Oct 011983
 

Eleuterio Sánchez Alegría.

¡En marcha, generosa Extremadura, la de los bravos caballeros!

En mi bibliografía tengo siete trabajos que concurren a un concurso literario en prosa bajo el tema de «Extremadura», convocado estos días por el Hogar Extremeño de Barcelona, con motivo de la festividad de su Patrona la Virgen de Guadalupe.

Precisamente, cuando ya me había determinado a enviar una Comunicación este año acerca del turismo literario en Extremadura, particularmente en Trujillo, allá por los años 1954 al 1960 y aun en tiempos posteriores, he aquí la lectura de los precitados relatos en orden a emitir mi voto como Vocal del Jurado, me ha hecho cambiar mi idea y un comentario sobre los mismos me parece oportuno y de interés para una concurrencia cual la de estos Coloquios. Quizás me equivoque en mis apreciaciones sobre cada uno, pero mis conclusiones generales sobre sus conceptos de la Extremadura actual son para mi muy significativos y nos obligan a una reflexión.

De uno de ellos, no cabe decir más que es la expresión de un posible aspirante a 1º de BUP, por la infantilidad y simpleza de su redacción y contenido. Debió pensar en la consigna generalizada de que lo que importa es participar, y ahí va eso, señores del jurado.

Un segundo nos lanza su panegírico de Extremadura bajo el epígrafe de «Guadalupe, pila bautismal de América» e invoca sus testimonios históricos. Entrega de cartas a Juan de Peñalosa para Colón en el Monasterio de Guadalupe antes de emprender su expedición; el bautismo de los dos indios verificado en el propio monasterio extremeño, en cuyo archivo se guardan y las visitas de tantos conquistadores y colonizadores para demandar protección a la Virgen de las Villuercas o dar gracias a Dios por haber tornado a la península sanos y salvos, generalmente rumbo a Trujillo, con sus miras puestas siempre en las lejanas Indias.

Hace luego una evocación particular del convento franciscano de Tesas cala en la excesiva altiplanicie que a 3.000 metros sobre el nivel del mar se alza entre la ciudad de Méjico y la Puebla de los Ángeles, en medio de gigantescos volcanes. Allí hay una gran pila bautismal, «tazón de piedra para un cíclope», como dice muy bien nuestro/a concursante, y una lápida que testifica el gran gesto oficial de los jefes mejicanos y que supuso tanto para ellos como para nosotros, hispanos, la conversión de Recadero. En esta fuente fueron bautizados los cuatro senadores de la República de Tesasela por don Juan Diego, capellán del ejército de don Hernán Cortés y sus cuatro distinguidos capitanes: don Pedro de Alvarado, don Andrés de Tapia, don Gonzalo de Sandoval y don Diego Ortiz. Un viejo lienzo en el palacio de Chapultepec nos recuerda la emotiva escena de fe católica a las futuras generaciones.

Los misioneros españoles constantemente multiplicaron las pilas bautismales en todas las latitudes de la inmensa América y más adelante la Virgen de Guadalupe es la celestial mensajera, apareciéndose entre rosas al indio Juan Diego, ante cuyo milagro se rinde el piadoso arzobispo de Méjico, Mújica, y surge en su día primero la extendida devoción a la común Madre Guadalupana y sus maravillosos templos después, asombro de los Continentes.

El tercero de turno es un bello cuento sobre «el Cartero de Ahigal», ese castizo pueblo del partido de Hervás, del que dista, sin embargo 45 Km. y otros 124 de la capital de provincia, pero ya en los contornos de Plasencia. En la margen derecha de la carretera general de Salamanca – Cáceres y a unos 30 Km. de la misma, vive este tranquilo pueblo su ajetreada vida entre sus variadas fincas de labor, cultivando sus cereales y olivos, con su miaja de regadíos. No escasean sus talleres de carros y sus tejares que surten de tejas y ladrillos a la vecindad y pueblos comarcanos. Para la pinta tampoco faltan tabernas. Hay varios cortijos en su territorio, figurando como el más destacado el denominado «Venta de la Quemada». Para recreo de mozos y mozas hay un salón de baile y hasta un cine…

Pues bien. Siguiendo más o menos el hilo de la narración, el cuento aludido «El tío Leonardo o el cumplimiento del deber», se desarrolla en estos términos:

«Eran los tiempos de maricastaña, cuando se terminó de hacer la carretera que va desde Plasencia al pintoresco y no pequeño pueblo de Ahigal y, tan pronto estuvo terminada, empezaron a circular por ella los primeros coches que, saliendo de la muy hermosa ciudad del Jerte, recorrían los pueblos de Oliva de Plasencia y Santibáñez el Bajo (alude, en efecto, a los coches de línea que atienden actualmente a la ruta Plasencia – Casar de Palomero). Pero, como dicha carretera no llegaba más que hasta Ahigal, el correo era llevado a los vecinos pueblos de Mohedas de Granadilla, Cerezo, Marchagaz y Palomero, por un peatón llamado «El tío Leonardo» que llegó a hacerse popular, no sólo por su carácter sencillo y bonachón, sino también porque, en el cumplimiento de su deber estaba dispuesto a ofrendar su vida, como llegó a demostrarlo con hechos. Salía por las mañanas caballero en su jumento, con la cartera llena de correspondencia y giros postales, regresando de nuevo, cuando el astro rey se iba ocultando tras la Sierra llamada de «Dios Padre». Era un hombre valiente y no le tenía miedo a nadie; pero, en cambio, sí que le horrorizaba tener que cruzar el riachuelo llamado «El Palomero», que, si bien es verdad que en verano no llevaba agua ni para beber el jumento, tampoco es menos cierto, que en invierno, con algunas fuertes tormentas caídas en las Sierras del Casar de Palomero, bajaba tan crecido hacia el río Alagón que muchas veces nuestro Cartero tenía que ponerse de rodillas sobre la albarda del borriquillo, para poderlo cruzar, teniendo que hacer más equilibrios que los trapecistas de los circos.»

Y a continuación nos cuenta de manera encantadora alguna que otra anécdota de este cartero tan güeno y salao, haciendo gala de su habla extremeña, que de verdad cotiza mucho tan hábil narrador de este cuento:

«Uno de esos días de invierno se le partió la cincha que sujetaba la albarda del animal y hubo de entretenerse más de la cuenta en el pueblo del Cerezo, para que tío Bartolo, zapatero de oficio, se la cosiera, diciéndole el tío Leonardo en su lengua vernácula: «Aquí vengu, Boartolu, pa que jagas el favol de coslmi la mi cincha, porque sin ella, me se va a cael la abarda». El zapatero que, como todos los de su oficio, era un guasón le contestó: «Pero, Lonardu, no digas delantri de naidi que te se cai la tu albarda, porque puedin rebuznalti dicil: «Ahí va el burru de tiu Lonardu». Además, has debido de tenel, en ves de un burru, una burra y asina hubieras teníu la ocurrencia que tuvu un Padri Cura llamau «El Padri Manjón» que sigún dicin fundó las Escuelas del Ave María, que resulta que iba montau en burru pa dal clasi en Graná y un día los estudiantis le dijeron que por qué era burra y no burru, a lo que contestó el curita que era burra, pa que cuandu lo vieran llegal, no le dijeran: «Allí vieni ya el burru del Padri Manjón».

Y ya que hablamus de albarda – prosiguió el zapatero – hay que tenel a vecis muchu cudiau cómu se dicin las cosas, pa que no se intrepetin mal, comu le pasó al sacristán del pueblo de Lagunilla, que comu a esi pueblu iban a veraneal los Obispus de Coria, llegó unu nuevu allá y el sacristán lo saludó mu atentu y le preguntó el señol Obispu: «¿Y que otro oficio tiene nuestro hombre, además de sacristán? Y, sin pensarlu siquiera, le contestó de siguía: «Soy albarderu, pa servirli a su Reverendísima». Pero como el Señor Obispo no se lo tomó a mal, se echó a reír y le contestó: «No, no, será para servirle a los burros del pueblo y a los de los alrededores, a los que hace las albardas».

Entre bromas y veras el tío Bartolo había rematado el cosido de la cincha y, puesto que no quería cobrarle por su trabajo, el tío Leonardo le invitó a tomar un cuartillo de vino de la tierra en la taberna más próxima. Y, en efecto, allí lo tomaron en la típica jarra de barro colorado, al estilo de pueblo. Al salir de la taberna ambos amigos, he aquí que viene al encuentro del cartero una mocita de 20 años muy agradecida, pero sin dientes, cosa muy natural, a causa del agua excesivamente fría de la comarca, como la declara la copla que los mozos de Ahigal cantan a las mozas del Casar:

«Las mocitas del Casal
son guapas; pero sin dientes,
pol bebel el agua fría
y los calvotis calientis.»

Pues bien. Nuestra moza le dijo al «Peatón», mientras le entregaba dos cartas que llevaba en las manos: «Tíu Lonardu, ha dichu mi madri, que tenga usté estas cartas que una es pa mi hermana que está sirviendu en Murcia y la otra es pal mi noviu que está de milital en Cáceres y me ha recomendau muchu mi madri que tenga cudiau con los dos, porque llevan die durus en cada una, pa que los probis se los gastin en estas Navidadis.»

«¡Me casu en Reus! – exclamó el «Peatón». «¿No sos tengu dichu mil vecis que no metáis las perras en las cartas y que mandal dineru está el Serviciu del Giru Postal que es el mas seguru? Paeci mentira que seais asina. Sos lo voy a tenel que dicil cantandu pa a vel si asín me entendéis de una vez pa siempri!»

La moza lo contestó: «Güenu, tiu Lonardu, no se ponga usté asina que pol una ves naidi se va a enteral; no lo golveremus a jacel …» Y la moza se alejó rápidamente calle abajo, pues un fuerte viento, anunciador de recia tormenta, se precipitaba y la gentil adolescente se veía impotente para bajar sus faldas, mientras farfullaba entre dientes estas palabras: «¡Qué airi más alcagüeti y puñeteru esti de las tormentas! Mos arremanga las faldas pa arriba, pa que mos vean los mozus las pantorrillas y aluegu, en el baili, mos pongan más colorás que un tomati de los del Mercau de Plasencia!».

El cartero, por su parte, regresaba a Ahigal y por el camino iba pensando que para estar ya en vísperas de Navidad, no llevaba muchos giros y la sospecha acudía a su mente: «Si tos estus vecinus de estus pueblus, jacin comu la mocita y su madri que metel las perras en las cartas, está bien demás el Serviciu del Giru …»

Volviendo más en si, levanta la vista y divisa en el horizonte lejano unos negros nubarrones cargadísimos por encima de las Sierras de Hervás, sombreando su pico más algo, «El Pinajarro». Como el fenómeno lo había experimentado tantas veces, nuestro buen hombre no se asustó, aunque ya preveía lo que iba a suceder, es decir, que se encontraría con el río Palomero bastante más crecido por el cúmulo de torrentes que ocasionan las tormentas. Pero en esta ocasión el río enano se había convertido en un río gigantesco. Por eso el borriquillo, pese a ser obligada comparación de los tontos, se negaba a pasarlo, barruntando el peligro de muerte. El tío Leonardo se sentía acuciado por el cumplimiento de su deber en el reparto de la correspondencia que llevaba para sus vecinos. Cierto miedo le corría por su cuerpo, pero lo disipó en buena parte, el santiguarse y rezar unas oraciones. Tal vez pensara incluso en el peligro de muerte, pero cual filósofo estoico o buen cristiano, «Ad utrumque paratus» (Dispuesto a todo), atizó a su jumentillo y al agua los dos.

Lograron dar sus primeros pasos, pero al fin el pobre animal hundió sus patas en un hoyo del río y los dos se vieron arrastrados por la impetuosa corriente. El borriquillo pereció bien pronto al golpearse contra un molino, mientras el tío Leonardo conseguía asirse a una rama de encina y tras muchos esfuerzos y dando tumbos, con el agua hasta el cuello, sin perder la cartera, arribaba a la otra orilla. Apenas se repuso un poco, magulladísimo y medio muerto, arribó a Ahigal. Ya se puede suponer la impresión de su mujer al contemplarle convertido en un «Ecce homo».

Tan dolorido como estaba, bien a su pesar se metió en la cama, todo obsesionado por al correspondencia que al día siguiente repartió su esposa. El médico del pueblo viendo que nada mejoraba de su mal, lo remitió a un Doctor de Plasencia, quien tan malo a través de Rayos X le pareció, que diagnosticó que no tenía remedio y tornó a Ahigal. Y un día pasaba y otro volvía, pero el Cartero no mejoraba; más bien se les iba, se les iba para la eternidad … Al fin, le llegó su hora y jamás se había concentrado tanto gentío por un entierro. En verdad, el tío Leonardo, dechado de virtudes ciudadanas, se merecía tal homenaje de sus paisanos y vecinos, que le consideraban muerto en el cumplimiento de su deber. Con mucha razón el Alcalde regaló a cada vecino de Ahigal una copia del epitafio compuesto en su honor y del que transcribo sus primeras estrofas:

«Aquí hubu un hombri cabal,
güenu y mu cristianu,
que pa tos los del mi Ahigal,
siempri jue como un hermanu.

Tíu Lonardu jué su nombri
y de oficiu el de Peatón,
lo que se dici un gran hombri,
servicial y bonachón.

