Oct 072013
 

Juan Francisco Arroyo Mateos.

 INTRODUCCIÓN

¡Santos de la antigua Lusitania! ¡Santos extremeños! Se trata de un tema poco frecuente. La santidad parece interesar a muy pocos. Otra cosa seria hablar de literatura, de bellas artes, de política, de deportes, de agricultura y actualmente de ecologismo.

Sin embargo no hay nada mejor y mayor ante Dios que la Santidad.

Ya puede uno ser muy sabio en todo, muy diestro, muy acaudalado, muy conocido o afamado, muy aplaudido por el mundo y hasta estar dotado de una gran belleza física. Si le falta únicamente la santidad de vida, todo lo demás, como dijo el rey Salomón, es vanidad de vanidades y todo vanidad.

Porque la santidad es y significa honradez ética, pero de una ética no laica y atea, sino de la que también tiene en cuenta a Dios, otorgándosele el debido puesto que debe ocupar en la vida individual y social, como Creador y Señor del universo. Santidad es pureza de costumbres sin detestables corrupciones e inmoralidades. Es tener paciencia en los infortunios y otras desgracias a veces súbitas e impensadas. Es revestimos de una invicta mansedumbre ante las ofensas y calumnias. Es perdonar a los enemigos hasta incluso dar la vida por ellos, como hizo Cristo y lo practicaron los santos mártires. Es obediencia a los legítimos superiores en lo justo; y a toda ley social asimismo justa; pero sobre todo es ser cumplidor de algo que lo resume todo, como son los diez divinos Mandamientos y los cinco de nuestra Santa Madre la Iglesia, fundada por Cristo para que todos puedan pertenecer a ella y obedezcan a los que son sucesores y representantes suyos en la Jerarquía católica. Santidad, para decirlo de la manera más abreviada y evangélica, consiste en amar a Dios sobre todo lo demás y al prójimo como a nosotros mismos.

SANTIDAD EN LA HISTORIA

¿Hubo personas santas en los tiempos pasados? ¿Las hay en la actualidad? Siempre hubo hombres y mujeres santas que tuvieron como ideal el mejor comportamiento moral con miras a lo trascendente, es decir, buscando ante todo cumplir la voluntad del Altísimo, para así amarle con obras y en verdad y merecer de esta manera al mismo tiempo la recompensa eterna o Cielo de los bienaventurados por El prometido.

Desde los comienzos del Cristianismo la santidad ha abundado en todas las regiones en que fue predicado el Evangelio; y no una santidad fácil sino perseguida por paganos y todo tipo de anticristianos, que es lo mismo que decir una santidad heroica hasta el derramamiento, en ocasiones, de toda la sangre para ser fiel a Cristo.

Como prueba fehaciente ahí están los miles y millones de seguidores del Salvador que fueron mártires en los primeros siglos de la Iglesia, cuando los sucesivos y crueles emperadores romanos se propusieron acabar con todos los vestigios del Cristianismo.

SANTIDAD EN EXTREMADURA

Viene ahora la pregunta clave de nuestro trabajo: ¿Ha habido y sigue habiendo santidad en nuestra región extremeña? Si para saberlo nos acercamos a grupos de gente vulgar, preguntándoles sobre cuántos santos conocen de Extremadura, veremos que hay quienes no responden con nada o, a lo sumo, contesta alguno diciendo que San Pedro de Alcántara. Para el gran vulgo sólo cuenta, pues, referido Santo, como único florón de santidad regional.

Dirijámonos después a personas de la élite cultural y les interroguemos lo mismo. Observaremos entonces que tan solo añaden el nombre de Santa Eulalia de Mérida y algunos, muy pocos, el de San Juan Macías.

Por tanto, para la mayoría de los extremeños sólo existen en nuestra región estas tres glorias de santidad: San Pedro de Alcántara, San Juan Macías y Santa Eulalia emeritense.

Pero hubo muchos, muchísimos más santos, y de gran relieve, en nuestro devenir histórico, aunque para demostrarlo tengamos que remontarnos a los remotos albores de la propagación y establecimiento de la Iglesia en nuestra Patria.

Recordemos, a este respecto, cómo el apóstol Santiago el Mayor se embarcó para España poco tiempo después del gran día de Pentecostés, que tan gran transformación obró en los discípulos del Señor.

Esto ocurrió en el año 33 de nuestra Era, después de haber subido Cristo al Cielo. Por ello, probablemente Santiago se encontró entre nosotros el año 34. Y, como regresó más tarde a Jerusalén, en donde fue martirizado o decapitado el año 44, según algunos historiadores; dedúcese que la estancia del Hijo del Trueno en nuestra nación fue de unos 10 años.

Ahora bien, imitando Santiago el ritmo con que Jesucristo evangelizó ciudades y hasta aldeas de Palestina en sólo unos tres años y medio, es de suponer que nuestro Patrón apóstol predicase, durante un mayor número de años, en casi todos los núcleos de población de España, deteniéndose un poco más en aquellas ciudades elegidas para ser capitales de diócesis.

Tengamos en cuenta además que Santiago no vino solo, sino acompañado de otros seguidores y discípulos ya del Resucitado, que le ayudaban en todo y eran materia apta para ponerlos luego al frente de las primeras comunidades cristianas. Aumentaban así las conversiones y nuevos discípulos suyos, máxime al no sólo escuchar la doctrina evangélica, sino a la vez contemplar los numerosos y grandes milagros que sin duda él realizaba por doquier.

Hubo con esto una gran maduración de circunstancias, que la acentuó el apóstol San Pablo y sus discípulos acompañantes, cuando éste cumplió su propósito de acercarse o venir a España.

De aquí que no deba parecer rara la pronta evolución y establecimiento de la Iglesia en nuestro país, viéndose colocados obispos, con bastante presteza, en las regiones y ciudades más estratégicas en orden al apostolado, como lo eran Coria, Ambracia o Plasencia, Paz Augusta o Badajoz y la Archidiócesis de Mérida. Practicábase ya entonces una labor de conjunto, y por eso no era difícil observar que los prelados procedían de muy distintas latitudes del mundo cristiano.

Todo lo cual sirva para entender cómo en Extremadura pudo haber, muy bien y desde muy pronto, esos destacados Obispos y feligreses de temple heroico, de que nos hablan los, para mí, muy respetables Cronicones históricos antiguos, aunque ahora debamos alzar muy alto nuestra voz para condenar a muchos de esos críticos sin escrúpulos que, por una nonada o algunos errores y compresibles discordancias, tiran por la borda todas las demás noticias no queriendo saber nada de tan meritísimas históricas fuentes y ni siquiera de sus autores, que, aunque cometieran algunas equivocaciones propias de hombres mal informados, y casi siempre en lo accesorio, es justo concluir que transmitieron la verdad en lo esencial.

Y precisamente lo esencial son, por lo menos, siquiera los nombres de muchos Obispos de los primeros siglos, así como también las fechas aproximadas en que desempeñaron su labor pastoral, amén de otros datos relevantes de sus cometidos apostólicos.

Aquí, consiguientemente, para que resulte un compendio biográfico capaz de ser aceptado incluso por los más exigentes supercríticos, vamos a ceñirnos a esos datos estimables como esenciales o difícilmente falsificables y presumiblemente veraces, citando, aunque de manera muy sucinta, a toda una bastante olvidada y desconocida pléyade de santos y santas de Extremadura, inspirándonos de modo singular en la obra «La Soledad Laureada», del siglo XVII, que publicó el sabio o muy erudito Fray Gregorio de Argáiz, cronista que fue de la Orden Religiosa de San Benito, no sin poseer un gran espíritu crítico, pero de buena tinta o nada enterrador y displicente de lo que consideraba cierto o, en ocasiones, siquiera verosímil, que lo más acertado es exponerlo como muy probable, y no negarlo del todo y sepultarlo para siempre en el silencio.

SANTOS Y SANTAS DE CORIA

San Pío, primer obispo cauriense. -En tiempos de Jesucristo había en Judea numerosos romanos, muchos de los cueles se llamaban Pío. Convirtiéronse al Señor no pocos, que hasta descollaron y merecieron ser elegidos como discípulos o propagadores del Evangelio. Uno de éstos fue el que llegó a ser primer obispo de Coria, porque era discípulo directo de Santiago, al cual, sin duda, junto con otros, lo trajo consigo al venir a España; en donde, tras algunas incursiones apostólicas en cooperación con San Pedro Bracharense, también destacado adalid evangélico, terminó, por fin, ser colocado como Pastor u Obispo de de la demarcación o cual diócesis cauriense, parece que hasta por designación del propio Santiago Apóstol en el año 37 de nuestra Era. Fue muy activo, porque, entre otras cosas, organizó el cabildo con el debido número de clérigos, vida común, y especiales reglas y forma de vivir de aquellos tiempos, ajustándose a lo que igualmente se hizo en Toledo, Mérida, Braga y otras ciudades episcopales. En los distintos apostolados diocesanos trabajó más de veinte años, predicando y logrando convertir a un gran número de hebreos y gentiles. Y terminó por glorificar a Dios con la palma del martirio, pero no en Extremadura, sino en la villa de Peñíscola, de Castellón de la Plana, a la que viajó, junto con otros colegas u Obispos, para celebrar un Concilio. El Gobernador, que ordenó su muerte se llamaba Haloro, quien, como se ve, cumplía fielmente las despiadadas órdenes del cruel Emperador Nerón. Advirtamos que este San Pío de Coria no debe confundirse con otro del mismo nombre, pero de Sevilla o Ciudad Hispalense.

San Evasio. -Procedía de Galicia, en la que por algún tiempo pastoreó la diócesis de Tuy, hasta que faltando en la diócesis placentina su primer obispo San Epitacio, víctima también del martirio, fue trasladado a Plasencia, de la que así llegó a ser su segundo obispo. Se le comisionó para que a la par atendiera la de Coria tras la muerte del referido San Pío en la región levantina. Fue asimismo, por ello, segundo obispo cauriense terminando igualmente por ser mártir el año 85, durante la persecución de Domiciano. Se dice que «vino a morir en el Casar, cerca de la Villa de Cáceres», que es (era en el siglo XVII, en que esto se escribió) Cabeza de uno de los seis Arciprestazgos de Coria; y si allí ejerció actos pontificales (pues se habría desplazado a predicar, administrar confirmaciones, etc.) muy bien puede ser tenido por Obispo de Coria -afirma el P. Argáiz- como también lo prueba D. Joan Solano.

San Jonás. -Era discípulo de San Dionisio Areopagita, pero que por motivos apostólicos fue llamado o él mismo se acercó espontáneamente a España y muy en concreto a nuestra región extremeña, opinando don Joan Solano que fue Obispo de Coria o al menos un cual predicador o misionero, al que se le atribuye con certeza haber evangelizado en la ciudad de Cáceres, disfrutando de tan gran salud, que se dice vivió más de cien años, es decir, quizás hasta el 115, que es cuando fue nuevo Obispo cauriense Néctor, el cual pudo ser sucesor suyo en su probable labor de Prelado. No nos consta que fuera mártir.

San Próculo. -Regentó la diócesis de Coria como Obispo en el año 170, más sufrió el martirio en una de las persecuciones de aquella época, aunque ello no aconteciese por nuestros lares, sino en el desplazamiento que hiciera a Pon-ferrada del Bierzo, porque hay un escritor que lo identifica con el San Próculo que, junto con Santa Domina, fue martirizado por entonces, el 176, en tierras leonesas.

San Rufo. -No se trata ahora de ningún Obispo, sino de un seglar virtuoso que era hijo del Jefe o cual Alcalde de Coria llamado Gentilio; pero que fue tan adicto a la Fe cristiana en contra quizás del paganismo de su padre, que no sabemos por qué especial pretexto inmediato, se le condenó a sufrir el martirio. Ocurrió en el año 228.

San Félix, San Fortunato y San Aquileo. -Tampoco nos referimos ahora a prelados, sino a tres atletas de Cristo, al parecer simples ciudadanos laicos, que, por circunstancias que desconocemos, merecieron en Valencia de Alcántara (Cáceres), en el año 255, la corona de los mártires.

San Leodegario. -Este sí que fue obispo cauriense en el año 300, sucediendo a otro llamado Jacobo; pero que no transcurridos muchos meses, murió pronto en ese mismo primer año de su pontificado, haciéndoselo invicto mártir de la Fe que profesaba, cuando sobrevino la terrible persecución de Diocleciano.

Santa Máxima. -No todos los grandes santos extremeños son varones. También hay mujeres heroicas, y una de ellas fue la muy olvidada, desconocida, nada honrada ni venerada Santa Máxima, que tuvo por timbre de gloria ser Esposa de Cristo, es decir, Religiosa o Monja de la Orden Carmelitana. Residió en un Convento, quizás todavía algo identificable, aunque ya desfigurado y perteneciente a otra entidad cauriense. Un autor escribió: «Máxima Virgo Cauriensis, ex oppido Tanagri Romae patitur». Con lo que se quiere dar cuenta que fue mártir, pero no en España sino allá por Roma, en el año 362, explica el Padre Argáiz, bajo la persecución de Juliano el Apóstata, cuando a la sazón la santa, por razones que no nos constan, se encontraba entonces en la Ciudad Eterna.

Santa Majencia. -He aquí otra no menos olvidada fémina extremeña, de la que se sabe que era ama de casa natural de Coria; pero que por los avatares de la vida emigró a Trento. Había dado a luz un hijo que fue Obispo y Santo, es decir, San Vigilio, que ejerció su misión pastoral en y desde referida población italiana. De tal palo tal astilla. ¿Cuan santa no seria su madre? Un autor la califica de «santa canonizada» o reconocida entonces así por la Iglesia, y hasta no falta quien la considera mártir de Cristo, inmolada hacia el año 400.

Santa Vincencia o Vicenta. -Llegados al siglo V se produjo durante él la invasión de España por los Bárbaros y, mediante éstos, hubo un gran dominio de los herejes arrianos, que entre otras cosas negaban la Divinidad de Jesucristo y hasta obligaban, por ello, a las gentes a rebautizarse con su particular o nuevo bautismo herético. Más, en Coria, encontraron valiente resistencia en una dama que no estaba casada, sino que era virgen o soltera, no afirmándose que fuera Monja. Ella no quiso, pues, rebautizarse, a pesar de que la amenazaran con quitarle la vida. Y como no se rindió ante tales pretensiones, le propinaron el martirio. Esta mujer fuerte extremeña fue la asimismo poco o nada recordada Santa Vincencia o Vicenta, Virgen y Mártir de Coria.

San Bonifacio. -La Orden de San Benito se extendió pronto por toda la Iglesia dando grandes frutos de santidad, uno de los cuales fue el monje San Bonifacio, que, procedente del Real Monasterio de San Martín de Dumio, se le nombró para obispo de Coria, llegando a asistir como tal al IV Concilio de Toledo en el año 633. Fue, por tanto, un obispo cauriense Santo, no mártir sino confesor, que ocasionalmente murió en Toledo y, por privilegiada concesión, se lo sepultó en la iglesia de Santa Justa de dicha ciudad Imperial, ocurriendo esto por el 636.

San Bonifacio Mártir. -Después de la invasión de los Bárbaros llegó en su día la de los sarracenos o mahometanos, quienes también motivaron persecuciones contra los seguidores de Cristo, uno de los cuales muy destacado de entonces era el prelado de Coria San Bonifacio, el que vivió por el año 714, y que apresado por los moros, fue muerto y ganó la corona de la inmortalidad con el martirio, que lo sufrió por la zona de la Vera, en Cuacos, cerca de Jarandilla (Cáceres), junto con otros obispos de distintas diócesis españolas.

Santa Deodevota. -La persecución árabe arreció en muchas diócesis por el año 735, que es cuando estuvo de rey o califa en Córdoba el cruel Abdemelich. Coria no se libró de estos desmanes, porque por lo menos consta que fue víctima de martirio la virgen o monja Santa Deodevota por no querer acceder, en materia de castidad, a los proyectos impúdicos de sus perseguidores. No está claro que el Convento cauriense donde residía fuera el mismo que el de la otra ya mencionada Religiosa Carmelita Santa Máxima, porque se la considera como perteneciente a la Orden Benedictina, aunque no falte la opinión de que aquellas primeras Monjas del Carmen, se pasaron u optaron por empezar a someterse y cumplir la Regla de San Benito.

San Eugenio. -Fue monje de la Orden de San Benito que más tarde, hacia el año 776, se le eligió para ocupar la sede episcopal de Coria; pero que no se libró de la furia de los sarracenos por cuando éstos sufrían cada vez más derrotas, ya que entonces, como en represalia, decidieron quitar del medio a algunos miembros más representativos del ideal cristiano, terminando por fijarse, entre otros, en el referido Obispo cauriense, quien a mano de esos verdugos, acabó sus días dando su vida por Cristo, razón por la que se le conoce con la denominación de el Monje y Mártir San Eugenio.

Santa Olalla. -¡Increíble! Porque esta Santa Olalla, hija de Liberio, no es ni nada menos que la intrépida mártir Santa Eulalia de Mérida; pero a la que cabe también justamente suponerla, por su nacimiento, como gran gloria de la ciudad de Cáceres y, por ende, de la diócesis cauriense; puesto que, según prueba el historiador pacense Joan Solano, era ella natural de Ponciano, granja, quinta o casa de campo bastante cercana a la capital cacereña, aunque años más tarde, llegado el momento oportuno, por cuando la persecución de Daciano en el 304, se desplazase a Mérida, en donde consumó su martirio. No nos detenemos en más datos, porque esta Santa es de las más conocidas por los extremeños.

Santa Julia. -Vivió entonces en Ponciano junto con Santa Olalla o Eulalia por ser de la misma familia, o una sirvienta, o por otros motivos que no hemos logrado averiguar. Lo cierto es que murió también mártir en Mérida muy poco después que aquélla, aunque por no haber sido su martirio tan lleno de circunstancias espectaculares, se la haya recordado y se la conozca menos. Es igualmente Joan Solano quien explica pormenores sobre ella, demostrando asimismo que es una Santa de procedencia cacereña y orgullo, por tanto, de la diócesis de Coria, en el mismo sentido con que San Lorenzo, mártir en Roma, es a la vez preclarísimo honor para España, y sobre todo para Huesca, que es donde nació de sus padres Orencio y Paciencia.

San Félix de Cáceres. -Se lo considera como educador o maestro seglar de la al parecer casa señorial del aludido Liberto, padre de Santa Olalla, siendo probable que por allí no faltasen obreros del campo y sus parentelas para el cultivo de la tierra y otros menesteres; todas las cuales personas necesitaban a alguien que las instruyese en lo principal y necesario de saberse. El designado para esta labor educacional fue San Félix, quien por residir asimismo en Ponciano, cerca de Cáceres, (de donde quizás era natural, pues no henos leído en qué localidad nadó), debe ser tenido, por ende, como Santo perteneciente a la diócesis de Coria, por más que, andando el tiempo y encargándose de asistir en Mérida a Santa Eulalia y a Santa Julia, dice el historiador Gil González, él «también fue mártir», afirmación que corrobora el Doctor Beuter (Lib. II. Cap. 25).

San Donato. -Todo este personal que residía en Ponciano y sus aledaños necesitaba además, evidentemente, algún preceptor espiritual o sacerdote que los catequizara, celebrase cultos en la Capilla que seguramente por allí existía y les prestase las otras atenciones propias de Capellán y no sabemos si de Párroco, que también lo pudo ser San Donato, si al mismo tiempo y por escasez de clero, atendía a algún núcleo urbano o parroquia de la próxima capital cacereña. Referido Santo puede, pues, asimismo, ser enrolado entre los pertenecientes a la diócesis cauriense, dado a que muchas de sus actividades apostólicas las llevó a cabo en ella, aunque, por otra parte, naciera en Trujillo; pero que, por cuando Santa Eulalia fue víctima de la violencia en el año 304, también aquél recibió la palma del martirio en Mérida. Ha tenido honores de Santo en Plasencia y en Trujillo el día 12 de diciembre, que ignoramos si perduran en algo; de lo que concluye el pacense historiador Joan Solano que: «Esperamos que en el mismo día la Santa Iglesia Catedral de Coria y la Villa de Cáceres han de celebrar a San Donato como Santo suyo» (Cf.: Santos de Cáceres. Pag. 239).

San Vigilio. -Cuando hablábamos sobre Santa Majencia, decíamos que había dado a luz un hijo que fue San Vigilio. Ahora bien, ¿lo tuvo ya en Coria antes de partir para Trento? Es una cuestión que convendría clarificar para estar en lo cierto de que dicho Santo no sólo era oriundo, sino hasta natural de la ciudad cauriense y, por ello, poderlo enumerar entre quienes componen el catálogo de proceres de Santidad de la región extremeña.

San Pedro de Alcántara. -Nació este Santo en el año 1499 en Alcántara (Cáceres). A los 18 años de edad ingresó en la Orden de San Francisco de Asís, tomando el hábito religioso en el Convento de los majarretes de Valencia de Alcántara. Hizo estudio de Leyes en la prestigiosa Universidad de Salamanca, y llegó a ser predicador infatigable por tierras incluso de Portugal, pues hasta lo tuvo como director espiritual el rey portugués D. Juan III el Piadoso. También fue solicitado como confesor por el Emperador Carlos V, en Yuste. A él se le debe la trascendental Reforma de los Descalzos de la Orden Franciscana, acometida en el acusadamente diminuto Convento de El Palancar, sito junto al pueblo de Pedroso de Acim (Cáceres), dando origen a los Frailes alcantarinos que tanta gloria dieron a la Iglesia con sus Santos V Misioneros. Además apoyó decididamente la Reforma Carmelitana de Santa Teresa de Jesús, quien lo escogió por consejero espiritual. Trató muy de cerca a San Francisco de Borja, San Juan de Ribera, Fray Luís de Granada y San Juan de Ávila. Disfrutó del don de altísima contemplación y éxtasis, viéndoselo a menudo arrobado por los aires. Durante su vida obró Dios milagros muy estupendos. Sus penitencias rigurosísimas asombran a todo el mundo, habiendo quienes afirman que ningún Santo le iguala en mortificación. Y en cuanto escritor compuso el precioso libro «Tratado de la oración y meditación», que tuvo numerosas ediciones y fue traducido a varios idiomas. Lleno de méritos murió, por fin, en Arenas de San Pedro (Ávila), en octubre de 1562, a los 63 años de edad. Su cuerpo descansa, cerca de esta ciudad abulense, en un Santuario con hermosa capilla, obra de D. Ventura Rodríguez, que está atendido por los PP. Franciscanos. Tras de su muerte se apareció a Santa Teresa para decirle, entre otras cosas, aquello de: «¡Bendita penitencia que tanta gloria me ha merecido!». Por último, en vista de los muchos y grandes milagros obrados por su Intercesión, fue beatificado por el Papa Gregorio XV, en 1622, y canonizado en 1669 por Clemente IX. En nuestra nación de España, lo nombró y honra como Patrón Extremadura; y la Diócesis de Coria-Cáceres como Patrón diocesano, y algunas poblaciones como Alcántara y Arenas de San Pedro (ésta desde el 1622), lo proclamaron clamorosamente como hijo predilecto y Patrón local.

Hay un matiz provechosísimo, pero poco meditado y profundizado, con relación a este Santo. Es aquella revelación o promesa divina que recibió Santa Teresa, dejándola consignada por escrito en su propia Autobiografía mediante las siguientes palabras:

«Díjome una vez el Señor que no le pedirían cosa en su nombre (=en nombre de San Pedro de Alcántara) que no la oyese (=concediere oportunamente). Muchas que le he encomendado pida al Señor las he visto cumplidas. Sea bendito por siempre. Amén». (Autobiografía de la Santa. Cap. 27).

Según se observa, ninguna gracia o favor, por extraordinario que sea, exceptuó el Altísimo, siempre que la oración fuera practicada con las debidas condiciones; y, por consiguiente, a los devotos del Santo está implícitamente prometido de suyo, o por lo menos, todo esto:

1º.- Merecerán fundadamente ser socorridos con todo género de bienes, tanto temporales como espirituales, y estar auxiliados contra toda clase de auténticos males de alma y cuerpo, cuales pueden ser los de muertes repentinas o en imprevistos accidentes.

2º.- Obtendrán pronta y perfecta salud o la curación de toda suerte de enfermedades por incurables que naturalmente éstas sean, excepto cuando, por ocultos juicios de Dios, no sea mejor lo contrario en determinadas personas, a las que les convenga seguir sufriendo o subir pronto al Cielo.

3º.- Gozarán de una especial protección divina en todos los otros peligros y circunstancias difíciles de la vida, la cual les será prolongada por muchísimos años, cuando así convenga para mayor bien del alma devota y el fiel cumplimiento de los designios de Dios.

4º.- Triunfarán de sus vicios, saldrán de pecados, se revestirán de virtudes, sentirán gran gusto en practicar buenas obras, se habituarán a vivir siempre en gracia de Dios y terminarán por arribar a una elevadísima santidad.

5º.- Alcanzarán oportunamente el don de santa castidad, previos los correspondientes auxilios y luces espirituales encaminadas a ello, si se es fiel a las inspiraciones de la gracia, obedeciéndose a otras providencias del Señor para conseguir y luego no malograr tan delicada y subidísima gracia.

6º.- Disfrutarán de una buena y santa muerte, recibiendo bien los últimos Sacramentos.

7º.- Lograrán la conversión y salvación de cualquier alma pecadora, aunque ello se retardare a su última hora como en el Buen Ladrón.

8º.- Serán preservados de ir al Purgatorio, como ocurrió también con referido San Dimasel Buen Ladrón, siempre que no tentaren a Dios descuidando lo que se les inspire en orden a disponerse lo mejor posible a su entrada en la eternidad.

9º.- Gozarán de una gran gloria en el Cielo, sobre todo si además propagan este culto a San Pedro de Alcántara, ya que entonces son también causa muy principal de todos los bienes que esta devoción produzca en otros.

10º.- Y no se verán privados de ninguna otra gracia, tanto para sí mismos y los suyos: Paz en sus familias; como en bien de otros prójimos por los que rueguen, pues ningún límite, repetimos, puso el Señor en cuanto a gracias concedibles por mediación de su fiel siervo San Pedro de Alcántara, cuyo culto y devoción deseó así, sin duda, el Altísimo que se extendiera y se consolidase en todas partes. (Cf. Promesas del Señor a los devotos de San Pedro de Alcántara. Pág. 13-15. Librería Cerezo, de Cáceres).

ULTIMAS OBSERVACIONES

Porque no lo permite la ya larga extensión de este trabajo de investigación, nos hemos ceñido por ahora a recordar los nombres y algunos datos más importantes y esenciales de sólo los grandes Santos, no de toda la región extremeña, sino sólo de la Diócesis de Coria-Cáceres Son todos de primerísima magnitud, porque, exceptuando a San Pedro de Alcántara y pocos más, los restantes fueran mártires de Cristo, que, por esto profesaron el mayor amor que, según el Evangelio, es dar la vida por Dios y el prójimo. Omitimos, pues, detenernos a mencionar a otras personas destacadísimas en santidad, pero que todavía ninguna que sepamos ha llegado a la equivalencia o categoría de Santos canonizados, aunque haya algunas que urgentemente debieran canonizarse, como es Gil Cordero, el pastor al que se le apareció la Virgen de Guadalupe, puesto que vemos en él no inferiores méritos para ello, que los que la Iglesia ha tenido en cuenta para beatificar en mayo de 1990, al devoto indio mejicano Juan Diego, que tanto paralelismo guarda con el mencionado cacereño. Lo mismo cabe pensar del eremita Francisco de Paniagua, el introductor en la capital cacereña de la devoción a Nuestra Señora de la Montaña, porque este humilde siervo de Dios motivó así para bien espiritual de Cáceres y toda su provincia, no menor obra buena que la que otros hacen al fundar una Congregación Religiosa.

En nuestro afán por conseguir la pronta beatificación y canonización de Gil Cordero escribimos a la Sagrada Congregación para la Causa de los Santos, de Roma, adjuntándole una semblanza de la Vida y milagros del referido vidente de la Virgen Guadalupana, esbozo que es el mismo que enviamos, en el año 1990, para participar en los XVI Coloquios Históricos de Extremadura, en Trujillo (Cáceres), y que en vista de esto, es probable que lo edite oportunamente la muy digna Diputación Provincial de Cáceres en un nuevo Tomo, como ya lo hizo en un primer volumen respecto a los trabajos, que distintos investigadores le remitieron para los anteriores Coloquios del 1989.

Y obtuvimos grata respuesta, que la fotocopiamos en la página siguiente. Véasela, pues, a continuación.

Roma, 18 de junio de 1991

Distinguido Señor:

Aprecio sinceramente el detalle que Vd. ha tenido, al enviarme su trabajo sobre Gil Cordero y su devoción a la Virgen Santísima. Le comunico que, si se desea dar comienzo a una Causa de Canonización de Gil Cordero, habrá de dirigirse al Obispo de la diócesis en la que éste murió. Pido al Señor que, por intercesión de su Madre Santísima, bendiga sus trabajos y le acompaño con mi oración.

