Nov 222021
 

   Antonio González Cordero

  

RESUMEN:

 

Las peculiares circunstancias de Talavera la Vieja, la antigua Augvstobriga romana, sumergida desde hace ya casi sesenta años, han impedido una investigación a fondo del yacimiento, aunque gracias a los ocasionales descensos del nivel del agua del pantano de Valdecañas, y a los potentes arrastres hacia el interior de la cuenca de grandes volúmenes de lodo, numerosas estructuras y monumentos que permanecían enterrados, han vuelto a ver la luz, facilitando con ello su estudio. Entre los lugares que aún no se conocían, estaban las necrópolis, donde se han identificado un número importante de enterramientos, a través de los cuales, hemos podido conocer la variabilidad de sus prácticas funerarias, siendo las sepulturas rectangulares con cubiertas de tejadillo a doble vertiente, las cistas cuadrangulares y los mausoleos de planta rectangular, los más destacados ejemplos. También hemos podido atestiguar la celebración de banquetes funerarios, tanto por la presencia de restos de comida en el exterior de las tumbas, como de tubos de libación, ambos probablemente sirvieron de elementos de señalización del sepulcro, junto a los numerosos epígrafes y otros tipos de elementos objeto de estudio en el presente trabajo.

  

  1. INTRODUCCIÓN.

 

Los estudios sobre Talavera la Vieja se han multiplicado en los últimos veinte años[1], rindiendo un postrer homenaje a quienes habitaron este lugar, ahora desolado campo de ruinas, en cuyo laberinto de cascotes, se mezclan lo viejo con lo nuevo, sin posibilidad a veces de separar aquello que formó parte del sustrato romano, orientalizante o del Bronce Medio, los tres periodos de ocupación reconocidos, cuyas bruscas interrupciones, de forma premonitoria, parecían anticipar lo que también ocurriría en el siglo XX. Arrasada, expoliada e incluso dinamitada, tan solo ofrece retales de su historia a quien sepa leer entre líneas, tarea que empecinadamente emprendimos hace más de treinta años, documentando una evolución, siempre a peor, de sus vestigios, y a lo largo de los cuales, la transformación en barro de la tierra que cubría sus ruinas y el posterior corrimiento hacia el interior de la cuenca del pantano, ha permitido la exhumación de numerosos vestigios de ese pasado.

Fig. 1- Ubicación de las necrópolis de Talavera la Vieja sobre fotografía de satélite. Fuente Google Earth Pro.

 

Uno de capítulos aún no tratados, es el de sus necrópolis (Fig. 1), cuya existencia, más que evidente, se intuía a tenor de la abundante presencia de epígrafes funerarios dispersos por toda el área urbana, donde fueron empleados a discreción por los constructores de la moderna Talavera la Vieja, como vulgar mampostería. Su identificación, pese a la suposición inducida por su habitual presencia a la salida de las ciudades, no había podido ser precisada hasta el día de hoy, cuando esos movimientos de tierra a los cuales aludíamos, especialmente agresivos con la periferia urbana, expusieron las partes sobresalientes de los laterales de algunas tumbas y otros indicios lo suficientemente claros, para ubicar al menos dos necrópolis. Ambas se emplazan a oriente y occidente de la población, es decir, en sus extremos, aunque, por otros testimonios de los talaverinos[2], podríamos señalar un tercer núcleo más allá del castellum aquae, de lo que antes se tenía por una torre de la muralla[3], en el camino sur de la ciudad.

 

  1. LA NECRÓPOLIS DE LOS MÁRTIRES.

 

La primera de las necrópolis y más importante por el número y tipo de sepulcros descubiertos, es la que se encuentra en el solar de la ermita de los Santos Mártires Fabián y Sebastián[4]. Su ubicación, extramuros de la Augustobriga romana, coincide con el lugar donde finalizaba el decumano máximo de la ciudad y comenzaba el camino hacia los baños de la Cuadra, muy cerca de la confluencia del río Alija en el Tajo. La huella de esta arteria debió de permanecer tras el abandono de la población, pese a la ruina que minaría los edificios levantados por los romanos, pues a finales del s. XV, y cuando se repuebla con el nombre de Talavera la Vieja, su trazado es respetado, convirtiéndose en la principal arteria de la localidad con el nombre de calle Real. Este eje, tanto en el presente como en el pasado, serviría para vertebrar los barrios de la ciudad, articulados por medio de una gran parrilla, cuyas calles se corresponden igualmente con la parcelación de cada manzana dispuesta por los agrimensores romanos.

Fig. 2- Localización de la ermita de Los Mártires y de la necrópolis oriental de Talavera la Vieja. Foto de 1959. Paisajes Españoles.

 

La verdadera extensión del área de enterramiento es desconocida, pues desde la colmatación del vaso del pantano en 1963, y salvando el incidente que tuvo lugar en 1966, por el cual hubo de ser vaciado completamente, el nivel del agua nunca había descendido por debajo de la cota 291 sobre un nivel máximo de aforo que es de 315 m.s.n.m. Sin embargo, el hecho de que la mayor parte de las tumbas conocidas se deban a los estragos causados por la actividad erosiva del oleaje en sus orillas, nos hace sospechar, que más allá de lo que nos permite contemplar los acusados descensos del estío, la necrópolis, se extendía bajo la ermita hacia el olivar anexo, continuaba hacia la era empedrada de “Tío Sotero Prieto” situada un poco más al norte, y rebasando las tapias  del Corral Concejo, se adentraba en los corrales situados a derecha e izquierda, de esta manera, los viajeros que entraban o salían de la ciudad, se encontraban, como en otras muchas ciudades del mundo romano, una avenida flanqueada por monumentos funerarios. (Fig. 2)

 

Tan solo uno de sus límites parece estar claro, y lo marca el arroyo que lleva por nombre la Ruiza. Es un límite físico, pero a su vez simbólico, pues el arroyo parece servir de imagen del mítico río Aqueronte, en cuya orilla el barquero del Hades esperaba para guiar las sombras de los difuntos hasta el otro lado del río. No es casual, por tanto, que a pocos metros de su orilla acabara el pomerium o espacio urbano construido, dando paso al dominio mortuorio que por extensión era considerado un lugar sagrado e inviolable. No es de extrañar, por tanto, que existiera una planificación urbanística previa en la concepción de ambos espacios, el de los vivos y el de los muertos, circunstancia que a su vez explicaría el carácter hipodámico de la ciudad, reflejado incluso en la construcción moderna.

 

Puede ser una coincidencia, pero este punto fue considerado, asimismo, el límite urbano de la moderna Talavera la Vieja, erigiendo frente a la ermita, en el chaflán de un corral, y entre los caminos de la barca de Alija y el carril de la Palomera, un crucero adornado con una columna de mármol blanco rosáceo, originaria probablemente de las canteras de Borba-Estremoz, permaneciendo allí junto al pedestal que los sustentaba, hasta los años ochenta, cuando la ciudad se convirtió en una improvisada cantera, mientras que los torsos de los verracos y otras piezas singulares, permanecen sumergidas cerca de la pasadera del arroyo de la Ruiza, el cual circunvalaba por el oeste la colina donde se levanta la ermita, delimitando tal y como hemos dicho el área de los enterramientos.

 

Hoy las ruinas de la ermita apenas sugieren lo que fue, pero siglos atrás, tanto el edificio, como los solares anexos, fueron objeto de atención por quienes visitaron “Talaverilla”, atraídos, no por la construcción en sí del edificio, de una arquitectura bastante modesta, típica de las arquitecturas góticas rurales, sino por la reiterada presencia de epígrafes latinos en los alrededores.

 

De sus avatares dan cuenta varios documentos. El más antiguo data de 1571, aproximadamente 80 años después de la reocupación y refundación de esta población, y trata de una carta que el humanista toledano Alvar Gómez de Castro remite al Obispo de Plasencia D. Pedro Ponce de León. En dicho documento habla de una lápida escrita en latín que se hallaba en el interior de la ermita[5], distinta de la que se menciona unos años más tarde en las Relaciones Topográficas de Felipe II[6] y a su vez diferente de aquella otra a la que se alude en un manuscrito del P. Román de la Higuera[7]. En suma, una crecida colecta de epígrafes, muchos de los cuales aparecen en los estudios dedicados al lapidario de este municipio[8].

 

La ermita y sus epígrafes constituyen por tanto uno de los principales alicientes para viajeros y curiosos que recalan en Talavera la Vieja, de ahí, que sin sospechar aun lo que albergaba éste enclave, le dediquen bastantes párrafos, a través de los cuales se puede seguir la historia del edificio y comprender incluso el porqué de su advocación. En este sentido, tenemos la suerte de contar con las descripciones de Hermosilla y Córnide[9], las más importantes sobre las antigüedades que albergaba la población. La primera, es una larga crónica con algunas conjeturas sobre la ubicación de las principales estructuras de la ciudad romana, la segunda, sin embargo, profundiza en unos supuestos orígenes de la villa y su nombre, sin obviar la importancia de las ruinas y reparar en algunos detalles que el anterior académico pasó por alto.

