Oct 011983
 

Eleuterio Sánchez Alegría.

¡En marcha, generosa Extremadura, la de los bravos caballeros!

En mi bibliografía tengo siete trabajos que concurren a un concurso literario en prosa bajo el tema de «Extremadura», convocado estos días por el Hogar Extremeño de Barcelona, con motivo de la festividad de su Patrona la Virgen de Guadalupe.

Precisamente, cuando ya me había determinado a enviar una Comunicación este año acerca del turismo literario en Extremadura, particularmente en Trujillo, allá por los años 1954 al 1960 y aun en tiempos posteriores, he aquí la lectura de los precitados relatos en orden a emitir mi voto como Vocal del Jurado, me ha hecho cambiar mi idea y un comentario sobre los mismos me parece oportuno y de interés para una concurrencia cual la de estos Coloquios. Quizás me equivoque en mis apreciaciones sobre cada uno, pero mis conclusiones generales sobre sus conceptos de la Extremadura actual son para mi muy significativos y nos obligan a una reflexión.

De uno de ellos, no cabe decir más que es la expresión de un posible aspirante a 1º de BUP, por la infantilidad y simpleza de su redacción y contenido. Debió pensar en la consigna generalizada de que lo que importa es participar, y ahí va eso, señores del jurado.

Un segundo nos lanza su panegírico de Extremadura bajo el epígrafe de «Guadalupe, pila bautismal de América» e invoca sus testimonios históricos. Entrega de cartas a Juan de Peñalosa para Colón en el Monasterio de Guadalupe antes de emprender su expedición; el bautismo de los dos indios verificado en el propio monasterio extremeño, en cuyo archivo se guardan y las visitas de tantos conquistadores y colonizadores para demandar protección a la Virgen de las Villuercas o dar gracias a Dios por haber tornado a la península sanos y salvos, generalmente rumbo a Trujillo, con sus miras puestas siempre en las lejanas Indias.

Hace luego una evocación particular del convento franciscano de Tesas cala en la excesiva altiplanicie que a 3.000 metros sobre el nivel del mar se alza entre la ciudad de Méjico y la Puebla de los Ángeles, en medio de gigantescos volcanes. Allí hay una gran pila bautismal, «tazón de piedra para un cíclope», como dice muy bien nuestro/a concursante, y una lápida que testifica el gran gesto oficial de los jefes mejicanos y que supuso tanto para ellos como para nosotros, hispanos, la conversión de Recadero. En esta fuente fueron bautizados los cuatro senadores de la República de Tesasela por don Juan Diego, capellán del ejército de don Hernán Cortés y sus cuatro distinguidos capitanes: don Pedro de Alvarado, don Andrés de Tapia, don Gonzalo de Sandoval y don Diego Ortiz. Un viejo lienzo en el palacio de Chapultepec nos recuerda la emotiva escena de fe católica a las futuras generaciones.

Los misioneros españoles constantemente multiplicaron las pilas bautismales en todas las latitudes de la inmensa América y más adelante la Virgen de Guadalupe es la celestial mensajera, apareciéndose entre rosas al indio Juan Diego, ante cuyo milagro se rinde el piadoso arzobispo de Méjico, Mújica, y surge en su día primero la extendida devoción a la común Madre Guadalupana y sus maravillosos templos después, asombro de los Continentes.

El tercero de turno es un bello cuento sobre «el Cartero de Ahigal», ese castizo pueblo del partido de Hervás, del que dista, sin embargo 45 Km. y otros 124 de la capital de provincia, pero ya en los contornos de Plasencia. En la margen derecha de la carretera general de Salamanca – Cáceres y a unos 30 Km. de la misma, vive este tranquilo pueblo su ajetreada vida entre sus variadas fincas de labor, cultivando sus cereales y olivos, con su miaja de regadíos. No escasean sus talleres de carros y sus tejares que surten de tejas y ladrillos a la vecindad y pueblos comarcanos. Para la pinta tampoco faltan tabernas. Hay varios cortijos en su territorio, figurando como el más destacado el denominado «Venta de la Quemada». Para recreo de mozos y mozas hay un salón de baile y hasta un cine…

Pues bien. Siguiendo más o menos el hilo de la narración, el cuento aludido «El tío Leonardo o el cumplimiento del deber», se desarrolla en estos términos:

