroco Martín de Santa María, cosa no muy habitual, pues esa función la ejerce el Teniente de Cura, u otros presbíteros, con licencia del titular (documento 3).

En este cúmulo de datos, no consideramos tampoco como casualidad que en la información pedida en 1641 en Fregenal de la Sierra a una veintena de testigos, para completar el expediente de concesión del habito de Santiago a un sobrino de Montano, homónimo suyo, tanto de nombre como de apellidos, y también natural de Fregenal, y Gobernador y Capitán General de Nueva Andalucía y Cumaná en Indias, aparezca como testigo un tal Nicolás Infante, clérigo. Con total probabilidad, este presbítero fuese familiar de Benito Infante, vecino de Monesterio, y esto es otro indicio que determina la posible procedencia de Benito Infante de Fregenal. Aunque no tenemos pruebas que así lo determine, la coincidencia del apellido, que al no ser un patronímico hace del apellido Infante más restringido y peculiar. Son muchos datos a favor que nos dice que Benito Infante e Isabel Vázquez son muy cercanos a Arias Montano, es más, podríamos decir que existe un grado de parentesco superior al de compadres.

Un documento, también procedente del Archivo Parroquial de Monesterio, nos informa que una hija de Benito Infante e Isabel Vázquez, María, de la que también recogemos su matrimonio (documento 16), poseía una casa en la Calle de la Plaza (documento 18). Sin duda alguna, se refiere a las inmediaciones de la Plaza de la localidad, lugar donde vivían las familias más importantes, pues cuanto una familia viviese más alejada del centro, denotaba menos importancia. Así, las familias más importantes de la villa, entonces, tenían sus moradas en el centro. No tenemos datos que nos confirme que sea la misma casa que donde viviera Benito Infante. Sin embargo, hay que apuntar que Maria Mota fue la hija que más tarde se casó, concretamente en 1599, y que posiblemente era la que se hacía cargo de sus padres ancianos. La última vez que encontramos aparecer documentalmente a Benito Infante es como padrino, junto a su hija María Mota, en el bautizo de su nieto y su sobrino respectivamente, en 1601 (documento 10). Suele ser costumbre en los pueblos, que el hijo que se hace cargo de sus padres ancianos herede la vivienda. Por ello argumentamos que la casa que aparece como propiedad de Maria Mota fuese la que viviese sus padres desde siempre.

Sobre la suerte del ahijado de Benito Arias Montano no hemos podido recabar ningún dato, quizás muriera siendo párvulo, circunstancia habitual en la demografía de las sociedades antiguas, donde se daba una alta mortalidad infantil. Sobre la muerte de Benito Infante y de Isabel Vázquez, sería imposible concretarla, pues los libros de defunciones de la Parroquia de esta época han desaparecido. La última vez que aparece Benito Infante es en 1601, en el bautizo de su nieto (documento 10). Sobre la desaparición de Isabel Vázquez de la Mota es más difícil establecerlo, pues las últimas noticias suyas aparecen en las partidas de casamiento de sus hijas, por la cual es muy difícil establecer si está viva o no.

Sin embargo, con este artículo se ha pretendido establecer una parte de la familia de Arias Montano, una vinculación religiosa por haber sido el padrino de un bautizado, pero por todo lo expuesto en el precedente escrito creemos que existen, además vínculos de tipo familiar.

APÉNDICE DOCUMENTAL:

  • 1575. EXPEDIENTE PROMOVIDO, ANTE EL CONSEJO DE ÓRDENES MILITARES, POR EL AYUNTAMIENTO DE MONESTERIO PARA INTERVENIR EN LA ELECCIÓN DE LOS MAYORDOMOS DE LAS COFRADÍAS DE LA VILLA.

Documento 1

[Página sin numerar] “Sepan quantos esta carta de poder vieren como nos el Concejo, Justicia e Regimiento de la villa de Monesterio, estando juntos en nuestro Cabildo e Ayuntamiento como lo abemos de uso y costumbre, conviene a saber, Benito Gonçález y Martín López, Alcaldes Hordinarios, y Álvaro García Çid Regidor Perpetuo, y otro Alguacil Hordinario, todos ofiçiales del Qonçejo desta dicha villa otorgamos y conozimos por esta presente carta que damos y otorgamos en nombre deste dicho Conçejo todo nuestro poder cumplido bastante, tal qual de derecho en la [ilegible] requiere, y nos puede y debe valer a Hernando Muñoz y Benito Ynfante vezinos y Regidores Perpetuos de esta dicha villa, y a cada uno y qualquier de ellos, y a los que el poder vieren, y en nombre de esthe dicho Conçejo estituyeren cumplidamente que en nonbre deste dicho Conçejo puedan paresçer ante su magestad e ante los señores de su Real Consejo de Oydores, e ante el ilustrísimo y reverendísimo señor Prior de esta Provincia, e ante quien y con derecho pueda y deban sobre y en razón de çierto pleito y causa que este Conçejo trata ante su señoría, sobre la electión de mayordomos de las cofradías desta dicha villa […] otorga esta escritura de poder en esta villa de Monesterio, estando en las Casas del Cabildo, en diez y siete días del mes de octubre de mil e quinientos y setenta e çinco años, siendo testigos de ello Bartolomé Álvarez y Benito Hernández Bermejo, y Antón Rodríguez, vezinos desta dicha villa, y los dichos otorgantes, a quien yo el escrivano doy fe que conozco, lo qual firmaron de sus nonbres Benito Gonçález, Martín López, Álvaro Gara Çid, Gonçalo Hernández, García Pérez escrivano, e yo García Pérez, escrivano público desta villa de Monesterio, lo quhe dicho es presente, fui con los testigos, y fue de verdad que con este my signo en testimonio de verdad. García Pérez, escrivano público [rúbrica y signo]”.

Documento 2

[Página sin numerar] “En la Calera [de León] a XXII [22] de octubre de MDLXXV [1575] años, ante su señoría lo presentó el Qonçejo.

Benito Ynfante, Regidor Perpetuo de la villa de Monesterio, el pleito que el Qonçejo de la dicha billa, tracta contra los mayordomos de las hermandades del Sanctísimo Sacramento, Nonbre de Jhesus, y Nuestra Señora del Rosario de la dicha billa, digo que, el testimonio probatorio que buestra señoría dio a ambas las partes se cunple oy jueves, y la parte del dicho Qonçejo no ha fecho su probanza, y tiene neçesidad de más testimonio, pido y suplico a buestra señoría me conçeda un cuarto plazo de ocho días para hacer la probanza del dicho Qonçejo, mi parte, y en todo pido justiçia, e para ello escribo e juro a dos [ilegible], que no lo pido de maleça, que no por lo que conbiene a my parte. Benito Ynfante [rúbrica]”.

  • ARCHIVO PARROQUIAL DE MONESTERIO. LIBRO DE BAUTISMOS nº 2.

Documento 3

[Pág. 67] “Catalina [margen]. En jueves, dies y ocho del mes de henero del dicho año [1571], yo el licenciado Martín de Santa María, cura de dicha villa de Monesterio,/ bautizé a Catalina, hija de Benito Infante veçino de esta villa y de su legitima muger Ysabel Vázquez, fueron sus pa/drinos Baltasar Moscoso y su muger doña Francisca, veçinos de esta villa, y porque [es] verdad, lo firmé de mi nombre/ el licenciado Martín de Santa María [rúbrica].”

Documento 4

[Pág. 80] “Ysabel, Catalina, Marina [margen]. En la villa de Monesterio en diez y seis/ días del mes de agosto [de 1572], yo Alonso López clérigo/ teniente de cura, baptizé […]/ en este dicho día a/ Ysabel, esclava de Benito Infante e hija de Polita su esclava, fueron sus padrinos Juan Gara clérigo y madrina Ysabel Grande.”

Documento 5

[Pág. 95v] “Isabel [margen]. Martes, cinco días del mes de henero de MDLXXIII [1573] años, se bautizó Isabel, hija de Andrés Vallejo barvero y de Isabel García su muger,/ fueron padrinos de ella Benito Suárez Infante regidor y la/ Mota su muger, y de ello doy fee que le bautizé/ El bachiller Bernardino Ordóñez [rúbrica].”

Documento 6

[Pág. 116v] “Diego [margen]. Oy, miércoles 18 días del mes de mayo del/ año ya dicho [1575], yo el bachiller Bernardino Ordoñez cu/ ra desta villa de Monesterio, batizé a Diego, hijo/ de Diego Alonso y de María Hernández su muger, vezinos/ desta villa, padrinos el regidor Benito Yn/ fante y su muger Isabel Vásquez, y es/ verdad lo firme/ El bachiller Bernardino Ordóñez [rúbrica].”

Documento 7

[Pág. 121] “María [margen]. Oy, miércoles 14 días del mes de diziembre del año de 1575 años, yo/ el bachiller Bernardino Ordóñez, cura desta villa de Monesterio, batizé/ a María hija de Antón Sanches y de Mayor Gómez su mujer,/ vecinos desta villa, padrino Benito Ynfante regidor y su muger/ [Isabel] Vásquez, y por la verdad lo firmé/ El bachiller Bernardino Ordóñez [rúbrica].”

Documento 8

[Pág. 154] “Año de 1573/ En la villa de Monesterio, en veynte y siete día del mes de março de myl y quinientos y setenta y tres años, el Ylus/ trísimo y Reverendísimo señor don Bartolomé Pérez, obispo de Túnez, de la orden de Sant tiago, vino a esta dicha villa y/ confirme los siguientes, fue padrinos de todos los confirmados Alonso López clérigo, vecino desta villa/ y su señoría reverendísima lo firmo de su nombre en el fin/ de los escriptos en este libro y dello doy fee/ Andres Yáñez notario apostólico [rubricado y signado] […] [160v] 1 Isabel esclava de Benito Ynfante regidor […] [161v] 2 María y Juana esclavas de Benito Ynfante regidor

Documento 9

[Pág. 399] “Benito [margen]. En la villa de Monesterio a veinte y nueve días del/ mes de junio de mil y quinientos y noventa y siete años, yo el lizenciado Alonso Montero, cura de la dicha villa, baptizé a/ Benito, hijo de Pedro Rodríguez Candalixo y de Catalina/ Sanches, su muger, con todas las solenidades que se requieren/ al bautismo, fueron sus padrinos Christóval Mexía/ clérigo y Catalina Gómez beata, todos vezinos desta villa/ y lo firmé/ Alº Montero [rúbrica]

Documento 10

[Pág. 439v] “Ysabel [margen]. En la villa de Monesterio a veinte y quatro dias del mes de febrero de mil y seisçientos y un años,/ yo el licenciado Alonso Montero, cura desta dicha villa, bauticé/ a Ysabel hija de Pedro Rodrigues Candalixo y de Catalina Sanches su/ muger, con todas las solenidades que se requieren/ al bautismo, fueron sus padrinos Benito Ynfante/ Mari Mota, y por verdad lo firme de mi/ nombre/ alonso montero [rúbrica]”.

  • ARCHIVO PARROQUIAL DE MONESTERIO. LIBRO DE MATRIMONIOS nº 1

Documento 11

[Sin numeración.] “En veinte nueve días del mes de septiembre de MDLXXIII [1573] años, yo/ el Bachiller Bernardino Ordóñez, cura de la villa de Monesterio, desposé y casé,/ por palabras de presente, a Diego Alonso, hijo de Juan Jiménez y de Catalina A/ lonso su mujer, difuntos, y a Catalina González, hija de Hernán/ López y de Catalina González, a la puerta de morada del dicho Her/ nán López, aviendo preçedido las amonestaciones que de derecho se reçibe, según la forma del Santo Conçilio de tridentino, siendo tes/ tigos Fabián Regón, religioso de la orden de Santiago, Juan Gara/ clérigo, y Benito Hernández Infante, vezinos desta dicha villa, y de ello [doy] fe. Veláronse a XV [15] de noviembre de 73 años./ El Bachiller Bernardino Ordóñez [rúbrica]”.

Documento 12

[Pág. 21v] “En XI [11] de junio de MDXXVIII [1578] años, Hernán Gonzales, hijo de Juan Gonzales del Abbad y de/ Elvira Gara su muger, y María Mexía, hija de Pero Gonzales y de Catalina Sanches su muger, contrajeron matrimonio por palabras de presente por an/ te mí el bachiller Bernardino Ordoñez, cura de la villa de Monesterio, estando en la/ casa de la dicha María Mexía, siendo testigos el Liçençiado Alonso Lorenço, Alonso/ López Clérigo, Andrés Yañez Clérigo, Francisco Martín Vellido y Benito Suárez Infante/ y otras muchas personas, y de ello doy fe. Veláronse el dicho año. El Bachiller Bernardino Ordóñez [rúbrica]”.

Documento 13

[Pág. 22v] “En la villa de Monesterio en veynte y seys días del mes de diziembre del myl y quinientos e setenta e ocho años, Juan Martín, hijo de Diego Martín y de/ [ilegible], Catalina González, hija de Juan Gonzales del Moral y de María López/ su muger veçinos de la dicha villa, contrajeron matrimonio por palabras/ de presente ante mí el Bachiller Bernardino Ordóñez cura/ [ilegible] aviendo preçedido las amonestaciones del derecho/ [ilegible] forma del Sancto Conçilio de Trento, estando en las casas de/ la dicha Catalina González y su hermano, siendo testigos el Liçençiado Alonso Lorenço, Alonso López/ Clérigo, Gonzalo Pérez, y Gonzalo Hernández sacristán, Benito Ynfante, y Juan González tra/ pero, y de ello doy fe. Veláronse en quatro de febrero de/ MDLXXIX/ El Bachiller Bernardino Ordóñez [Rúbrica]”.

Documento 14

[Pág. 37v] “En la villa de Monesterio a diez días del mes de mayo de mil/ y quinientos y ochenta y tres años, ante mí, Alonso Piçarro cura/ de la dicha villa contrajeron matrimonio, por palabras de presente, aviendo preçedido las amonestaciones con/ forme al Conçilio tridentino, Diego [tachado] Pedro Hernández Artero/ hijo de Pedro Hernández Artero y de María Martínez su muger, y María Hernández,/ hija de Gonzalo Amado y Catalina Muñoz su muger, todos veçinos de la/ dicha villa, estando en las casas de morada de la dicha María Hernández, siendo testigos Benito Ynfante, Benito Muñoz, Martín/ López Ortega, Juan Hernández Artero, Pedro Rodríguez Rda [sic], todos veçinos desta villa, y otras muchas personas y firmé fecho/ ut supra./ Alonso Piçarro [rúbrica]”.

Documento 15

[Pág. 62] “Pedro Rodrigues Candilejo/ Catalina Sanches de la Mota [margen]. En la villa de Monesterio a beinte dias del mes de mayo de myl y quinientos y no/ venta años, yo el licenciado Alonso Piçarro y Navarro, cura desta dicha villa,/ despose y vele conforme al conçilio de Trento a/ Pedro Rodrigues Candilejo hijo de Bartolomé Rodrigues y de Ysabel Alonso/ la Candileja veçinos de la villa de Frexenal, y a Catalina Sanches de la Mota, hija de Benito Ynfante y deYsabel Vazques/ de la Mota veçinos desta villa, testigos Hernando Moz, Alonso López,/ Francisco de Trejo, y Alonso Martín y otras personas, veçinos desta dicha/ villa, y lo firme fecha ut supra/ Alonso Piçarro y Navarro [rúbrica].”

Documento 16

[Pág. 115] “Pedro Sánchez/ Mari Mota [margen]. En la villa de Monesterio [ilegible, partida anterior: 30/8/1599; partida posterior: 17/10/1599]/ [ilegible]/ de mil y quinientos [ilegible], yo el Liçençiado Alonso Montero [ilegible] desposé/ y velé, por palabras de presente, aviendo preçedido las de/ más moniçiones que el derecho manda, conforme/ al Conçilio de Trento, a Pedro Sánchez, hijo de Juan Gómez y Elvira López su muger, a Mari Mota, hija de Benito Infante y deIsabel Váz/ quez su muger, todos veçinos desta villa/ siendo testigos Juan García [ilegible] y Alonso Muñoz y o/ tras muchas personas, todos veçinos desta villa/ y por ser verdad lo firmé/ Alonso Montero [rúbrica]”.

Documento 17

[Pág. 156v] “Damián de Pina y Vidal/ Catalina Sanches [margen]. En la villa de Monesterio a quinze días del mes de septiembre de mil y seisçientos y siete años, yo Miguel Sánchez,/ clérigo presbitero y teniente de cura, desposé y velé por pa/ labras de presente, aviendo preçedido las demás moniçiones/ que derecho manda conforme al conçilio de Trento, a Da/ mián de Pina y Vidal, hijo de Lorenço de Pina y Vidal/ y de Juana de Frías su muger, a Catalina Sánchez de/ la Mota hija deBenito Ynfante y de Isabel Váz/ quez su muger, siendo testigos Antón Sánchez Sevillano, y Francisco Sánchez, y Alonso Muñoz Rico todos vezinos desta dicha villa y por ser verdad lo firmé de mi nombre/ Miguel Sanches [rúbrica]”.

  • ARCHIVO PARROQUIAL DE MONESTERIO. LEGAJO 14. SEPARATA 70, PÁGINA 8-10.