Edward Nowak Arz. tit. de Luni, Secretario

Sr. D. JUAN FRANCISCO ARROYO MATEOS C. Carretera, 7 10950 BROZAS (Cáceres) (España)

POSTERIOR CARTA AL EMMº. SR. CARDENAL ARZOBISPO DE TOLEDO

Enseguida nos dispusimos a escribir a este Purpurado, porque, a tenor de la reproducida carta procedente de Roma, compete a la Curia Arzobispal Toledana iniciar y concluir el Proceso de Beatificación de Gil Cordero, ya que éste falleció en Guadalupe, y esta localidad y su gran Monasterio pertenecen a la jurisdicción de la Archidiócesis de Toledo.

Fotocopiamos también seguidamente aludida ulterior carta nuestra, pues contiene y recuerda nuevos puntos de vista que merecen la mayor y más seria consideración para, en cooperación con la Conferencia Episcopal española, alcanzar pronto lo que el Episcopado mejicano supo conseguir recientemente respecto a su paisano el devoto indio Juan Diego.

RESPONDEN DESDE ROMA QUE CORRESPONDE A LA ARCHIDIOCESIS DE TOLEDO INICIAR EL PROCESO DE BEATIFICACIÓN Y CANONIZACION DE GIL CORDERO

JUAN FCO. ARROYO MATEOS NUESTRO HOGAR Brozas (Cáceres) a 9 de julio de 1991 BROZAS (Cáceres)

Emmº. Sr. Cardenal-Arzobispo de TOLEDO

Dignísimo Señor:

Próxima ya la Celebración del V Centenario del Descubrimiento de América, hicimos por investigar sobre el devoto pastor Gil Cordero, al que se le apareció la Virgen de Guadalupe en el año 1326.

De este modo podríamos entender las posibilidades que tiene para poder ser Beatificado dentro de poco por el Papa en España, como lo fue recientemente en mayo de 1990, aunque en Méjico, el también piadoso indio Juan Diego, cuya misión y comportamiento fueron muy semejantes a la de nuestro compatriota Gil Cordero, ya que se le apareció también Nª Sª de Guadalupe, cosechando asimismo luego un gran éxito.

El resultado de nuestras investigaciones lo hemos expuesto en el adjunto trabajo. Y hemos quedado enormemente asombrado de que un hombre de tal talla histórica y espiritual haya venido estando relegado casi al más completo olvido, pues, si se atiende bien a ciertos detalles de su vida tan favorecida por el Cielo y a sucesos incluso después de su muerte, puede fundadamente deducirse que le sobran méritos y motivaciones causadas por Dios en su honor, que ya debieran de haber fructificado desde hace mucho tiempo en su Beatificación y Canonización.

Como botón de muestra está el de la incorrupción de su cuerpo por varios siglos, privilegio sobrenatural raro incluso en grandes Santos.

Profundizamos en nuestro escrito, trayendo cosas muy provechosas, como cuando aludimos a cual una Catequesis de la Virgen de Guadalupe, proclamando ella la Divinidad de Jesucristo, su Maternidad divina, su Virginidad perpetua, etc. Por ello nuestro trabajo hasta podría servir para editar un folleto que, al ponérsele un competente prólogo y broche final, con algunas notas explicativas y alguna enmienda que hiciere falta, resultaría muy provechoso. Se lo podría también publicar en Revistas.

Por todo lo que venimos diciendo, era justo remitir fotocopias de nuestro escrito a algunas personalidades, no olvidándonos de la Sagrada Congregación para la Causa de los Santos, de Roma, por lo que ésta pudiera hacer a favor de la Beatificación de Gil Cordero.

Y nos ha contestado con una carta de la que le adjuntamos aquí fotocopia, porque, en contra de todo lo que yo pudiera pensar y esperar, viene a indicar que la Entidad Eclesiástica que goza del privilegio de incoar el Proceso de Beatificación y Canonización de Gil Cordero no es la Diócesis de Coria-Cáceres, aunque dicho pastor era natural de Cáceres, ni lo es la Diócesis de Plasencia, aunque en aquellos remotos tiempos toda la comarca, entonces deshabitada de Guadalupe, perteneciera a esta referida Diócesis placentina; sino que lo es la Archidiócesis de Toledo.

Se comprende esto meridianamente al decírsenos lo de: «Le comunico que, si se desea dar comienzo a una Causa de Canonización de Gil Cordero, habrá de dirigirse al Obispo de la diócesis en la que éste murió». Es así que falleció en una de las primeras viviendas construidas junto al primitivo Santuario de Guadalupe, que con el tiempo dieron lugar a la puebla de Guadalupe, la cual hoy día pertenece a la Archidiócesis de Toledo.

Luego, según normas eclesiásticas valederas también para toda otra persona digna de Beatificación y Canonización, corresponde en nuestro caso a la Archidiócesis de Toledo, iniciar y ultimar el consabido proceso que lleve cuanto antes al honor de los altares al español Gil Cordero.

¡Felicitamos, pues, cordialmente, a V. Emmª. y su Archidiócesis de Toledo!

Sin más por hoy, muy atenta y reverentemente se despide y saluda a V. Emmº.

Juan F. Arroyo

CONTESTACIÓN DESDE TOLEDO

Muy pocas fechas después se nos respondió con la siguiente y nueva carta que asimismo reproducimos aquí fotocopiada, puesto que demuestra que se recibió lo que habíamos echado en correos, estando así ya nosotros tranquilo de haber hecho de nuestra parte todo lo posible en orden a la pronta y esperada Beatificación y Canonización de Gil Cordero, quedando desde ese momento descargada toda la responsabilidad en las sin duda oportunas y bien llevadas diligencias de la Curia Arzobispal de Toledo y de la consabida Conferencia Episcopal de España.

He aquí ya el texto de aquello con que se nos contestó:

El Canciller-Secretario General del Arzobispado de Toledo saluda atentamente a D. JUAN FRANCISCO ARROYO MATEOS, y le comunica que el Sr. Cardenal Arzobispo ha recibido su carta de fecha 9 de los corrientes y se ha enterado del contenido de sus escritos, por lo que le acuso recibo del mismo por las presentes.

Quedo suyo afmo. s.s.

Toledo, 13 de julio de 1991. Antonio Sainz Pardo

PUNTO FINAL -No parece que nos reste añadir algo más de importancia. Por consiguiente cerramos ahora mismo nuestra aportación; y que ya luego Dios disponga lo que estime justo según los altos o soberanos y secretos designios de su divina Providencia.

BIBLIOGRAFÍA

  • ·     La Soledad Laureada. Por el P. Argáiz, OSB. De por el 1665.
  • ·     Santos de Cáceres. Por Joan Solano. Obra también antigua, Promesas del Señor a los devotos de San Pedro de Alcántara. Por Jeremías López. 1990. Librería Cerezo. Cáceres.
Oct 011989
 

Juan Francisco Arroyo Mateos.

Hay ciudades españolas, cuyo primer núcleo urbano se debió a antiguos colonizadores orientales: griegos, fenicios, cartaginenses, etc., cuando se acercaron a la Península Ibérica y se decidieron a residir en ésta, ocurriendo ello mucho antes que llegase la dominación romana. Así sucedió con Coria, Ambracia (Plasencia), Mérida y bastantes más, que existieron desde tiempos muy remotos, aunque los romanos, tras conquistarlas, las romanizaran con murallas acueductos, nuevos edificios y hasta poniéndoles nuevo nom­bre romanizado.

Pero, en cuanto a Badajoz, los datos que hemos encontrado señalan que la fundaron directamente y desde un principio los mismos romanos denominándola PAX AUGUSTA, puesto que, según opinión del erudito benedictino Fray Gregorio de Argáiz, del siglo XVII, pusiéronse sus cimientos en tiempos de Augusto César, una vez que se terminó la guerra de Cantabria y hubo paz universal por todo el mundo.

Sus fundadores serían -dice- algunos soldados de Roma, que le dieron el nombre de Pax no sólo por esa gran paz de entonces, sino además por el tratado o acuerdo de paz que por aquella época efectuaron o firmaron Augusto César, Marco Antonio y Marco Lépido, al dividir entre los tres el gobierno del Imperio Romano. Al calificársela de Pax Augusta naturalmente se hacía alusión a César Augusto, entonces principal emperador.

Este nombre primitivo de PAX explica por qué a todo lo relacionado con Badajoz se lo califica de PACENSE.

La posterior y actual denominación de llamarse Badajoz a la ciudad se debe a la inva­sión de los Bárbaros, los Árabes, etc. con sus distintos idiomas, puesto que lo mismo ocurre con nombres de muchas otras ciudades, pareciéndose, por ejemplo, muy poco el nombre de Cáceres al antiguo de Castra Caecilia, que tuvo esta otra población.

Conviene, sin embargo, advertir que por aquella misma época antigua hubo otra ciudad a la que llamaron PAX JULIA, que correspondió a la población portuguesa conocida hoy por Beja, que pertenecía a la antigua provincia de Alemtejo.

Mencionamos esto, porque no han faltado quienes han equivocado PAX AUGUSTA con PAX JULIA, creyendo que esta última denominación es la que pertenecía a Badajoz. Es un error en el que incurrieron, entre otros, el insigne escritor Morales y el prelado pacense Fray José de la Cerda, quien en algunos libros que escribió sobre “Verbo Incarnato”, se inti­tulaba “Obispo de Pax Julia”.

Concluyamos, por tanto, diciendo que el verdadero nombre antiguo de Badajoz fue el de PAX AUGUSTA y no el de PAX JULIA.

 

 

CIUDAD EVANGELIZADA MUY PROBABLEMENTE POR SANTIAGO APÓSTOL Y HASTA POR SAN PABLO

 

Badajoz, como es sabido, está situada en las márgenes del río Guadiana, junto a la frontera con Portugal, y dícese que es una ciudad que creció mucho desde un principio, siendo una buena prueba de esto lo de haber sido sede episcopal desde los comienzos del Cristianismo en nuestra Patria.

Ahora bien, cuando Santiago el Mayor, apóstol de Jesucristo, vino a España, es lógi­co deducir que visitaría principalmente los mayores núcleos de población, de modo que, al enterarse que Pax Augusta o Badajoz era una ciudad de bastante importancia, eviden­temente desearía y gestionaría todo lo necesario para acercarse a evangelizarla .

De hecho, en el año 65 de la Era Cristiana, según el Cronista y Abad Liberato, hubo en Badajoz dos martirios muy significativos. Uno fue el de la egregia dama Santa Regi­la y otro el de su no menos destacado o conocido padre San Aristóbulo. Las palabras de Liberato son éstas: “Aristobulus hoc tempore (año 65) celebratur inclitus Martyr Pace Augusta, Hyspaniae urbe idibus Martij. Ibidem Sancta Regila nobilissima faemina pro Christi Fide horribiliter comburitur”. Dice, pues, en sustancia,eso mismo, es a saber, que Aristóbulo sufrió glorioso martirio en Badajoz en uno de los días de marzo del año 65, cosa que también aconteció con la muy noble mujer Santa Regila, la cual, por su Fe en Cristo aceptó valientemente ser arrojada y luego horriblemente consumida por el fuego.

De donde se colige que, si esto ocurrió en el año 65, es porque algunos años atrás fue predicado el Evangelio en Badajoz por una o más personas de gran carisma apostólico que llegaron a engendrar gran Fe en los catequizados, llegando, por ello, a deducir el Padre Argáiz que: “Predicó en Badajoz el Apóstol Santiago, pues dejó tan segura la Fe en Santa Regila; y la devoción en los de Badajoz con San Aristóbulo su padre”.

Eran tiempos de muchos viajes apostólicos, porque quienes evangelizaban, se ve en el bíblico libro de los Hechos de los Apóstoles, se desplazaban continuamente a muy distintas y a veces muy lejanas poblaciones , regiones y naciones.

Recordemos ahora lo que San Pablo escribió a los Romanos, diciéndoles: “Espero veros al pasar, cuando vaya a España, y ser allá encaminado por vosotros, después de haber gozado un poco de vuestra conversación” (Rom., XV, 24).

San Clemente Romano; el Canon o Fragmento Muratoriano; San Jerónimo; San Gregorio Magno; San Isidoro; San Hipólito; San Atanasio; San Cirilo de Jerusalén y otros Santos Pa­dres e historiadores hablan de lo muy verdadera o real que fue la aludida venida de San Pablo a nuestra Patria, especificando San Juan Crisóstomo que: “Terminado el bienio de su prisión en Roma, se fue a España, marchó luego a Judea, y volviendo a Roma fue ajus­ticiado por orden de Nerón” (In Epist. ad Heb. Prefacio, l).

Menéndez Pelayo refiere que es tradición que el Apóstol desembarcó en Tarragona, como con gran regocijo lo celebran los tarraconenses. Pero San Pablo no vino a España para so­lamente predicar en la citada ciudad catalana. Sin duda se informaría sobre cuáles eran las cinco, diez o más poblaciones importantes de la Península Ibérica en aquel tiempo y, oportunamente, las iría visitando en plan de evangelizarlas, aunque se detuviese muy po­cos días en algunas de ellas, porque contaba con discípulos y cada vez iba aumentando el número de éstos, que le suplían en sus ausencias, además de acompañarlo otros de muy distintas procedencias.

Es, tanto, muy probable que le indicaran la ciudad de Pax Augusta, como digna de su visita apostólica, y que esta visita la hiciera en compañía de su discípulo San Pa­blo Sergio, Arzobispo Narbona, pues véase lo que dice, ya hace siglos, escribió el historiador Hauberto, refiriéndolo al año 63. Dice: “Paulus Apostolus ad Hyspanias se contulit. Praedicat in cunctibus civitatibus Hyspaniarum in societate Pauli, Narbonae Episcopi”. Palabras, que traducidas vienen a significar que San Pablo acercóse a las Españas y en éstas predicó en todas sus ciudades (principales, se sobreentiende), acompañándole Pa­blo, obispo de Narbona (Francia).

Mas, ¿no era Pax Augusta o Badajoz una de las más destacadas poblaciones? Luego hay gran fundamento para pensar que en Badajoz predicó el Apóstol de las Gentes, según tam­bién dedujo esto mismo el Padre Argáiz.

 

 

PRIMEROS OBISPOS PACENSES HASTA EL SIGLO IV

 

No sucede con la Diócesis de Badajoz lo que con la de Coria-Cáceres, porque de esta última son conocidos los nombres de casi todos los Obispos de la antigüedad, a partir del primero de todos que fue San Pío Mártir, según puede saberse consultando la obra “La soledad Laureada”, del Padre Argáiz, que trata de la historia de todas las diócesis españolas y portuguesas desde sus comienzos o tiempos más remotos.

Ignórase qué Obispos pacenses hubo hasta el año 283, en que ya se dice que regentó la Diócesis de Badajoz o Pax Augusta el prelado San Leónido, del que se pondera que desco­lló en letras y santidad. Existe, por consiguiente, una gran laguna histórica que impi­de conocer los nombres de obispos anteriores desde por cuando evangelizaron la ciudad probabilísimamente el Apóstol Santiago, según dijimos, y hasta San Pablo y su discípulo San Pablo Sergio, de Narbona. Por otra parte, esos primeros siglos fueron de constantes persecuciones contra los cristianos, lo cual obligaría a que muchas sedes episcopales estuvieran vacantes por largos años y hasta décadas, etc.

A San Leónido, le sucedió, en el año 284, el prelado Esteban. Era la época de los emperadores romanos Diocleciano y Maximiano, que tan grandes persecuciones hicieron contra todos los seguidores de Cristo, y por esto no faltaron entonces algunos mártires que mu­rieron en Badajoz. Entre éstos figuran San Orencio y San Vincencio, recordados por San Gregorio de Illíberi en su Catálogo, núm. 122. Y además San Víctor (diácono) con su pa­dre (cuyo nombre no se declara) y su madre Santa Aquilina, de los cuales hizo referen­cia el Obispo Aquilino en su Santoral o Catálogo propio y Vincencio Beluacense en su Espejo Historial. Hubo además otros mártires compañeros, cuyos nombres se silenciaron.

 

 

PECULIARIDADES PACENSES OCURRIDAS DESPUÉS HASTA EL SIGLO V

 

Empecemos por agregar que, una vez llegado el año 300, ocupó la sede episcopal de Pax Augusta o Badajoz  el nuevo Obispo San Verísimo, que terminó también por ser mártir al poco tiempo, sucediéndole en el cargo San Apringio, quien igualmente sufrió más tarde el martirio, aunque llegó a gobernar la diócesis hasta el año 330. El Hispalense Hauber­to le da el nombre parecido de Apragio . Fue un martirio que se presenta un tanto inexplicable, porque ya habían cesado las persecuciones romanas al hacerse dueño del Imperio Romano el Emperador Constantino, y por esto se piensa que lo causaron los arrianos, que eran quienes todavía siguieron hostigando a la Iglesia verdadera.

A San Apringio le sucedió el prelado Domicio, hasta el año 337, que es cuando el epis­copado pacense pasó al posterior obispo Sinderedo, quien regentó la Diócesis hasta el 367, teniendo entonces como sucesor a Isidoro I, cuyo cargo concluyó en el 384.

Dice el Hispalense que a Isidoro I le siguió el prelado Bencio  hasta el año 389. Pero el Padre Argáiz opina que en esto hay error, porque no se trata de ningún Bencio, sino de un obispo llamado Pontius, que fue nada menos que San Poncio Paulino, monje de San Agustín, que posteriormente pasó a Italia, para ser Obispo de Nola, en la provincia de la Campania, conociéndosele después como San Paulino de Nola. Pondera el Padre Argáiz la gran gloria u honor que esto supone para Badajoz, ya que dicho Santo fue antes obis­po pacense que obispo de Nola. Y añade que llevó a Italia los cuerpos de los mártires Vincencio y Orencio, quedándolos luego en Ebreduno. ¿Estará acertado?… Este asunto es de mucha importancia y conviene haberlo hecho recordar por si acaso es posible todavía recuperar esos restos de Santos españoles…

 

 

NUEVOS OBISPOS PACENSES HASTA EL SIGLO VI

 

Téngase presente que San Paulino de Nola (353-431) nació en Burdeos(Francia); pero que, en su primer periodo de vida dedicada a la vida profana del mundo, se casó con una española llamada Terasia, llegando luego a ser Cónsul del Imperio Romano.    Sin embargo en un segundo periodo, optaron ambos de común acuerdo por separarse lícita y santamente para dedicarse cada uno a la vida religiosa consagrada a Dios, arribando él poco más tarde al sacerdocio y no mucho después al episcopado, si es cierta la apreciación del Padre Ar­gáiz, quien lo supone, como ya dijimos, primeramente obispo de Badajoz hasta que muy pronto se marchó o lo trasladaron a Nola (Italia) con el mismo cargo de obispo, sobresa­liendo allí en toda clase de obras buenas, incluso literarias, terminando por tener el heroico gesto de venderse por esclavo para libertar al hijo de una viuda, cuando se pro­dujo en esas latitudes la invasión de los Bárbaros.

Lo cierto es que a este San Poncio Paulino o al Bencio, de quien habla el Hispalense (siempre que no se trate de una misma persona), le sucedió en la sede episcopal pacense el nuevo prelado Sinderedo II, que vivió al menos hasta el año 411, que es por cuando los Alanos empezaron a invadir la región peninsular ibérica de Lusitania.

A Sinderedo II siguióle Sertorio, cuyo pontificado duró hasta el año 444, que fue ya un tiempo en que los Alanos se apoderaron de Extremadura y, por ende, de   Badajoz.

Tuvo Sertorio por sucesor a San Severino, quien estuvo al frente de la Diócesis pa­cense hasta el año 453; siguiéndole el obispo Escolano hasta el 477; nombrándose poco después para sucederle a Celoso, cuyo episcopado se prolongó ya al año 500.

Se eligió luego para regir la Diócesis a San Apricio lI, que es calificado de Es­critor, Doctor y Santo, ya que publicó algunas cosas sobre el Cantar de los Cantares y el Apocalipsis, cobrando una fama extraordinaria,  porque hicieron mención de él San Isidoro de Sevilla, Tritenio y otros muchos autores. Duró su labor pastoral hasta el año 533, sucediéndole el prelado Donato, cuyo cargo no concluyó hasta el 556.

Este año de 556 es muy fatídico, porque, tras la muerte de Donato, y según procedimientos que ignoramos, entró a ocupar la sede episcopal pacense un tal Johano, que profesaba el arrianismo. Pero menos mal que la orden Religiosa de San Benito venía por entonces extendiéndose por toda España, surgiendo de ella monjes muy doctos y santos, que por esto eran promovidos para la dignidad episcopal en numerosas Diócesis, impidiéndose de esta manera el nombramiento de obispos malos o herejes y corrigiéndose además la labor nefasta que ya algunos de ellos habían perpetrado.

 

 

SANTO PRELADO QUE SUCEDIÓ AL OBISPO PACENSE ARRIANO

 

Muerto ya el obispo arriano Johano, quedó la Diócesis como destrozada espiritualmente , por predicar éste una Fe distinta de la tradicional que profesaban los fieles; pero providencialmente le sucedió San Ursón, monje benedictino francés, el cual pasó para Espa­ña, una vez que, al parecer para suplirle, marchó a Francia otro destacado monje procedente de Italia, conocido por el nombre de San Mauro. Ambos eran contemporáneos de San Benito.

Ocurrió todo esto por el año 546; y San Ursón primeramente empezó su labor apostólica en Asturias, llegando a fundar varios monasterios, pues era un tiempo de gran expansión de la orden benedictina.

Era, además, mucho lo que San Ursón entonces predicaba teniendo ordinariamente por compañero al sus apostolados al Abad San Leubacio, que parece era natural de la región asturiana.

Tuvo muchos discípulos en Asturias, uno de los cuales fue San Senoch, cuya santidad la reconoció en tal grado la, Iglesia, que, después de su partida a la eternidad, estaba man­dado rezar ciertas preces litúrgicas el día 24 de octubre, para tributársele culto.

Dando por concluida su labor apostólica en la demarcación asturiana, viajó San Ursón a Extremadura, en donde también realizó tales obras y tanto por ellas fue conocido, que, vacando el Obispado de Badajoz tras el óbito del infortunado Johano, fue nombrado para él. Una vez puesto a desempeñar el cargo, sus trabajos fueron semejantes a los del Arzobispo emeritense San Mausona, porque la herejía arriana se había extendido por toda la región extremeña. San Gregorio Turolense escribió una biografía de San Ursón, a la que faltan algunos datos importantes, de los que, sin embargo, da cuenta otro escritor de por entonces que fue Marco Máximo. Era, pues, grande el prestigio del aludido Prelado.

A San Ursón le siguió en la sede prelacial pacense Palmacio, quien, entre otras cosas, asistió al Concilio de Toledo que se celebró en el año 589. Tuvo luego por sucesor Pal­macio a Gabano (quizás Gabino-piensa el Padre Argáiz), que, por lo visto, había sido antes obispo de Ampurias. Ocurría esto por el año 590, y sucedióle Lauro, al que algunos denominan Laureano, el cual muy pronto asistió al Concilio toledano que tuvo lugar ese mis­mo año 590.

 

 

OBISPO PACENSE QUE ATENDIÓ A SAN FULGENCIO EN LA HORA DE SU MUERTE

 

Fue este mismo obispo Lauro quien, por ser íntimo amigo de San Fulgencio, lo llamó és­te para que acudiera a asistirlo en los últimos momentos de su vida. Este gesto honró mu­cho sin duda al referido prelado pacense, al tratarse de un personaje o santo tan extraor­dinario como lo era San Fulgencio, que había sido obispo de Écija y de Cartagena. Acudió también incluso el Rey Recaredo II, hijo de Sisébuto, lo cual habla nucho de la gran per­sonalidad de San Fulgencio. Sucedieron estas cosas en el año 622.

Todos morimos, y al referido obispo Lauro le tocó pasar a mejor vida muy pocos años después, siguiéndole pronto en el cargo episcopal Lucio, quien sólo duró hasta el 627; tomando a continuación el timón de la diócesis pacense Modario, que logró asistir al IV Conci­lio de Toledo celebrado en el 633.

Muerto después Modario, nombrose para sucederlo a Tbeoderedo, que llegó con vida has­ta el año 645. Hizo propósito de asistir al VII Concilio de Toledo; pero, tal vez por su delicada salud no pudo concurrir; y esto le obligó a enviar como delegado o suplente su­yo a un sacerdote llamado Constancio, según se entiende por estas palabras escritas en una, de las Actas de referido Concilio: «Constantius Presbyter, Agens vicem Domini mei Tbeoderedi, Episcopi Pacensis Ecclesiae, haec statuta definiens susbcripsi”.

Siguióle el prelado Joan II, del que se sabe que empezó a regir la diócesis en el año

647, ignorándose cuántos vivió después; pero sí se sabe que tuvo como sucesor a Adeoda­to, que al parecer era Monje de San Benito procedente del Monasterio Agalicense de Tole­do; viniendo  a la diócesis de Badajoz tras haber sido inmediatamente antes obispo de Cabra. Asistió al Concilio toledano del año 653 y al de Mérida del 666. Fue por este tiempo o año 677, por cuando hubo ciertas reformas en cuanto a límites o territorios que i­ban a corresponder a cada diócesis. Para suceder a Adeodato se eligió a Joan III, quien asistió a los concilios toledanos de los años 681; 684; 688 (siendo éste ya el quintodécimo) y al del 693, en todos los cuales firmó: Ioannes, Pacensis Ecclesiae Episcopus, subscripsi.

Entró seguidamente a pastorear la diócesis pacense, después de Joan III, el erudito Abad Benedicto, OSB. Ello aconteció como un premio otorgado por el Arzobisro de Toledo San Julián, pues, conociendo éste lo muy impuesto que estaba en letras y santidad el ci­tado monje Benedicto, le encomendó que junto con el diácono Inocencio y el subdiácono Cons­tantino, viajaran a Roma para presentar al Papa los escritos Apologéticos que había orde­nado y compuesto en defensa y declaración de la Fe que tenía España y del modo de hablar­se en ésta en lo tocante al Misterio de la Santísima Trinidad. Todos tres varones comi­sionados eran muy doctos y santos. Hicieron bien lo que se les encomendó. Y oportunamen­te después fue cuando Benedicto fue nombrado para Obispo de Badajoz; Inocencio para 0­bispo de Dumio; y Constantino para Obispo de Idania, tras llegar éstos también antes al sacerdocio. Eran tiempos, en que el Arzobispado de Toledo tenía jurisdicción sobre diócesis enclavadas en la parte lusitana de Portugal, y ello explica estos dos últimos nombra­mientos, en los que tanto influyó la entonces Sede Primada de toda la Península Ibérica,

A Benedicto, cuando ya falleció, sucedióle Pedro, que también fue Monje, y su ponti­ficado perduró hasta el año 700. Muy pronto iban a llegar tiempos difíciles por causa de la invasión de los árabes. Una prueba clara es que el prelado sucesor de Benedicto en Badajoz terminó siendo Mártir de Cristo. Su nombre era Julián y sufrió el martirio en el año 714. Había sido también miembro de la Orden Benedictina y es dado a conocer con la denominación de San Julián, Monje y Mártir.

 

 

ÉPOCA EN LA QUE BADAJOZ FUE SEDE DE UN REY ÁRABE

 

No hemos podido saber qué obispo sucedió inmediatamente a San Julián Mártir en Bada­joz; pero sí se conoce el nombre del prelado que rigió la diócesis pacense después del fallecimiento de ese aludido y desconocido sucesor suyo. Se llamaba Isidoro II, que se dis­tinguió por haber escrito un libro o Cronicón, en el que narraba sucesos de por entonces o dificil etapa histórica del por el año 754. Llegó a vivir hasta la época del rey Don Alfonso el Cato, porque escribió cosas relacionadas con este Rey, ocurridas el año 821. El padre Argáiz tiene la impresión de que vivió retirado en algún convento de Asturias, de los que designaban los reyes para cobijar a los Obispos desterrados, porque todo lo que escribió se refería a ellos y a las batallas en que los moros eran atacados, o las que soportaban los cristianos. Un detalle singular de entonces fue que los árabes ensalzaron mucho a Badajoz, porque la eligieron como Ciudad en la que residiera su Rey Alçaman, quien no tardó mucho en ser muerto por Alfonso el Casto en uno de los combates, en que también perecie­ron muchos árabes, allá por el año 825.

En la ya pobre Iglesia de Badajoz dominada por los invasores africanos, sucedió a Isidoro II el prelado Ángelo, al que Jorge Cardoso lo calificó honoríficamente de Escritor, porque verdaderamente escribió obras, que se guardaron por mucho tiempo en el Monasterio de Alcobaza hasta que fueron llevadas a El Escorial. Piensa el Padre Argáiz que este obispo precedió quizás a Isidoro II, y, en esta suposición, pudo ser ese prela­do incierto que hubo después de la muerte de San Julián Mártir.