«Eran los tiempos de maricastaña, cuando se terminó de hacer la carretera que va desde Plasencia al pintoresco y no pequeño pueblo de Ahigal y, tan pronto estuvo terminada, empezaron a circular por ella los primeros coches que, saliendo de la muy hermosa ciudad del Jerte, recorrían los pueblos de Oliva de Plasencia y Santibáñez el Bajo (alude, en efecto, a los coches de línea que atienden actualmente a la ruta Plasencia – Casar de Palomero). Pero, como dicha carretera no llegaba más que hasta Ahigal, el correo era llevado a los vecinos pueblos de Mohedas de Granadilla, Cerezo, Marchagaz y Palomero, por un peatón llamado «El tío Leonardo» que llegó a hacerse popular, no sólo por su carácter sencillo y bonachón, sino también porque, en el cumplimiento de su deber estaba dispuesto a ofrendar su vida, como llegó a demostrarlo con hechos. Salía por las mañanas caballero en su jumento, con la cartera llena de correspondencia y giros postales, regresando de nuevo, cuando el astro rey se iba ocultando tras la Sierra llamada de «Dios Padre». Era un hombre valiente y no le tenía miedo a nadie; pero, en cambio, sí que le horrorizaba tener que cruzar el riachuelo llamado «El Palomero», que, si bien es verdad que en verano no llevaba agua ni para beber el jumento, tampoco es menos cierto, que en invierno, con algunas fuertes tormentas caídas en las Sierras del Casar de Palomero, bajaba tan crecido hacia el río Alagón que muchas veces nuestro Cartero tenía que ponerse de rodillas sobre la albarda del borriquillo, para poderlo cruzar, teniendo que hacer más equilibrios que los trapecistas de los circos.»

Y a continuación nos cuenta de manera encantadora alguna que otra anécdota de este cartero tan güeno y salao, haciendo gala de su habla extremeña, que de verdad cotiza mucho tan hábil narrador de este cuento:

«Uno de esos días de invierno se le partió la cincha que sujetaba la albarda del animal y hubo de entretenerse más de la cuenta en el pueblo del Cerezo, para que tío Bartolo, zapatero de oficio, se la cosiera, diciéndole el tío Leonardo en su lengua vernácula: «Aquí vengu, Boartolu, pa que jagas el favol de coslmi la mi cincha, porque sin ella, me se va a cael la abarda». El zapatero que, como todos los de su oficio, era un guasón le contestó: «Pero, Lonardu, no digas delantri de naidi que te se cai la tu albarda, porque puedin rebuznalti dicil: «Ahí va el burru de tiu Lonardu». Además, has debido de tenel, en ves de un burru, una burra y asina hubieras teníu la ocurrencia que tuvu un Padri Cura llamau «El Padri Manjón» que sigún dicin fundó las Escuelas del Ave María, que resulta que iba montau en burru pa dal clasi en Graná y un día los estudiantis le dijeron que por qué era burra y no burru, a lo que contestó el curita que era burra, pa que cuandu lo vieran llegal, no le dijeran: «Allí vieni ya el burru del Padri Manjón».

Y ya que hablamus de albarda – prosiguió el zapatero – hay que tenel a vecis muchu cudiau cómu se dicin las cosas, pa que no se intrepetin mal, comu le pasó al sacristán del pueblo de Lagunilla, que comu a esi pueblu iban a veraneal los Obispus de Coria, llegó unu nuevu allá y el sacristán lo saludó mu atentu y le preguntó el señol Obispu: «¿Y que otro oficio tiene nuestro hombre, además de sacristán? Y, sin pensarlu siquiera, le contestó de siguía: «Soy albarderu, pa servirli a su Reverendísima». Pero como el Señor Obispo no se lo tomó a mal, se echó a reír y le contestó: «No, no, será para servirle a los burros del pueblo y a los de los alrededores, a los que hace las albardas».

Entre bromas y veras el tío Bartolo había rematado el cosido de la cincha y, puesto que no quería cobrarle por su trabajo, el tío Leonardo le invitó a tomar un cuartillo de vino de la tierra en la taberna más próxima. Y, en efecto, allí lo tomaron en la típica jarra de barro colorado, al estilo de pueblo. Al salir de la taberna ambos amigos, he aquí que viene al encuentro del cartero una mocita de 20 años muy agradecida, pero sin dientes, cosa muy natural, a causa del agua excesivamente fría de la comarca, como la declara la copla que los mozos de Ahigal cantan a las mozas del Casar:

«Las mocitas del Casal
son guapas; pero sin dientes,
pol bebel el agua fría
y los calvotis calientis.»