Lo que el pueblu ha de sabel
es que la vida perdió
cumpliendu con el debel
y que muchu mos amó …»

Este hermoso cuento del «Cartero de Ahigal» es posible que haya sido una afortunada realidad y el autor del relato, anónimo hasta este momento para el Jurado, ha recordado los hechos históricos en su afán de moralizar a sus lectores. Si se dio el caso, ciertamente para todos se constituiría en un ejemplo de virtud y que puede interpretarse como antídoto contra la natural pereza y desidia de muchos extremeños que, por otra parte, se lamentan de la decadencia de Extremadura y fomentan el pesimismo colectivo.

Nosotros, en cambio, estamos convencidos de que todavía hay cantera sobrada de hombres grandes en nuestra Extremadura, pero es preciso contar ante todo con el trabajo constante y el esfuerzo personal sin regateo por la región, contando por supuesto con su gloriosa historia como acicate mayor e ideal supremo. Al estilo romano, debemos recordar a todas horas el ejemplo de nuestros mayores, en sus empresas y propósitos.

Confieso que, leyendo el inestimable libro «Semblanza de España» por Maurice Legendre, antiguo profesor mío en la Universidad de Madrid, me emocionó aquella página que dedica a Don Fausto Maldonado, un conquistador moderno, quien a sus veinte años, humilde pastor, aprendió a leer y escribir y con su fuerza de voluntad rayó tan alto en el aspecto de la cultura que en su día se le encargó el organizar de forma responsable la enseñanza en la comarca de las Hurdes. Y en verdad que cumplió perfectamente su misión, pues era todo un bravo y noble caballero de Extremadura.

Los elogios de Manuel Siurot primero a «El genial Don Fausto» y los comentarios del insigne hispanista francés son muy justos: «Era uno de aquellos extremeños a cuya voluntad nada se resiste. Su Nuevo Mundo fue aquel distrito montaraz de las Hurdes; allí enseñó a leer y escribir, a cuidar de los olivos y de las cabras, a sanear la choza, a erguir la frente inclinada desde siglos hacia la tierra y hacia la tumba, a descubrir el cielo, a pensar y a experimentar esperanza …. Propagaba la Buena Nueva para el cuerpo, la inteligencia y el alma; pero prodigando el bien con un arrojo que la muerte no fue capaz de menguar. Hoy millares de hombres viven vida humana porque don Fausto pasó por allí. Midiendo perfectamente el alcance de mis palabras, digo que el fallecimiento de aquel desconocido fue una inmensa desgracia para España».

Precisamente hace poco más de un mes que visitaba yo por primera vez las Hurdes y, a pesar de tanta literatura funesta, aunque alguna positiva, las he encontrado muy normales y hasta muy superiores en su aspecto agrario y urbano con relación al resto de España. Procedente de la Alberca y adentrándome por las salmantinas Batuecas, en el abismal valle de impresionante silencio y soledad, con verdadero agrado contemplaba entre jaras y brezo Las Mestas, Vegas de Coria y Nuñomoral, donde me encontré con una perfecta urbanización, en que había edificios oficiales al día que eran un primor: su Casa Consistorial, su Grupo Escolar, su Iglesia parroquial, su Centro de Higiene y Hospital, etc. todo recién estrenado o muy bien conservado como el primer día. Visitando luego Caminomorisco y Pinofranqueado, al contemplar sus regadíos, arbolado de todo tipo, además de los clásicos olivos y encinas, comunes a toda Extremadura, quedé encantado de su paisaje. Sus respectivos Ayuntamientos y Grupos escolares son edificios exactamente capaces y modelos de los que se observan en grandes ciudades. Su campiña y centro urbano concebidos para vivir con la mayor comodidad.

Si el milagro se ha operado por obra y gracia del Estado, por la repoblación forestal concretamente, no lo podría afirmar de manera rotunda. Suponemos que en su buena parte será debido al esfuerzo personal y sacrificio de los propios hurdanos, alentados en sus faenas por jefes extremeños de la talla humana del citado don Fausto. Por de pronto, la Diputación Provincial tiene muy bien cuidadas aquellas carreteras y se llega cómodamente por todos los trayectos a cualquiera población de las Hurdes, ya gires hacia Casar de Palomero o Villanueva de la Sierra, pueblos encantadores. Nosotros, después de visitar estos dos pueblos, optamos por dirigirnos al importante Montehermoso, el del castizo indumento de la Alta Extremadura, para acabar en Coria. ¡Los regadíos de esta zona qué riqueza y qué hermosura!

Si tenemos en cuenta las fértiles tierras del Valle y la Vera de Plasencia, con producciones de toda clase, sus extensas dehesas, con ganado sobrado de todas las especies, no es posible que la economía cacereña sea tan mala y para tanta alarma general: Y por muy a menos que haya venido el gran Plan de Badajoz, no puede ser tan catastrófico como nos lo quieren hacer ver. El problema de la sequía es pasajero y la urgente ayuda estatal no debe faltar…

Comoquiera que sea, los cuatro concursantes que me restan y cuyos conceptos analizo en este reportaje me hacen temer que existe una generalizada visión de Extremadura catastrófica y pesimista en sumo grado, que aun desde el punto de vista político, no hay razones serias para compartir, al menos en esa escala.

Así, pues, continuando con nuestros concursantes, diremos que un cuarto, bajo el epígrafe «El ritmo de Terpsícore»,bella alusión a la graciosa musa de la danza, con su lira como atributo, apenas esboza una idea sobre la tierra extremeña y sus hombres, envuelta en el cendal de pesimismo. Es un «palabrero». Adjetivo con el que tildó Unamuno injustamente a Donoso Cortés, al situarle en la línea plenamente andaluza de Castelar, hombre de vagos conceptos con demasiada forma para poco fondo, escaso pensamiento. Sin embargo, ello implicaba un elogio al grandilocuente orador de España, la gran figura católica de aquel momento…

Y he aquí un quinto que pretende ser un poeta lírico y se despacha con su «Mi piropo a Extremadura» (La otra cara extremeña) y en sus diez folios nos entretiene con la sentida narración de su nacencia en la estación ferroviaria de Usagre-Bienvenida, por cuyo trayecto de encinares circula el tren de Sevilla, «entre jierros y nubes negruzcas o de blanquinoso pelaje, jadeante y chillón». «Asina me asomé al mundo en aquel cacho de tierra extremeña, una esgarrá amanecida, mucho tiempo d’ello jace». Y a continuación nos cuenta su vida fuera de su tierra y sus reacciones: «Cuando aún no era más que un zagalón cañibalao, un empujón de la suerte me lanzó lejos de mi tierra. Lejos de la tierra de Dios … Y entonces empecé a escuchar conceptos y pareceres sobre mi patria chica que no me gustaron jamás: topónimos, escatológicas definiciones y equivocados modismos para ofrecer a Extremadura el ese malhadado escaparate de la «parda tierra y el hombre pardo».

Y precisamente para borrar el efecto de esta monótona cantilena «parda tierra», «hombre pardo» él ensaya este piropo. Un piropo de diez folios, en que se mezcla lo divino con lo profano, la verdad con lo imaginativo, lo real y lo irreal en un sueño de pura grandeza para su querida Extremadura.

He aquí algunos fragmentos, en que a su modo nos describe esta bendita tierra:

«Extremadura no es tan parda como intentan esquematizar: yo puedo verla rosa y lozana al cristal de nuestras querencias. Sueño con sus castillos roqueros y sus lozanas vegas; con las legiones de encinas y alcornoques y con el oro viejo de sus pastos en dejesa; con los garabatos de sus prietos encinares y con el punteo simétrico de sus viñedos; con los verdes brillantes de la Vera o con los ocres ondulados de la Serena; bajo la quebrada cuna del Tajo poderoso o la mansa caricia de las pandas orillas guadianeras; sobre riscos y canchales de sierras que aroman a tomillo y romero, a jaras y brezos, a charnecas, torviscas y a la sazón pura del madroño, a humo de chozo trahumante y al aliento de las nómadas carboneras…

Extremadura es paisaje de fuertes contrastes, choque eterno de confines en cielo, agua y tierra: Engendro escarnecido para otros cacho vivo del alma en nuestra querencia. Y donde otros no ven más que pardos sucios de miseria, yo veo nítido el color de sangre seca en tierra regada con el sudor y la sangre de hombres que, en su humildad noble, se yerguen sobre la Historia con esplendente grandeza. Choque de ¡juerza contra juerza… y puede más la juerza del hombre nuestro, apoyado en los bríos sencillos y llanos del alma extremeña … Raza de hombres cansados de abrir surcos y destripar terrones, prieta la mano sobre la esteva.

Y sí, no podemos olvidar que a Extremadura la llaman la «C e ni cien t a» la de los hombres explotados a de de sol a sol por una miseria; la tierra de las esperanzas eternas; la que suspira por redenciones que nunca llegan; a la que ministriles y gobiernos multicolores siempre la dieron de lado, relegando para los últimos o para nunca sus justas pretensiones, instadas en el tiempo en un clamoreo tan desgarrador y continuo como desoído y olvidado fuera a través de unas y otras generaciones.»

Alude luego a que la misma capital de Badajoz fue considerada siempre como «Plaza de castigo» y que se tilda de «belloteros» a los extremeños con cierta sorna. Y, en verdad, que su reacción es una digna pieza de un agudo castúo: «¡A mucha jonra!, que páablá como argunas gentes capitalinas , farseando su lengua, prefiero jacerlo d’esta manera ajogao en la nobleza, en la juerza y en la jonra de mi tierra! porque naiede me jizo renegá d’ella …» Y creo que es hora que se nos conozca por lo que tenemos y somos, no por lo que otros quieren que tengamos o pretendan que seamos en acepcionestan dispares de nuestra auténtica forma y razón de ser: Extremadura, no vamos a discutirlo es gañanía de nombres ilustres en lo militar y lo civil, en las artes y las letras; es cuna de mentes pulimentadas y hombres de preclara inteligencia: hijos del caletre de aquellos gañanes que hicieron posible el milagro de un natural saber conjugado con los entríngulis de cencia …»

Y como si diera un beso sonoro a la tierra madre, su piropo se consuma con las palabras más cariñosas: «He recorrido muchas tierras; he visitado maravillosos y exóticos lugares de otros mundos, muy lejanos a la parcela extremeña, y puedo decir llana y lisamente, con la mayor objetividad, que jamás ojos vieron en parte alguna la luz y las claridades de nuestros amaneceres ni la maravillosa sinfonía de colores, claridades y luces que nos puede ofrecer un atardecer otoñal en tierras pacenses … ¡Es algo único!»

Quien esto escribía para un concurso literario en prosa, ahíto de «saudade», vive actualmente en Badajoz, en los límites de Portugal, y el Jurado le otorgó muy gustoso el 2º Premio: D. Teodosio Moralo Guerrero.

Se da la coincidencia de que el primer premio se le concedió a otro aspirante que también reside en Badajoz: D. Luís Martínez Terrón. Es extraordinaria la evocación que hace de Extremadura y su paisaje, mereciendo su trabajo altos elogios. Buen conocedor de Madrid, nos cuenta bellamente sus andanzas de acá para allá en su búsqueda de libros sobre Extremadura y es emocionante cómo nos describe su afán y su congoja ante el hecho del desconocimiento general de una Extremadura, ante la cual habría que descubrirse con gran respeto. Pues bien, he aquí su relato:

«Recorrí las librerías donde tradicionalmente hay de todo, viejo y nuevo, enclavadas en las calles de Tudescos, Silva, Libreros, Luna, buscando obras sobre Extremadura o de autores extremeños. Nada. La negativa por repuesta. Me acerqué a la Librería Internacional de Espasa-Calpe, en la antigua Avenida de José Antonio y sólo pudieron mostrarme «EXTREMADURA SAQUEADA» y una ANTOLOGÍA de Álvarez Lencero. Nada más …»

«Ya no sentía las finas saetas de lluvia clavándose en mi rostro ni los manotazos del viento flagelando mi cuerpo. Lo que sentía en todo mi ser era el frío del abandono en que vivimos. EXTREMADURA, mi tierra, la que dio al mundo y a esta España olvidadiza días de gloria y hombres de talla gigantesca, San Pedro de Alcántara, Donoso Cortés, Menacho, López de Ayala, bravo murillo, Arias Montero, Francisco Sánchez de las brozas, «El Brocense» y los héroes míticos de la gran aventura americana, Cortés, Pizarro, Orellana, Valdivia, Balboa, Alvarado, Hernando de Soto, Cabeza de Vaca, García de Paredes, Alonso de Ojeda, Sebastián Belalcázar, los Ovandos y los Aldanas y mil nombres más que están recogidos con letras de oro en el Libre de la Historia, era ignorada, desconocida en el corazón de gran urbe».

Nos habla luego de su desplazamiento a la Cuesta de Moyano, entre Glorieta de Atocha y El Retiro, en nueva búsqueda por la Feria del Libro. Poeta melancólico, como un sonámbulo iba pronunciando sus propios versos:

«¡Por no saber defenderla
y propagar su cultura
se nos muere entre las manos,
se me muere EXTREMADURA!»

¿Dónde están sus hombres geniales, su poetas, autores, investigadores, pintores, escultores? ¿Dónde el capital extremeño, el ahorro de los emigrantes, la voz de los políticos?