Eran entonces tiempos muy difíciles para la Iglesia debido a la dominación sarracena. Por eso, durante varios lustros pudo no haber obispos al frente de la diócesis de Bada­joz hasta por el año 905, en que se habla de la elección del monje Theudeguto para el Obispado pacense. Una cosa digna e referirse es que poco antes, es decir, por el año 893, los árabes cambiaron el nombre a Badajoz por el de Bocalgaze, según lo dejó reseñado el ilustre Don García de Layla. El de Paz Augusta fue, pues, nombre que ya desapare­cía…

Se fueron extremando las dificultades, por esto, hasta el año l000 no parece que hubiera más de unos cuatro obispos pacenses: Daniel, que fue monje; Lisímaco, idem de
lo mismo; cosa que cabe decir también de Prilula y de Daniel II. En cuanto a Lisímaco po­siblemente vivió por el año 840. Y respecto a Prilula hay indicios por los que se sospecha fue mártir por enero del año mil, pues hay una frase latina que viene a decir que: “Murió Prilula Pescador (apostol u obispo) herido (martirizado). Regocíjase ya él en el Cie­lo con resplandeciente alegría, gozando de la visión de Dios”. Fue, por tanto, otro Santo pacense…

Añadiremos que personas tan cultas como el P. Argáiz no han logrado averiguar los nom­bres de más obispos que sucedieran al referido Daniel II, en Badajoz, durante unos doscientos años, porque fueron dos siglos en que la ciudad fue invadida unas veces por los cristianos y otras por los moros hasta que definitivamente la conquistó el Rey de León Alfonso IX, que juntamente se apoderó de Mérida, Montánchez y Cáceres.

 

 

BREVE RECUENTO DE OTROS OBISPOS ANTIGUOS QUE RIGIERON LA DIÓCESIS DE BADAJOZ

 

Resulta imposible continuar deteniéndonos en cada obispo pacense, pues no lo permite la índole sintética de nuestro trabajo ni las fuentes en que nos informamos, que casi só­lo es la obra Soledad Laureada del Padre Argáiz (siglo XVII), que tiene varios tomos. Desde ahora mismo, nos concretaremos, por tanto, a ofrecer casi sólo nombres de otros prelados de Badajoz, indicando el año en que empezaron a desempeñar su cargo y aquella otra fecha en que cesaron por fallecimiento o por traslado a otras demarcaciones eclesiásti­cas. Según esto, he aquí nombres de todavía muchos dignatarios episcopales, que subsi­guieron a los que ya hemos mencionado:

Don Fray Pedro Pérez, de la Orden de San Francisco (1254-1266); Fray Lorenzo Suárez, ignorándose a qué Orden perteneció, pudiendo ser dominico (1267-1279); Don Gil (1284-1285); Don Juan (1286-1287); Don Alonso (1288-1289); Don Gil Colona (1289-1304?); Don Bernardo (1305­-1311?); Don Fray Simón de Sosa, O.F.M. (1313-1324); Don Bernardo II (1326-1330); Don Joan (1331-1332); Don Fernando Ramírez (1332-1333).

Siguióle de inmediato Don Juan (1334-1335); Don Fernando II (que fue promovido a Jaén por el 1341); Don Vicente Estébanez (1341-1344); Don Fray Pedro Tomás, Carmelita (1345-1349); Don Joan García Palomeque (1350-1355); Don Fray Alonso de Vargas, OSA (1355 al 1357, en que partió para Osma); Don Fernando (1391-1398); Don Fray Felipe de Herrera, que no cesó hasta el 1404; Don Pedro Thenorio, del que no se dan fechas exactas; Don Fray Gonzalo, que fue obispo por el 1407; Don Fray Diego de Badán o Badarán, O.F.M. (1410-1414); Don Joan de Morales, O.P.(1415-1443); Don Lorenzo Suárez de Figueroa (1447-1456); Don Fray Pedro de Silua y Thenorio, O.P.(1460-1478); Don Gómez Suárez de Figueroa (1478-1485); Don Pedro Ximénez de Prexamo (1487-1489); Don Bernardino de Carvajal Cardenal (1489-1495); Don Joan Ruiz Medina (1495 al 1496, en que fue nombrado para Cartagena).

Le sucedió prontamente Don Joan Rodríguez de Fonseca (1497 al 1499, en que fue destinado a Córdoba); Don Alonso Manríquez (1499 hasta el 1509, cuando también fue enviado para idem); Don Pedro Ruiz de Mora (1517 al 1520, en que fue trasladado a Palencia); Don Fray Bernardo de Mesa, O.P., calificado de Obispo de Toniópoli y de Cuba, que permaneció hasta el 1524; Don Pedro Sarmiento, que fue prelado pacense por el año 1525; Don Pedro Manso, natural de Oña, que fue obispo en Badajoz hasta el 1526; Don Jerónimo Suárez (1532-­1545); Don Francisco Navarra (1545 al 1556, año de su promoción a Valencia); Don Cris­tóbal Roxas (1556 al 1563, en que fue destinado a Córdoba); San Juan de Ribera(1563 al 1569, en que se lo trasladó a Valencia); Son Diego de Simancas (1569 al 1578, cuando se lo nombró para obispo de Zamora); Don Diego Gómez de la Madriz (1578-1601); Don Andrés de Cór­doba(1601-1611); Don Joan Beltrán de Guevara (1611-1614, en que marchó para Santiago de Compostela); Don Fray Pedro Ponce de León, obispo de Zamora, que aunque nombrado para la ciudad pacense no llegó a tomar posesión de ésta; Don Cristóbal de Lobera, que estu­vo en Badajoz hasta el año 1617, en que pasó a la diócesis de Osma; Don Pedro Fernández de Zorrilla, quien en el año 1627 fue trasladado para obispo de Pamplona; Don Fray Joan  Rocho Campofrío, de la Orden de Alcántara, que fue obispo de Zamora, y disfrutó de esta dignidad luego en Badajoz hasta el 1631, en que fue adjudicado para la Diócesis de Coria, en donde oportunamente falleció; Don Gabriel Ortiz de Sotomayor, del que no se ofrecen fechas; Don Fray José de la Cerda, O.S.B.(1640-1644); Don Fray Ángel Manrique, O.S.B. (1645-1650); Don Joan de Alarcón (1651-1656); Don Diego López de la Vega (1665-1666); Don Diego del Castillo, de quien no se dan fechas; Don Gabriel Esparça, que estuvo en la Diócesis hasta el 1662, en que se lo destinó a Salamanca; Don Fray Joan de Valderas, O. de M., que regentó la diócesis pacense hasta el 1667, trasladándoselo      a la de Jaén; Don Fray Fran­cisco Rois, Monje de San Benito de la Congregación del Císter, que fue promocionado a Gra­nada, en donde todavía residía por el año 1675. Y Don Francisco de Lara (1673 hasta no sabemos qué año); pero que aún vivía en el 1675 y desempeñó además el muy responsable cargo de Inquisidor de la Suprema.

El Padre Argáiz ya no da más nombres de obispos pacences. Vivió él por la década de estos últimos que quedan sucintamente reseñados. Algunos de estos prelados aludidos fueron extraordinarios en sabiduría y santidad. Recordemos sólo que hemos hecho mención del gran San Juan de Ribera, aunque todavía no se le conociera por gran Santo canonizado.

 

EPISCOPOLOGIO Y SANTORAL COMPLETO DE LA DIÓCESIS DE BADAJOZ

 

Para no hacernos interminable omitimos por ahora seguir investigando sobre Obispos y Santos Pacenses que ha habido modernamente desde por el año 1675. Estas otras investiga­ciones podrán resultar fáciles por los muchos libros relativamente recientes que luego se han escrito. Y entonces, cuando estén ellas concluidas, se podrá tener un elenco completo, en lo posible, acerca de estas tan destacadas personas históricas de la Diócesis y provincia de Badajoz.

En cuanto al Santoral, por lo que se refiere a otras personas que hayan sido canonizadas des­pués de San Juan Ribera (quien por haber sido obispo de Badajoz, se lo puede considerar pacense, aunque naciera en otra diócesis española), casi se lo puede estimar ultimado con sólo añadir San Juan Macías, O.P., (poco ha canonizado en esta última mitad del si­glo por Pablo VI) y todas esas almas catalogadas por la Iglesia como sólo todavía Venerables o Beatos.

¿Cuántos, en resumen, podemos decir, con grande o no despreciable fundamento histórico, que han sido hasta ahora los Santos de la Diócesis de Badajoz?

Creemos que, como suficientemente conocidos o conoscibles a través de serios cronis­tas o historiadores, se encuentran los siguientes: Santa Regila; San Aristóbulo; San Leáónido; San Orencio; San Vincencio; San Víctor; Santa Aquilina; San Verísimo; San Apringio; San Poncio Paulino; San Severino; San Apringio; San Ursón; San Julián mártir; San Juan de Ribera; y San Juan Macías; amén de otros muchos más, como cuando a veces se habla de com­pañeros mártires, que entonces éstos pueden ser cinco, diez, veinte o más héroes santos.

¡Qué pena, sin embargo, que se los tenga en olvido y no se los recuerde de muchas ma­neras, litúrgica y extralitúrgicamente, para que los fieles y ciudadanos pacenses se sien­tan estimulados a invocarlos, honorificarlos como se merecen e imitarlos para alcanzar estar también algún día con ellos en el Reino de los Cielos!

Oct 011988
 

Juan Francisco Arroyo Mateos.

Después del Diluvio universal los descendientes de Noé se expandieron por toda Europa y Asia. Mas, ¿cuál de ellos vino a España? Los grandes escritores como San Jerónimo y otros historiadores, dicen que se acercó a nuestra Península el Patriarca Túbal, hijo de Jafet y nieto de Noé, afirmándose que de él procedemos los españoles, que entonces se nos denominaba Iberos.

No sabemos a qué puerto de mar arribó Túbal con todo su séquito. Pero es cierto que quiso residir en una ciudad costera, porque los datos que hemos podido encontrar indican que viajó hacia el interior de nuestra Nación y que, por fin, halló el lugar deseado a orillas del río Ana o Guadiana, en donde, por consiguiente, fue fundada la primera ciudad española que, a la vez entonces, fue no sabemos por cuantos siglos, la Capital de toda la Península Ibérica pues aquellos primeros Patriarcas descendientes de Noé solían vivir todavía de 400 a 500 años. Aludida ciudad primera y por mucho tiempo la principal de todas las de España, fue la que hoy conocemos con el nombre de Mérida.

Hay muy serios testimonios a favor de cuanto venimos diciendo, porque el escritor y alcalde Abulcazin, del siglo VIII, trae lo mismo que San Jerónimo, añadiendo que la antiquísima Mérida (Morar o Morat que significa Pueblo de Cabeza mayor) llegó a estar amurallada. El contorno de esta muralla -dice- era de ocho millas bien grandes. Su anchura media diecisiete codos y su altura se elevaba a cuarenta y cinco; y, de trecho en trecho, era coronada por un total de mil quinientas torres siendo cuarenta y cuatro las puertas por las que se podía entrar y salir en esta ciudad, sin contar la gran puerta principal.

Podrá preguntar alguien que cuántos habitantes alcanzó a tener la Mérida antigua, y le respondemos que recuerde cómo los familiares y allegados de Jacob que se fueron a residir a Egipto y allí permanecieron el consabido número de años, teniendo a gala no cometer abortos, sino engendrar muchos hijos por si les tocara en suerte ser padres del mesías prometido, llegaron a sumar unos seiscientos mil israelitas en tiempos de Moisés.

Pues bien, Túbal, con su larga vida patriarcal, que, aunque llegase a España con unos cien años de edad, todavía pudo vivir en Mérida unos 300 o más años, es lógico pensar , junto con sus familiares, llegasen a ser también centenares de miles de personas en sólo esos 300 0 400 años primeros de la fundación de Mérida.

A la luz de este razonamiento, es como resulta explicable lo que sigue diciendo el referido Abulcazí, afirmando que la antigua y amurallada Mérida tuvo, por lo menos a los tres o cuatro siglos de sus existencia -pensamos nosotros-, más de diez mil hombres dedicados a la caballería y ochenta mil infantes que, por no haber entonces guerras, entregábanse a juegos o trabajos de recreación. Son cifras evidentemente significativas, porque si además añadimos las mujeres, los niños y niñas, los ancianos y los otros varones que se dedicaban a los muy distintos trabajos de agricultura, artesanía construcción, ganadería, pesca, caza, etc., etc.; de seguro que Mérida pudo haber alcanzado en sus tres ó cuatro primeros siglos, siquiera unos trescientos mil habitantes.

Es un enigma que no se sepa casi nada las antiguas murallas de Mérida. ¿Qué se hizo con ellas? En este punto es justo pensar que, desde la época de Túbal hasta la de la venida de los invasores romanos, casi hay una distancia próxima a los dos mil años; y en tan largo tiempo suelen ocurrir muchas cosas de parte de los hombres, como de la climatología, terremotos y mil otras eventualidades, pues antes de venir a España los romanos hubo otros colonizadores procedentes de Grecia y otras naciones, que empezaron ya a motivar guerras.

Además cada futuro invasor o colonizador iba a tener sus propios gustos o idiosincrasia. A los romanos, por ejemplo, pudieron no agradarles unas murallas tan altas y no construidas según el estilo que les era característico. Bien, pues, pudieron haberlas hecho desaparecer por preferir, en esa ocasión, una ciudad abierta, o modificarlas procurando hacerlas mucho menores en todo, a fin de que les sobrasen pilares de cantería para construir sus acostumbradas calzadas romanas, sólidos y largos puentes, acueductos, palacios señoriales, etc. Quizás se utilizó mucha piedra de las antiguas murallas para pavimento de la Ruta de la Plata y para sillares del puente romano de Mérida.

Y como más tarde en el siglo VIII, por cuando la invasión de los árabes, se dice que todavía contaba Mérida con murallas, la opinión más fundada puede ser ésta de que los romanos resolvieron sólo hacerlas un poco menores y a su estilo.

Sea lo que fuese, lo cierto es que los romanos supieron hacer de Mérida una ciudad feliz y acogedora, aunque debido a sucesivos y distintos avatares históricos, climáticos y epidémicos, sus habitantes fueran ya muchos menos que en su remota, y de mucha paz y salubridad, época primera esplendorosa. Y por ese bienestar. No del todo pérdida todavía durante la dominación romana, cuéntase que los valientes soldados eméritos, que lucharon contra los cantabros y asturianos, eran premiados trayéndoselos a descansar o cual jubilarse a Mérida en tiempos del emperador César Augusto; suceso éste que dio origen al Emérita Augusta. Emérita por lo de soldados eméritos, y Augusta, en honor del entonces reinante emperador Augusto.

Transcurrieron después bastantes siglos hasta que ocurrió la ulterior invasión de España por parte de los árabes, quienes muy pronto cercaron entonces Mérida y la conquistaron. Era ya otra época en la que la Ciudad estaba -dice Abulcazin- muy arruinada y con sólo ya ocho mil vecinos, debido esto a anteriores y repetidas incursiones guerreras motivadas por los Bárbaros, siendo los suevos los que parece castigaron más a Mérida.

Sin embargo, las ruinas de esta Ciudad -todavía en el siglo VIII, cuando esto se escribió- representan muy bien su grandeza y su pasada prosperidad. Y yo la ví -dice- a ruego del Gobernador. Muza tras conquistarla a los Cristianos, encareciéndome que fueron grandes sus maravillas. Vi, en efecto, -agrega- una piedra que tenia once codos de largo y seis de ancho que me parece debió estar «sobre la puerta principal de aquella Ciudad, en memoria de su primer fundador (Túbal). Y para leerla, y entender aquella lectura hice llamar a tres intérpretes, muy doctos en aquella lengua (caldea), y en ella ya encontré escritos estos datos que ofrecí (sobre qué Mérida estuvo amurallada y la pobló un gran número de personas).

Pasemos ahora a tratar sobre varios de los pormenores ocurridos en Mérida desde que Cristo envió a los apóstoles a predicar el evangelio hasta el fin de la tierra, que entonces lo venía a ser España o parte más occidental de Europa. ¿Quién evangelizó a Mérida? ¿Se acercó a ellas Santiago Apóstol? ¿Tuvo otros evangelizadores? Véase lo que sucedió:

Es dudoso que el propio Santiago Apóstol viniera a predicar a Mérida, aunque un historiador dice que evangelizador por casi todas las ciudades, no debiéndose en este caso excluido a una tan importante como era la ciudad emeritense. Ahora bien, San Diego tenía muchos discípulos bien preparados, uno de los cuales fue San Pedro Bracharense al que envió para que evangelizara por toda la Lusitania; y de éste es de quien se asegura que vino a predicar a Mérida. Hace mención de esto Calidonio, Arzobispo Bracherense, en la vida de dicho santo, traída por Ugo, obispo de Oporto, en la carta que escribió al arzobispo de Braga Mauricio, cuyos fragmentos expone el padre Vivar en uno de sus escritos.

Comenzó el referido San pedro Bracherense su labor en Mérida hacia el año 37 al 40 de la era cristiana.

Mérida, no obstante, continuó todavía varios años sin obispo residencial. Este privilegio se lo iba a atraer nada menos que san Pablo, quien, junto con algunos discípulos suyos, como lo era un alemán que él convirtió en Roma y se llama Aricio, se desplazó a España, en la que oportunamente visitó la ciudad emeritense, donde luego, tras necesarias labores apostólicas, constituyó a Mérida en sede metropolitana, dándole el primer arzobispo al citado Aricio, cuya catedral o iglesia fue dedicada a gloria hubo honor de la santísima Virgen María. Opina el padre Argáiz que esto ocurrió por el año 64 de Cristo.

Mas, ¿que significaba entonces ser arzobispo en Mérida? Equivalía a ser metropolitano de una religión eclesiástica tan extensa como lo fue Lusitania. El padre Argáiz, expone que tenía jurisdicción hasta sobre Ávila, Salamanca, Zamora y en todo Portugal desde el río Duero hacia abajo, comprendiendo Coimbra, Lisboa, Évora, y demás diócesis de la zona, a las que hay que añadir las de nuestra Extremadura, como son las de Plasencia, Coria y Badajoz. Cita del algunos nombres antiguos de referirás diócesis sufraganeas de la remedida, especificando las de: 1ª Pace (Badajoz); 2ª Olixibona; 3ª Exonova; 4ª Egitania; 5ª Coimbra; 6ª Viseo; 7ª Lamego; 8ª Cauria (Coria); 10ª Elora; 11ª Abela (Ávila); Salmántica (Salamanca); y 13ª Numancia (Zamora). Total: 13 diócesis sufragáneas.

Episcopologio emeritense

Siglo I.- Como hemos indicado, el primer prelado que tuvo Mérida fue el arzobispo Aricio, quien enseguida formó el cabildo catedralicio con 12 presbíteros, que se comprometían a observar una regla basada en la de los antiquísimos Carmelitas que tenían por timbre de gloria tener por fundador al profeta Elías (y que enseguida se adhirieron a la fe cristiana); ya que cosa semejante se hizo por otros cabildos, como los de Toledo, Tarragona y Braga (Portugal). Se desconoce cuando murió este prelado Aricio. Lo que sí costa es que por entonces descolló como abogado y gran orador o predicador él emeritense Deciano. A Aricio le sucedió el arzobispo san Vicente, que murió mártir en el año 100, deduciéndose que esto ocurrió durante la persecución de Trajano.

Siglo II.- A San Vicente siguióle el prelado Atanasio, que era de procedencia griega y vivió hasta el año 119; siguiéndole más tarde en la se emeritense otro mártir, san severo, que falleció el año 203. Eran tiempos de persecución, y por esto, es de suponer que la sede metropolitana estuviera vacante bastantes años.

Siglo III.- Al mártir San Severo lo sucedió el prelado Marcial, quien, aunque en un principio cobró muy en cristiano, después se dejó influenciar mucho por los gentiles, asistiendo a sus banquetes, favoreciendo de alguna manera sus y idolatrías, dando a los fieles sepultura en lugares profanos y perpetrando otras acciones escandalosas, por las que, tras haberse convocado un concilio en Toledo, fue despojado de su dignidad por el entonces arzobispo toledano Paulato; ya que su mal ejemplo lo habían copiado algunos otros obispos, como el de Astorga, llamado Basílides, y el de León, Sverio o Severino. Todo esto ocurría por el año 254. Y fue elegido poco después para la sede arzobispal emeritense el prelado denominado Alterno, cuya vida sólo se prolongó un año, pues murió en el 255; sucediéndole poco después, hasta el año 259, el conocido por Félix. Conviene añadir que, en el litigio motivado por esos prelados privados de su dignidad, se hizo de alguna manera intervenir a san Cipriano, obispo entonces de Cartago, y al Sumo Pontífice Esteban. Finalmente, en este siglo III, ocupó la sede metropolitana de Mérida el arzobispo Murila hasta el año 293; siguiéndole Liberio I hasta principios de la siguiente década.

Siglo IV.- Dícese con gran fundamento que este prelado Liberio fue el padre de Santa Eulalia de Mérida, la que murió mártir junto con Santa Julia, que quizás era hermana, o por lo menos, amiga o sirvienta en su casa; a las que siguieron también por entonces en el martirio el sacerdote San Donato, natural de Trujillo; quien, junto con san Félix, convivía de algún modo y fueron educadores para con la familia de Santa Eulalia. El martirio de ésta fue en el año 304. Y poco más tarde, en el 308, todavía hubo en Mérida otra santa virgen y mártir. Era Santa Lucrecia, según consta en el catálogo de Gregorio Eliberitano y en los escritos de otros autores, como en los de Hauberto. Es una lástima que esta santa sea casi del todo desconocida en la región extremeña. ¡Que no siga ocurriendo esto! Añadamos que a Liberio I reemplazó en el arzobispado un prelado originario de Grecia, llamado Marcos, que falleció en el 313, y le sucedió Liberio II, durante cuyo pontificado se construyeron muchos templos, uno de los cuales fue el de Santa Eulalia de Mérida. Le siguió como arzobispo puntal Florencio, que antes había sido diácono suyo. Era hacia el año 330, cuando, a solicitud de Constantino, se celebró aquel importante Concilio de Toledo, que motivó nuevas divisiones y límites de diócesis y archidiócesis, llegándose a conceder a la metropolitana de Mérida las siguientes diócesis: Badajoz, Lisboa, Ébora, Exonova, Caliabri, Ávila, Salamanca y Coria. No se menciona a Ambracia o Plasencia, porque hubo por entonces persecuciones y muy serias dificultades que aconsejaron que la diócesis placentina estuviera inmersa en la de Coria. La vida de este prelado Florencio (o Florentino, como lo llama algún Autor), se prolongó hasta por el 358; y siguióle Idacio, que se distinguió por lo mucho que combatió contra el hereje Prisceliano, convocando un concilio en Mérida, etc. Pero que “vióse en peligro de ser degollado por el procónsul de España llamado Volvencio, a instancia de Prisciliano, que sabía defenderse con elocuencia y ofender con eficacia” –dice el padre Argáiz-. Idacio, sin embargo, no se quedó con los brazos cruzados, sino que solicitó contra Prisciliano un concilio en Burdeos en el año 385; y desde allí marchó detrás de él a Tréveris, adonde había apelado ante el emperador Máximo, sucesor de Graciano, y en esta ciudad alemana, Idacio, quizás con intención de mirar por su vida en justa y legítima defensa, “le hizo degollar por sentencia del juez secular”. Era por entonces Priciliano obispo de Ávila. Murió, pues, así este hereje. Pero preferido proceder de Idacio no agradó a muchos santos varones, que tuviéronle por sanguinolento, imprudente, hablador, atrevido, poco modesto, grande gastador y amigo del buen bocado; y que terminó por ser excomulgado, apartándose de él muchos prelados, uno de los cuales fue san Martín de Tours. Mas luego, posteriormente, en un concilio de Tréveris, se le levantó la excomunión, aunque a tenor de lo que dice san Isidoro, parece que murió desterrado, tirándolo, no obstante, declaro o preclaro, con lo que quizás lo calificó, a pesar de todo, como muy inteligente. Ignoramos el año en que falleció.

Siglo V.- Después, por lo menos en el año 403, ya había otro arzobispo en Mérida. Fue Potamio, que tuvo venturas y desventuras. Estuvo lo bueno en que al convento de Carmelitas de la antigua observancia que ya había en Mérida se le sumó otro perteneciente a los Agustinos o hermanos ermitaños de san Agustín, que se acercó a fundar lo san Paulino de Nola, discípulo del referido santo. Y lo malo consistió en que tres años más tarde se produjo la invasión de los bárbaros en España, apoderándose los suevos de la ciudad emeritense, causando graves daños en todo. Oportunamente a Potamio les sucedió como arzobispo el monje carmelita, de la antigua observancia, llamado Exuperancio, que tuvo tiempos también muy difíciles, por qué, hacia el año 411, se produjo otra nueva invasión de Mérida ahora por parte de los alanos, quienes a su vez fueron vencidos por los vándalos en el 418, sufriendo mucho los católicos por parte de la herejía arriana. A Exuperancio siguió el prelado Antonio, que tuvo el mérito de haber convocado el segundo concilio de Mérida para la formación del clero, restauración de la disciplina eclesiástica y para devolver a los templos el floreciente culto de tiempos pasados. Además, por esta época, vivió en Mérida el santo abad Victoriano, predicador apostólico en la provincia lusitana y varón doctísimo, que murió en la ciudad emeritense el año 448. Como sería puesto en el catálogo de los santos, mediante los requisitos eclesiásticos de entonces, su fiesta se celebraba el 23 de agosto. Ignórase a qué orden religiosa perteneció. Agregamos que al referido arzobispo Antonio le sucedió Sempronio, el cual, por deseos del Papa San león Magno, celebró, como se hizo en otras archidiócesis, un concilio en pro y reafirmación de la fe y decretos promulgados en el concilio de Calcedonia. También añadiremos lo que refiere san Isidoro, es a saber, que, como en una de las incursiones guerreras de entonces, quisieran los godos, etcétera apoderarse de Mérida de una manera devastadora, se apareció Santa Eulalia por lo menos al líder principal Teodorico, causándole tanto terror y espanto, si se atrevía a ejecutar sus intentos, que desistió de éstos y pasó adelante no haciendo daño alguno a la ciudad ni en su comarca. Fue, por tanto, la santa, en esta ocasión, la salvadora de Mérida, en el año 456. Que es por cuando ya parece que falleció el arzobispo Sempronio, al que sucedió el prelado Arando, que pasó a mejor vida en el 463. Y le siguió Renato en la misma dignidad, uno de cuyos aciertos fue admitir para la catedral, según ya venía haciéndose en otras catedrales, a los canónigos regulares de san Agustín.

Siglo VI.- Sucedió a Renato (+494) el arzobispo Hilario (+536), quien, según el padre Argáiz, perteneció al monasterio de hermanos ermitaños de san Agustínme, que fundó en Mérida, según dirigimos san Paulino de Nola el año 403. Y después, hacia el año 540, la sede arzobispal emeritense estuvo ocupada por el prelado Emilia; cuyo sucesor fue Tremunaldo (+549), que vio un gran florecimiento de la orden benedictina en la archidiócesis. Muerto Tremunaldo ascendió a la sede arzobispal el monje san Pablo, de nacionalidad griega. Parece que fue benedictino. Tenía un sobrino y Dios le reveló que éste le sucedería como arzobispo; cosa que se cumplió, tras haber sido también monje este sobrino, que se llamaba Fiel, y que el padre Argáiz lo califica de santo, como a su tío Pablo (568). Fue san Fiel muy limosnero y dos lo bendijo tanto, que entonces la iglesia de Mérida llegó a ser la marica y poderosa de Lusitania. También Dios manifestó a dos distintos monjes cómo este arzobispo estaba predestinado para el cielo. Y cuando derecho Patricio y pasó a poseer la vida eterna, le sucedió en su cargo pastoral Paulo II, que sólo estuvo de arzobispo dos años, teniendo muy pronto por sucesor a san Mausona. Este ha sido uno de los más preclaros prelados emeritenses, verdadero padre de los pobres, que cooperó algo a la conversión de Recaredo y sufrió persecución, destierro y hambre por parte de Leovigildo que quería hacerle arriano; pero que no lo consiguió, si no lo contrario; pues fue uno de los arzobispos que asistió al famoso tercer concilio de Toledo, prolongando dio su vida hasta el año 603, tras 33 años de pontificado, en los que llegó a mantener correspondencia con san Isidoro de Sevilla. Restamos añadir que, en su tiempo, hubo en Mérida un santo varón llamado Saturnino, que falleció por el año 580, y de quien constaban circunstancias que demostraban su santidad.