Pues bien. Nuestra moza le dijo al «Peatón», mientras le entregaba dos cartas que llevaba en las manos: «Tíu Lonardu, ha dichu mi madri, que tenga usté estas cartas que una es pa mi hermana que está sirviendu en Murcia y la otra es pal mi noviu que está de milital en Cáceres y me ha recomendau muchu mi madri que tenga cudiau con los dos, porque llevan die durus en cada una, pa que los probis se los gastin en estas Navidadis.»

«¡Me casu en Reus! – exclamó el «Peatón». «¿No sos tengu dichu mil vecis que no metáis las perras en las cartas y que mandal dineru está el Serviciu del Giru Postal que es el mas seguru? Paeci mentira que seais asina. Sos lo voy a tenel que dicil cantandu pa a vel si asín me entendéis de una vez pa siempri!»

La moza lo contestó: «Güenu, tiu Lonardu, no se ponga usté asina que pol una ves naidi se va a enteral; no lo golveremus a jacel …» Y la moza se alejó rápidamente calle abajo, pues un fuerte viento, anunciador de recia tormenta, se precipitaba y la gentil adolescente se veía impotente para bajar sus faldas, mientras farfullaba entre dientes estas palabras: «¡Qué airi más alcagüeti y puñeteru esti de las tormentas! Mos arremanga las faldas pa arriba, pa que mos vean los mozus las pantorrillas y aluegu, en el baili, mos pongan más colorás que un tomati de los del Mercau de Plasencia!».

El cartero, por su parte, regresaba a Ahigal y por el camino iba pensando que para estar ya en vísperas de Navidad, no llevaba muchos giros y la sospecha acudía a su mente: «Si tos estus vecinus de estus pueblus, jacin comu la mocita y su madri que metel las perras en las cartas, está bien demás el Serviciu del Giru …»

Volviendo más en si, levanta la vista y divisa en el horizonte lejano unos negros nubarrones cargadísimos por encima de las Sierras de Hervás, sombreando su pico más algo, «El Pinajarro». Como el fenómeno lo había experimentado tantas veces, nuestro buen hombre no se asustó, aunque ya preveía lo que iba a suceder, es decir, que se encontraría con el río Palomero bastante más crecido por el cúmulo de torrentes que ocasionan las tormentas. Pero en esta ocasión el río enano se había convertido en un río gigantesco. Por eso el borriquillo, pese a ser obligada comparación de los tontos, se negaba a pasarlo, barruntando el peligro de muerte. El tío Leonardo se sentía acuciado por el cumplimiento de su deber en el reparto de la correspondencia que llevaba para sus vecinos. Cierto miedo le corría por su cuerpo, pero lo disipó en buena parte, el santiguarse y rezar unas oraciones. Tal vez pensara incluso en el peligro de muerte, pero cual filósofo estoico o buen cristiano, «Ad utrumque paratus» (Dispuesto a todo), atizó a su jumentillo y al agua los dos.

Lograron dar sus primeros pasos, pero al fin el pobre animal hundió sus patas en un hoyo del río y los dos se vieron arrastrados por la impetuosa corriente. El borriquillo pereció bien pronto al golpearse contra un molino, mientras el tío Leonardo conseguía asirse a una rama de encina y tras muchos esfuerzos y dando tumbos, con el agua hasta el cuello, sin perder la cartera, arribaba a la otra orilla. Apenas se repuso un poco, magulladísimo y medio muerto, arribó a Ahigal. Ya se puede suponer la impresión de su mujer al contemplarle convertido en un «Ecce homo».

Tan dolorido como estaba, bien a su pesar se metió en la cama, todo obsesionado por al correspondencia que al día siguiente repartió su esposa. El médico del pueblo viendo que nada mejoraba de su mal, lo remitió a un Doctor de Plasencia, quien tan malo a través de Rayos X le pareció, que diagnosticó que no tenía remedio y tornó a Ahigal. Y un día pasaba y otro volvía, pero el Cartero no mejoraba; más bien se les iba, se les iba para la eternidad … Al fin, le llegó su hora y jamás se había concentrado tanto gentío por un entierro. En verdad, el tío Leonardo, dechado de virtudes ciudadanas, se merecía tal homenaje de sus paisanos y vecinos, que le consideraban muerto en el cumplimiento de su deber. Con mucha razón el Alcalde regaló a cada vecino de Ahigal una copia del epitafio compuesto en su honor y del que transcribo sus primeras estrofas:

«Aquí hubu un hombri cabal,
güenu y mu cristianu,
que pa tos los del mi Ahigal,
siempri jue como un hermanu.

