Oct 012000
 

José Miguel Prado.

El pacense Enrique Díez-Canedo, intelectual, poeta y crítico literario eminente, tuvo una estrecha relación con el gran poeta León Felipe. No se trata de una amistad de infancia y juventud como la que éste cultivó con José del Río Sainz o con Gerardo Diego. Enrique Díez-Canedo nació en Badajoz el 7 de enero de 1979 y, aunque pronto su familia comenzó a recorrer otros caminos, debido a que su padre pertenecía al Cuerpo Técnico de Aduanas, tardó en cruzarse con León Felipe. Éste, que oficialmente se llamó Felipe Camino Galicia, nació cinco años más tarde, el 11 de abril de 1884 en Tábara, en la provincia de Zamora, y también conoció en su infancia los traslados de su padre, notario, con su familia. El encuentro entre ambos se produjo bastantes años más tarde en Madrid y fue decisivo, especialmente para León Felipe puesto que supuso su reconocimiento definitivo como poeta. Para Díez-Canedo el descubrimiento del poeta añade mérito a su nutrida labor de crítico literario agudísimo, objetivo, cabal y generoso que supo apreciar la calidad literaria y humana por encima de las modas, conveniencias y otras razones ajenas al arte. La estimación y el aprecio mutuos como creadores y como hombres duró toda la vida y más, como recordaremos en el caso de León Felipe, que le sobrevivió.

Crucial para la vida y la obra de ambos –y de tantos otros– serán la Guerra Civil y el exilio en México, donde volvieron a coincidir. En este periodo y en aquel primer encuentro en Madrid se centra este trabajo.

En 1919 Enrique Díez-Canedo, además de haber publicado al menos tres poemarios posmodernistas, llevaba varios años forjándose un nombre como crítico literario, especialmente de teatro, en periódicos madrileños[1]. Llevaba aún más tiempo frecuentando y siendo oído en ellos los lugares donde se reunían los intelectuales y literatos en la capital, desde el Ateneo y el Centro de Estudios Históricos a numerosas tertulias. En cambio, León Felipe sólo había saboreado el fracaso. Había perdido sus negocios farmacéuticos en Santander, recorrido la Península como actor en compañías ambulantes, condenado a largos meses de cárcel por desfalco, abandonado una nueva farmacia en Balmaseda por seguir a una muchacha con la que tuvo amores en Barcelona, vivido una bohemia miserable con un solo traje en Madrid y, tal vez lo que más le doliera, sufrido el silencio del admirado Juan Ramón Jiménez por toda respuesta a los versos que él le había confiado para conocer su opinión. Desalentado y enfermo en el verano de 1919 se va como regente de farmacia a un pueblo de la Alcarria, Almonacid de Zorita. Allí, con 35 años, como idealista aspirante a caballero andante de la poesía –en ella gritará más adelante Justicia– vela sus armas, escribe nuevos versos y busca un nuevo nombre. El boticario Felipe Camino G. de la Rosa necesita que alguien le de el espaldarazo para convertirse en el poeta León Felipe. Ese alguien será Enrique Díez-Canedo, al que él llamará recordándolo cariñosa y respetuosamente «don Enrique». Veamos cómo sucedió.

Uno de sus amigos, el escultor Emilio de Madariaga, convencido de la valía de lo que le mostraba el boticario decidió llevarle aquellos versos a Díez-Canedo. Considerando que había pasado un tiempo prudencial y no le decía nada de la obra de su amigo fue a preguntarle, pero el crítico había olvidado el manuscrito en su mesa de redacción de la revista España entre tantas cosas que materialmente no tenía tiempo de atender. Al requerimiento de Madariaga los leyó sin dilación y se maravilló. Así lo rememoraba el propio Díez-Canedo: «y mis compañeros de España recordarán como yo que, convocando a cuantos había en la casa, les hice inmediatamente partícipes del descubrimiento, y la revista se honró publicando enseguida una selección»[2].