 

Acerca de la ermita en cuestión, la crónica de Hermosilla, por ejemplo, no hace sino certificar el estado de ruina y abandono en el que se encuentra, es decir, cuando habían transcurridos tres siglos aproximadamente de lo que debió de ser la fecha de su construcción, y dos siglos posteriores a la visita de Alvar Gómez. En el texto, se alude a su estado de la siguiente manera:  «Cerca de la villa empieza á verse por todas partes una infinidad de sillares de piedra berroqueña (de que abunda muchísimo todo el país), los mas de quatro pies de largo, tres de ancho y dos de alto, algunos mayores, algunos con molduras y cornisas, y otros lisos. La puerta y ésquinas de una ermita arruinada, que llaman de los mártires, á la entrada del pueblo, está hecha de estos sillares unidos muy rústicamente al resto del edificio, que es de ladrillo y barro; y aunque ya sin tejado ni techo, conserva quatro arcos góticos de muy mala construccion que lo sostenían. Delante de esta ermita hay un trozo de columna de un pie de diametro y seis de alto, de marmol blanquísimo y de grano tan fino como el de Carrara, con una cruz de hierro«[10]. La descripción se completa con la noticia de varios epígrafes, algunos conocidos, otros inéditos y el hallazgo de sendos fragmentos de esculturas zoomorfas conocidas popularmente como verracos. Es posible que estas figuras pudieran haber sido incorporadas a alguna tumba o monumento sepulcral de la necrópolis en época romana, costumbre nada inhabitual por otra parte, como parece deducirse de los casos en que presentan sobre sus costados epígrafes funerarios, siendo un ejemplo cercano el de la localidad de Villar del Pedroso.

 

En ese estado de decadencia se presentará también a otros ilustres visitantes de la localidad que antecedieron a los académicos antes mencionados, entre ellos Antonio Ponz[11], al propio Ambrosio de Morales[12], que no consigna, al menos que conozcamos, ninguna noticia sobre el particular, además de las respuestas a la encuesta enviada por el Cardenal Lorenzana[13] a las cuales los Vicarios y Curas Párrocos de la época debían de responder.

 

Más de medio siglo después, cuando se redacta el Diccionario Histórico-Geográfico de Pascual Madoz[14], se constata ya el empleo del solar de la ermita como el nuevo cementerio de Talavera la Vieja «…y en las afueras el cementerio construido en una ermita destechada, titulada los Mártires”, interesante circunstancia que se mantiene desde 1870 hasta 1908, fecha en la que con motivo de una inspección, se decreta el traslado del camposanto a una nueva ubicación. El documento alusivo a dicho traslado, fue salvado junto a otros, por el secretario del ayuntamiento D. Julio Brasero Arroyo, cuando se produjo éxodo de sus habitantes. Es en extremo interesante, pues en las alegaciones para su clausura, se dice que el cementerio no reúne las condiciones para los fines a los cuales estuvo destinado, no pudiéndose efectuar a la profundidad debida las inhumaciones por las malas condiciones del terreno, además, dándose el caso de por su poca extensión, al hacer las aperturas de las fosas, se da con restos de cadáveres, algunos de ellos recientes, ofendiéndose los sentimientos de estos habitantes, que ven así maltratados los restos de sus antepasados[15].

 

Suprimido el cementerio viejo, la ermita se cierra a cal y canto para evitar profanaciones. Es entonces cuando se desploman arcos y paredes, hasta llegar al estado de abandono en que la encontramos, conservando tan sólo una parte de los paramentos del lateral izquierdo del edificio, con cuatro pilares laterales en pie y el muro que cerraba la ermita reducida a sus cimientos. Finalmente, la pérdida del mortero que recubría y amalgamaba esos muros, ha puesto al descubierto el alma de la construcción, donde se han hallado embutidos nuevos epígrafes[16] y piezas de granito trabajadas con molduras y boceles propios de edificios de cierta nobleza, tal vez despieces del basamento o la cornisa de uno de los mausoleos que hemos localizado años atrás, a pocos metros del monumento.

 

Parejo a la ruina del edificio y durante más de cincuenta años se ha venido sucediendo en paralelo otro fenómeno si cabe más destructivo, motivado por la actividad erosiva de las aguas que periódicamente inundan esta zona. Consiste este fenómeno en el desplazamiento masivo, lento y por gravedad, de las arcillas del terreno a causa de su plasticidad y fluidez adquirida por éstas cuando se empapan de agua. De este modo, la tierra que envuelve las ligeras pendientes del altozano donde se halla la necrópolis y sin el estorbo que suponen la existencia de muros o construcciones, se han ido deslizando hacia el fondo del pantano, de tal forma, que en los años subsiguientes a los descensos de nivel de las aguas y como si de una excavación se tratara, afloran los tejadillos de las tumbas, tubos de libación y muros de algún mausoleo. A esta circunstancia no es ajeno el resto del embalse, donde el fenómeno de disgregación y transporte de las partículas de tierra hacia el interior de la cuenca ha permitido localizar una decena de asentamiento rurales romanos, visigodos y mozárabes, sepulcros, silos, alfares e incluso tres embalses que datan del apogeo del municipio romano[17] y otros restos aún más antiguos, representativos de las distintas etapas de la prehistoria y de la protohistoria de la comarca[18]

 

Pese al aparente prodigio que para el arqueólogo supone encontrar al descubierto ruinas que sólo una excavación arqueológica habría podido destapar, hay que advertir, que dicho proceso de erosión laminar encierra una perversidad, pues igual que podemos asistir un año al descubrimiento de nuevos vestigios, al siguiente constatar su desaparición, tan es así, que nuestras observaciones son a veces los únicos testimonios de los cuales podemos disponer para la reconstrucción actual de muchos de los yacimiento expuestos. Caso de la necrópolis cuya semblanza nos proponemos trazar.

 

La documentación de muchos de los sepulcros que aquí se mencionan tiene una antigüedad de veinte años, por lo que muchos de ellos ya han sido devorados por la intemperancia de los elementos, aunque estos mismos, como explicamos líneas atrás, han dado lugar a la aparición de otros nuevos y los que sin ninguna duda van a seguir emergiendo.

 

Es lamentable que, en este lugar concreto, es decir, el de la necrópolis, nunca se haya realizado una excavación arqueológica, pese a que todos los indicios apuntaban a que aquí se hallaba una de las áreas de enterramientos más destacadas de la ciudad. La única campaña que en este sentido se puso en marcha fue a la par que se ultimaba el abandono de Talavera la Vieja, es decir hace más de cincuenta años, cuando el equipo de García Bellido planteó algunos cortes en distintas áreas dentro del casco urbano[19]. Las razones por las cuales no se interviene, por ejemplo, la zona de la ermita y en otros lugares señalados, son varias, pero la más poderosa obedece a los dictados políticos del régimen imperante, según la cual no convenía obtener mayores conocimientos de una ciudad que iba a quedar sumergida, por tanto, todo lo que se hizo, y en contra de la opinión de los arqueólogos que intervinieron, simplemente pretendía cubrir las apariencias.

 

Las quince tumbas documentadas hasta ahora, se hallan en una cota cercana a la línea de mínimo descenso del nivel del agua, que es lo mismo que decir, en el punto donde el embate y el ataque erosivo cobra una mayor virulencia, de tal forma, que cada una de las unidades sepulcrales detectadas, parecen acomodarse al óvalo que describe el cerro sobre el que se asienta la necrópolis y en el punto donde cambia con mayor rapidez el grado de buzamiento de la pendiente, aunque esta percepción se debe probablemente a la desigual intensidad con la que se ha ido decapando la zona. La orientación de las tumbas es diversa y aunque predomina la componente Este a Oeste con la cabeza del inhumado supuestamente colocada hacia este último punto cardinal, hay al menos dos sepulcros con orientación Norte-Sur.

 

Entre las tumbas que se han podido documentar, una se hallaba aparentemente intacta, de seis podemos ofrecer una descripción parcial, pues casi todas han visto degradadas alguna de sus partes, de cuatro podemos intuir su existencia gracias a la presencia de tubos de libación visibles a ras de suelo y de otras podemos inferir su presencia merced a las diferentes evidencias conservadas. Predominan las tumbas de tejadillo a dos aguas, hoyos excavados en el suelo entibados con paredes de ladrillo y cubiertas planas, dos estructuras cuadrangulares delimitadas por piezas latericias que suponemos sirvieron de postrer depósito de una incineración, y, por último, un sepulcro que debió de tener el aspecto de un mausoleo, del que sólo permanece la cimentación de cantos rodados que correspondía al basamento.

 

2.1. LOS SEPULCROS.

A título individual los sepulcros[20] presentan las siguientes características tipológicas:

 

1- Tumba de dimensiones medias presenta cubierta de tegulae dispuestas en forma de tejadillo. La pérdida por erosión de parte de un lateral permite incluso contemplar el lecho de la misma a base de tegulae plana. En ese mantillo inferior se hallaron dos ampollas de vidrio conservadas en las vitrinas de la Fundación Concha. Se ignora si el ajuar lo completaban otros objetos. Medidas, 180 X 57 cm. La orientación de la estructura era E – W.

