Oct 011999
 

Juan Luís de la Montaña Conchiña.

Universidad de Extremadura

INTRODUCCIÓN: VIDA COTIDIANA E HISTORIA

La historia de la vida cotidiana no es una novedad ni significa el agotamiento de los paradigmas dominantes dentro de las corrientes historiográficas actuales[1]. Aun considerando ciertas diferencias y visiones de la historia con la historia tradicional desarrollada desde los ámbitos académicos, no supone en absoluto una ruptura de los parámetros por los que se ha regido la producción historiografía medieval hasta el presente, sino un complemento o intento de acercamiento a los aspectos vitales que rodean a la convivencia de las personas, la comunidad, la familia, el individuo, a los humildes escenarios que enmarcaron el desarrollo de la sociedad occidental en la que el objeto fundamental de estudio es el hombre[2]. Esta historia, perfectamente enmarcada en la conocida genéricamente como historia de las mentalidades y cultura material, no deja de ser una historia social en la que está presente una serie de elementos estructurales que tienen de fondo el marco de un modo de producción y de relaciones sociales.

Efectivamente, lo que se ha dado en llamar historia de la vida cotidiana “es una forma de comprender e interpretar la historia a partir de la articulación de unos hechos, actitudes, ideas a través de todos los movimientos del ritmo humano”[3]. De otra forma, lo cotidiano es una realidad histórica que se conforma como un conjunto de actos y actitudes, o lo que es igual, la vida misma que han llamado la “historia desde abajo”. Esta forma de construir la historia no es más que la simple oportunidad de otorgar la palabra a aquellos que nunca la tuvieron en la historia denominada oficialista[4]. Reducir la historia de la vida cotidiana a una simple descripción de determinados fenómenos históricos no sería más que un cúmulo de anécdotas o inventario de diversa importancia, pero todo exento de conexión y de argumento[5].

La cotidianidad dentro de la historia posee varias dimensiones en absoluto excluyentes. De entre ellas podemos destacar la nueva historia local, que es una historia exenta de singularidades y elementos particulares para convertirse en el prototipo de preocupaciones generales –una concepción del todo- en un marco de aplicación más restringido en la que el sujeto principal de observación es la comunidad en una gradación de mayor a menor: región, comarca, ciudad-villa, aldea, comunidad, familia e individuo.

Es desde esta perspectiva desde donde nos vamos a enfocar el ritmo diario de vida y convivencia de una comunidad urbana extremeña en la Edad Media como es Trujillo. El motivo de seleccionar esta villa como punto de observación es doble. Por un lado, hemos de resaltar la atracción que supone para el investigador la intensa y bulliciosa vida que posee Trujillo en los años finales de la Edad Media donde existe un espectro social muy amplio y diversificado; por otro, la posibilidad de contar con un cúmulo de documentación suficientemente densa y completa que nos permita indagar sobre los aspectos más cotidianos de la comunidad. En este trabajo, por tanto, analizaremos aspectos diversos de la comunidad urbana como las bases de organización y convivencia, la marginación y la pobreza así como los conflictos que surgieron en el vivir cotidiano, los espacios públicos y sus usos por contraposición a los espacios privados representados por las viviendas, el gobierno local, las formas de trabajo y economía que dinamizaron el ritmo diario de la vida en una villa de realengo.

1. EL ESPACIO URBANO: ESPACIOS Y EDIFICIOS PÚBLICOS Y PRIVADOS

Dentro de la tipología de espacios intramuros que se adivina dentro de estos marcos urbanos básicamente definidos por la existencia de una muralla que rodea y envuelve el núcleo de la población, podemos distinguir según su naturaleza entre espacios de control público (plazas y mercados así como calles y zonas de reunión vecinal)[6], y espacios privados o comunidad vecinal (vivienda familiar). Los especialistas hablan de un tercer espacio, el eclesiástico, materializado en aquellos lugares bajo el control y jurisdicción eclesiástica (iglesias, conventos, monasterios, hospitales). Ambos criterios, sin excluir el tercero, podrían sintetizarse, desde una perspectiva urbanística, en espacios abiertos y espacios cerrados[7].

En el plano de los espacios privados además de las viviendas familiares, casas-fuertes, palacetes e incluso edificios religiosos, existe una dimensión distinta de esta privacidad donde puede observarse la confluencia de lo público y lo privado: edificios pertenecientes al concejo. Es decir, espacios delimitados donde ambos conceptos se solapan, es el caso, por ejemplo, de tabernas, carnicerías, panaderías, mesones (quizá los más populares) y edificios similares que, formando parte en algunas ocasiones de las viviendas de aquellos que desarrollaban sus oficios, poseían al mismo tiempo una dimensión pública.

1.1. Configuración del espacio urbano

El espacio urbano se conforma como un marco excepcional en el cual se articula un conjunto de vivencias y realidades de signo muy distinto. Este marco urbano al que nos referimos, que es el que se encuentra rodeado de murallas, es en sí mismo un complejo orgánico, vivo, en el que operan fuerzas de muy distinto signo y que mantienen continuo el ritmo de la comunidad[8]. De esta forma, la existencia de murallas es la primera realidad diferenciadora a tener en cuenta ya que permite configurar, delimitar y precisar el espacio netamente urbano conocido en las fuentes con el término villa[9].

En ese sentido, la existencia de un cerco murado y una compleja estructura defensiva no es desde luego un hecho fortuito, al menos para el caso de Trujillo. Si en un primer momento desempeñó una función primordial frente al enemigo musulmán, en la Baja Edad Media la conflictiva situación política castellana fue determinante para su reforzamiento. La muralla de la villa necesitó en no pocas ocasiones de fuertes inversiones que costearan las reparaciones y ampliaciones provocadas tanto por necesidades estratégicas como poblacionales, especialmente las segundas, quizá las más interesantes[10].

1.2. Plazas y espacios públicos

La plaza como lugar de congregación de la comunidad y como espacio de intercambio por excelencia, adquiere en el caso de Trujillo una importancia vital. Mientras que en algunas ciudades castellanas la plaza era un espacio más o prolongación de la calle o calles que se juntan[11], en el caso trujillano, como en otras tantas villas extremeñas: la plaza es el eje articulador en torno al que se organiza la vida de la comunidad. Una realidad que potencia la significación de la plaza como “eje vital” de la villa es la actividad económica que se desarrolla en la misma. En 1465, por privilegio de Enrique IV, la villa gozaba de un mercado franco “por el dia del jueves de cada semana e que todas las personas vezinos de esa çibdad e su tierra e de qualesquier otras partes asi de mis reynos como de fuera dellos christianos e moros e judios e omes e mugeres de cualquier ley, estado o condiçion, preheminençia o dignidad que sean e al dicho mercado vinieren puedan venir e vengan libre e seguramente con todos sus bienes e mercadurias”[12].

Que la plaza se convirtió en el eje en torno al que se articulaba la vida política de la villa no cabe duda alguna. Esta plaza conocida como del arrabal, junto a la iglesia de San Martín, es producto del intenso crecimiento demográfico al que se encuentra sometida la ciudad durante la segunda mitad del siglo XV[13]. En la misma plaza se localizaron las “las casas del concejo e ayuntamiento de la dicha çibdat, que son en la hazera de la plaça della” y otros edificios dependientes de las autoridades locales, como por ejemplo las carnicerías “que son en la hazera de la plaça de la dicha çibdad”, ambas construcciones se presentaban contigüas y sus primeras noticias se remontan a 1418[14]. Muchos documentos refieren con detalle esta realidad especialmente cuando aluden a la localización de las casas que el concejo arrendaba a diversos inquilinos, pero en el caso de Trujillo, que en el siglo XV estaba sufriendo una intensa expansión urbana, esta certidumbre se hacía más patente toda vez que el concejo mostró un gran interés por centralizar en dicho espacio los edificios públicos más importantes como la alhóndiga y la cárcel, junto a otras casas del concejo “para fazer en ellas alhondiga e para poner en ellas el peso del pan e harina de pescado e hierro e otras cosas de que la dicha çibdad tenia mucha nesçesidad”[15]. Trujillo contó además con otras plazas de menor importancia pero que sin duda ejercieron una función similar a la que se convertiría en plaza principal de la villa como “la plaçuela que ha por linderos de la una parte casas de Diego Ferrandez, xabonero, e de la otra parte casas de Alonso Garçia e delante las puertas prinçipales la calle real”[16].