Tíu Lonardu jué su nombri
y de oficiu el de Peatón,
lo que se dici un gran hombri,
servicial y bonachón.

Lo que el pueblu ha de sabel
es que la vida perdió
cumpliendu con el debel
y que muchu mos amó …»

Este hermoso cuento del «Cartero de Ahigal» es posible que haya sido una afortunada realidad y el autor del relato, anónimo hasta este momento para el Jurado, ha recordado los hechos históricos en su afán de moralizar a sus lectores. Si se dio el caso, ciertamente para todos se constituiría en un ejemplo de virtud y que puede interpretarse como antídoto contra la natural pereza y desidia de muchos extremeños que, por otra parte, se lamentan de la decadencia de Extremadura y fomentan el pesimismo colectivo.

Nosotros, en cambio, estamos convencidos de que todavía hay cantera sobrada de hombres grandes en nuestra Extremadura, pero es preciso contar ante todo con el trabajo constante y el esfuerzo personal sin regateo por la región, contando por supuesto con su gloriosa historia como acicate mayor e ideal supremo. Al estilo romano, debemos recordar a todas horas el ejemplo de nuestros mayores, en sus empresas y propósitos.

Confieso que, leyendo el inestimable libro «Semblanza de España» por Maurice Legendre, antiguo profesor mío en la Universidad de Madrid, me emocionó aquella página que dedica a Don Fausto Maldonado, un conquistador moderno, quien a sus veinte años, humilde pastor, aprendió a leer y escribir y con su fuerza de voluntad rayó tan alto en el aspecto de la cultura que en su día se le encargó el organizar de forma responsable la enseñanza en la comarca de las Hurdes. Y en verdad que cumplió perfectamente su misión, pues era todo un bravo y noble caballero de Extremadura.

Los elogios de Manuel Siurot primero a «El genial Don Fausto» y los comentarios del insigne hispanista francés son muy justos: «Era uno de aquellos extremeños a cuya voluntad nada se resiste. Su Nuevo Mundo fue aquel distrito montaraz de las Hurdes; allí enseñó a leer y escribir, a cuidar de los olivos y de las cabras, a sanear la choza, a erguir la frente inclinada desde siglos hacia la tierra y hacia la tumba, a descubrir el cielo, a pensar y a experimentar esperanza …. Propagaba la Buena Nueva para el cuerpo, la inteligencia y el alma; pero prodigando el bien con un arrojo que la muerte no fue capaz de menguar. Hoy millares de hombres viven vida humana porque don Fausto pasó por allí. Midiendo perfectamente el alcance de mis palabras, digo que el fallecimiento de aquel desconocido fue una inmensa desgracia para España».

Precisamente hace poco más de un mes que visitaba yo por primera vez las Hurdes y, a pesar de tanta literatura funesta, aunque alguna positiva, las he encontrado muy normales y hasta muy superiores en su aspecto agrario y urbano con relación al resto de España. Procedente de la Alberca y adentrándome por las salmantinas Batuecas, en el abismal valle de impresionante silencio y soledad, con verdadero agrado contemplaba entre jaras y brezo Las Mestas, Vegas de Coria y Nuñomoral, donde me encontré con una perfecta urbanización, en que había edificios oficiales al día que eran un primor: su Casa Consistorial, su Grupo Escolar, su Iglesia parroquial, su Centro de Higiene y Hospital, etc. todo recién estrenado o muy bien conservado como el primer día. Visitando luego Caminomorisco y Pinofranqueado, al contemplar sus regadíos, arbolado de todo tipo, además de los clásicos olivos y encinas, comunes a toda Extremadura, quedé encantado de su paisaje. Sus respectivos Ayuntamientos y Grupos escolares son edificios exactamente capaces y modelos de los que se observan en grandes ciudades. Su campiña y centro urbano concebidos para vivir con la mayor comodidad.

Si el milagro se ha operado por obra y gracia del Estado, por la repoblación forestal concretamente, no lo podría afirmar de manera rotunda. Suponemos que en su buena parte será debido al esfuerzo personal y sacrificio de los propios hurdanos, alentados en sus faenas por jefes extremeños de la talla humana del citado don Fausto. Por de pronto, la Diputación Provincial tiene muy bien cuidadas aquellas carreteras y se llega cómodamente por todos los trayectos a cualquiera población de las Hurdes, ya gires hacia Casar de Palomero o Villanueva de la Sierra, pueblos encantadores. Nosotros, después de visitar estos dos pueblos, optamos por dirigirnos al importante Montehermoso, el del castizo indumento de la Alta Extremadura, para acabar en Coria. ¡Los regadíos de esta zona qué riqueza y qué hermosura!