Fig. 3- Ejemplos de tumbas de tejadillo y cubierta plana en la necrópolis del solar de Los Mártires.

 

2- Tumba de dimensiones medias presenta cubierta de tegulae dispuestas en forma de tejadillo con el mismo tipo de piezas tapando pies y cabecera. Se ignora si tuvo ajuar, pues fue expoliada. Medidas, 190 X 55 aprox. La orientación de la estructura era N – S. (Fig. 3.1)

 

3- Tumba de dimensiones medias presenta cubierta de tegulae dispuestas en forma de tejadillo. Se ignora si tuvo ajuar.  178 X 44 cm. La orientación de la estructura era E – W.

 

4- Tumba de dimensiones medias presenta cubierta de tegulae dispuestas en forma de tejadillo con el mismo tipo de piezas tapando pies y cabeza. Se ignora si tuvo ajuar. Dado el estado de degradación del sepulcro no es posible proporcionar medidas. La orientación de la estructura era E – W.

 

5- La sepultura está realizada excavando una fosa de forma rectangular en los depósitos aluviales. Presenta unas dimensiones medias y se halla compuesta por paredes de ladrillos dispuestos horizontalmente formando una hilada y cuya función era la de delimitar la caja de la tumba, con cubiertas planas de tégulas. Se ignora el contenido, pues en apariencia está intacta. Medidas 183 X 68 cm. La orientación de la estructura era N – S. (Fig. 3.2)

 

6- Tumba de dimensiones medias que presenta paredes de ladrillos y la cubierta seguramente de tegulae, a juzgar por los fragmentos que el agua había esparcido por los alrededores. Se ignora si tuvo ajuar. Medidas imprecisas en su longitud porque su mitad aún se halla enterrada, anchura de 86cm. La orientación de la estructura era N – S.

 

7- Tumba de pequeñas dimensiones compuesta por una estructura lateral de ladrillos parcialmente superpuestos. Probablemente estuvo cubierta por tégulas dispues­tas a dos aguas, aunque nada de la superestructura nos ha quedado, al ser la tumba prácticamente destruida por numerosas interfacies. Dado su tamaño, hemos de suponer que alojó un sujeto infantil. Se ignora si contenía algún tipo de ajuar. Medidas: 0,90 X 0,45 m. La orientación de la estructura era N – S.

 

8- La estructura del enterramiento consta de una superestructura conformada a base de una cubierta de tegulae y un tubo cerámico dispuesto verticalmente que asoma apenas 5 cm. por encima del suelo, compuesto por dos piezas tipo ímbrices. La orientación de la estructura era E – W.

 

9- También posee un tubo de libación compuesto por dos piezas tipo ímbrices y la cabecera de una tumba rectangular, donde asoman tégulas hincadas en vertical.

Fig. 4- Tubos de libación de la necrópolis de Los Mártires

 

10- Tubo de libación compuesto por dos ímbrices de distinta medida en el arco. (Fig. 4.1)

 

11- Tubo de libación compuesto por tres ímbrices.

 

12- Tubo de libación fragmentado y lateral de la tumba entibado con materiales latericios y tégulas. (Fig.4.2)

 

Fig. 5- Planta de un mausoleo en la necrópolis de Los Mártires.

13- Restos de la cimentación de un edificio de planta cuadrangular compuesto por un relleno de cantos rodados. La anchura de los muros de la cimentación oscila entre los 70 cm. y los 80 cm. de ancho y recuerda especialmente a los acotados que conservaron este tipo de cimentaciones con una parte del alzado de tapial, presentes en el solar de los Columbarios[21] y en la necrópolis del Albarregas, ambas en Mérida[22]. (Fig. 5)

 

14- Restos de un enterramiento de incineración, del cual únicamente hemos podido documentar un tramo menor de la estructura de la cista, así como parte del interior de la misma, conformada por paredes de ladrillo de 49 X 49 cm. No se conoce el ajuar.

 

15- Cista compuesta por paredes de losetas de barro cocido sin enfoscar de 68 X 63 cm. Se ignora si tuvo ajuar.

 

En paralelo a las tumbas también se han documentado otro tipo de restos, concentrados principalmente en el exterior de las mismas y dentro de manchas oscuras destacadas sobre la greda rojiza dominante en el terreno. Consisten estos restos en cerámicas, huesos de cerdo, cordero y náyades (Margaritifera auricularia), lo cual nos hace pensar que fueron acarreadas hasta allí como parte necesaria de un ritual que incluía el banquete funerario. Reforzaría también esta idea la presencia de los tubos de libación, conductos construidos para las profusiones típicas de las celebraciones periódicas en honor a los difuntos. De estas manchas proceden además los únicos materiales con los que hemos podido contar para aventurar una datación, y aunque la colecta es bastante escasa, resulta muy significativa. Todos tienen en común una procedencia superficial, a excepción de los dos ungüentarios de vidrio, únicos materiales recuperados del interior de una de las tumbas. Consta el depósito de una lucerna y un disco de otra, varios fragmentos de piezas de cerámica y dos trozos de pulseras.

Fig. 6- Lucerna y disco de lucerna procedentes de la necrópolis de Los Mártires. Museo Fundación Antonio Concha.

De la lucerna con volutas en el gollete del pico decorada con una Victoria alada con peplo y un clípeo virtutis, la inscripción SC, elaborada en paredes finas afín a las producciones emeritenses[23]. Podemos decir que es del tipo Dressel 11, fechable a finales del siglo I d.C., aunque es posible su pervivencia localmente hasta el siglo II d.C. El otro fragmento de lucerna posiblemente se trata de otra Dressel 11, aunque solo conserva el relieve del disco con escena erótica[24]. Ambas se exponen en las vitrinas del Museo de la Fundación Antonio Concha. (Fig. 6)

 

Entre los restos de contenedores, constan varios fragmentos de vasos de paredes finas que podríamos datar a finales del s. I, fecha que estaría en sintonía con la ofrecida por las lucernas. Aparte de estos, tenemos varios fragmentos de sigillatas claras del tipo Hayes 52 a los que se adjudica una cronología más tardía que, pondría de manifiesto la vigencia de los enterramientos en el sitio al menos hasta finales del s. III.

Fig. 7- Ungüentarios procedentes de un enterramiento de la necrópolis de Los Mártires.

Los dos ungüentarios, formas Isings 82 y 26 pueden datarse a principios del s. I al s. II. El primer ejemplar consiste en una pieza piriforme de mediano tamaño, con una altura total de 8 cm, la panza bien marcada, perfil bulboso, cuello alto tubular estrecho, con la embocadura bien marcada y borde vuelto. La base ligeramente rehundida en el centro mide 4,5 cm. Podría identificarse con la forma Isings 26[25], presente en diversos yacimientos desde Tiberio al siglo II d.C. (Fig. 7)

 

El segundo corresponde a un recipiente de 8,5 cm. de altura. Tiene el cuello de forma tubular y no presenta ningún estrechamiento que lo separe del cuerpo inferior, que es de forma troncocónica. La base mide 6,5 cm. y es ligeramente cóncava en el centro, lo que permite un mejor apoyo en posición vertical. Es un tipo cercano por tanto a la forma Isings 82[26] producciones en vigor de medidos del s. I, a la época flavia, es decir, s. II. Ambos ejemplares están realizados con la técnica de soplado en vidrio incoloro.

 

A los siglos III-IV corresponden también los dos fragmentos de pulsera conservados en las vitrinas del Museo de la Fundación Concha. La primera pieza formaba parte de una pieza circular de vidrio negro opaco con decoración externa a modo de pequeños granos trenzados y gallonados, su diámetro es de 9 mm. El otro fragmento es también de vidrio negro opaco, pero presenta una superficie totalmente lisa sin decoración alguna. Su diámetro es de 8 mm.

 

En consonancia con lo hallado, también parece estar la cuestión de las orientaciones de los sepulcros, pues si en los primeros siglos del imperio son frecuentes las orientaciones Norte-Sur, vemos como a partir del s. III es casi más frecuente encontrar enterramientos con la componente Este-Oeste. Especial atención merecen también la presencia de los tubos de libación, que en estas latitudes alcanzan su máxima popularidad entre los siglos II y III, época en la que algunos autores ponen de manifiesto su relación con las regiones norteafricanas[27], aunque para sus orígenes se han señalado múltiples focos.

 

De todo lo expuesto se concluye que nos encontramos ante una necrópolis cuya duración corre pareja a la vida del municipio augustobrigense. Los datos aportados, básicamente la tipología de los ungüentarios y los restos cerámicos encontrados en los paquetes de relleno asociados, indica que la urbanización de esta parcela como necrópolis se remontaría a finales del s. I, una implantación temprana que concuerda con lo que sabemos sobre el origen de este municipio[28] que no parece que decaiga durante la época bajo imperial, aunque la ausencia de materiales fechables a partir de este momento se hace muy notoria, no sólo en el área sepulcral, sino en el propio área urbana, con un monetario extremo de época de Valentiniano, es decir de mediados del s. V.