La ubicación del mercado de la villa parece que concretó en la plaçuela y puerta de Santiago[17]. Lo que sí es cierto, es que en el mercado de los jueves se desarrolló una vida económica activa, bulliciosa. Allí confluían comerciantes de la villa y su tierra así como gentes foráneas con todo tipo de productos[18]. A través de actas del concejo y de las ordenanzas sabemos que se comerciaba con telas, una amplia variedad de alimentos (higos, garbanzos, castañas, nueces, avellanas, aceite, miel), y utensilios domésticos (herraduras, mobiliario, cestas, tejas, botijos, jarras, barreñas, tinajas), sometidos a una férrea reglamentación que aseguraba calidad y una estandarización de los precios. Desde nuestra perspectiva, la presencia de moros y judíos muy activos en este sector fue decisiva para el impulso económico definitivo de la villa, a pesar de las limitaciones que con posterioridad a 1480 tuvieron en lo relacionado con prácticas mercantiles.

1.3. La vida en las calles

La calle es el elemento vertebrador de la convivencia comunitaria, es el centro de reuniones y comunicación cuando desemboca en plazas abiertas. La calle es el centro de intercambio de información y de movimiento, es el centro de comunicación y diversión por excelencia de las personas que integran la comunidad y por tanto es un área de marcado ámbito social [19]. En este sentido, Trujillo contaba con una serie de calles perfectamente interconectadas que convergían en las plazas y articulaban la vida de la villa. Todos los negocios de relativa importancia, así como determinadas transacciones, actividades artesanales, y la localización de determinados establecimientos públicos confluían hacia estos espacios.

A finales del siglo XV se conoce un número relativamente amplio de ellas aunque no deja de ser un elemento sintomático el hecho de que, pese a la abundancia de calles más o menos conformadas, no exista un elenco de nombres suficientes que las defina. En la mayoría de los casos, calles y viviendas se confundían, quizá como resultado del crecimiento relativamente desorganizado de los arrabales[20]. Muchas de las arterias donde presuntamente se localiza una parte importante de las casas que el concejo arrienda a diversos inquilinos así como otras vías en las que se ubican viviendas particulares, tienen su salida a la “calle real” o calle principal. Es interesante señalar un detalle que explica esta curiosidad y es que en las ciudades medievales castellanas sometidas a un proceso de expansión urbana, como es el caso de Trujillo en la Baja Edad Media, las calles no detentaban un nombre definido tal y como las conocemos en la actualidad. En el caso de los barrios donde se concentraban los gremios artesanales éstas eran conocidas por el oficio que se desarrollaba en sus talleres. Así, cabe destacar las calles de los Olleros, San Miguel, Pozuelo, Sancti Spiritus, entre otras[21]. Sin embargo, entrado el siglo XVI ya se conocen algunas calles con nombres propios correspondientes a la zona de expansión extramuros tales como: calles de los ballesteros, calle Garciaz y calle Sillería[22].

La vida en las calles era bulliciosa y ajetreada según se deduce de las noticias conservadas en las actas y ordenanzas del concejo. El hecho de regular las múltiples actividades que se desarrollaran en ellas es sintomático[23]. Además de los sonidos y alborotos típicos de los talleres artesanales en pleno funcionamiento, pequeñas tiendas y algún edificio público debía ser el centro donde convergían asiduamente los vecinos. Las ordenanzas detallan algunas cuestiones respecto al desarrollo tranquilo de la vida de todos los días como la higiene y tranquilidad que debían ostentar para beneficio de la comunidad. Considerando esta realidad, es posible pensar que en el ensanchamiento de la ciudad durante la segunda mitad del siglo XV, las calles mejoraran en su aspecto. El empedrado de las mismas debió ser un hecho palpable con el que no sólo se trataba de añadir un toque de comodidad sino de aplicar una serie de medidas higiénicas indispensables para el bienestar comunitario. De esta forma, se penaba el vertido de basuras en las calles y no en los lugares destinados a tal fin: los muladares. Curiosamente, y dada la vivacidad del ritmo cotidiano en algunos casos, se denuncia que la basura no era llevada a los citados muladares sino que se era trasladada por algunos vecinos a otros barrios y calles. Ante esta situación no quedó más remedio que articular una normativa en la que “toda vasura o suziedad se eche en los muladares señalados e amojonados e no en otra parte; e pregonese”[24]. Para que ésta se hiciese efectiva, hacia 1485 la villa contaba hasta con cinco muladares estratégicamente repartidos por puntos concretos[25].

Pero no todos los problemas que generaban el cuidado y limpieza de la calle terminan ahí. Si hay una estampa típicamente medieval es la de ver animales sueltos pululando por calles y barrios. Esta particular situación estimuló la redacción de un cúmulo de normativas que intentaba evitar que animales, como cerdos, fueran sacrificados por vecinos descontentos con la suciedad que éstos iban dejando a su paso. La situación llegó al límite de tener que legislar a favor de proceder al sacrificio (dado el perjuicio que podía infringir en la débil economía familiar la pérdida de estos animales) pero sí evitar el que anduvieran sueltos por las calles. Para controlar éste y otros aspectos los “guardas de las calles” y el corralero procuraban encerrar a estos animales no sin multar a sus propietarios[26]. Del mismo modo, en 1500, una ordenanza nueva advertía a los mesoneros de la ciudad que no debían tener “puercos e gallinas de lo qual los caminantes espeçialmente sus bestias se sygue daño”[27].

1.4. El ámbito privado y la vida doméstica: la casa

La casa formaba parte de ese otro ámbito de convivencia: del ámbito privado por excelencia; y presenta unas formas muy determinadas, aunque en la documentación no se conserven datos sobre las mismas con los detalles deseados. En el ámbito de la vivienda podemos distinguir tres tipos aunque nos centraremos con exclusividad, dado su interés, en el primero:

  1. La vivienda familiar.
  2. La casa señorial, que en el caso trujillano está claramente representado por la casa fuerte.
  3. Edificios de culto, iglesias, ermitas, sinagogas; y edificios religiosos como monasterios, conventos y hospitales para los pobres.

El primer aspecto a reseñar es que la vivienda en el seno de la villa no aparece como un elemento aislado, sino plenamente integrado, es decir, tienden a una agrupación natural que permite un ahorro de espacio, una mejor defensa ante las inclemencias del tiempo y una mayor estabilidad de la vivienda. Las dimensiones así como la estructura de la casa no están explicitadas en las fuentes aunque por diversos datos intuimos tanto un aumento de las dimensiones como de los elementos que la componen[28]. Exceptuando las casas de los colectivos más modestos localizadas en los arrabales de la villa, éstas podían ser de dos pisos y con arcadas, como es el ejemplo de las viviendas que formaban una de las dos carnicerías del concejo sita en la plaza[29]. En un documento de 1498 se describe perfectamente este tipo de vivienda. Todos los datos indican que la parte residencial propiamente dicha se situaba en la parte superior “para fazer en ello casa o valcon o soleador”[30], mientras la carnicería, espacio público por excelencia, se disponía en la planta baja. En el piso inferior se localizaban la cocina, alguna estancia y quizá un espacio para animales y herramientas. Mientras, en el piso superior se disponía la totalidad de las habitaciones[31].

La documentación consultada nos permite afirmar la existencia de espacios adosados a la vivienda, lo que nos permite constatar el aumento del número de dependencias. De esta forma, la casa contaba, además, con un corral, que era el anexo más importante de la vivienda. La presencia del corral, que debemos entender similar a la realidad que conocemos hoy día, está presente incluso en viviendas localizadas en el interior de la villa “un pedaço de corral que yo he e tengo y poseo, que es en los arravales desta dicha çibdad en las espaldas de unas casas mias que yo tengo en la hazera de la plaça e ha por linderos el dicho pedaço de corral casas de vos el dicho conçejo, de la una parte, e de la otra las dichas mis casas, el qual dicho pedaço de corral es segund que los señalaron Juan Regodon e Fernando Davalos, albañires, vezinos desta dicha çibdad”, los ejemplos podrían multiplicarse[32].

La existencia de estos corrales puede señalarnos la pervivencia de una vivienda de relativas dimensiones con abundantes espacios interiores no construidos, es decir, viviendas de relativa extensión donde ya no conviven personas y animales. En ocasiones, a las unidades anteriormente descritas se unían otros compartimentos como establos, donde se albergaría al ganado[33]. Es previsible contar con un aumento de las condiciones de habitabilidad al poseer nuevas construcciones como fogones, pequeños hornos de pan caseros, hogares adosados a las paredes y un progresivo aumento del mobiliario que la presencia en Trujillo de numerosos artesanos no hace más que reafirmar.