Siglo VII.- A San Mausona le sigue la sede arzobispal Paulo III, que procedía de la nación helénica. No se sabe en qué año falleció. Pero si se indica que le sucedió el prelado Inocencio, quien gobernó la archidiócesis por el año 610 y al que sucedió un poco más tarde en la misma dignidad el monje san Renovato, del que se afirma que ha sido uno de los prelados más ilustres que jamás tuvo Mérida. Murió en el 622 y fue sepultado en el monasterio de Santa Eulalia, en cuya capilla obraba Dios –dice el padre Argáiz- diferentes milagros a favor de sus siervos. Tuvo como sucesor al prelado Esteban, que vivió por el año 633. Y éste le siguió oro lució (+656), en cuyo tiempo se destacó en Roma un diácono de Mérida llamado Thoda, que parece habíase distinguido en letras o al menos en virtudes. También el prelado Oroncio murió bien y quedó opinión de santo. Un poco más tarde presentó la archidiócesis emeritense Proficio, quien llegó a convocar lo que fue el cuarto concilio de Mérida, dirigiéndose que la Lusitania adquirió mayor territorialidad eclesial en su tiempo, porque se le juntaron cuatro obispados que, por los motivos que fuera, no siempre le hubieran pertenecido, y que eran los de Idania, Coimbra, Lamego y Viseo, acerca de lo cual hubo después grandes debates con el arzobispado de Braga. No serán fechas; pero se sabe que a Proficio le sucedió un tal Pedro, que vivió por lo menos hasta el año 669, y que después a este Pedro se le nombró como sucesor el monje benedictino Esteban, que vino a ser Esteban II; cuyo empeño muy principal fue procurar que los canónigos de las catedrales observase en la regla de san Benito, pero según la había reformado más suavemente san Isidoro. Discurrió la vida de este arzobispo Esteban por el año 684 hasta que fue elegido para sucederle el monje Máximo, quien participó en varios concilios de Toledo, como es aquel que se celebró el año 688, y otro (el XVIII Concilio Toledano) el 704, cuando ya reinaba en España Witiza. El padre Argáiz destaca como hombre muy sobresaliente de la iglesia de Mérida en este tiempo al arcediano Juan, al que Hauberto lo califica de muy sabio o filósofo y que, según el referido padre Argáiz, debió ser un varón santo.

Últimos tiempos de la archidiócesis emeritense

El propio padre Argáiz dice que aquello que, en adelante, se cuenta de Mérida es triste por todo lo que empezó a ocurrir por cuando la invasión árabe. Alude a que el rey Witiza había mandado derribar las murallas de muchas otras ciudades excepto las de la ciudad emeritense. Sus palabras honestas: “Solamente no me persuado, a que el rey Witiza le mandó derribar los muros, las demás ciudades, el año 709, porque los ciudadanos se defendieron cuando les puso el cerco Muza el año 715”; y dicen los autores de la General que fue: “porque el muro era fuerte y muy bien labrado”.

Ante aseveraciones como éstas, se nos presenta el aludido enigma, que nos hizo pensar que aquellas murallas emeritenses, que construyeron sus primeros pobladores, pudieron haber existido hasta este ya siglo VIII, a no ser que se tratara de otras murallas distintas y quizás menores construidas después por los romanos, etc., con el estilo particular de estos colonizadores. De todos modos habría aún murallas en Mérida por cuando los sarracenos se decidieron a apoderarse de ella.

Rodeada la ciudad por Muza y sus tropas, refiérese que los cristianos residentes en Mérida trataron de entrevistarse con el aludido líder árabe y vieron que se trataba de un hombre viejo, canoso y cansado; pero que, en una segunda entrevista, tras haber Muza ordenado por andar las murallas por sus cuatro costados, le dieron con los cabellos negros, lo cual les sobrecogió hilo tuvieron por milagro; llegando al acuerdo de entregarle la ciudad con tal de que respetase a sus habitantes y bienes que les pertenecían. Así pues, fue como se rindió Mérida, siguiendo residiendo en la misma el arzobispado, aunque la catedral debiera ser cedida para mezquita, por las exigencias quien esto tuviera los moros.

Siglo VIII.- Lo último que acabamos de narrar pertenece hecha a este siglo octavo; pero de desea aquí añadir y esclarecer que el primer arzobispo que tuvo Mérida después de ser ocupada por los moros se llamaba Amaro, a qué es lo mismo que decir Mauro. Parece evidente que entonces hubiera algunos mártires y se cuenta que, en efecto, parecieron el martirio de la ciudad emeritense, en el año 735, dos de sus vecinos que fueron don Ramiro y su esposa Sancha. Siguió luego a Amaro es su cargo pastoral el prelado Esteban III de este por el año 761. Eran tiempos muy difíciles, pero no obstante este arzobispo desempeñó como pudo su misión hasta el 793.

Siglo IX.- debido al clima hostil y de persecución contra los cristianos de esta época, de seguro que la sede metropolitana de Mérida estaría vacante por varios años hasta que, por el 850, se designó para arzobispo al monje Ariulfo, quien por causa de las graves circunstancias de entonces, se vio obligado a emigrar a refugiarse en Asturias, aunque regresó más tarde Mérida, al serenarse la situación. Por lo menos vivió hasta el año 862, que sucediéndole oportunamente en la misma dignidad el monje y escritor llamado Bento, una de cuyas realizaciones características fue la de haber hecho las diligencias necesarias, mediante las que consiguió que el papa Adriano II, que en aquel entonces regía a la Iglesia, canonizará opusiera en el catálogo de los santos a San Juan Magno que era un monje benedictino y habas del monasterio que había en las cercanías del pueblo de Garganta la Olla (Cáceres), es a saber, por el lugar conocido con el nombre de Carnaceda, que se encuentra entre cuatro uso y Garganta la Olla. Dicho monasterio estaba dedicado a san Martín, y parece que se le llamaba monasterio de san Martín de la Vera. Debemos agregar que el propio arzobispo Bento ha sido considerado como santo: “fue este monje benedictino (Bento) un varón docto y muy santo” –escribió el padre Jerónimo de la Higuera-. Su actuación pastoral la desarrolló al menos por el año 870; teniendo como sucesor, oportunamente después, al monje Gabino, que gobernó la archidiócesis por el año 896, siendo también de la orden de sambenito

Siglo X.- al arzobispo Gabino lo sucedió luego en la archidiócesis emeritense el prelado Andrés que también fue monje. Ejerció su cargo pastoral desde el año 900 al 910 ó 912, según ciertos indicios que dan a entender esto. No hemos podido saber ya el nombre de ningún otro arzobispo de Mérida, aunque tal vez todavía hubiera algunos, pues dice el padre Argáiz que: “por los años de novecientos sesenta perseverará la iglesia de Mérida con arzobispo, aunque ignoramos el nombre”. Se produce, pues, aquí cierta laguna histórica. De todas maneras, por estar la ciudad en poder de los moros, sería aquí muy difícil, durante cierta época, la vida cristiana.

Siglo XI.- en las fuentes consultadas no vemos que se diga nada acerca de ningún arzobispo emeritense durante todo este siglo decimoprimero. Lo que se narra es que, en el año 1063, entró en Mérida el rey Fernando el Grande, tomó la ciudad y redujo los moros a servidumbre.

Siglo XII.- daría pena ver el estado de postración aquí había llegado el cristianismo de Mérida. Los moros motivarían muchas dificultades e impedirían que la jerarquía eclesiástica se reorganizará y así volviera la ciudad a ser lo que antes fue en la iglesia de España. No se vería remedio inmediato a esta triste situación. Y por eso al obispo de Santiago de Compostela don Diego Gelmírez se le ocurrió solicitar al romano Pontífice que traspasará a su diócesis de Santiago la prerrogativa de ser archidiócesis, cesando lo fuera Mérida, porque Mérida francamente no lo podía ser en aquel entonces por la dominación sarracena. El Papa estudiaría el asunto y, haciéndose cargo de las circunstancias, concedió lo que se había solicitado, alegando lo de estar metida en poder de los moros y no haber en ella una floreciente vida cristiana. Era el Papa Calixto II, quien además ordenó que todas las diócesis sufragáneas de Mérida pasaran a depender de Santiago de Compostela, aunque, en este aspecto, hubo después distintos arreglos hasta llegarse a la situación de nuestros días.

Sin embargo, en estos últimos años del siglo XX, se ha producido una gran maduración de circunstancias para qué Mérida logre pronto de nuevo la sede arzobispal, aun cuando su provincia eclesiástica no sea tan grande como en el pasado, sino que se concrete a toda y sola Extremadura, en la que podrá haber cuatro demarcaciones eclesiásticas: Mérida, Badajoz, Coria-Cáceres y Plasencia. Es muy urgente conseguir que Guadalupe pase a pertenecer a la correspondiente diócesis de Extremadura, porque esto parece ser el asunto “clave” para que después venga todo lo demás, quedando la región extremeña convertida en provincia eclesiástica con sede arzobispal en Mérida.

Santoral de la archidiócesis de Mérida

Como primer santo acusadamente emparentado con la archidiócesis temeridad podría figurar el discípulo de san Pablo Aricio, que fue su primer obispo; pero se desconoce si fue mártir y cómo a cabo sus días. “No sabemos -dice el padre Argáiz- los años que gobernó y cuando murió”. Y ante esta circunstancia se carece de seguridad para considerarlo santo. Mas, he aquí otras personas tenidas como verdaderamente santas:

1º. San Vicente, obispo y mártir emeritense, en que vivió por el año 100, según quedó dicho más otras. Hay en toda la cristiandad muchos santos con el nombre de Vicente. Es necesario, pues, añadir lo de obispo y mártir emeritense para distinguirlo de los demás.

2º. San Juan, obispo y mártir de Mérida, que pasó a mejor vida por el año 169. Lo mismo da decir emeritense que de Mérida. Lo justamente necesario es calificar lo de una manera que evite confundirlo con los muchos santos que por doquier han existido con ese mismo nombre.

3º. San severo, también obispo y mártir emeritense, que murió el año 203.

4º. Santa Eulalia, virgen y mártir de Mérida, que siendo una niña de 12 años, se salió por la noche de una alejada casa de campo, propiedad de sus padres, para presentarse al pretor romano Calpurniano. Éste trató de vencerla con halagos; pero ella intrépida mente les copió la cara. Se decretaron contra la misma horribles tormentos. Y mientras les agarraban sus miembros, exclamó: “Gózome de leer tu nombre, Señor, esculpido en los desgarrones de mis carnes”. Después aplicaron a su cuerpo llagado teas encendidas; mas ella, dándose por vencida, habría la boca para aspirar la llama; haciendo dios que, en su muerte, saliera de su boca una paloma blanca, símbolo de su alma virginal y purísima que ya volaba cielo, queriendo dios además que, por esos momentos, se produjera una inesperada ligera nevada. Ocurrió este martirio en el año 304, comerciantes que lo dicho.

5º. Santa Julia, virgen y mártir emeritense, era compañera y hasta quizás parienta de Santa Eulalia, con la que convivió en la aludida casa denominada “Ponciano”, que estaba a unas dos leguas de Cáceres, ofreciendo Joan Solano argumentos para demostrar que en ella nació Santa Eulalia y probablemente Santa Julia; por lo que eran naturales de la provincia cacereña, aunque ambas fueran martirizadas en Mérida, con la diferencia de que el martirio de Santa Julia, ocurrido por las mismas fechas, parece que sólo consistió en la degollación sin que se le aplicasen tormentos mayores. Según lo dicho, Cáceres y Mérida comparten las glorias de estas dos santas.

6º. San Donato, san Hermógenes y otros 22 compañeros mártires emeritenses, respecto a los que recuérdese que es san Donato fue sacerdote y director espiritual de Santa Eulalia y de Santa Julia, sufriendo el martirio dos días después que estas. Todos eran de Trujillo, que a su modo participa también de contar entre sus hijos a estos 24 mártires de Mérida.

7º. San Félix emeritense. Fue maestro, educador o catequista de Santa Eulalia y de Santa Julia, con las que parece convivía por encargo de los padres de Santa Eulalia. Hay autores que lo consideran mártir y otros no, aunque estuviera a punto de serlo. Seguramente que su nombre figura en santorales antiguos, aunque no en el Martirologio Romano, según dice Joan Solano, quien sin embargo especifica que en el referido martirologio se encuentra el nombre de san Donato, anteriormente mencionado.

8º. San Víctor, San Sterencio y San Antonógenes, hermanos y mártires de Mérida, memoria es recordada por escritores como el obispo Equilino; Morales; Gariba; y Viseo; aunque sin dar fechas ni clases de tormentos. Puede ser ese los ahogase en una laguna que hay en la ribera del Guadiana, a la que se le denominó de los Mártires.

9º. Santo mártir emeritense de nombre desconocido. Se trata de un ciudadanos de Mérida que, cuando vio que desnudaron a Santa Eulalia durante su martirio, tuvo la valentía de ofrecerle una túnica o vestimenta para que se cubriera; pero que, por este gesto heroico, fue condenado también a ser martirizado.

10º. Santa Lucrecia, dirigente y mártir asimismo emeritense, nombre figura en el catálogo de Gregorio Eliberitano. Se dice que este martirio lugar en el 308, ofreciendo Hauberto la fecha del 8 de septiembre. No hemos encontrado datos pormenorizados sobre el martirio de esta santa, que bien pudo haberse parecido mucho vale Santa Eulalia.

11º. Los numerosos mártires emeritenses de la época de los bárbaros. Con la paz constantiniana la es de los romanos, un pero un siglo más tarde se la invasión de España por los Bárbaros, quienes arrianos, etc., motivaron muchas muertes relacionadas con la fe católica, afirmando Hauberto entonces muchos mártires en Mérida, como en otras partes de España, sobre todo en el año 424. Casi podría hablarse aquí de los innumerables mártires de Mérida, como cuando se hace alusión a los innumerables mártires de Zaragoza.

12º. San Victoriano, abad emeritense. No se dice que fuera mártir, sino santo abad, predicador apostólico y varón doctísimo, que falleció en el año 448 y se le canonizó opuso en el catálogo de los santos; cuya fiesta se celebraba el 23 de agosto.

13º. San Munimo, ermitaño emeritense. Tampoco fue mártir. Se sabe que falleció en el año 536 en Mérida y su santidad sería muy notoria, lo que se le escribiría en algún santoral apropiado; de modo que Hauberto pudo escribir: en “Augusta Emérita S. Munimus, Heremita moritur”.

14º. San Pablo, obispo emeritense. Aunque era un médico procedente de Grecia, fue en Mérida en donde practicó una gran labor pastoral como arzobispo, al que el padre Argáiz lo califica de “varón santísimo”, que previamente había sido monje pudiéndose conocer mucho del, si se lee la biografía que sobre el mismo llegó escribir luego el diácono Paulo.

15º. San Fiel, también obispo emeritense. Era sobrino del referido san Pablo, aquí ellos le reveló que le sucedería en la sede arzobispal. Fue muy caritativo; conseguía grandes bendiciones del Cielo; y Dios así lo canonizó en vida, al mostrar a otras armas buenas la santa muerte que tendría, viendo ya estás entre los bienaventurados del Cielo.

16º. San Mausona, asimismo obispo emeritense. Vivió por el año 571 y gobernó la archidiócesis de Mérida unos 33 años. Fue una vida muy rica en acontecimientos de muy distinta índole. Resplandeció por su liberalidad con los pobres. Edificó Iglesias y monasterios. Ayudó a la conversión de san Hermenegildo y Recaredo. Sufrió destierro por parte del rey Leovigildo, etc. de modo que de él se escribieron estas palabras: “Ann. 603 Sanctus Massona, Metropolitanus Emeritensis, moritur I die nobembr. Ut Sanctus hebetur. In Aede Sanctae Eulalia Sepelitur”.

17º. San Saturnino, penitente emeritense. Por estos mismos años del siglo VI descolló por sus virtudes este otro santón de Mérida, teniendo fama la “conservación olorosa de sus huesos”. Su sepulcro estuvo en el cementerio que la iglesia de Santa Eulalia tenía dentro de la ciudad. Y al andar con el, por motivo de nuevas obras o del traslado de restos humanos, sería cuando, si los más tarde, se notase ese fenómeno desacostumbrado. Ignoramos si personas como éstas llegaron a ser inscritas en algún santoral, en aquellos tiempos en que no se necesitaban tantos requisitos como hoy para canonizar a los santos.

18º. San Renovato, obispo emeritense. Regido la archidiócesis de Mérida por los años del siglo VII, en su primera mitad; y no se cuentan del grandes cosas; pero que resplandecería por su santo tenor de vida. Y parece que Dios hizo milagros en su honor después de su muerte. Porque se dice que “fue sepultado en el monasterio de Santa Eulalia, en una capilla de su vocación, y cerca de su sepultura, donde todos los antecesores estaban enterrados, en cuya capilla –como ya se dijo- obraba Dios diferentes milagros por sus siervos”.

19º. San Ramiro emeritense y su esposa Santa Sancha, que sufrieron el martirio en Mérida en el año 735; a quienes hay que sumar la desconocida cantidad de mártires que, debido quizás a quiera muchos y de condición humilde, no fueron anotados sus nombres, durante las persecuciones de los sarracenos habidas por entonces.

20º. El venerable Thoda emeritense. Se trata de un diácono de Mérida, que según el padre Argáiz, descollar en virtud o en letras, pero que murió en Roma de lo cual da cuenta el hispalense Hauberto. En los inclinamos a pesar que al menos sobresalió en notoria santidad por su condición de diácono pues, ¿qué obras se conocen como escritas por él?… Hay, por tanto, lamentó para considerar lo venerable, no en sentido oficial, sino sólo popular.

21º. El venerable Oroncio, obispo emeritense. Por estos años del 638 al 655, en que vivió el susodicho diácono Thoda, regentó la archidiócesis de Mérida el prelado Oroncio, del que se dice que “dejó opinión de santo y que los padres del Concilio IV de Mérida llaman santa su memoria”. Bien, consiguiente, se le puede considerar venerable en ese mismo aspecto popular que hemos indicado.

22º. El venerable Bento, obispo emeritense. Como muchísimo de los obispos de por aquellos siglos, fue antes monje benedictino, que vivió por el año 870. Sus dotes de buen escritor las empleó, entre otras cosas, contra los iconoclastas que no veneraban santas imágenes del Señor, de la Virgen y de los santos. Además, recordémoslo también ahora, alcanzó del Papa de entonces la canonización o inscripción en el catálogo de los santos de San Juan magno, Abad de un monasterio que hubo en Carnacena, cerca de Garganta la Olla (Cáceres), llamándosele al parecer, monasterio de San martín de la Vera, que ignoramos si todavía de alguna manera sigue existiendo. Sabido es que San Juan Magno pertenece a la diócesis de Plasencia; y que el propio obispo Bento es calificado por el padre Jerónimo de la Higuera como “varón docto y muy santo”; motivo por el que al menos se lo puede considerar también siquiera venerable al estilo de los dos últimos personajes, a que hemos hecho referencia.

Resumiendo diremos que, si a los santos que explícitamente hemos nombrado, se agregan los ciertamente 24 santos emeritenses aludidos en el apartado número 6, suman por lo menos más de 40 santos estrechamente vinculados a Mérida durante el tiempo en que fue archidiócesis. ¡Y esto es una grande y desconocida gloria para la ciudad y para toda la región extremeña!

Última deducción y conclusiones

¡Que pena que tantos santos sean casi todos desconocidos incluso para la mayoría del clero! Esto se debe al descuido que se ha venido teniendo en no buscar y consultar muy serios y respetables libros antiguos, ya que todo este escrito nuestro no es otra cosa que lo de haber logrado sintetizar, ordenar y esclarecer algunos de los numerosísimos datos que ofrece el maestro fray Gregorio de Argáiz O.S.B., en su obra de varios tomos titulada “La soledad Laureada por San Benito y sus hijos en las iglesias de España”, publicada en el año 1675. Otros investigadores podrán hacer trabajos parecidos y mejores respecto a las restantes diócesis españolas y hasta de Portugal, que también son tratadas en estos susodichos volúmenes. Después todos debemos procurar que los frutos de estas investigaciones no sirvan para sólo arrinconar los inútilmente, sino para propagar unos sucesos históricos también nos de saberse y para resarcir injusticias cometidas contra nuestros antepasados, puesto que, tras ya no ignorarse, por ejemplo, los nombres de muchos de los santos regionales hasta aquí olvidados, lo justo es que, sin tardar, se los empiece prácticamente recordar con perseverancia mediante las mil maneras que esto se ha venido haciendo con otras personas célebres: Santa Eulalia, San Pedro de Alcántara, Pizarro, Hernán Cortés, y urgente es dedicar en su honor parroquias y santuarios de nueva creación, calles, monumentos conmemorativos, lapidas, altares, imágenes y estatuas, días festivos, misas y oficios litúrgicos, concursos literarios, congresos o semanas de estudios, libros, folletos, hojas divulgado horas, cuadros, medallas, capillitas domiciliarias, profusión de estampas que den a conocer su presumible fisonomía, puesto que: “ojos que no ven, corazón que no siente”; y toda otra realización que se estime oportuna si nunca deberse olvidar que todos estos a precios y honras que tributemos a tan dignos y honorables paisanos ante la faz de todo el mundo, repercuten en muy fundadas y merecidas glorias históricas de la Patria y región, en que practicaron sus virtudes y desde la que subieron al Cielo.

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Oct 011987
 

Juan Francisco Arroyo Mateos.

Mucho se ha escrito acerca de Plasencia, pero aún queda más por investigar para saber con más detalles todo aquello que atañe a sus más remotos oxigenes y el modo cómo después, andando el tiempo, se predicó y arraigó en ella la doctrina de Cristo.

No basta leer libros modernos si se quiere profundizar en esta materia. Es necesario, pues, consultar literatura antigua, a veces muy difícil de dar con ella, a no ser en bien surtidas bibliotecas públicas provinciales y nacionales.

Es lo que hemos hecho para escribir estos folios, porque aludidos libros viejos contienen inmensos tesoros de historia, que ya nos sirvieron para investigar sobre Coria pero que ahora los utilizamos a favor de Plasencia; pues ambas ciudades son de alguna manera gemelas en varios aspectos, uno de los cuales es el de que probablemente pasan por ser las más antiguas de la ancestral Vetonia y Lusitania, aunque existan otras poblaciones ciertamente también muy veteranas y de enorme importancia histórica, pero que fueron posteriormente fundadas por los romanos, según ocurrió con Castra Cecilia (Cáceres), Emérita Augusta (Mérida), Castra Julia (Trujillo), Colonia Metillina (Medellín) y varias otras más.

No quiere decir esto que los romanos no hicieran nada después en Coria y Plasencia, ya que las fortificaron, las agrandaron y las mejoraron en muchas cosas, mediante lo que las romanizaron, y por esto pudieran parecer ciudades romanas, si no se tienen en cuenta otros datos históricos.

LOS MÁS REMOTOS O AUTÉNTICOS FUNDADORES DE PLASENCIA

Viene ahora un interrogante. Si no han sido los romanos, ¿quiénes fueron los primeros Pobladores de Plasencia? Y respondemos afirmando que esta suerte les tocó a los Ambracienses, por más que esta palabra resulte rara en la actualidad, ya que se refiere a los antiguos colonizadores procedentes y naturales de l ciudad de Ambracia, que quizás perdure en la parte oriental mediterránea; quienes, junto con otros habitantes de aquellas regiones de Grecia, Mar Egeo, Chipre, Asia Menor, Fenicia y todo el próximo oriente, solían antaño emigrar a Celtiberia (España) en busca de metales y otras riquezas naturales.

Por consiguiente, como lo atestigua el erudito padre benedictino Fray Gregorio de Axrgáiz en su obra “La soledad laureada”, que es en la que nos estamos inspirando y él escribió por los años del mil seiscientos, Plasencia (que previamente llevó el nombre de Ambracia) fue fundada -son palabras textuales- “por los de la Provincia de Epiro, vecina de Grecia, que parte (es decir, comparte) con ella términos, donde (o por donde) fue muy conocida la ciudad de Ambracia. De quien (o de lo cual) hace Memoria Tito Livio (Decad. 4., lib. 8) y Julio César (Lib. 3 de Bello Civile)”. Porque “estos epirotas -dice- viniendo envueltos con los Griegos y (de) otras naciones de la Asia, es cierto, que la dieron principio (fundándola), y luego (le pusieron) el nombre a devoción (u honor para su pueblo natal) de la ciudad de Ambracia (de la que procedían) para tener (así) recuerdo de su patria”. Que es lo que parecidamente ha ocurrido más tarde por cuando el descubrimiento del Nuevo Mundo, procurando los conquistadores poner nombres de ciudades españolas: Trujillo, Mérida, Medellín, etc., a muchas de las que iban fundando en América.

Ignoramos, no obstante, el tiempo que transcurrió desde susodicha primera fundación de Ambracia (o primitiva Plasencia) por los epirotas ambracienses hasta la más tardía invasión de los romanos, en una época todavía anterior a la venida de Cristo.

SANTIAGO EL MAYOR VINO A ESPAÑA

Mas como todo llega, prodújose oportunamente el nacimiento de Jesucristo y con Él la redención de género humano mediante el sacrificio de la cruz en el año 33 de nuestra Era Cristiana, ordenando por entonces enseguida el Señor a los Apóstoles, antes de su Ascensión al Cielo, que fueran a predicar el Evangelio por todo el mundo hasta el fin de la tierra. Ahora bien, con estas palabras de “fin de la tierra” aludíase por aquel tiempo a España. Luego el Salvador quiso y manduque al menos uno de los Apóstoles se acercara, a evangelizar nuestra Patria. Y sabido es por Tradición (y hasta por algunas almas místicas fidedignas, como las Venerables Agreda y Ana Catalina Emmerick) que el afortunado apóstol fue Santiago el Mayor. No sabemos cuánto demoró embarcarse con rumbo hacia nuestra tierra. Si lo hubiera hecho enseguida y tardó unos 3 ó 4 meses en el viaje, bien pudo haber llegado Santiago a España en ese mismo año 33, dudándose si arribó al puerto de Cartagena o de Tarragona. Por otra parte, algunos señalan como año de su muerte o martirio en Jerusalén el 42 y otros el 44. Lo cual quiere decir que Santiago quizás estuvo en nuestra nación unos diez años, aunque también pudo residir en ella sólo unos seis, como sostienen otros. Estaba por entonces España poco poblada y con buenas calzadas romanas, no siendo extraño, segar afirman algunos, que Santiago visitase en plan misionero-evangélico, al estilo de como Cristo evangelizó Palestina no deteniéndose muchos días en cada lugar, todas o casi todas las ciudades principales de nuestra Patria, entre las que sin duda se encontraría Ambracia o Plasencia, cuya devoción al Apóstol es justo que cada día sea mucho mayor.

CIERTAMENTE SANTIAGO EVANGELISTA EVANGELIZÓ PLASENCIA

El padre Argáiz cita a varios autores, cada uno de los cuales designa algunas poblaciones en las que predicó Santiago Apóstol: Toledo, Tarragona, Cartagena, Zaragoza, Sevilla, Valencia, Barcelona, Lugo, Astorga, Palencia, etc.; siendo el historiador Hauberto, conocido como el Hispalense, el que claramente alude a Plasencia, al nombrar a: “… Talavera de la Reina, Buytrago, Coca, Burgos, Murcia, Plasencia, Aguas Santas (en Orense), Bilbao, Tortosa, Gerona, y otras”; concluyendo que estuvo en casi todas las ciudades de España predicando: “Et fere in omnibus caeteris urbibus praedicat”. De donde puede deducirse que probablemente pasó a modo de misionero evangelizador al menos también por aquellas destacadas ciudades que fueron elegidas precisamente por él y sus íntimos colaboradores como poblaciones episcopales cual Coria y Mérida , además de por otras muy señeras y bien comunicadas mediante buenas calzadas romanas como Cáceres con la Ruta de la Plata. Nuestro razonamiento, según se ve, no tiene nada de gratuito, sino que es muy lógico y bien fundado.

EL PRIMER OBISPO DE PLASENCIA FUE SAN EPITACIO

Por cuando Ambracia o Plasencia fue evangelizada por Santiago, ayudole mucho su discípulo San Pedro Bracharense, que es al que encomendó una labor más especial, fundacional y profunda por toda la Lusitania, cosa que se entiende bastante bien leyendo lo que escribió Calydonio, Arzobispo de Braga (Portugal) en la vida de dicho Santo, resumida por Hugo, Obispo de Oporto, en la carta que escribió al otro Arzobispo Bracharense Mauricio. Aludido San Pedro fue el que también predicó y organizó asuntos eclesiásticos en Coria y Mérida y hasta en la ciudad gallega de Tuy, conviniendo saber que por el año 37 de nuestra Era residía por la parte de la Vera o de Plasencia al menos una familia hebrea. Pues bien, un miembro de esta familia, quizás bastante joven, se llamaba Epitacio o Epitheto y era natural de esa misma zona placentina. Asistió, seguramente, a las enseñanzas evangélicas que por entonces se impartían, y de tal modo creyó en Cristo y estuvo dispuesto a ser discípulo suyo, que marchó a Galicia, en donde ultimó tan provechosamente su preparación, que poco después fue elegido para ser el primer Obispo que tuvo la referida población de Tuy, según lo hizo constar históricamente San Atanasio, primer obispo de Zaragoza.

No nos detenemos a contar la labor pastoral que realizó en Tuy, organizando el cabildo y dedicándose a otras atenciones. Lo verdaderamente interesante es saber que un poco más tarde, tal vez en vista de lo muy bien que conocía lo concerniente a Ambracia o Plasencia y su entorno, se le nombró y destinó para que fuera el primer obispo placentino. Ocurrió esto, según parece, hacia el año 40 del siglo I, desempeñando un gran trabajo apostólico al frente de la diócesis placentina por espacio de unes 13 años, ya que murió mártir allá por el año 58, a causa de la persecución anticristiana que ordenó Nerón en todo el Imperio Romano. Es muy digno, pues, que Plasencia recuerde mucho a este su primer obispo y que, rescatándolo del multisecular olvido, lo honorifique todo lo que él merece por ser hasta natural de la perla del Jerte o Ambracia. Escribió su biografía D. Juan Tamayo de Salazar, que resultaría interesantísima leerla ahora en nuestra época.