 

Acerca de cuál era el rito predominante, si inhumación o cremación, debemos decir que ambos debieron de coexistir, y aunque en apariencia predominan las inhumaciones, nada permite asegurar que todas las tumbas de una cierta longitud y por ejemplo cubiertas de tejadillo estuvieran adscritas exclusivamente a este rito, podría tratarse igualmente de cremaciones en busta bajo cubierta, como acontece en las necrópolis onubenses[29]. Por lo que no puede afirmarse taxativamente que solo las cistas estuvieran adscritas al rito de la cremación.

 

Refuerza esta hipótesis también el hecho de contar con la presencia de un ustrinum o un bustum caracterizado por una infraestructura compuesta por una base de arena con los límites laterales marcados por la presencia de  fragmentos de tegulae hincadas verticalmente, en cuyo interior, además de una serie de fragmentos cerámicos no diagnosticables, constatamos la presencia de restos humanos, particularmente denticiones y fragmentos de cráneo con huellas de rubefacción que apuntan a la cremación previa de cadáveres.

 

Por el contario, aunque los tubos de libaciones se asocian con más frecuencia a tumbas del rito de incineración, hay que decir que no es raro tampoco encontrar inhumaciones provistas de este sistema. Casos de evidente paralelismo se localizan en las necrópolis emeritenses donde igual que sucede en la necrópolis de Augustóbriga, se emplean dos ímbrices enfrentados por el lado cóncavo para formar el tubo[30], además de las que poseen un tubo vertical cónico o cilíndrico completo incrustado en la tapa e incluso ánforas con el fondo cortado[31] o en el  resquicio entre la cabecera y la cobertura de tégulas a dos aguas. Muchas de las tumbas con este dispositivo datan del s. I.

 

La aparente modestia de los enterramientos se contrapone a la presencia de un edificio que tuvo un indudable carácter monumental, pero que desgraciadamente fue objeto de expolio al ser removidos sus materiales más nobles hasta los cimientos para ser reutilizados en la construcción de la ermita, donde se pueden contemplar embutidos en la cimentación de lo que queda del muro norte. En la provincia de Cáceres este tipo de construcciones son prácticamente desconocidas, tan solo se le podría asemejar el mausoleo aparecido en Jarandilla[32] mientras que, en las necrópolis emeritenses, por rescatar un ejemplo cercano, los hallazgos de este tipo se cuenta por docenas. La construcción de los mismos, estuvo presente desde los primeros momentos de la vida en aquella colonia hasta al menos el s. IV, siendo siempre un ejemplo de diferenciación social, a tenor de los hallazgos que en ellos se han producido, una semblanza acrecentada en el resumen que se ha elaborado recientemente sobre esta cuestión[33].

 

La obliteración de la necrópolis romana diez siglos después por un edificio cristiano, obedece seguramente a una costumbre que cambió la topografía funeraria de las ciudades romanas y que tiene su origen en la expansión del cristianismo, según la cual los cementerios, ya sea intramuros o extramuros se asociarán a basílicas cristianas, a martyiria o a lugares donde se evoca la memoria de un mártir. El hallazgo en este lugar de lápidas escritas en latín, algunas con sonoros nombres cristianos o asociados a esta religión por los colonos que repueblan este lugar a finales de la Edad Media, les indujo probablemente a creer que se hallaban ante uno de esos espacios, por lo que los nuevos moradores deciden edificar una ermita consagrada a los santos Fabián y Sebastián (mártires de mediados del s. III y principios del s. IV respectivamente). San Sebastián especialmente, no falta en los altares de los pueblos extremeños, por ser entre otras cosas el patrón protector de las cosechas y defensor contra plagas y enfermedades, siendo mimetizada y/o sincretizada su celebración con otras fiestas de abolengo pagano.

Más adelante asistiremos a una falsificación sobre un ara romana que pretendía adjudicar a otros santos mártires como Vicente, Sabina y Cristeta a esta localidad, bautizando de paso con el nombre de la Ebura carpetana a la misma, de modo que la tradición martirial en Talavera la Vieja parece que tiene un acendrado origen, que no sabemos si tiene que ver con el descubrimiento del cementerio romano en cuestión y sus epígrafes.

 

La importancia de estos hallazgos es doble por dos cuestiones: la primera de raíz topográfica y urbanística, ya que de manera coyuntural van a aparecer en una zona que tradicionalmente se consideraba exenta de ocupación; contribuyendo su conocimiento a reforzar la hipótesis que ya se planteaba al hablar de la existencia de una muralla en este sector[34], la cual dejaría precisamente extramuros a la necrópolis, y al arroyo de la Ruiza como protagonista en el papel de frontera entre el espacio urbano y la morada de los muertos. La segunda cuestión, derivada de la anterior, tiene un carácter más histórico y arqueológico, pues conlleva a la adaptación de las áreas funerarias a la norma organizativa clásica romana de situar los sepulcros con arreglo a los ejes cardinales, colaborando con su presencia en el diseño de los límites propios de la ciudad; pudiendo relacionarse además, con la importante vía que prolongaba el decumano máximo hacia el Este, vía que articulaba la comunicación hacia el ramal principal del Itinerario 25, refrendado por la presencia de un miliario en las proximidades del reconstruido puente del Conde[35].

Fig. 8- Epígrafe de Ivlivs Silavanvs procedente de la necrópolis de Los Mártires.

 

2.2. EPÍGRAFES DE LA ERMITA DE LOS MÁRTIRES

De toda la epigrafía rescatada en la ciudad, con seguridad se conocen varios epígrafes procedentes del solar de la ermita mencionados por los antiquiores que visitaron este lugar. Varios han sido recuperados recientemente, de los cuales, uno se hallaba inédito[36], otro se conocía desde hace 400 años pero se ignoraba el paradero[37] hasta su rescate por la Fundación Antonio Concha, y un tercero, publicado hace unos años, ha podido ser releído y corregido, gracias al estudio que de la inscripción hemos hecho a partir de una reconstrucción fotográfica tridimensional[38], aunque aún, por circunstancias que tienen que ver con el deterioro del soporte, es bastante incompleto. (Fig. 8)

 

La cuarta y quinta de las inscripciones fueron reseñadas por Gómez de Castro, una incompleta de mármol que debería figurar como inédita, donde solamente se podía leer parte de la fórmula final[39] y la célebre inscripción que el insigne humanista se llevó a Toledo, localidad donde ahora recala en el Museo de Santa Cruz dedicada a Marcvs Palphvrivs Laetinvs[40].

 

La sexta inscripción aparece reseñada por Hermosilla[41] y se encontraba incrustada en las gradas del altar mayor. Se da por desaparecida, pues el altar y sus gradas fueron

Fig. 9- Sección de una cupa sectile, desplazada de su lugar original para ser utilizada de umbral en una casa de Talavera la Vieja.

 

desmontados tras la secularización del edificio. De otras muchas, no hemos podido confirmar su origen, pero sin duda alguna, una parte de las mismas formaron parte de esta necrópolis, tal vez la primera y más importante construida en la ciudad y a la cual pertenecen no solo los monumentos reseñados, sino los verracos traídos desde el castro vetón de Alija[42] y algunas de las piezas que conformaban grandes cupae sectile, compuestas a base de secciones semicirculares ensambladas unas a otras y revocadas posteriormente con una capa de estuco, de las cuales, al menos dos, hemos identificado sirviendo de soleras a la entrada de sendas viviendas. La peculiar morfología de estas rebanadas de piedra correspondientes a cupae de gran tamaño, se achaca a la llegada de nuevos pobladores a este extremo nororiental de la Lusitania romana, quizá ante las expectativas de ampliación del espacio agrícola. Se trata de gentes de la más diversa procedencia, pero en Lusitania su ascendencia parecer mayoritariamente norteafricana e itálica, sobre todo gentes de Mauritania y Tingitania con su bagaje de ideas y conceptos religiosos atraídos por la prosperidad de las tierras colonizadas y capitalizadas por Emerita Augusta. Su arribada a estas tierras fue creciendo sobre todo a partir del s. II d.C. significando de cara a los ritos y costumbres funerarias, nuevos aportes a las ya de por sí complejas y variadas costumbres del mundo romano. (Fig.9)

 

La tumba para los romanos era una manera de sobrevivir a la muerte, y si bien en principio, las cupae se asocian a personas de origen humilde, libertos, esclavos o hijos de libertos, la monumentalización de los ejemplares de Augustóbriga y los que se encuentran repartidos por su territorio delata la presencia de familias que han adquirido cierto estatus, pues, arquitecturas de las características aquí descritas, evidentemente requieren un poder adquisitivo notable. Es por tanto de presumir, que entre los siglos II y III d.C. existiría ya en esta comarca, una clase de ricos propietarios, obstinados en hacer valer su prestigio ante los demás, levantando a su muerte, obras sobresalientes a imitación del patriciado urbano de ciudades como Emerita Augusta (Mérida), Capera (Cáparra), Turgalium (Trujillo) o Norba, (Cáceres), donde éste tipo de monumentos también tuvieron un papel destacado[43], pero no con el exagerado tamaño con que aquí se presentan, resaltando así como una peculiaridad regional.