Pero no quedó ahí la cosa. Unos meses más tarde, en el invierno de 1920, según precisa Gerardo Diego[3], leyó sus poemas en el Ateneo de Madrid –casualmente situado en la misma calle del Prado donde tenía su sede la revista España– con bastante éxito incluso entre algunos jóvenes vanguardistas como el propio Diego. Eso sí, en las palabras que precedieron a la lectura, que poco después servirían de prólogo a su primer libro, dejaba bien clara su voluntad de situarse tan lejos de los ultraístas como de los posmodernistas, cosa insólita en aquel edificio más acostumbrado a las modas, incluso en la poesía.

Inmediatamente, con el concurso económico de los amigos, se publicaron aquellos poemas con el título de Versos y oraciones de caminante. Entre los entusiastas colaboradores se contaban desde un tabernero de la calle Torrijos hasta miembros de la tertulia «la Vicaría» del café Universal, que pagaron a escote, y el propio Diez-Canedo. Además él «en El Sol y Rivas Cherif en La Pluma dieron el espaldarazo al nuevo poeta contribuyendo de una manera decisiva al éxito del libro»[4].

León Felipe como buen caballero andante de la poesía nunca olvidó que el crítico pacense le había dado el espaldarazo definitivo. Prueba de ello es la página y media de sinceridad y emoción conmovedoras con que él contribuyó al homenaje que le rindió la revista Litoral tras su muerte y que significativamente tituló:

ENCUENTRO

Yo llegué al templo nacional de la Poesía española cuando se apedreaba en las calles a los últimos sacerdotes simbolistas. Llegué tarde, cansado y por unos extraños atajos pedregosos. No sé si será útil contar esto algún día. Útil para el archivo de los poetas descarriados y malditos.

No entré por la puerta tradicional. En realidad, por entonces, 1918-20, comenzaban a derrumbarse todas las puertas y a abrirse grandes boquetes en las viejas paredes sagradas, por donde se colaban en cuadrilla los jóvenes poetas revolucionarios. Tampoco entré por estos boquetes. Llegué en un mal momento. Cuando la pelea era más encarnizada. Y creo que piedras de los dos bandos me alcanzaron a mí en la frente. Yo no venía a defender a nadie ni pertenecía a ninguna cofradía. Por entonces no tenía ningún credo. Ni político ni religioso. Pero hablaba con un dolorido acento castellano de derrota que luego he visto era más universal que castellano. Quiero decir que la derrota era menos nacional, menos doméstica y menos individual de lo que yo sentía. Se acababa de firmar el Tratado de Versalles y alguien había ganado una victoria. Pero el Hombre se sentía derrotado. Contra la deshumanización naciente yo traía una vaga humanización colectiva. Sin embargo, no tenía credo político tampoco. En realidad, yo no era más que un vagabundo sin casa y sin escuela, que andaba perdido por los cafés y por las calles de Madrid.

Un día me recogió Enrique Díez-Canedo como se recoge a un mendigo y me llevó de la mano a la revista España, donde me presentó a sus amigos y más tarde a los amantes de la Poesía de la Península y de Hispanoamérica. Su voz ya tenía crédito y autoridad entre los mejores. Por esta puerta entré. Por esta puerta que construyeron los epígonos del 98 y que después se ha derrumbado también.

El hombre que me la abrió acaba de morir. Era un español pacífico y armónico, de voz tranquila y firme, que ordenó la Poesía de un mundo que se ha cerrado ya. Supo dirigir, clasificar, animar, censurar y purificar las voces mejores que cantaron a su lado. Y él mismo tomó parte en el coro con muy buena entonación y gran sabiduría. Conocía el compás de las grandes escuelas tradicionales. En arte, como en política, fue un espíritu liberal. No revolucionario. Y cuando la canción, enloquecida, reventó en la garganta de algunos poetas para ganarle espacio a las murallas de la sombra, él no siguió por este lado la aventura. Su destino estaba circunscrito a otros límites y dimensiones. Pero en su mundo y defendiendo los principios de su mundo, fue el hombre más honrado y más valiente que he conocido.