SEGUNDO OBISPO QUE TUVO PLASENCIA

Cuando San Epitacio fue trasladado a Ambracia o Plasencia, le sucedió en Tuy como Prelado diocesano San Evasio quien, unos 18 años más tarde, también vino para Extremadura, fundadamente hacia el año 58, que es por cuando murió San Epitacio e hizo falta un nuevo obispo placentino, que además dos años después, se hiciera cargo, a la vez, de la diócesis de Coria tras el martirio de San Pío, primer prelado cauriense, que estuvo en activo desde el 37 al 60; año éste 60 en que, al asistir a un Concilio que iba a celebrarse en Peñíscola (Castellón) con otros colegas, allí fue con éstos martirizado por orden del entonces Gobernador levantino Haloro. Ahora bien, referido D. Juan Tamayo dice que San Evasio fue Obispo de Coria, mas compréndase que sólo lo pudo ser a partir del año 60, en que hubo sede vacante. Dedúcese, por consiguiente, que fue antes unos dos años, prelado de sólo Plasencia desde la muerte de San Epitacio; y a continuación Obispo, al mismo tiempo, de Coria y de Plasencia hasta el año 85 (15 años de pontificado), en que fue mártir en la persecución de Domiciano, sucediéndole con las mismas atribuciones caurienses-placentinas el obispo San Jonás, como se desprende de lo que enseguida expondremos.

Y es que el padre Argáiz afirma textualmente que: “El segundo Prelado (de Tuy, en Galicia) fue San Evasio. Gobernó a Tuy algunos años, y siguiendo a su antecesor (San Epitacio) los pasos, fue a predicar a tierras de Plasencia, y parando -en tiempo oportunamente posterior- en una ciudad llamada Casar, a dos leguas de la noble Villa de Cáceres, padeció en ella el martirio. Pónelo el martirologio de la Iglesia de Plasencia en el 1 de Diciembre”. Lo cual invita a reafirmar lo dicho: que, como San Epitacio, Primer obispo de Plasencia, murió unos dos años antes que San Pío, primer obispo de Coria, probablemente San Evasio llegó a esta nuestra región extremeña para suceder, primeramente, a San Epitacio en la sede episcopal placentina, cosa que pudo ser una plena realidad por unos dos años hasta que fue martirizado el aludido San Pío de Coria que es, cuando necesitando otro prelado para la diócesis cauriense, parece que, debido al clima persecutorio que había por la zona de la Vera( pues los historiadores no hablan de nuevos obispos placentinos hasta por el año 32; tras conseguida la paz constantiniana), se optó por que San Evasio se viniera a residir a la Diócesis de Coria, empezando a servir como sufragánea a la Diócesis de Plasencia o Ambracia; motivo por el cual es muy explicable que Plasencia, con gran fundamento en la realidad, lo haya considerado tan como Obispo propio, que hasta lo hiciera figurar, canonizándolo, en su martirologio diocesano, pues según venimos deduciéndolo, verdaderamente fue obispo exclusivo suyo por unos dos años, como sucesor de San Epitacio, y después continuó siéndolo hasta su martirio de una manera sufragánea. Reflexión aparte merece ese detalle de haber sido hecho mártir en Casar de Cáceres, al tiempo que ejercía su ministerio episcopal por esta localidad, que por pertenecer a la diócesis cauriense, esto demuestra que al menos en su última fase de vida era Obispo de Coria. No el primero que tuvo esta Diócesis como han creído muchos, y entre ellos don Juan Tamayo, por eso de no haber consultado lo que han escrito Hauberto y el insigne Cronista Liberato: “Caurienses Episcopum acipierunt tempore praedicationis Sancti Iacobi Apostoli. Primus eorum sedit Pius, anno Domini 37”. Por consiguiente, el segundo obispo de Plasencia parece que fue San Evasio, así como también fu, por los motivos apuntados, el segundo obispo de Coria-Cáceres. Recordemos además que San Evasio sigue figurando como santo mártir el día 1 de diciembre del martirologio universal de la Iglesia, chocando esto con el olvido en que es tenido por caurienses, placentinos y casi todos los extremeños. Restauremos, por tanto, los honores de toda índole que merece este santo, así como también San Pío, obispo protomártir de Coria, y San Epitacio, prelado protomártir de Plasencia.

SÉPASE DISTINGUIR A SAN PÍO DE EXTREMADURA Y A SAN PÍO DE SEVILLA

No queremos pasar adelante sin esclarecer lo que se presta a uno de esos equívocos, que suelen hacer perder toda credibilidad a muchos incomprensivos, de los que suelen negar cualquier cosa cuando no saben explicársela. Hacemos alusión al hecho de haber habido en la primitiva Iglesia de España dos altas personalidades episcopales con el nombre de Pío, como ya, semejantemente, hubo dos santiagos, dos simones y dos judas en el Colegio Apostólico. Mas el Padre Argáiz, al mencionar los obispos que murieron mártires en Peñíscola (Castellón) en el año 60, cuando iban a celebrar un concilio cerca de ella en Cherroneso, de la región valenciana, cita muy distinta y separadamente a ambos Prelados tocayos diciendo:

“Pío Arzobispo de Sevilla; Basilio de Cartagena; Eugenio de Valencia; Agatodoro de Tarragona; Etereo de Barcelona; Capitón de Lugo; Efrén de Astorga; Néstor de Palencia; Arcadio de Juliobriga (Puerto de Santoña); Elpidio de Toledo. Y según Hauberto el Hispalense, Eulidio de Segovia y Pío Obispo de Coria”. Doce en total, que en esa ocasión fueron puestos en prisión por el Gobernador Haloro, y todos martirizados el 4 de Marzo en la consabida persecución decretada por Nerón. No cabe, pues, confusión entre ambos prelados que llevaron el nombre de Pío, quizás por su ascendencia italiana, ya que los romanos que habitaban entonces España procedían muchísimos de Italia, y al convertirse al Cristianismo conservaban sus nombres de origen.

OBISPOS DE PLASENCIA HASTA EL DECRETO DE PAZ CONSTANTINIANA

Continuando ateniéndonos a los datos ofrecidos por el Padre Argáiz, ningún historiador señala obispos para Ambracia o Plasencia que sucedieran a San Epitacio y San Evasio hasta que, llegado el cese de persecuciones anticristianas, habla entonces Surio del Prelado que hubo en Plasencia en el año 325. Se llamaba Fegario y llegó a participar, junto con otros 318 pontífices, en el importante Concilio de Nicea.

Dedúcese que anduvieron bastante mal las cosas en la zona placentina o de la Vera por aquellos primeros albores del Cristianismo, como también lo demuestra el hecho de haber habido, en el año 85, cuarenta y tres cristianos que sufrieron el martirio en Cáparra. Se conocen los nombres de algunos: San Carilipo; Afrodisio; Agapio; Tasebio; Félix y Atanasio. Eran todos personas muy de Iglesia que, en tan primitivos tiempos, inmigrantes o no, se habían agrupado en comunidad e imitaban a los ancestrales monjes del Líbano, que existían desde la época del profeta Elías en el Monte Carmelo, que es por lo que se los apellidaba Carmelitas, pero de esta antiquísima observancia o reglas cenobíticas. Desde la venida de Santiago a España por los años treinta y tres, o poco más tarde, hasta el 85 en que se los martirizó, bien pudieron haber construido un buen monasterio o cenobio, aunque casi todo el otro núcleo de viviendas de Cáparra fueran casas de adobes, muy poco resistentes a las inclemencias meteorológicas y a las incursiones guerreras; motivo o razón por la que hay un no despreciable fundamento lógico para pensar que las actuales ruinas que todavía existen en Cáparra, probablemente son restos de ese aludido monasterio primitivo o cenobio; conclusión ésta que puede ser interesante para la diócesis de Plasencia, y para la historia arqueológica de la provincia de Cáceres y de la región extremeña.

Era, por tanto, poco o nada aconsejable que los obispos sucesores inmediatos de S. Epitacio residieran en la misma Ambracia o antigua Plasencia y, por ello, la mejor solución que se pensaría fue la seguida por San Evasio, en cuanto a ser él y sus sucesores de entonces, prelados residenciales en Coria que simultáneamente tuvieran a su cargo, la diócesis placentina hasta que llegó la era de la Paz constantiniana, siendo fácil, en esta fundada suposición, saber los obispos que tuvo o atendieron Plasencia, a partir de San Epitacio, porque fueron los mismos que hubo en la diócesis cauriense, a saber: San Evasio (+85); San Jonás(+115?); Néstor(+130?); Paladino, oriundo de Francia; Pedro I (132); Filientinó (+139), Narciso (+150); San Próculo (+176); Félix (+202?); Amando (+236); Paulado (+276?); Jacobo o Diego I (+300?); San Leodegario Mártir (+300); y Pedro II (+336). Este seria el último prelado que sólo ya atendió conjuntamente a Coria y Plasencia, puesto que, según queda dicho, Consta que Fegario fue obispo placentino por el año 325; lo cual quiere decir que el referido Pedro II regiría a ambas diócesis por pocos años, ciñéndose oportunamente a dedicar sus atenciones únicamente a la diócesis cauriense, pues es de suponer que Fegario rigió Plasencia desde algunos años antes del 325 en que fue a Nicea.

TOTAL DESTRUCCION DE LA CIUDAD DE AMBRACIA O PRIMITIVA PLASENCIA

Al referido Fegario, le sucedió en la sede episcopal placentina Epitacio II (+352?), quien juntamente con Natal, Arzobispo de Toledo, sufrió el destierro decretado por el Emperador arriano Constancio. Siguióle como prelado Splendonio hasta el año 380. Y poco más tarde, sin decirse que ya hubiera otro nuevo obispo en Ambracia o Plasencia antigua (que quizá, por esto, estuvo atendida sufragáneamente también en esta otra ocasión por un obispo de Coria, es decir, por Marcelo I, que fue prelado por bastante tiempo hacia el año 400) llegó la invasión de los Bárbaros; Vándalos y Alanos, que destruyeron por completo a Ambracia o Plasencia primitiva, pasándose la “buena ventura -dice el Padre Argáiz- a Coria”, pues tanto vino a crecer por esto la diócesis cauriense, que ella sola abarcó durante bastantes años el territorio de ambas demarcaciones eclesiásticas extremeñas.

Naturalmente, con más razón que nunca, no podía tampoco entonces haber obispos residentes en la recién destruida ciudad placentina, siendo los de Coria quienes nuevamente volverían a hacerse cargo de la misma, empezando a regirla, seguramente, el cauriense Leoncio, que ejerció su pontificado hasta el año 432; y al que siguieron estos otros prelados: Edilio, hasta el 443; Pedro IV (+448); Esteban (+477); Juan (+496); Nasón (fallecido en ese mismo año); Flaviano (+503); Edeoto (+536); Noto (+576); Jaquinto o Jacinto (+594); Benito (+600); Pedro V (+603); Elías (+610); Pedro VI; y San Bonifacio (+636) que, por lo menos, asistió en el 633 al IV Concilio de Toledo.

Pero mucho antes sucedió que Neufila, obispo de Tuy, intentó y consiguió, en el año 584, encontrar entre las ruinas de la ciudad placentina y luego llevárselo, el cuerpo o restos de San Epitacio que, como ya se dijo en un principio, fue también el primer obispo que tuvo la referida ciudad de Galicia. Es muy importante que esto lo sepan los placentinos…

HACIA LA RESTAURACION O FUNDACIÓN DE LA NUEVA PLASENCIA.

No sabemos porqué motivos; mas aconteció que por el año 631 se nombró como sucesor de los obispos de Ambracia o antigua Plasencia, según refiere Don Juan Tamayo, a Protasio, que era calificado como “Protasio, Obispo Arcobricense”; con lo cual se hacía alusión a la ciudad de Arcóbriga, que estaba cerca de Laconimurgo que, a su vez distaba poco de Cáparra, pues Florián de Ocampo la situaba a mitad de camino derecho entre las ventas (o dos edificaciones que todavía existían entonces) de Cáparra y Ciudad Rodrigo. Era, pues, natural que, como la ciudad placentina continuaba destruida, sus obispos residieran en otras poblaciones competentes. A Protasio le sucedió el Obispo Riquila, que había sido monje benedictino en el Monasterio de San Julián Agalliense de Toledo. No está claro si la residencia la tuvo en la misma ciudad que su antecesor o en otra más de su gusto. En orden a esto conviene saber que se lo calificaba como “Obispo Obilense” (no Abulense), llegando a decir Luitprando que Obilam significaba entonces Alcántara: “Obilam, Villae haec intelligitur Alcántara”; cosa que no debiera parecer muy rara, si probablemente ya entonces existía en Alcántara el Convento benedictino de San Benito, quizás en su época de mayor esplendor, siendo lógico que D. Riquila, por ser de la orden benedictina, escogiera residir en el mismo.

No vemos reseñado el año de su defunción, pero esto pudo haber ocurrido por el año 650. Tampoco se indican más obispos placentinos al estilo de estos dos mencionados. Posiblemente, por tanto, los obispos de Coria volvieron, desde el mismo Coria, a regir sufragánea ente la diócesis de Ambracia o primitiva Plasencia. Y de esta suposición, pudo empezar a servir conjuntamente a la diócesis placentina el obispo cauriense Juan II, que, entre otras cosas, asistió al Concilio VII de Toledo, del 646, y al VIII de 653; continuando al frente de ambas diócesis, igualmente, los sucesores de éste, a saber: Donato, que asistió a un Concilio de Mérida el año 666; Juliano o Julián, durante cuyo pontificado se celebró en Toledo, en el año 677, un Concilio Nacional, en el que se definieron los limites de las distintas diócesis, asignándosele a Coria de modo ya más formal o legal todo el territorio también de la desaparecida Ambracia o antigua Plasencia, invitando esto a pensar nuevamente que los obispos de Coria eran los que reglan la diócesis placentina. Sucedióle el Obispo Ávila, que vivió por el 688; Bonifacio II, que tomo parte en el toledano Concilio XVI del 693; Juan III; San Bonifacio III, que murió mártir a manos de los sarracenos en Cuacos, cerca de Jarandilla, en la diócesis placentina, quedando por entonces Coria en poder de los moros, pero que no la destruyeron, debido a que se negoció una honesta rendición de la ciudad, de modo que todo continuó de forma bastante normal también en el asunto religioso no cesando, por ejemplo, de haber cabildo catedralicio; Pedro VIII por el año 734; Paulo, hasta el 759; Juan IV, hasta el 776; San Eugenio mártir, muerto por los árabes en ese mismo año 776; Salustio, (aunque el P. Argáiz lo trae con duda), hasta el 800; Lupo, cuyos años de pontificado no es fácil conjeturarlos, porque dice Hauberto que no hubo por entonces obispos en Coria durante unos sesenta años; Diego II, que ocupó la sede episcopal el año 875; Juliano II hasta el 897; Diego III, que asistió a un Concilio que se celebró en Oviedo en el 901; Rodrigo (Rudericus), hasta el 913; Diego IV, por el 943, aunque el P. Argaiz manifiesta no tener esto muy comprobado; Don Íñigo Navarrón, que llegó a ser Obispo después de muchos años de sede vacante debido a la invasión de los árabes, empezando él a ser prelado el año 1142; Don Suero, por el 1168; Don Pedro (Pedro VIII), por el año 1171; y Don Giraldo (+1224), que fue el último obispo cauriense que continuó rigiendo a la par la diócesis placentina, ya que por aquellos años fue restaurada o se fundó por el rey Alfonso VIII la nueva Plasencia muy cerca o por el mismo sitio donde existió, en la Vera, la destruida Ambracia o Plasencia primitiva.

Aquí nos podríamos extender mucho consultando el resumen histórico que, hace siglos, escribió Gil González y la quizás primera o más antigua Historia de Plasencia que, también en tiempos remotos, publicó el muy culto fray Alonso Fernández. Contentémonos con aclarar que: “El primer obispo que pusieron en Plasencia -dice el P. Argaiz- se llamó Don Bricio”, que comenzó desde el año 1180 en adelante (hasta que murió en 1211), concurriendo con Don Giraldo (es decir, mientras el obispo Don Giraldo era Prelado de Coria; pero que a la vez atendía a Plasencia hasta ese año en que de ésta se hizo cargo ya el primer obispo de la nueva Plasencia, Don Bricio).

Las discordancias de fechas que a veces se notan en ciertos autores pueden tener aquí alguna explicación, pues opinamos que cuando ya Plasencia contó con un núcleo urbano de suficiente entidad, fue nombrado para ella prontamente el aludido primer obispo Don Bricio, sin esperarse a tiempos posteriores en los que todo quedara muy ultimado y se procediera a la fundación o inauguración oficial de la nueva ciudad del Jerte, que tuvo lugar cuando: “Su rey fundador Alfonso VIII -según noticia tomada de la prensa- concedió Fuero Fundacional el 8 de marzo de l227”.

PRELADOS QUE INMEDIATAMENTE DESPUÉS TUVO LA NUEVA PLASENCIA

Ya nos hicimos eco de Don Bricio, como primer obispo de Plasencia quien, de inmediato, empezó a tener oportunos sucesores respecto a los que, por la índole de nuestro trabajo, casi sólo nos ceñimos a dar sus nombres. Fueron los siguientes: Don Domingo (de 1212 al 1230); Don Adán Pérez (de 1232 al 1262); Don García (por el 1266); Don Simón; Don Pedro Fernández (que por el 1269 fue verosímilmente Obispo también de Coria); Don Pedro el Segundo (de 1272 hasta el 1283); Don Domingo II (que, el 12 de marzo de 1286, firmó un privilegio de Valpuesta, lo cual indica que hubo este obispo, aunque lo silencia Gil González); Don Juan Alonso (hasta el 1290); Don Diego (hasta el 1295); Don Domingo III (de 1295 a 1336); Don Rodrigo; Don Juan II (por el 1333); Don Benito (1342); Don Andrés (1347); Don Sancho (de 1348 a 1355); Don Nicolás (de 1357 a 1362); Don Fray Juan Guerra (de 1363 a 1379); Don Fray Pedro Rodríguez de Torres, de la Orden de la Merced, que llegó a ser Cardenal, desde 1379 al 1401; Don Vicente Arias de Balboa (de 1404 a 1414); Don Gonzalo de Zúñiga (1416 a 1422); Don Fray Diego Badán o Badarán, de la Orden de San Francisco (1424), que fue promovido a Cartagena; Don Gonzalo de Santa María (de 1428 a1446); Don Juan de Carvajal O.S.B. (1446), que fue Cardenal; Don Rodrigo Dávila (de 1472 a 1506); Don Gutiérrez Álvarez de Toledo (1506); Don Gómez de Toledo Y Solís (1521); Don Bernardino de Carvajal, que obtuvo el Cardenalato (1523); Don Gutiérrez de Vargas y Carvajal (1559); Don Pedro Ponce de León (de 1559 a 1573); Don Fray Martín de Cardona y Mendoza, O.P. (1573 a 1578); Don Francisco Tello de Sandoval (1580); Don Andrés Noroña ( 1586 ); Don Juan Ochoa de Salazar (1594 ); Don Pedro González de Acevedo(1609 ); Don Fray Enrique Manrique, de la Orden de San Agustín (1622); Don Sancho Dávila y Toledo (1626); Don Francisco de Mendoza (1632); Don Cristóbal de Lobera y Torres, que habiendo sido nombrado para Arzobispo de Santiago, falleció en 1637, sin todavía haber tomado posesión de aludida dignidad; Don fray Plácido Pacheco de Ribera, O.S.B. que, previamente, fue obispo en Cádiz (+1639); Don Diego de Arce y Reinoso (1640); Don Juan Coello de Sandoval y Ribera (de 1654 a 1655); Don Francisco Guerra, de la Orden Franciscana, que fue antes Obispo de Cádiz (1656 a 1658); Don Luis Crespi de Valdaura (de 1658 a 1663); Don Fray Alonso de Santo Tomás O.P. (1664); Don Diego Riquelme de Quirós (de 1665 a 1668), que parece fue Presidente de Castilla; y Don Diego Sarmiento Valladares (de 1668 a 1675), obispo que antes había sido de Oviedo e Inquisidor General.

Acabamos de citar los Obispos que, fundadamente, con carácter residencial o sufragáneo, ha tenido Plasencia desde una época que entronca con los Apóstoles, hasta casi concluirse el siglo XVII, necesitándose investigar todavía algo más en archivos y buenas bibliotecas para completar y dar a conocer, en lo posible, un aceptable Episcopologio de la diócesis placentina hasta nuestros días.

SANTORAL DE LA DIOCESIS DE PLASENCIA

Volviendo a inspirarnos en lo que refiere el padre Argáiz, vemos que la diócesis placentina ha tenido muchos santos, por más que la gente los ignore y no les dé ningún culto ni honor, pues están, entre otros, esos obispos mártires que, ora residieran en la misma Ambracia o Plasencia primitiva, como San Epitacio, u ora residiesen en Coria, pero atendiendo sufragáneamente a la Ciudad del Jerte, según lo dedujimos de San Evasio, fueron todos de algún modo placentinos por su vinculación a Plasencia.

Hecha esta necesaria observación, fueron y son santos de la diócesis placentina las siguientes personas:

  • Los obispos San Epitacio; San Evasio; San Jonás; San Próculo; San Leodegario; San Bonifacio I (no mártir?); San Bonifacio III (ciertamente mártir); San Eugenio y San Juan el Magno, abad que fue, por el año 631, del monasterio de San Martín de Carnaceda, cerca de Garganta la Olla, al que el Arzobispo de Mérida Bento, previa autorización del Sumo Pontífice Adriano, lo inscribió (hacia el año 870) en el Catálogo de los Santos del Obispado de Plasencia o del Arzobispado Emeritense.
  • San Carilipo; San Afrodisio; San Agapio; San Eusebio; San Félix; San Atanasio; y varios más hasta un total de 43, que fueron hechos mártires en Cáparra en el año 85 durante la persecución de Domiciano, debiéndoselos denominar: San Carilipo de Cáparrá; San Afrodisio de Cáparra, etc.
  • San Eusebio, y otros nueve compañeros, que fueron martirizados en Medellín, diócesis de Plasencia, en el año 134, de lo cual da cuenta Hauberto y el cronista Juliano.
  • San Teodoro y toda una comunidad de cenobitas o ermitaños que sufrieron el martirio asimismo en Medellín, pero en el año 3o5, durante la persecución de Diocleciano.
  • San Marcos y otros compañeros, que, durante esta otra época de Diocleciano fueron hechos mártires también ahora en Cáparra, en la nueva persecución habida el año 308.
  • San Hermógenes y San Donato que, aunque naturales de Trujillo, o de la diócesis placentina, consumaron su martirio en la 9iudad P7neritense por cuando Santa Eulalia de Mérida, de la que San Donato, sacerdote, fue su maestro, catequista o formador de su fuerte personalidad cristiana. A los que hay que sumar otros veintidós compañeros trujillanos que fueron hechos mártires, igualmente entonces, en referida ciudad extremeña de Mérida.
  • Son, por tanto, muchos más de ochenta los santos de la Diócesis de Plasencia sólo contando los que nosotros hemos podido averiguar y omitiendo referir los de épocas posteriores y recientes.

COLOFÓN

Es una pena que tengamos tan olvidados a estos héroes españoles y extremeños. Dedíquensele santuarios, altares, calles, monumentos públicos, imágenes religiosas y cuadros, días de fiesta, romerías, actos honoríficos o de homenaje social, misas propias y votivas, peculiares rezos litúrgicos que apruebe el Vaticano, novenarios y triduos parroquiales, biografías y libros semejantes, medallas, objetos de recuerdo, estampas, hojas y folletos de divulgación, etc.; porque sin estas y otras cosas que sirvan para honrarlos, festejarlos y recordarlos a menudo, continuarán relegados al más completo olvido en desprestigio a la vez de nuestra región que no puede santamente alardear, como otras, de tener muchos e insignes o grandes santos paisanos.

Oct 011987
 

Juan Francisco Arroyo Mateos.

Según leemos en la obra «Mujeres extremeñas» de don Valeriano Gutiérrez Macías, Santa Rosa de Lima está muy vinculada a Extremadura y en especial a la provincia de Cáceres y Diócesis de Plasencia, porque su padre, don Gaspar de Flores, era natural de Baños de Montemayor, aunque posiblemente esta localidad era entonces también de Coria…

Fue este señor un bravo y viejo sargento que, en el siglo XVI, marchó al Perú, en donde se cubrió de gloria, debido a los más de cien combates que tuvo que sostener contra los indios.

Estaba soltero; pero le llegó la hora de casarse y entonces contrajo matrimonio con la doncella Maria de la Oliva, hija también de españoles, ya que era natural de Carmona, provincia de Sevilla, que hoy día es un importante centro comercial, distinguiéndose antiguamente como ciudad muy vinculada a Roma y posteriormente a los árabes, motivo por el cual posee algunos relevantes monumentos romanos y mudéjares.

Abundando en esto, añadiremos que, según la tradición, la referida Maria de Oliva, madre de Santa Rosa, fue bautizada en la aludida ciudad de Carmona, puesto que hasta lo acredita una lápida de mármol que hay junto a la vitrina de la antigua pila bautismal de la parroquia carmonense de San Pedro, cosa que afirmó y refrendó uno de sus últimos párrocos en una carta-informe escrita el 16 de diciembre de 1972.

Ahondando en este asunto, a muchos les agradará saber cuántos hijos tuvieron los padres de Santa Rosa, y les diremos que Dios les concedió nada menos que once. La santa era de los hermanos la de menor edad. Nació en Lima (Perú), considerada entonces como la Ciudad de los Reyes; pero, ¿en qué fecha?…

Fue exactamente en el día 30 de abril de 1586. Y esto quiere decir que, desde el 30 de abril de 1986 a igual fecha de 1987, año en el que nos encontramos, se ha estado celebrando el IV Centenario de su nacimiento en muchos lugares, menos en nuestra región extremeña por olvido u otros motivos que ignoramos. Mas todavía no es tarde, si se quisiera hacer algo antes de que termine este año 1987.

Añadiremos que Santa Rosa era rubia, vivaracha, de piel suave y rosada. Se le puso en el bautismo el nombre de Isabel, en recuerdo de su abuela materna doña Isabel de Herrera; pero al administrársele el sacramento de la Confirmación, se le cambió por el de Rosa, debido esto a que así la nombraban con gran cariño su padre don Gaspar y una mujer india que tenían como empleada de hogar.

Por consiguiente, en el nombre de Rosa influyó mucho Extremadura, porque su padre, que tanto la motivó, era extremeño. Mas no quedó en sólo llamársela Rosa, sino Rosa de Santa Maria, lo cual no sabemos si se debe a la iniciativa de ella misma o a la del Arzobispo español, entonces de Lima, Santo Toribio de Mongrovejo, que fue quien le administró susodicho sacramento de la Confirmación. Lo último que hemos leído dice que fue ella la que agregó esa denominación «de Santa Maria», quizás por cuando vistió el hábito de la Tercera Orden de Santo Domingo, pues llegó a ser Terciaria Dominica.

Hizo grandes progresos en la vida de oración, penitencia y demás virtudes, queriendo imitar lo más posible Santa Catalina de Siena. Y por ello arribó a tan gran santidad, que Dios la favoreció con insignes dones místicos, como el de impartirle muy provechosas enseñanzas, una de las cuales fue la siguiente dirigida al bien del prójimo:

«Que todos sepan -le dijo el Señor- que la tribulación va seguida de la gracia; que todos se convenzan que sin el peso de la aflicción no se puede llegar a la cima de la gracia; que todos comprendan que la medida de los carismas aumenta en proporción con el incremento de las fatigas (siempre que estas penalidades se sufran -evidentemente- por amar y servir a Dios y al prójimo con fervor y no de una forma laica o no religiosa)”“Guárdense los hombres de pecar – le añadía- y de equivocarse: ésta es la única escala del Paraíso, y sin la cruz – o necesarias molestias que uno debe tomarse para cumplir los divinos mandamientos- no se encuentra el camino para subir al Cielo».

Apenas escuché estas palabras -dice ella-, experimenté un fuerte impulso de ir en medio de las plazas, a gritar muy fuerte a toda persona de cualquier edad, sexo y condición: «Escuchad, pueblos, escuchad todos. Por mandato del Señor, con las mismas palabras de su boca, os exhorto: No podemos alcanzar la gracia, si no soportamos la aflicción; es necesario unir trabajos y fatigas para alcanzar la íntima participación en la naturaleza divina, la gloria de los hijos de Dios y la perfecta felicidad del espíritu».