Si tenemos en cuenta las fértiles tierras del Valle y la Vera de Plasencia, con producciones de toda clase, sus extensas dehesas, con ganado sobrado de todas las especies, no es posible que la economía cacereña sea tan mala y para tanta alarma general: Y por muy a menos que haya venido el gran Plan de Badajoz, no puede ser tan catastrófico como nos lo quieren hacer ver. El problema de la sequía es pasajero y la urgente ayuda estatal no debe faltar…

Comoquiera que sea, los cuatro concursantes que me restan y cuyos conceptos analizo en este reportaje me hacen temer que existe una generalizada visión de Extremadura catastrófica y pesimista en sumo grado, que aun desde el punto de vista político, no hay razones serias para compartir, al menos en esa escala.

Así, pues, continuando con nuestros concursantes, diremos que un cuarto, bajo el epígrafe «El ritmo de Terpsícore»,bella alusión a la graciosa musa de la danza, con su lira como atributo, apenas esboza una idea sobre la tierra extremeña y sus hombres, envuelta en el cendal de pesimismo. Es un «palabrero». Adjetivo con el que tildó Unamuno injustamente a Donoso Cortés, al situarle en la línea plenamente andaluza de Castelar, hombre de vagos conceptos con demasiada forma para poco fondo, escaso pensamiento. Sin embargo, ello implicaba un elogio al grandilocuente orador de España, la gran figura católica de aquel momento…

Y he aquí un quinto que pretende ser un poeta lírico y se despacha con su «Mi piropo a Extremadura» (La otra cara extremeña) y en sus diez folios nos entretiene con la sentida narración de su nacencia en la estación ferroviaria de Usagre-Bienvenida, por cuyo trayecto de encinares circula el tren de Sevilla, «entre jierros y nubes negruzcas o de blanquinoso pelaje, jadeante y chillón». «Asina me asomé al mundo en aquel cacho de tierra extremeña, una esgarrá amanecida, mucho tiempo d’ello jace». Y a continuación nos cuenta su vida fuera de su tierra y sus reacciones: «Cuando aún no era más que un zagalón cañibalao, un empujón de la suerte me lanzó lejos de mi tierra. Lejos de la tierra de Dios … Y entonces empecé a escuchar conceptos y pareceres sobre mi patria chica que no me gustaron jamás: topónimos, escatológicas definiciones y equivocados modismos para ofrecer a Extremadura el ese malhadado escaparate de la «parda tierra y el hombre pardo».

Y precisamente para borrar el efecto de esta monótona cantilena «parda tierra», «hombre pardo» él ensaya este piropo. Un piropo de diez folios, en que se mezcla lo divino con lo profano, la verdad con lo imaginativo, lo real y lo irreal en un sueño de pura grandeza para su querida Extremadura.

He aquí algunos fragmentos, en que a su modo nos describe esta bendita tierra:

«Extremadura no es tan parda como intentan esquematizar: yo puedo verla rosa y lozana al cristal de nuestras querencias. Sueño con sus castillos roqueros y sus lozanas vegas; con las legiones de encinas y alcornoques y con el oro viejo de sus pastos en dejesa; con los garabatos de sus prietos encinares y con el punteo simétrico de sus viñedos; con los verdes brillantes de la Vera o con los ocres ondulados de la Serena; bajo la quebrada cuna del Tajo poderoso o la mansa caricia de las pandas orillas guadianeras; sobre riscos y canchales de sierras que aroman a tomillo y romero, a jaras y brezos, a charnecas, torviscas y a la sazón pura del madroño, a humo de chozo trahumante y al aliento de las nómadas carboneras…

Extremadura es paisaje de fuertes contrastes, choque eterno de confines en cielo, agua y tierra: Engendro escarnecido para otros cacho vivo del alma en nuestra querencia. Y donde otros no ven más que pardos sucios de miseria, yo veo nítido el color de sangre seca en tierra regada con el sudor y la sangre de hombres que, en su humildad noble, se yerguen sobre la Historia con esplendente grandeza. Choque de ¡juerza contra juerza… y puede más la juerza del hombre nuestro, apoyado en los bríos sencillos y llanos del alma extremeña … Raza de hombres cansados de abrir surcos y destripar terrones, prieta la mano sobre la esteva.