Documento 18

“Sepan quantos esta carta de venta vieren, como nos Pedro Sanches de Juan Gómez y Mari Mota, su mujer, vezinos desta villa de Monesterio, yo la dichaMari Mota, con lisençia y expreso consentimiento que ante todas cosas pido y demando a vos el dicho mi marido para hacer, otorgar e jurar esta escritura, e yo el dicho Pedro Sanches doy e conçedo a vos la dicha mi mujer la dicha lisençia […] otorgamos y conoçemos por esta presente carta que vendemos en venta real por juro de heredad para agora y para siempre jamás, mientras no lo redimiéremos y quitaremos, Alonso de Miranda, vezino desta dicha villa para él y para sus herederos y sucesores presentes y por venir, y para quien dellos oviere título, boz y recurso en cualquier manera, mil y çiento y veinte y dos maravedís de renta çenso e tributo al quitar en cada un año para siempre xamás, mientras no lo redimiéremos […] los cuales son por raçón de quinçe mil y seteçientos y çincuenta maravedís que por ello nos eys dado y pagado […] cargamos e nuevamente ymponemos sobre nuestras personas y bienes raýces y mubles avides y por aver y en especial y señaladamente sobre unas casas de morada que nos avemos y tenemos en esta dicha villa en la calle de la Plaça de ella, lindan con casas de JuanHernández Herrero, y por la otra parte con casas de Diego Gonzales Montaño, vezinos desta villa, las quales ypotecamos […] lo otorgamos que es fecha en la villa de Monesterio en veinte y siete días del mes de diciembre de mil y seysçientos y tres años, estando en las casas de los dichos otorgantes […]”.


NOTAS:

[1] Son muchas las obras que nos pueden deleitar sobre la producción de Arias Montano. Otras nos han intentado dar pistas sobre su vida. Brevemente, citamos algunas monografías referentes a Montano. Así tenemos las de RÚJULA Y DE OCHOTORENA, J. y DEL SOLAR Y TABOADA, A. Doctor Arias Montano, datos, noticias y documentos, Badajoz, 1927. REKERS, B., Arias Montano, Madrid, 1973. MACIAS ROSENDO, B. La Biblia Políglota de Amberes en la Correspondencia de Benito Arias Montano, Huelva, 1998. GIL, J. Arias Montano en su entorno (bienes y herederos), Mérida, 1998. E incluso también existen espléndidas obras surgidas al calor del un congreso o exposición, destacando, a nuestro parecer, dos obras colectivas. Una es Arias Montano y su tiempo, publicada por la Editora Regional de Extremadura, Mérida 1998. La otra es El Humanismo extremeño, II Jornadas, editadas por la Real Academia de las Letras y las Artes, Trujillo, 1998.

[2] Este olvido llega a ser tan extremo, incluso en Monesterio, en la contemporaneidad. Así pues, cuando se propuso en 1979 el cambio de los nombres de las calles de esta localidad, que recordaban a la dictadura pasada, se rechazó elevar una calle a Arias Montano, noticia recabada en el Archivo Histórico Provincial de Badajoz. Gobierno Civil, leg. 39. Acta del Pleno del Ayuntamiento de Monesterio, 1 de noviembre de 1979. Sin embargo, esta nula sensibilidad cultural no ha existido en el pasado, en la comisión municipal permanente del día 19 de septiembre de 1927, compuesta por Luis Megía [hijo del pintor extremeño Nicolás Megía], Florencio Zoido, Juan González Lergo, y el secretario José Méndez, acordaron: “Que se inscriba este Ayuntamiento como socio de honor para la Asamblea Eucarística, que ha de celebrarse en Fregenal de la Sierra con motivo al Homenaje al IV Centenario de Arias Montano”.

[3] PALOMERO PÁRAMO. J. “Dos pintores de Monesterio auxilian a Zurbarán en la decoración del Buen Retiro de Madrid”. En GARRAÍN VILLA, L. (Coord.), Actas del Simposium Internacional “Zurbarán y su época”. Torrejón de Ardoz, 1998 (pp. 86 – 89).

[4] BARRAGÁN-LANCHARRO, A. M. “La aparición de datos sobre la familia materna de Francisco de Zurbarán”.en LORENZANA DE LA PUENTE, F. Y MATEOS ASCACÍBAR, F.J (Coord.) Actas de la I Jornada de Historia de Llerena. Llerena, 2000 (pp. 85 – 98).

[5] Archivo Parroquial de Monesterio. Libro de Bautismos nº 2, p. 189. Además, la figura 1 se reproduce esta partida.

[6] Como ya se ha expuesto en numerosas ocasiones, la Parroquia de Monesterio fue incendiada el 19 de julio de 1936. Así, según expone Á. M. Martín Rubio en su obra La persecución religiosa en Extremadura durante la Guerra Civil, Badajoz, 1996, pp. 72 – 73, fue la hermana del párroco quien, todavía ardiendo el templo, pudo entrar en despacho parroquial y recuperar íntegramente el Archivo Parroquial, que se compone de numerosos documentos, desde 1509 hasta la actualidad.

[7] El Archivo de la Escribanía se custodiaba en el propio Ayuntamiento, y todo el fondo antiguo desaparecería en el siglo XIX. En el informe de la Real Audiencia de Extremadura [1791], correspondiente a Monesterio, nos muestra el estado precario del Archivo Municipal: “Sí ay Archivo Público, en una pieza [habitáculo] que está en lo alto de las casas capitulares, zerradas su puerta con las tres llaves prebenidas, aunque mal orden sus papeles, libros y documentos, que no es fázil encontrarse el que se necesite sin mucho trabaxo por estar dislocados, confundidos y rebueltos todos con algunos de ellos maltratados, roídos y húmedos” Archivo Histórico Provincial de Cáceres. Sección Real Audiencia, Leg. 6, Exp. 13, pp. 13 – 13v.

[8] Desde nuestro punto de vista, son bastantes elocuentes los artículos aparecido en GÓMEZ CANSECO, L. (ed.) Anatomía del Humanismo, Benito Arias Montano, 1598 – 1998; Huelva, 1998, Uno de GONZÁLEZ CRUZ, D. “Arias Montano y la fundamentación de los derechos de Felipe II al trono de Portugal”, pp. 301 – 318. Y otro de DE LARA RÓDENAS, M. J. “Arias Montano en Portugal. La revisión de un tópico sobre la diplomacia secreta de Felipe II”, pp. 343 – 366. O también el de ALVAR EZQUERRA, A. “Benito Arias Montano en Portugal”, en ALVAR EZQUERRA et alii (eds.) Arias Montano y su tiempo. Mérida , 1998, pp. 191 – 207.

[9] SÁNCHEZ RODRÍGUEZ, C. Perfil de un humanista: Benito Arias Montano. Huelva, 1997, p. 113.

[10] REKERS, B., Arias… pp. 52 y ss.

[11] GONZÁLEZ CRUZ, D. “Arias Montano y la fundamentación…. pp. 304 y ss.

[12] REKERS, B., Arias… pp. 53 y ss.

[13] Carta de Benito Arias Montano a Gabriel de Zayas, desde la Peña de Aracena, a 25 de abril de 1578. Cit. en Colección de documentos inéditos para la Historia de España (CODOIN) tomo 41, pp. 362 y ss.

[14] Carta de Benito Arias Montano a Felipe II, desde Sevilla, a 25 de mayo de 1578. Cit. en CODOIN, tomo 41, pp. 363 y ss.

[15] Carta de Benito Arias Montano a Grabiel de Zayas, desde la Peña de Aracena, 13 de junio de 1578. Cit. en CODOIN, tomo 41, pp. 363 y ss.

[16] Sobre ello se daban algunas pistas en RÚJULA Y DE OCHOTORENA, J. y DEL SOLAR Y TABOADA, A. Doctor Arias Montano… pp. 108. Es más explícito CASO AMADOR, R. “La partida de bautismo de Benito Arias Montano. Comentarios sobre un error historiográfico”, en El Humanismo extremeño, II Jornadas, 1997, Fregenal de la Sierra; Real Academia de Extremadura de las Letras y las Artes, Trujillo, 1998, pp. 64. Expresa CASO AMADOR: “Véase en primer lugar el caso del licenciado Juan Arias de la Mota, identificado en varios documentos como hermano del propio Benito Arias Montano, y que parece ser el licenciado Juan Arcos de la Mota, que es mencionado por aquél en su testamento, y el regidor que años antes había adquirido diversas fincas rústicas en el término de Fregenal en nombre del mismo Arias Montano”

[17] RÚJULA Y DE OCHOTORENA, J. y DEL SOLAR Y TABOADA, A. Doctor Arias Montano… pp. 134. [Testamento de Arias Montano, Sevilla 24/6/1598] “[…] Es mi voluntad que no se pida cuenta a las personas que han tenido a cargo, o en otra manera, encomendadas a mis bienes temporales, en especial a Luis Pérez y Martín Pérez de Barrán su hermano en Flandes, ni al tesorero Diego Núñez en Sevilla, ni a Juan Arcos de la Mota en Fregenal, ni en Aracena al licenciado Juan Pérez de Ossa, sino que sean creídos por su declaración simple, conforme a sus conciencias por cuanto ellos han tenido siempre buenas y justas cuentas conmigo, con mucha verdad, y sin interés suyo y mejorando la hacienda en mi favor”

[18] GIL, J. Arias Montano en … pp. 299 – 313.

[19] PARADINAS FUENTES, J. L. “Arias Montano, fundador de una cátedra de Latinidad” El Humanismo extremeño, II Jornadas, 1997, Fregenal de la Sierra; Real Academia de Extremadura de las Letras y las Artes, Trujillo, 1998, pp. 245 – 255.

[20] CASO AMADOR, R. “La partida de bautismo… pp. 64.

[21] RÚJULA Y DE OCHOTORENA, J. y DEL SOLAR Y TABOADA, A. Doctor Arias Montano… pp. 108 y ss.

[22] También confirmó, este prelado, a Isabel Márquez, madre del pintor Zurbarán. Citado en BARRAGÁN-LANCHARRO, A. M. “La aparición de datos sobre la familia materna… pp. 90 y ss.

[23] Es digno de mencionar que Alonso López, clérigo, que posiblemente tuviera algún contacto con Arias Montano cuando estuvo en Monesterio, es el sacerdote que oficia el matrimonio de los padres del pintor Zurbarán: “Luys de Zurbaram/ Ysabel Márquez/ velados/ en la billa de Monesterio a diez días del mes/ de henero de myl e quinientos y ochenta y ocho años,/ ante mi Alonso López, clérigo, Teniente de Cura, contraxeron/ matrimonyo por palabras de presente a/ viendo precedido las moniciones que derecho manda/ conforme el concilio de Trento, Luys de Zurba/ram, hijo de Agustín de Zurbaram y de Isabel/ de Baldés, vecinos de la billa de Fuente de Cantos, Isabel/ Márquez, hija de Andrés Guerra y de Catalina/ Gómez su mujer, vecinos de esta billa de Monesterio, estando a la/ puerta de la iglesia mayor testigos Joan García, Joan Lopez/ Trejo, Alonso Martín, Joan López y otras personas y lo fir/ mé fecho ut supra/ Alonso López, clerigo [rúbrica]”. APM. Libro de matrimonio nº 1, f. 57. Citado en BARRAGÁN-LANCHARRO, A. M. “La aparición de datos sobre la familia materna… p. 88.

Oct 012002
 

Jesús Barbero Mateos.

Maestro

El comienzo del siglo XIX, supuso la llegada de nuevos tiempos para la educación. La agitación finisecular en la Francia dieciochesca no tardaría en repercutir en nuestro país, al trasladarse aquí su nuevo planteamiento político y un renovado ideario social.

Sería la educación uno de los pilares fundamentales de la Constitución de 1.812, al asumir la clase política el asunto educativo como uno de los principales elementos que atender, dada su contribución como garante del desarrollo del país. Todo ello, en los momentos de apertura de nuevas perspectivas tras la definitiva caída del denominado Antiguo Régimen.

En su título XI la novedosa Norma Fundamental consideraba que “(…) el estado, no menos que soldados que la defiendan, necesita de ciudadanos que ilustren la nación (…), así que uno de los primeros cuidados que deben ocupar a los representantes de un pueblo grande y generoso es la educación pública (…)”.[1]

Así mismo, “(…) en todos los pueblos de la Monarquía se establecerán escuelas de Primeras Letras (…)”[2], de forma que “(…) el plan general de enseñanza será uniforme en todo el Reino (…)”[3] La precedente desiderata fue desarrollada por el Reglamento General de Instrucción Pública, aprobado el día 29 de junio de 1.821, así como en el Plan y Reglamento de Escuelas de Primeras Letras de 1.825.[4]

Esta declaración inicial de intenciones era muy alentadora, aunque lo cierto es que no puede, ni conviene desligar la educación del contexto social en el que circunscribe. La Extremadura de la época no estaba para demandas espirituales como la educación, pues era “(…) acaso la provincia más atrasada de España (…), resumida la poca riqueza en unos cuantos señores capitalistas (…)”[5] Por su parte, “(…) los pobres jornaleros ganan su vida, o mejor decir la pierden en sus afanes (…)”[6], a decir de Madoz.

En todo caso, exiguo fue el provecho obtenido por esta tierra. Tan sólo algunos periodos de gobierno liberal aportaron nueva savia a la región, transmitiendo su entusiasmo cultural y tratando de imprimir un notable impulso a la educación. El planteamiento se apoyaba en la necesidad de instruir a la población, como forma de cambiar las obsoletas estructuras sociales, como remedio al escandaloso y persistente analfabetismo. La solución: generalizar la enseñanza en todas las poblaciones.

La reacción a estos planteamientos no se haría esperar, los conservadores seguirían imponiendo sus criterios, cuando el también extremeño Bravo Murillo afirmaba “(…) lo que se necesitan son bueyes que aren y no obreros que estudien (…)”[7]

El verdadero acontecimiento normativo del siglo se debió a Claudio Moyano. De su mano se aprobó la denominada desde entonces “Ley Moyano”, el día 9 de septiembre de 1.857. Sus bases vendrían a regir la enseñanza en España durante más de un siglo. Hasta la ley General de Educación de 1.970. A partir de aquí se irían sucediendo sucesivas modificaciones y matizaciones de la norma hasta finales de la centuria.

Por nuestra parte vamos a considerar las circunstancias relativas a los maestros y maestras que debieron construir el día a día de la educación en una pequeña villa del norte de Extremadura, a lo largo del siglo XIX: Serradilla. En el siglo XVIII, el primer maestro de la escuela de niños de Serradilla fue Simón Herrero, natural de Villa del Campo, en el obispado de Coria. Se confirmó su nombramiento en 1.736 por Fr. Francisco, Obispo de Plasencia, a través de su secretario, Juan Benito de Echeberría.

Ninguna noticia volvemos a tener de la persona que ocupó el puesto, hasta que en 1.752 se afirmaba en la respuesta a la cuestión 32 del Catastro de Ensenada, que el Maestro de Primeras y Segundas Letras era Antonio González Rosado, y el Preceptor de Gramática, Francisco Sánchez Torres. Finalmente, en 1791 aclara el Interrogatorio de la Real Audiencia de Extremadura que el maestro de primeras letras era Gregorio Arroyos. Pues bien, ya iniciado el siglo XIX asumió el puesto de maestro José Gil Díaz, natural de la vecina villa de Mirabel: “(…)D. José Gil(…) entró(…) el año 23(…)”[8]apunta Agustín Sánchez Rodrigo.

Por lo tanto, desde Gregorio Arroyos hasta José Gil Díaz, hay un periodo de 32 años que, en gran medida, debió estar cubierto por el primero, aunque es poco probable que ambos se dieran el relevo, a tenor del tiempo transcurrido. En medio de los dos maestros debió ejercer otro profesional, cuya referencia nos es desconocida.

A partir de este momento y hasta finales del siglo XIX, tenemos documentados a casi todos los maestros que ejercieron en Serradilla, así como a un considerable número de maestras, a pesar de la escasez documental con la que nos hemos topado respecto de ese periodo.

El primer maestro de la centuria en la escuela de niños de la villa, fue José Gil Díaz, a quien vino a relevar Antonio Blasco, que ya era el maestro en la década de los años cuarenta. Así se desprende de las diligencias de un juicio obrantes en el archivo del Juzgado de Paz. El contencioso se originó por su propia profesión. Cuando Juan Morales “Cabrerín”, guerrillero carlista recluido en el penal de Alhucemas, escribió a su hermano desde el penal de Alhucemas, para indicarle donde se hallaban escondidos algunos botines de guerra. Gabriel Morales llevó la misiva al maestro para que se la leyera. Antonio Blasco, sin embargo, retuvo los datos de la ubicación de los guardos y, pasado un tiempo, él mismo los buscó y halló, enterándose la familia del guerrillero.

La pista vino dada por la rápida subida económica del maestro, en los tiempos en que regía cabalmente el dicho “pasas más hambre que un maestro de escuela”.Gabriel atacó al maestro, que le denunció por un delito de agresión. Ocurrieron los hechos mediada la década de los años cuarenta. El maestro seguía en su puesto en el curso 1.860/61[9] y en el correspondiente a los años 1.871/72[10].

Éste dio paso a Juan Cano y Cuadrado, que ya regentaba la escuela de niños de Serradilla en el curso 1.873/74[11] y seguía en ella en 1.875/76. Así lo hace constar Víctor Chamorro: “(…) En 1.870 nace Agustín Sánchez (…) A los cinco años me pusieron mis padres la cartilla en la mano (…)[12] y me llevaron a la escuela del tío Cano (…)”[13].

Debió permanecer en su puesto hasta 1.885, momento en el que nos encontramos con que fue nombrado maestro de la escuela D. Quintín Polo Luceño. El título de nombramiento lo firmó el Rector de la Universidad Literaria de Salamanca el 17 de junio de 1.885.