El mismo ímpetu me transportaba a predicar la hermosura de la gracia divina; me sentía oprimir por la ansiedad y tenia que llorar y sollozar. Pensaba que mi alma ya no podría contenerse en el del cuerpo, y más bien, rotas sus ataduras, libre y sola y con mayor agilidad, recorrer el mundo, diciendo: «¡Ojalá todos los mortales conocieran el gran valor de la divina gracia, su belleza, su nobleza, su infinito precio, lo inmenso de los tesoros que alberga, cuántas riquezas, gozos y deleites! Sin duda alguna, se entregarían, con suma diligencia, a la búsqueda de las penas y aflicciones (que es necesario afrontar para cumplir los deberes cristianos, y así no pecar y mantenerse en gracia de Dios, con la que se merece la felicidad eterna). Por doquiera en el mundo, antepondrían -las personas de buena voluntad- a las fortunas las molestias, las enfermedades y los padecimientos, incomparable tesoro de la gracia. Tal es la retribución y el fruto final de la paciencia (es decir, logra mantenerse en gracia de Dios y oportunamente alcanzar la vida eterna). Nadie (que tuviera esta fe y esperanza) se quejaría de sus cruces, si conociera cuál es la balanza (de merecer para siempre el Cielo por sólo los breves padecimientos que implica comportarse uno como buen cristiano, que se esfuerza por no pecar en nada, o enseguida ponerse en gracia cuando es vencido por la debilidad humana) con que los hombres han de ser medidos».

Todos estos párrafos dicen mucho en pro del buen espíritu, fervor y gran santidad de Santa Rosa de Lima, que no sin suficientes y poderosísimas razones la Iglesia la nombró celestial Patrona de las Américas.

Murió el día 24 de Agosto de 1617, celebrándose ahora su fiesta litúrgica el día 23 de agosto de cada año. ¡No la olvidemos los extremeños, porque es de nuestra sangre y linaje!

Oct 011986
 

Juan Francisco Arroyo Mateos.

Dícese que los españoles leemos pocos libros, lo cual es verdad a tenor de las estadísticas que suelen publicarse. Pero de todas maneras siempre hay un núcleo de personas muy amantes de la lectura. Ahora bien, ¿qué tipo de literatura escogen ordinariamente? Hay que responder que eligen casi siempre publicaciones recientes o de actualidad y son muy pocos los lectores que siente curiosidad por lo antiguo. Por esto no se los ve consultar libros viejos de esos que tienen cubiertas de pergamino. Y esto es un gran mal, porque quedan relegados al olvido, y no vuelven ya a sacarse a flote muchos datos históricos, a veces interesantísimos.

Lo demostramos, trayendo a colación, lo que un día hicimos por consultar algo en ciertos libros de siglos pasados y terminamos por quedar asombrados de lo que conseguimos leer. Trátase de un tomo escrito por el Padre Maestro fray Gregorio de Argáiz, cronista de la religión de San Benito, que fue publicado en Madrid em el año 1625. ¿A que se debió nuestra admiración? Fue motivada porque el referido monje benedictino, que es un gran historiador y conocedor de muchas obras de otros autores, relata sucesos de suma importancia respecto a la ciudad y diócesis de Coria, pues habla, entre otras cosas de: de los orígenes de Coria como ciudad; de los orígenes de Coria como capital de una diócesis española; y, además, da a conocer nombres de varios santos y santas muy vinculados a Coria, al mismo tiempo que da cuenta del nombre (y algunas circunstancias históricas) de todos o casi todos los obispos que hubo en nuestra diócesis desde su fundación hasta su época.

CIUDAD ANTIQUISMA

Hay un momento en que el padre Argáiz se refiere a la región extremeña, de la Lusitania, y cita las ciudades de Cesarobriga, Ambracia, Cáparra, Coria, Castra Cecilia, Castra Julia y la insigne colonia Metellina, que «tanto ruido hicieron cuando se fundaron, pues tuvieron padres (fundadores) tan grandes como los Césares, Julios, Cecilios y Metelos».

Especifica luego que las dos más antiguas ciudades de por aquí, han sido las de Ambracia y Coria. Ambracia es lo mismo que decir Plasencia. Perdió ese su primitivo nombre debido a que quedó casi arrasada por incursiones guerreras, motivo por el que «perdió el ser Ciudad, y ésta reducida en una población llamada la Bera no lejos de la ciudad de Plasencia, gastando el titulo de Ambracia y quedando en el de Beracia hasta parar en el de la Bera». Palabra que después se ha escrito con “V”, y de ahí el que a esa demarcación aledaña se la denomine de La Vera. Así pues, la actual Plasencia surgió bastantes siglos más tarde de las ruinas la muy antigua y autentica ciudad de Ambracia.

«Las otras ciudades que adornan esta parte de tierra no son tan antiguas -aclara también el padre Argáiz-, porque a Castra Julia, que es la ciudad de Trujillo; Castra Cecilia, que es Cáceres; Colonia Metellina, que es la de Medellín; y Cesarobriga, que es la de Oliva; fundáronlas los capitanes y gobernadores romanos que estuvieron, ya de guerra, ya de paz, en la Lusitania muchos años adelante (es decir, después que ya habían sido fundadas Ambracia y Coria), y poco antes de la venida de Cristo». Cosa semejante puede deducirse acerca de Mérida, porque su antiguo nombre de Emérita Augusta denota que fue fundada por los romanos y, por ende, más tarde que Coria y Ambracia.

Viene ahora la gran pregunta: ¿Quién, pues, fundó estas dos ciudades antiquísimas? Y contestamos que fueron algunos colonizadores provenientes de la parte de Grecia, Mar Egeo y Asia Menor. Así lo colegimos de lo que trae el padre Argáiz, quien manifiesta que «Ambracia fue fundada por los de la provincia de Epiro, vecina de Grecia». Cita seguidamente un libro de Tito Livio y otro de Julio César. Y explica:

«Estos epirotas, viniendo envueltos con los griegos y de otras naciones de la Asia, es cierto que la dieron principio y luego el nombre, a devoción de la Ciudad de Ambracia, para tener en España ese recuerdo de su Patria, al paso que la de Coria tengo sospecha que la edificaron los de la Isla de Cauros, que está vecina de la celebrada de Samos en Asia; porque a Coria veo que la llama Tolomeo Caurium. Estas dos ciudades -por tanto- fundaron (los referidos greco-asiáticos) en la Vetonia (región que, según el diccionario, ocupaba parte de ambas castillas, de Extremadura y de Portugal) y no llevándose a mi parecer muchos años las dos en antigüedad, pues aquella dispersión de Griegos y Assianos (asiáticos) por España con los de otras naciones fue su mayor avenida (llegada a nuestra patria) después de la destrucción de Troya».

Pondera a continuación el susodicho monje benedictino, el hecho de que Coria haya siempre conservado su nombre, que en latín es Caurium, que es como la nombra también Plinio.

De todo lo cual puede concluirse que, como Ambracia, la verdadera Ambracia antigua, desapareció, y todas las otras ciudades relevantes de la antigüedad fueron ya romanas en nuestra región, probablemente Coria es la ciudad más antigua o decana de Extremadura.

EL PRIMER OBISPO DE CORIA FUE SAN PIO, DISCIPULO DE SANTIAGO APOSTOL

Por ser Coria una ciudad tan antigua, de tiempos bastante anteriores a Jesucristo, su fama era grande. De aquí que, cuando Santiago Apóstol vino a España, tuviera enseguida noticias de la misma, y por esto fue una de las ciudades que escogió para oportuna sede episcopal. Era necesario evangelizarla antes, y de esto se encargó uno de sus discípulos llamado San Pedro Bracharense, quien recorrió toda la Lusitania y sembró la doctrina de Cristo en «casi todas las ciudades que encierra la Vetonia, y en particular las de los dos obispados de Coria, y de Plasencia». Así lo refiere también Calidonio, Arzobispo de Braga (Portugal). Tras de esta labor de precursor que hizo madurar las circunstancias, fue cuando el propio Santiago Apóstol señaló para primer obispo de Coria a su discípulo, San Pío; verdad que consta por varios autores como son, entre otros, Hauberto y el insigne cronista Liberato. Dice textualmente el P. Argáiz: «Estimó el Apóstol Santiago mucho a la Ciudad de Coria; y entre las que señaló por episcopales (en España), fue una de ellas; y así con razón tiene allí dedicada iglesia (la iglesia de Santiago que, aunque en un principio se la construyera de forma muy sencilla, quizás fue la primera y eventual catedral diocesana) que es una de las dos parroquiales que hoy (en le siglo XVII) se conserva».

Digamos algo de San Pío, primer obispo de Coria, que antes fue compañero en las tareas apostólicas del aludido San Pedro Bracharense, y empezó su labor episcopal diocesana en el año 37 de la Era Cristiana. Como fue discípulo directo de Santiago, nuestra Diócesis entronca con los Apóstoles, gracias a él. Y entre las cosas que realizó está la de haber organizado el Cabildo con el debido número de clérigos, vida común y especiales reglas y forma de vivir en aquellos tiempos, ajustándose a lo que igualmente se hizo en Toledo, Mérida, Braga y otras ciudades episcopales. Trabajó en los distintos apostolados diocesanos más de veinte años, predicando y convirtiendo un gran número de hebreos y de gentiles. Y terminó siendo mártir, pero no en nuestra región, sino en la villa de Peñíscola, cerca de Valencia a donde se dirigió (lo mismo que otros colegas), para tener allí un concilio. El gobernador que ordenó su martirio se llamaba Haloro, quien, como se ve, cumplía bien las despiadadas órdenes del Emperador Nerón.

Hubo por entonces una gran persecución, y se pone como segundo obispo conocido de Coria a San Evasio, que antes de serlo en nuestra Diócesis lo había sido en Tuy (Galicia), de donde se desplazó quizás para sustituir o llenar la vacante dejada por San Pío, pero que «vino a morir en el Casar, cerca de la villa de Cáceres, que es (en el siglo XVII) cabeza de uno de los seis Arciprestazgos de Coria; y si allí ejerció actos Pontificales (pues habría ido a administrar confirmaciones o a predicar, etc.), muy bien puede ser tenido por Obispo de Coria -dice á, P. Argáiz-, como -también- lo prueba Don Juan Solano». Era esto por el año 60.

OTROS OBISPOS DE LA DIOCESIS DE CORIA

Dado la índole de este trabajo, resulta imposible detenernos a ofrecer datos, incluso breves, de cada obispo cauriense. Sólo, pues, nos contentaremos con decir sus nombres y señalar el año en que, aproximadamente, residieron en nuestra Diócesis. Nos servimos para ello de lo que escribió y publicó el tantas veces ya aludido historiador, el padre Argáiz. Conviene advertir que los que son calificados como Santos, sobre todo se hace porque sufrieron el martirio.

Según lo dicho, ¿qué obispo siguió a San Evasio? Fue San Jonás, que vivió por el año 85. A éste le siguió el obispo Néstor (Ano 115); y después correlativamente llegaron y se fueron sucediendo escalonadamente: Palandino (130); Pedro (132); Filientino (139); Narciso (150); San Próculo (170); Félix (202); Amando (236); Paulato (255); Jacobo (300); San Leodegario (300); Pedro II (336); Celiolo (347); Olimpo (357); Decencio (358); Pedro III (379); Marcelo (400); Leoncio (432); Edilio (443); Pedro IV (448); Esteban (477); Juan (496); Nasón (496); Flaviano (503); Edeoto (536); Noto ( 576 ); Jaquinto ( 590). N. B. Hemos aludido a Jacobo o Diego I, del cual luego no se acordó Argáiz al referirse a Diego III y haber sólo citado a otro Diego, que era Diego II.

Llegados aquí es necesario hacer saber que algunos escritores modernos, que no han investigado a fondo en este asunto, han creído falsamente que la Diócesis de Coria y su Episcopologio tuvieron inicio a partir de este último referido obispo Jaquinto o Jacinto. Pero, como se deduce de cuanto venimos exponiendo, han estado muy desinformados y luego acusadamente equivocados. Lo que ocurrió es que, después de Jaquinto, dice el padre Argáiz, «se dispusieron las cosas de Coria de modo que los del Cabildo eligieron al monje benedictino Benito para la sede episcopal. Procedía del Monasterio de Santo Domingo de Silos, que había edificado el católico rey Recaredo el año 593, dedicándolo a la Virgen María y a San Sebastián”.

Tan equivocados están algunos autores, que también yerran en no poner como sucesor de Jacinto a este otro obispo Benito, y hasta silencian al sucesor de Benito que fue el obispo Pedro V (603), que, entre otras buenas obras, fundó un convento de Monjas en Coria, que hay que distinguir de otro que ya existió desde por el año 362, que lo habitaron religiosas Carmelitas de la antigua observancia, muy distintas de las posteriores o ya reformadas por Santa Teresa. Sin detenernos en dar más explicaciones, añadiremos que enseguida hubo ya estos otros obispos caurienses: Elías (610); Pedro VI; San Bonifacio, no mártir (633); Amanungo (638); Juan II (646); Donato (666); Juliano (672); Ávila ó Bábila (681); Bonifacio II (693); Juan III (697); San Bonifacio III Mártir (714); Pedro VII (735); Paulo (759); Juan IV; San Eugenio, mártir (776); Salustio, el cual es traído como dudoso, debido a cierta palabra que, en vez de decir cauriense parece que dice caridensis; pero que en nuestra estimación, como es difícil aplicar ese calificativo a obispos de otra ciudad, seguramente que se trata de una palabra mal escrita por equivocación o descuido, siendo, pues, muy probable que ese obispo fuera también de Coria (794); Lupo (800), de quien no resulta lógico suponer que tardara tanto en ser nombrado obispo después del referido San Eugenio, aconsejando ello interpretar que efectivamente Salustio fue el obispo inmediatamente anterior a él. Eran tiempos de la dominación árabe, y ya por espacio de sesenta o más años no se permitieron obispos en Coria hasta que hubo los llamados Diego (875); Juliano II (897); Diego III (899); Rodrigo (913); Íñigo Navarrón (1142); Don Suero (1155); Don Pedro (1171); Don Giraldo (1186); etc.; terminándose esta relación con unas palabras manuscritas en las que se dice que Don Juan de Porras fue obispo electo de Coria el año 1683. Omitimos, pues, los nombres de muchísimos obispos anteriores a este último año reseñado. Lo principal era dar cuenta de los más antiguos porque de los otros hay más fuentes y documentos que ayudan a conocérselos. N. B. No hay equivocación en poner Diego III, pues dice el padre Agáiz que hubo dos antes con ese o equivalente nombre: Jacobo; aunque él no logró identificarlo; pero si nosotros, según lo dijimos en nota anterior.

SANTOS Y SANTAS DE CORIA COMPLETAMENTE RELEGADOS AL OLVIDO

Basta leer lo que llevamos escrito para cerciorarnos de que ha habido varios obispos santos más o menos vinculado con Coria y su Diócesis; razón ésta para poder y deber considerarlos como propios o diocesanos. San Pedro Bracharense no es justo sea reputado como extraño, puesto que fue quien primero nos evangelizó por orden y en nombre de Santiago Apóstol; a San Pío también debemos tenerlo como nuestro, porque entre nosotros gastó casi toda su vida como primer obispo cauriense. Algo semejante hay que afirmar acerca de San Evasio, ya que, aunque procediese de la región gallega, fue en nuestra Diócesis donde consumó su glorioso martirio. Tenemos después a San Jonás; San Próculo; San Leodegario; San Bonifacio, confesor; San Bonifacio, mártir; y San Eugenio, también mártires de Cristo.

A ellos hay que sumar algunas Santas, como:

– Santa Máxima, virgen y mártir.- Fue monja del Convento de Carmelitas de la Antigua observancia de Coria, y llegó a conseguir la palma del martirio el año 362 en la persecución de Juliano el Apóstata, estando ella por entonces en Roma.

– Santa Majencia.- Era natural de Coria y, trasladada a la ciudad de Trento, llegó a ser madre de San Virgilio, obispo de la referida ciudad italiana. Según se observa no fue monja ni mártir, sino una santa esposa que hasta consiguió tener un hijo Santo. Vivió por el 419.

– Santa Vicenta, Virgen y mártir.- La cual, por no querer ser rebautizada de la manera que los arrianos lo hacían, prefirió morir en los tormentos que le aplicaron, haciéndose Coria más ilustre y celebrada con tener por hija a esta mártir, que con los favores de Viriato, can cuyo nombre -dice el Padre Argáiz- están tan presumidos los mármoles de Coria. Ocurrió este martirio allá por el año 424.

– Santa Deodevota, Virgen y mártir.- Perteneció al Convento de Monjas benedictinas de Coria, y su martirio se debió a la persecución que hubo hacia el año 735, reinando en Córdoba el sarraceno Abdemelich, extendiéndose a las ciudades en que él dominaba. No está claro el motivo de esta muerte. El P. Argáiz opina que se debió a la defensa que ella hizo a favor de su castidad, prefiriendo morir antes que ceder nada en este punto, a pesar de las amenazas de los impúdicos árabes.

– San Rufo, -Mártir.- Era hijo del entonces cual Jefe o Alcalde de Coria, que se llamaba Centilio, y por causas que no se especifican, derramó su sangre por la Fe cristiana el año 228.

– San Félix, Fortunato y Aquileo.- Estos también fueron víctimas de persecución, pero en Valencia de Alcántara, que ya era considerada como uno de los Arciprestazgos de Coria, sucediendo ello en el año del Señor 255. Ignoramos si, no obstante lo dicho, eran naturales de Coria. Por lo menos el P. Argáiz alude a ellos en una digresión, según va escribiendo acerca de obispos caurienses.

– San Vigilio.- Indirectamente nos hemos ya referido a este santo obispo de Trento, que, por ser natural de Coria, es muy posible que este su hijo también naciera en Coria, si ella se fue a vivir a Italia cuando ya le había engendrado y era quizás algo mayorcito. En cualquier suposición siempre será verdad que al menos es oriundo de la citada Ciudad del Alagón.

– Otros muchos Santos.- Adviértase que nos estamos refiriendo a los ocho primeros siglos del Cristianismo, respecto a los que otros historiadores podrán haber escrito más completas noticias que el P. Argáiz. ¿Cuántos santos no habrá seguido habiendo en Coria desde entonces acá? Uno de los últimos muy vinculado a ella, por haber sido obispo de la misma, es el Cardenal D. Marcelo Spinola, cuyo proceso de beatificación y canonización está adelantadísimo. No importa que fuera natural de otra parte, pues tampoco nació en Coria San Evasio, y sin embargo es considerado como una gran gloria de nuestra Diócesis.

CONCLUSIONES FINALES

Sería una pena que por falta de patriotismo local, diocesano, provincial y regional, todo esto que hemos desempolvado o vuelto a recordarse se echase en saco roto. Nuestros mayores lo merecen todo de nosotros. Así pues, es justo que mencionados Santos empiecen a ser más conocidos, más amados y más honrados o venerados, mediante realizaciones con que los traigamos frecuentemente a la memoria. Estas pueden consistir primeramente en representarlos en estampas, cuadros, medallas, imágenes para el culto y estatuas para monumentos públicos, pues siempre se ha dicho que ojos que no ven, corazón que no siente. Cierto es que carecemos de una foto de los mismos. Tampoco se tuvo de la Virgen María y del Señor, y sin embargo, se los representa de mil santísimas maneras que a veces excitan mucho a la devoción. También merecen que se les dediquen altares en los templos, santuarios particulares y que, sobre todo en Coria, lleven sus nombres muchas de las calles. De todos o de alguno, porque, por ejemplo, vemos que el 1 de Diciembre se hace alusión a San Evasio, Obispo y Mártir, que fundadamente pensamos se trata del segundo obispo de nuestra diócesis, ya que, en todo el libro, no se menciona a otro obispo llamado así, que a la vez hubiera sufrido el martirio. De los que no se llegare a descifrar su ancestral día festivo, la competente autoridad eclesiástica podrá resolver esta cuestión, señalando una fecha oportuna anual, pues esto es muy imprescindible para poder rendir los merecidos cultos a nuestros Santos diocesanos y poderse organizar con tiempo algunas sanas diversiones y regocijos en esas efemérides. Más aún: ¿Por qué al gran taumaturgo portugués se le llama San Antonio de Padua, a pesar de que fue natural de Lisboa? La contestación es sencilla. Se debe ello a que este Santo tuvo en la ciudad italiana de Padua su último gran centro de actividades apostólicas; lo cual, en nuestro caso, ofrece mucha luz para comprender cuán semejantemente justo y conveniente sería hacer cosa parecida con los Santos Obispos que gastaron sus vidas en Coria y otros santos y santas también caurienses. Porque sin este procedimiento, no es nada fácil identificarlos, por haber en el Santoral católico muchos bienaventurados que llevaron en vida idéntico nombre propio. De esa manera al calificárselos como San Pío de Coria, San Evasio de Coria, Santa Máxima de Coria, etc., sabríamos con toda certeza que estamos homenajeando a santos muy vinculados a nuestra tierra, ora por naturaleza, ora por afinidad de grandes apostolados y virtudes practicados entre nosotros. Fijémonos en este detalle: resulta que en Aldea Moret veneran a San Eugenio. Pero, ¿Qué San Eugenio es éste? ¡Lo ignoramos! Como se trata de una Parroquia de nuestra Diócesis cauriense, en la cual hubo un santo obispo que se llamó Eugenio, lo lógico es pensar se trata de este santo mártir diocesano. El modo de estar en lo cierto sólo es ése de denominárselo siempre como San Eugenio de Coria. Pero nos tememos que, por desconocimiento de cuanto llevamos dicho o por no haberse caído en la cuenta de que en nuestra Diócesis hubo allá por el año 776 un San Eugenio, obispo y mártir, se prefiriera haber constituido como Titular y Patrono de referida localidad a un San Eugenio, obispo y confesor, de otras latitudes; con lo que una vez más estaría patente lo poco que los cacereños, caurienses y extremeños hemos estimado y hecho valer lo nuestro. ¡Debemos cambiar! ¡Urge el cambio! ¡Sobre todo desde ahora para honrar lo más justamente posible, sin injustos olvidos ni perpetuas desatenciones y omisiones humillantes, a nuestros Santos diocesanos!

COLOFÓN

Hasta aquí lo que hemos logrado investigar, deducir y ordenar, inspirándonos en la obra “Soledad laureada por San Benito y sus hijos en las iglesias de España”, t. V, pp. 291-313, escrita en por el padre fray Gregorio Argáiz O.S.B. el diccionario Espasa dice el de él lo siguiente: “Religioso español, nacido en Logroño, que floreció en el siglo XVII. Entró en la abadía de benedictinos de San Salvador de Ona, donde de muy pronto se distinguió como hombre de ciencia; a la muerte de Yepes continuó las Crónicas de la Orden. Escribió: “Corona Real de España” fundada en el crédito de los muertos; “La perla de Cataluña, historia de Nuestra Señora de Montserrat”; “Población eclesiástica de España”; “Vida del patriarca San Benito”; “Vida de San Isidro labrador, patrón de Madrid”; etc.”. Si se quiere ahondar en temas como el que hemos tratado, conviene consultar las obras de este benedictino y aquellas que él suele citar, v. g.: las de Liberato; Juan Solano; Yepes; etc.; y Luiprando.

Oct 011986
 

Juan Francisco Arroyo Mateos.

Sabido es que recientemente se ha empezado a conmemorar en grande, con distintos actos, el cincuenta aniversario de la muerte del poeta Federico García Lorca; pero, por lo que llevamos observado en nuestra provincia y región, parece ser que la casi totalidad de los cacereños y extremeños no hemos caído en la cuenta de que en el día 28 del ya pasado mes de agosto fue la no menos importante fecha para nosotros del trescientos cincuenta aniversario del fallecimiento de Francisco de Paniagua, fundador o iniciador de todo lo que representa tener Cáceres por Patrona celestial a Nuestra Señora de la Montaña.

Esta oportunísima noticia la entresacamos de lo que publicó en la prensa, el 1 de Mayo de 1983, el conocido columnista Fernando, quien aludió entonces, entre otras cosas, al testamento que hizo don Pedro de Ovando, mediante el que se donó a Francisco de Paniagua aquel trozo de terreno de la Montaña, en el que éste pudo construir la primitiva y sencilla ermita, que con el tiempo se convertiría en el Santuario que todos conocemos; especificándose que referido testamento fue otorgado en Cáceres el 24 de Mayo de 1636.

Ahora bien, a continuación se agregaba que Francisco de Paniagua, entregó pocos meses después su alma a Dios muriendo el 28 de Agosto de ese mismo año de 1636.

Luego desde igual fecha de Agosto de esté año 1986, si echamos bien las cuentas, nos daremos cuenta de que hemos entrado de lleno en el 350 aniversario de la muerte de tan esclarecido y santo extremeño.

¿No será, pues, justo que, desde ahora por todo un año conmemorativo de referido aniversario, se le recuerde y honre como semejantemente se viene haciendo ya en Andalucía y toda España con Federico García Lorca? ¿Optaremos por olvidar a uno de los hombres más ilustres y benefactores, sobre todo de Cáceres y su provincia? ¿No es digno de algún monumento y de que se inicie su proceso de beatificación, etc.?

Si la excelsa y fecunda personalidad de alguien podemos conocerla por su frutos u obras, ¿Qué otros paisanos y entidades de nuestra tierra han influido y siguen influyendo tanto en el bien espiritual de Cáceres y su comarca como Francisco de Paniagua lo consiguió hasta aquí de un modo constante mediante su Imagen de la Virgen, el santuario cada vez mejor y todo lo bueno que se viene derivando de estas dos magníficas realidades, a cuya vera y protección quiso también edificarse la muy santificadora Casa de Ejercicios espirituales diocesana?

Nos faltan palabras para ponderar justamente la poco meditada, oculta, pero ante Dios muy rica personalidad de Francisco de Paniagua, aunque en su sencilla vida se pareciera mucho al Patriarca San José, del que tampoco se cuentan grandes milagros. Bástenos saber que lo que él hizo se parece al evangélico o diminuto grano de mostaza (que es lo que, en cierto modo comparativo, fue su imagencita de María Santísima); grano o semilla que sembrada o plantada luego en la Montaña cacereña, conocida entonces como Sierra de la Mosca, se transformó con la bendición de Dios en todo el inmenso árbol, cuyas ramas o influencias y santos frutos llegan a todos los que quieran cogerlos y degustarlos.

Para hablar más en concreto, añadiremos que Francisco de Paniagua no era sacerdote. Fue un simple seglar, natural del pueblo de Casas de Millán (Cáceres); el cual adquirió o le regalaron una pequeñita Imagen de Nuestra Señora Montserrat, que se trajo a Cáceres el año 1621. No hemos leído que fuese pastor de algún rebaño, aunque no le faltasen algunas ovejas o ganado para su manutención. Es lógico pensar, por tanto, que su afán fuese el de ser anacoreta, es decir, un hombre piadoso que, tal vez, quiso imitar en algo la vida que llevó en el desierto San Antonio Abad, San Pablo de Tebas y otros eremitas antiguos, dedicándose especialmente a profesar una gran devoción a la Santísima Virgen María, y a procurar que todo el mundo amara y honrara a esta Gran Señora, motivo por el cual bajaba desde la montaña a la ciudad con alguna frecuencia, portando su imangecita, debido a que se propuso construirle una capillita allí en la montaña, y para ello necesitaba limosnas o donativos.

Presentóse, por fin, un momento en que ya consiguió la suficiente ayuda, como era también la ya mencionada de donársele el solar o terreno; y enseguida edificó él con sus propias manos la ermita o capillita primitiva, gracias también a la gran comprensión y desvelos del presbítero don Sancho de Figueroa, quien tanto en vida como después de haber muerto Francisco de Paniagua, fue el gran impulsos inicial de todo lo que más tarde ha llagado a ser el actual y acogedor Santuario de Nuestra Señora de la Montaña.

Oct 011984
 

Juan Francisco Arroyo Mateos.

Cristo dijo a la cananea que era designio o precepto de su Eterno Padre no poder atenderla; pero cuando se vio insistentemente rogado con gran fe, caridad para con un alma necesitada, etc., entendió que cesaba ese precepto y se convertía en el deber de acceder enseguida la petición hecha. El Salvador abandonó con mucha humildad su primera postura para adoptar la segunda que era la que reclamaban las nuevas circunstancias. Lo cual es todo una divina lección de inspiración respecto al asunto del sacerdocio de las féminas competentes ante la enorme necesidad de operarios para la mies en la actualidad, aún cuando hasta aquí hubiera habido un hipotético designio contrario. Pedimos fervorosísimamente este sacerdocio a la iglesia con no menor fe y razones que las que esgrimió la cananea. Pues podrá comprenderse que el negarlo y hasta el retardarlo, no se ajustaría al Evangelio o ejemplo del Mesías, sino que ello sería fruto de un, desde ahora, desenmascarado tradicionalismo injusto y, por ende, herético.

El Vaticano II condena toda forma de discriminación de la mujer por razón de sexo como contraria al plan de Dios (GS. 29 y 9). Exceptuarles a sabiendas el sacerdocio es parecerse a los herejes novacianos, etc., que en otra regla general, exceptuaron pecados que la iglesia no podía perdonar.

¿Podrán las mujeres llegar a ser sacerdotes?

La Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, en su declaración “Inter insigniores” de 15 de octubre de 1976, manifestó no haber dicho la última y definitiva palabra acerca del sacerdocio de la mujer, puesto que deseando más luz sobre este asunto hizo “una acuciante invitación a profundizar más en el sentido del episcopado y del presbiterado” (Ibídem, núm. 5).