En cuanto a los materiales empleados, parece existir una similitud con los utilizados en la realización de viviendas en espacios más septentrionales[34]. El Libro de Daños en el Monte de Trujillo, condensa una serie de noticias sobre la corta de madera (robles) necesaria para la realización de determinadas partes de la vivienda. Según se indica siempre es utilizada para las cubiertas o tejados, y la construcción de puertas, ventanas, portones y quizá otras partes de los interiores de la vivienda. La madera de menor calidad (ramas de encinas y alcornoques) eran empleada para la construcción o cerramientos de pequeños corrales y cercados.

Además de la madera utilizada para diseñar el armazón de la casa, se empleaban materiales mucho más consistentes y duraderos[35]. En las ordenanzas de la villa donde se contiene una “Tasa de cómo han de vender el barro los olleros”, se hace una relación de materiales y precios muy significativa de los productos derivados del mismo empleados en la construcción de viviendas. De esta forma sabemos que muchas viviendas familiares estarían tejadas. Las tejas tenían la medida de lo que “esta señalado en la torre de San Martin”[36]. Del mismo modo, era habitual el uso de ladrillos y adobes, éste último de mayor consistencia y por tanto de mayor uso especialmente para la realización de las estructuras de las viviendas.

2. LA COMUNIDAD, LAS PERSONAS: FORMAS DE ORGANIZACIÓN Y CONVIVENCIA

En las ciudades medievales, las personas no vivían aisladas sino que conformaban pequeñas comunidades perfectamente organizadas en función de unos criterios que podían ser muy variables: desde elementos económicos hasta étnicos y religiosos. Existía un amplio sentido de la solidaridad ya que, a pesar de la aparente organización de la vida municipal, su estabilidad no estaba garantizada por el Estado[37]. La unidad fundamental en torno a la que se articula la comunidad es el barrio y la collación. Estas realidades muy acabadas en la Baja Edad Media podían considerarse como una pequeña aldea gobernada por una fracción de las personas que la integraban elegidas periódicamente. Los fueros extensos contienen datos suficientes para conocer la estructuración de estas unidades comunitarias en el seno de las villas.

En el caso de Trujillo, todos los datos indican que las colaciones (de connotaciones étnico-religiosas) y barrios (entidad socioprofesional) estaban organizados, al menos en lo que se denominaba villa vieja en la que se localizaba básicamente la comunidad cristiana. La presencia de judíos y musulmanes queda reducida a barrios circunscritos al espacio extramuros[38]. Aunque vivían agrupados en aljamas y morerías, sitas en las zonas de expansión de la villa nueva, sí puede constarse la presencia de algunos miembros destacados de ambas comunidades hábiles expertos en oficios de reconocido prestigio, tal es el caso de “Abraham, çirujano”[39].

Una de las realidades mejor acabadas eran las solidaridades gremiales pues constituían elementos de referencia en el modelo de organización de la sociedad medieval. A pesar de su importancia, este asociacionismo básico no estuvo muy presente en Trujillo, como en el resto de villas extremeñas, hasta finales de la Edad Media. El asociacionismo o el gremialismo fue combatido sin descanso por las poderosas oligarquías locales cuyos intereses no giraban tanto en torno al desarrollo de la industria local como de una explotación meramente rentista de la tierra. Sin duda, el desarrollo de gremios o cofradías que defendieran sus derechos hubiera sido un escollo para los intereses de los cavalleros e “omes buenos” de la villa.

Ante esta realidad hasta cierto punto discriminatoria articulada desde las instancias superiores de la localidad controladas por las poderosas oligarquías de caballeros villanos agrupados en linajes, los únicos recursos que les quedaban al común de la población era la práctica de un asociacionismo elemental materializado en hermandades y cofradías que les permitiera una articulación eficaz de sus intereses y un apoyo mutuo en momentos difíciles. Efectivamente, en las ciudades medievales siempre existió en el plano de la comunidad un sentimiento de hermandad ampliamente extendido, aunque haya que destacarse matices de signo religiosos. Este esquema de agrupamiento y ayuda mutua se vertebró desde la calle, pasando por barrios y collaciones. No es de extrañar encontrar las primeras referencias a cofradías con fines piadosos en la villa, al menos desde finales del siglo XV. De estas fechas proceden las noticias de la cofradía de la «pasion, la qual diz que no tiene renta ninguna e que todos los viernes del año se dizen en ella una misa de pasion e que quando sacan el Santo Sacramento para lo levar a los enfermos”[40].

1. Marginación social

En una sociedad dinámica y en constante transformación como es el trujillana de finales del siglo XV, la diferenciación social, es decir, la estratificación interna entre los colectivos pecheros y menos pudientes estaba ya muy presente en el organigrama social[41]. La pobreza e indigencia se cebó sobre los colectivos menos favorecidos. El empobrecimiento de muchas familias ante las constantes subidas de precios, las malas cosechas, la estructura de la propiedad y, en menor medida, las arbitrariedades cometidas desde el gobierno municipal provocaron significativas bolsas de pobreza y miseria raramente recogidas por las fuentes[42].

La pobreza y la mendicidad son lacras que están presentes en Trujillo. Aunque en los documentos y en las propias actas no se encuentran referencias directas sobre esta problemática[43], la existencia y fundación de hospitales delatan esta realidad. La presencia y situación de la más extrema indigencia de algunos habitantes de la villa o de sus alrededores conmovía al concejo, como es el caso de una mujer “muy pobre de las huertas que tiene gota coral, está parida, pide por Dios le manden dar criar la criatura porque con el mal se teme que se peresçera”[44].

Pero el amplio y delicado tema de la marginación social no se reduce a lo que podríamos denominar pobreza material. Existía una pobreza voluntaria y fingida en muchos casos que producía un rechazo tanto por parte de las autoridades locales como de la propia comunidad. En una villa de intenso crecimiento demográfico y actividad económica, se desarrolló una delincuencia menor. En un curioso documento de marzo de 1500, la reina insta al obispo de Plasencia para que ponga fin a una situación ciertamente particular. El documento en cuestión habla de una actitud poco reverente de los clérigos de la villa que, quedando las puertas de las iglesias abiertas por la noche, permitían que rufianes, ladrones y estafadores se refugiaran en su interior, evitando la intervención de la justicia[45]. El concejo, siempre preocupado por el clima de inseguridad que se generaba en la villa, tomó las medidas adecuadas para solventar esta problemática. A este respecto es sintomático observar la redacción de normativas que afectaban a lugares particularmente propicios a la reunión de estos grupos como son los mesones[46]. El vagabundo o maleante que pasara más de tres días en la ciudad estaba expuesto a recibir públicamente cien azotes[47].

Otro tema era el de la prostitución, sinónimo en este caso de marginación social. Ésta estuvo presente en Trujillo en un grado desigual. Si partimos de una realidad y es la importancia económica de la villa, la dinámica comercial y de riqueza que se generaba, así como el paso de gentes provenientes de otras partes del reino a los que se denomina “estrangeros” (pastores de la Mesta, mercaderes, merchaniegos, buhoneros), es factible pensar en que la prostitución como una actividad presente en la vida cotidiana de los trujillanos. Aunque es imposible saber el grado de actividad que alcanzó la misma, ésta se dio y estuvo localizada en puntos muy concretos. Sabemos que grupos de prostitutas proliferaban los mesones de la ciudad, cuestión que provocó no poco altercados públicos[48]. En ocasiones las quejas de los vecinos respondían a las molestias que podrían causarles los ruidos y altercados que se provocaban en algunas de estas casas cercanas a determinados barrios: “algunas personas del barrio de San Miguel diezen que en el meson de Catalina Ramos estan muchas mugeres del partido y a las noches ay alli questiones. Piden que les manden tener una mançebia apartada e no en las calles”[49].

2. Conflictos en el seno de la comunidad

La convivencia entre cristianos, moros y judíos no siempre fue fluida, aunque tampoco se documentan enfrentamientos directos dignos de mención. En determinados momentos surgieron problemas que, denunciados, en ocasiones no encontraron soluciones adecuadas. Es por ello que en las ordenanzas de la villa detectamos una serie de medidas tendentes a solucionar los problemas que provocaban la convivencia a la que estamos aludiendo, aunque siempre con ventaja para los cristianos. Con ello, no se dejaba de detectar una especial calma tensa.

Judíos y musulmanes estaban supeditados a serias limitaciones en el ejercicio de actividades cotidianas como el comercio sólo practicado en momentos muy determinados, ni siquiera les era permitido cubrir necesidades relacionadas con el abastecimiento[50]. A estas injustas medidas se le añadieron otras no menos humillantes anteriores a su expulsión como por ejemplo la prohibición aplicada a los cristianos referente a la compra de carne vendida por judíos o moros, o la compra de pescado los días preceptivos de los cristianos hasta el mediodía, con el fin, seguramente, de evitar los problemas de abastecimiento[51]. El extremo de esta actitud separatista hacia estas minorías, además de su aislamiento en aljamas y morerías donde debían montar sus mercados, llegó con la rigurosa aplicación de los distintivos que iban sobrepuestos sobre los ropajes. Los judíos debían llevar señales “redondas coloradas” y los moros unas lunas[52].