Y sí, no podemos olvidar que a Extremadura la llaman la «C e ni cien t a» la de los hombres explotados a de de sol a sol por una miseria; la tierra de las esperanzas eternas; la que suspira por redenciones que nunca llegan; a la que ministriles y gobiernos multicolores siempre la dieron de lado, relegando para los últimos o para nunca sus justas pretensiones, instadas en el tiempo en un clamoreo tan desgarrador y continuo como desoído y olvidado fuera a través de unas y otras generaciones.»

Alude luego a que la misma capital de Badajoz fue considerada siempre como «Plaza de castigo» y que se tilda de «belloteros» a los extremeños con cierta sorna. Y, en verdad, que su reacción es una digna pieza de un agudo castúo: «¡A mucha jonra!, que páablá como argunas gentes capitalinas , farseando su lengua, prefiero jacerlo d’esta manera ajogao en la nobleza, en la juerza y en la jonra de mi tierra! porque naiede me jizo renegá d’ella …» Y creo que es hora que se nos conozca por lo que tenemos y somos, no por lo que otros quieren que tengamos o pretendan que seamos en acepcionestan dispares de nuestra auténtica forma y razón de ser: Extremadura, no vamos a discutirlo es gañanía de nombres ilustres en lo militar y lo civil, en las artes y las letras; es cuna de mentes pulimentadas y hombres de preclara inteligencia: hijos del caletre de aquellos gañanes que hicieron posible el milagro de un natural saber conjugado con los entríngulis de cencia …»

Y como si diera un beso sonoro a la tierra madre, su piropo se consuma con las palabras más cariñosas: «He recorrido muchas tierras; he visitado maravillosos y exóticos lugares de otros mundos, muy lejanos a la parcela extremeña, y puedo decir llana y lisamente, con la mayor objetividad, que jamás ojos vieron en parte alguna la luz y las claridades de nuestros amaneceres ni la maravillosa sinfonía de colores, claridades y luces que nos puede ofrecer un atardecer otoñal en tierras pacenses … ¡Es algo único!»

Quien esto escribía para un concurso literario en prosa, ahíto de «saudade», vive actualmente en Badajoz, en los límites de Portugal, y el Jurado le otorgó muy gustoso el 2º Premio: D. Teodosio Moralo Guerrero.

Se da la coincidencia de que el primer premio se le concedió a otro aspirante que también reside en Badajoz: D. Luís Martínez Terrón. Es extraordinaria la evocación que hace de Extremadura y su paisaje, mereciendo su trabajo altos elogios. Buen conocedor de Madrid, nos cuenta bellamente sus andanzas de acá para allá en su búsqueda de libros sobre Extremadura y es emocionante cómo nos describe su afán y su congoja ante el hecho del desconocimiento general de una Extremadura, ante la cual habría que descubrirse con gran respeto. Pues bien, he aquí su relato:

«Recorrí las librerías donde tradicionalmente hay de todo, viejo y nuevo, enclavadas en las calles de Tudescos, Silva, Libreros, Luna, buscando obras sobre Extremadura o de autores extremeños. Nada. La negativa por repuesta. Me acerqué a la Librería Internacional de Espasa-Calpe, en la antigua Avenida de José Antonio y sólo pudieron mostrarme «EXTREMADURA SAQUEADA» y una ANTOLOGÍA de Álvarez Lencero. Nada más …»

«Ya no sentía las finas saetas de lluvia clavándose en mi rostro ni los manotazos del viento flagelando mi cuerpo. Lo que sentía en todo mi ser era el frío del abandono en que vivimos. EXTREMADURA, mi tierra, la que dio al mundo y a esta España olvidadiza días de gloria y hombres de talla gigantesca, San Pedro de Alcántara, Donoso Cortés, Menacho, López de Ayala, bravo murillo, Arias Montero, Francisco Sánchez de las brozas, «El Brocense» y los héroes míticos de la gran aventura americana, Cortés, Pizarro, Orellana, Valdivia, Balboa, Alvarado, Hernando de Soto, Cabeza de Vaca, García de Paredes, Alonso de Ojeda, Sebastián Belalcázar, los Ovandos y los Aldanas y mil nombres más que están recogidos con letras de oro en el Libre de la Historia, era ignorada, desconocida en el corazón de gran urbe».

Nos habla luego de su desplazamiento a la Cuesta de Moyano, entre Glorieta de Atocha y El Retiro, en nueva búsqueda por la Feria del Libro. Poeta melancólico, como un sonámbulo iba pronunciando sus propios versos:

«¡Por no saber defenderla
y propagar su cultura
se nos muere entre las manos,
se me muere EXTREMADURA!»