 

El interés de las cupae aquí retratadas estriba no solo en el conocimiento que aporta sobre una clase social distinguida, sino en la excentricidad y singularidad de tales monumentos segmentados, prácticamente ceñidos a la geografía del norte de la Lusitania, de los cuales, tan solo conocemos siete ubicaciones más, en una plazuela de Guijo de Granadilla, tal vez procedente de Cáparra, otro en la finca Encinahermosa de Malpartida de Plasencia, en el Castrejón de Peraleda de San Román, las dos cupae del valle de San Gil en Aldeanueva de la Vera, la de Parrala en Jarandilla[44] y las de Talavera la Vieja. Fuera de nuestro territorio, se registra un caso en Vimianzo (La Coruña), considerado igualmente un unicum dentro de la Gallaecia. No obstante, los amplios vacíos del mapa provincial, obligan a ser prudentes, porque estamos seguros que los ejemplares aquí reseñados tienen una representatividad determinada por lo azaroso de nuestra exploración, que, de ser más sistemática y sosegada, hará aflorar otros datos y los hará igualmente significativo.

 

  1. LA NECRÓPOLIS DEL CERCADO BENITA Y PALOMARES.

La segunda de las necrópolis se halla entre los cerquillos de Benita y Palomares, en la salida occidental del decumano, camino conocido como la Cuesta Blanca y que era por donde más tarde recibiría la carretera de Bohonal de Ibor. Esta área sepulcral parece pues discurrir también, en estrecha relación con un importante camino, que partiendo de aquí se dirigía a los asentamientos situados al oeste de la ciudad, algunos como el de Casar Blanco y Torre de Alonso, anotados en las fuentes como torres o casas fuertes[45]. Mantiene una escasa presencia de sepulcros, debido sobre todo a que ha sido menos afectada por la erosión, al encontrarse en un terreno llano y precintado por los muros de separación de los huertos, los cuales, si no han contenido la migración de las partículas finas de tierra, si lo han hecho con la grava, por lo que la profundidad de los enterramientos no se ha visto tan menoscabada.

Fig. 10- Tumbas delimitadas por tégulas del Cercado Benita-Palomar, ubicadas en la necrópolis occidental de Talavera la Vieja.

Pudo ser una necrópolis secundaria o de menor importancia, pero al no haberse excavado ningún sepulcro y desconocer la tipología de la sepultura, la disposición de las ofrendas fúnebres y cronología de las mismas, no hemos podido precisar la época durante la cual estuvo en uso, así como las características de los difuntos o del ritual de enterramiento subsiguiente, salvo que en los casos donde el tamaño indica claramente que se trataba de una inhumación. Otra información bastante certera es la relativa a la orientación de los enterramientos, dispuestos de este a oeste, tendencia predominante en los enterramientos del Bajo Imperio y deducible en este caso por la posición de las tégulas empleadas en la delimitación de la caja, cuyos bordes sobresalen levemente de la tierra. (Fig. 10)

 

La ubicación paisajística del cementerio es pareja a la anterior, salvo porque el arroyo Mamaleche, que bordeaba la localidad por esta parte, sirve de límite a la expansión de la necrópolis hacia el oeste, quedando esta constreñida entre su cauce y unas viviendas extramuros, cuya planta está contribuyendo a dibujar la erosión. Curiosamente es también el límite de la Talavera moderna, y significativamente otro crucero, ornamentaba la salida de la calle Real por este extremo en dirección a Bohonal de Ibor.

 

Una de las hipótesis que manejamos es que dichos enterramientos estuvieran vinculados a la domus anexa, pues tiene todas las características de un asentamiento suburbano, emplazado allí, tal vez, porque su principal actividad, a juzgar por los hornos y obradores latericios descubiertos, la obligara a guardar cierta distancia con el entorno urbano más concentrado, y evitar así molestias a sus habitantes. Este lugar pudo tener un papel importante en la producción de cerámicas de la localidad, similar al descubierto en otro punto de la periferia urbana en el antiguo solar del campo de futbol, donde moldes de sigillatas, algunos epigráficos y un número importante de fragmentos de las mismas características, confirman esta población como un centro de fabricación importante, cuya actividad pudo hallarse al servicio de más de un centenar de domi de esta época distribuidas por la comarca el Campo Arañuelo y aledaños.

 

  1. LA NECRÓPOLIS DEL CAMINO DEL ALMENDRO.

 

El último lugar de la ciudad del cual tenemos noticias de hallazgos relacionados con enterramientos se localiza al sur de la ciudad, coincidiendo con el final del eje cardinal, en el comienzo del camino denominado por los talaverinos del Almendro o La Pista. La noticia del hallazgo de varios sepulcros fue aportada por los últimos habitantes de Talavera la Vieja, los cuales rememoraban el hallazgo de esqueletos y vasijas en el interior de las tumbas. Nuestras pesquisas llegaron a identificar el sitio, ocupado por el olivar de los Pareones, a la derecha del camino, saliendo de la población. Si nuestro cálculo es correcto, solapó al cardo de la ciudad, pues por el otro extremo se dirige en línea recta hacia los jardines del peristilo del foro, donde posteriormente se instaló la iglesia y la plaza del pueblo.

 

Su exposición a los elementos ha sido menor, pues se sitúa en una cota más elevada que las necrópolis anteriores, dificultando por tanto su inmersión en los años secos cuando el pantano no alcanza la cota máxima de llenado, lo que hace suponer, que cualquier resto se encontrará en mejor estado que las necrópolis oriental y occidental.

 

  1. APUNTES FINALES

 

Pese a la escasez de sepulcros y otros monumentos funerarios que debían de corresponder a un municipio de esta calidad, se han podido extraer algunas conclusiones sobre el mundo de la muerte en Avgvstobriga. Por el momento se ha documentado la existencia de un ritual de inhumación y de incineración, coexistiendo ambos, por lo menos desde el s. I[46], periodo de fundación de la ciudad, hasta principios del s. III d.C., hecho documentado por otra parte, en numerosas necrópolis hispanas[47], sobre todo del Alto Imperio.

 

Los ajuares, casi inexistentes o extremadamente sencillos, deben su pobreza a la condición azarosa de las exhumaciones, prestándose su imagen de pertenencia a las clases modestas de la población, aunque otra cara ofrecen algunos epígrafes, cuya calidad, a veces con un campo escultórico de un retrato labrado en mármol, nos remite en su uso a las clases más acomodadas a imitación de las emeritenses, lugar de procedencia de alguno de los personajes enterrados aquí[48]. La presencia de un mausoleo junto al camino, buscando quizá situarse lo más cerca posible de la entrada de la ciudad, es otro factor a considerar acerca de la categoría de esta necrópolis en la urbana, pues sepulcros de estas características, casi siempre se construyen para reflejar la posición socioeconómica de los personajes allí enterrados.

 

En cuanto a la orientación de los enterramientos del solar de Los Mártires, contrapuestos unos a otros, no parece que obedezcan a una organización preestablecida, sino a un modo totalmente aleatorio, facilitado en principio, por la amplitud del espacio disponible. Al menos, en la parte conocida, las tumbas aparecen separadas a bastantes metros unas de otras, aunque esta es una apreciación subjetiva que habrá que dilucidar con una excavación, pues desconocemos con precisión la estructura organizativa interna. Lo contrario, sin embargo, parece deducirse de la colocación de las tumbas del cercado Palomares, donde las tumbas detectadas, se hallan dispuestas a corta distancia unas de otras y en paralelo. Parece esta última, una planificación premeditada, quizá en un intento de subsanar el desperdicio de terreno a que se había llegado en la necrópolis oriental, sin que esta ampliación afecte a esa concepción normativa con respecto a la ubicación de la morada de los muertos, ahora radicada en el otro extremo del camino.

 

No dudamos que la necrópolis oriental fuera la más importante de la ciudad. El simple hecho de que en su entorno se hallan localizado los epígrafes de mejor calidad y los restos de mayor monumentalidad, así parece confirmarlo, incluso la desorganización antes aludida y la posible saturación provocada por esa circunstancia, tal vez fuera motivada por tratarse de la instalación original. No obstante, el simple hecho de concentrar hallazgos que no superan el s. III, cuando en el espacio urbano, tanto el numerario, como la cerámica u otros materiales recuperados, demuestran que el asentamiento se prolongó al menos hasta el s. V, obliga a pensar en la apertura de nuevas necrópolis extramuros de la ciudad, de ahí que las tumbas se multipliquen en torno a la red viaria.