Un cierto clima de tensión se detecta en algunas acciones habituales y que, entres otras cuestiones debieron culminar con la marcha de la ciudad de muchas familias cuando en la documentación de los primeros años del siglo XVI se señala “ya no los ay”, cuando cristianos seglares y eclesiásticos denunciaban a judíos y moros el desarrollo de su trabajo cotidiano en día de domingo, como era el hecho de trabajar en sus huertas y viñas[53]. Situación ciertamente curiosa y contradictoria de la comunidad cristiana cuando una disposición real obligaba a respetar a estos colectivos y sus trabajos diarios pues ya se encontraban recluidos en sus propios barrios[54].

3. El ciclo diario de la vida: el trabajo

El trabajo en la villa de Trujillo se repartía ampliamente por los diversos espacios públicos, plazas centro comercial por excelencia, y calles donde se localizaban los talleres. Ello no resta que actividades meramente agrarias tuvieran lugar en una escala muy reducida en la villa y en sus inmediatos alrededores, como así ocurría.

A este respecto las ordenanzas de la villa nos muestran cumplida información sobre los diversos oficios manuales como caldereros, barberos, albañiles y jubeteros. Podemos destacar las ordenanzas que regulaban la actividad de zapateros, zurradores, curtidores de pieles y herreros, y cuando decimos regulaban nos referimos tanto al desempeño de la propia actividad, como a los materiales empleados, la calidad de los productos resultantes y los precios establecidos por el concejo así como los puntos de venta. En esta realidad los denominados fieles del concejo eran los encargados de hacer cumplir las normativas articuladas al respecto. En una dinámica similar de control de calidad y precios estaban envueltos oficios como el de panadero (ejercido normalmente por mujeres), y carnicero, y en general los relacionados con el sector alimentario, al que se prestaba especial atención. El oficio de carnicero se presenta ampliamente regulado en las ordenanzas quizá, entre otras cuestiones, porque dicho producto estaba sometido a una amplia demanda, dada la significación de la carne en la dieta cristiana[55].

Al margen de los oficios que marcan la cotideanidad de las necesidades de la población, hubo algunos oficios a los que tanto las autoridades locales como la Corona prestaron especial atención dada su importancia en el funcionamiento de la comunidad. Nos referimos a médicos, boticarios, cirujanos y bachilleres. Efectivamente, el ejercicio de tamañas funciones fue especialmente supervisada por los oficiales del concejo como se deduce de un documento de 1489 en el que se habla de la dotación salarial, seis y cuatro mil maravedís anuales, de aquellos que debían ejercer dichos puestos[56]. Asimismo procuraron dotar a la villa de dos profesionales que desempeñen idénticas funciones. Desde otra perspectiva, para asegurar unas condiciones mínimas en la salud de los trujillanos así como la asistencia personalizada de especialistas, el concejo supo desarrollar una política de atracción de artesanos especializados para la satisfacción de estas necesidades. Este grupo está integrado por los que un documento denomina como físicos, cirujanos y boticarios. Estos especialistas que desarrollaron funciones complementarias fueron apreciados en Trujillo de modo que como se indica en junio de 1489[57]: “Otrosi que al fisico e çirujano que fuere elegido e nonbrado por el dicho conçejo, seyendo tal persona que syrva bien e sea abil e sufiçiente para usar de los dichos ofiçios aya de levar e lieve e le ayan de dar e den de salario seis mil maravedis en cada un año; e sy el dicho conçejo viere que cunple al bien e pro comun de la dicha çibdad que aya dos fisicos e çirujanos que les ayan de dar e den a cada uno dellos quatro mil maravedis en cada año”.

4. Los menesteres cotidianos: alimentación, higiene y sanidad.

Entre las necesidades más importantes y que obviamente no se pueden olvidar está la alimentación. En la Edad Media la alimentación no es una necesidad sino un problema cuando no una aventura[58]. En este sentido tenemos que indicar las graves deficiencias que producía en los sistemas de abastecimiento la baja productividad de las cosechas, la extremada dependencia de las variaciones climáticas a lo que tenemos que sumarle las limitaciones técnicas. El hombre medieval, en extrema dependencia de la tierra, siempre se mantuvo embarcado en la cruda realidad que imponía la aparición de malas cosechas y las consiguientes hambrunas[59].

Evidentemente, en un mundo como el medieval en el que la jerarquización de la sociedad y de los comportamientos mentales era tan rígido, el sistema alimentario estaba sujeto a un alto grado de diferenciación. Según se ha señalado la asociación de personas, estrato social y cuadro alimentario es evidente: carne para los ricos, vegetales para los pobres. Aun con todo, la carne fue un producto de un consumo muy elevado entre todos los colectivos sociales que, junto al pan y al vino, constituía la dieta alimenticia urbana por excelencia de buena parte de las ciudades castellanas del siglo XV[60].

Efectivamente, carne, pan y vino eran los alimentos que más presencia tenían en el mercado en sus variantes cualitativas.

  1. En cuanto a la primera, la carne, el carnero y el vacuno eran los más consumidos. La presencia, curiosamente, del cerdo en el mercado es mínima, ello no significa que no se consuma, todo lo contrario. Hay que pensar en que el cerdo era un animal presente en las cabañas familiares y, dado este autoabastecimiento, no hacía necesaria su presencia en las tablas de los carniceros. Además en el mercado podían encontrarse: conejos, liebres y perdices.
  2. El pan era el alimento cotidiano por excelencia, la abundancia de normativas relativas a la guarda del pan de 1485 y 1506 son más que esclarecedoras de esta realidad[61]. Además del trigo, que sería el pan de los ricos, el centeno ocupaba un lugar importante. Del mismo modo se habla de cebada, pero el ser un cereal menos panificable quizá esté más relacionado con el alimento de los animales de corral y las bestias de tiro.
  3. El vino supone un aporte de calorías diarias muy importante. Haciendo una comparativa con otras ciudades castellanas podía consumirse entre 1- 1,5 litros diarios por persona[62].
  4. Curiosamente los alimentos que menos presencia parecen tener en los puestos de los comerciantes son las frutas y hortalizas (peras, ciruelas, espárragos, berenjenas, uvas e higos). Quizá haya que pensar, al igual que con el cerdo, en un autoabastecimiento que las pequeñas huertas en manos de modestas familias podía proporcionar. El pescado también ocupaba un lugar principal, un pescado que, proveniente de los grandes afluentes del Tajo, debía cumplir unas normas de higiene para su venta. El pescado libraba una función alimenticia de primer orden similar a la que desempeñaba desde la vertiente cultural: el pescado era el único alimento permitido a los cristianos los días de precepto[63].Sólo encontramos una referencia relativa al queso.

Con todo, las primeras conclusiones que se nos ocurren es el desequilibrio de la dieta compuesta básicamente por la tríada arriba indicada: carne, pan y vino. Pero si la alimentación era importante, tanto o más lo era el mantener los mercados bien surtidos de los más variados productos. El abastecimiento se convirtió en un problema de primer orden y ello lo observamos con claridad en los primeros años del siglo XVI cuando detectamos los síntomas de lo que parece ser una crisis frumentaria de primer orden, a ello se le añade la necesidad de mantener establecimientos (carnicerías) suficientes que permitiesen el abasto de la ciudad[64]. En este sentido, la preocupación del concejo es obvia y por ello en la citada primera década del siglo XVI se detecta un interés creciente por la adquisición de locales sitos en la plaza mayor donde localizar las carnicerías, y la alhóndiga, previo consentimiento real[65], de la que tenemos noticias en agosto de 1502[66]. Otro problema relacionado con el abastecimiento diario era el de asegurar un mercado repleto de productos y unos precios que, previamente establecidos por el concejo, fueran respetados en la medida de lo posible. No es, por tanto, extraño que en septiembre de 1500 el concejo manifestara la prohibición de vender productos importantes para el consumo diario tales como el trigo o la harina, cebada y centeno, fuera del mercado de la plaza[67]. El abastecimiento de alimentos fue canalizado por el concejo eficazmente, articulando no pocas medidas de la cuales ya se conocen algunas a mediados del siglo XV.