La respuesta a este interrogante se la de él mismo en el coloquio con un librero: «Quizás el error ha sido mío, ya que en vez de preguntarle si tenía lago sobre EXTREMADURA, debí haberle dicho: -¿Le queda algo de Meléndez Valdés, Carolina Coronado, Gabriel y Galán, Espronceda, Manuel Monterrey, Juan Luís Cordero, Delgado Valhondo, Manuel Pacheco, Gutiérrez Macías, Felipe Trigo, Antonio Hurtado, Vicente Barrantes, López Prudencio, Reyes Huertas, Muñoz de San Pedro, Rodríguez Moñino, Alfonso Albalá, Pedro de Lorenzo, Romero de Mendoza, Pedro Caba, Víctor Chamorro y un largo etc.?»

Más adelante completa este cuadro con personas de nuestros días: «Y pensaba que una tierra que ha dado a luz artistas como Zurbarán, el Divino Morales, Eugenio Hermoso, Covarsí, Barjola, Ortega Muñoz, Felipe Checa, Jaime de Jaraiz, Sánchez Varona, Pérez Comendador, Juan Ávalos y otros no tiene por qué permanecer en silencio, humildemente callada, ya que de nada tiene que avergonzarse. Si la Historia no le ha hecho justicia, ya se la harán algún día los hijos de los que escriben la Historia».

Alude luego al fenómeno de la emigración: «Al evocar la figura del emigrante, llegaron a mi memoria las palabras del escritor cacereño Sánchez Morales, en las que afirma que EXTREMADURA sufre una sangrante hemorragia que la debilita por momentos, con esas riadas de emigrantes que están dejando secos los veneros de nacencia chamiciana de nuestros pueblos, de los pobres y de los ricos; de los ribereños de las secas tierras del Tajo y de las faldas norteñas de nuestra Sierra Morena; de las fértiles tierras del Tiétar, del Alagón y del Guadiana, así como las ricas campiñas de Tierra de Barros y La Serena. Es una hemorragia que nos recuerda aquel desarraigo total de Abraham, de tantos Abrahames extremeños que emprenden a ciegas los caminos del desierto y los que les llevan a ignotas tierras de promisión.»

El que este escribe es cabalmente un maestro emigrante, que un buen día saltó de los campos de Alpotrepo a la capital de España y tras 25 años de ausencia regresa a su tierra extremeña. Situado en el encumbrado Montánchez, «balcón de Extremadura», contempla con nostalgia los paisajes variados de campiñas dilatadas en tierras de Miajadas y Almoharín, en que se divisan higueras múltiples y viñedos, entre cortijos derramados. A lo lejos el picacho de Santa Cruz y más allá el famoso Trujillo, supremo solar de conquistadores, siempre tan hermoso con sus numerosas iglesias y otros tantos palacios, refugio de millares de cigüeñas.

Con tristeza cierra su exposición, con estas palabras y una estrofa: «Los grandes problemas de nuestra tierra han surgido siempre del campo y del exceso de mano de obra:

-«Muchos jornaleros, padre,
para tan poco jornal.
-Vamos a la Feria, hijo;
el vino te hará olvidar».

Y para rematar mi análisis de quienes concurrieron al I Certamen literario en prosa del Hogar Extremeño de Barcelona, 1982, veamos ahora concisamente la composición «Extremadura a tres tiempos» por «un castúo extremeño», posiblemente también de la Baja Extremadura. Esta sí que es en su limpia prosa una perfecta elegía de los infortunios de Extremadura en toda su historia.

Su inicio ya es, en verdad, enfático: «Decía Ana Frank: «Cuando se piensa en el hombre hay para llorar toda una vida». Eso mismo habría que decir al tratar de Extremadura. Pero no hemos de quedarnos en el llanto inútil, porque el río de las lágrimas no conduce a puerto alguno. El pasado debe servirnos para agradecer lo bueno que nos legaron y para no permitirnos caer en los mismos errores. Lo importante es encarar con coraje el reto del futuro y lanzarnos a la aventura de ser nosotros mismos.»

Y con voz de premonición seguidamente declara: «Y el país por los años de los años y por los siglos de los siglos nos montó en el tren del abandono en el cual no sé si por espíritu fatalista, por virtud de resignación, por aventura o por locura colectiva, que es un poco colectivo suicidio, hemos estado hasta hoy».

En ocho folios y medio nos presenta un buen estudio del pasado, del presente y del futuro de la región. Un análisis muy acertado, a nuestro juicio, aunque con espíritu pesimista, tal vez teniendo en cuenta esa copla que días atrás alguien cantaba por Radio L, en emisión «De costa a costa», en el programa del genial Luís del Olmo:

«No esperes del mañana
lo que no te dio el ayer».

Aduce ciertas razones de la soledad y el vacío en que se ha desenvuelto la historia real de Extremadura a espaldas de la historia de España. Una desventaja notable, a su juicio, supone el que Extremadura sea una región fronteriza con Portugal. Y por añadidura en anteriores siglos bajo el dominio árabe sus recursos les eran arrebatados por los soberanos de Córdoba y Granada. El avance cristiano se establece en nuestra tierra por parte de los reyes de León y Castilla, que se consolida con las Órdenes Militares de Santiago y Alcántara que aquí tuvieron su nacimiento…

Afirma igualmente que los intrépidos conquistadores y colonizadores extremeños que tan buenas cargas de oro proporcionaron a España no aportaron riqueza alguna a sus tierras y a su desarrollo colectivo.

Estudia luego uno por uno los grandes problemas que de muy antiguo viene pesando sobre Extremadura: el absentismo, las minas, la emigración, la peste porcina, la lana, la quiebra de grandes industrias, las zonas deprimidas de las Hurdes y la Siberia, las deficientes vías de comunicación, la Extremadura eternamente explotada y las posibilidades perdidas. En fin, esa Extremadura actual defraudada hasta en el aspecto eclesiástico, ya que a raíz de la reconquista cristiana se privó a Mérida de su sede metropolitana en favor de Santiago de Compostela y de manera similar Guadalupe, cuya Virgen es la patrona de Extremadura sigue perteneciendo a la archidiócesis de Toledo. Y entre el colmo de sus problemas está pendiente de su autonomía, que es posible sea la última en aprobarse, si es que el invento no se rompe antes de estrenarlo…

Naturalmente le preocupa su futuro y de esa forma recopila sus conceptos: «Extremadura tiene lanzado su reto: el de la unión, el tomar conciencia de nuestro futuro, el de caminar unidos hacia la búsqueda de nuestra identidad perdida. Cuando el director de «HOY» escribió su artículo «Extremadura no existe», muchos se rasgaron sus vestiduras. No ha existido, porque no la han dejado existir. No ha existido como unidad militar, como provincia eclesiástica, como distrito universitario, como unidad de acción, como voz común y coral, como entendimiento, unidos solamente en las soledumbres y desventuras.»

Y como epílogo marca las consignas para la rendición integral de Extremadura: vocación de extremeños, que debe ser vocación de mártires, de conquistadores y de quijotes; conciencia regional, redescubrimientos de nosotros mismos. Para ello, sigue diciendo, «conocer nuestra historia, nuestras posibilidades, reconocer nuestros yerros, apatía, indiferencia, conformismo y exigir lo que en justicia se nos debe. Conciencia colectiva de comunidad de destino, borrar las fronteras entre partidos, saber renunciar, mirar hacia el horizonte, enterrar el hacha de la guerra fraticida, de los miopes y suicidad localismos.»

No sé si será la espontánea reacción de las regiones españolas, en el despertar de su autonomía, pero conceptos y consignas muy parecidas fueron las que en víspera de la «Diada» catalana pronunciaba el inteligente Presidente de la Generalitat Jordi Pujol y que aparecían en «LA VANGUARDIA» del 11 de septiembre, y que tienen plena aplicación a la Extremadura actual: «Somos un pueblo que viene de lejos, que tiene una larga historia. Un pueblo que tiene poso, que tiene una riqueza espiritual y moral que darán a nuestra determinación de no dejarnos malograr una segura eficacia. …A pesar de los problemas y la crisis, a nosotros nos corresponde continuar la obra de nuestros antepasados con toda la esperanza de un pueblo que no ha dejado de creer en el trabajo, en la convivencia y en su identidad.»

Con cierto optimismo confiemos que todos los problemas más acuciantes se vayan solucionando en esta Extremadura que amamos todos y en esto, al menos, no hay la menor duda y sírvanos de consigna para nuestra vida aquellos hermosos versos que escribiera un día F. Balart:

«Si al astro rey a veces vela la nube,
sobre la nube destella siempre el astro.»

L’Hospitalet de Llobregat, 21-IX-82

Oct 011983
 

Eleuterio Sánchez Alegría.

Responde este epígrafe a un capítulo que el autor de la «RUTA DEL RIO JERTE» (Plasencia, su Valle y zonas de influencia hacia el N. y S. de la Vía de la Plata) ha escrito como razonada explicación al hecho insólito que aparece en las catedrales de Plasencia, Ciudad Rodrigo y Zamora. Es el caso curioso de las habilísimas tallas satíricas del genial Rodrigo Alemán, a finales del siglo XV y principios del XVI, burlescas, deshonestas e irrespetuosas en grado sumo contra curas y frailes, sin respetar jerarquías, y que se consideran producto netamente renacentista. Tal vez una verdadera venganza contra alguna alta autoridad eclesiástica y que se repite encarnizadamente en los tres coros catedralicios.

En una época en que el lodo salpicaba hasta la Curia Pontificia, el autor de este comentario cree que posiblemente este ataque personal pudiera haber sido dirigido contra los arzobispos de Santiago Alfonso, padre e hijo, cuyas flaquezas históricamente se constatan…

La sátira anticlerical cobijada en la sillería catedralicia

Pero en nuestro pensamiento al menos no podemos todavía alejarnos del sagrado recinto de la Catedral Nueva de Plasencia, sin hacer un comentario de la genial sillería de la ciudad del Jerte, en que la intencionalidad anticlerical del gran maestro Rodrigo Alemán llega a su colmo y se encarniza en forma despiadada.

Las razones que tuvo para obrar así las desconocemos y todo son conjeturas por ahora. Como acertadamente dice nuestro amigo el M. I. Deán D. Ceferino García, «su vida y muerte quedó sumida en el misterio. Conocemos su figura, que quiso inmortalizar en la misericordia del asiento del Obispo y en la de la silla presidida por la taracea de San Nicolás, santo alemán, tal vez de la devoción infantil de Rodrigo».

Sus tallas logradísimas y originalísimas son algo inimaginable desde todos los puntos de vista. Se hicieren para la Catedral Vieja y se situaron en la Nueva el año 1567. Son para persignarse y dejan estupefacto al que las contempla por primera vez. El mismo Ramón Mélida no sale de su asombro y he aquí su magistral comentario, al que poco o nada cabe ya añadir:

«Lo ideal y lo real, lo trágico y lo burlesco, todo esto y con ello lo que menos podía esperarse, la licencia y la grosería se ve en estas singulares tallas, bajo las bóvedas del sagrado recinto. Y aún no es esto todo lo que da testimonio de la incomprensible tolerancia del clero y la sociedad de aquel tiempo con los artistas que, acaso a pretexto de representar los vicios para hacerlos aborrecibles, o bien porque lo picaresco estaba harto bien recibido y celebrado, no se iban a la mano en pasar de lo libre a lo obsceno y a la más baja grosería.

En los sitios más disimulados, en las misericordias, que no se ven mientras no se levantan los asientos, es donde se ven tallados los asuntos mas licenciosos. No lo son todos. Algunos relieves representan las artes y los oficios: un escultor tallando una imagen, un carpintero trabajando en su banco; otros representan motivos de la vida corriente, como un juglar a caballo con un mono o una suerte de toros; otros asuntos son de pura fantasía como un hombre con cabeza de mono haciendo bailar a un cerdo; algunas veces se trate de ejemplos morales como el suplicio o quema de un hombre y una mujer, sin duda unos adúlteros; otras veces diríase que se han representado los vicios para hacerlos odiosos y así vemos la gula en un banquete al que asisten hombre y mujer, o la embriaguez de una dama.

Pero otras veces la intención picaresca es patente, como una dama que frente al espectador y con las faldas levantadas se lava los pies. O bien la escena burlesca de una dama que azota las carnes de un hombre, o bien otra que tiene que defenderse de un caballero. Más grave es todavía cuando el héroe de la burla o del lance amoroso es un fraile: uno de ellos caído y con los hábitos levantados es mordido por un perro; en otro relieve un fraile requiere de amores a una dama, y luchando con ella se le representa en otro. Aún la sátira llega a lo increíble en cuatro personajes cuyos inflados cuerpos son pellejos y que parecen ensayarse en el canto llano, o en el sermón burlesco de un reverendo con cabeza de zorro a unas gallinas. Y aún hay otros asuntos, como una mujer y una marrana o una marrana y un mono, de grosería tal que no es posible describirlos».