León Felipe[5]

Como buen caballero andante, no quiso León Felipe dormirse en los primeros laureles: estaba obligado a recorrer el mundo en busca de nuevas aventuras poéticas. Contra la opinión de casi todos los que le querían bien se fue a la Guinea Española como administrador de hospitales. Después, pasando por México, a Nueva York donde se casó e impartió clases en las Universidades de Columbia y de Cornell. Vuelve a España. Luego llega a la Universidad de Panamá, pero con las primeras noticias de la Guerra Civil regresa a Madrid en septiembre de 1936 para ponerse al lado de la República. Algo semejante hizo Díez-Canedo. Desde 1927, con algún paréntesis, recorre América: Chile, Brasil, Uruguay, Argentina, Ecuador, Panamá, Puerto Rico… dando conferencias y enseñando en Universidades. A él la Guerra Civil le sorprendió como embajador de España en Argentina y, al conocer como iban las cosas para la República Española que le había nombrado, decidió renunciar a su cargo y volver a su país en febrero de 1937. En palabras de Max Aub «No podía –fiel– obrar de otra manera. El hombre, si es libre, escoge perpetuamente lo que la libertad le dicta. Salvándose, no se puso a salvo.

-¿A qué vino?- les preguntaban en Barcelona.
– A hacer bulto- contestaba»[6].

Cuando, a finales de 1936, el gobierno de la República aconseja el traslado de intelectuales y artistas de Madrid a Valencia León Felipe se resigna, sintiéndose enfermo, a abandonar la capital asediada. La convivencia de tantos escritores hace que surjan revistas como Hora de España. El nombre de León Felipe aparece en el consejo de colaboración de ésta desde el primer número hasta el último, tenemos noticias de una conferencia suya en el número II, febrero de 1937, y publicó un fragmento de La insignia en el número V, mayo de 1937, los ensayos Universalidad y exaltación en el número VI, junio de 1937, y El mundo de los pintores (En una exposición de Souto) en el número XIV, febrero de 1938. En la misma revista publicó Díez-Canedo los poemas titulados «Capacidad de olvido», «La palabra», «Línea recta» y «Certidumbre» en el número XIII, enero de 1938, y el ensayo Panorama del Teatro Español desde 1914 hasta 1936, en el número XVI, abril de 1938. Además Canedo dirigía allí, en Valencia, la revista Madrid, subtitulada Cuadernos de la Casa de la Cultura, de la que habían salido dos números en octubre de 1937. No está fuera de lugar aquí la conclusión que de esto saca su biógrafo: «De lo anteriormente dicho deducimos que Díez-Canedo fue uno de los intelectuales trasladados a Valencia»[7]. Nosotros (a pesar de que éste fue siempre republicano liberal y León Felipe en aquel momento iba simpatizando con los anarquistas) podríamos aventurar que no es descabellado que los antiguos amigos se vieran de cuando en cuando en aquellas circunstancias, lamentables, pero elegidas por ambos.

El día de la Hispanidad de 1938 Díez-Canedo llega a México con su esposa María Teresa y su hija María Luisa, acogido por la Universidad y la Casa de España –luego Colegio de México– siguiendo una iniciativa del gobierno de aquel país a la vista del próximo desenlace de la guerra de España. Después llegarían los otros hijos, María Teresa y Enrique y, finalmente, Joaquín. El hecho de haber llegado antes le facilitó las cosas y así pudo ayudar a muchos compatriotas que sufrían penalidades cuando llegaron numerosos en el barco Sinaia en junio de 1939 desde los campos de concentración franceses. Por otro camino llegó también al exilio mexicano León Felipe en 1939, tras fugaz paso por Francia y Cuba. Él contaba con la ventaja de llegar al país de su mujer, Berta Gamboa, en el que ya habían vivido otras temporadas. Por entonces León Felipe administraba fondos de un grupo de escritores norteamericanos para ayudar a los refugiados españoles. Ambos escritores impulsan revistas literarias en las que publican muchos de los exiliados españoles y otros escritores mexicanos. Como se ve, se van adaptando a la nueva situación e integrando los cambios en sus vidas y en sus obras. Tampoco ahora tenemos constancia explícita de los lógicos y esperables encuentros entre ellos pero, como veremos enseguida, sabemos que no cortaron su relación.