Estos son los maestros de niños que hemos podido documentar, de los que ejercieron a lo largo de la centuria. El ejercicio profesional de cada uno de ellos se dilató, por término medio, unos veinte años.

En el desarrollo de sus funciones, los maestros podían ser auxiliados por personas sin formación, aunque con grandes dosis de voluntad y determinadas aptitudes: losauxiliares.

Sabemos que en Serradilla uno de los auxiliares de José Gil, fue Francisco Félix Sanz, además del propio hijo del maestro: “(…)ocurrió que en 1.826 estaba ausente D. José Gil, quedando al frente de la escuela al vecino de esta villa, Francisco Félix Sanz, ayudado por el hijo del maestro, de doce años de edad, Antonio Gil Pacheco(…)”[14].

Por su parte, en el último cuarto del siglo, la situación se mantuvo respecto de la ayuda no profesional al docente: “(…) Vicente el Sacristán (…) tuvo mucho tiempo escuela de párvulos y de adultos por las noches en invierno. Esto le daba capacidad para regir la escuela pública en las ausencias del maestro Cano (…)”[15].

Esta figura del auxiliar, inicialmente sin regulación, fue tomando cuerpo en la legislación educativa, a medida que avanzaba el siglo. Así tenemos el R.D. de 10 de junio de 1.868 que aprobaba el reglamento de las escuelas, en el que se establecía “(…) cuando los maestros (…) no se encarguen por cualquier motivo justificado de la escuela de adultos, se encomendarán a otra persona de notoria moralidad e instrucción, a juicio de las Juntas (…)”[16].

Ya a finales de siglo estos auxiliares dispondrían de su propio reglamento[17], y precisaban de una adecuada formación. De hecho a lo largo del curso 1.874/75, en Serradilla había “(…) maestros, maestras y auxiliares (…) Juan Cano y Cuadrado, Inés Granados y Marceliana Gallardo (…)”[18]. Sin embargo, en 1.897 la normativa vino a eliminar la figura del auxiliar o ayudante[19], para disgusto de los maestros y maestras de la época.

Acerca de las maestras, la documentación existente y la información disponible es mucho más escasa que la habida para sus colegas. La primera referencia fehaciente se concreta en la docente María Garrido y Llanos, que “(…) En 7 de octubre de 1.868 fue destituida de su escuela, la que tenía en propiedad hacía trece años (…)”[20].

Como vemos, María Garrido había tomado posesión de la escuela de niñas de Serradilla en 1.855, seguía ejerciendo en el curso 1.860/61[21], y se mantuvo en ella durante trece años, hasta que, finalmente, fue destituida del puesto a raíz de la revolución de 1.868, como después analizaremos más detallada y ampliamente. Su puesto fue ocupado desde entonces por una maestra interina, Inés Granado[22], que estuvo al frente de la escuela desde la destitución de María Garrido, y hasta más allá de la incorporación de la nueva maestra definitiva, cuya escuela había permutado por la de Villa del Campo.

Así se desprende de la información recogida en la relación de adeudos a los maestros y maestras hasta 1º de abril de 1.874, obrante en el archivo municipal de Serradilla. En la misma aparece Inés Granado, y en la que se refiere a las fechas que van desde 1º de abril de 1.874 hasta el 31 de diciembre de 1.875, aparecen, la propia Inés Garrido y Marceliana Gallardo[23].

La identidad de la maestra que había permutado la escuela con María Garrido en 1.874, aparece en un documento en el que se afirma “(…) el 30 de noviembre de 1.874(…) tomó posesión de esta escuela de la de Villa del Campo María Garrido, por permuta de su escuela en Serradilla con Doña Marceliana Gallardo (…)”.[24] Desempeñó su puesto a lo largo de 6 años, hasta que el Rector de la Universidad literaria de Salamanca, tuvo “(…) a bien nombrar (…) a Doña María Galindo (…) maestra en propiedad de la escuela de primera enseñanza elemental completa de niñas de Serradilla (…) el 19 de enero de 1.880(…)”.[25]

Ejerció sus funciones hasta que “(…) Rosario Marchante Lora (…) por oposición, a los 21 años obtuvo esta escuela el 18 de julio de 1.895(…)”.[26]

En definitiva, hemos venido a documentar el ejercicio profesional de cinco maestras en Serradilla, con las fechas de su desempeño del puesto docente. Pero además, consta que otra profesional ejerció el magisterio en la villa por los mismos años, pudiéndose determinar las fechas de posesión y cese. Aunque el documento en el que aparece su nombre está sin fechar, por los materiales que en él se describen, su permanencia en Serradilla corrió paralela o simultánea a la de las maestras ya descritas. Se trata de Petra Becerra, quien realizó un “(…) inventario de los enseres que existen (…) en esta escuela (…) que lo es de su propiedad (…) y de los que se hace cargo (…)”.[27]

Teniendo en cuenta que la documentación manejada da comienzo a partir de 1.855, puede establecerse que, de media, estuvieron siete años y medio en su puesto. Un dato relevante si tenemos en cuenta que la media de ejercicio de los maestros triplicaba, prácticamente esta cifra.

De todas formas, hay una coincidencia que nos ha llamado la atención y que afecta por igual a los maestros y a las maestras. Desde la fundación de la primera escuela de niños en 1.734 ¿cuál es la causa de que ningún maestro ni ninguna maestra, de los que ejercieron en la escuela serradillana hasta finales del siglo XIX fuese natural de la villa?

Encontramos una respuesta clara y contundente: “(…) Las palabras “ricos y pobres”, en la acepción que aquí se las da, para diferenciar las clases sociales, no significa más o menos capital; se emplean como sinónimo de nobles y plebeyos. Aquí aún no se ha dado carta de naturaleza a la moderna burguesía (…) La ejecutoria más estimable es la de ser labrador, con exclusión de toda otra profesión u oficio. Únicamente no se desdora un serradillano dejando de ser labrador, si es rico y estudia una carrera distinguida como ingeniero, abogado, médico, etc. Los que estudian carreras más inferiores (…) son duramente vituperados y hasta despreciados en muchas importantes ocasiones.

Consecuencia lógica de lo expuesto es que aquí todos éstos son forasteros (…) Sería una indignidad para un serradillano ejercer estos oficios, aunque supiera enriquecerse; primero se muere de hambre y de vergüenza en un mísero rincón (…)”.[28]

Ante estas aseveraciones sobra todo comentario. La descripción y el análisis que apunta Agustín Sánchez, dejan suficientemente claras las razones que llevaron a que ningún serradillano ejerciese durante este amplio periodo de tiempo, como maestro de su pueblo. Con el paso del tiempo cambiarían radicalmente estos planteamientos.

En otro orden de cosas, conviene considerar la formación recibida por los profesionales de la docencia. Durante el siglo XVIII y gran parte del XIX, ésta había sido ciertamente heterogénea. Sería a partir de las primeras consideraciones legislativas, cuando comiencen a establecer, por un lado criterios uniformes, y por otro, instituciones dedicadas específicamente a su formación.

En 1.838 se creó la Escuela Normal Central de Maestros en Madrid, y poco después, en 1.842, en Cáceres. El objetivo perseguido con la implantación de estos centros de formación era claro: asegurar que en el ejercicio de la docencia se pusiera de manifiesto una determinada calidad, a la vez que se homogeneizaran los criterios de formación básica.

Durante años los criterios de acceso a las escuelas habían sido establecidos por las Juntas Locales de Primera Enseñanza, que adjudicaban las plazas “(…) formando parte de los tribunales más de un analfabeto. El criterio seguido se acercaba más a la amistad y buena consideración de los aspirantes, que a su preparación académica y didáctico – pedagógica (…)”.[29]Aunque tarde, en 1.888 se aprobó un Reglamento para la provisión de escuelas públicas, mediante el que se garantizaba que «(…) las plazas vacantes de maestro (…) serán provistas (…) por los turnos de oposición y concurso (…)”.[30]

En cuanto al sueldo que percibían los maestros y maestras, podemos decir que estaba en función de la clase de escuela en la que desarrollaban su labor. A su vez, esta categoría venía dada por el vecindario de cada población. A decir de los datos aportados hasta ahora (en el último quinto del siglo, tanto la escuela de niños como la de niñas eran completas), no debieron ser las escuelas de Serradilla de las de menor entidad. No obstante, el salario de maestros y maestras era netamente diferente, a favor de los primeros. También en Serradilla queda esto demostrado. Mientras la maestra María Galindo fue nombrada “(…) con el sueldo de quinientas cincuenta pesetas y cincuenta céntimos (…) en 1.880(…)”[31], el maestro Quintín Polo Luceño lo fue “(…) con el sueldo de ochocientas veinticinco pesetas (…) en 1.885(…)”.[32]

Además de ello, el gasto total destinado a la escuela de Serradilla, ascendía a 6.735 pesetas por curso en el último cuarto de siglo, de las que 5.338 pesetas se dedicaban a pagar al maestro, a la/s maestra/s y al/los auxiliares, mientras que las 1.397 pesetas restantes, eran empleadas en la compra de material y mantenimiento de los locales. Si no existe error en los documentos consultados, podemos afirmar que la cantidad de dinero aplicado a la educación de los niños y niñas de Serradilla, superaba ampliamente a la que se dedicaba para el mismo fin en la mayor parte de las localidades extremeñas de la época.

Pero como decíamos al principio, hubo momentos muy amargos en relación con la educación y sus profesionales a lo largo de la centuria. Las circunstancias socio – políticas vinieron a ennegrecer el panorama escolar, en momentos de incertidumbre y violencia. He aquí un caso claro.

La depuración de una maestra.

Tras la grave crisis financiera de 1.866 y la calamitosa crisis de subsistencias del mismo año, la sociedad española se planteó cambios radicales en el régimen político y el orden social.

En esta tesitura estallaba en 1.868 “La Gloriosa”, revolución que vino a imponer las libertades democráticas, consiguiendo un sustantivo avance de la educación y la cultura. Trastocó las instituciones existentes a partir de la formación de Juntas Revolucionarias en todo el territorio nacional. También en Serradilla se constituyó la Junta Revolucionaria Local. Una de las primeras medidas que adoptaron sus miembros, sin que hayamos podido averiguar las causas que a ella desembocaron, fue el cese fulminante de la maestra de niñas, María Garrido y Llanos, que lo era de esta escuela desde 1.855.

Conocemos del asunto a través de una solicitud de amparo que la maestra dirigió al Director General de Instrucción Pública desde su nuevo destino: “(…) Ilmo. Señor Director de Instrucción Pública. Doña María Garrido y Llanos, profesora de Instrucción Primaria, titular de la escuela de niñas de Villa del Campo(…), manifiesta que agotados(…) los recursos(…) en demanda para que se le pague la dotación que la señala la Ley(…) se ve en la necesidad de acudir a (…) V.I., buscando justicia(…) Quiero que(…) se entere minuciosamente(…) de lo sufrido desde la revolución del sesenta y ocho(…)”[33].

Sobre las causas del cese nada se aclara en este documento, aunque si sabemos que “(…) fue destituida(…) por medio de un simple oficio en el que nada se alega, dirigido por la Junta Revolucionaria de aquel pueblo llamado Serradilla, en la provincia de Cáceres(…)”[34]. Sin embargo la maestra consideró que la destitución había sido sin justa causa y de dudosa legalidad. Inició un proceso legal para poder cobrar los emolumentos que el ayuntamiento le debía; proceso que se dilataría notablemente en el tiempo.

Sus demandas fueron estimadas como justas “(…) ordenando el Sr. Gobernador la reposición de la misma en dos de diciembre de 1.869(…)”[35]. Los regidores serradillanos no estaban dispuestos a dar marcha atrás en la decisión que habían tomado y “(…) formaron un expediente villano, injusto y calumnioso (…)”[36] para justificar su actitud.

Por su parte la maestra, visto que pasaron muchos meses y aún años y aquella cuestión no se fallaba, acudió a la Dirección General en busca de apoyo. Así ocurrió. La Dirección General estimó sus planteamientos y “(…) en 13 de enero del 73 se dignó dar o expedir un Real Decreto, mandando que pague el Alcalde de Serradilla a la maestra (…) María Garrido y Llanos todos sus haberes de su propio pecunio, por desobediente (…)”[37].

El Alcalde, lejos de amedrentarse, siguió en sus trece y “(…) como éste tuviera algún empeño, para él no bastaron varias órdenes ni circulares, ni Reales Decretos (…)”[38]. Las instancias superiores se mantuvieron, igualmente, en su postura y, finalmente, al primer edil no le quedó otra salida que buscar una solución al conflicto: “(…)Pero visto que ya la Junta provincial no le dejaba, amonestándole que cumpliera con lo mandado en la Real Orden, también le advertía; como no hizo caso tampoco de esta Orden dirigida en 29 de abril de 1.873, otra en quince de julio para lo mismo, y ahora, viendo ya que le sacaba el tanto de culpa, llamó a la exponente, ofreciéndola la mitad de su haber(…)”[39].

Esta determinación hizo que la maestra ganase confianza en la defensa de sus planteamientos, y no se diera por satisfecha con la oferta que se le proponía: “(…) pero como éste ascendía a 3.950 pesetas, parecía mal a la que habla perder aquella suma (…)”[40]. Y es que parece ser que en el ayuntamiento de la villa“(…) se valieron de una infamia, extendiendo un acta en la que dicen “se le entregaron dos mil pesetas y que perdone lo demás (…)”[41].

La depauperada situación económica de María Garrido, no le dejó otra salida que firmar en documento con esa condición: “(…) así se firmó porque ya la necesidad era mayor que otras veces, con que (…) dejó de percibir la pobre maestra 1.950 pesetas (…)”[42]. En su exposición al Director General, la docente seguía argumentando el impago de cantidades debidas: “(…) Hay más (…) ajustó aquel señor Alcalde la cuenta hasta el 13 de enero del 74, y la que habla permutó su escuela con la que hoy desempeña en 1º de diciembre del mismo 74(…)”[43]. A la vez informaba que “(…) no ha querido aquel (…) alcalde (…) tampoco (…) pagar (…) hasta el día que tomó posesión (la maestra) en la villa del Campo, reclamándole por este concepto 639 pesetas y 25 céntimos (…)”[44].

Es decir, tras el cobro de las 2.000 pesetas, la maestra seguía teniendo a su favor 2.589 pesetas, que trataba de justificar ante la Junta Provincial de Instrucción Pública, que la había requerido para ello mediante oficio nº 306 de 18 de abril de 1.877, instándola, además, a que detallase las cantidades “(…) que de atrasos anteriores debe el alcalde de La Serradilla, por concepto de personal, retribuciones y(…) alquiler de la casa habitual, desde el 13 de enero de 1.874, hasta el 30 de Noviembre de referido año(…)”[45]. Y, desde luego, María Garrido lo detalló escrupulosamente en la siguiente tabla[46]:

Personal Retribución Alquiler Total
Año económico de 1.873 a 1.874. Pts Cs Pts Cs Pts Cs Pts Cs
3º trim. de 1873 a 1874, 2 m. y 17 d. 117 16 21 41 16 81 155 38
4º trim. de 1.873 a 1.874, todo. 137 50 25 00 20 00 182 50
1º trim. de 1.874 a 1.875, todo. 137 50 25 00 20 00 182 50
2º trim. de 1874 a 1875, oct. y nov. 91 66 16 66 13 33 123 65
TOTAL 483 82 88 07 70 14 642 03

Resumía finalmente así los datos expuestos: “(…) arroja esta liquidación, hecha escrupulosamente, la suma de seiscientas cuarenta y dos pesetas y tres céntimos (…)”[47]. Para mejor argumentar las cantidades adeudadas, la maestra cosió a la solicitud dos documentos anexos, en los que entraba aún más al detalle del estado de cuentas: deuda, cantidades recibidas y cantidades pendientes de cobro.

Tomando como base los detalles justificados, María Garrido se quejaba, “(…) tengo gastado mucho en consultarlo (…)”[48], a la vez que se reafirmaba en su postura, en cuanto que “(…) todos los abogados me dicen que (…) “sacará la recurrente todo lo atrasado, porque el Alcalde no es bastante ni nadie para contrariar un Real Decreto” (…)”[49]. Sin embargo, también transigía, probablemente con la intención de zanjar cuanto antes y definitivamente el asunto: “(…) que pague siquiera el pico hasta que se hizo la permuta (…)”[50].

Finalizaba la misiva suplicando al Director General que “(…) con tantos motivos, se digne en admitir la presente y que logre cobrar lo que con tanto trabajo pertenece a ésta (…)”[51]

En definitiva, el cese de la maestra María Garrido y Llanos, llevado a cabo por la Junta Revolucionaria Local, tras la revolución de 1.868, originó un largo contencioso entre la titular de la escuela y el Alcalde de Serradilla que duró, al menos, ocho años. Es una pena que no hayamos podido probar documentalmente, por ahora, primero las causas que llevaron a la expulsión de la maestra; y en segundo término, una vez que ésta había sido destituida, si logró, finalmente, cobrar las cantidades que el ayuntamiento de la villa le adeudaba.

En todo caso, es evidente que “La Gloriosa” vino a ser una excusa para depurar el magisterio de la villa.


NOTAS:

[1] Citado por RODILLO CORDERO, F.J. en Datos para la historia escolar de Extremadura. Badajoz. ERE. 1.998.

[2] Artículo 386. Constitución de 1.812. Citado por SÁNCHEZ PASCUA, F. La Educación de Adultos en la legislación decimonónica española y su plasmación en Badajoz. Salamanca, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura, 1.989.

[3] Artículo 368. Id.

[4] SÁNCHEZ PASCUA, F. Op. Cit.