Por lo demás y así termina el comentario del citado arqueólogo, «aparte los asuntos, todos estos relieves son interesantísimos por lo numerosos datos que contienen para conocer los trajes, los muebles y objetos usuales en el siglo XV, todo lo cual constituye para el estudioso un curso de Arqueología. Por lo que hace al arte, toda la sillería es obra de primer orden… «

El hecho, sin embargo, de las escenas burlescas y groseras está de todas formas muy patente. Si ello obedeció a una determinada actitud de venganza frente a la jerarquía eclesiástica, a un acendrado odio y desprecio de la religión cristiana por las razones que fuere, es preciso un espíritu satánico para concebir y ejecutar premeditadamente tan depravadas escenas. No creemos en absoluto en su inocencia. Ni el Renacimiento ni ninguna circunstancia justifica que se pueda decir por alguien que «no representan en manera alguna irreverencia, sino que constituyen condenación de vicios o risueña represión de amaneradas costumbres». Si hubo o no hubo relación intencional de yuxtaponer pasajes religiosos con temas burlescos y ello fuera como la pro testa o censura del vicio y de la impiedad, no es tan fácil afirmarlo y más difícil todavía probarlo. Habrá que asentir tal vez a lo que, a propósito de las tallas del coro de Zamora intensamente groseras y procaces como las de Plasencia y Ciudad Rodrigo, comenta A. Gamoneda: «Visto lo que se ve, yo pienso que la religiosidad de aquellos artistas tenía cierto aire extra-católico; se olisquean los tufillos de la Reforma. Pero, también seguramente, en estas pequeñas creaciones existe una motivación moral: negativa en unos casos, cuando se trata simplemente de procacidad; positiva y crítica en otros, cuando la figuración alude y fustiga vicios a los que la clerecía y los monasterios no fueron ajenos en aquellos y los pasados siglos».

Con su atrayente y cautivador estilo José Mª Pemán así nos comenta las sillerías de coro en nuestras iglesias españolas y de manera general dice: «Estas sillerías de coro son como maravillosas viñetas que ilustran todo el libro de nuestra historia y de nuestra alma. Devoción, sentimiento, duda, todo esto y mucho más está expresado a trozos en esas riquísimas tallas, con toda la variedad y todo el vaivén del espíritu humano. Tienen estas sillerías algo de libros de horas y algo de álbum de caricaturas. Nuestro misticismo y nuestra socarronería están en ellas en amigable maridaje como están en nuestro espíritu… Todo es sinceridad en estas tallas que ríen y que lloran, que rezan y que pecan, como peca y reza y ríe y llora toda esta España de las Santas Teresas y los Lazarillos de Tormes».

Y con referencia concreta a las tallas de Rodrigo Alemán, que ni las nombra siquiera ni las vitupera, prosigue diciendo: «Toda la vida y las preocupaciones de la pequeña sociedad que rodeó, al convento o a la catedral, cuando la sillería se tallaba, han pasado a ella en alegres y traviesas alusiones. Todos son colaboradores de la obra como en el romancero o en la música coral. Apenas en algún rincón, el artista, como una pequeña rebeldía, se permite un leve desahogo personal a modo de sátira o libelo, contra algún obispo o algún abad, que andaba remiso en el pago de sus soldados, así como los pintores de retablos de ánimas; retratan a veces, por una ingenua venganza, a sus enemigos entre las llamas del purgatorio. De ahí vienen esas tallas burlescas de los obispos con alas de murciélagos o los salmistas cuyos cuerpos son odres de vino».

Más adelante, distinguiendo ya perfectamente entre las tallas candorosas, expresiones de la fe arraigada y firme, y las burlas atrevidas e irreverentes, afirma de manera categórica: «Es la invasión de la duda, del espíritu libre y desenvuelto. Erasmo y Lutero están ya agazapados detrás de las sillerías, como esos diablos que ellas presentan, a veces acurrucadas a los pies de un moribundo. El cincel, como la pluma, se atreve a herir lo más sagrado. El libre examen se entra, como una plaga de langosta, por los ventanales de la iglesia, y hace anidar en las sillerías los monos y diablos con mitra, las zorras con hábito de frailes, predicando a las gallinas al mismo tiempo que les roban los pollos. He aquí los comentarios de un nuevo estudio de nuestro espíritu nacional: orlas jugosas y realistas, admirables para ilustrar los diálogos de Luís Vives o los versos de Cristóbal de Castillejo.

Todos esos frailes y monjas que aparecen en las tallas, haciendo mil picardías y diabluras, son la cristalización del anticlericalismo de las vísperas del Concilio de Trento… No sólo está en ellas lo que éramos (la historia, las costumbres…) y lo que pensábamos (ideas, doctrinas…), sino que en ellas está también lo que soñábamos y lo que imaginábamos».

Alude luego a las sillerías españolas con hábiles palabras de exaltación de la Naturaleza, de forma que como si diera una bendición sacerdotal sanciona todas las cosas: lo sublime y lo grotesco, lo correcto y lo deforme.

«Para el Cristianismo la Creación toda es una obra divina y el contacto de las manos de Dios la embellece toda. Ante este nuevo concepto, las puertas del Arte se abren de par en par y, redimidas y bautizadas ya por el amor cristiano, entran en confuso tropel todas las formas incorrectas y grotescas: los enanos de Velázquez, los mendigos de Cervantes, las figuras, los animales y las flores extrañas de las sillerías. Es como una gran orgía de la naturaleza exaltada; como un último delirio del amor fraternal de San Francisco de Asís para todas las cosas y para todos los seres… Para el artista del Renacimiento cristiano la gama de los temas y de las formas se estira hasta lo infinito…

Este es el secreto, a mi juicio, el íntimo secreto de las maravillosas locuras de las sillerías. Significan la aceptación cordial de todas las cosas y todos los seres. Son como una ofrenda total de la Vida y de La Naturaleza dentro del templo cristiano».

Y finalmente termina su Prólogo a las «Sillerías de coro en las iglesias españolas» por Pelayo Quintero Atauri con estas palabras sentenciosas que condensan su criterio a manera de epifonema: «Nuestras sillerías son toda la crónica escandalosa a ratos y a ratos devota de varios siglos del espíritu español».

A tan sabio comentario del erudito gaditano, cabría añadir que, a pesar de las alusiones literarias a las licenciosas costumbres del Renacimiento, nadie, que yo sepa, ha extraído de nuestros bien surtidos archivos ningún ejemplo en España parecido al del memorable «Prior del Hospital», protegido de de la Corte de Santarem, quien, pese a su voto de castidad, engendró 32 hijos, entre los que se cuenta al extraordinariamente valeroso Nuño Alvares Pereira, famoso Condestable de la batalla de Aljubarrota, bajo el reinado de Juan I de Castilla (año 1385)… Su madre, Iria Gonçalves de Carvalhal, expiaría sus pecados (11 hijos tuvo con el célebre Prior), enclaustrada durante 40 años en el convento de Sernache denominado «Bomjardim»…

Esto sucedía hacia finales del siglo XIV, cuando el Cisma de la Iglesia se estaba confirmando e ideas paganas o peregrinas pululaban ya en mentes de cultos eclesiásticos. Los versos de Petrarca eran leídos con gran delectación junto con los libertinos e irrespetuosos cuentos del «DECAMERONE» de Boccaccio, historias del año 1348 repletes de sensualidad. El humanista eximio Lorenzo Valla escribía en precioso latín su tratado «De voluptate ac uero bono», singular proclamación de los principios de Epicuro como ideal de vida de bastantes humanistas no ejemplares.

Un pensamiento más libre levantaba ya cabeza por todas partes y la conducta cristiana se venía relajando día por día durante el largo periodo del Cisma de Occidente (1378-1418). Principalmente para los poderosos no existirían leyes humanas ni divinas. Si el filósofo escita Anacarsis había dicho ya en el siglo VI a. de C. que las leyes eran «simples telarañas» que sólo aprisionaban a los impotentes, en la primera parte del siglo XVI vemos que Nicolás Machiavelli proclama sin rebozo que la única norma de moral para el Príncipe es su propia conveniencia. Como fatal consecuencia inmediata surgía el «anglicanismo», instaurado por el vicioso y cruel rey de Inglaterra Enrique VIII, de infame memoria, en febrero de 1531. Pero ya anteriormente, en 1516, había precedido el gran desastre religioso en Europa: el Protestantismo de Lutero, con sus variantes de Zuinglio y Calvino…

Pues bien, medio siglo antes, en las postrimerías del XV había hecho su aparición en España el insigne «Maestro Rodrigo Alemán», conocido por su extraordinaria destreza con los nombres de «Maese Rodrigo, tallista» o «Maestro Rodrigo, el Tallador». Parece que el primer requerimiento procedió del Cardenal Mendoza, Primado de Toledo, quien le encargó la sillería baja en estilo gótico de la catedral metropolitana, que se compone de 54 tallas en que se desarrollan como único tema episodios de la «Guerra de Granada». Se remataron el año 1495, a razón de 866 reales y 20 maravedíes por cada uno. Magistralmente efectuados, no aparece aquí nada extraño de lo que será la futura picaresca y sátira anticlerical del Maestro Rodrigo por esa misma época en Plasencia y poco después en Ciudad Rodrigo (1498-1503) e igualmente en Zamora, cuya sillería catedralicia le encomienda el obispo Meléndez Valdés.

Observando la situación geográfica de Plasencia y Zamora, más o menos inmediatas a la frontera portuguesa y la de Ciudad Rodrigo, casi en la propia «Raya», como acostumbramos decir por Salamanca, se nos ocurre pensar si el gran artista alemán no conociese de oídas y rumores la escandalosa vida del «Prior del Hospital» del vecino reino de Portugal y ello influyera en su caricatura burlesca y encarnizada sátira contra el clero. Pero es que, por añadidura, si en los archivos españoles no consta que sepamos nada en contra de las jerarquías eclesiásticas de dichas diócesis, es lo cierto que al redactar este capítulo encontramos en una narración escrita un caso aislado de notoria inmoralidad por aquella misma época de finales del siglo XV en la provincia metropolitana de Santiago de Compostela, en que se hallaban comprendidas estas tres diócesis precisamente, además de otras varias.

Calumnia o no calumnia, fábula o triste realidad, nos cuenta Alberto Valero Martín en su libro «Castilla madre. Salamanca» (Madrid, 1916), al referirse a «LA CASA DE LA SALINA», que el famosísimo arzobispo de Santiago de Compostela y Patriarca de Alejandría Don Alfonso de Fonseca, hijo de una familia noble de Salamanca, edificó precisamente este gran palacio plateresco, «del más elegante y libre gusto del Renacimiento», en la calle de San Pablo, en honor de Doña María de Ulloa, una hermosa dama gallega. Y hace constancia de que formó aquel propósito para desairarla del agravio que la hicieron las autoridades salmantinas, cuando a finales del siglo XV, llegó a la Corte de Juan II a Salamanca con extenso séquito de prelados, nobles caballeros y gentiles damas. Doña María de Ulloa se sintió muy postergada en dicha ocasión, desprovista de digno alojamiento…

Valero Martín añade un párrafo emotivo entre comillas, como si se tratase de testimonio ajeno y del que transcribe tan sólo este fragmento:

«… Vedme llorar de los ojos, y pensad que lloro también del alma. Y ¿habréis de consentir mi afrenta y la de nuestro hijo por nacer? Apartaos, apartaos de mi y nunca más volváis, que hombre que así consiente que me afrenten en tu tierra, no es merecedor de que estos ojos le miren ni estos labios le regalen».

Ante tales sucesos, muy humanos por cierto, que se produjeran de hecho o no, en las altas o bajas esferas eclesiásticas, pero que la maledicencia popular nunca perdona y a veces inventa, no hacía falta demasiada animosidad en un artista extranjero, judío o simplemente ateo, y por supuesto excesivamente librepensador, para fomentar ese tipo de producción degradante que sabía de antemano sería siempre bien acogida con hilaridad por un público escéptico de la vida espiritual, indiferente o muy comprensivo ante las miserias de los hombres.

Picado de la curiosidad y sentido crítico de la historia, he tratado de hacer más averiguaciones y compruebo que otras fuentes confirman el testimonio del libro novelador «Castilla madre. Salamanca».

No hay duda de que a fines del siglo XIV un destacado noble portugués, Pedro Rodríguez de Fonseca, Señor de Olivenza, se mantuvo en las Cortes de Juan I y Enrique IV. Era un emigrado de su país, a causa de las contiendas civiles de su tiempo. Tenía una hija llamada Beatriz que se casó en Toro con Alfonso de Ulloa, iniciando un importante linaje nobiliario que conservó generalmente el apellido Fonseca y en el de figuran toda una serie de personajes llamados Alfonso o Alonso, quienes ocuparon altos cargos eclesiásticos desde mediados del siglo XV hasta mediados del siglo XVI, lo cual (y esto es lo más curioso de recalcar en este momento) no les impidió dejar a la posteridad una numerosa descendencia. Dinastía nobiliaria con una excepcional hegemonía política en la Corte castellana, precisamente por su carácter eclesiástico. Durante más de un siglo esta noble familia tuvo un especial sortilegio para enredar a nuestros infortunados reyes y a aquellos otros que alcanzaron el cenit de España. Tal vez sea para pensar si en estos prelados de altos cargos no estuviera la clave de nuestras grandes relaciones internacionales de la diplomacia mundial, en aquella época en que los Papas eran a la vez que dirigentes de la Cristiandad grandes Jefes de sus Estados Pontificios…

Pues bien. El primero de estos grandes personajes llamado Alfonso (Toro 1418-Coca 1473) fue un segundo hijo de Beatriz, nombrado capellán mayor del futuro Enrique IV. Bien pronto se le constituye en obispo de Ávila en 1445 y en 1453 es promovido a arzobispo de Sevilla. Casa a Enrique IV con Juana de Portugal y se erige en principal dirigente en las luchas civiles de Castilla. Por razones que no son del caso relatar, se indispuso con el Rey y se pasó al bando del Príncipe Alfonso, si bien trató de mediar entre ambos hermanos y guardó en rehenes en uno de sus castillos a la reina Juana. A la muerte del Príncipe, volvió a la obediencia del Rey, teniendo una muy destacada intervención en el Pacto de Toros de Guisando, en que se proclamara Reina de Castilla a Isabel. Este prepotente prelado fundó el mayorazgo de Coca y Alaejos, que se convirtió en el núcleo de los dominios de esta rama de la familia.