Parece que en México la salud de Díez-Canedo se iba quebrantando progresivamente y los médicos le aconsejaron trasladarse a Cuernavaca por ser más saludable para su enfermedad cardíaca. Allí vivió, echando de menos la capital con su ambiente cultural y sus tertulias, y murió, repentinamente, el 6 de junio de 1944. León Felipe está en la nómina de los asistentes a las honras fúnebres que recoge Fernández Gutiérrez[8] y debió también estar presente en otros actos que se celebraron en su memoria, como el del día 16 de agosto, que contó con intervenciones de autoridades mexicanas y escritores y miembros de diversas asociaciones de mexicanos y españoles (entre ellas la de «don Pedro Carrasco, Director del Observatorio Astronómico de Madrid y presidente en México de la Casa de Extremadura, [que] habló en nombre de ésta, haciendo un caluroso elogio de las cualidades que como extremeño poseía Diez-Canedo»[9]). El hecho es que León Felipe sintió su muerte profunda y sinceramente, como muestra el recuerdo agradecido publicado en su homenaje en el Litoral de agosto que hemos transcrito más arriba.

La casa de María Luisa Díez-Canedo y Francisco Giner de los Ríos en México D. F. siguió recibiendo los domingos las visitas del viejo poeta al que los niños, nietos de don Enrique, llamaban «Leonfelipito» trepándosele por las barbas. Así lo cuenta el propio Francisco Giner de los Ríos en el número especial de la revistaLitoral homenaje a León Felipe. A continuación facilita un texto autógrafo de León, inédito hasta entonces, que la ternura que sentía por los niños le dictó como regalo en el undécimo cumpleaños de la pequeña María Luisa, en agosto de 1955, en el que le habla de las rubias trenzas de Isolda[10]. Queda, pues, patente la amistad con toda la familia.

Por otro lado, el dolor por la pérdida del amigo no fue sólo instantáneo. Buena prueba de ello es que en 1965 dedicó a su memoria ¡Oh, este viejo y roto violín!con las siguientes palabras:

A LA MEMORIA

de ENRIQUE DÍEZ-CANEDO, él mismo muy buen poeta. Hombre valiente y generoso que hace ahora cincuenta años me abrió la puerta de la poesía española y me dijo unas palabras que no he olvidado nunca.

Su fiel amigo que le quiso siempre

LEÓN FELIPE[11]

Hacía ya mucho tiempo para poner esto por cumplir, ni por quedar bien con nadie, al frente de un libro de poemas que veía la luz tras un silencio de ocho años sin publicar su autor. Además, cuando, inmerso en la vida con ruidos de copas, platos y coches de fondo, un León Felipe con más de ochenta años recita animoso en el Ateneo Español de México su largo poema «La gran aventura», lo hace tras decir esta dedicatoria y rogar un minuto de silencio por el amigo, tal y como está recogido en una grabación magnetofónica.