[5] Mariano José de Larra. Citado por RODILLO CORDERO F.J. en Op. Cit.

[6] MADOZ, P. Diccionario Histórico-Geográfico de Extremadura. 1.846. Cáceres, Seminario de Estudios del Frente de Juventudes, 1.955.

[7] Citado por RODILLO CORDERO, F.J. en Op. Cit.

[8] SÁNCHEZ RODRIGO, A. en EL CRONISTA. Revista quincenal. Serradilla, 1916-1.932.

[9] Memoria de la Universidad de Salamanca curso 1.860/61. Citado por RODILLO CORDERO, F.J. en Op. Cit.

[10] A.M.S. Legajo 158. Cuentas

[11] Id.

[12] CAJIDE, J.J. Extremadura: Historias de la Utopía. Badajoz, ediciones Carisma, 1.996.

[13] CHAMORRO, V. “Sin Raíces”. Plasencia. Ed. Sánchez Rodrigo. 1.970.

[14] SÁNCHEZ RODRIGO, A., Op. Cit.

[15] Id.

[16] Art. 41 R.D. 10/06/1.868. Citado por SÁNCHEZ PASCUA, F. en Op. Cit.

[17] R.O. 21/04/1.892. Reglamento para la org. de los Auxiliares. Citado por SÁNCHEZ PASCUA, F.

[18] A.M.S. Legajo 158. Cuentas.

[19] DOMÍNGUEZ LÁZARO, M. “La enseñanza en Plasencia durante el siglo XIX”, en Revista ALCÁNTARA 26 (Mayo – Agosto 1.992). pp 61-72

[20] A.M.S. Legajo 158. Solicitudes.

[21] Memoria de la Universidad de Salamanca. Curso 1.860/61. Citada por RODILLO CORDERO, F.J. en Op. Cit.

[22] A.M.S. Legajo 158. Cuentas.

[23] A.M.S. Legajo 158 Cuentas.

[24] Id.

[25] A.M.S. Legajo 158. Títulos Académicos.

[26] SÁNCHEZ RODRIGO, A. Op. Cit.

[27] A.M.S. Legajo 158. Cuentas. Inventario sin datar.

[28] SÁNCHEZ RODRIGO, A. (Bajo el seudónimo Un amante de Serradilla). Un año de vida serradillana, Cáceres, I.C. “El Brocense”. Diputación provincial, 1.982

[29] RODILLO CORDERO F.J. Op. Cit.

[30] R.O. de 7 de diciembre de 1.888. Art. 1. Citado por SÁNCHEZ PASCUA, F. en Op. Cit.

[31] A.M.S. Legajo 158. Títulos Académicos

[32] Id.

[33] Id.

[34] Id.

[35] Id.

[36] Id.

[37] Id.

[38] Id.

[39] Id.

[40] Id.

[41] Id.

[42] Id.

[43] Id.

[44] Id.

[45] Id.

[46] Id.

[47] A.M.S. Legajo 158. Cuentas.

[48] A.M.S. Legajo 158. Solicitudes.

[49] Id.

[50] Id.

[51] Id.

Oct 012002
 

Mª Ángeles Arias Álvarez.

I. INTRODUCCIÓN

Como el propio título indica, en esta obra de López de Ayala aparece un nuevo Don Juan. El propósito del siguiente trabajo es el de intentar aclarar en qué radica esa novedad. Para ello compararemos el personaje que nos presenta López de Ayala con otros Don Juanes anteriores al de su obra, aquéllos que a lo largo del tiempo, bien bajo idéntico nombre, bien con similares características, han contribuido a crear un tipo literario.

Es bien sabido que antes de que Tirso de Molina le diera forma literaria, la leyenda del burlador de mujeres y del hombre que desafía al más allá estaba muy extendida. Tras la obra de Tirso el tema traspasó fronteras, acabó enriqueciéndose con elementos de otros teatros e invadiendo también el arte musical.

Ante tal profusión de obras anteriores a la de López de Ayala, no hemos podido más que ceñirnos a un pequeño corpus de obras escogidas de forma más o menos arbitraria, pensando en cuáles podrían ser las obras sobre Don Juan más conocidas por cualquier lector común. Así, por ser la primera, hemos escogido la obra de Tirso de Molina, El Burlador de Sevilla y convidado de piedra, de 1624; El estudiante de Salamanca, de Espronceda, de 1836 y por último, por ser aquella que se ha representado hasta nuestros días como una tradición el Día de todos los Santos, la obra de Zorrilla Don Juan Tenorio, de 1841[1].

Nuestro propósito, insistimos, es el de analizar una obra poco conocida de López de Ayala y ver cómo ha evolucionado el personaje de Don Juan en las obras citadas.

Antes de pasar al estudio que nos ocupa creemos necesario introducir una breve reseña biográfica sobre López de Ayala, y un resumen del argumento de la obra.

Biografía de López de Ayala

Adelardo López de Ayala nació en Guadalcanal (este pueblo pertenece actualmente a Sevilla, pero en la época en que nació nuestro autor pertenecía a Badajoz) en 1829. Durante toda su vida este hombre de letras -sobre todo autor teatral y poeta- y de leyes permanecerá muy unido a Extremadura. En Guadalcanal escribe sus primeras obras, todas perdidas, y se refugia tras haber encabezado un motín universitario en Sevilla.

Llega a Madrid en 1849, y dos años más tarde obtiene su primer reconocimiento como autor teatral con Un hombre de estado.

En Guadalcanal escribe dos de sus grandes éxitos El tejado de vidrio de 1857 y El tanto por ciento de 1861. En 1863 escribe El nuevo Don Juan. En 1870 ingresa en la Real Academia, y en 1878 escribe la que quizá sea su obra más conocida. Consuelo.

Como político su carrera empieza en 1857. En 1868 redactó el Manifiesto de Cádiz {España con honra) contra Isabel II. Fue ministro en cuatro ocasiones y presidente del Congreso en 1878 y 1879. Murió en Madrid en 1879.

Resumen de El nuevo Don Juan

El nuevo Don Juan es una comedia en verso, de tres actos, publicada en 1863.

Acto 1: Diego y la bella Elena forman un matrimonio enamorado pero discuten con frecuencia debido sobre todo al carácter celoso de Diego. La obra comienza con una de estas discusiones, ya que Diego ha sorprendido a un desconocido contemplando a su mujer en la iglesia.

El desconocido aparece en la casa del matrimonio haciéndose pasar por un enviado de la madre de Elena, y le da a ésta una carta. Diego reconoce en este hombre al que mira a su mujer, y abriendo la carta, el matrimonio descubre que se trata de una nota en la que el desconocido presenta sus respetos a Elena.

Una vez conocido el nombre de este personaje, Juan de Alvarado, Elena descubre que es el novio misterioso de la joven Paulina.

Diego, junto con amigos y vecinos pretende demostrar a Paulina qué clase de novio tiene. Así, deciden permanecer escondidos y cuando venga Don Juan a intentar seducir a Elena, le sorprenderán y le echarán de la casa a puntapiés.

Don Juan se presenta en la casa, pero sospechando una trampa, pide a Elena que proteja su amor con Paulina, y además le dice que Diego la engaña, mostrándole una carta dirigida a Diego por una antigua novia.

Acto II: Elena está enfurecida y Diego manda buscar a Don Juan para que le explique de dónde ha sacado esa carta. Don Juan explica que él ha sido víctima de un engaño por parte de la antigua novia de Diego, que ansiaba vengarse, y que ésa, era una carta de cuando estaban solteros. Don Juan explica que aceptó enseñársela a Elena pues sabía que Diego había oído que Paulina frecuentaba a un calavera y que se había opuesto a la relación.

Se explican los malentendidos pero aprovechando un momento en que Elena se queda sola. Don Juan le declara su amor y la mujer, pensando en tender una trampa al seductor, le da cita en el jardín. En ese momento llega Diego que viene de pedir la mano de Paulina. La reacción de Don Juan, que se niega a casarse, y la agitación de Elena, despiertan de nuevo las sospechas de Diego, que piensa que quizá haya algo entre su mujer y Don Juan. Paulina comienza a sospechar también que su novio no la quiere demasiado, y Elena a fin de desengañarla por completo, le pide que vaya en su lugar a la cita del jardín.

Aprovechando que Diego anuncia que debe marcharse a Alicante, Don Juan decide permanecer escondido en la casa en vez de saltar tapias para llegar al jardín. Así, de nuevo, sorprende a Elena sola, y le declara otra vez su amor. En ese momento se oyen ruidos: es Diego que ha decidido regresar a la casa y posponer su viaje. Elena, que no sabe qué hacer, esconde a Don Juan bajo la mesa. Sin embargo, éste decide salir de su escondite, causando un estrépito que hace pensar que en la casa hay ladrones.

Diego va en busca del ladrón, y se encuentra con Don Juan. Diego está dispuesto a matarlo, pero el otro le advierte que su cadáver deshonrará a dos mujeres. Así pues, para que los vecinos no lo vean, Diego lo encierra dentro de un armario.

Acto III: Diego no sabe porqué está Don Juan en su casa, no sabe si Elena le es infiel o si Paulina invitó a su novio a entrar.

Paulina, por su parte, duda también de Elena ya que tampoco sabe porqué Don Juan estaba dentro de la casa y no en el jardín, como Elena le había dicho. Al ver el armario, tanto Elena como Paulina sospechan que el intruso está allí encerrado. Don Juan logra sacar por las junturas de las tablas una nota destinada a Paulina que Diego intercepta.

En la nota el seductor le pide ayuda a la joven para escapar, explicando además, que si él estaba dentro de la casa es porque Elena le había citado.

Elena decide confesar a Diego todo lo ocurrido, y tras preguntar también a Paulina, Diego comprende que su mujer dice la verdad.

A pesar de todo las dos mujeres piden a Diego que no se vengue de Don Juan, la una pensando en el amor de Paulina, y la joven porque le quiere. El seductor que ha logrado salir del armario gracias a la ayuda de Paulina se presenta de nuevo en la casa. Diego le propone que cambie de actitud para que con el tiempo pueda mostrarse digno de Paulina.

Don Juan cree que se trata de una estratagema de Elena para que él pueda seguir visitando la casa. Así pues le da una nota a Elena en la que le dice que comprende el truco, Elena le enseña la nota a Diego y a Paulina y Don Juan es expulsado de la casa sin más. Paulina comprende que su novio ha estado utilizándola, pero promete olvidar el asunto rápidamente.

En nuestra opinión, dos son las cualidades que en las obras de Tirso, Espronceda y Zorrilla caracterizan al personaje protagonista: Don Juan es un gran seductor, y, además, es un ser extraordinario, capaz de retar a cualquier hombre e incluso, de retar a Dios. Por ello hemos dividido nuestro análisis en los siguientes dos apartados “Don Juan como seductor” y “Don Juan como hombre extraordinario”, para contrastar estas cualidades con las presentadas por el personaje creado por López de Ayala.

II. DON JUAN COMO SEDUCTOR

Cuando hoy en día oímos decir de un hombre que «es un Don Juan», inmediatamente pensamos que se trata de un mujeriego al que sus dotes de seducción no le fallan. Si el nombre de un personaje literario ha llegado a convertirse en un adjetivo de uso común es porque este aspecto se halla presente en el carácter del personaje convirtiéndolo en un rasgo pertinente que sirve para identificarlo.

Nuestro propósito en este apartado es estudiar cómo evoluciona el lado seductor de Don Juan a través de las obras propuestas.

En la obra de Tirso encontramos al personaje que nos ocupa frente a cuatro mujeres, en alternancia: Isabela, una mujer de la nobleza, Tisbea, una pescadora. Ana de Ulloa, otra mujer noble y por último, Aminta, una mujer campesina. Una sólo es extranjera: Isabela, las otras son españolas; Isabel y Ana tienen ya un enamorado, Aminta está casada y Tisbea es la mujer que reniega del amor. Estas mujeres representan de diferentes modos la diversidad del universo femenino, y por lo tanto, en principio, que el personaje de Tirso puede conseguir a cualquier mujer que se proponga.

Para engañar a estas mujeres y gozarlas Don Juan emplea más o menos la misma táctica: en el caso de las dos mujeres nobles, se hace pasar por el hombre que ellas aman, en los otros casos, Don Juan seduce a la mujer presentándose tal y como es, en el caso de la pescadora como un hombre que sabe expresarse, en el caso de la campesina como un señor poderoso y rico.

Las mujeres de esta obra no son pobres víctimas en las garras de un seductor sin escrúpulos: Isabela admite fácilmente a alguien en su alcoba aunque no esté del todo segura de quién es, y poco importa que otro hombre que no sea su amante se haya acostado con ella, si ése es Don Juan y si está obligado por el rey a casarse con ella. Tisbea es una especie de don Juan en femenino que se divierte haciendo sufrir a aquéllos que de verdad la aman y que de Don Juan recibe justo castigo su soberbia. Aminta olvida fácilmente a su marido si su matrimonio puede anularse y si puede casarse con un grande de España; la única que no es burlada es Ana de Ulloa que sospecha al instante que quien ha entrado en su habitación no es el que ella espera. Sus gritos evitan la burla pero causan la muerte de su padre a manos de Don Juan.

Como podemos comprobar, en la obra de Tirso Don Juan se presenta como un seductor pero hay que señalar sus víctimas no son tales, -salvo Tisbea, que por otro lado recibe de don Juan la misma moneda con la que ella paga a sus admiradores- puesto que también desean obtener un beneficio de su encuentro con don Juan.

Los Don Juanes de Espronceda y Zorrilla gozan de una merecida fama de calaveras, pero los personajes femeninos burlados dentro de El estudiante de Salamanca y Don Juan Tenorio son uno en cada caso. Tanto la Elvira de Espronceda como la Inés de Zorrilla son almas puras, los personajes parecen idénticos de carácter pero sufren en cada obra destinos diferentes: Elvira pierde su pureza virginal porque creyó en la palabra de matrimonio que Don Félix de Montemar le había ofrecido. La desesperación del personaje, que la lleva a morir de amor, y las cualidades de esta mujer, hacen que la burla de Don Félix resulte más agria que cualquiera de las del personaje de Tirso. En cuanto a la Inés de Zorrilla, ésta tiene la suerte de ser amada y de no haber sido burlada por Don Juan.

En la obra de López de Ayala, tanto Elena como Paulina son mujeres bellas y nobles de sentimientos. Ellas representan a la perfecta casada y a la jovencita virtuosa. Si bien Don Juan en la obra de López de Ayala goza de fama de seductor y se le atribuye la conquista de una gallarda condesita y de la Juana, en esta obra sólo consigue enamorar a Paulina. Sin embargo, y a diferencia de otras obras donjuanescas, Don Juan manifiesta aquí una paciencia que le hace convertirse en un hombre casto, dispuesto a entretener a Paulina un año, respetándola, como ha venido haciendo[2], si consigue con ello ganar la confianza de la casa y poder así frecuentar a Elena.

Como vemos, en esta obra la inmediatez de la conquista no sirve como en otras obras donjuanescas: pensemos en la sensación de rapidez que se desprende de la acción en la obra de Tirso, en la que la seducción y abandono de cada mujer ocurre de forma muy breve y prácticamente de forma inmediata; en la obra de Espronceda, la importancia que el personaje concede al goce presente se refleja en versos como los siguientes:

la vida es la vida: cuando ella acaba
acaba con ella también el placer,
¿De inciertos pesares para qué hacerla esclava?
Para mí no hay nunca mañana ni ayer.

(Parte IV, vv. 931-934)

Pensemos también en aquellos versos de la obra de Zorrilla en los que Don Juan Tenorio explica el tiempo que tarda en conseguir y abandonar a una mujer:

uno para enamorarlas
otro para conseguirlas
otro para abandonarlas,
dos para sustituirlas
y una hora para olvidarlas

(Acto I, es. XII, vv. 686-690)

El héroe de Zorrilla a pesar de ser un libertino, es el primero que consigue enamorarse de una mujer y además, salvarse. Es innegable que esto supone un enorme cambio en la trayectoria que el personaje había trazado en obras anteriores.

En la obra de López de Ayala, debemos señalar también un gran cambio de principio y fin de trayectoria. El gran seductor en esta obra no se manifiesta como tal, (parece serlo solamente de fama, ya que para los vecinos es tan meloso que ablanda a las piedras con sus versos y además tiene fama de calavera famoso) porque se enamora de Elena o al menos se encapricha de ella locamente[3], -dispuesto a esperar y aguantar lo que sea, salvo el matrimonio con Paulina, con tal de tener cerca de Elena-, y porque sólo logra engañar los sentimientos de la ingenua y dulce Paulina, quien al final, al conocer las verdaderas intenciones del que ella creía su enamorado, adopta una actitud distinta de la de la heroína que muere por amor.

Queremos destacar además dos escenas en las que el nuevo Don Juan se muestra como la antítesis de sus antecesores: En la escena IX del II acto aparece una farsa de «teatro dentro del teatro»: Elena se obligada a mostrarse solícita con don Juan para que éste demuestre delante del resto de la casa, -vecinos y amigos incluidos,- que se propone seducirla. Don Juan, que sospecha que hay una trampa, le da una vuelta a la situación e interpreta el papel de enamorado sincero de Paulina que viene a pedir a la tía de su amada que proteja su amor.