¿Dónde están sus hombres geniales, su poetas, autores, investigadores, pintores, escultores? ¿Dónde el capital extremeño, el ahorro de los emigrantes, la voz de los políticos?

La respuesta a este interrogante se la de él mismo en el coloquio con un librero: «Quizás el error ha sido mío, ya que en vez de preguntarle si tenía lago sobre EXTREMADURA, debí haberle dicho: -¿Le queda algo de Meléndez Valdés, Carolina Coronado, Gabriel y Galán, Espronceda, Manuel Monterrey, Juan Luís Cordero, Delgado Valhondo, Manuel Pacheco, Gutiérrez Macías, Felipe Trigo, Antonio Hurtado, Vicente Barrantes, López Prudencio, Reyes Huertas, Muñoz de San Pedro, Rodríguez Moñino, Alfonso Albalá, Pedro de Lorenzo, Romero de Mendoza, Pedro Caba, Víctor Chamorro y un largo etc.?»

Más adelante completa este cuadro con personas de nuestros días: «Y pensaba que una tierra que ha dado a luz artistas como Zurbarán, el Divino Morales, Eugenio Hermoso, Covarsí, Barjola, Ortega Muñoz, Felipe Checa, Jaime de Jaraiz, Sánchez Varona, Pérez Comendador, Juan Ávalos y otros no tiene por qué permanecer en silencio, humildemente callada, ya que de nada tiene que avergonzarse. Si la Historia no le ha hecho justicia, ya se la harán algún día los hijos de los que escriben la Historia».

Alude luego al fenómeno de la emigración: «Al evocar la figura del emigrante, llegaron a mi memoria las palabras del escritor cacereño Sánchez Morales, en las que afirma que EXTREMADURA sufre una sangrante hemorragia que la debilita por momentos, con esas riadas de emigrantes que están dejando secos los veneros de nacencia chamiciana de nuestros pueblos, de los pobres y de los ricos; de los ribereños de las secas tierras del Tajo y de las faldas norteñas de nuestra Sierra Morena; de las fértiles tierras del Tiétar, del Alagón y del Guadiana, así como las ricas campiñas de Tierra de Barros y La Serena. Es una hemorragia que nos recuerda aquel desarraigo total de Abraham, de tantos Abrahames extremeños que emprenden a ciegas los caminos del desierto y los que les llevan a ignotas tierras de promisión.»

El que este escribe es cabalmente un maestro emigrante, que un buen día saltó de los campos de Alpotrepo a la capital de España y tras 25 años de ausencia regresa a su tierra extremeña. Situado en el encumbrado Montánchez, «balcón de Extremadura», contempla con nostalgia los paisajes variados de campiñas dilatadas en tierras de Miajadas y Almoharín, en que se divisan higueras múltiples y viñedos, entre cortijos derramados. A lo lejos el picacho de Santa Cruz y más allá el famoso Trujillo, supremo solar de conquistadores, siempre tan hermoso con sus numerosas iglesias y otros tantos palacios, refugio de millares de cigüeñas.

Con tristeza cierra su exposición, con estas palabras y una estrofa: «Los grandes problemas de nuestra tierra han surgido siempre del campo y del exceso de mano de obra:

-«Muchos jornaleros, padre,
para tan poco jornal.
-Vamos a la Feria, hijo;
el vino te hará olvidar».

Y para rematar mi análisis de quienes concurrieron al I Certamen literario en prosa del Hogar Extremeño de Barcelona, 1982, veamos ahora concisamente la composición «Extremadura a tres tiempos» por «un castúo extremeño», posiblemente también de la Baja Extremadura. Esta sí que es en su limpia prosa una perfecta elegía de los infortunios de Extremadura en toda su historia.

Su inicio ya es, en verdad, enfático: «Decía Ana Frank: «Cuando se piensa en el hombre hay para llorar toda una vida». Eso mismo habría que decir al tratar de Extremadura. Pero no hemos de quedarnos en el llanto inútil, porque el río de las lágrimas no conduce a puerto alguno. El pasado debe servirnos para agradecer lo bueno que nos legaron y para no permitirnos caer en los mismos errores. Lo importante es encarar con coraje el reto del futuro y lanzarnos a la aventura de ser nosotros mismos.»

Y con voz de premonición seguidamente declara: «Y el país por los años de los años y por los siglos de los siglos nos montó en el tren del abandono en el cual no sé si por espíritu fatalista, por virtud de resignación, por aventura o por locura colectiva, que es un poco colectivo suicidio, hemos estado hasta hoy».