La higiene es otro caballo de batalla del concejo trujillano si tenemos en cuenta los numerosos problemas, epidemias, infecciones y otros males, que su falta acarreaba al conjunto de la comunidad. Además del cuidado de las calles en lo que se refiere a la limpieza y orden, la basura depositada en la calle estaba severamente penada. No es de extrañar que se prestara especial atención a la higiene de espacios públicos muy concretos: las fuentes. Lavar o dar de beber a las bestias en las fuentes o pilas de las Añoras suponía una pena de diez maravedis[68]. Del mismo modo era una práctica habitual lavar las tripas de los animales muertos en las fuentes, costumbre que fue rápida y taxativamente denunciada y prohibida en una ordenanza dictada en junio de 1516[69]. Otro tanto ocurría con los olleros a los que se prohibía cocer sus artículos en horas concretas del día debido al humo molesto que salía de lo hornos, sólo podían hacerlo a partir de las 22 horas y una vez a la semana[70].

La seguridad y el mantenimiento del orden social era otro elemento a tener en cuenta por la institución concejil. Además de las disposiciones que reglamentan las relaciones entre los distintos colectivos que integraban la comunidad, hay que contar con otras medidas tendentes a afianzar esta realidad. No es extraño, por tanto, que llegada la noche, refugio de personas y actividades que en muchas ocasiones se movían fuera de la ley, el concejo mostrara su preocupación y, en enero de 1485, seguramente ante el aumento de los delitos, ordenaba que “ninguno anden despues de tañida la ronda”, del mismo modo era obligatorio ir con una fuente de luz y, por supuesto, desarmado. La pena principal ante el incumplimiento de esta medida de seguridad era la cárcel y si portaban armas seiscientos maravedis[71].

CONCLUSIONES

El acercamiento a la vida cotidiana de la villa de Trujillo a finales del siglo XV nos permite observar los cambios en los que se encontraba inmersa. A pesar de las contradicciones existentes en el seno de los grupos sociales, luchas por el poder y diferenciación social, podemos ver con nitidez las transformaciones a que se ha visto sujeta durante este periodo. Si el paisaje y la vida urbana de Trujillo no quedan perfectamente definidos en los primeros siglos después de la conquista cristiana, no podemos decir lo mismo para finales de la Edad Media cuando todos los datos indican una fuerte revitalización, crecimiento demográfico que provoca la expansión de la villa y desplazamiento de la vida cotidiana fuera de sus muros originales: nacimiento de nuevas calles, ampliación y mejora de ls vivienda familiar, una actividad agroganadera y una intensa y nada despreciable actividad comercial como consecuencia del generoso sector artesanal radicado en la villa y un término productivo. La villa se convierte en el corazón económico de un amplio alfoz.

Trujillo, como otras villas castellanas a finales del siglo XV, se encuentra inmersa en una dinámica de gran vitalidad que a través de un análisis de elementos económicos y sociales enfocados desde un prisma distinto nos permite cotejar. Se puede constatar un crecimiento poblacional considerable que faculta el desarrollo de nuevos espacios y ámbitos de relación social (plazas, calles). Ello lleva consigo la revitalización de las actividades comerciales merced al aprovechamiento de las principales rutas de desplazamiento ganadero que con dirección norte sur tenían a Trujillo como centro nodal. Una villa, por tanto, que albergaba una población en plena ebullición, con sus lados oscuros, como por ejemplo la intensa discriminación que proyectaron sobre las minorías étnico-religiosas allí residentes, pero espléndidamente reflejada en los aspectos más sencillos de la vida de aquellas gentes.


NOTAS:

[1] Es una terminología acuñada por los historiadores franceses hacia 1930 (Cit. Peter Burke: Formas de hacer la historia, Madrid, 1991, pág. 25).

[2] Ese es el objetivo principal del excelente trabajo de Normal J. Pounds: Historia de la cultura material. La vida cotidiana, Barcelona, 1989.

[3] Ignasi Terradas Saborit: “La historia de les estructures i la Historia de la vida. Reflexions sobre les formes de relacionar la Hitòria local y la Història general”,Actas de las III Jornadaes d’Estudis Locals. La vida quotidiana dins la perspectiva historica, Palma de Mallorca, 1985, pág. 13. También se suman a estas corrientes historiadores como Vito Fumagalli: Cuando el cielo se oscurece. La vida en la Edad Media, Madrid, 1988; y Jacques LeGoff: Pensar la historia, Barcelona, 1991.

[4] Eloy Benito Ruano: “La historia de la vida cotidiana en la Historia de la sociedad medieval”, La vida cotidiana en la Edad Media, VIII Semana de Estudios Medievales, Logroño, 1998, pág. 13. A lo que añade “Un sistema funcional que, aunque básicamente idéntico a toda comunidad y a toda época humana, posee suficientes elementos diferenciales para caracterizar e identificar los diversos modos de ser vivida”. Franco Ferrarotti: La historia y lo cotidiano, Barcelona, 1991, pág. 22.

[5] Precisiones realizadas por Juan Carlos Martín Cea: El mundo rural castellano a fines de la Edad Media. El ejemplo de Paredes de Navas en el siglo XV, Valladolid, 1991, pág. 302.

[6] Como por ejemplo alcaceres, huertas y herrenales siempre próximos a la villa, en este caso muchos de éstos localizados en el conocido Berrocal de la villa.

[7] Manuel Fernando Ladero Quesada: “La vivienda: Espacio público y espacio privado en el paisaje urbano medieval”, La vida cotidiana en la Edad Media, VIII Semana de Estudios Medievales, Logroño, 1998, pág. 113.

[8] Ricardo Izquierdo Benito: Un espacio desordenado. Toledo a fines de la Edad Media, Toledo, 1996, pág. 15.

[9] Para entenderse la realidad y función de las murallas dentro del ámbito urbano medieval puede verse el magnífico trabajo de Beatriz Arízaga Bolumburu: El nacimiento de las villas guipuzcoanas en los siglos XIII-XIV. Morfología y funciones, San Sebastián, 1978.

[10] Ricardo Izquierdo Benito: Un espacio desordenado…ob.cit, pág. 17. Véase también Julio Valdeón Baruque: “Reflexiones sobre las murallas medievales de la Castilla medieval”, La ciudad y las murallas, Madrid, 1991, págs. 67-87. Para el caso concreto de Trujillo, Mªde los Ángeles Sánchez Rubio: El concejo de Trujillo y su alfoz en el tránsito de la Edad Media a la Moderna, Badajoz, 1993, págs. 73-78.

[11] Manuel Fernando Ladero Quesada: “La vivienda: Espacio público y espacio privado…”, art.cit, pág. 118.

[12] Mªde los Ángeles Sánchez Rubio: Documentación medieval del Archivo Municipal de Trujillo, Cáceres, 1994, Parte II, doc, 66 (en adelante Archivo Municipal de Trujillo)

[13] Mªde los Ángeles Sánchez Rubio: El concejo de Trujillo…, págs. 79-81.

[14] Archivo municipal de Trujillo, Parte II, doc. 213.

[15] Ibídem, docs. 213 y 226, “e de la otra parte la calleja que va entre las dichas casas e las casas de la carcel e de la casa del concejo de la dicha çibdad, e por delante de las puertas prinçipales la dicha plaça”. La cárcel de la villa es conocida en 1418, fue reconstruida en 1485 y verá ampliados su recinto en 1502 (Mª Ángeles Sánchez Rubio: El concejo de Trujillo …ob.cit, pág. 83).

[16] Archivo municipal de Trujillo, Parte II, doc. 186.

[17] A.M.T., Leg. 2.2, fol. 131r.

[18] A.M.T., Leg. 2.2, fol. 125v. “Que salgan las tyendas a la plaça el jueves”.

[19] María Asenjo González: “El ritmo de la comunidad: vivir en la ciudad. Las artes y los oficios en la Corona de Castilla”, La vida cotidiana en la Edad Media, VIII Semana de Estudios Medievales, Logroño, 1998, pág. 190.

[20] Este tipo de espacio vivo pero desorganizado ha sido puesto de relieve para el caso de la ciudad de Toledo por Ricardo Izquierdo Benito: Un espacio desordenado. Toledo a fines de la Edad Media….ob. cit.; Archivo Municipal de Trujillo, Parte II, doc. 85, “huerta de herederos de Alfonso Ferrandez Crespillo e con alcaçer de herederos de Aly Ferrador e con la calle del rey que sale de los mesones de Santi Spiritus e alinda el dicho solar con solar de Yuçuf de la Plaça e con solar de Ali Botali, moro”.

[21] Idea expuesta por Manuel Fernando Ladero Quesada: “La vivienda: Espacio público y espacio privado…”, art. Cit., pág. 116.

[22] Mª Ángeles Sánchez Rubio: El concejo de Trujillo…ob. cit, pág. 85.