Resulta curiosa una situación de este tipo, en la que el seductor rechaza a la mujer, -que toma aquí la iniciativa-, y en la que el seductor corre también el riesgo de caer en la trampa, simplemente porque está enamorado de la mujer. Si aisláramos la segunda escena en la que Don Juan habla de amor a Elena (Escena IX, acto II) del resto de la acción, parecería que el lector se encuentra frente a una escena tópica: la mujer que enamorada, ha citado a su amante y que se debate entre el querer y el deber. Sin embargo, lo que realmente ocurre es una escena que echa una vez más por tierra la fama de seductor de Don Juan. En esta escena que recuerda a las burlas que aparecen en Tirso y también en Zorrilla, Elena acepta verse con Don Juan a través de la verja del jardín para hablar de amor, pensando en enviar en su lugar a Paulina, para que ésta comprenda por fin que él no la quiere. Don Juan, que no tiene ganas de saltar tapias, permanece dentro de la casa hasta que todos se van dejando sola a Elena. Esta escena que promete acabar trágicamente porque de repente vuelve el marido de Elena a la casa, concluye de manera cómica e inesperada porque Elena manda a Don Juan que se esconda debajo de la mesa, recordando a tantas situaciones cómicas en las que el amante se ve obligado a esconderse cuando el marido llega de repente.

Podríamos concluir que en esta obra el seductor no es tal, pues en ningún momento consigue hacerse atractivo a la mujer que él pretende, y solamente consigue engañar los sentimientos de una joven inexperta, a la que sin embargo, respeta carnalmente. Si bien se le han atribuido algunas conquistas, como seductor no es infalible, y aún menos como burlador, a la manera de Tirso, aquél que engaña a las mujeres y además logra gozar de ellas.

Las escenas de seducción en esta obra constituyen el revés de aquellas que se pueden presenciar en las obras anteriores a la obra de López de Ayala: una mujer que finge ser seducida, el seductor que rechaza los avances de la dama, la misma mujer que parece luchar contra sus propios deseos cuando en realidad está asustada por la presencia en su casa de un hombre que puede comprometer su honor.

III. DON JUAN COMO HOMBRE EXTRAORDINARIO

Pensamos que la otra característica que hace de Don Juan un ser especial, es que se trata de un hombre que se considera al margen de la sociedad a la que pertenece. Este ser extraordinario, porque singular, por una parte desafía todas las leyes humanas de su entorno, por otra, llega a desafiar a las divinas.

Consideramos pues necesario tratar este aspecto bajo dos apartados: Don Juan como el “hombre que desafía al hombre” y como el “hombre que desafía a Dios”.

1. EL HOMBRE QUE DESAFÍA AL HOMBRE

Una de las características que hacen del personaje de Don Juan un ser extraordinario radica en el hecho de que como hombre, no ha de encontrar mujer que se le resista ni varón que se oponga a sus propósitos ni que le aventaje en conquistas y valor.

El mejor ejemplo de este carácter se resume en el cartel que el personaje de Zorrilla hace colgar en Nápoles:

Aquí está don Juan Tenorio,
y no hay hombre para él.
Desde la princesa altiva
A la que pesca en ruin barca,
No hay hembra a quien no suscriba;
y a cualquier empresa abarca,
si en oro o valor estriba.
Búsquenle los reñidores
Cérquenle los jugadores;
Quien se precie que le ataje
A ver si hay quien le aventaje
En juego, en lid o en amores».

(Acto I, es. XII). (vv. 484-495)

Como seductor, sabemos que Don Juan en principio puede seducir a cualquier lo mujer que se proponga. Don Juan no conquista mujeres únicamente por el placer de la conquista, sino también por la necesidad de hacer daño a la mujer -destruyendo su honor- y en consecuencia, destruyendo también el honor del hombre. No se trata únicamente de obtener goce físico, sino sobretodo de causar dolor. El personaje de Tirso lo expresa claramente:

Sevilla a voces me llama
El Burlador, y el mayor
Gusto que en mí puede haber
Es burlar una mujer
Y dejalla sin honor.

(Jomada II, vv. 1313-1317)

Este es un detalle que no carece de importancia: dejando a la mujer sin honor, Don Juan demuestra su maldad pero también muestra que burlando a la mujer el personaje puede burlarse del marido, hermano o padre del que la mujer dependa.

De esta manera. Don Juan sitúa a sus víctimas en una situación de desventaja social frente a él.

Este personaje posee también una valentía y una astucia que le permiten enfrentarse y vencer a los enemigos que él mismo se va creando. Por una parte es un hombre valiente; así, el Don Juan de Tirso salva a su criado de morir ahogado, con riesgo para su propia vida, y el personaje de Espronceda es descrito en estos términos por el narrador:

En Salamanca famoso
Por su vida y buen talante,
Al atrevido estudiante
Le señalan entre mil;
Fuero le da su osadía,
Le disculpa su riqueza,
Su generosa nobleza,
Su hermosura varonil.
Que en su arrogancia y sus vicios
Caballeresca apostura
Agilidad y bravura
Ninguno alcanza a igualar;
Que hasta en sus crímenes mismos,
En su impiedad y altiveza
Pone un sello de grandeza
Don Félix de Montemar.

(Parte I, vv. 124-139)

En otras ocasiones, Don Juan se aprovecha de ser un personaje con suerte, que ha nacido perteneciendo a una familia de bien que le permite de vez en cuando escapar de los líos en los que se mete, -como hace el personaje de Tirso- , en otras, también recurre al engaño.

Estos triunfos sobre las mujeres y los hombres, hacen que Don Juan se considere a sí mismo un ser especial: es plenamente consciente de su capacidad de seducción y de su poder.

En cuanto al nuevo Don Juan de López de Ayala, debemos señalar que no posee estos rasgos.

El personaje de López de Ayala no intenta seducir a Elena con el propósito de causar la deshonra de su casa, ni enamora a Paulina con similar propósito: simplemente intenta acercarse a una mujer que le gusta y para ello recurre al medio que le parece más fácil.

Al personaje de López de Ayala se le puede atribuir cierta inteligencia que le hace escapar de situaciones comprometidas; así sospecha cuándo le pueden estar tendiendo una encerrona, pero no siempre pues sus dotes de intuición no son infalibles. Es su propia conciencia, la de ser un Don Juan[4], la que le hace pensar que realmente, al igual que sus antecesores, es un hombre extraordinario. Como señala Diego en un momento de la obra aludiendo al nuevo Don Juan. En su propia vanidad se enredan estos canallas, anticipándose al final de la obra, pues es precisamente por vanidad que sus intenciones serán descubiertas.

En cuanto al valor del nuevo Don Juan bien sabemos que en vez de enfrentarse al marido se deja esconder bajo una mesa, e incluso, por orden del marido, dentro de un armario: con esto no podemos imaginar al personaje de López de Ayala aceptando un duelo. Como se puede comprobar las fechorías de este personaje no poseen el sello de grandeza de las de sus antecesores.

Otro aspecto que hace de Don Juan un ser diferente a los demás es el hecho de que no acepta el código de valores por el que los demás se rigen. Así, uno de los medios que los Don Juanes anteriores a López de Ayala utilizan para poder acostarse con una mujer es el de prometerles el matrimonio o incluso casarse (como hace sobre todo el Don Juan de Molière).

Ahora bien, tanto la promesa de matrimonio como las fórmulas pronunciadas en este ritual para que tenga lugar efectivamente son actos de palabra que sólo llegan a constituir hechos si se dan una serie de condiciones: el que habla, en este caso, pone por testigo de su propia buena fe a la divinidad.

Esto demuestra no sólo que Don Juan comete un acto impío, ya que la promesa de matrimonio indica que la divinidad aparece como testigo de la propuesta, sino que además Don Juan conoce perfectamente el código de valores por el que se rige la sociedad a la que él pertenece, y que sirve para todo el mundo salvo para él. Llegado el caso, Don Juan no tiene problema en casarse: el personaje de Tirso va a casarse con Isabela pero la justicia divina acaba con él la víspera de su boda, el personaje de Espronceda al que el más allá obliga a casarse con la difunta Elvira llega a decir al espíritu del hermano de la mujer:

En cuanto a ese espectro que decís mi esposa,
Raro casamiento venisme a ofrecer:
Su faz no es por cierto ni amable ni hermosa,
Mas no se os figure que os quiera ofender.

(Parte IV, vv. 1534-1537)

Comparemos esta actitud con la del personaje de López de Ayala, que en el momento en que Diego le ofrece pactar su boda con Paulina se muestra temeroso:

(¡Maldita
Sorpresa¡ Me vendí. ¿Quién
no se vende, si le intiman
orden de casarse?)

(Acto II, es. X)

Es evidente que para el nuevo Don Juan el matrimonio -y menos aún con Paulina, a la que no ama-, establece una serie de lazos que conllevan una serie de obligaciones a las que no está dispuesto a acceder. Pero este temor no significa más que respeto a una institución que su código de valores reconoce y respeta. Poco que ver pues, con sus antecesores.

2. DON JUAN COMO HOMBRE QUE DESAFÍA A DIOS

En las obras anteriores López de Ayala, aparece la intervención del más allá bajo la forma de convidado de piedra, de espíritu o visión fantasmagórica. Los elementos sobrenaturales intervienen al final de la obra para precipitar el desenlace. Éstos funcionan como un Deus ex machina capaz de acabar con el personaje de Don Juan, bien para matarlo y condenarlo, bien para hacerle comprender que la redención es también posible, si se arrepiente de sus pecados, como ocurre en la obra de Zorrilla.

Puesto que la justicia humana parece incapaz de acabar con el personaje, es la divina la que ha de intervenir para acabar con el bien de la vida- que permite el goce del personaje y la continuidad de sus crímenes- y para responder a la provocación del personaje: recordemos que todos los donjuanes anteriores al de López de Ayala se burlan de los muertos o incluso retan a sus almas en el más allá.

No es necesario que en El nuevo don Juan aparezca la justicia divina. Los pecados de nuestro Don Juan no son tantos ni tan graves: en la obra no se menciona que haya matado a nadie y el único pecado que comete es abusar de los sentimientos de Paulina para acercarse a Elena. Desagradecido, desprecia los ofrecimientos llenos de buena voluntad que le ofrece la familia si cambia de actitud. Estas faltas no llegan a ofender a lo divino; el nuevo Don Juan podría pasar por impío porque en la iglesia

cuando sorprendo el afán
con que la mira, el bribón
finge que está en oración
mirando a San Sebastián.

(Acto I, es. I)

Sin embargo, esta actitud no hace de don Juan de Alvarado un personaje extraordinario, puesto que no es el único que intenta conquistar a las mujeres en la iglesia:

En la iglesia hay quien se mete
diablo con frac o levita
y ofrece el agua bendita
para entregar un billete.

(Acto I, es. I).

Pero también las mujeres son según Elena, jamonas traviesas. Ellas también toman la iniciativa y se dedican a perseguir a los novios y a los maridos de otras.

Parece ser que en el Madrid representado en esta obra, ciertos pecados como el de no respetar los lazos del matrimonio no parecen tan graves, en todo caso, nada que no pueda arreglarse con cuarenta puntapiés del marido sin que la divinidad haya de preocuparse por ello.

En cuanto al desenlace de la obra, y aunque en El nuevo don Juan la justicia divina no intervenga, debemos señalar un paralelismo entre el final de la obra de López de Ayala y el de las obras anteriores que sirve una vez más, para desmitificar el personaje de Don Juan.

Paulina ha jugado a lo largo de la obra un papel similar al de la Inés de Zorrilla; a sabiendas de que su enamorado tiene fama de calavera, pretende conseguir gracias a su amor que Don Juan abandone para siempre las malas intenciones:

Y cuando pienso que yo
Casi niña y sin más armas
Que mi ternura, consigo
Que un hombre venza sus malas
Costumbres y entre en la senda
Del bien -Entonces doy gracias
A Dios que me hace instrumento
De obra tan buena (…)

(Acto I, es. VIII)

Es también gracias a Paulina, que Elena intercede ante su marido para que éste le conceda una segunda oportunidad a Don Juan, para que pueda mostrarse con el tiempo como un hombre virtuoso, digno de Paulina.

Así pues, Elena y sobre todo Paulina juegan el papel de redentoras que en la obra de Zorrilla correspondía a Inés. Elena por ser un personaje movido por la caridad cristiana, y Paulina simplemente porque quiere a Don Juan y cree que su conversión es posible.

Diego acepta pero Don Juan cree que es un truco de Elena para poder tenerlo cerca, sus intenciones son otra vez descubiertas y el personaje es puesto de patitas en la calle sin más.

Don Juan no sólo sale escarmentado de la casa, -puesto que no ha cumplido su objetivo- sino que además la actitud final de Diego, Elena y Paulina hace que éstos se muestren superiores a Don Juan, siendo capaces de sentir piedad y de renunciar a la venganza.

El final de esta obra -como el de las otras obras citadas- viene a recordar a la moraleja de las fábulas; en cuanto a las obras de Tirso y Espronceda creemos que se pretende mostrar que ningún hombre malvado es capaz de quedar sin castigo y mucho menos si reta a Dios; en la de Zorrilla, que el perdón y la salvación siempre son posibles si se profesa el arrepentimiento y la fe; por último, en la de López de Ayala, que la virtud siempre triunfa sobre el vicio, y que esos personajes que pretenden desterrar la paz de los hogares de la gente de bien no son héroes.

Como podemos comprobar, en El nuevo Don Juan la propia mediocridad del personaje hace innecesaria la intervención divina. Con la ausencia del elemento sobrenatural, el tema de Don Juan da un paso definitivo hacia el final del mito.

IV. CONCLUSIÓN

De los dos apartados anteriores en los que hemos dividido nuestro análisis -Don Juan como seductor. Don Juan como hombre extraordinario- podemos concluir queEl nuevo Don Juan, de López de Ayala supone una completa destrucción del mito, que ya había sufrido una importante evolución con la obra de Zorrilla.

De este nuevo Don Juan como el propio nombre indica, no queda nada más que un tópico, un personaje heredero de una tradición literaria que ya no es más que una caricatura de sus antecesores.

El nuevo Don Juan es quizás el hijo de una nueva sociedad en la que el concepto de honra ha cambiado como ha cambiado también su forma de entender el pecado. El seductor ya no es tal cuando las propias mujeres se ofrecen a él, por otro lado resulta impensable que la divinidad llegue a intervenir para poner final a los crímenes del ser humano.

Así, la obra de López de Ayala no nos muestra un ser especialmente malvado ni fuera de lo común. Con un fin claramente moralizante lo que nos quiere mostrar es que el hombre virtuoso puede ser superior a aquél que no lo es, y que aquéllos que intentan acabar con la virtud -que son muchos- son seres ridículos.

A pesar de todo pensamos que Don Juan no ha muerto. El público sigue asistiendo al teatro el Día de todos los Santos para ver una obra de la que todo el mundo conoce ya el final.

Pensamos que este héroe sigue y seguirá ejerciendo siempre su seducción sobre el espectador porque a pesar de su falta de escrúpulos representa a un hombre superior: es independiente de la sociedad, goza de cada instante de su vida sin temer a nada ni a nadie y siempre consigue lo que quiere. Quizás Don Juan no muera nunca porque es el hombre que cualquier mujer quisiera encontrar y el que cualquier hombre quisiera ser.

V. BIBLIOGRAFÍA

  • Espronceda, José de, El estudiante de Salamanca. Cátedra. Madrid, 1977.
  • López de Ayala, Adelardo. El nuevo Don Juan. Establecimiento tipográfico de T. Fortanet. Madrid, 1863.
  • Molina, Tirso de, El Burlador de Sevilla y Convidado de piedra. Cátedra. Madrid, 1977.
  • Zorrilla, José. Don Juan Tenorio. Cátedra. Madrid, 1979.

NOTAS:

[1] Todas las citas han sido sacadas de las ediciones de las obras estudiadas que figuran en la bibliografía final.

[2] . Paulina le comenta a Elena, refiriéndose a su novio Don Juan:
(…)Si vieras
los respetos que me guarda ¡(…)

(Acto I, es. IX)

[3] . En el primer encuentro cara a cara de Elena y Don Juan, éste sospecha que los avances que le hace la dama no son sinceros y que hay “gato encerrado” en esa actitud. Don Juan rechaza pues a la dama, con un gran esfuerzo mientras piensa:
(¡Y qué bella!
Es un abismo; si en ella
Me fijo, me desvanezco.)

(Acto I, es. XIII)

[4] En cuanto a la conciencia del personaje de López de Ayala de ser un Don Juan radica, desde luego, en la coincidencia de nombre con el personaje mítico de las obras anteriores a él. El Félix de Montemar de Espronceda comparte sin embargo con los personajes de Tirso y de Zorrilla las mismas características, con lo cual el hecho de que reciba un apelativo u otro no nos parece pertinente.

Los nombres recibidos por el personaje a lo largo de la obra de López de Ayala nos parecen motivados por la forma en que el autor quiere mostrar su personaje al público. Es de suponer que a través del título el espectador se hace una serie de expectativas en cuanto a la obra, y a de partir de una serie de conocimientos- los tópicos creados sobre Don Juan a partir de la literatura anterior a Ayala- para que la obra tenga un sentido.

Así, el nuevo Don Juan, es presentado al principio de la obra bajo el tópico que define a los donjuanes. En las didascalías del principio de la obra el personaje es presentado bajo el nombre de «Don Juan», y a lo largo del primer acto, cuando el personaje logra acercarse a Elena, cuando Paulina confiesa estar enamorada de un tal Juan de Alvarado, este nombre se manifiesta con grandeza. Es el nombre adecuado para aquél que no es el Tenorio, aquél que es un nuevo Don Juan que parece que parece poder repetir las hazañas de sus antecesores.

Resulta también significativo que en los momentos de mayor tensión, o cuando está próximo a desbaratar las trampas que le tienden el resto de los personajes – por ejemplo cuando el nuevo don Juan sorprende a Elena sola en casa- o cuando Elena finge sucumbir a sus encantos, el nombre que recibe el personaje es «Don Juan».