Por consiguiente, lo de continuarse investigando sobre esta cuestión es nada menos que obedecer a la Santa Iglesia, a fin de que ésta pueda luego reconsiderar sus anteriores posturas, todavía no definidas como dogmas, ante nuevos y posiblemente más fundados argumentos o perspectivas teológicas, que podrá haber suscitado la Providencia Divina (1 Pe. 4, 10; Mt. 11, 25) en orden a poderse llegar a conocer la verdad más plenamente que en un principio (Jn. 16, 12-13; A c. t 1.7-8).

Nosotros entendemos que, si no hubo sacerdocio femenino desde los comienzos de la Iglesia, fue sólo porque no se lo consideró conveniente y viable; pero no porque Cristo no lo quisiera para el tiempo oportuno, que parece se ha presentado ahora.

Ello lo demostramos bíblicamente, ateniéndonos a lo que sucedió en la Ultima Cena, siempre que se tenga en cuenta que allí se hicieron tres cosas principales, y que, respecto a todas ellas acabe de ser obedecido el Señor en cuanto a su voluntad implícita, como ya lo fue con relación a dos de las mismas, sin llegarse en lo sucesivo a minusvalorar o a discriminar personas por razón de su sexo (Gal. 3,28; Gaudium et Spes, 29), en cuanto a ninguna.

Las tres cosas principales que se hicieron en la Ultima Cena fueron las siguientes:

  1. Consagración de las especies eucarísticas.
  2. Acción de dar o administrar a otros la Sagrada Comunión.
  3. Comunión o recepción sacramental de Cristo por los Apóstoles.

Pero observemos que el Salvador dio, indiscriminadamente, respecto a todas estas tres cosas, el mandato de: “Haced esto en memoria mía” (1 Corintios 11, 24-15), queriendo se le obedeciera, oportunamente, según lo fueran permitiendo y aconsejando las circunstancias.

Ahora bien, ¿cómo ha sido obedecido en cuanto al punto tercero o recepción de la Sagrada Eucaristía? Puesto que allí no estuvo presente ni siquiera uno de los setenta y dos discípulos y, asimismo ninguna mujer, ¿restringió acaso por ello, implícitamente, el Señor su mandato concretándolo a que sólo pudieran tener el privilegio de comulgar los materialmente presentes y sus semejantes, es decir, los doce Apóstoles y después únicamente sus sucesores u obispos y sacerdotes…? La respuesta afirmativa sería herética; pero no lo ha sido la conducta prudente de la Iglesia al no haber concedido en seguida o de sopetón a los simples fieles bien dispuestos, hombres, mujeres, todas esas facilidades actuales que para comulgar a diario y ya, a veces más de una vez al día, terminaron por otorgar San Pío X, sus sucesores y el Vaticano II.

En cuanto al punto segundo, que se refiere a la facultad de poder administrar a otros la Sagrada Comunión, advirtamos que sólo Cristo fue quien, como Maestro o Superior de los Apóstoles, se la distribuyó a éstos; mas, ¿Acaso deseó y mandó, implícitamente, mediante este su real o material ejemplo, que el Papa o Vicario suyo en la tierra y Superior de los obispos y sacerdotes, fuera el que únicamente tuviera después la prerrogativa de poder administrar la Sagrada Eucaristía a otros? ¿O que exclusivamente disfrutarán, además, de esa misma facultad los sucesores de los apóstoles u obispos por eso de que el Señor, sin haber allí en la Ultima Cena ningún otro tipo de personas masculinas ni femeninas, sólo entregó a los doce el vino consagrado para que se lo distribuyeran entre si mismos…? La respuesta afirmativa también sería herética; pero no la conducta de la Iglesia en tardar de abrir la mano tanto como lo ha hecho al presentarse la gran oportunidad de estos últimos tiempos, en los que, por haber Maestras de escuela, Religiosas y otras personas muy bien formadas, ha concedido, incluso a dichas féminas competentes, que puedan administrar a diario la Sagrada Comunión a almas de lugares donde, por la escasez de sacerdotes, no podrían comulgar fácilmente de otro modo, incumpliéndose entonces la muy encarecida voluntad de Cristo en este aspecto, cuando indicó que la Comunión frecuente era necesaria para poderse los adultos mantener en vida de gracia de Dios (Jn. 6, 53).

Pasemos, finalmente, a tratar del punto primero arriba expresado, que se refiere a la potestad para consagrar las especies eucarísticas. Y examinemos:

A) Que evangélicamente está enmarcada en el mismo contexto que las otras dos prerrogativas comentadas, debiendo, por tanto, correr la misma suerte que éstas en su justo momento oportuno, para que, así como de aquéllas pasaron a ser personas beneficiarias los que no asistieron a la Ultima Cena, es decir, los cristianos y cristianas previamente bien dispuestos y formados para ello, también puedan éstos asimismo pasar a disfrutar de la facultad de consagrar el Cuerpo del Señor, sin exceptuarse -insistimos- a féminas teológica y pastoralmente bien preparadas, anhelantes del sacerdocio y oportunamente llamadas por la Jerarquía, máxime en nuestro tiempo que es el que, por varias circunstancias, se ha presentado como el más abonado y maduro para empezar a dar curso a este designio, sobre todo si además se tiene en consideración la gran escasez de operarios para la mies y las muchas almas necesitadas de Misas, que no todos los días las pueden tener en sus Parroquias, y de otros ministerios sacerdotales que las sostengan en amistad de Dios y consigan tal vez increíbles y enormes frutos de salvación, puesto que Cristo anunció la conversión de todo el mundo para después que la mujer introdujera la levadura (= Eucaristía, catequesis, etc., impartidas con idiosincrasia femenina, triunfadora de muchas voluntades) en la masa humana, en sentido -se sobreentiende- en que antes no pudo, no quiso o no le fue permitido hacerlo en contra de este oculto y oportuno designio del Señor (Mt. 13, 33: Ezeq. 36, 26-32; Ps 21, 28-32).

B) Que esta prerrogativa de consagrar, incluso a su debido tiempo las mujeres, el Cuerpo de Cristo, fue asimismo latentemente incluida en el “Haced esto en memoria mía”; motivo por el cual es una cosa preceptuada por Dios para que la realicen también las féminas competentes en su tiempo oportuno, así como, llegada la oportunidad, pudieron y debieron comulgar y Administrar Comuniones a otros, aunque ninguna mujer estuviera presente en la Ultima Cena para recibir tampoco directamente estas otras dos facultades en nombre de su sexo. Por consiguiente, presentase ahora aludido sacerdocio femenino de poder y deber consagrar el Cuerpo del Señor, no como algo meramente potestativo o de derecho e iniciativa simplemente eclesiástica, sino de derecho y hasta aquí inescrutado mandamiento divino latente o implícito, que urge cumplirse por parte de la Iglesia, cuando ésta ha empezado a ser conocedora del mismo y se da cuenta de que se han presentado circunstancias muy; propicias para ello y su ve que lo exige la caridad, justicia y misericordia respecto a muchas almas irremediablemente privadas hasta ahora de todos esos auxilios espirituales y a la par temporales (Mt 6,33), que les pueden venir de este sacerdocio de la mujer.

C) Y que, contándose ya con esta luz de grande y apropiadísima apoyatura evangélica, podríamos preguntar sobre si fue de implícita voluntad de Cristo excluir para siempre a las féminas del sacerdocio o potestad de consagrar Su Cuerpo y Su Sangre, así como no lo fue, paralelamente, la de exceptuarlas de comulgar y administrar Comuniones. Mas vemos que la respuesta se presenta, fundadísimamente y por primera vez en la Iglesia, como no evangélico-excluyente del oportuno sacerdocio femenino, sino al contrario, o cual cosa hasta implícitamente mandada por el Altísimo para oportunos tiempos, no menos que lo otro que simultáneamente preceptuó el Señor en la Ultima Cena. Oponerse a esta lógico-teológica conclusión, lo mismo que hubiera ocurrido impidiendo que las mujeres no pudieran comulgar ni administrar Comuniones por eso de que no estuviera presente el sexo femenino en la Ultima Cena, empieza, pues, también a aparecer por primera vez, como doctrina sutilmente errónea y herética en cuanto antievangélica, aunque no haya sido formalmente erróneo el proceder de la iglesia en este punto al faltarle esta luz del Espíritu Santo (1 Pe. 4,10; Mt. 11,25: Jn. 16.12-13), que, entre otras cosas, la movió preventivamente, por no estar muy segura de su controvertida postura, a hacer “aludida acuciante invitación a profundizar más en el sentido del episcopado y del presbiterado”; que es a la que hemos respondido en este escrito, que puede ser considerado como ubérrimo fruto de infinidad de vocaciones sacerdotales alcanzadas por las oraciones que se le vienen haciendo al Señor de la mies (Mt. 9,18), constituyendo, fundadamente, pecado contra el Divino Paráclito resistirse al mismo, impedirlo o sofocarlo (1 Tes. 5,19-22; Jn. 3, 8: Ps. 103,30).

Hay una frase que resume y corrobora todo lo expuesto. Es la de que todo pontífice o sacerdote es tomado de “entre los hombres, en favor de los hombres”(Heb. 5,1); no debiéndose mermar el sentido de la primera palabra “hombres”, sino dársele el verdadero y completo que tienen la segunda vez (que se refiere a varones y hembras) para comprender el misterio o designio, ahora hecho entender por la Divina Providencia (1 Pet., 4,10). Muy consecuente San Pablo contra las discriminaciones femeninas (Gal. 3,28), se expresó así intencionadamente para enseñar que, llegado el tiempo oportuno, tampoco debiera haberlas concretamente en el hasta ahora dudoso punto de conferírseles a las féminas el sacerdocio.

Conclusión.- Todo ello se desprende además del Vaticano II, cuando afirma y manda que: “La mujer, allí donde no lo ha conseguido todavía, reclama la igualdad de hecho y de derecho con el hombre” (Gaudium et Spes, 9 y 29; Apostolicam Actuositaten, 9). Porque: ¿Lo ha conseguido en cuanto a la potestad de Consagrar el Cuerpo del Señor…? Luego… Dios regala, mediante estas luces bíblico-conciliares el sacerdocio de la mujer a su Iglesia.

(Artículo reproducido de la revista El Reino, abril de 1984).

II
Todos los devotos de la Virgen santísima se salvarán

La devoción a la Virgen es un sincero deseo de honrarla y agradarla por ser Madre de Dios y Madre de la Iglesia, o esa, Madre nuestra.

El que piense bien las grandezas de la Santísima Virgen y lo mucho que el Señor la ama y favorece a quienes le son devotos; el que medite en la bondad de su Corazón Inmaculado y en los muchos beneficios que obtiene de Dios para los hombres, no podrá menos de ser muy amante y devoto de María Santísima.

Lo esencial de su devoción es venerarla como Madre de Dios, por su excelencia rayana en lo infinito y amarla como a Madre nuestra espiritual que es, y por su bondad semejante a la de su Divino Hijo.

Las mejores prácticas o devociones para con la Virgen son estas: consagrarse a Ella, tentando un firme deseo de hacer todo lo que le agrade y abstenerse de cuanto le disguste y ofenda. Encomendarse mucho a Ella. Celebrar sus fiestas y sábados con una mayor piedad: comulgando y realizando alguna buena obra de caridad, como visitar enfermos, dar alguna limosna, practicar algún apostolado, etc. Llevar siempre consigo algún santo escapulario, sobre todo el de Ntra. Sra. del Carmen por sus estupendas promesas. Portar también alguna medalla Maríana, como es 1a denominada de la Milagrosa. Rezar diariamente el Santo Rosario, el Ángelus y las Tres Avemarías. Tener y venerar en casa alguna imagen suya. Practicar la devoción .de comulgar en cinco primeros sábados de mes, tan recomendada por Nuestra Señora de Fátima. Dedicarle de un modo especial el mes de mayo. Inscribirse en algunas de sus asociaciones o cofradías. Ofrecer sacrificios en su honor. Y apartarnos de malas ocasiones y peligros para lograr imitarla mejor en todo, guardando siempre muy limpia nuestra alma.

Las ventajas que de todo ello reportamos son inmensas, porque: la devoción a la Virgen es señal de predestinación a la gloria. Ningún verdadero devoto de la Santísima Virgen se condenará. La devoción a María Santísima es uno de los medios más eficaces para santificarnos y perseverar en gracia de Dios. Todos los santos han sido devotos de la Virgen. La devoción a la Medre de Dios en uno de los mejores medios y ayudas para observar castidad. Y, además, es uno de los mayores consuelos que se tienen en vida; pero sobre todo en la hora da la muerte.

«Dios Padre -dice un autor- ha dado al mundo su Unigénito por María. A pesar de los suspiros qué habían exhalado loe Patriarcas, de las súplicas hechas por los Profetas y Santos dé la antigua Ley durante cuatro mil años para obtener este Tesoro, sólo María es la que lo ha merecido y ha encontrado gracia delante de Dios por la fuerza de sus oraciones y la sublimidad de sus virtudes.

El Hijo de Dios se ha hecho hombre para nuestra salvación, pero en María y por María”.

Acudamos, pues, en toda ocasión a Ella, confiemos en Ella. Así lo hacia San Juan de Dios, el cual había pedido mucho a la Virgen que le visitase en la hora de la muerte. Por esto, llegado el último trance, esperaba la deseada visita; “mas como aquesta se difiriese, empezó a quejarse amorosamente a María”. Pero enseguida, entonces, se la apareció esta Reina del Cielo y le dijo:

«¿Por qué te afliges, hijo mío? ¿No, sabes qué Yo no abandono a mis devotos en la hora de la muerte?»

El Santo sonrió y luego, muy pronto, expiró dulcemente. ¡Dichosos, pues, los devotos de María!

Conclusión.- Referidas palabras de la Virgen encierran una fiel y gran promesa que consiste en que nunca Ella abandona a sus devotos en los últimos momentos de su vida; motivo por el cual puede rotundamente afirmarse que ninguna persona que haya profesado una verdadera devoción a María Santísima, será objeto de eterna condenación.

III
Asuntos teológicos, litúrgicos y pastorales que reclaman pronta actuación eclesial

Ofrecemos aquí algunos puntos que nos parecen importantes:

1. Asunto de la reencarnación.- Este error parece estar tomando cuerpo en la actualidad, y muchos no parecen que tienen argumentos para rebatirlo. Un argumento bíblico está en la parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro, pues ambos al morir fueron, respectivamente, al Infierno y al seno de Abraham, inmediatamente sin necesidad de reencarnarse en nadie. Está además la frase de San Pablo: «Está decretado que los hombres mueran una sola vez (nada, por tanto, de transmigraciones o vidas sucesivas), y que después sea el Juicio» (Heb., 9,27).

2. Fórmula de Absolución.- Leyendo el libro «Maravillas de Dios con las Almas del Purgatorio» del P. Rosignoli, S. J., se ven algunos ejemplos de almas que no podían librase de sus penas si no eran absueltas de ciertas excomuniones no reservadas a nadie y muy inadvertidas. Probablemente esto movió a poner en la antigua fórmula de absolución, ese párrafo en que se absolvía de posibles suspensiones, excomuniones y entredichos. Ahora bien, este párrafo se suprimió en las nuevas fórmulas actuales; lo cual debe perjudicar mucho a los penitentes, al no ser absueltos de muy posibles e ignoradas penas canónicas, que les supondrá muy largo purgatorio en la otra vida.

3. Concelebraciones.- Un gran número de enfermedades se transmite mediante la saliva y no es justo tentar a Dios para que haga continuos milagros. Nos referimos a que en las concelebraciones no se use el procedimiento de beber los concelebrantes por el mismo cáliz, sino mediante el de untar la Forma en el Vino consagrado.

4. Confesar durante la Misa.- Hemos presenciado Misas concelebradas en las que no quedaba ningún sacerdote en los confesonarios, a pesar de que habla muchos fieles que entonces es cuando encontraban mas fácil poderse confesar si estuvieran atendidos los confesonarios. Y el resultado muchas veces es acercarse muchos fieles a la Comunión sin confesarse, como ocurrió con un hombre al que conocemos mucho y, a pesar de que haría un año que no se confesaba, comulgó en cierta Misa y después nos aclaró que lo hizo sin haberse confesado, pero que deseaba honrar al difunto por el que esa misa se aplicó. La culpa de muchos sacrilegios está, pues, en no atenderse los confesonarios durante la Misa. Aunque hubiera disposiciones en contra, esto es necesario hacerlo, aun cuando fuera obteniendo practicarlo por privilegio.

5. Misa de niños.- Como en la Ley de Ayunos y abstinencia hay distintas disposiciones respecto a las personas menores, parecidamente debiera ocurrir en cuanto a la Santa Misa, porque se está dando el caso de faltar muchísimos niños y niñas a las Misas de domingos y días de precepto. Quizás convendría obtener de la Santa Sede que la Misa de Catequesis que se celebrase los viernes para alumnos y profesores, sirviera ya para cumplir anticipadamente con la del domingo, así como sirve ya para todos las de la tarde del sábado. Cumpliría así bastante bien todo el alumnado, aunque este privilegio sólo lo tengan mientras sean alumnos o hasta los 14 años, y en, meses en que tengan clases.

6. Vocaciones.- Estas hay que despertarlas. Para ello, conviene que cada párroco informe al obispado acerca de dos niños de su feligresía de buena conducta y predisposición al sacerdocio. Y luego invitarlos el Obispo a unos Cursillos gratuitos, como premio a su buena conducta en la parroquia. En estos Cursillos muy amenos, se les hablarla, entre otras cosas, de las excelencias del sacerdocio, lo fácil que es poder ser seminarista. Sin duda que, haciendo esto cada año con distintos niños buenos de cada Parroquia, se suscitarían muchas vocaciones. Ídem en cuanto a niñas, si las Ordenes Religiosas hicieran cosa semejante. La razón es muy sencilla: lo que es desconocido no se apetece.

7. Comunión en la mano.- Se presta a muchas profanaciones, al recibirla con manos sucias, cayéndose particulitas en el suelo, etc. Exponiéndose en un documento eclesial gravísimas razones para no seguir permitiendo esa manera de comulgar, seria luego fácil volver a la Comunión en la boca sin ese resto tan innecesario o vano de recibirla antes en la mano.

8. De pie durante la Consagración.- Ya muchas personas se quedan de pie durante la consagración, incluso pudiéndose arrodillar. Urge, pues, llamar la atención en un documento eclesiástico para atajar tan irreverente proceder.

9. Comulgar de rodillas.- Hay cosas inexplicables, que sólo parecen deberse al humo de Satanás introducido en la Iglesia. Pues ignoramos que haya algún decreto que prohíba comulgar de rodillas por una mayor reverencia a Dios y que esté mandado quitar los bancos-comulgatorios de junto a las gradas del altar principal de las iglesias. Pero la moda modernista se ha impuesto, cumpliéndose cierta profecía referente a que a la Eucaristía se le daría menos importancia que en años pasados. Conviene restablecer lo que es justamente mejor.

10. Preces contra los enemigos espirituales.- Cuando León XIII mandó que se rezasen al final de la Misa tres Avemarías y una Oración a San Miguel no fue por mero gusto propio, sino debido a cierta visión sobrenatural que le aconsejó obrar de ese modo para contrarrestar las influencias de Satanás en el mundo. No haberse seguido haciendo eso o cosa parecida equivale a haber abandonado las armas. Ello puede explicar mucho de la decadencia mundial. Es necesario volver a hacer algo en este aspecto para obedecer al Espíritu Santo, que revela puntos muy importantes en este aspecto por boca de San Pablo en Efes., VI, 10-24 y también en Dan., X, l-21.

11. Devoción al Santo Ángel Custodio de España.- Aludido texto bíblico de Dan., X, l-2l, enseña que cada país tiene su Ángel Custodio bueno, pero a la vez otro o más príncipes o ángeles malos, contra los que aquél necesita ser ayudado con oraciones, etc. la devoción al Ángel Custodio bueno de cada nación es, por tanto, muy conveniente, si se quiere triunfar de las mil asechanzas diabólicas de que son víctimas los países poco o nada protegidos por las santas milicias angélicas. El Santo Ángel de España debiera gozar de semejantes privilegios litúrgicos que aquellos Santos o Santas que son Patronos del país, haciéndose mucho apostolado para que todos conozcan la necesidad de esta devoción.

12. Devoción al Eterno Padre.- Increíblemente, por falta de reflexión, no se ha caído en la cuenta que el Padre celestial no tiene ninguna Fiesta litúrgica durante el año. Está siendo más olvidado que las otras dos Divinas Personas, que la Virgen María y que muchos Santos y Santas. Pues los domingos, a los que se trasladó la antigua solemnidad del sábado, por haber resucitado en Domingo Jesucristo, son más bien para honrar a Cristo Resucitado, excepto alguno como el de Pentecostés, que está más referido a honrar al Espíritu Santo, y el de la Santísima Trinidad en el que de por junto se honorífica a todas Tres Personas Divinas. Pero lo que se dice haber siquiera un domingo para rendir culto especial a sólo el Padre Eterno, no lo hay. Existe esta enorme laguna litúrgica hasta aquí no detectada. Puestos a subsanarla, la Fiesta especial en honor del Eterno Padre debiera ser el 1 de Enero, por ser el Padre celestial el primerísimo en todo, trasladando para ello la actual festividad de Santa María Madre de Dios a otra fecha más conveniente, como ya se hizo con otras festividades Maríanas. Corregir es de sabios…

13. Reconocer prácticamente a María Santísima por madre nuestra.- Cristo desde la Cruz nos dio a la Virgen por Madre nuestra espiritual. Pablo VI la proclamó como Madre de la Iglesia. Pero esto pertenece todavía mucho al terreno teórico. Para que empezase a tener sentido práctico es necesario que en el Avemaría imitásemos el espíritu que Cristo dejó traslucir en la oración del Padrenuestro respecto a Dios, al añadir la palabra «nuestro», después de la de «Padre». Si, pues, los hechos de Cristo son mandatos en cuanto a que los imitemos, según ha dicho un Santo, falta que lo imitemos en el Avemaría respecto a la Virgen, de manera que la Iglesia ordene oportunamente, que en la segunda parte de esta oración Maríana, se diga: “Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”.

14. Proclamación solemne de la Virginidad de María.- Grandes teólogos no ven claro que la Virginidad perpetua de María sea todavía una verdad dogmática. Ello explica que algunos la pongan en tela de juicio, como aquel que no hace muchos años escribió cierto artículo (luego muy impugnado) en la revista Sal Terrae. Si realmente es ya dogma de fe, éste fue definido de forma muy particular o conciliar casi intrascendente. Urge enriquecer esta verdad con una Definición Solemne, cual la que ya se hizo respecto a la concepción inmaculada y Asunción de la Virgen. Esto quitaría las dudas a todos. Y refrescaría la confirmación celestial de tal verdad por parte del Altísimo, cuando éste permitió que la Virgen regalara a San Ildefonso la consabida Casulla precisamente para premiarle la defensa que hizo de la Virginidad Perpetua de María; y cuando además hizo que la mártir Santa Leocadia, muerta hacia ya unos 300 años, resucitase durante un acto al que asistían grandes personalidades, como era entre éstas el rey Recesvinto, y se dirigiera a abrazar a San Ildefonso como para felicitarlo por la defensa que había hecho de la Virginidad perpetua de María, permitiéndole que le cortase a la Santa un trozo de su velo, que por lo visto aún se conserva en un relicario de Toledo. Tan grandes portentos, así como serian suficientes para que el Papa, semejantemente, tuviera certeza acerca de la santidad de algunas de las personas que luego son canonizadas como santos, no lo son menos para que el Romano Pontífice recalque con definición dogmática solemne la Virginidad Perpetua de María Santísima, no debiendo España perder la honra de ser la nación más destacada en esto como en todo lo bueno que estamos sugiriendo.

15. Mediación y Realeza de María.- El dogma de la Asunción de María fue definido el año 1950. Muchos creían que a la vez iba a ser definido el dogma de la Mediación de María, pues parece que era una verdad no menos madura para la definición dogmática. Pero no se definió esta otra verdad. Y esto es otra cosa todavía pendiente que cuando se haga, será de nuevo muy honorificada la Madre de Dios, concediendo sin duda el Señor luego grandes gracias sobre el mundo. Diremos a propósito de esto, que leímos una profecía del estigmatizado Padre Pío de Pietrelcina, en la que claramente se señalaba el año 1950 como el de un horrendo castigo mundial; pero, que después, según se ha visto, quedó suspendido a semejanza de la desventura que el profeta Jonás anunció para los 40 días contra la ciudad de Nínive, achacando nosotros esa suspensión del castigo a la honra que tributó la Iglesia a la Virgen al definirse su gloriosa Asunción. Ello quiere decir que no conviene escatimar ni retrasar honras ya factibles a María Santísima, pues retrasar la justicia es injusticia; debiéndose examinar qué otras verdades son indiscutibles y merecedoras de definición dogmática solemne para que a la vez que, honorificamos a la Virgen, merezcamos muy mejores e increíblemente inescrutados designios divinos salvadores para toda la humanidad. Verdades Maríanas ya maduras para la definición dogmática parece que son, además de la Mediación Universal, la Realeza de María, que hasta ya tiene Fiesta el 22 de Agosto y la gran apoyatura bíblica de: «Y a tu diestra está la Reina» (Ps., 44, 10); su prerrogativa de ser Corredentora del género humano, llegando a decir Pío X, que nos mereció por mérito de congruo, lo que Cristo por mérito de justicia (Denz. 1978 a); y su maternidad espiritual sobre los hombres que, aunque proclamada por Cristo en la Cruz, necesita ser realzada con la definición dogmática solemne para poderse conseguir mayores frutos espirituales de todo género.

16. Reajustes litúrgicos.- Como hemos dicho, la Realeza Universal de María tiene su Fiesta, Misa y Oficio Litúrgico. Sin embargo esto no ocurre con la prerrogativa de su Virginidad Perpetua, a pesar de que esto último tenga mayor rango dogmático por eso de ver algunos teólogos como ya definida no solemnemente esta verdad de la Virginidad Perpetua de María por algún Concilio. Una justa ponderación exige que asimismo la Virginidad Perpetua de María tenga no menores privilegios litúrgicos. Un profundo examen haría conocer bastantes detalles en este aspecto en cuanto también Fiestas del Señor, que podrían ser conmemoradas en distintos domingos para no multiplicar Fiestas en días ordinarios. Fijémonos, por ejemplo, que en Cristo se pueden distinguir su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Ahora bien, hay una Fiesta para honrar especialmente su Cuerpo, que es la del Corpus Christi; hubo otra que honraba su Preciosísima Sangre el 1 de Julio(que parece estar por ahora suprimida); nunca ha habido ninguna especialmente dedicada a honrar su Alma, aunque ésta es muy superior a su Cuerpo y Sangre; y ni siquiera se ha prestado atención a honrar específicamente con fiesta ninguna a sólo una Divinidad, que, con ser lo mayor de El, viene siendo ignoradamente muy olvidada litúrgicamente. Esto debe chocar más, al observarse que hay Fiestas para honrar específicamente algunas partes de su Cuerpo, como es la del Sagrado Corazón de Jesús, aunque en este otro aspecto quepa concluir que, como el Santo Busto o Cabeza y Faz del Redentor, es parte todavía más principal en E1, convenga y deba honrárselos asimismo parecidamente.

17. Fiestas absolutas y relativas.- E1 19 de Marzo se honra a San José absolutamente o considerándoselo en todo cuanto él es. Es una Fiesta absoluta. Sin embargo el 1 de mayo, fiesta de San José Obrero, se relativiza a honrárselo en cuanto a trabajador. Es, por tanto, una Fiesta relativa. Con esta distinción, puede comprenderse muy bien que ni la Virgen María ni el salvador tienen ninguna Fiesta absoluta, porque todas se refieren a honrar algún hecho, misterio o circunstancia de su vida o parte de su persona: Su Corazón. No hay, pues, ninguna Fiesta dedicada a honrárselos en absoluto o en cuanto a todo lo que son plenamente considerados sin parar la atención a nada en particular de ellos. Sucede esto mismo con el Espíritu Santo, cuya Fiesta de Pentecostés se refiere al hecho particular de haber descendido sobre los apóstoles. Y en cuanto al Padre Celestial se agrava la cuestión, ya que carece de toda clase de Fiestas especialmente dedicadas a sólo É1, no teniendo, por consiguiente, ninguna Fiesta de carácter absoluto y ni siquiera relativizada a honrárselo: como Creador. Ignoradamente, en el aspecto litúrgico, el primero viene siendo el último. Una justicia de inspiración no sentimental, sino imparcial o eterna aconseja poner las cosas en su punto, de modo que al Padre celestial no falte, durante el año, algún Domingo u otro día en que se lo honre con una fiesta de carácter absoluto o mirando a todo cuanto É1 es en todo cuanto es; y asimismo en otros domingos (que hasta ahora no tienen denominación ninguna y pueden empezar a tenerla para tributar especiales honores a las Divinas Personas, enriqueciéndose muy mucho la liturgia con estos nuevos y justísimos matices) se le honorifique en algunos de sus atributos mas vinculados a la Primera Persona Divina, como el de Padre, Creador, Omnipotente y Misericordioso. Algo semejante hay que decir de la Segunda Persona Divina, que ciertamente es honrada el día de Navidad en cuanto nacido de la Virgen en este mundo o en cuanto Hijo del hombre. Pero, ¿no es más su otro Nacimiento eterno en cuanto engendrado por el Padre o Hijo de Dios? No menos que su Natividad temporal en la que no dejó de ser Hijo de Dios, a la par que hijo de María, debiera honrarse litúrgicamente su Natividad Eterna en el seno del Padre, si se quiere obrar con una mayor justicia ahora desvelada. Y algo semejante cabe decir respecto a algunos atributos divinos más especialmente vinculados a Cristo Jesús, como son el de Redentor, Juez de vivos y muertos, Sabiduría eterna, etc. Todos se podrían conmemorar en distintos domingos, empezando a tener éstos muy riquísimo contenido dogmático, que facilitaría y daría gran inspiración a las homilías en las que se daría a conocer más a Dios.