[23] Recordemos que las ordenanzas, pese a su naturaleza coyuntural y atemporal, representan aspectos que regulan la necesidad que genera la vida diaria (M.A. Ladero Quesada y M.A. Galán Parra: “Las ordenanzas locales en la Corona de Castilla como fuente histórica y tema de investigación (siglos XIII al XVIII), Anales de la Universidad de Alicante. Historia Medeival, nº 1, (1928), págs. 221-243).

[24] A.M.T., Leg. 2.2, fol. 48v.

[25] A.M.T., Leg. 5.1., fols. 107v-108v. Muladar de la Alberca, muladar de los algibes, muladar de la puerta de Santa Cruz, muladar de la puerta de Fernan Ruiz, muladar de San Ándres, muladar de las casas de Gonzalo Paredes, muladar de Santa María.

[26] A.M.T., Leg. 2.2, fol. 104v. “y que el corralero no de los puercos a su dueño sy non con prenda que valga el terçio mas, so pena que los pagara el corralero”.

[27] A.M.T., Leg. 2.2., fol. 155v.

[28] Iñaki García Camino: “La vivienda medieval: perspectivas de investigación desde la arqueología”, La vida cotidiana en la Edad Media, VIII Semana de Estudios Medievales, Logroño, 1998, pág. 93.

[29] Todavía en el siglo XIX una de las constantes de la vivienda trujillana es que ésta contaba con dos plantas, algunas de tres, y de pocas comodidades (Pascual Madoz: Diccionario geográfico, estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar, Madrid, 1845-1850, T. XV, pág. 169).

[30] Archivo Municipal de Trujillo, Parte II, doc. 183.

[31] Juan Carlos Martín Cea: El mundo rural castellano…ob. cit, pág. 327.

[32] Archivo Municipal de Trujillo, Parte II, doc. 146; A.M.T., Leg. 2.2, fol. 128r “mandamos que todos e quealesqier personas que aocstunbran tomar ganados y bestias en sus corrales de los que se trahen a acorralar”. Juan Carlos Marín Cea: El mundo rural castellano…ob. cit., pág. 326. Para espacios castellanos septentrionales, los corrales adosados a las viviendas eran lugares cercados y descubiertos, donde se cuidan los animales domésticos, como los cerdos, pollos y gallinas que tanta importancia tienen en la dieta alimentaria.

[33] Archivo Municipal de Trujillo, Parte II, doc. 238, “e de la otra parte el establo de las casas de nos los dichos Juan de Salas e sus fijos, quedando el dicho establo para nos los dichos Juan de Salas e sus fijos”.

[34] A. Sánchez del Barrio: “Las construcciones populares medievales: un ejemplo castellano de comienzos del siglo XIV”, Studia historica, Studia Historia, Hª Medieval, Vol. VII, (1989), 127-156; Mª del Carmen Carlé: La casa en la Edad Media castellana, Cuadernos de Historia de España, Madrid, 1982.

[35] Iñaki García Camino: “La vivienda medieval: perspectivas de…”, art. cit., págs. 93 y 97, señala que el uso de la madera queda reservado a las cubiertas y zonas altas de la vivienda.

[36] A.M.T., Leg. 2.2, fol. 142v.

[37] Juan Cordera Rivera: “Asociacionismo popular: gremios, cofradías, hermandades y hospitales”, La vida cotidiana en la Edad Media, VIII Semana de Estudios Medievales, Logroño, 1998, pág. 391.

[38] Archivo Municipal de Trujillo, Parte II, doc. 178, “…a los corrales que dizen de las carnesçerias de los judios”.

[39] A.M.T., leg. 6.8, fol 67; Archivo Municipal de Trujillo, Parte II, doc. 85.

[40] Archivo Municipal de Trujillo, Parte II, doc. 227.

[41] Sobre el mundo de la marginación social es una bora de obligada referencia el trabajo de A. Geremek: La piedad y la horca, Madrid, 1989.

[42] Tal es así, que se ha llegado a afirmar la existencia de una población de 859 pobres a mediados del siglo XVI, lo que suponía el 44,9% de los vecinos (Sánchez Rubio: El concejo de Trujillo…ob. cit., pág. 452).

[43] No en pocas ocasiones los concejos se mostraron interesados por omitir y esconder a los ojos de la opinión pública la tremenda lacra que suponía contar con verdaderas legiones de gente empobrecida a la que ocasionalmente se trataba en instituciones benéficas articuladas para tal fin (Julio Valdeón Baruque: “Problemática para un estudio de los pobres y de la pobreza en Castilla a fines de la Edad Media”, A pobreza e a assistencia aos pobres na Peninsula iberica durante a Idade Media, T.II, Lisboa, 1973, págs. 889-918.). En muchos casos instituciones como cofradías religiosas tuvieron entre sus objetivos aspectos triviales en los que no encajaba la ayuda a los pobres (Juan Luis de la Montaña Conchiña: “Pobreza y sociedad en la Extremadura de la Edad Media”, Revista de Extremadura, nº 23, mayo-agosto, (1997), 15-30).

[44] Cit Mª de los Angeles Sánchez Rubio: El concejo de Trujillo…ob. cit, pág. 453.

[45] Archivo Municipal de Trujillo, Parte II, doc. 196.

[46] De hecho, se prohibía a los mesoneros que no acogieran a hombre alguno sin oficio reconocido más de tres días seguidos.

[47] A.M.T., Leg. 2.2., fol. 155v.

[48] “mandaron que las mugeres del partido que no ganen dinero a su oficio en los mesones salvo en las casas que tiene fechas Osuna” (Cit. Mª Ángeles Sánchez Rubio: El concejo de Trujillo…ob. cit., pág. 454).

[49] A.M.T., Leg. 6.8, fols. 175v.

[50] A.M.T., Leg. 2.2., fol. 38r. Se señala “Otrosy que los judios e moros alguno ni algunos non sean osados de comprar pan ni trigo ni çenteno, ni çevada ni farina en el mercado en qualquier dia de la semana ni fazer en ello preçio ni fabla alguna secreta ni publicamente fasta ser salidas de misas mayores en la yglesia de Sant Martin…”.

[51] A.M.T., Leg. 2.2., fol. 113r, 119r, 120v.

[52] A.M.T., Leg. 2.2., fol. 128r.

[53] A.M.T., Leg. 2.2., fol. 14v-15r “Otrosy que moro ni mora ni sus fijas e fijas nin moços nin moças non vayan a las viñas mietran tovieren frutro en los dyas de Pascua y sus ochavas ni en los domingos y dyas de apostoles ni en los otros dyas que manda guardar la Santa Yglesia, aunque la tal viña sea suya”.

[54] A.M.T., Leg. 2.2., fol. 130r.

[55] A.M.T., Leg. 2.2, fol. 113r.

[56] Archivo Municipal de Trujillo, Parte II, doc. 125.

[57] Archivo Municipal de Trujillo, Parte II, doc. 125.

[58] Juan Carlos Martín Cea: El mundo rural castellano…ob.cit., pág. 303.

[59] Es interesante el trabajo de Mª del Carmen Carlé: «Alimentación y abastecimiento», Cuadernos de Historia de España, LXI-LXII, 1977, 246-341. Resulta sugerente e innovador el estudio de Teresa de Castro: La alimentación en las crónicas castellanas de la Baja Edad Media, Granada, 1996.

[60] Yolanda Guerrero Navarrete: “Aproximación cualitativa y cuantitativa a la dieta urbana en el siglo XV”, Estudios de Historia Medieval en Homenaje a Luis Suárez Fernández, Valladolid, 1991, págs. 245-265.

[61] A.M.T., Leg. 2.2, fol. 25r.

[62] De hecho ha varias ordenanzas muy extensas regulando la producción y comercialización de este producto desde 1443 (A.M.T., Leg. 2.2, fols. 116r-116v; y leg. 2.5, fols. 10r-10v.).

[63] A.M.T., Leg. 2.2., fol. 82r.

[64] Mª de los Ángeles Sánchez Rubio: El concejo de Trujillo…ob.cit., pág. 378. Señala que esta necesidad de asegurar el abastecimiento responde aun deseo intervencionista del concejo en la máxima cantidad de productos para el consumo de la ciudad y la tierra. Aunque no falten motivos para pensar en ello, creemos que las necesidades de la población están por encima de la actitud legalista del concejo. Otra cuestión es que las necesidades de una población en crecimiento y una cada vez mayor demanda estimule el oportunismo del concejo en el control de los sistemas de abastecimiento.

[65] Archivo Municipal de Trujillo, Parte II, doc. 256, “..e proveydas de pan ni de grano para el tienpo de la nesçesidad y entre algunos remedios que para la dicha provisyon se pueden pensar es mandar hazer casas de alhondigas donde syenpre aya trigo sobrado”.