Sin embargo, éste no va a ser el único apelativo que va a recibir nuestro personaje, así, a medida que el Juan de Alvarado da a conocer su carácter aparece comoJuan en las didascalías, e incluso es llamado Juanito por Diego (XTV, II).

Por otro lado, la conciencia de ser un Don Juan aparece desprovista de su significado cuando en esta obra se alude al personaje en plural esos canallas, esos zánganos de Madrid como dice Diego.

Incluso en esta obra aparece otro Don Juan degradado, que responde al nombre de Don Segundo -un segundo hombre que persigue a Elena- un hombre casado aún más cobarde y menos seductor que el nuevo Don Juan

Oct 012002
 

José María Arcos Franco.

Departamento de Historia del Arte. Universidad de Extremadura

El siglo XVI español viene definido artísticamente por el desarrollo del Renacimiento, para lo cual fue imprescindible la aceptación, lenta pero progresiva, de la propia sociedad, por lo que podemos hablar de un Renacimiento social respecto a la cultura medieval anterior. Demográficamente, a lo largo de esta centuria asistimos en toda España a un despegue incluso más latente en Extremadura que en otras regiones, bonanza que debe aplicarse del mismo modo a la economía. Una serie de circunstancias políticas van a propiciar este desarrollo: la conquista de Granada, el descubrimiento de América y las empresas consiguientes, culminación de unos ideales nacionales radicados en la Edad Media[1].

Esta situación, como veremos, repercutirá en la producción arquitectónica, ya que estas circunstancias condujeron a nuevas demandas. En todo el dominio castellano es estimado que el despegue constructivo que tiene lugar a lo largo de esta centuria se debe a cambios notables en la sociedad española, como fue el crecimiento apresurado de los núcleos de población, la desvinculación de éstos de las viejas villas medievales – consiguiendo al mismo tiempo tal rango -, el fortalecimiento de ciertos sectores de la sociedad, tanto rural como urbana, etc., que darán como resultado un cambio dentro de las mentalidades en todos los sectores[2].

Sirvan estas breves líneas como introducción al hecho arquitectónico del siglo XVI en Extremadura. Esta centuria vendrá definida arquitectónicamente dentro de la región de una parte por la fecundidad productiva, aunque por otra por la indecisión y contradicciones derivadas de la convivencia de diversos estilos y soluciones. Esto sucederá a rasgos generales en la mayoría de las zonas peninsulares, y no podía ser menos nuestro caso. Sin embargo el aislamiento de esta región, ocasionado por el distanciamiento y marginalidad en el contexto peninsular, alejada de los centros urbanos importantes y rutas comerciales, implicaba la precariedad de intercambios en todos los sentidos[3]. En opinión del profesor Andrés Ordax, las circunstancias que motivaron este cerramiento durante el medievo a las ideas europeas en el marco extremeño fueron de índole histórica y geográfica[4]. De ese modo Extremadura se constituyó en una zona de economía amparada básicamente en la agricultura y la ganadería. En Extremadura, quizás de modo más acuciante, no se ha sentido un Renacimiento en la acepción renovadora y al mismo tiempo de continuidad con que ha vislumbrado en otras zonas. Este hecho debe achacarse a la falta de un renacimiento de base social, determinado por el predominio de la sociedad urbana y un claro rechazo a la tradición eclesiástica. No fue así, lo que supuso la permanencia de aspectos derivados de la Edad Media como eran los antiguos privilegios[5].

Esta situación incide en lo que a la edilicia se refiere en la persistencia de formas arcaicas en este ámbito[6]. Pero al mismo tiempo deben añadirse otras razones más concretas. Por una parte obedece al arraigado gusto popular de mayordomos de parroquias y resto de comitentes, así como los propios deseos del pueblo, apegado a un aclimatado tradicionalismo. A todas estas exigencias deberían obedecer los maestros y responsables de obras, sometidos al rigor de fórmulas ensayadas y comprobadas durante años, acordes con las economías de aquellos núcleos y sin posibilidades por lo tanto de emplear nuevas recetas.

En otro sentido, las propias Órdenes Militares asentadas en este solar, y en nuestro caso la de Alcántara, de larga pervivencia en Extremadura, se someten y potencian los antiguos modos de construir, pese al conocimiento, como indica Sánchez Lomba, de las novedades que se estaban produciendo en otros ámbitos[7]. Se relaciona con el hecho de la importancia que tenía el juicio de una serie de figuras más o menos destacadas en el marco de la oficialidad para el desenvolvimiento de la arquitectura, influidos por la tradición norteña cántabra y vasca importada por artífices procedentes de estas regiones, a quienes se les encarga un significativo conjunto de obras en nuestra región[8]. Las disposiciones al respecto evidencian este control ejercido desde la oficialidad, tanto en intervenciones de carácter civil como religioso dentro de la jurisdicción alcantarina.

Sujetos a los criterios de la Orden, las figuras más relevantes en el marco de la producción arquitectónica a lo largo de gran parte de la Edad Moderna eran los titulados Maestros Mayores de Obras. Tales títulos eran asignados a algunos maestros especializados en el oficio de la cantería y albañilería con una formación más sólida que otros oficiales locales, cuya jurisdicción solía ser bastante amplia. El propio Gaspar López es mencionado como Maestro Mayor de Obras de la Orden y del Partido de la Serena[9]. En cierta medida se pueden considerar como arquitectos, personas que poseen maestría, tanto en la elaboración de trazas y condiciones como en la supervisión de obras y ejecución de las mismas.

Insistamos en el papel desempeñado por estos constructores. En primer lugar aclarar que la mayor parte de los artífices, en el contexto cultural de la España renacentista y barroca, no fueron apreciados, lo que se refleja en la consideración social y el tratamiento económico que se les otorga[10]. Partiendo del análisis de las sociedades en cada momento podremos hacernos una idea de la situación de estos técnicos. Según la documentación consultada, el término arquitecto no aparecerá hasta el siglo XVIII, si bien es verdad que en estas fechas se utilizan otras denominaciones para el mismo oficio, lo cual habla de cierta imprecisión en su uso. De ese modo podemos encontrar términos como maestro de obras o maestro arquitecto o de arquitectura, asignando a aquellos encargados de proyectar y dirigir obras de arquitectura, incluso trazas para retablos. Al propio tiempo los oficios de la construcción son diversos, destacando por encima de todos los canteros, a los que siguen albañiles y carpinteros. Aunque se insiste en deslindar las competencias de cada uno de ellos, no siempre es fácil conseguirlo. Parece estar claro que unos oficios están por encima de otros dentro de cierta jerarquía establecida, consideración que se extiende a la órbita de lo social[11].

Pese a esta falta de definición, una serie de rasgos caracteriza la acción de estos oficios en el marco de estudio a lo largo de la Edad Moderna. Su actividad es itinerante, comprobándose su labor no sólo en las posesiones de la Orden, sino también en las diócesis limítrofes, lo que es significativo en cuanto al margen de actuación. Como el resto de maestros alarifes, en lo que se refiere a la planificación y trazas de nuevas construcciones, se basaban en la experiencia inveterada, frente a lo que sería la figura del arquitecto especialmente a partir del siglo XVIII, amparado en criterios matemáticos. Frente a la base especulativa del arquitecto, se fundamentaba en la experiencia[12]. Sin embargo, desde el momento que su labor responde a la concepción y diseño de planos, se le puede identificar con la imagen del architectus con un valor similar al que tenía en la Antigüedad[13].

El cargo de Maestro Mayor de las Obras de la Orden de Alcántara o de alguno de sus Partidos resultaba atractivo y su existencia aparece documentalmente reservada al siglo XVI, con breves referencias a los años finales del siglo XV y primera mitad del XVII, con algunas lagunas importantes. Estos defectos documentales parecen derivarse, en opinión del profesor Sánchez Lomba, de momentos en los que existió el Maestro Mayor como título o plaza efectiva, con un salario fijo, aunque otros en que este cargo queda vacante o es ocupado por figuras itinerantes y eventuales, lo que depende de los vaivenes demográficos y económicos. De ese modo la presencia de la figura del Maestro Mayor coincide con momentos de bonanza económica y desarrollo demográfico, mientras es proclive su desaparición en situaciones de menor despunte e inestabilidad, de poca actividad constructiva[14].

Desconocemos el método o procedimiento de elección de tales cargos, aunque es de suponer, siguiendo la tradición medieval, que se fundamentara en la experiencia y habilidad que acreditaba el candidato en las diferentes labores que comprendía la actividad constructiva, basada por otra parte en el aprendizaje con maestros de gran renombre, tal y como ocurre con Juan Bravo en relación con Pedro de Ybarra. Entendemos que por su puesto deberían poseer condiciones especiales, a manera de lo que en otras zonas aparecen como veedores o maestros municipales[15]. Se encargarían principalmente de obras institucionales y públicas de mayor notabilidad, responsables de la creación de trazas, reconocimiento y supervisión de construcciones de cualquier carácter, desde religiosas a civiles, militares o ingenieriles, como era la construcción de puentes o canales hidráulicos, de ahí que sea de suponer que tuvieran una formación más o menos consolidada y versada en los más diversos campos de la arquitectura[16].

Su papel en la Orden fue primordial. Así por ejemplo, las obras ejecutadas en edificaciones como casas de encomiendas, su presencia e intervención eran obligadas, como declara el visitador frey D. Bernardino de Córdoba:

«…del qual mando que de aquí adelante por parte de la dha. vuestra encomienda las personas que se nombraren para ver y dar por vuenas las obras y rreparos que en ellas mandaren hacer y se hicieren ssea y se nombre el maestro mayor de las obras de nuestra orden como que para perssona que esta puesta por ella y de ciencia y experiencia y que como tal maestro mayor a de aver fho. la traça y condiciones de la dha. obra entera mexor si esta cumplido con ella y declarara la verdad sin aficion ni tenory sin la dha. declaración y provación del dho. maestro mayor no sse rrecivirá ni tomara en quenta y lo pagareis de vuestros bienes …[17]».

Esto obedecía especialmente a las constantes infracciones que se cometían por amistades y acuerdos entre oficiales.

Según se especificaba en las Definiciones, el Maestro Mayor debería ser el responsable «… de todas las obras de las tenencias e yglesias y encomiendas desta orden»[18], es decir, debería encargarse de la supervisión, dar pareceres o redacción de trazas, aunque también se hacían cargo del remate de los trabajos y su elaboración. En ocasiones eran acompañados por otros maestros en representación de los comitentes, quien en cualquier caso podrían ofrecer nuevos pareceres de las obras pretendidas. Así se puede comprobar por ejemplo en el caso de los trabajos que en 1608 se esperaban efectuar en la iglesia parroquial de Higuera de la Serena. Aunque ya se habían presentado trazas, condiciones y tasación por parte del Maestro Mayor de la Orden Gaspar López, e incluso se habían pregonado y rematado en el maestro Diego Hernández, el visitador frey D. Sancho Bravo de Acuña solicita a los mayordomos del concejo e iglesia del lugar que presenten en delegación de su parte un maestro entendido para elaborar nuevas trazas y condiciones. Por ello el día 25 de septiembre de 1608 nombraron como tal representante al maestro de cantería Juan Gómez, quien aprobaría no obstante lo estipulado por Gaspar López[19].

Sin embargo por lo común eran ellos quienes detentaban la última palabra, ya que se podían permitir el transformar por completo las trazas y condiciones seguidas en una obra, como se puede observar en 1609 por parte Gaspar López con las establecidas por Juan de Orellana, Fernando de Orellana y Bartolomé González años antes en las casas de encomienda de Esparragosa de Lares. Las obras serían rematadas en parte por los maestros de cantería y carpintería Diego Martín y Diego Benítez. Tras visitar el estado de las mismas, el Maestro Mayor declara que no fueron elaboradas según lo establecido ni redactadas según convenía a esta edificación. Por ello opina conveniente, como así lo hace, mandar destruir algunas de las partes que se habían levantado y confeccionar nuevas trazas y condiciones para proseguir los trabajos de reparación[20]. En términos parecidos se expresa este mismo maestro contra la labor del cantero Diego Martín en las casas de encomienda de la Portugalesa de Campanario[21]. Tales infracciones solían desembocar en pleitos y demandas.

No hemos hallado casos en los que se encarguen de demandas particulares, aunque no significaba que su actividad quedara restringida al ámbito jurisdiccional de la Orden, sino que sus ocupaciones eran bastante amplias, llegando a casos extremos como Pedro de Ybarra, quien aparece con los cargos de Maestro Mayor de Obras del convento de San Benito y Orden de Alcántara, de la Catedral y Obispado de Coria, actuando también por las mismas fechas en el ámbito de la Diócesis de Plasencia y en puntos fuera de Extremadura[22]. Como veremos, los casos de Juan Bravo o Juan de la Puente son similares, aunque éste último no llegaría a ostentar dicha titulación.

Por otra parte, aunque se les encuentra por lo habitual relacionados con obras de mayor empaque, en ocasiones muy concretas trabajan en edificios menores, como podía ser una ermita. Así ocurre en el caso de Gaspar López para Nuestra Señora del Risco en Galizuela, o con Juan de Orellana, Maestro del Partido, en ermitas como San Miguel, La Magdalena de Villanueva de la Serena, Nuestra Señora de la Antigua de La Haba o el santuario de los Remedios de Magacela.

Los salarios de estos maestros diferían de unos casos a otros, aunque hay que precisar que además de sus honorarios periódicos le llegaban retribuciones varias procedentes de la diversidad de trabajos ejecutados: dirección de obras, pagas por día de trabajo, confección de trazas y condiciones, dictámenes, tasaciones, etc.

Intervenciones en el Partido de la Serena

Hasta la fecha las referencias bibliográficas que se tienen acerca de la labor de los Maestros de la Orden[23] están dedicadas en su totalidad al ámbito del Partido de Alcántara y Diócesis de Plasencia y Coria, donde su actuación fue más relevante, en especial si tenemos en cuenta el mayor número de construcciones e importancia de las mismas. No obstante su actividad se debería extender por el resto de la jurisdicción de la milicia, es decir el Partido de la Serena, donde también se constata, aunque en menor medida. De cualquier modo esperamos que con el escudriño de la documentación nuevas intervenciones salgan a la luz. En similar situación de precariedad se sitúan las noticias sobre los Maestros de Obras del Partido de la Serena.

Empecemos, por su rango, con los Maestros Mayores de la Orden. El más antiguo de todos los que tenemos datos sobre la zona de La Serena será Juan Bravo, natural de la villa de Brozas. Se le ha emparentado con otro maestro del mismo nombre, posiblemente su padre. Nace hacia 1530 y su muerte se documenta en 1596. Detentaría el cargo de Maestro Mayor «de las obras de la Santa Iglesia de Coria y su Obispado» y de la Orden de Alcántarasustituyendo en cada caso a figuras relevantes como fueron Pedro de Ybarra (hacia 1570) y Sebastián de Aguirre, en este último caso, en torno a 1575[24]Estuvo vinculado a la figura de Pedro de Ybarra desde muy joven, de quien sería colaborador en numerosas obras dirigidas por este arquitecto, en especial en el convento de San Benito de Alcántara[25]. Parece ser que el cargo de Maestro Mayor de la Orden lo detentó sin titulación, no efectivo y con derechos hasta 1590, por lo que el maestro Juan de la Puente comenzó una campaña contra su persona para la obtención de este título mediante medios más justos[26].

Como discípulo de Pedro de Ybarra tomará la maestría de un gran número de obras dentro de la Diócesis de Coria y Cáceres, con ejemplos como la iglesia parroquial de Gata, de Aliseda o Santa María y Santos Mártires de Brozas. Diversas actuaciones se recogen en las parroquias de Zarza la Mayor, Valverde del Fresno, Cilleros, fortalezas de Mayorga, Valencia de Alcántara, Moraleja, Piedrabuena y Brozas, o la casa de Encomienda de esta última localidad[27].

Encargos de mayor relevancia desde el punto de vista arquitectónico debieron ser sus participaciones continuas en la catedral de Coria. En 1575 practica reconocimiento de este templo, del que detentaría años después la Maestría Mayor; en 1595 trazaría la capilla del Obispo Galarza, y posteriormente la Sala Capitular y Archivo[28]. También se le ha considerado el responsable de la iglesia de Rocamador en Valencia de Alcántara, donde se percibe una estrecha relación con las obras del que sería su maestro, aunque en una línea más retardataria. Según se ha estudiado, Juan Bravo participaría de las directrices propias del Renacimiento, con alusiones constantes a conceptos como la proporción y armonía[29].

Con el mismo apellido encontramos a Francisco, cantero y colaborador suyo en ocasiones, y a Juan, hijo o nieto suyo y maestro cantero que trabajará en 1646 en la catedral cauriense.

Pero centrémonos en nuestro caso, aunque su labor documentada es escasa. Con fecha de 18 de julio de 1589, con título efectivo de Maestro Mayor de Obras de la Catedral y Obispado de Coria, y aún sin título certificado de Maestro de la Orden, presenta, junto al maestro de cantería Juan de Orellana, y tras siete días de trabajo, trazas, condiciones y tasación de las obras requeridas en la casa de la Encomienda de Esparragosa de Lares[30]. Los trabajos, de cierta consideración debido al estado de ruina de muchas de las zonas del edificio, se presupuestaron en 380.662 maravedíes[31], aunque no tenemos confirmación de que se actuase bajo tales planteamientos.