18. Maternidad de María y Paternidad del Eterno Padre.- La Maternidad divina de María viene teniendo Fiesta desde hace bastante tiempo, aunque se la haya mudado de fechas. Ahora bien, ¿es acaso menor la Paternidad del Eterno Padre respecto al Salvador? ¡Rotundamente, no!… Entonces, ¿por qué no es celebrada con ninguna Fiesta esta referida Paternidad?… Creemos que sólo debido a irreflexión por no haberse caído en la cuenta de ello. ¡A nuevas luces, nuevas responsabilidades (Sant., 4, l7)! Al permitir la Divina Providencia que se desentrañen estas verdades es que ya ha llegado la hora de ponérselas en práctica si son cosas en si más justas que sus contrarias. Y en cuanto al Espíritu Santo hay que decir que sólo tiene una Fiesta relativizada a conmemorar su venida sobre los Apóstoles en el día de Pentecostés. Carece de una Fiesta absoluta para honrarlo en todo lo que es. Y además convendrá honorificarlo en atributos que más se relacionen con el mismo, como es el de ser Santificador, Paráclito o Consolador, Amor por antonomasia y consumadísimo Glorificador eterno, aunque por supuesto, también estas perfecciones competan a las otras Dos Personas Divinas por ser Todas Tres iguales en Perfección.

19. Fiestas de los Santos Ángeles.- Tan sólo se honra con Fiesta, litúrgica a los tres Arcángeles: Miguel, Gabriel y Rafael; y en otro día a los Ángeles Custodios en general.

Ignoradamente la Iglesia olvida a la inmensa infinidad de los otros Ángeles que no son los referidos tres Arcángeles y aludidos Ángeles custodios. Y esto no es justo que continúe así, porque los siervos todos de Dios merecen competentes honras o cultos, según lo enseña la Iglesia al esmerarse en beatificar y canonizar y establecer Fiestas en honor de personas buenas que van falleciendo. Es necesario, pues, llenar esta otra laguna litúrgica, de modo que al menos haya un día en que, a semejanza de como se hace con todos los Difuntos el 2 de noviembre, sean venerados todos los Ángeles Santos en otro día apropiado, que hasta pudiera ser un domingo, ya que los ángeles tuvieron también parte muy principal por cuando el Domingo de Resurrección del Señor. Hay una Misa Votiva en la que se honra a todos los Ángeles en general; pero esto no es una Fiesta litúrgica para a oda la Iglesia, que es lo que urge establecerse.

20. Prefacio y Misa Votiva del Eterno Padre- Insistimos diciendo que el gran olvidado en la liturgia es el Padre celestial. Las otras dos Personas Divinas tienen varios Prefacios en la Santa Misa, y lo mismo la Virgen Santísima, varios los Santos, uno los Ángeles y hasta no faltan en pro de los Difuntos. El Eterno Padre carece de ninguno especialmente dedicado a El, aunque no falte uno que es común a todas Tres Personas de la Santísima Trinidad. Cosa semejante hay que decir de la Misas Votivas. Quien desee honrar de modo muy especial a sólo el Padre celestial no encuentra una Misa Votiva dedicada principalísimamente a sólo É1. Sin embargo no faltan, sino que a veces hasta hay distintos esquemas respecto a varias de las motivaciones relacionadas con Cristo, el Espíritu Santo, la Virgen María, etc. Es, por tanto, otro punto muy digno de tenerse en cuenta en una nueva puesta al día de toda la Liturgia, aprovechando las experiencias habidas, los nuevos esclarecimientos perfectivos y el continuo proceso renovador hacia lo más justo y espiritualmente provechoso.

21. Todavía hay lagunas que parecen increíbles que se hayan podido producir, pues San Pablo dijo que «donde abundó el pecado sobreabundó la gracia»mediante la Redención efectuada por Cristo. Sin embargo esto se sigue incumpliendo en los niños que inculpablemente no pueden ser bautizados desde el primer instante de su concepción hasta su oportuno Bautismo. El pecado original abundó antes en ese lapso de tiempo en que no pudo obrarse nada sobre ellos hasta después de nacidos, y ha seguido abundando hasta nuestra época. Y esto se debe sólo a la irreflexión teológica. No se ha tenido presente que «quien nos creó sin nosotros no nos salvará sin nosotros», sino que se ha optado por un cruzamiento de brazos, no realizándose nada en la Iglesia con la intención especifica de favorecer espiritualmente a esos niños mientras necesitan necesariamente de la caridad de otros prójimos hasta tanto puedan bautizarse. Desde el primer instante de su ser están en gravísimo peligro de muerte y de fallecer con el pecado original y no salvarse, sino ir al Limbo de los niños. Como entonces no pueden realmente ser bautizados, Dios no exige esto; pero sí que se cumpla lo que enseñó el Concilio Tridentino, cuando dice que: «Dios no preceptúa cosas imposibles, sino que, al mandar, amonesta a que hagas lo que puedas, y pidas lo que no puedas, y ayuda para que puedas» (Denz. 804). Concretamente se alude a que se pida o haga debida oración para alcanzar lo que de otro modo no se puede conseguir. Ahora bien, ¿cuándo en la Iglesia se ha cumplido con este deber de caridad y misericordia respecto a referidos niños, prescribiéndose actos de piedad: oraciones, bendiciones, consagraciones, limosnas, sacrificios, etc., a favor de la salvación de su alma? La mejor de las oraciones o actos de piedad es la Santa Misa, mas ¿qué Misas se vienen celebrando a favor de los mismos, cotidianamente, por parte de la Iglesia, y sin encargo de los fieles, con una misericordia tan resuelta y desinteresada y no menos necesaria que la del Buen Samaritano de la parábola evangélica?… El texto conciliar suena a tanto como que al que hace lo que puede Dios no niega su gracia. No nos podemos imaginar la infinidad de niños que desde el seno materno irían a las moradas celestiales si ya, con la intención de santificar por privilegio como a un San Juan Bautista, y salvarlos a todos y cada uno de los que vayan siendo concebidos en todo el mundo, se empezara y perseverara hasta siempre ofreciendo cada día el Santo Sacrificio de la Misa. Hay gran base teológica para pensar que si la Virgen fue hasta preservada del pecado original intuitu meritorum Christi, no pueda ocurrir cosa semejante respecto a tales niñosintuitu meritorum Christi, realmente aplicados u ofrecidos a favor de ellos en alguna Misa anterior para que los frutos espirituales de ella les empiecen afectar de derecho antes de la concepción y de hecho en la misma concepción y después de ésta para tiempo indefinido. Se trata de auxiliar a almas que están en extrema necesidad espiritual desde su concepción. U apuntado es, por tanto, muy urgente. La liturgia debe ya no olvidar a tales niños, sino que es necesario elaborar algunos esquemas de Misas, etc., que se puedan celebrar también por encargo de familias que lo deseen en pro de su prole venidera, sin perjuicio de que en un día al año sea preceptivo aplicarse el Santo Sacrificio en todas las iglesias para pedir la más pronta y perfecta santificación y la oportuna salvación de todos y cada uno de los niños y niñas que vayan siendo concebidos hasta el fin de los siglos en el seno y hasta fuera del seno materno, como los niños probetas, etc. Ponemos así de nuestra parte aquello que podr9á mover a Dios a cumplir a su tiempo, designios que parecen vislumbrarse en: Jer., 31, 27-30; Ezeq., 36, 26-32; e, Isa., 60, 21-22.

22. Lectura hagiográfica en la Santa Misa.- Saber lo que hicieron los Santos es un gran estimulo hacia la virtud. Impulsa a parecernos a ellos. Por esto es muy conveniente que en toda Santa Misa, como ya sucede en los domingos y otras Fiestas, haya tres Lecturas, de modo que, como antes sucedía en el Breviario, una sea hagiográfica o que aluda a la vida y hechos mas ejemplares de uno de los Santos principales que se celebren cada día. Las Misas recobran así más valor catequístico y la sana novedad de enseñarse cada día algo poco sabido y estimulante al bien. En caso de quererse brevedad en la Santa Misa, esta lectura hagiográfica podría ser potestativa o no obligatoria u optativa en cuanto a poderse elegir entre ella y la otra que se refiere al Antiguo Testamento o a las epístolas del Nuevo. Hasta en días feriados no debiera faltar lectura o recordación hagiográfica de uno de los santos principales del día, y para cada día del año podrían, por tanto, elaborarse las brevísimas biografías de los Santos más destacados de cada fecha, de modo que la lectura hagiográfica de un mismo Santo no se repita sino dentro de algunos años.

23. Libros litúrgicos de mayor tipo de letra.- Los sacerdotes ancianos se ven obligados a hacer gran esfuerzo para leer en los Misales actuales por el tipo de letra tan menuda que tienen. Conviene tener esto presente, para que no falten ediciones apropiadas para personas mayores o de vista cansada.

24. Gracia increada.- Este es otro punto en el que la Teología se quedó teórica y prácticamente corta. No descifró bien qué es la gracia increada ni menos los varios modos de relación personal con ella, para que no resulten prácticamente utópicos o falsos algunos conceptos bíblicos como lo de «poder llegar todos a ser perfectos ¿la medida de la plenitud de Cristo» (Ffes., 4, 13), y arribar por la caridad a «estar llenos de toda la plenitud de Dios (Tes., 3,1 9), y merecer ser amados y glorificados como Cristo en el seno del Padre(Jn., 17, 20-26; Apoc., 3, 21). Pero ya existe un libro que pone las cosas en su punto, hablando con tanta claridad, que pone la Gracia Increada incluso al alcance de todo niño que sepa leer y tenga uso de razón. ¡Nada de misticismos tenebrosos! Nos referimos al adjunto libro “Cómo arribar fácilmente a una santidad y gloria de origen increado” que en cada página contiene fundadísimas y muy apodícticas novedades teológicas, sin que nadie pueda ver con certeza que algo se opone al dogma y moral católica, por muy raros que parezcan los muy fundados conceptos que se dan a conocer.

25. Sacerdocio de la mujer.- El Vaticano II ha hablado claro, al condenar toda forma de discriminación basada en el sexo, etc., como contraria al plan de Dios (Gaudium et Spes. 29). Quien dice “toda”, nada exceptúa, a no ser que se quiera ser como los herejes montanistas, novacianos, donatistas, etc., que, en otra regla general relativa al «A quieres los pecados (=sin exceptuar los de ninguna clase) les serán perdonados», siempre que haya la necesaria condición el verdadero arrepentimiento, ellos exceptuaron pecados que la Iglesia no podía perdonar. “Es, pues, muy grave esta cuestión y se puede hundir ignoradamente en la herejía cualquier teólogo que discrimine a la mujer, únicamente por razón de su sexo…” Añade el mismo Concilio que:»la mujer, allí donde no lo ha conseguido todavía (=como ocurre en habérsela marginado para que no reciba el Orden Sacerdotal) reclama la igualdad de hecho y de derecho con el hombre»(Gaudium et Spes, 9). Luego el susodicho Concilio hasta urge y manda implícitamente que se le empiece a conceder a la mujer el sacerdocio, aunque Cristo, por inoportunidad de los tiempos, no llegara a tanto, ya que ni hasta les administró la Sagrada Comunión, ni las faculté para administrar Comuniones a otros; coses éstas últimas que igualmente nunca debieran haberse consentido, si hubiera imperado siempre un injusto tradicionalismo sutilmente herético todavía no vencido en cuanto a terminar por no discriminar a las féminas competentes respecto a otorgarles la otra facultad restante que es la de Consagrar el Cuerpo y Sangre del Señor. Cristo dijo infaliblemente a la cananea que no podía acceder a lo que pretendía, porque El había sido enviado por su Eterno Padre a sólo las ovejas perdidas de la casa de Israel. Mas como la cananea insistiera con mucha fe, humildad, caridad para con su hija, etc., poniendo razones muy comprensivas, ello motivó un cambio de Providencia Divina, entendiendo Cristo que cesaba el precepto de su Eterno Padre y que la voluntad de éste era ya que atendiera a esa mujer pagana en su muy fervorosa reclamación. Traemos este pasaje evangélico para que se vea meridianamente el valor teológico que tienen algunos documentos eclesiásticos y palabras del Papa, que tuvieran el sabor negativo de la primera actitud contraria del Salvador respecto a la cananea. Pues al surgir en la Iglesia nuevas actitudes como esta nuestra que se parece a la de la cananea, es preciso ver el nuevo e implícito precepto divino que urge cumplirse otorgando sin demora el sacerdocio a la mujer.

Oct 011980
 

Juan Francisco Arroyo Mateos.

Empecemos por recordar que nuestro gran Santo Extremeño nació en Alcántara, siendo sus padres D. Pedro Garavito, célebre jurisconsulto graduado en la Universidad de Salamanca, y doña María Villela de Sanabria y Maldonado, ambos pertenecientes a muy nobles y distinguidas familias españolas.

Contraído el matrimonio, la gran esperanza e ilusión de  los consortes era la de tener pronto descendencia; pero Dios no acababa de concedérsela; motivo por el cual, y siendo muy piadosos, redoblaron sus oraciones, limosnas y otras buenas obras para conseguirla más eficazmente, si ello entraba en los planes del Señor.

Así es como, por fin, terminaron de ser escuchados por el Altísimo, que les concedió un hermoso, niño, al que bautizaron con el nombre de Alonso, oportunamente cambiado por el Pedro de Alcántara al ingresar en la Orden Seráfica.

Este tan ardientemente deseado hijo fue, en consecuencia, fruto de preces y otros actos religiosos paternos, a semejanza de como se obtuvo el nacimiento del profeta Samuel, el de San Gregorio Nacianceno y el de otras personas santas; que quizás por ello las empezó Dios enseguida a enriquecer con especiales bendiciones de lo alto, según se vio en el hecho de que apenas nacido el santo alcantarino, se le abrieron sus labios para pronunciar los dulcísimos nombres de Jesús y María.

Tuvo su madre buen cuidado de educarlo en la piedad y por esto el tierno infante llegó tan pronto a saber rezar el Santo Rosario, y con tanto fervor y recogimiento, que cierto día a sus cuatro años de edad, se hizo digno ya de que se le apareciera la Santísima Virgen María acompañada y rodeada de numerosos ángeles y revestida de gran gloria y majestad.

Por entonces se le inició en los estudios propios de la enseñanza primaria y más tarde en los de retórica y filosofía, que realizó también en su ciudad natal, pasando, por último, a eso de sus trece abriles, a la muy floreciente Universidad salmantina, en la que cursó, entre otras cosas, Derecho civil y canónico.

Siempre y en todas partes era ejemplarísimo el comportamiento de nuestro Santo. Por esto, cuando sus compañeros hablaban de algo reprensible o cometían algunas faltas y le veían venir, exclamaban: «Portémonos bien, porque se nos acerca el de Alcántara».

Su vocación

El tiempo transcurría, y la Divina Providencia hizo comprender al Santo que su vocación cierta no era la de que se dedicara a desempeñar cargos en el mundo o Sociedad Civil, sino en que se hiciera Religioso, ingresando en la Orden de San Francisco de Asís; idea y propósito que la Virgen Santísima tuvo la dignación de confirmárselo, ya que se le volvió a aparecer de nuevo en esta otra oportunidad para garantizarle que esa era la voluntad de Dios y que, si la seguía, contara con su poderosísimo amparo y asistencia.

No tardó él en cumplir la inspiración celestial, porque muy en breve se lo vio ingresar en el Convento Franciscano de  los Majarretes, sito a una legua de Valencia de Alcántara.

Allí, como en todas partes, descolló San Pedro con más razón si cabe, en la práctica de todas las virtudes cristianas, esforzándose también en cumplir lo mejor posible las Reglas de la Orden Seráfica. Prefería los quehaceres más sacrificados y humildes como fregar platos, efectuar la limpieza, cuidar a los enfermos, prepararles y servirles los alimentos, etc, etc; realizándolo todo con tanto cuidado, diligencia, caridad e intenciones sobrenaturales de servir y amar a Dios en sus prójimos, que para premiar el Cielo su conducta tornó a aparecérsele María Santísima, a fin de ayudarle en aludidos trabajos y ocupaciones.

Compréndase cómo pocos edificios  del Patrimonio Histórico de Extremadura superan en importancia al Convento de los Majarretes por haber habitado en él tan gran Santo y haber ocurrido en el mismo algunos hechos portentosos, que en muy contados monumentos antiguos los hubo semejantes. Urge, por tanto, restaurar a fondo y plenamente este Convento, como ya, se hizo con el de El Palancar, antes de que se convierta en ruinas o se lo utilice para menesteres profanos tal vez muy ofensivos para Dios y San Pedro, pues es sabido que ya alguna parte de él se la ha convertido en mesón, lo cual es inconsciente profanación que clama al Cielo… Además fue aquí, insistimos, donde tomó y desde donde empezó el Patrón de Extremadura a ser conocido con el nombre de Pedro de Alcántara.

Ingresó el Santo en el Convento de los Majarretes el año 1915, cuando contaba dieciséis años de edad, y permaneció unos dos años en él, puesto que en 1517 lo trasladaron al Convento de Belvís.

Intensa actividad apostólica

Tras de haber residido por algún tiempo San Pedro en Belvís, visitó luego, regentó y hasta fundó varios otros Conventos, teniendo que soportar grandes trabajos.

Su vida desde entonces fue desenvolviéndose en numerosas atenciones y hechos extraordinarios, porque era admirable en cuanto a su apostolado misionero; sus éxtasis maravillosos; sus rigurosísimas penitencias; su muy elevado espíritu de oración; sus bien desempeñadas prelaturas; su reforma de la Orden Franciscana, cuya rama de los Frailes Alcantarinos tuvo santos de tanta talla como el aragonés San Pascual Bailón y los italianos San Juan José de la Cruz y San Leonardo de Puerto Mauricio, a quien San Ligorio calificaba como «el gran misionero de su siglo»; sus  inspirados consejos, cartas y otros escritos, ya que escribió un Tratado de Oración y Meditación, que más tarde se lo tradujo a varios idiomas; y sus estrechas relaciones con distinguidas, altísimas y santas personalidades de su época; reportando de todo ello mucha gloria para Dios y gran servicio en pro de la salvación y santificación de las almas.

Es imposible detenernos ahora a ofrecer pormenores sobre todas y cada una de estas distintas facetas de la vida del Santo.

Sólo vamos a ceñirnos a resaltar un matiz quizás poco estudiado. Es el que se refiere a la especial devoción que él profesó al Misterio de la Encarnación por su fe enorme y consumada en la Divinidad de Jesucristo, pues así sabremos  la práctica fácil que enseñó como cual pararrayo contra todos nuestros males.

Comencemos por decir que los más frecuentes arrobamientos extáticos se los concedía el Señor cuando meditaba, o de alguna manera se hacía alusión en su presencia, al infinito portento de haberse Dios hecho hombre.

Porque entonces, muy agradecido ante tan gran dignación divina y lleno de acusadísima admiración y seráfico amor, solía prorrumpir en frases como las de: «¿que Dios encarnó?» «¿que Dios se hizo hombre?» «que tomó Dios carne humana?»; viéndosele inmediatamente sumergido en profundos éxtasis y raptos, en los que su cuerpo se elevaba sobre la tierra y alcanzaba a veces alturas rayanas con las nubes del cielo, si ello le acontecía fuera del Convento.

Su total Antiarrianismo

Obsérvese como su antiarrinismo, o indubitable fe en el dogma de la Divinidad del Salvador, era de primerísima magnitud, ya que tanto se la recompensaba el Altísimo.

Posiblemente a esta su gran fe en la Divinidad del Verbo Divino se debieran en su raíz casi todas las prerrogativas y privilegios que le otorgó el Señor, puesto que es lógico deducir que de esa inmensa ternura que de él se apoderaba al considerar aludido Misterio, brotasen: sus incontenibles ímpetus fervorosos para mortificarse en grande como él se mortificó y para sobresalir en todas las demás virtudes y buenas obras como él sobresalió.

No sería el primer Santo que casi todo su bien espiritual se lo debiera a su Antiarrianismo o firmísima fe en la Divinidad de Jesucristo, pues acordémonos con gran fundamento bíblico cómo casi todas las grandezas de San Pedro Apóstol estribaron inicial y principalmente en haberse destacado él en creer, afirmar y confesar antes que  los demás Apóstoles que Jesucristo era Dios, el Mesías verdadero o el preanunciado «Dios con nosotros» (Nt., 16, 13-19; Isa., 7, 14); intrepidez ésta que después movió al Altísimo a distinguirlo o a confesarlo a él de manera muy singular entre los otros discípulos suyos y hombres todos de este mundo, prometiéndole y haciéndolo oportunamente Primer Papa de los habidos en la Iglesia única y verdadera. La lección de ambos Pedros, el de Alcántara y el Príncipe de los Apóstoles, debe, por tanto, hacernos caer en la cuenta de algo sumamente importante y poco meditado, como es lo de procurarnos asimismo nosotros, todo bien espiritual y eterno, a base de la más entera fe, afirmación, agradecimiento, apostolado y enseñanza de que Cristo, que está por encima de todas las cosas, es Dios bendito por los siglos (Rom., 9, 5), como valientemente lo declaró el también otro Príncipe de los Apóstoles San Pablo.

Fuera, pues, arrianismos antiguos y modernos como el de los Testigos de Jehová y el de otros sectarios y herejes de cualquier tiempo; los cuales, por oponerse a la verdadera fe en materia grave, hunden sus almas y las de sus seguidores en el infierno, porque «el que no cree será condenado» (Mc., AVI, 16; Mt., 23, 15), siendo, por ello, origen de todo mal la negación de la Divinidad del Redentor, como por el contrario, es principio de todo bien confesar que el Mesías es, junto con el Padre y el Espíritu Santo, el único Dios verdadero.

Enseñanzas específicas

Dícese que San Pedro de Alcántara llegó a saberse de memoria toda la Santa Biblia. De aquí que, de acuerdo con su gran devoción al Misterio de haberse Dios hecho hombre  sin dejar de ser Dios, recordase a menudo frases probativas de la divinidad de Jesucristo como las de: «Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios» (Jn., I. l); «Yo y el Padre somos una sola cosa» (Jn., 10, 30); «Todo cuanto tiene el Padre es mío» (Jn., 16, 14); «Ahora tú, Padre, glorifícame cerca de ti mismo con la gloria que tuve cerca de ti antes que el mundo existiese» (Jn., 17, 5); «Respondió Tomás y dijo: ¡Señor mío y Dios mío! (Jn., 20, 28); «Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, en tanto que pongo a tus enemigos por escabel de tus pies» (Sal., 109, l); «Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre en pie, a la diestra de Dios» (Hech., 7, 56); «El cual, subsistiendo en la forma de Dios, no tuvo por usurpación considerarse igual a Dios» (Flp., 2, 6); «Todo fue creado por El y para El. El es antes que todo, y todo subsiste en El» (Col., 1, 16-17); «Sabemos que vino el Hijo de Dios; y que nos dio entendimiento para que conozcamos al verdadero Dios, y estemos en su verdadero Hijo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna» (l Jn., 5, 20); «Pues, ¿a cuál de los ángeles dijo alguna vez: «Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy»? Y luego: «Yo para él seré Padre, y él para mí será Hijo». Y cuando de nuevo introduce a su Primogénito en el mundo dice: «Adórenle todos los ángeles de Dios» (Heb., 1, 5-6). «¿Quién es el embustero, sino el que niega que Jesús sea el Mesías? Este es el anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo el que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre. El que confiesa al Hijo, tiene también al Padre» (l Jn., 2, 22-23). «Podéis conocer el espíritu de Dios por esto: todo espíritu que confiesa a Jesús como Cristo venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que rompe  la unidad de Jesús, no es de Dios, es del anticristo» (l Jn., 4, 2-3). «Os escribo esto a propósito de los que pretenden extraviaros» (l Jn., 2, 26). «Ved que viene en las nubes del cielo, y todo ojo le verá, y cuantos le traspasaron;… Yo soy el alfa y el omega, dice el Señor Dios, el que es, el que era, el que viene, el Todopoderoso… No temas, Yo soy el primero y el último, el viviente, que fui muerto y ahora vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del infierno» (Apoc., l, 7-l8).

Muy en consonancia con lo que estamos citando, exhortó una vez el Santo a sus Religiosos, diciéndoles: «Cuando oigáis leer o leáis los Evangelios santos, juntad las manos ante el pecho y atended con suma reverencia y devoción, porque en ellos está escrito el soberano Misterio de que Dios tomó nuestra carne y se hizo hombre por amor de los hombres».

Aseveración o promesa singular

En cierta ocasión, dos de sus frailes experimentaron realmente lo beneficioso que es honrar, según esto nos sea posible, referido Misterio de la Encarnación. Pues, habiendo salido aquellos desde el Convento de Arenas al del Rosario, que distaba unos diecisiete kilómetros, a las márgenes del río Tiétar, se vieron sorprendidos en el camino por una horrorosa tempestad. Temían los religiosos de Arenas por la vida de los dos caminantes, pero San Pedro de Alcántara los tranquilizó, diciéndoles: «No tengáis pena, que Fray Miguel lleva buen reparo, y con él su compañero. Ahora van diciendo el Evangelio de San Juan: «In principio erat Verbum», y donde con devoción se pronuncian o se oyen tan misteriosas palabras, no puede haber daño ni riesgo alguno». Y así lo comprobaron todos más tarde, ya que se enteraron de que no les había tocado ni una sola gota de la lluvia que arrojó la tempestad. Sin duda que habían aprovechado las lecciones del Santo en cuanto a honrar, invocar y amar a Jesucristo en atención a que es Dios y hombre verdadero, haciendo sobre todo hincapié en su Divinidad, mediante  la que es el Todopoderoso.

Ahora bien, ¿no es esto digno de nuestra mayor consideración? Fijémonos que las palabras del Santo fueron categóricas: «No puede haber riesgo ni daño alguno» donde con devoción se pronuncien u oigan palabras que se refieran a que el Verbo, que existía desde siempre, es decir, Dios, o más concretamente la Segunda Persona de la Trinidad Divina, se encarnó, haciéndose hombre, siendo, por tanto, Jesucristo no sólo hombre, sino Dios y Hombre Verdadero, que nació de la siempre Virgen María por obra y gracia del Espíritu Santo. Y, como prueba a posteriori, aludió el Santo Alcantarino a la protección que merecieron esos dos religiosos en medio de tan grande como inesperada tormenta, en la que no faltarían truenos y rayos, además de agua copiosa.

¿Cómo pudo él saber la verdad de su rotunda afirmación? ¿No se la revelaría el Señor?.

Poco importa el que no podamos satisfacer esta curiosidad. Lo esencial es fiarnos de las palabras del Santo, estando en lo cierto de que nos hacemos merecedores de aludida protección divina, si hacemos  lo que él indicó como condición necesaria para ello.

Podríamos calificar todo esto de Gran Promesa de San Pedro de Alcántara.

Por otra parte, ¿acaso es arduo atenernos a lo que él señaló para conseguirla?  ¡No!…

Consiguientemente, he aquí la cosa u obra fácil que él enseñó  como remedio de todos los males, ya que ninguno exceptuó, salvo aquellos, se sobreentiende, que, por santos juicios de Dios, conviene que los padezcamos para conseguir un mayor tesoro de gloria eterna.

Seamos, pues, fervientes devotos de la Encarnación del Verbo Divino, proclamando y recordando siempre que sea preciso, la Divinidad de Jesucristo, ora sea de palabra o mediante otros procedimientos.

Así lo vienen haciendo quienes diariamente rezan el Ángelus, aunque muchos no lo hayan advertido; y los que recitan el Santo Rosario.

Así, quienes llevan consigo el libro de los Santos Evangelios, si lo hacen con intención especial o referida primordialmente a agradecer y conmemorar el Misterio de haberse Dios hecho hombre.

Y así también quienes, con apuntada finalidad, porten en sus carteras alguna estampa que contenga las primeras frases del Evangelio de San Juan, para poderlas leer y hacer escuchar en los momentos de apuro cual el de la susodicha tempestad, mediante lo que, cumplidas las  imprescindibles condiciones que se deducen del citado pasaje de la vida del Santo, se obtengan en lo posible, o de acuerdo con la voluntad de Dios, todos esos oportunos auxilios sobrenaturales que el propio San Pedro de Alcántara adoctrinó que vendrían o serían dispensados en cualquier circunstancia adversas, si las almas creyentes y devotas se ajustan a lo que él enseñó