En ocho folios y medio nos presenta un buen estudio del pasado, del presente y del futuro de la región. Un análisis muy acertado, a nuestro juicio, aunque con espíritu pesimista, tal vez teniendo en cuenta esa copla que días atrás alguien cantaba por Radio L, en emisión «De costa a costa», en el programa del genial Luís del Olmo:

«No esperes del mañana
lo que no te dio el ayer».

Aduce ciertas razones de la soledad y el vacío en que se ha desenvuelto la historia real de Extremadura a espaldas de la historia de España. Una desventaja notable, a su juicio, supone el que Extremadura sea una región fronteriza con Portugal. Y por añadidura en anteriores siglos bajo el dominio árabe sus recursos les eran arrebatados por los soberanos de Córdoba y Granada. El avance cristiano se establece en nuestra tierra por parte de los reyes de León y Castilla, que se consolida con las Órdenes Militares de Santiago y Alcántara que aquí tuvieron su nacimiento…

Afirma igualmente que los intrépidos conquistadores y colonizadores extremeños que tan buenas cargas de oro proporcionaron a España no aportaron riqueza alguna a sus tierras y a su desarrollo colectivo.

Estudia luego uno por uno los grandes problemas que de muy antiguo viene pesando sobre Extremadura: el absentismo, las minas, la emigración, la peste porcina, la lana, la quiebra de grandes industrias, las zonas deprimidas de las Hurdes y la Siberia, las deficientes vías de comunicación, la Extremadura eternamente explotada y las posibilidades perdidas. En fin, esa Extremadura actual defraudada hasta en el aspecto eclesiástico, ya que a raíz de la reconquista cristiana se privó a Mérida de su sede metropolitana en favor de Santiago de Compostela y de manera similar Guadalupe, cuya Virgen es la patrona de Extremadura sigue perteneciendo a la archidiócesis de Toledo. Y entre el colmo de sus problemas está pendiente de su autonomía, que es posible sea la última en aprobarse, si es que el invento no se rompe antes de estrenarlo…

Naturalmente le preocupa su futuro y de esa forma recopila sus conceptos: «Extremadura tiene lanzado su reto: el de la unión, el tomar conciencia de nuestro futuro, el de caminar unidos hacia la búsqueda de nuestra identidad perdida. Cuando el director de «HOY» escribió su artículo «Extremadura no existe», muchos se rasgaron sus vestiduras. No ha existido, porque no la han dejado existir. No ha existido como unidad militar, como provincia eclesiástica, como distrito universitario, como unidad de acción, como voz común y coral, como entendimiento, unidos solamente en las soledumbres y desventuras.»

Y como epílogo marca las consignas para la rendición integral de Extremadura: vocación de extremeños, que debe ser vocación de mártires, de conquistadores y de quijotes; conciencia regional, redescubrimientos de nosotros mismos. Para ello, sigue diciendo, «conocer nuestra historia, nuestras posibilidades, reconocer nuestros yerros, apatía, indiferencia, conformismo y exigir lo que en justicia se nos debe. Conciencia colectiva de comunidad de destino, borrar las fronteras entre partidos, saber renunciar, mirar hacia el horizonte, enterrar el hacha de la guerra fraticida, de los miopes y suicidad localismos.»

No sé si será la espontánea reacción de las regiones españolas, en el despertar de su autonomía, pero conceptos y consignas muy parecidas fueron las que en víspera de la «Diada» catalana pronunciaba el inteligente Presidente de la Generalitat Jordi Pujol y que aparecían en «LA VANGUARDIA» del 11 de septiembre, y que tienen plena aplicación a la Extremadura actual: «Somos un pueblo que viene de lejos, que tiene una larga historia. Un pueblo que tiene poso, que tiene una riqueza espiritual y moral que darán a nuestra determinación de no dejarnos malograr una segura eficacia. …A pesar de los problemas y la crisis, a nosotros nos corresponde continuar la obra de nuestros antepasados con toda la esperanza de un pueblo que no ha dejado de creer en el trabajo, en la convivencia y en su identidad.»

Con cierto optimismo confiemos que todos los problemas más acuciantes se vayan solucionando en esta Extremadura que amamos todos y en esto, al menos, no hay la menor duda y sírvanos de consigna para nuestra vida aquellos hermosos versos que escribiera un día F. Balart:

«Si al astro rey a veces vela la nube,
sobre la nube destella siempre el astro.»

L’Hospitalet de Llobregat, 21-IX-82