Mayor participación hemos documentado para otro de los maestros importantes de la Orden. Estamos hablando de Gaspar López “Mozo”, vecino de Alcántara. Aparece con el título oficial de Maestro Mayor de las Obras de la Orden de Alcántara y curiosamente del Partido de la Serena, sustituyendo en el primer cargo a Juan Bravo[32].

Hijo de Catalina Gómez y del cantero Gaspar López (†circa 1556), maestro que trabajó durante la primera mitad del siglo XVI en relación con Pedro de Ybarra[33], para la Orden su actividad se centra tanto en obras de carácter civil como religioso, siendo bastante extensa en los años iniciales del siglo XVII. En estas fechas se le descubre trabajando en el convento de religiosas franciscanas fundado en Brozas por el entonces prior de Magacela frey Alonso Flórez[34]; en 1604 en Cáceres para dar visto bueno a las obras realizadas en la parroquia de San Mateo[35], y en 1606 como testigo, reclamado por Da Teresa Botello de Sotomayor, para expresar su juicio acerca de la capilla de los Espaderos en la iglesia de San Juan, fundación del Licenciado Alonso Martínez Espadero, Oidor del Real Consejo de Indias[36]. En 1605 propone trazas para continuar la iglesia de Cilleros, y en 1610 una rica descripción del templo de Nuestra Señora de Rocamador de Valencia de Alcántara, con informe y tasación de los trabajos que se necesitaban[37].

Otras intervenciones suyas se refieren a la arquitectura militar de la Orden, relacionándole entre los años 1909-1910 con fortalezas como las de Valencia de Alcántara[38] o Magacela[39].

En el caso del Partido de la Serena, su presencia está más que constatada. A fines del siglo XVI, en 1599, está vinculado con obras en las casas de Encomienda de Esparragosa de Lares, donde ofrece trazas y condiciones[40], que no llegaron a plasmarse, de modo que el 9 de noviembre de 1609 se presenta, a petición del visitador frey D. Sancho Bravo de Acuña, de nuevo en la misma villa con el propósito de confeccionar trazas y condiciones para las obras que aún faltaban por cometerse en el mismo edificio. Ejerciendo su cargo, establece nuevos diseños, mandando incluso que algunas partes recientemente edificadas se volvieran a destruir, ya que opinaba que no se habían ejecutado conforme a lo estipulado en los anteriores proyectos y condiciones, lo que suponía serios inconvenientes. Además estima que los planteamientos sobre los que se trabajaba ofrecían algunos errores, porque ciertos aposentos delineados resultaban demasiado pequeños, los corredores de las plantas inferiores algo bajos y los maderamientos de las techumbres excesivamente delgados[41].

En las mismas fechas, el 2 de noviembre, este mismo visitador le había solicitado en el desempeño de idéntico trabajo en las casas de la Encomienda de Galizuela, aunque de nuevo no se llegaron a emprender las obras por falta de dinero[42].

En el caso de la Encomienda de Quintana de la Serena, es llamado para establecer su dictamen sobre las obras hechas por el maestro Juan Fernández. El 6 de noviembre de 1609 se presenta junto al maestro Diego Hernández, pronunciándose únicamente Gaspar López, quien redunda en el hecho de no haberse actuado según lo convenido en las condiciones[43]. Coincidiría además con idéntica obligación para las casas de encomienda de la Portugalesa, examinando en esta ocasión obras ejecutadas por el maestro campanariense Juan Gómez, y sentenciando de nuevo el incumplimiento de los trabajos conforme a lo concertado[44].

Como podemos observar, una parte importante de los numerosos encargos que acometían los maestros de la Orden estaban relacionados con la arquitectura comendataria, cosa lógica si tenemos en cuenta que la Orden estipulaba la presencia del Maestro Mayor en estos edificios estimados de vital importancia desde el punto de vista administrativo y económico.

Sin embargo también aparece relacionado con construcciones de tipo religioso. En 1608 es reclamado por el mismo visitador Sancho Bravo para confiarle la ejecución de nuevas trazas, condiciones y tasación de los trabajos que se precisaban para la reparación de la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Concepción de Higuera de la Serena. Se justiprecian en un principio en 254.000 maravedíes, precio que se acrecienta en 20.000 maravedíes tras ser revisada dicha tasación. Bajo este presupuesto se reciben las primeras posturas y remate en la persona del maestro cantero Diego Hernández, vecino de Zalamea de la Serena, y artífice importante en el ámbito comarcal[45]. De modo paralelo, en la parroquial de Valle de la Serena se ocupa de lo mismo, acompañado del maestro Diego Hernández, obras tasadas en 285.000 maravedíes[46].

También vuelve a aparecer relacionado con las obras que en su momento proyectara Juan de Orellana para la iglesia de la Asunción de Villanueva de la Serena, rematadas en Juan de Orellana “Mozo”[47]. En 1609 examina las obras desarrolladas por Juan de Orellana y Diego Martín en la iglesia parroquial de San Bartolomé de La Coronada, declarando que no se podían continuar conforme a las trazas elaboradas por ellos. De ese modo se plantearon nuevos diseños por Gaspar López y Juan de Orellana[48].

Ya hemos comentado como la actuación de estos constructores no se centró únicamente en edificios de relevancia, sino que en casos excepcionales se les vincula con entidades menores. Así ocurre en uno de los escasos ejemplos documentados hasta la fecha. Se trata de la ermita de Nuestra Señora de Lares en Galizuela, actualmente desaparecida, donde a principios del siglo XVII se le conferirá a Gaspar López la elaboración de trazas y condiciones para obras en un templo que amenazaba ruina. Pese a ello, no se ejecutaron por falta de dinero, permaneciendo en tal situación hasta el primer tercio del siglo XVII. En 1634 el visitador frey D. Diego de Sandoval Pacheco insiste en dar solución a estos inconvenientes, siguiendo las mismas condiciones e imponiendo como plazo de finalización de los trabajos cuatro meses[49].

Sucesor de Gaspar López en la Maestría de la Orden fue Francisco de Potes[50]. De este maestro carecemos de datos biográficos. En 1619 se le reclama por parte del visitador frey D. Alonso de Villarroel y Eván para reconocer las casas de encomienda de Galizuela, así como las trazas, condiciones y tasación que de las mismas elaboró en 1609 Gaspar López. Ese mismo año presentó las suyas propias, donde se hace constar que las casas se conservaban en un estado lamentable, por lo que se decide construir desde los cimientos muchas de sus partes. Ignoramos si las obras se llegaron a rematar bajo estas trazas y condiciones, aunque si se llevaron a cabo a lo largo de los años siguientes. En 1634, cuando visita este edificio frey D. Diego de Sandoval y Pacheco, la casa estaba finalizada, reparada la cerca y corral[51].

La misma labor, y en respuesta al mismo visitador, se le asigna para las casas de la Encomienda de la Portugalesa, presentando el 19 de noviembre de 1619 informe, trazas y tasación de los trabajos requeridos, valorados, según su entender, en 300 ducados[52].

Sobre este maestro esperamos hallar nuevas noticias.

Aunque no llegó a detentar la Maestría Mayor de la Orden, Juan de la Puente rivalizó por ella, por lo que hemos estimado oportuno añadirle a esta nómina, aparte de que fue un maestro considerado que detentó importantes cargos oficiales. En opinión de algunos autores su origen es transmerano[53], y su actividad se centró en gran medida en las Diócesis de Plasencia, de donde fue Maestro Mayor de las Obras del Obispado, así como las de Coria y Ciudad Rodrigo. En 1588 aparece como aspirante a la Maestría Mayor de la Orden de Alcántara, fecha en la que está avecindado en Badajoz, dando lugar a una campaña de descrédito hacia la figura de Juan Bravo, quien detentaba el cargo sin titulación oficial. Según pleito de 1591, por su curriculum sabemos que estuvo trabajando durante más de 20 años como Visitador de las Obras del Arzobispado de Burgos, y fue reclamada su presencia para las obras de El Escorial, donde estaría en contacto con Juan de Herrera y Antonio de Villacastín. Pese a todo, su solicitud de la Maestría Mayor no fue aceptada, lo que favoreció al propio Juan Bravo, a quien se le otorgaría el puesto de modo efectivo[54]. Pese a trabajar según los cánones góticos tradicionales, fue conocedor de lo clásico, incluso llegó manifestarse como gran defensor de las nuevas fórmulas «a lo romano» frente a las practicadas a «lo moderno»[55].

Con el mismo apellido se citan otros maestros como Antonio de la Puente y Pedro de la Puente[56].

Partiendo de estos precedentes, lo normal es pensar que cualquier intervención de este maestro en La Serena tuvo que ser substancial, como así fue, ya que alrededor de 1588 había ofrecido trazas y valoración referidas a las obras de un nuevo edificio parroquial en Villanueva de la Serena, presupuestadas en unos 20.000 ducados. Para la elección de un proyecto para el nuevo edificio parroquial competiría con figuras como Francisco García, arquitecto y Maestro Mayor de las Obras de las Iglesias más principales del Obispado de Plasencia, Juan de Orellana, Melchor Hernández Maturana o Duarte Muñoz Leytán, Maestro Mayor de las Obras del Partido de la Serena[57].

Los Maestros Mayores del Partido, del mismo modo dentro de la oficialidad de la Orden, trabajaban en un campo de actuación más reducido, aunque su labor fue importante, responsables de un sinnúmero de encargos dentro de la Provincia de la Serena y alrededores. Mencionemos por su importancia la familia Orellana, oriundos de Villanueva de la Serena, entre cuyos miembros se sucede tal titulación a largo cuando menos de tres generaciones. Citemos en primer lugar a Juan de Orellana, maestro cantero avecindado en Villanueva de la Serena. Nació en torno al año 1552, según declaraciones como testigo[58], y muere entre 1609-1611[59]. Según documento presentado por Muñoz Gallardo, aparece con la titulación de Maestro Mayor de las Obras del Obispado de Plasencia[60]. Será uno de los maestros más considerados en el ámbito territorial de la Orden de Alcántara en la segunda mitad del siglo XVI y principios del XVII y su producción se extiende tanto a obras de carácter civil y militar como religiosas[61]. En documento presentado por Navareño Mateos, en 1597 se le menciona como Maestro Mayor de las Obras de esta Provincia[62], lo que se confirma al año siguiente en obras de la casa de la Encomienda de Esparragosa de Lares[63], por lo que se puede pensar, a falta de otras noticias, que sustituyera en el cargo a Duarte Muñoz Leytán. Citemos algunas intervenciones que denotan su valía profesional.

En lo que se refiere a la arquitectura militar, se tienen noticias suyas referentes a la fortaleza de Magacela (1586) y la de Castilnovo (1597), todas ellas recogidas por el profesor Navareño Mateos[64].

Para 1588 sabemos que había ofrecido, junto a arquitectos de la talla de Francisco García, Melchor Hernández Maturana o el Maestro Mayor de las obras del Partido de la Serena Duarte Muñoz Leytán, trazas y condiciones acerca del nuevo templo parroquial que se pretendía construir en Villanueva de la Serena[65]. Las suyas fueron las aceptadas finalmente, según se declarará años después, y rematadas en la figura de su hijo Juan de Orellana “Mozo”[66].

En el mes de junio de 1589, como hemos visto, es solicitado junto a Juan Bravo para la ejecución de informe acerca de las necesidades constructivas en la casa de la Encomienda de Esparragosa de Lares, trabajo que se saca ante el administrador de la Provincia de la Serena al mes siguiente[67].

Junto con el maestro Francisco Alguacil, el 22 de Abril de 1594 se encarga de emitir información y tasación acerca del estado del monasterio y ermita de San Bartolomé de Villanueva de la Serena[68] y en 1596, acompañado del maestro cantero Diego Martín, justiprecia el valor de los reparos que eran aún necesarios en las obras en proceso de la iglesia de San Bartolomé de La Coronada, especialmente relacionadas con su nueva capilla mayor. En 1602 vuelven a ofrecer nuevo informe, con sus trazas, condiciones y tasación de la capilla mayor y resto del templo[69].

El 4 de noviembre de 1598, siendo Maestro de las Obras del Partido, junto a su hijo Fernando de Orellana y al maestro de carpintería Bartolomé González, establece trazas, condiciones y valora lo necesario en reparos en la casa de la encomienda de Esparragosa de Lares[70]. En 1601, junto a Juan Serrano, es otra vez solicitado para que realice tasación de los trabajos que hasta la fecha venían haciendo Diego Benítez y Diego Martín en el mismo edificio[71].

En julio de 1608 le hallamos en la parroquia de Santiago de Don Benito, donde estará hasta mediados del año siguiente con su cuadrilla, dirigiendo las obras que tiempo antes había dejado el maestro Garci Carrasco. Es muy probable que en esas fechas se hallase trabajando en la ciudad de Trujillo, ya que Martín Recio lo califica como aparejador de Trujillo, cuando sabemos que era natural y vecino de Villanueva de la Serena. En este templo comenzaría trabajos de cerramiento de la fachada principal[72].

De idéntica importancia es el papel que desempeña Juan de Orellana “Mozo”, maestro de cantería, e igualmente Maestro de las Obras del Partido de la Serena. Avecindado en Villanueva de la Serena, nace en 1583[73], siendo segura su muerte antes de 1650[74]. Fue hijo del mencionado Juan de Orellana y Elvira Rodríguez, hermano de Fernando de Orellana, maestro de cantería, y padre de Fernando de Orellana Benítez, quien heredaría el mismo título dentro de la Orden.

Su labor es considerable dentro de esta zona, confirmándose como uno de los maestros más relevantes e importantes a lo largo del primer tercio del siglo XVII. La falta de noticias concretas supone un problema en cuanto a la dificultad de distinguir las actuaciones del padre y del hijo. A los 28 años de edad era maestro de cantería, aunque aún no se le menciona con el cargo de Maestro de Obras del Partido[75]. En torno a los años 1613-1614 será el responsable de reformar la fachada y otros reparos en la casa de la Gobernación de Villanueva de la Serena, en tiempos del gobernador D. Felipe de Porres. Sigue sin aparecer con citado nombramiento[76].

Ya en 1619 se le alude con tal cargo por parte del visitador Alonso de Villarroel, coincidiendo con la elaboración de trazas y condiciones para una nueva sacristía en la parroquial de La Haba, obras finalmente rematadas en 400 ducados en los maestros Álvaro Pizarro y Diego Mellado, vecinos de Don Benito[77]. Al año siguiente construye la portada del cerco del santuario de los Remedios de Magacela, ultimándose las obras en 450 ducados[78].

Algo antes de 1626 existen noticias de su presencia en la parroquia de Esparragosa de la Serena, para la que ofrecería trazas y condiciones, especialmente para una nueva capilla mayor y sacristía, rematadas en el maestro cantero Gutiérrez de Herrera[79]. En 1626, junto a Juan Rubio, remite informe y tasación sobre las obras requeridas en las ermitas de San Miguel, La Magdalena de Villanueva de la Serena, y Nuestra Señora de la Antigua de La Haba.. Ellos mismos serían los encargados, en compañía de Diego Pajuelo, oficial de albañilería y cantería, y Diego Benítez, maestro carpintero, de la ejecución de los trabajos entre julio y agosto de ese mismo año, con el posterior informe sobre resultados[80].

El 12 de enero de 1630 ofrece postura para las obras pretendidas en las casas de la Encomienda de Quintana de la Serena, puja que partía del informe y tasación que el mismo presentara en 1626, considerando que lo estipulado por los maestros Francisco Martín y Antonio de Orellana resultaba escaso en cuanto al precio y conforme a la obra solicitada, por lo que el justo valor en su consideración sería de 10.000 reales, con los que se obligaba a ejecutar todos los trabajos[81].

Finalmente mencionaremos al más joven de los que ostentaron el cargo, Fernando de Orellana Benítez, maestro de cantería de Villanueva de la Serena.. Sobre su filiación no existe duda alguna, ya que hay datos donde aparece de manera claramente especificada que es hijo del anterior, Juan de Orellana, y de Ana Benítez (hija a su vez del maestro de carpintería Diego Benítez)[82], sucediendo a su padre en el cargo de Maestro de las Obras de arquitectura del Partido de la Serena.. En 1650 detentaba además el cargo de Tesorero del papel sellado y Regidor perpetuo de Villanueva de la Serena[83]. Nace en torno a 1610, lo que se deduce al declarar en 1650 que era de edad aproximada de cuarenta años[84].

Sus intervenciones son abundantes y constatadas. Primeramente citaremos un importante compromiso que nos aclara su valía y fama. En 1633 se responsabiliza de la preparación de las trazas y condiciones iniciales para la torre parroquial de Villanueva de la Serena, en quien se rematarían las obras en 1634 junto a otros maestros dirigidos por Juan Vizcaíno de Usavel[85]. Con el mismo prestigio, ese mismo año se ocupa de la elaboración de trazas, condiciones y valoración de las obras precisas en la casa o Palacio Prioral junto al santuario de Nuestra Señora de los Remedios de Magacela, tasándolas en 960 reales. Se rematarán en el maestro de obras Martín Moreno[86]. Y de nuevo ese año redacta informe y tasación sobre las obras de la ermita de Santa Catalina de La Haba[87].

En marzo de 1650 expone ante el Vicario del prior de Magacela frey D. Fernando Aponte y Zúñiga examen y tasación de las obras requeridas en la casa de la Gobernación de Villanueva de la Serena[88], y el 12 de abril de 1652, como Maestro Mayor de las obras del Partido de la Serena, el prior de Magacela frey D. Agustín Velázquez de Tineo, le reclama para informar sobre el estado de la parroquia de Santa Ana de Magacela[89].