 

La inauguración de necrópolis en la salida de las ciudades es por otra parte un hecho redundante, distinguiendo con su antigüedad, extensión, monumentalidad y permanencia, la categoría del vial en torno al cual se acomodan. Aparte del caso que estamos tratando, podemos citar por su importancia a la necrópolis oriental de Mérida[49], uno de cuyos núcleos mortuorios más profusos e importantes se ajusta al camino este de salida, en dirección a la ciudad de Medellín, asimismo las de otras muchas localidades del Imperio.

 

No obstante, y en un momento impreciso, relacionado tal vez con las invasiones, la ciudad se va a ir despoblando, no así el territorio, que acusa un incremento poblacional a expensas probablemente de la disolución urbana. Dispersos por el territorio, podemos encontrar nuevos enclaves poblacionales desplegados en torno al Arroyo Tamujoso, Peñaflor, castillo de Alija y sus orillas[50], el Cerro de las Cabras, en construcciones cercanas al cerro Viruelas, el Majadal del Castaño, o la Hoja de Carrasco[51], estas dos últimas, orientadas a la explotación oleovinícola durante la Tardoantigüedad, poseyeron sendas necrópolis, cuyas tumbas, aparte de ampliar el abanico tipológico de enterramientos de inhumación en este sector, con su pobreza constructiva y la práctica inexistencia de ajuares, determinará las señas de identidad de los nuevos habitantes[52].

 

[1] Aguilar Tablada-Marcos, B. Mª. (1997): Augustobriga. Una ciudad romana bajo las aguas, Revista de Arqueología, 190. 38-47; Martín Bravo, A. Mª. (1998): Evidencias de comercio tartésico junto a puertos y vados de la cuenca del Tajo, Archivo Español de Arqueología, 71, 37-52. Martín Bravo, A. Mª. 1999: Los orígenes de la Lusitania. El I Milenio a.C. en la Alta Extremadura, Biblioteca Archaeologica Hispana, 2, Madrid; Jiménez Ávila, F. J. y González Cordero, A. (1999): Referencias Culturales en la definición del Bronce Final y la Primera Edad del Hierro de la Cuenca del Tajo: el yacimiento de Talavera la Vieja, Cáceres., II Congreso de Arqueología Peninsular, Zamora-Alcalá de Henares: Vol. III, 191-190; Celestino, S. y Jiménez Ávila, F. J. (2004): El conjunto orientalizante de Talavera la Vieja (Cáceres). Estudio preliminar, Anejos del Archivo Español de Arqueología, XXXII. 197-208; Aguilar Tablada-Marcos, B. Mª. y Sánchez de Pardo, Mª. D. (2006): Evidencias de un taller de vidrio en la ciudad romana de Augustobriga (Talavera la Vieja, Cáceres), Lucentum, XXV: 177-194; Jiménez Ávila, F. J. (ed.) (2006): Los objetos orientalizantes. El conjunto orientalizante de Talavera la Vieja (Cáceres), Memorias 5, Museo de Cáceres. 89-114; Perea, A. (2006): Estudio del proceso técnico de fabricación y significado de la orfebrería de Talavera la Vieja. El conjunto orientalizante de Talavera la Vieja (Cáceres), Memorias 5, Museo de Cáceres.63-108; Jiménez Ávila, F. J. y Salgado Carmona, J. A. (2006): Objetos de marfil, hueso y vidrio. Objetos varios. El conjunto orientalizante de Talavera la Vieja (Cáceres), Memorias 5, Museo de Cáceres. 155-162; Montero Ruiz, I. y Rovira LLorensa, S. (2006): Comentario sobre las composiciones de los metales del conjunto. El conjunto orientalizante de Talavera la Vieja (Cáceres), Memorias 5, Museo de Cáceres. 109114; López Grande Mª J. y Velázquez, F. (2006): Los escarabeos egipcios. El conjunto orientalizante de Talavera la Vieja (Cáceres), Memorias 5, Museo de Cáceres. 115-130; Garrido García, J. A. (2006): Análisis malacológico. El conjunto orientalizante de Talavera la Vieja (Cáceres), Memorias 5, Museo de Cáceres. 183-187, Portillo, M. y Albert R. Mª. (2006): Análisi de fitolitos. El conjunto orientalizante de Talavera la Vieja (Cáceres), Memorias 5, Museo de Cáceres. 189-193; Salgado Carmona, J. A. (2006): Las Cerámicas. El conjunto orientalizante de Talavera la Vieja (Cáceres), Memorias 5, Museo de Cáceres, 131-154; González Cordero, A. y Morán Sánchez, C. J. (2006): Talavera la Vieja y su entorno arqueológico, en J. Jiménez Ávila (Ed.): El conjunto orientalizante de Talavera la Vieja (Cáceres), Memorias 5, Museo de Cáceres.  131-154; Jiménez Ávila, F. J. y González Cordero, A. (2012): Una tumba “de carro” en la necrópolis orientalizante de Talavera La Vieja (Cáceres), Actas do V Encontro de Arqueologia do Sudoeste Peninsular, Almodóvar: 213-233; González Cordero, A. (2013): Iter Aquarum. El pantano del arroyo Quebrantas, obra hidráulica desconocida para la administración de agua a la ciudad romana de Augustobriga. XIX Coloquios Histórico-Culturales del Campo Arañuelo. 133-172; Morán Sánchez, C. J. (2014): Augustobriga (Talavera la Vieja). Ciudades Romanas de Extremadura Stvdia Lusitanica 8, (Nogales, T. y Pérez, M. J. Eds), 223-246; Salgado Carmona, J. A. (2015): Talavera la Vieja (Cáceres), un asentamiento Orientalizante en la cuenca del río Tajo. Territorios comparados: los valles del Guadalquivir, El Guadiana y el Tajo en época tartésica. Anejos de AEspA LXXX. 393-410; González Cordero, A. (2015): La Edad del Bronce en el Campo Arañuelo. XXI Coloquios Histórico-Culturales del Campo Arañuelo. 107-158; Gimeno Pascual, H. (2016): Aportaciones a la epigrafía de Augustoriga (Talavera la Vieja, Cáceres). Veleia, Serie minor 33. 155-171; Morán Sánchez, C. J. (2017): La documentación inédita de las excavaciones de A. García Bellido en Augustobriga (Talavera la Vieja, Cáceres). 150 años de Historia de la Arqueología: Teoría y método de una disciplina. Mem. De la Soc. Española de Historia de la Arqueología III, (Ayarzagüena M. et al, Eds.), 357-377; Gómez-Pantoja, J. L. y González Cordero, A. (2020): La grande casquería lusitana. Nuevos y olvidados epígrafes de Augustobriga. Gerión 38/2, 489-517.

 

[2] Agradecemos toda esta información a Vicente Manzano y a Anastasio Bayán (†), cuya privilegiada memoria ha hecho posible que muchos datos, de otra manera insalvables, puedan se documentados en estas y otras páginas que hemos escrito acerca del pasado de esta población.

[3] García y Bellido, A. (1956-61): Excavaciones en Augustóbriga. Talavera la Vieja, Cáceres. Noticiario Arqueológico V, 235-239.

[4] Se confunde esta ermita con la de la Fuensanta o Fuente Santa mencionada en el capítulo 40 de las Relaciones Topográficas de Felipe II, redactada en torno a 1578. Dicha ermita se encontraba en el castillo de Alija y sustituía por tradición a otra, emplazada dos centenares de metros más abajo, de la cual no queda más que el dibujo de su planta y un conjunto de tumbas excavadas en la roca alrededor de ella. Abundantes fragmentos de mármol, constituyen pobres indicios decorativos de tradición mozárabe, sino visigoda del templo más antiguo.

[5] Gómez de Castro, A.: “Carta en donde cuenta el viage que hizo a Plasencia a ver a su Obispo D(on) Pedro Ponce de Leon, dando razon de algunas antiguedades que advirtio particularmente en Rocafrida” (ff. 96-101). Ms. B.N. nº 13.009 (siglo XVIII) en Hernando Sobrino, Mª.  R. 2010: Manuscritos de contenido epigráfico de la Biblioteca Nacional de Madrid (siglos XVI-XX). La transmisión de las inscripciones de la Hispania romana y visigoda, Madrid. 398-399; Gómez de Castro, A.: Carta del m(aes)tro Alvar Gómez, en que cuenta la visita que hizo al Obispo de Plasencia, D. Pedro Ponce de León, y varias antigüedades de Estremad(ur)a. Ms. CC-BP, MSS/59(9); (Copia de (B.N. Dd. 28, p. 96 a 101 vº) (1801); (Copia en la biblioteca Pública de Cáceres del ms. de la B.N. Dd. 28, p. 96 a 101 vº) (1877).

http://www.europeana.eu/portal/record/09407a/8F008F42DE7C76358077D3920625573275C6237C.html

[6] Ms. Relaciones Topográficas de Talavera la Vieja, escritas el 29 octubre de 1578 por mandato del rey Felipe II. (Ms. RBME J-I-13 (Ms. RBME J-I-13 Encuadernado en media pasta, en el lomo: «Descripción de los pueblos de España. 2»: Talavera la Vieja, Cáceres; f. 436r-441r.).