Pero, en realidad, la acción política del precitado Alfonso I nos importa ahora en función de su ínclito sobrino Alfonso II de Fonseca, que hay que suponer naciera de un pariente de éstos Alfonsos en Salamanca, quien ocupa la sede metropolitana de Santiago, gracias a la influencia de su ilustre tío. Es posible que entonces hicieran los nombramientos directamente los Reyes. En tiempos de los Reyes Católicos el Papa Sixto IV otorga, desde luego, una Bula con muy amplias concesiones (1478), aunque sus atribuciones se aplicaban a los poderes de la Inquisición española… Verificado, pues, el nombramiento he aquí que surge una fuerte resistencia armada en la archidiócesis y entonces tío y sobrino resuelven intercambiar sus respectivas mitras el año 1460, hasta tanto que el poderosísimo tío sometiera a los cabecillas de la insurrección y pacificara las tierras que dependían de Santiago. Así se verificó, en efecto, pero lo curioso es que, una vez alcanzada la pacificación allá por el año 1463, el sobrino ya no quería retornar a la sede de Santiago. Allí volvió contrariado y aquí es de suponer que conoció a la noble dama María de Ulloa, señora de Cambados, (tal vez pariente suya, si reparamos en el apellido Ulloa), de quien nació, en Santiago el año 1476 el todavía más ilustre vástago de los Fonseca el Alfonso III, que estudió en Salamanca y siguiendo la carrera eclesiástica sucedió a su mismo padre en la sede arzobispal de Santiago en 1508.

En su culto padre, muerto en Santiago en 1512, había sido un hombre extraordinario, aunque en menor escala que el tío Alfonso que le había precedido, este tercer Alfonso de Fonseca supera a los anteriores en formación teológica y humanística siendo el típico gran señor eclesiástico del Renacimiento, con sus eximias cualidades y defectos, manteniendo correspondencia con Erasmo de Rotterdam, a quien pagaba una pensión anual, mientras fundaba los esplendorosos colegios Universitarios que llevan su nombre en Santiago y Salamanca. Indudablemente era la gran figura de su época y con razón en 1524 era nombrado arzobispo de Toledo, Primado de España, y por ello en 1527 bautizó al que sería nuestro gran Felipe II. Para terminar nuestro comentario sobre los Prelados Fonseca y volviendo al tema que fue objeto de este capítulo, declaremos que en estos siglos gloriosos del Renacimiento triunfante, el clero incluso de las más altas esferas vivía muchas veces al margen del celibato y un tan eximio eclesiástico cual el tercer Alfonso de Fonseca tuvo de Juana de Pimentel diversos hijos, debiendo citar entre ellos a Diego, que fue mayordomo de Felipe II.

La época del tallista Rodrigo Alemán coincidió en España con las de los arzobispos Fonseca, hombres con sus debilidades humanas, cuando la Corte Pontificia, regida por el inteligente español Alejandro VI (1492-1403), no era por cierto un modelo de virtud. Por ello, consideramos que los arzobispos Fonseca puedan ser probablemente la clave del enigma picaresco que con encono trata de difamarlos en los coros de nuestras Catedrales.

Quizá por demasiado respeto a personas concretas, se ha tildado a estas tallas burlescas como producto espontáneo de la época renacentista. En realidad, no estaba aún muy lejano el recuerdo hiperbólico de las atribuidas inmoralidades de Alejandro VI, el inteligente Papa Borja y posiblemente la gran masa católica y devota había sabido comprenderlo todo muy humanamente, en razón del Renacimiento desbordado en todos los países, pensando con San Agustín que los ministros del Señor no son más que meros canales transmisores de la gracia y lo que contaba para ellos era la fe…

Comoquiera que sea, es lo cierto que existían unos precedentes de poco o ningún respeto al celibato en el bajo y alto clero en tiempos anteriores a la Reforma y precisamente surge ésta, exaltando más de la cuenta el matrimonio y presentando como modelo la doctrina y ejemplo del propio Lutero, quien cínicamente escribe en una de sus «CHARLAS DE SOBREMESA»: «En el primer año de casado se vienen unas ocurrencias extrañas. Cuando uno está a la mesa, piensa: «antes estaba solo, ahora estoy acompañado». En la cama, cuando se esta desvelado, ve un par de trenzas junto a él que antes no veía… » Y exclama: «¡Ay Dios mío querido! Que el matrimonio no es solo algo natural, sino también un don divino que proporciona la mas dulce, grata y honesta de las vidas, incluso más que el celibato y la soltería cuando el matrimonio sale bien…»

Lutero, contemporizando muy armónicamente con su época, hace una verdadera apología del matrimonio, afirmando que es una ley natural impuesta por Dios a toda la creación: «El matrimonio está inmerso en toda la naturaleza, porque en todas las criaturas se da el macho y la hembra. También los árboles se maridan, lo mismo que las perlas. Incluso entre las rocas y las piedras se da el matrimonio…»

Las críticas circunstancias en que se desenvolvía la Iglesia de Roma, pocos años antes de surgir a la palestra Martín Lutero, habían obligado a Julio II, intrépido Papa defensor de los Estados Pontificios y gran alentador de la Basílica de San Pedro, a convocar el XVIII Concilio General, V de Letrán, (1512-1517), en que se intentaba en principio una reforma completa de la Iglesia romana en su cabeza y en sus miembros, pero de hecho falto luego la decisión para hacer cumplir dichos mandamientos…

Precisamente el 31 de octubre de 1517 aparecen en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg, en Sajonia, las 95 Tesis de Lutero, redactadas en latín y que eran un desafío intelectual dirigido a los dominicos que predicaban la necesidad de adquirir indulgencias. En Alemania se promovía la agitación y, tras la Dieta de Worms, en presencia del joven Emperador Carlos V el día 22 de enero de 1521, sobrevendrían las guerras encarnizadas por cuestión de religión en que consumiría su existencia nuestro idealista Emperador…

Al fin, por lo que cabía a la Iglesia Católica, la solución habría de venir del cielo y el Papa Paulo III un año antes de la muerte de Lutero en Eisleben (18 de Febrero de 1546) tuvo la feliz idea de convocar el famoso concilio de Trento, año 1545, que puso orden y derramó luz en temas dogmáticos y preparó con divina sabiduría el camino para la reforma de las costumbres. Indudablemente fue el medio providencial más importante para la verdadera reforma de la Iglesia frente a las innovaciones protestantes, como dice el P. Bernardino Llorca.

Tres grandes Papas reformadores surgieron tras el Concilio de Trento: Pío V, Gregorio XIII y Sixto V, quienes lograron cambiar radicalmente la faz de la nueva Cristiandad. La fe se avivó cada día más intensamente, las costumbres del clero fueron en lo sucesivo ejemplares y fueron virtuosos sus prelados.

Oct 011978
 

Eleuterio Sánchez Alegría.

Confieso que quede muy perplejo, al leer el articulo publicado en «LA VANGUARDIA», 30 de marzo, por el conocido escritor Luis Romero: «Pedro Segura: el último cavernícola», como comentario a la abultada biografía de Ramón Garriga: «El cardenal Segura y el Nacional-Catolicismo». Planeta, 1977.

El epígrafe de la biografía ya es de suyo tendencioso, pero su comentario es para calificarlo con cero. L. Romero acusa gran desconocimiento de cosas de religión, si es que no malicia, enfocar así a un personaje tan ilustre del Episcopado español que, a pesar de sus defectos humanos, se reveló un hombre de cuerpo entero, todo un carácter, al estilo de San Pablo o San Antonio Mª Claret, y que, por otra parte, tampoco fue esa nulidad de inteligencia y fama que él pretende hacer creer a los lectores.

Lo menos que cabe decir del respetable ex-Primado es que tenía el talante de un autentico siervo de Dios y hacía todo con la mejor intención, importándole nada de lo que pudiera suceder y comentarse, si él estaba convencido de que aquello era la voluntad divina y el bien de la religión católica exigía obrar en determinado sentido en el preciso instante. Exactamente hizo lo que debía hacer una alta jerarquía de la Iglesia: cuadrarse y decir sin ambages ni rodeos «Non licet», cuando sus derechos eran lesionados, en República como en Dictadura. Su función era ésa y la cumplió fielmente. Hubo valentía y virtud en ello. Hay que reconocer que deber es de los obispos el defender el tradicional catolicismo de España y no dejar que se paganice en su sistema legislativo en cuanto éste en sus manos, sublimando perennemente el orden social y religioso.

No es licito adaptarse a las circunstancias en un plan maquiavélico, al margen de la religión y moralidad pública, ni hay razón para ir aguantando con pasividad católica el ataque sistemático de grupos sectarios. Falsas normas de conducta por parte de muchas personas están ocasionando una degradación de nuestra sociedad que ni interior ni exteriormente beneficia a España. Se habla con entusiasmo de «democracia» como ideal de convivencia, pero este lema público está resultando la gran estratagema para que personas no honestas constituyan una «pseudodemocracia» en muchas comunidades del país. Un pequeño grupo de audaces personas, que, por supuesto, no son las de conducta más ejemplar, acostumbra imponer su opinión a una prudente mayoría silenciosa que, por miedo a turbar la paz y alguna vez también por apatía social, acaba por condescender y cuando se da cuenta del abuso del poder, reacciona ya tarde y los primeros arman el alboroto. A la vista está que hay exceso de desorden publico y no por culpa de elementos conservadores, hay griterío en la calle, hay inconsciencia en lo que se pide y demasiada condescendencia en acceder a lo ilícito. El sentido común y hasta el mismo Dios acepta la bien entendida libertad, pero de ninguna forma ese libertinaje por el que claman determinadas masas…

A la corta y a la larga a nada bueno conducen el adulterio y el aborto y los anticonceptivos en un Estado bien organizado. Si por un «mal menor» se consienten por ley, «los creyentes en su foro interno ya saben a qué atenerse» y por eso no son «cavernícolas». Claro que, si ciertos librepensadores se empeñan en clasificar con ese despectivo a cuantos se esfuerzan por cumplir la ley de Dios y los mandamientos de la Iglesia, habrá que confesar que afortunadamente existen muchísimos cavernícolas en España, «los más», lo cual no es sinónimo de ignorantes y no progresistas, ya que la Iglesia fue precisamente la soberana civilizadora de Europa en la Edad Media en países que ahora son las adelantadas naciones modernas.

Por ello, es impropio e injusto calificar al cardenal Segura como «el último cavernícola». Un hombre erudito y santo y en verdad extraordinario, con méritos humanos y espirituales más que suficientes para encumbrarse muy por encima del «favor real». Cierto que Dios se valió de Alfonso XIII como medio para que el virtuoso Prelado de Coria realizara sus fines providenciales en calidad de Primado de España. Cuatro siglos antes Felipe II había escogido un simple «tonsurado», Santo Toribio de Mogrobejo, para arzobispo de Lima y Metropolitano del Perú y se vio bien claro que no se había equivocado en su elección. Y en verdad que, según Fray Justo Pérez de Urbel, prodigó lo que en la América de los conquistadores se llamaba «el ladrillo de Roma», la excomunión. Señal de que en determinadas circunstancias fue una necesidad para frenar ciertos abusos.

Nada dicen, pues, las maliciosas alusiones de L. Romero al «metafórico trabuco que nunca llegó a disparar» nuestro Cardenal. En cuanto a su hermana por él alabada como virtuosa, no olvidemos que también San Leandro, su glorioso antecesor hispalense, tributó elogios a su hermana Santa Florentina y San Benito a su hermana Santa Escolástica… Y por lo que se refiere a su intransigencia e incompatibilidad con otras jerarquías, incluso con el propio Franco, se explican perfectamente por su temperamento seco castellano y su espíritu apostólico. No se precisa mucho conocimiento de historia eclesiástica, para saber excusar tales deficiencias humanas, que se han dado en bastantes santos y no empañan por ello el brillo de sus virtudes. El hagiógrafo P. Pérez de Urbel explica muchos rasgos muy extraños de los santos celtas como algo connatural de sus peculiaridades étnicas.

Muchas contrariedades tuvo el Cardenal Segura y fue llamado justamente el «Mindszenty español», al no ser comprendido por las autoridades oficiales. Pero era un hombre superior, lleno de fe, y supo sufrirlo todo sin descorazonamiento, siempre impávido y en su puesto, al que cabía aplicarle aquel hexámetro de un poeta latino: «Impauidum feriere ruinae iustum», «aunque se desplome el cielo, no se inmutará el justo».

Hombre tal vez discutido el Cardenal Segura, pero de su virtud no duda nadie.

E. SÁNCHEZ ALEGRÍA

Oct 011978
 

Eleuterio Sánchez Alegría.

Con ciertas ciudades se produce idéntico fenómeno al de las novias, al menos de la primera que causó un sentimiento más entrañable. Parece que surgen no pocos parecidos. Es posible que en todo esto haya mucho de subjetivo. No podemos negarlo. Con todo, en no pocos casos se dan afinidades de común origen, coincidencias de lugares estratégicos y técnicas similares de planificación y estructura de determinadas poblaciones. Las mas de las veces idénticas circunstancias históricas y unas mismas influencias estéticas en una región o nación pueden ser la base de semejanzas insospechadas.