[66] Ibídem, Parte II, doc. 213, “que ellos viesen e tasasen e moderasen las casas de Pero Alonso, escrivano, que son en la hazera de la plaça de la dicha çibdad e el valor dellas para gelas comprar para fazer en ellas alhondiga e para poner en ellas el peso del pan e harina de pescado e hierro e otras cosas de que la dicha çibdad tenia mucha nesçesidad”.

[67] A.M.T., Leg. 2.2., fol. 42r.

[68] A.M.T., Leg. 2.2., fols. 44v-45r.

[69] A.M.T., Leg. 2.2., fol. 51v.

[70] A.M.T., Leg. 2.2., fol. 141r.

[71] A.M.T., Leg. 2.2., fol. 131v.

Oct 011994
 

Juan Luis de la Montaña Conchiña.

Introducción

La rápida ocupación cristiana del valle del Guadiana a mediados del siglo XIII sentó las bases de importantes y profundos cambios. Por de pronto el más evidente es el traspaso del dominio de la tierra hasta entonces en poder de los musulmanes. En sólo una década las avanzadillas cristianas encabezadas por la iniciativa de la Corona, Nobleza y órdenes militares, consiguieron recuperar un territorio de alrededor de 41.000 kilómetros cuadrados. Este rápido movimiento en la ocupación militar del espacio fue importante porque de él se van a derivar ciertas características reflejadas en la posterior ocupación, por otra parte propias de este sector de la frontera.

Un aspecto muy interesante a estudiar dentro del proceso de repoblación y ocupación medieval del espacio, es el que atañe a la diversidad señorial participante en dicho proceso de ocupación. La Extremadura medieval como espacio fronterizo se vio fuertemente afectada por el movimiento de apropiación feudal del espacio. En conjunto, sin olvidar otros elementos, son aspectos significativos por que en el caso extremeño contribuyen a clarificar o establecer distintas zonas en las que la ocupación y organización del territorio presentan diferencias interesantes de ser estudiadas por su transcendencia en el conjunto de la actividad repobladora y socioeconómica.

A ello hay que unirle otro dato de suma importancia, la despoblación de la zona no es a priori tan grande como algunos autores han señalado con insistencia. La realidad pudiera ser bien distinta, no podemos descartar la existencia de grupos de pobladores locales que permanecieron al frente de sus explotaciones aún con la llegada de los invasores. En contraposición con esta última idea es interesante resaltar un hecho que va a marcar la evolución socioeconómica del área de estudio avanzado el siglo XIII, en plena actividad repobladora y tras el hipotético asentamiento de pobladores, comienzan a proliferar noticias que apuntan hacia la despoblación y el abandono de tierras.

En segundo lugar, con este importante dato sobre la permanencia poblacional es fácil pensar en el alto grado de organización y ocupación del terrazgo. Las noticias al respecto también son interesantes. Esta previa organización facilitó a las entidades señoriales la conformación de sus dominios jurisdiccionales y a los pobladores continuar con el ritmo económico establecido con anterioridad. Aún así, las diferentes formas de ocupar y organizar el espacio dieron también diferentes resultados. Las estructuras socioeconómicas establecidas sufrieron evoluciones distintas reflejadas primero, en el contingente poblacional, independiente o no de su variante jurisdiccional, pero sobre todo contribuyeron en la creación de ciertos comportamientos sociales desiguales.

Repoblación y adquisición de la tierra.

La conquista de Mérida y Badajoz en 1230 rompió la estructura defensiva organizada por los musulmanes. La caída de las dos capitales más importantes del sector occidental de la frontera musulmana terminó por inclinar las fuerzas a favor de los cristianos. Prueba de ello es que los conquistadores sólo necesitaron 17 años para hacerse de un territorio de alrededor de los 41.000 Km. cuadrados. En ello participaron dos elementos para ser tenidos en cuenta, la debilidad de la población, acrecentada con las campañas de mediados del siglo XII, y de la estructura defensiva[1].

En la ocupación de esta extensa zona colaboraron continuadamente las órdenes militares muy activas en esta región desde la segunda mitad del siglo XII. Su intensa participación puede relacionarse con el relajamiento de la presencia real en la conquista de nuevos territorios. Cierto, las posibilidades de acceder directamente a las tierras de la rica Andalucía desviaron la atención de la Corona sobre otras a las que con anterioridad les había prestado especial atención. La única labor repobladora emprendida por la Corona en Badajoz fue la creación de la capital del mismo nombre y el concejo de Medellín. El reinado de Fernando III coincidió precisamente con la conquista del resto de lugares del valle del Guadiana y el acceso a Andalucía. Este monarca sólo estuvo presente en la conquista de algunos castillos, Medellín, Benquerencia, Capilla, es decir el sector más oriental y próximo a la Meseta, el sector centro y suroccidental quedó en manos de las órdenes de Santiago y Temple[2].

Los primeros lugares que la Orden de Santiago incorporó a sus dominios fueron Mérida y Montánchez. Ambos lugares se delimitaron rápidamente con respecto a sus vecinos y a su vez fueron dotados de fueros, Mérida lo recibió en 1235 y Montánchez sólo un año después. Esto no es más que el prolegómeno de lo que a partir de estas fechas va a ocurrir. En 1235 recibieron Hornachos, Alanje en 1243 y Reina en 1246 con lo que dibujaron gran parte de la primigenia estructura administrativa (Provincia de León). Alejada la frontera y fruto de la actividad repobladora centraron sus esfuerzos en la zona próxima a Sierra Morena, es aquí donde la Orden se hizo de lugares de la importancia de Montemolín en 1248, y fomentaron la repoblación de otros significativos como los de La Puebla (Puebla del Prior) en 1257, Segura de León y Puebla de la Reina en 1274, Usagre, y Llerena, este último se convertirá con posterioridad en el centro más importante de la Orden en el sector sur de sus dominios[3].

Son también conocidas las donaciones de lugares a la Orden de Alcántara que desde los primeros pasos de su asentamiento en esta zona rivalizaría con los Templarios por controlar el sector más oriental de la región, zona de predominio ganadero en la que el poblamiento existente era menor y estaba más localizado. Aunque la conformación de sus dominios en lo que se daría en llamar partido de la Serena tuvo unos inicios titubeantes, tras las adquisiciones de Zalamea, Magacela y Benquerencia entre 1240-1241, la situación se estabilizó. Con posterioridad recibieron los lugares de Alcocer, castillo que perderían a manos de Toledo en la misma centuria, Capilla, Garlitos, Siruela y Almorchón.

Por otra parte, el realengo representado en Badajoz, pues de Medellín no tenemos apenas noticias hasta finales de la Edad Media cuando se señorializa, mantuvo un ritmo de organización territorial a la par que el de las órdenes militares, aunque los resultados fueron distintos. Ocupada en 1230 y posiblemente dotada de fueros por la misma fecha, curiosamente las primeras noticias que tenemos de la puesta en marcha de la ciudad no arrancan hasta mediados de siglo, lo mismo ocurre con la creación de la diócesis. La primera delimitación de términos que conocemos de la ciudad data de 1253 y sólo se conoce gracias a las reiteradas intenciones del concejo de Sevilla por quedar claramente delimitadas las distintas zonas de expansión[4].

A partir de estas fechas el concejo pacense iniciaba la ardua labor de estimulación y repoblación del enorme término que le había sido adjudicado. El territorio aparece ya organizado a través del clásico modelo villa-aldeas en el que a su vez el espacio agrario también ha sufrido importantes cambios. Son mencionadas algunas aldeas/iglesias dependientes de la Seo cercana a la propia ciudad, y en especial los castillos ubicados en sus extremos de los que las órdenes del Temple y Santiago ya habían dado buena cuenta, a saber: Jerez de los Caballeros, Burguillos, Alconchel[5]. A pesar de las primeras desmembraciones realizadas en fechas tan tempranas el poblamiento del término adquirió claros visos de organización de modo que a mediados de siglo las referencias a lugares contrastan con las del posible repartimiento de heredades que los sesmeros de la ciudad habían realizado seguramente poco después de la conquista. Aún así, las noticias de una deficiente población proliferan en la documentación y se suceden durante los siglos XIII y XIV.

La conformación jurisdiccional. Primeros pasos en la organización del territorio.