Estas han sido algunas de las aportaciones y datos referentes al elenco de artistas que trabajaron en el seno de la Orden, ostentando el cargo de Maestro Mayor de la Orden o bien del Partido de la Serena, una de las dos zonas en posesión de los alcantarinos en Extremadura. Expuestas cada una de las referencias como simples enunciados, creemos sin embargo que son suficientes para darnos una idea acerca del papel que estos maestros desempeñaron en los territorios bajo su jurisdicción en relación con el desarrollo de la edilicia a lo largo de los siglos XVI y XVII.


NOTAS:

[1] CAMÓN AZNAR, José, «La arquitectura del Renacimiento en España», Revista Cruz y Raya, XIII, nos 37-39, 1975, p. 208.

[2] BARRIO LOZA, José Ángel y MOYA VALGAÑÓN, José G., «El modo vasco de producción arquitectónica en los Siglos XVI-XVIII», Kobie, n° 10, II, Bilbao, 1980, p. 290.

[3] SOLÍS RODRÍGUEZ, Carmelo, «Escultura y pintura del siglo XVI», Historia de la Baja Extremadura, II, Real Academia de Extremadura, Badajoz, 1986, p. 573; RODRÍGUEZ AVILA, Ana Isabel, «Nivel socio-cultural de los primeros conquistadores y pobladores extremeños», XIX Coloquios históricos de Extremadura, Trujillo, 1994, p. 317.

[4] ANDRÉS ORDAX, Salvador, «La presencia italiana y eco humanista en el arte de Extremadura», Revista de Estudios Extremeños, LII, II, Badajoz, 1996, pp. 531 y ss.

[5] RODRÍGUEZ AVILA, Ana Isabel, Op. cit., , p. 316.

[6] SÁNCHEZ LOMBA, Francisco Manuel y GARCÍA ARRANZ, José Julio,«Sobre la introducción del Renacimiento en Extremadura: algunas observaciones»,IX Congreso Nacional de Historia del Arte. El arte español en épocas de transición, Universidad de León, 1994, p. 417.

[7] SÁNCHEZ LOMBA, Francisco Manuel, Iglesias caurienses del Milquinientos, Institución Cultural “El Brocense”-Diputación Provincial de Cáceres, Salamanca, 1994, p. 61.

[8] NAVAREÑO MATEOS, Antonio y SÁNCHEZ LOMBA, Francisco M., «Vizcaínos, trasmeranos y otros artistas norteños en la Extremadura del siglo XVI»,Norba-Arte, IX, Cáceres, 1989, pp. 7-14; SÁNCHEZ LOMBA, Francisco Manuel, Iglesias caurienses…, op. cit., pp. 62-114.

[9] Archivo Histórico Nacional, Secc. Órdenes Militares, Consejo -A.H.N. (OO.MM., Consejo)-, leg. 1.429, «Visita de frey D. Diego de Vera y Alburquerque a la encomienda de Esparragosa de Lares, 1674», s.f.

[10] BARRIO LOZA, José Ángel y MOYA VALGAÑÓN, José G., Op. cit., p. 308.

[11] Durante la época moderna se recurría para proyectar esta jerarquización a los textos de la Antigüedad o a los tratadistas del renacimiento italiano.

[12] LEÓN TELLO, Francisco José y SANZ SANZ, Mª Virginia, Estética y Teoría de la Arquitectura en los Tratados españoles del siglo XVIII, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1994, p. 467.

[13] MARIÑO, Beatriz, «La imagen del arquitecto en la Edad Media: historia de un ascenso», Espacio, Tiempo y Forma, Serie VII, Historia del Arte, t. 13, 2000, p.13.

[14] SÁNCHEZ LOMBA, Francisco Manuel, «Algunas observaciones sobre maestros mayores de la Orden de Alcántara», Actas del Simposio El Arte y las Órdenes Militares, Cáceres, 1985, pp. 276-277.

[15] Lo mismo que se establecía en las Ordenanzas de Granada sobre los maestros municipales, a estos maestros creemos que se les exigía temor a Dios y al Rey; ser leales, mansos y de buenas palabras; saber de Geometría; hacer engenios y otras sutilezas, y tener conocimientos para juzgar los pleitos.LAMPÉREZ Y ROMEA, Vicente, Arquitectura civil española de los siglos I al XVIII, t. II, Ed. Giner, Madrid, 1993, p. 38.

[16] SÁNCHEZ LOMBA, Francisco Manuel, «Algunas observaciones…», op. cit., p. 278.

[17]A.H.N. (OO.MM., Consejo), leg. 1.429, «Encomienda de Cabeza del Buey, siglo XVII», s.f.

[18] Archivo Histórico Nacional, Secc. Órdenes Militares, Archivo Judicial de Toledo -A.H.N. (OO.MM, J.)-, pleito 30.725, «Auttos sobre la revista de la obra de la encomienda de la villa de Quintana», s.f.

[19] Ibidem.

[20] A.H.N. (OO.MM., Consejo), leg. 1.429.

[21] A. H. N. (OO.MM., Consejo), leg. 4.428. «Descripciones de la Encomienda de Portugalesa con la visita grâl. que de ellas hizo en el año de 1619», f. 23.

[22] SÁNCHEZ LOMBA, Francisco Manuel, «Algunas observaciones…», op. cit., p. 277.

[23] Aunque existen otras obras con referencias puntuales, entre los trabajos de mayor interés donde puede consultarse la actividad de estos Maestros Mayores de la Orden podemos seleccionar NAVAREÑO MATEOS, Antonio, Arquitectura militar de la Orden de Alcántara en Extremadura, Editora Regional de Extremadura, Salamanca, 1987; Aportaciones a la historia de la arquitectura en Extremadura. Repertorio de artistas y léxico de alarifes, Cáceres, 1988; «El castillo de Peñafiel. Zarza la Mayor (Cáceres), I Simposio sobre castillos de la Raya entre Portugal y España, Asociación Española de Amigos de los Castillos, Madrid, 1984; «Las casas de la Encomienda de Zarza la Mayor, de la Orden Militar de Alcántara», Norba-Arte, V, Cáceres, 1984, pp. 79-96; y SÁNCHEZ LOMBA, Francisco Manuel, «Vizcaínos, trasmeranos…», op. cit.; SÁNCHEZ LOMBA, Francisco Manuel, Iglesias caurienses…, op. cit., 1994; «Algunas observaciones…», op. cit., 1985; BUENO ROCHA, José, «Consideraciones en torno al arquitecto Pedro de Ibarra y su obra en la Diócesis de Coria», V Congreso de Estudios Extremeños, Ponencia IV, Arte, Instituto Cultural “Pedro de Valencia”, Badajoz, 1976.

[24] SÁNCHEZ LOMBA, Francisco Manuel, «La Casa de la Encomienda Mayor de Brozas: dibujos y documentos de Juan Bravo», Memorias de la Real Academia de Extremadura de las Letras y las Artes, T. I, Trujillo, 1983, pp. 357-378; «Arquitectura del Renacimiento en Extremadura», Norba-Arte, VIII, Salamanca, 1988, p. 82; «Algunas observaciones…», op. cit., p. 284; ; NAVAREÑO MATEOS, A., Aportaciones a la historia de la Arquitectura en Extremadura. Repertorio de artistas y léxico de alarifes, Cáceres, 1988, p. 22.

[25] ANDRÉS ORDAX, Salvador, «El castillo de la Encomienda de Piedrabuena (Badajoz), de la Orden de Alcántara», I Simposio sobre castillos de la Raya entre Portugal y España, Asociación Española de Amigos de los Castillos, Madrid, 1984, p.18; NAVAREÑO MATEOS, A., Aportaciones…, op. cit., pp. 22-26.

[26] SÁNCHEZ LOMBA, Francisco Manuel, «Algunas observaciones…», op. cit., pp. 278-279, 282, 284.

[27] NAVAREÑO MATEOS, A., Arquitectura militar…, op. cit., pp. 143-148, 180-181, 189, 220-223, 275-276; Aportaciones…, op. cit., pp. 24-25; BUENO ROCHA, José, Op. cit., p. 65; SÁNCHEZ LOMBA, Francisco Manuel, Iglesias caurienses…, op. cit., p. 77; «La Casa de la Encomienda Mayor…»,op. cit., pp. 357-378; «Algunas observaciones…», op. cit., p. 284.

[28] PULIDO Y PULIDO, Tomás, Datos para la historia artística cacereña. Repertorio de artistas, Institución Cultural “El Brocense”, Diputación Provincial de Cáceres, 1980, pp. 97-98.

[29] SÁNCHEZ LOMBA, Francisco Manuel, «La Casa de la Encomienda Mayor…», op. cit., p. 360.
Idem., Iglesias caurienses …, op. cit., pp. 64 y 77.

[30] A.H.N. (OO.MM., J.), pleito 26.619, «Obras y reparos de la encomienda de Esparragosa de Lares», 4r y ss.

[31] Ibidem. «Los recaudos tocantes a la obra de las casas de la encomienda de Esparragosa de Lares que se remato en Diego Benítez, vzn° de Villanueva de la Serena en 16.690 rls.», s.f.

[32] Con esta titulación aparece en A.H.N. (OO.MM., Consejo), leg. 1.429.

[33] Sobre la actividad de Gaspar López, véase ANDRÉS ORDAX, Salvador, Op. cit., pp.17-18; NAVAREÑO MATEOS, Antonio, «El castillo de Peñafiel…», op. cit., pp.125-133; Idem., Aportaciones…, op. cit., pp. 41-42.

[34] VICIOSO CORRALIZA, José, «El Palacio. Villanueva de la Serena», Revista de Estudios Extremeños, XXXIX, III, 1983, p. 467.

[35] SÁNCHEZ LOMBA, Francisco Manuel, Iglesias caurienses…, op. cit., p. 92; SÁNCHEZ LOMBA, Francisco Manuel y NAVAREÑO MATEOS, Antonio, «La parroquia de San Mateo de Cáceres», Norba-Arte, X, 1990, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura, Departamento de Historia del Arte, 1990, pp. 75 y ss.

[36] PULIDO Y PULIDO, Tomás, Op. cit., pp. 271, 273-274. La falta de datos con las que cuenta le hacen suponer un maestro de poca consideración, lo cual no fue así. Incluso cree encontrar en López portogues, maestro de obras que se concierta para la reedificación de la cerca de la heredad de Valtravieso, a Gaspar López, lo que daría más aplauso a su opinión sobre el fundamento de este maestro.

[37] SÁNCHEZ LOMBA, Francisco Manuel, «Algunas observaciones…», op. cit., p. 284.

[38] NAVAREÑO MATEOS, Antonio, Arquitectura militar …, op. cit., pp. 266-269; Aportaciones…, op. cit., p. 42.

[39] Ibidem, p. 329;Ibidem, p. 42.

[40] MARTÍN NIETO, D. A. y DÍAZ DÍAZ, B., La Coronada: Iglesia y Ermitas de una posesión de la Orden de Alcántara, Cáceres, 2000, p. 152.

[41] A.H.N. (OO.MM., Consejo), leg. 1.429.

[42]Ibidem.

[43] A.H.N. (OO.MM, J.), pleito 30.725, s.f.

[44] A. H. N. (OO.MM., Consejo), leg. 4.428, f. 23.

[45] A.H.N. (OO.MM, J.), pleito 30.725, ff. 5 y ss.

[46] Ibidem.

[47] MUÑOZ GALLARDO, Juan Antonio, Apuntes para la historia de Villanueva de la Serena y de sus hijos ilustres, Villanueva de la Serena, 1936, p. 121.

[48] ARCOS FRANCO, José María, «La iglesia de San Bartolomé de La Coronada (Badajoz): aproximación a su proceso constructivo», Norba-Arte, XVIII-XIX, Cáceres, 1998-1999, pp. 118-121.

[49] Idem., Santuarios, ermitas y capillas de la Comarca de la Serena (Badajoz), Tesina de Licenciatura inédita, p. 247.

[50] A.H.N. (OO.MM., Consejo), leg. 1.429.

[51] Ibidem.

[52] A. H. N. (OO.MM., Consejo), leg. 4.428.

[53] SOJO Y LOMBA, F., Los maestros canteros de Trasmiera, Madrid, 1935. Citado por NAVAREÑO MATEOS, Antonio y SÁNCHEZ LOMBA, Francisco M., «Vizcaínos, trasmeranos…», op. cit., p.11.

[54] SÁNCHEZ LOMBA, Francisco Manuel «Algunas observaciones…», op. cit., pp. 278-279.

[55] Idem., Iglesias caurienses…, op. cit., p. 63 y 104.

[56] NAVAREÑO MATEOS, Antonio y SÁNCHEZ LOMBA, Francisco M., «Vizcaínos, trasmeranos…», op. cit., p.11. Acerca del maestro Pedro de la Puente Mortecillo, vecino de Salamanca, en monasterios salmantinos vid. etiam, PINILLA GONZÁLEZ, Jaime, El arte en los monasterios y conventos despoblados de la provincia de Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 1978, pp. 24, 32, 40, 154, 208.

[57] A.H.N. (OO.MM., J.), pleito 33.148, «Información sobre levantar nueva iglesia parroquial, 1588-1589», s.f.

[58] Según interrogatorio efectuado en 1589, declara ser de edad de 37 años. Ibidem, f. 4.

[59] MARTÍN NIETO, D. A. y DÍAZ DÍAZ, B., Op. cit., p. 157.

[60] MUÑOZ GALLARDO, Juan Antonio, Op. cit., p. 121.

[61] NAVAREÑO MATEOS, A., Arquitectura militar…, op. cit., pp. 316-317, 327-329; Aportaciones..., op. cit., pp. 49-50; ARCOS FRANCO, José Mª., «La iglesia de San Bartolomé…», op. cit., pp. 114-121; MARTÍN NIETO, D. A. y DÍAZ DÍAZ, B., Op. cit., pp. 157-158; MUÑOZ GALLARDO, J.uan Antonio, Op. cit., p. 121.

[62] NAVAREÑO MATEOS, Antonio, Aportaciones..., op. cit., pp. 49-50.

[63] A.H.N. (OO.MM., J.), pleito 26.619, s.f.

[64] NAVAREÑO MATEOS, Antonio, Arquitectura militar…, op. cit., pp. 316-317, 327-329; Aportaciones…, op. cit, p. 50.

[65] A.H.N. (OO.MM., J.), pleito 33.148, «Información sobre levantar nueva iglesia parroquial, 1588-1589», ff. 6 y ss.

[66] MUÑOZ GALLARDO, Juan Antonio, Op. cit., p. 121.

[67] A.H.N. (OO.MM., J.), pleito 26.619, ff. 3r.-4.

[68] ARCOS FRANCO, José María, Santuarios…, op. cit., p. 376.

[69] ARCOS FRANCO, José María, «La iglesia…», op. cit., pp. 114-119.

[70] A.H.N. (OO.MM., J.), pleito 26.619, s.f.

[71] A.H.N. (OO.MM., Consejo), leg. 1.429, s.f..

[72] MARTÍN RECIO, Delfín, Santiago: una parroquia con historia, Edición del autor, 1998, pp. 52 y 59.

[73] MARTÍN NIETO, D. A. y DÍAZ DÍAZ, B., Op. cit., p. 158.

[74] Así lo certifica su hijo Fernando de Orellana. A.H.N. (OO.MM., J.), pleito 32.555, «Reparos en las casa de la gobernación de Villanueva de la Serena, 1650-1651», f.9.

[75] MARTÍN NIETO, D. A. y DÍAZ DÍAZ, B., Op. cit., p. 158. Citan un pleito entablado con María González, por faltar éste a la promesa de matrimonio.

[76] A.H.N. OO.MM., J., pleito 32.555, ff. 5v° y ss.

[77] A.D.BA. Sección Visitas Generales. Visita de frey D. Diego Sandoval y Pacheco, 1634-1635. «Visita a la parroquia de La Haba en 1634», lib. IV, ff. 311v° y ss.

[78] ARCOS FRANCO, José María, Santuarios…, op. cit., pp. 328-329.

[79] A.H.N. (OO.MM., J.), pleito 30.175, «Pleito de Gutiérrez de Herrera con la iglesia de Esparragosa de la Serena, 1626», ff. 3 y ss.

[80] ARCOS FRANCO, José María, Santuarios…, op. cit., pp. 292-293, 386, 391.

[81] A.H.N. (OO.MM, J.), pleito 30.573, «Reparos en las casas de la Encomienda de Quintana de la Serena, 1629», s.f.

[82] MARTÍN NIETO, D. A. y DÍAZ DÍAZ, B., Op. cit., p. 158.

[83] A.H.N. (OO.MM., J.), pleito 32.555, f. 9.

[84] Ibidem. Deberemos precisar no obstante que años después, en 1652, cuanto testifica en relación con las obras de la parroquia de Santa Ana de Magacela, también declara tener la misma edad, por lo que debemos contar con cierto margen que se puede considerar, años 1610-1612.

[85] SÁNCHEZ LOMBA, Francisco Manuel, «Notas sobre arquitectura extremeña del siglo XVII: los artífices de la torre parroquial de Villanueva de la Serena»,Norba-Arte, VI, Cáceres, 1983, p. 285.

[86] ARCOS FRANCO, José María, Santuarios…, op. cit., pp. 329 y ss.

[87] Ibidem, p. 305.

[88] A.H.N. OO.MM., J., pleito 32.555, ff. 7-8.

[89] A.H.N. (OO.MM., J.), pleito 32.534, «Pleito con los interesados en los Diezmos de la dha. villa sobre que se de lo necesario para la fabrica, reparos y ornamentos de que necesita la dha. Yglesia, 1655»., s.f.

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