Sin ir más lejos, he de confesar que quedé estupefacto, cuando en la primera decena de julio del pasado año visité Oxford y observé que la piedra de los muros de algunos Colegios, sus espléndidos y famosos «Colleges», era dorada exactamente como la de nuestros centros universitarios y palacios de Salamanca. Le hice notar mi extrañeza a la documentada guía Ivanna -una erudita italiana afincada en Londres- y me replicó que efectivamente así era, porque a 30 kms. de allí existía una calidad de piedra de estas características, pero que me hacía constar que desde luego era bastante menos consistente que la salmantina de Villamayor, según le habían atestiguado y personalmente ella había comprobado en su visita a nuestra no menos célebre ciudad universitaria.

Épocas no muy distanciadas, unos mismos objetivos y fines docentes obligaban a unas construcciones similares, pero he aquí que una circunstancia imprevista, la de piedra dorada, colmo la semejanza entre estas dos famosas ciudades universitarias.

I

Pues bien: coincida o no coincida con la apreciación de otros, he de manifestar que cuantas veces he visitado Ibiza me parece que estoy en Trujillo, tan pronto como diviso aquella formidable masa de su encaramado barrio antiguo de la Peña, coronado por un extenso recinto fortificado que sobre la rocosa colina construyera el ingeniero italiano Juan Batiste Calvi, por encargo del emperador Carlos V. ¡Magnífico heptágono irregular flanqueado de siete bastiones! Una inscripción con el escudo de armas de España nos declara que la obra se remató bajo el reinado de Felipe II, en el año 1585.

Al pisar aquellas empinadas y muy angostas calles, de losas y cantos pizarrosos, surge por fuerza el recuerdo hermoso del recinto trujillano, también «conjunto histórico-nacional». Aunque en Ibiza se agudiza el problema, al aparecer numerosas callejuelas que se entrecruzan en la misma roca, adaptando el sistema de escaleras. Recuerdo que atrochando por una de estas salidas que más bien parecen trampas, abordé la muralla y sin saber como me vi ante la «Portella», de tanto sabor árabe. El conjunto de humildes casas bien blanqueadas evoca naturalmente el recuerdo de la viviendas de tierras del Sur, Andalucía y Extremadura, en donde esta nota de llamativa blancura salta a la vista por doquier como característica de todo el litoral mediterráneo y que alcanza, no poco a un Trujillo como lugar de interferencia de hombres del Norte y del Sur en pasadas épocas. El castillo de Trujillo es buena atalaya para contemplar la inmensa planicie de su comarca, pero la acrópolis ibicenca posee el más espléndido «Mirador» en el referido barrio de la Peña, desde donde se divisa toda la isla, campo y ciudad, y el mar hasta su infinita lejanía.

Un buen numero de habitantes algo aproximado en época normal y un buen puñado de hombres muy valientes, destacándose entre todos Vara del Rey, el héroe de la batalla de Caney, réplica de Francisco Pizarro, acaban por acentuar cierta semejanza con nuestra ciudad de Trujillo, gran plataforma lanzadora de hombres intrépidos a tierras americanas.

II

En el otoño de 1976, con ocasión del IV Congreso Nacional de Escritores de Turismo en la Costa del Sol, visitamos ante todo Málaga y una vez más con otros colegas di un romántico paseo al declinar de una tarde muy gris y hasta lluviosa por esta suave, dulce, hechicera ciudad, a la que los griegos denominaron «Malaká» por su blandura y sensualidad.

Paseamos por su bello Puerto; contemplamos con agrado sus típicos «Cenachero» y «Bizhaguero», no dejando, por supuesto, de mirar una y otra vez a sus joviales y garbosas hembras, con flores en el pelo, y deambulando por la calle Larios, tras tomar unas copas en el «Bar Quita-penas» y en algún otro del curioso Pasaje de Chinitas, donde radicara el famoso «Café de los Cantaores», nos acercamos a la Catedral, de cuyas bóvedas exiguas a modo de parasoles y todo su interior tan armónico quedamos, en verdad prendados. Tras andar por calles atestadísimas de macetas, alcanzamos los «Jardines de Puerta Obscura»,»verdadera apoteosis vegetal»; nos detuvimos unos momentos ante la estatua de Aben Gabirol, poeta y filósofo árabe y admiramos la monumental puerta en arco de herradura del Mercado Central de Atarazanas.

Mas era obligada la visita a la milenaria Alcazaba y no la omitimos. Las circunstancias no eran aquella tarde muy propicias para mantenerse allí a la intemperie. Sin embargo, yo cuando menos procuré contemplarla desde puntos muy diversos y cada vez encontraba nuevas perspectivas: unas veces me parecía contemplar en la lejanía la Alhambra de Granada y otras estar observando la semblanza de Trujillo en la morisca fachada de esta grandísima fortaleza, con dos muy elevadas torres a base de ladrillo, que franqueaban la entrada de un gran arco de herradura y en la parte inferior bonitos jardines en lo que antiguamente fuera su Patio de armas. Este costado de la famosa Alcazaba es el que, a mi juicio, evoca el natural recuerdo del espléndido castillo de Trujillo contemplado a lo lejos desde la carretera de Mérida, con su perfecto arco de herradura y el camarín de la Virgen de la Victoria en su parte superior, pero con la diferencia de que el material de construcción en nuestra ciudad extremeña es la dura piedra de sus extensos campos.

Nada tendría de particular, pues, que la Alcazaba de Málaga hubiera servido de inspiración para este extraordinario castillo árabe, aunque de hecho ya existiera el precedente de una primitiva y formidable base romana ,a juzgar por sus vetustos y bien labrados sillares.

Creemos que hay ciudades divinas con la entera plenitud de este atributo, porque Dios lo quiso así; las predestino para serlo desde la eternidad e inspiró a los hombres para que se luciesen en aquel sitio determinado y allí concentro de manera providencial arquitecto y escultores, como si se hubiera producido una lluvia celestial de artistas. En verdad, desde el punto de vista pagano, no andaban tan descaminados los antiguos al atribuir origen divino a ciertas ciudades. Parece que había su fundamento para tal espejismo.

En efecto, los casos de Atenas, Florencia, Siracusa y otras varias ciudades griegas o italianas, al igual que los de Cáceres, Trujillo, Córdoba, Málaga, Toledo o Granada… son tan singulares que a duras penas se repiten una veintena de casos parecidos en el ancho mundo.

Pues bien, las dos veces que en mis peregrinajes a Roma he visitado Florencia he quedado estupefacto al contemplar en un barrio céntrico no muy extenso una infinitud de soberbios edificios de la mas alta calidad histórico-artística, en que surge armoniosamente la flor y nata del «Quattrocento» italiano y siglos posteriores, fecunda época creadora, afortunada para la humanidad, por obra y gracia de los soberanos Médicis.

En Florencia te encuentras que a poca distancia uno de otro se alzan el centro religioso y el centro político de la ciudad, planeados ambos por un mismo arquitecto, Arnolfo di Cambio. Como hace notar A. Storti, «de las construcciones que los componen arrancó y se desarrollo la arquitectura florentina a lo largo de dos directrices: la religiosa, aligerada por el color en función de dulcificar los ánimos, y la civil, actuada para la defensa y ofensa, articulada sobre los valores de la lógica y del raciocinio».

Todo aparece allí planificado y, por haberlo sido previamente, todo es allí tan hermoso y sublime. Es bonito el paisaje junto a las riberas del Arno; deliciosa la contemplación de la basílica de Santa María del Fiore; majestuosos cada uno de sus palacios, como preciosas cada una de sus plazas. Pero en una zona antiquísima de la ciudad, a espaldas del primer cinturón de murallas, el viajero se hallará puntualmente en el punto clave de Florencia, en que se desarrollaron los principales hechos de sus muchas vicisitudes políticas.

Nos referimos a la Plaza de la Señoría, la plaza de los grandes duques Médici. Es una plaza en forma de L, grandiosa y solemne, limitada por el «Palazzo Vecchio» y la «Loggia», por el «Tribunale di Mercanzia» al fondo y por el «Palazzo Uguccioni» en su lado mas extenso. Sus cuatro estatuas colosales, obra de geniales artistas, en plena plaza, semejan nuestros excelsos «pasos» de Semana Santa, en ciudades andaluzas, repletos de faroles y luces. En ese aspecto la «Loggia de los Lanci» resulta una verdadera exposición.

Ahora bien, tras esta alusión general a la sublime ciudad de Florencia y con referencia a Trujillo, aun reconociendo muy acusadas diferencias por las distintas épocas de los monumentos y la desproporción de categoría entre ambas ciudades, encuentro para mi unas ciertas similitudes, tal vez bastante subjetivas, pero con fundamento suficiente para evocar un recuerdo, si es que no llega a una verdadera semblanza, a unos aspectos comunes, que ofrecen la apariencia de verdad.

Confieso que en un momento emocional pueden concurrir circunstancias que hacen ver las cosas en un sentido dado, lejano de la realidad. Y efectivamente, la primera vez que visité Florencia fue con un numeroso grupo de la diócesis placentina, bajo la dirección del gran organizador de Peregrinaciones diocesanas, el canónigo D. Ceferino González, y teniendo a mi lado al ejemplarísimo párroco-arcipreste de San Martín D. Mariano Duprado (q.s.g.h.). Y por supuesto, el recuerdo constante de Extremadura y concretamente de Trujillo era algo que llevaba de manera muy entrañable muy dentro de mi.

Y de hecho sucedió que tanto la primera como la segunda vez nos alojamos en el Hotel Columbia-Parlamento (Piazza di San Firenze), cuyo egregio comedor fue el gran salón de Cortes en el periodo crítico de la Unitá Italiana, bajo la égida de Garibaldi, cuando Florencia fuera capital de Italia (1865-1871). El «albergo» era, por de pronto ,un auténtico palacio, como lo eran otros fenomenales edificios adláteres en calles estrechas al estilo de las de Trujillo, y de repente desembocar en una grandísima Plaza, cual era la de la Señoría tenía que causarme, por fuerza, un verdadero impacto. Exactamente el mismo efecto, la maravillosa impresión que causa a todo turista la repentina contemplación de la Plaza de Trujillo, cuando a través de la angostísima calle de García Paredes, ha llegado a las puertas del extraordinario Palacio de los Duques de San Carlos.

Apenas había fijado yo la vista en la fuente monumental de Neptuno («Il Biancone»),en la hermosa copia del David de Miguel Ángel, así como en Hércules y Caco de Baccio Bandinelli, cuando reparé inmediatamente en la incomparable «Loggia della Signoría», de gótico tardío con rasgos renacentistas, una especie de iglesia al aire libre, apta para ceremonias oficiales, y hoy en día repleta de bellas esculturas de famosos artistas. Sin tener que reflexionar nada, al punto evoqué el soberbio palacio de estilo italianizante y resabios góticos en su crestería del marqués de San Juan de Piedras Albas en la Plaza Mayor de Trujillo. Y no hice mas que girar a mi derecha y contemplé con rendida admiración el monumento ecuestre del gran duque Cosme I de Medicis, obra de Juan de Bolonia, con su gordo y bien lucido caballo y príncipe florentino con talante flamenco. Inmediatamente lo relacioné con la fantasmal figura ecuestre de nuestro Francisco Pizarro, el auténtico guerrero de Trujillo, con su casco al estilo del bárbaro Atila, infundiendo pavor a los indios del Perú, a quienes pulveriza y somete definitivamente.

Pero es que además el gallardo palacio de Hernando Pizarro, marqués de la Conquista supone y es ciertamente para Trujillo lo que el «Palazzo Vecchio» es para Florencia. Aunque edificados en distintas épocas y distintos estilos, ambos coinciden en que fueron construidos a manera de fortalezas y con idéntico espíritu de hinchada grandeza y señorío sobre sus paisanos. En efecto, la «Loggia» nos ofrece varias estatuas con el signo de la violencia: «Rapto de las Sabinas», «Hércules derribando, al centauro Neso», «Menelao sosteniendo el cuerpo de Patroclo», «Perseo»… y dícese que los Señores de Florencia forzaban a sus vencidos a besar las nalgas del «Marzocco», el león tendido, símbolo de la fuerza de Florencia.

Y en un parangón, en menor escala, podemos también afirmar que en Trujillo el tan flamante escudo de la dinastía de los Pizarros, -posiblemente el mejor labrado de España-, acusa vehementemente de violencias bélicas en el Perú y otras tierras del Continente Sudamericano, acusa de esclavitud a unos soberanos, acusa de la secular distinción entre amos y siervos en la antigua Extremadura y en el resto de la nación, acusa de sempiternos feudalismos y banderías en nuestra España que tanto se ha jactado de católica…

Y es que desgraciadamente la anhelada unidad entre los hombres e incluso la cacareada igualdad entre los mismos, defendida y proclamada por los comunistas, nunca ha sido posible y así nos lo atestigua la historia, repleta de hechos sangrientos. La insigne ciudad de Florencia, objeto de nuestro estudio, constituye un claro exponente de como se derrumba una floreciente Patria por culpa de aciagas contingencias políticas.