[7] Hernando Sobrino, Mª. R. (2010): Manuscritos de contenido epigráfico de la Biblioteca Nacional de Madrid (siglos XVI-XX). La transmisión de las inscripciones de la Hispania romana y visigoda, Madrid. 139-141. Y en el Ms. de Román de la Higuera (1538-1611) (Ms. BNE. 1.632, s. XVI [Historia eclesiástica de España. Tomo V].

 

[8] Salas Martín, J. y González Cordero, A. (1991-1992): Nuevas aportaciones a la epigrafía latina de la provincia de Cáceres. Norba, 11-12. 171-198.; González Cordero A. (2000): Catálogo de inscripciones romanas del Campo Arañuelo, La Jara y los Ibores. VII Coloquios Histórico Culturales del Campo Arañuelo. Navalmoral de la Mata. 115-164; Gimeno Pascual, H. (2016): Aportaciones a la epigrafía de Augustoriga (Talavera la Vieja, Cáceres). Veleia, Serie minor 33. 155-171; Gómez-Pantoja, J. L. y González Cordero, A. (2020): La grande casquería lusitana. Nuevos y olvidados epígrafes de Augustobriga. Gerión 38/2, 489-517.

 

[9] Hermosilla de Sandoval, I. (1796): «Noticia de las ruinas de Talavera la Vieja, leída en la Academia de 2 de julio de 1762», Memorias de la Real Academia de la Historia 1, 1796, 345-362; Córnide, J. (1797): «Continuación de la Memoria de Don Ignacio Hermosilla, sobre las ruinas de Talavera la Vieja», Memorias de la Real Academia de la Historia 1, 1796, 363-408 (Usando probablemente el manuscrito «Primera parte de las antigüedades de Extremadura», de Agustín Francisco Forner y Segarra).

[10] Hermosilla de Sandoval, I. (1796). Op. cit., 347.

[11] Ponz, A. (1784): Viage por España, Tomo VII, carta V, 81. Este viajero y académico pasó por Talavera la Vieja en 1777: «Inmediata á este sitio hay una ermita construida en gran parte de antiguos sillares». Teniendo en cuenta a Hermosilla, trae a colación el epígrafe de Elena, pero no dice dónde está, solo afirma que es una de las dos más legibles”.

[12] «Y que demás de estos letreros hay otros muchos, que en el mes de mayo deste presente año de 78 vino á ver Ambrosio de Morales, coronista de su Magestad, el cual podrá dar mejor razon destas cosas por ser de su facultad». No he encontrado nada de él referente a Talaverilla”.

[13] «Asimismo en la sacristía de esta iglesia se hallan unas lápidas con inscripciones antiguas cuyo contenido se ignora […] y a la salida del pueblo una ermita arruinada que llaman los mártires Santos Fabián y Sebastián«. Lorenzana, Ms., 1784: Descripciones o Relaciones de Lorenzana (1784), cuestionario de catorce preguntas donde se intenta recabar información de todo tipo sobre los pueblos de la Archidiócesis de Toledo. El manuscrito con las respuestas se conserva en el Archivo Diocesano de Toledo. Existe: J. Porres de Mateo – H. Rodríguez de Gracia – R. Sánchez González, Descripciones del Cardenal Lorenzana, Toledo, 1986.

[14] Madoz, P. (1849): Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar, Madrid, vol. 14, 576. En la reedición de 1955 de la Biblioteca Extremeña., 167. “La ermita: Situada a la entrada del pueblo, viniendo desde el embarcadero. La puerta y esquinas estaban hechas con sillares, reaprovechados, de piedra berroqueña y alguna más de mármol. Tenía cuatro arcos góticos. El resto era de ladrillo y barro. Tenía un altar mayor con gradas. Delante había un crucero de hierro sobre una columna de mármol”.

[15] Santos Sánchez, M. (1993): Historia de Talavera la Vieja. La romana Augustóbriga. Talavera de la Reina. 213. Es de suponer que esos antepasados con los que tropezaban, no sólo correspondían a cadáveres recientes, sino a los restos del primitivo cementerio romano, pues no faltan noticias del hallazgo de vidrios y monedas entre aquellos restos.

[16] Gómez-Pantoja, J. L. y González Cordero A., (2020). Op. cit., 505. La última inscripción encontrada en las paredes de la ermita corresponde a un colono emeritense. Tiene de particular, aparte del texto en sí, la colocación en el muro del epígrafe, al contrario de lo que era habitual en las casas de la localidad, donde las letras solían quedar hacia dentro, costumbre que recoge Hermosilla, (1796). Op. cit, 349-350, en su crónica: «Y aun supe por cosa notoria, que cuando se hace ó se repara alguna casa, cuidan mucho los dueños de que el portugués (son precisamente de esta nación los albañiles de toda aquella comarca) ponga las letras de las piedras dentro del muro de modo que no se vean, porque son (así se explican) rétulos de condenados«.

[17] González Cordero, A. (2000). Op. cit., 133-134, nº 24 (HEp 11, 2001, 134); González Cordero, A. (2002): “Construcciones domésticas del mundo romano y de la tardoantigüedad. Los asentamientos de la cuenca del pantano de Valdecañas.”. IX Coloquios Histórico Culturales del Campo Arañuelo. Navalmoral de la Mata, 65-86.

[18] González Cordero, A. y Morán Sánchez, C. (2006): Talavera la Vieja y su entorno arqueológico. Memorias del Museo de Cáceres, 5. Cáceres, 19-44.

[19] A. García y Bellido (1956-61): Op. cit. Apenas nos dejó una reseña de los trabajos cuya dirección encargó a J. Mª Blázquez, cuyos diarios y comentarios fueron publicados recientemente por Morán Sánchez, C.  J. (2017). Op. cit; y en otra obra, sobre el contenido epigráfico por Gimeno Pascual, H. (2016) Op. cit. En aquellos diarios tampoco se incluyeron todos los hallazgos, pues por múltiples canales, hemos recibido noticias, por ejemplo, del descubrimiento de una pintura mural con una bella copa donde bebía un pájaro a espaldas del peristilo del foro, del hallazgo de mosaicos y vasijas enteras en un corte efectuado frente a la puerta de la iglesia, o como se abandonaron las cajas con cerámicas, vidrios y plomos en la pensión donde se hospedaban los arqueólogos junto a otros materiales, que los dueños de la misma, acabaron arrojando a la basura.

[20] Desconocemos si la respuesta 44 de la Relaciones Topográficas de Felipe II, los datos que proporciona acerca del descubrimiento de sepulcros se corresponden con éste área, pues dice textualmente: “Al quarenta e quatro dixeron que demás de las dhas antigüedades que van declaradas se an hallado en esta juzon en la rrribera de tajo algunos vecinos andando plantando heredades sepulcros antiguos e sacados los guesos que dentro estaban eran de tan inmensa grandeza que las cabezas se ponían algunos hombres de dha villa por capacetes y que esto acontecia al dho Miguel Gutierrez y la canilla de la pierna era tan grande que con ser bien dispuesto el dho Miguel Gutz le llegaba cerca de el medio muslo”.

[21] Bello, R. y Márquez, J. (2007): Los primeros contextos romanos de Augusta Emerita. El vertedero de Los Columbarios”. Contextos ceràmic i cultura material d´época augustal a l´oocident romá, 426.

[22] Ramírez Sádaba, J. L. y Gijón Gabriel, E. (2004): Las inscripciones de La Necrópolis del Albarregas (Mérida) y su contexto arqueologico. Veleia, 11, 121.

[23] Bustamante Álvarez, M. (2015): Consumo y producción cerámica en época romana en la comarca del Campo Arañuelo (Cáceres). Verdolay, 14 MAM. 194.

[24] Bustamante Álvarez, M. (2009): Colección cerámica de época romana de la Fundación Concha (Navalmoral de la Mata): nuevos datos para el conocimiento de la romanización del Campo Arañuelo. XVI Coloquios Histórico-Culturales del Campo Arañuelo, 85. Fig. 13, nº 6; Bustamante Álvarez, M. (2015). Op. cit., 194.

[25] Isings, C. (1957): Roman Glass. From dated finds. Groningen/Djakarta, Academiae Rheno Traiaectinae. Instituto Archaeologico, 42.

[26] Isings, C. (1957). Op. cit., 42.

[27] Gálvez Izquierdo, Mª. P. (2009): La necrópolis occidental de Caesaraugusta en el s. III (calle Predicadores, 20-30, 114.

[28] Salas Martín, J. (1985): Notas acerca de la Augustóbriga vettona (actual Talavera la Vieja, Cáceres), Norba 6, 51-66.

[29] Vidal Teruel, Nuria de la O. y Campos Carrasco, J. M. (2006): Las necrópolis de Onuba. Anales de Arqueología Cordobesa, 17. Vol II, 29.