Debe añadirse que el poeta deseaba que este libro fuera publicado por el hijo de don Enrique, Joaquín Díez-Canedo, «(Joaquín, tan caballero y desprendido como su padre)»[12], pero un cambio de última hora hizo que se publicara en el Fondo de Cultura Económica. Finalmente, hay que reflejar aquí también que entre los primeros de los muchos nombres en letanía a los que el sujeto lírico de «El zurrón de las piedras» les debe una elegía, que ya no escribirá, está el de Enrique Díez-Canedo:

Piedras de cementerio…
Piedras recogidas
en las sepulturas de los grandes españoles
desterrados y enterrados en el destierro…
Piedras elegíacas…
¡Oh, Moreno Villa, te debo una elegía!
Y a vosotros también, amigos ilustres:
Altamira,
Canedo,[…][13]

Por todo lo expuesto puede bien puede afirmarse que León Felipe mostró fidelidad en su relación con Enrique Díez-Canedo. El aspirante a caballero andante de las letras necesitaba un hombre magnánimo curtido en esas aventuras, que se engrandeciera aún más por el acto de armarle caballero. Se habían encontrado en el Madrid de 1929 y nunca lo olvidarían. Así lo exige el código de la caballería, uno de cuyos principios es la lealtad. Fue precisamente esa lealtad junto con la generosidad y sentido quijotesco de la justicia compartido por ambos, su humanidad en definitiva, lo que los reunió en momentos esenciales para la vida de ambos con una fuerza que, más que azar, parece destino. Por eso termino recordando este pórtico de León Felipe al Libro 1 de su obra Ganarás la luz[14], titulado precisamente

BIOGRAFÍA, POESÍA Y DESTINO
La poesía se apoya en la biografía. Es biografía hasta que se hace destino y entra a formar parte de la gran canción del destino del hombre.


NOTAS:

[1] Primero en el diario El Globo desde 1908, entre 1915 y 1924 en el semanario España, luego en los diarios El Sol (hasta 1933) y La Voz (1934 a 1936) según José María Martínez Cachero en la parte que dedica al S. XX la Historia de la literatura española, León, Everest, 1995, tomo III, p. 618.

[2] Díez-Canedo, Enrique, «un poeta español trashumante: León Felipe», La Nación de Buenos Aires, 25-V-1930. Recogido por José María Fernández Gutiérrez en Díez-Canedo, Enrique, Antología de artículos, Badajoz, Diputación Provincial, 1993, p. 324.

[3] Precisión que, asegurando que fue a finales de febrero o principios de marzo de 1920, va más allá de lo que recordaba el propio León Felipe para su biógrafo más inmediato, Luis Rius. Diego, Gerardo, «Introducción» a León Felipe, Obra poética escogida, Madrid, Espasa-Calpe, 19853ª, p. 24.

[4] Fernández Gutiérrez, José María, Enrique Díez-Canedo: su tiempo y su obra, Colección Rodríguez Moñino nº 1, Badajoz, Diputación Provincial, 1984, p. 136.

[5] Litoral (Al poeta Enrique Díez-Canedo), nº 3 de la etapa mexicana, agosto de 1944, pp. 24-25. Edición facsimilar de Ecuador 0º 0′ 0», México, D.F., 1967. Hemos corregido una errata de imprenta evidente en «los voces» y suprimido la tilde del monosílabo «fue» en las dos ocasiones en que aparece.

[6] Aub, Max, Pequeña y vieja historia marroquí, Madrid, Papeles de Son Armadans, 1971, p. 77.

[7] Fernández Gutiérrez, José María, 1984, op. cit., p. 75.

[8] Idem, p. 88.

[9] Idem, p. 89, con detalle del acto del 16 de agosto de 1944 en el Palacio de Bellas Artes de México.

[10] Litoral, nº 67-69, Torremolinos (Málaga), 1977, pp. 11-14.

[11] León Felipe, ¡Oh, este viejo y roto violín!, México, Fondo de Cultura Económica, 1965. Nosotros citamos por la edición de Madrid, Visor, 19932ª, p. 9.

[12] Idem, p. 157.

[13] Idem p. 166.

[14] Idem, Ganarás la luz, Edición de José Paulino, Madrid, Cátedra, 1982, p. 103.