Ahí están los desafortunados sucesos de su historia medieval referentes a las encarnizadas luchas entre güelfos y gibelinos (1152-1190) y a su vez más adelante, en los finales del siglo XIII, entre güelfos blancos y güelfos negros. Más tarde, a base de combatir con ciudades rivales como Pistoya, Arezzo, Volterra y Siena, el territorio de Florencia llegará a ampliarse en gran medida y en la primera parte del siglo XIV esta ciudad figurará ya entre las primeras de Italia desde el punto de vista cultural y económico. Mas he aquí que los últimos decenios del siglo XIV se caracterizan en Florencia por los contrastes más violentos entre el «pueblo graso», es decir, la rica burguesía que rige el Estado a través de las Artes Mayores y el «pueblo minuto», alcanzando su punto álgido en el tumulto de los Ciompi, humildes cardadores de lana,(año 1370). Muy efímeramente se hace la plebe con el poder, que de nuevo vuelve a las manos de una oligarquía manipulada por los Albizi y tras una serie de alternativas en que el protagonista es el mismo pueblo, más concretamente aquel «pueblo minuto», la Señoría de los Médicis queda constituida y afianzada en la ciudad, conservando todavía las apariencias republicanas. Se sucede toda una época de esplendor; es la edad del Humanismo y del gran Arte del Renacimiento en Florencia, faro de la Cristiandad.

Por una de tantas locas reacciones del pueblo se produce la expulsión de Pedro de Médicis, sucesor de Cosme el Viejo y Lorenzo el Magnífico, para acabar volviendo al poder más adelante, apoyado por el Emperador y el Pontífice. Su gran figura fue, por fin, Cosme el-gran Duque. Y es precisamente de este famoso Medici, de quien la historia nos cuenta y los guías nos repiten que hizo retirar del frontispicio de su palacio aquella inscripción fervorosa de inspiración savonaroliana, colocada durante el famoso sitio y que diría: «Iesus Christus, Rex florentini populi S.P. Decreto electus» y que Cosme, a fin de no aparecer excluido del mando, la modificó con una fórmula un tanto ambigua. Enmarcada en un artístico monograma de Cristo, I H S, entre dos flamantes leones, ordenó poner esta leyenda con sabor bíblico: «Rex Regum et Dominus dominantium».

¡Dichosos tiempos aquellos en los que quienes mandaban eran soberanos católicos y creían que su poder les venía de Dios, que, esta muy por encima de ellos y de todos los gobernantes!

Las gentes serían mejores o peores o iguales que nosotros, pero es indudable que eran siglos de mucha fe e infinidad de lemas religiosos estuvieron leyéndose de siglo en siglo sobre blasones de emperadores y reyes, de obispos y caballeros cristianos, de instituciones múltiples. Recuerdo, por cierto, que me emocionó leer sobre el blasón de la ciudad de Londres esta invocación latina:

«Domine, dirige nos». Al igual que me cautivó en Colegios Universitarios de Oxford esta otra de «Dominus illuminatio mea». Invocaciones que, en verdad, semejan fragmentos de salmos.

Es posible que parecidos lemas abundasen en los pasados siglos en este Trujillo glorioso, pero también cristiano, en completa consonancia con las grandes ciudades de España y del extranjero, como fruto espontáneo de aquel sublime espíritu caballeresco que pervivió en la Edad Media y en la ponderada Edad de Oro.

Como muestra de ello; y colofón de este improvisado estudio, queremos tan sólo hacer constar que todavía nos queda una muy significativa y espléndida inscripción sobre la portada del airoso alcázar de los Bejaranos, cuyas dos torres, perpetuos vigías, son el testimonio perenne de la primitiva edificación. El fundador del mayorazgo, D. Diego García Bejarano, quiso distinguir a su linaje por medio de un blasón en que figura un león rampante con cuatro cabezas de dragón en negro sobre campo de oro. Pero, hombre fervoroso de la Virgen de la Victoria, estampó sobre el frontispicio de su palacio, cual si fuera todo un soberano florentino, esta invocación: «Sub umbra alarum tuarum protegenos». Si, en efecto, no muy lejos de su fortificada morada, como dos alas protectoras de la Madre de Cristo, tenía por un lado el Arco de Triunfo de la muralla y por el otro el minúsculo santuario del Castillo, con sus sendas imágenes, y naturalmente D. Diego García Bejarano, hombre devoto, contaba muy confiado con la protección de la divina Señora, del mismo modo que contaron con ella Francisco Pizarro y tantos ilustres conquistadores trujillanos.

Toda una lección histórica de fe, que debemos asimilar los hombres de hoy, de los cuales muchos se hallan tan llenos de funestas ideas de puro pragmatismo utilitario o ahítos de vanos sueños existencialistas o inconfesables bajezas de ateos teóricos y prácticos. ¡Tristes equivocados de la generación actual, librepensadores de mínima talla o libertinos incorregibles, ya muertos por su vida miserable en cuerpo y alma! ¡O tempora! ¡O mores!…

E. Sánchez Alegría
Hospitalet,15-V-78

Oct 011974
 

Eleuterio Sánchez Alegría.

«Que por mayo era por mayo cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan y están los campos en flor,
cuando canta la calandria y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados van a servir al amor»

Con estos candorosos versos se inicia el «romance del prisionero» y cabalmente era por mayo de 1955 cuando tuve mi primer encuentro con la nunca bien ponderada Gregoria Collado ¡Hallazgo muy afortunado, por cierto, conocimiento providencial de esta gran mujer, de talento singular y de corazón repleto de amor por su Extremadura!

En calidad de Inspectora de Enseñanza Primaria y en funciones de servicio había llegado a nuestro Trujillo y pronunciaba una interesantísima conferencia. Yo, muy conocedor de su fama, me persone en el local y al finalizar me disponía a saludarla. Ella, por su parte, se había apercibido de mi presencia y al observar que me removía un poco, mandó «ex professo» una persona amiga que me apresó inmediatamente, diciéndole: «Procura que no se me escape Sánchez Alegría, que quiero hablar con él» Ya se había formado también una idea de mi, a través de la prensa regional, y anhelaba conocerme, al igual que yo a ella.

Así, pues, en cuestión de segundos estuvimos frente a frente y a las pocas palabras que intercambiamos, nos comprendimos perfectamente. Me encontraba ante una hermosa y gentil mujer, con su característica morenez cacereña y su inconfundible talante extremeño, pero sobre todo con un corazón inmenso, lleno de optimismo y audacia, con una clarividente inteligencia y arrolladora simpatía, que me cautivó en verdad. Su cultura extraordinaria, su notable fantasía y sensibilidad poética y el gran amor su tierra, la heroica Extremadura, me conquistó para siempre. Mujer de profunda agudeza psicológica se percató de ello en nuestra primera entrevista privada y tal vez bien informada de mis sentimientos e ideales, me esbozó seguidamente todo el programa de acción en su Asociación «Amigos de Guadalupe» y a los pocos días tornó a Trujillo, con la sola finalidad de constituir nuestra Delegación Local sobre la base de personas relevantes de la docencia y sociedad trujillana, a quienes personalmente ella convocó a esta primera reunión y con las altas miras siempre puestas en la excelsa Virgen morena de las Vllluercas y la progresiva promoción de su inefable Extremadura…

Constitución de la delegación y nombramiento Junta Directiva

Eran las 12,30 de la mañana del día 16 de mayo de 1955. En la Biblioteca del Instituto Laboral «García de Paredes», de la que yo estaba encargado, se habían ido congregando un buen número de personas, previamente invitadas y que podrían ser posibles miembros de la futura Asociación de «Amigos de Guadalupe» en Trujillo. Sus simples nombres propios evocan ya de por sí múltiples recuerdos y facetas de la vida trujillana de aquellos tiempos: Don Juan Tena Fernández, Pbro. Archivero del Excmo. Ayuntamiento, D. Marcelino González Haba, Abogado, Delegado Comarcal de Sindicatos, don Felipe Trejo,Pbro.y Doña Adela Martí Martí, ambos juntamente conmigo Profesores del Instituto Laboral, don Juan Manuel Fernández Bernal, Abogado y Maestro, D. Paulino Azores Naharro, Maestro, Concejal y Director de Biblioteca Municipal, don Fernando Gutiérrez del Egido, Maestro y Secretario de la Hermandad de Trabajadores, juntamente con su hermana doña María Gutiérrez del Egido, Maestra, don Tomás Avila Valdecantos, Maestro así como el también Maestro Nacional don Alipio Rodríguez y una paralela representación de prestigiosas Maestras Nacionales, tales como doña María del Pilar García Peña, doña Esther Holgado Casado, doña María Poblador Sánchez, además de otro Maestro, don Santiago Navareño Díaz, y el más amable hotelero de la provincia y acaso de España, don Julio Prieto González, dueño del Restaurante y Residencia «Madrid-Lisboa».

Ante tal culta concurrencia y puntual a la cita acude nuestra ilustre Inspectora de Enseñanza Primaria, y con esa gracia femenina tan suya y con la convicción que la siempre la verdad expuso de manera clara cuál era el motivo de habernos citado a esta reunión, ni más ni menos que declararnos la finalidad de la Asociación «Amigos de Guadalupe» y su funcionamiento en Cáceres, para que en parecida proporción hiciésemos otro tanto en Trujillo colectivamente y cada cual dentro de la esfera en que actúe. Con referencia a la fundación, recordamos tres nombres claves de la Comisión Ejecutiva de Cáceres: el Rdo. P. Jerónimo Bonilla, O.F.M. su Consiliario, la propia Gregoria Collado y Ricardo Becerro de Bengoa, quienes han acertado a la auténtica entidad y personalidad a dicha asociación. Su gran propósito en términos generales, ha sido desde su inicio «el intentar por todos los medios posibles que el nombre de Extremadura vuelva a sonar en el ámbito nacional con la fuerza de antaño y procurar elevar paulatinamente el nivel cultural de nuestra región.»

Y en consecuencia con estos ideales, he aquí que en aquel momento había la sublime aspiración de erigir un templo a la Virgen de Guadalupe en Mongomo, Guinea Española, como conmemoración del pasado Año Mariano, y precisamente el Rvdo. P. Permúy, destacado claretiano, director de la revista «El Misionero», venía alentando, con más calor que nadie dicha iniciativa. Asimismo manifestó Gregoria Collado con su peculiar entusiasmo que había la intención de ofrecer el patronazgo del famoso monasterio de Guadalupe al gran Archiduque Otto de Habsburgo, legítimo descendiente de los Austrias, tradicionales protectores de Guadalupe, quienes lo convirtieron en el santuario de la Hispanidad, heredando de los Reyes Católicos su devoción a la Virgen extremeña. Se había pensado, al efecto, otorgarle el título de Vicepresidente del Consejo de Honor de la Junta Rectora de la Asociación Provincial «Amigos de Guadalupe».

Acto seguido, se procede al nombramiento de la Junta Directiva de esta Delegación Local de Trujillo y, tras breves instantes de coloquio con la Señora Collado de García Aguilera, se preconizan como Presidente a D. Marcelino González Haba, como Secretario a don Eleuterio Sánchez Alegría, como Tesorero a don Tomás Avila Valdecantos y como Consiliario a don Juan Tena Fernández. Y finalmente, se decide nombrar Presidente de Honor de nuestra Delegación Local al Ilmo. señor Alcalde de Trujillo, don Julián García de Guadiana.

Los «Amigos de Guadalupe» en pos de sus caros ideales

Apenas si había transcurrido un mes, cuando nos reunimos de nuevo los componentes de la Delegación de Trujillo, aceptando el consejo que nos dieran los directivos cacereños de señalarnos un día fijo, por ejemplo, el último jueves de cada mes y como cuota mensual mínima de cada socio dos pesetas, cuota simbólica que figura escrita en segunda Acta de fecha 30 de junio de 1955.

Una y otra vez con gran constancia y más o menos concurrencia nos reuníamos, de forma que figuran en Acta unas dieciocho sesiones, es decir, hasta el 12 de febrero de 1957, en que más o menos se produjo el colapso de la Asociación de Cáceres, por vergonzosos manejos y presiones de altas personalidades que intrigaron siempre ante el Gobierno Civil contra «Amigos de Guadalupe», en una serie infinita de ruindades, inconcebibles en gentes de cultura, y a las que volveremos a aludir más adelante. Con referencia ahora a nuestras reuniones periódicas, hagamos constar que aceptamos de buen grado el consejo que nos dieran Ricardo Becerro de Bengoa en carta escrita a raíz de nuestra fundación: «celebrad reuniones, aunque vayáis dos o tres, recordando las palabras del Evangelio: «donde os reunais dos en mi nombre, allí estaré yo con vosotros». Celebrad las y dadlas a la publicidad en «Extremadura» y «Hoy», porque así serviréis de ejemplo a otros con vuestra perseverancia y entusiasmo. Llevad «Libros de Actas», pues es muy útil, además de obligatorio. El índice de problemas locales tenedlo siempre a la vista y sed promotores de soluciones. En resumen que en Trujillo los «Amigos de Guadalupe» sean los mejores amigos de Trujillo, que en Alcántara sean los mejores amigos de Alcántara… Pizarro y Orellana o lo que es lo mismo Perú y Brasil no los descuideis»…

Nuestras comunicaciones con los Directivos de Cáceres eran continuas, intercambiando cartas y mensajes y alguna que otra visita. Y así en el Acta 3ª consta el telegrama que Presidente y Secretario redactamos y enviamos a Directivos de Cáceres y al Prior de Guadalupe, al leer en los periódicos la noticia relacionada con nuestra Asociación de que el Emmo. Cardenal Primado, Plá y Deniel, les había enviado su fotografía con una paternal dedicatoria, bendiciendo el proyecto de erigir un templo a la Virgen de Guadalupe en la Guinea Española. Más sobre todo era muy grande nuestra íntima satisfacción al saber que el Real Monasterio de Guadalupe según reciente rescripto recibido de Roma quedaba constituido en Basílica. He aquí el texto del telegrama cursado por nosotros: «Celebramos todo corazón privilegio pontificado concedido glorioso Monasterio Guadalupe, templo, hogar, solar bendito raza hispana, trono encumbrado Purísima Madre de Dios, fúlgida Estrella heroica Extremadura -Salúdanle respetuosamente Amigos de Guadalupe. Trujillo, 25 octubre de 1995 y horas 13:30.