[30] Molano Brías, J. y Alvarado Gonzalo, M. (1993): El enterramiento de la c/Circo Romano nº 10: aportación al conocimiento de las tumbas con tubos de libaciones en Augusta Emerita. Anas, 4-5,161-173; Ayerbe Vélez, R. (2001): “Excavación de un área funeraria del s. III en los alrededores de la Vía de la Plata. Intervención arqueológica realizada en la Vía de la Plata s/n”. Memoria 5, 26; Márquez, Pérez, J. (2006): Los Columbarios: arquitectura y paisaje funerario en Augusta Emerita. Serie Ataecina, 2, 28; Bejarano Osorio, A. M. (2000): Intervención arqueológica en el antiguo solar de la Campsa. Espacio funerario de época altoimperial. Mérida excavaciones arqueológicas 1998, Memoria, 4, 305-332.

[31] Roberto de Almeida, R. y Jerez Linde, J. M. (2015): Ânforas –Carrot- em Avgvsta Emerita e la Vega. Al-Madam, 19/II, 6-30.

[32] González Cordero, A. y Hernández López, M (1992): El mausoleo turriforme de Jarandilla. Alcántara, 26. Tercera época. Cáceres, 49-60.

[33] Murciano Calles, J. Mª. (2010): Historiografía de los aspectos funerarios de Avgvsta Emerita (s. I-IV). Cuadernos Emeritenses, 36. Mérida.

[34] Aguilar-Tablada Marcos, B. M.ª (1997). Op. Cit. La existencia de muralla en Talavera la Vieja es aún objeto de controversia, pues a lo que se tiene como tal muralla, es a un tramo que nosotros creemos que corresponde al acueducto y la supuesta torre cuadrada, a un depósito limario, castellum aquae, o estanque de decantación de agua, evidentemente de orígen romano.

[35] González Cordero, A. (2001): «Catálogo de Inscripciones Romanas del Campo Arañuelo, La Jara y Los Ibores», VII Coloquios Históricos-Culturales del Campo Arañuelo, 122.

[36] Gómez-Pantoja, J. L. y González Cordero, A. (2020). Op. cit., 505. [M(arcvs)?] Villivs . M(arci) [f(ilivs)] / Pap(iria) . emerite/nsis . h(ic) . s(itvs) . e(st) / [—] + [—]+[—] / —–

[37] Ibid., 497-498. Pompeia / Inventa / an(norvm) LV . h(ic) s(ita) e(est) / s(it) t(ibi) t(erra) l(evis) . Pom/peia Cast[a] / de s(vo) f(caciendvm) c(vravit)

[38] González Cordero A. (2001). Op. cit., 141, nº 40; (HEp 11, 2001, 132). HEpOL 24507. Funeraria -EPEX 1005113- Se trata de una estela de granito con remate semicircular y un creciente lunar en alto relieve. Está muy deteriorada por la erosión. Medidas: (90) x 42 x 24. Letras: 5,5. Apareció a unos 25 m. al sur de la ermita de los Mártires, en la portilla de un cercado y Elías Montero la acarreó hasta su casa, en la parte alta del pueblo, para utilizarla como poyo. Allí se conserva entre las ruinas. La nueva transcripción y adenda alcanza a ver seis líneas, de las cuales solo son legibles las dos primeras: Ivl(ivs). Silva/nvs. Ivli . F(ilivs )/ [- – -] / – – – – – –

[39] Gómez-Pantoja, J. L. y González Cordero, A. (2020). Op. cit., 495. Funeraria -EPEX 1005125-: – – – – – – [- – -] annorvm VII/ mater filiae/ d(e) . s(uo) . F(aciendvm ). Curavit; Sánchez Cantón F. J. (1927): Viaje de un humanista español a las ruinas de Talavera la Vieja. Archivo Español de Arte y Arqueología 3, 224, nota 2, señala que «no figura esta inscripción en las Memorias de la Academia (t. I, 1796, pág. 345)»; Hernando Mª. R. (2010). Op. cit., 399, al hacer el comentario del manuscrito afirma: «es muy posible que se trate de CIL II 935, aunque no podemos asegurarlo». Creemos que se trata de un epígrafe diferente porque esta es de mármol y parecen claras las palabras mater y filia, y el numeral VII, circunstancias que no coinciden de manera alguna con la inscripción citada del CIL.

 

[40] En Terreros y Pando E. de (1758): Paleografía española, Madrid., 129, Lam. 17, 3: “Trajola de Talavera la Vieja, […], el Maestro Alvar Gomez de Castro, bolviendo de visitar al sabio Obispo de Plasencia Don Pedro Ponce de Leon, y de reconocer sus manuscritos[40]. […]. Las letras son tan estrechas, y unidas, además de las ligadas, y las lineas tan delgadas, y sutíles, que estando la piedra algo maltratada del tiempo, ha sido menester mucha diligencia, para certificarse de la verdadera lectura”.

 

[41]Hermosilla de Sandoval, I (1796): Op. cit., 350, estampa 3ª, let. N; CIL II 930 (CPILC 483). HEpOL 25002. Lín. 2: nexos AL y AE:  «Es un sillar de piedra berroqueña de tres pies de alto y uno y tres quartos de ancho (c. (83) x c. 48): está en las gradas del altar mayor de la ermita arruinada de los mártires, a la entrada de la villa»: Elena / Alaesi f(ilia) / h(ic) s(ita) e(st) s(it) t(ibi) t(erra) l(evis) / MODEII / [- – -]A[- – -]. Como estaba en las gradas del altar, posiblemente desgastada por el borde u oculta tal vez podría leerse como [H]elena /[B]alaesi?.

[42] González Cordero, A. (2018): La herencia de los vettones en el Campo Arañuelo y la Jara cacereña. XXIV Coloquios Histórico-Culturales del Campo Arañuelo. 137-174.

[43] Gómez-Pantoja, J. L; González Cordero, A; Hernando Sobrino, Mª R y Madruga Flores, J. V. (2012): Las cupae de Cáceres. Las cupae Hispanas. Origen, difusión, uso y tipología.  J. Andreu editor. Fundación Uncastilo. Tudela. Pp. 417-542.

[44] González Cordero, A (2021): Raros monumentos funerarios en Aldeanueva dela Vera. Revista Cultural Pencona, 17, 16-19.

[45] En concreto la del Casar Blanco y la de Torre Alonso son mencionadas en la respuesta 29 de las Relaciones Topográficas de Felipe II. Una era el punto acordado para el pago del censo anual de los habitantes de Bohonal al Conde de las Mirandas. Anastasio Bayán, que llegó a conocer una de ellas, nos la describió como un torreón de planta cuadrada con el alma de argamasa y la base de sillares, por lo que sospechamos que se tratara de un mausoleo particular, tal vez similar al destruido durante las labores de construcción de los canales de regadío en la Viña del Bobo, cerca de Alija, donde hallaron los tres bustos expuestos en el Museo de Cáceres.

[46] Todas las manifestaciones funerarias de esta ciudad, salvo las que en su momento se dieron en torno al periodo Orientalizante, son plenamente romanas. No hay ni un solo caso, ni siquiera sospecha, de la implicación en los enterramientos de población indígena, salvo que los verracos hubieran sido utilizados como elemento de monumentalización en algún tipo de sepulcro de una población romanizada. Con ello queremos desterrar la acendrada creencia de que la ciudad romana se funda sobre un castro, cuya ascendencia vettona se ligaría mediante el sufijo briga al nombre de Augusto. Tal caso pudo ser el de una parte de su componente poblacional, pero nunca el del solar de la ciudad, pues no hay ni un solo vestigio que lo justifique.

[47] Beltrán de Heredia Bercero, J. (2007): La vía sepulchralis de la plaza Vila de Madrid. Un ejemplo del ritual funerario durante el alto imperio en la necrópolis occidental de Barcino. Quarhis, 3 (época II), 26.

[48] Gómez-Pantoja, J. L.; González Cordero, A. (2020). Op. cit., 505.

[49] Sánchez Barrero, P. D. y Marín, B. (2000): Caminos Periurbanos de Mérida. In Mérida. Excavaciones Arqueológicas 1998 Memoria, 4, 561.

[50] González Cordero, A. (1996): El tiempo entre tinieblas. Historia de los Bárbaros en el Campo Arañuelo.  XVIII Coloquios Histórico-Culturales del Campo Arañuelo.  168.

[51] González Cordero, A. (1996): Romanización del Campo Arañuelo. La implantación rural. III Coloquios Histórico-Culturales del Campo Arañuelo. 72.

[52] Es de esperar, que esta modesta contribución al conocimiento de la antigua ciudad romana de Augustóbriga, no constituya la única llamada de atención sobre este particular y que ulteriores trabajos de salvamento, contribuyan, dentro de una línea científica, a acercarnos al conocimiento de estos espacios, no en tanto por la recuperación de materiales, que ya de por sí puede ser importante, sino por los trasuntos ideológicos y simbólicos que su investigación nos puede deparar.