Jornadas hispanoafricanas en Cáceres con participación trujillana.

Como un lema de Cruzados, los «Amigos de Guadalupe» se había fijado en sus bravos corazones uno bien expresivo que los personificaba a la perfección: «Frangar, non flectar», que ellos traducían por «Morir, no doblegarse», algo similar al famoso «Prius mori quam foedari» («Antes perecer que mancharse»). Y como no dejarse abatir por la frialdad e incomprensión de un ambiente tibio y atónico era el grito de combate de sus socios, he aquí que todos los años por los meses de octubre o noviembre de manera habitual y en forma solemne, a la vez que más solidaria, se concentraban unos días en Guadalupe, para el sesiones de estudió abordar los problemas extremeños y aspectos culturales, sociales y espirituales de la región.

Según datos que tengo la vista, el noviembre de 1954 se había celebrado nada menos que un Congreso Regional Mariano, bajo la inspiración de los «Amigos de Guadalupe» y en el mismo tomó parte activa precisamente el Rdo. P. Fernando R. Permúy, Hijo del Inmaculado Corazón de María, Director de la revista «El Misionero» y representante de Pontificio de las Misiones Católicas de Fernando Poo y Guinea Española. En un hermosísimo artículo Gregoria Collado nos narra de manera emocionante algo de lo que debió ser aquel enfervorizado Congreso Regional Mariano. Dicho artículo que lleva por título «Guadalupe en Hispanoáfrica», publicado en la revista «El Misionero», nº 355, de noviembre, y en «Extremadura» de 17 del mismo mes fue el tema y comentario de nuestra cuarta reunión mensual en Trujillo el día 21 de noviembre de 1955 y de dicha acta recojo ahora los conceptos más notables de nuestra insigne amiga. Gregoria Collado nos revela la formidable impresión de asombro ante el misionero claretiano P. Permúy y su expansión espiritual en el recinto del esplendoroso monasterio cacereño: «Como el cielo está sembrado de estrellas, el mundo está sembrado de Guadalupes, y hasta un Nuevo Mundo reza a Dios en español por esta Señora Morena de las Villuercas. Más para deciros esto, con ser tanto, no hubiese ya venido. He venido para deciros que está sin terminar la obra misional de España y está incompleta por tanto la Hispanidad… En ese trozo de la nueva España que se está formando en el África Ecuatorial y que se llama Guinea Española, donde hoy se vive la epopeya misional, los mejores tiempos, no hay la menor huella que recuerde, como en América, a Guadalupe y Extremadura. Ni una sola iglesia, ni una sola capilla, ni una sola imagen de esta Virgen Misionera de la Hispanidad. Extremadura como tal se haya ausente de Hispanoáfrica. La Virgen de Guadalupe tan «conquistadora» y «misionera» en América no está paternalmente presente en el Africa Española. ¡Y sería ella tan feliz entre los morenos!…

Es necesario, pues, que Extremadura haga, como tal, acto de presencia en Hispanoáfrica y que allí reinen, como en el Nuevo Mundo, la Virgen de Guadalupe y que por lo menos tenga un hermoso templo, una Misión consagrada a Ella en la Guinea Española…»

Y aludiendo a la magna jornada de clausura de dicho Congreso Regional Mariano que se verificó al domingo siguiente, con la consagración de Extremadura al Corazón de María verificada privadamente por este misionero y en la que la imagen de la Virgen de Guadalupe salió en procesión hasta los mismos umbrales del templo, lo cual únicamente se había realizado tres veces en el espacio de seis siglos, nos refiere la Señora Collado que el P.Permúy con voz muy emocionada exclamó: «Necesito de esta hoguera de hoy una centella para Mongomo. La necesito para que la gloriosa obra de Extremadura en Hispanoamérica se renueve en Hispanoáfrica».

El coche arranca y sólo podemos decirle apresuradamente «¡Adiós!»; pero él sabe muy bien que hemos querido decirle: «Cuente con la centella».

¡Y vaya si contó con la centella! Pues Gregoria, haciendo honor a su nombre griego de «vigilante», cual fiel vestal de la Roma clásica, nos soltó ya la antorcha del fuego sagrado y con un tan incomparable heraldo de Extremadura, como Becerro de Bengoa, secretario de la Asociación «Amigos de Guadalupe», no es de extrañar que, no finalizado todavía noviembre, hubieran esbozado un Programa de «Jornadas Hispanoafricanas» con las miras puestas en ensañado templo a la Virgen de Guadalupe en Mongomo. Y bien pronto nos cursaron invitaciones a los de Trujillo, quienes ya no tuvimos tiempo para improvisar nada y les prometimos asistir a alguno de los actos, como en realidad lo hicimos e incluso en nuestro honor decidieron celebrar una reunión a las 13 horas del día 23 en el «Colegio de San Antonio», bajo la presidencia del P. Bonilla, cambiando impresiones sobre problemas y aspiraciones comunes de nuestra Asociación. Allí se habló ya de la posibilidad de celebrar en Trujillo algún acto de propaganda pro templo a N.ªS.ª de Guadalupe en Africa.

El programa se cumplió en la forma ritual proyectada, pronunciando sendas conferencias Ricardo Becerro de Bengoa el primer día bajo el título de «Africa, misión de España» y el segundo día Gregoria Collado disertó sobre «Guadalupe, plataforma de la empresa africana». Caldearon el ambiente cacereño, con su oratoria brillante y convincente, y le dispusieron favorablemente para el gran día de clausura, 27 de noviembre, 11:30 de la mañana, en el cine Capitol de Cáceres. Un vibrante discurso del Rdo. P. Permúy, C.M.F., representante de las Misiones Católicas de Fernando Póo y Guinea Española, con el lema «Isabel la Católica, España y Africa» entusiasmó a los numerosos asistentes y ganó sus simpatías. A continuación se proyectó la película «Herencia imperial». Tras de lo cual, hubo unos momentos de descanso, reanudándose después con unas palabras de Gregoria Collado, si mal no recuerdo, sobre «Guadalupe, Extremadura de Hispanoáfrica». Luego de nuevo otra película: «La por tanto nada», poniendo el broche de oro unas palabras del Excmo. y Rdmo. Sr. Obispo diocesano, Dr. Llopis Iborra. Con verdadero éxito y brillantez se habían conseguido los objetivos propagandísticos pro templo en Mongomo a la Virgen Morena de las Villuercas.

No contentos con eso, los «Amigos de Guadalupe» de Cáceres ya se disponían a celebrar acto parecido en Badajoz el 11 de diciembre y nuestras gestiones en Trujillo ya estaban hechas para celebrarlo también en el Teatro Gabriel y Galán el día siguiente 12, fecha oportuna por ser la festividad de la Virgen de Guadalupe en México, cuando la Vocal de Propaganda Gregoria Collado nos telefoneó primero y luego confirmó por carta que todo se aplazaba pues el P. Permúy, alma de esta propaganda oficial, a su regreso a Madrid, había sido nombrado Superior de una casa de París y habría de tomar inmediatamente posesión de su cargo.

Los «Amigos de Guadalupe», entusiastas propagandistas de grandes ideas

Fieles a nuestras consignas y consecuentes con nuestros ideales, los «Amigos de Guadalupe» tanto en Cáceres como en Trujillo, decidimos seguir defendiendo cuanto creíamos de buena fe ser la verdad y justicia en cada caso, así desde el punto de vista religioso, social y patriótico como en el aspecto cultural y turístico de nuestra noble Extremadura. Y hace constar en el acta de nuestra sexta sesión de 26 de enero de 1956. Y al efecto, nuestro catolicísimo Presidente don Marcelino González Haba, inició una campaña en torno al monasterio de Guadalupe con genuino carácter Mariano, mientras que yo, hacia otro tanto en la prensa regional e incluso en la revista del Instituto «Semilla» había iniciado una sección sobre el «Valor turístico de Extremadura», en los primeros meses de 1995, y que continúe ya en todos sus números. Nuestra ilustre amiga la señora Collado me escribió una amable carta en que me felicitaba sinceramente por esta serie de artículos y me instaba a que así como había elogiado al pintor catalán Bernardo Ylla en su exposición de pinturas sobre Trujillo (HOY, 5 de enero de 1956 y «SEMILLA»,dic. 1995-ene 1956), no dejará de hacer lo mismo con Solís Avila, egregia figura de Extremadura. Por supuesto que así lo hice y publiqué mi entrevista en «ALCÁNTARA», en fecha que ahora no puedo precisar ni puedo buscar en mi Biblioteca. Cumplir igualmente sus otros encargos y muy pronto redacté un esmerado artículo sobre la «RUTA DE CONQUISTADORES» y otro de alto tono sobre el «I Centenario del Casino de Trujillo», aparecidos ambos en «HOY», de Badajoz, lo cual constituyó el tema de la octava sesión de 31 de marzo de 1956.

Gregoria Collado era una entusiasta de Trujillo y en una de sus interesantes cartas me solicitaba unos datos sobre María Escobar, esposa de Diego Chaves y notable mujer que fue la primera que sembró trigo en el Perú y fue elogiada oficialmente por su extraordinaria labor de colonización. Igualmente quería unas amplias noticias de Nuflo o Nuño Chaves, fundador de Santa Cruz en Bolivia y me encargaba fuera a consultar, si fuera preciso a don Juan Tena. Tenía sumo interés, pues casualmente había entablado amistad con un prestigioso Profesor de Sucre, grande voto por cierto de la Virgen de Guadalupe. Su extensa carta de alguno de febrero de 1956, llena de sugerencias, terminaba pidiéndome una nota en que le especificara «Cómo se educaban en Roma las jóvenes de alta sociedad». Satisfice yo cómo pude todos sus encargos y me dio las gracias, muy complacida.

Nuestros animosos compañeros de Cáceres no cesan de sus actividades y aquí que en estos primeros meses de 1956 evitaron un folleto con el título «El Movimiento de Unión Latina en Extremadura», en que se destaca la gran figura del arquitecto lusoromano Cayo Julio Lacer, constructor del Puente de Alcántara en la época del emperador español Trajano. Con dichas ideas va vinculando el propósito de inaugurar en octubre la cartera «Roma» en Guadalupe e invitar a ello al P. Mircea, Director de la Misión Católica Rumana en España, como así se verificó en el I Ciclo de Conversaciones Extremeñas.

Los «Amigos de Guadalupe» en Cáceres en enero de 1956 no dudaron en solicitar al capitán de la motonave «Guadalupe» la instalación de una hucha para recoger donativos para el templo de Guadalupe en la Guinea Española entre los pasajeros de la misma. Pero creemos que ante todo debemos destacar su organización de la «Semana de homenaje a Menéndez Pelayo» del 22 al 29 de abril, y a los que llegamos como invitados a la primera de dichas conferencias con motivo del I Centenario del nacimiento del eximio polígrafo Presidente y Secretario de Asociación de Trujillo. Para dar sumo realce al acontecimiento fue invitado y vino a Cáceres el General don Jorge Vigón, jefe de la Defensa Pasiva de España, y hecha la presentación del orador por Becerro de Bengoa, pronunció su interesantísima conferencia «Menéndez Pelayo, guía de España». El salón de actos de la Diputación estaba bastante lleno, en atención a tan alta personalidad y además aquel día 22 de abril era domingo.

Y para que se vea a que los «Amigos de Guadalupe» siempre estaban dispuestos a la continua actividad y tenían una muy amplia visión de las cosas que afectan a Extremadura y no querían desaprovechar ninguna circunstancia propicia, haré notar que en la Junta General del 25 de septiembre de 1956, presidida por el Delegado Provincial de Información y Turismo, Vicepresidente de nuestra Asociación, don Narciso Maderal, ya se habló de las gestiones realizadas para solemnizar el IV Centenario de la muerte del Emperador Carlos V en Yuste, hecho que no tendría lugar hasta el 21 de septiembre de 1958. Sus ideales les hacían volar muy lejos, muy lejos…

En Cáceres como en Trujillo los «Amigos de Guadalupe» fuimos los mejores colaboradores. Un buen ejemplo lo dimos públicamente con motivo de la Consagración de Extremadura al Inmaculado Corazón de María y todos lo recordaréis. A mi puerta llamó el día 8 de mayo de 1956 un Misionero claretiano que me conocía y era nada menos que el eminente teólogo P. Joaquín Mª Alonso y me expuso su idea y yo le ofrecí todo mi concurso y el de la Asociación. Luego partió para Cáceres. Tras él vinieron otros más y el acontecimiento se fue preparando y culminó en Cáceres el 16 de septiembre en el Cine Norba y en Trujillo el día 23 en el Teatro Gabriel Galán, siendo protagonistas nosotros don Marcelino González Haba y yo, con el Rdo. P. Evaristo Riol, C.F.M., Alcalde don Julián García de Guadiana y Sr. Arcipreste don Mariano Duprado. Así contribuimos de manera eficaz a la gran Consagración regional en Guadalupe. Cumplíamos en lo que podíamos como buenos, consecuentes con nuestros ideales…