A pesar de que la conquista y primeros intentos repobladores del valle del Guadiana se realizan unísonamente, es preciso señalar que tras esta aparente sincronía repobladora se esconde una realidad hasta cierto punto diferente. Los datos que se conservan apuntan claramente en esta dirección. No deja de ser sintomático que tras la conquista de los dos centros urbanos más importantes, Mérida y Badajoz, las noticias de la actividad repobladora, como las delimitaciones territoriales -primer paso para la efectividad de la autoridad señorial y del asentamiento poblacional- la dotación de fueros y otras circunstancias heredadas de la etapa inmediatamente anterior, correspondan por entero a las órdenes militares, especialmentela de Santiago. La primeras noticias datan de poco después de su adquisición, concretamente de 1230 y 1231[6], en ambos documentos se comprueba el interés de la Orden por clarificar la posesión del lugar y los derechos señoriales.

Para empezar hay que tener en cuenta una serie de elementos característicos de esta zona que la van a diferenciar de la cuenca del Tajo y en cierto modo marcará las pautas de un ritmo de crecimiento distinto. La presunta rapidez con la que se organiza el territorio viene dada por la intervención de determinados componentes que dibujan un paisaje inicial ciertamente interesante. El primero de ellos es el grado de organización territorial impreso por los musulmanes. A este respecto se han conservado numerosas noticias en los documentos que permiten afirmar, aunque no con toda la rotundidad que deseáramos, que gran parte de los límites establecidos entre las distintas villas y castillos fueron heredados directamente de los musulmanes, es decir, existía una clara predisposición por parte de los ocupantes al reaprovechamiento de la organización anterior válida a los efectos y necesidades ahora planteadas, que no respondía más que a los deseos de acelerar el asentamiento de pobladores y la explotación de la tierra. Podemos citar algunos caso, como el de Hornachos: “… dono vobis, & concedo villam que dicitur Fornachos cum montibus, fontibus, rivis, aquis, pratris, pascuis, vineis, terris cultis, & incultis, arboribus, & cum omnibus terminis suis, quos habeat tempore sarracenorum… ”, u otros más evidentes como el de Montemolín: “… con montes, con fuentes, con aguas, con prados, con rios, con pastos, con arboles, e con olivares, e con heredad de labor, e con montazgos, e con portazgos, e con todos los derechos que estos logares hovieron en tiempo de moros … ”[7].

La confirmación llega si recabamos información en las fuentes musulmanas en las que se contienen noticias sobre las zonas de Mérida y Badajoz como áreas de población regular y vida económica estable[8]. Sólo en esta zona se encontraban los núcleos más importantes del sector occidental de la frontera, y sólo en ellos el cúmulo de población y desarrollo podía conferirles ciertas funciones típicamente urbanas, entre ellas las de la organización del territorio[9]. Las noticias conservadas en crónicas y documentos apoyan seriamente la probabilidad de permanencia de cierta población original. Por citar algún ejemplo, en la Crónica General de Alfonso X se conserva un pasaje que referido a la zona de Badajoz trasluce lo que bien pudiera haber sido una constante en gran parte de los territorios ocupados en un periodo de tiempo tan breve: “… los moros que moraban y aún, veyendo creçer el poder de los cristianos et que ellos no podían allí fincar, a menos de perder quanto avían et los cuerpos, et con todo esto queriéndose ellos fincar en sus tierras et en sus logares, diéronse al rey don Fernando por bevir en paz et seer amparados, et fezieron sus posturas con él de los tributos et de los pechos que le diesen cada año, et reçibieronle por rey et por su sennor, et él a ellos por vasallos … ”[10].

Poseemos noticias de otra índole que apuntan en la misma dirección. Parece constatable la persistencia de la población musulmana y especialmente judía -mejor considerada por los cristianos-. Los datos sobre población judía son importantes ya en el siglo XIII. Se han conservado del reinado de Sancho IV algunos repartimientos de pechos realizados en las aljamas extremeñas entre las que destacan las relativas al antiguo reino de Badajoz. A través de ellas se conoce la existencia de importantes juderías en la propia ciudad de Badajoz, Mérida, Fregenal y Jerez de los Caballeros, además de las existentes en Medellín y Capilla[11].

Si tenemos en cuenta estas características añadidas al territorio pacense es fácil comprender la rapidez con la que se organiza durante el siglo XIII[12]. A poco de concluirse la conquista de los últimos reductos musulmanes, comienzan a realizarse las primeras delimitaciones de términos. Entre ellas se encuentran las establecidas con su rival en tierras pacenses, la Orden de Alcántara. La delimitación más importante es la que se realiza entre los lugares de Magacela, Hornachos, Reina y Benquerencia en 1240, luego se va a repetir en 1254[13], importante porque estaban demarcando claramente los límites de expansión de ambas órdenes. El siguiente establecimiento territorial se realizó entre las órdenes de Alcántara y el Temple por los lugares de Capilla, Almorchón y Benquerencia, sin lugar a dudas altamente conflictivo por la preeminencia de determinados intereses señoriales concretados en esta zona: los ricos pastos y la trashumancia ganadera[14]. Esta Orden señaló sus términos con el concejo de Medellín en 1259 y con el de Toledo por el lugar de Puebla de Alcocer en 1262[15]. En un segundo momento, correspondiente al último tercio del siglo XIII, las concreciones territoriales santiaguistas se ubicaron en la zona más alejada de la “capital” en estos momentos, Mérida. Son significativas las delimitaciones de lugares como Segura de León, villa vecina de los lugares de Montemolín y Reina incorporados a los dominios en la etapa de conquista, y Valencia del Ventoso en estos momentos perteneciente a los templarios[16].

Este movimiento territorial de cara a otras jurisdicciones competentes, responde lógicamente a un interés señorial por concretar las zonas en las que van a ejercer su poder, pero debemos señalar que esta concreción no se habría realizado si la orden careciera de determinados mecanismos de organización, por otro lado puestos muy pronto en práctica. A la par que se delimitaron jurisdicciones señoriales, como las vistas con otras homónimas militares, estos mismos lugares -dada la escasez del elemento urbano- sirvieron para concretar las unidades administrativas básicas: las encomiendas. La red de encomiendas comienza a gestarse de forma unísona a las delimitaciones territoriales de otra índole. Las primeras encomiendas aglutinadoras del poblamiento fueron aquellas que por su localización, emplazamiento, importancia de la población y del terrazgo agrario, se erigieron como sólidas candidatas. Estas características son observables con claridad ya a mediados del siglo XIII en lugares de la importancia de Montánchez, Mérida, Hornachos, Montemolín, Segura de León, Usagre, Llerena, casi todos ellos son detentadores de un elemento caracterizador y diferenciador del resto de lugares, todos poseían cartas de poblamiento y fueros que facilitaron el asentamiento de la población[17].

En el realengo, la organización del territorio presenta características distintas aunque comparta los mismos elementos citados. La existencia de un único centro político desde el que se va a organizar la vida del término, confiere un carácter local en el que su evolución terminará por mostrar las deficiencias en las que se verá inmerso. La repoblación de Badajoz no deja de ser llamativa si tenemos en cuenta ciertas fechas. Conquistada al unísono que Mérida fue dotada de un amplio territorio en el que las delimitaciones de términos locales y la pervivencia de cierta organización musulmana debieron contribuir, al igual que en la zona santiaguista, a acelerar el proceso de asentamiento de la población.

En cambio, las primeras noticias que poseemos no se registran hasta bien entrado el siglo XIII, concretamente a partir de 1255 y provenientes de las constituciones sinodiales de la iglesia pacense. A través de ellas se puede deducir que el grado de organización del territorio concejil parece elevado, se conservan noticias que apuntan lo dicho, especialmente en lo que se refiere al funcionamiento del concejo. En un documento de 1255, en el que el concejo de Badajoz hacía donación al obispo y cabildo de las villas de Uguela y Campomayor se señala la labor organizativa: “… que otrosi entregamos a la dicha nuestra eglesia el nuestro Resio, que diçen Valdesolaz, con todo el heredamiento, que yaçe y vago fuera de los moiones de los heredamientos partidos e moionados por nuestros sesmeros… ”[18].

Territorio y población. Rasgos evolutivos.

Tras este somero e ilustrativo panorama de repoblación y organización territorial se esconden realidades muy a tener en cuenta por cuanto ya desde mediados del siglo XIII marcan ciertas diferencias. El asentamiento de pobladores tras la organización territorial es un hecho ya constatado por otros estudiosos del tema, pero que conviene rastrear desde sus orígenes porque abriga el comienzo de ciertos comportamientos socioeconómicos que van a conferir un ritmo de desarrollo distinto en zonas en las que no son determinantes, por ejemplo, condicionantes de carácter físico, suelos, relieves, etc.

Tanto en el realengo como en los territorios de órdenes el asentamiento de la población es un hecho paralelo al de la conformación jurisdiccional y administrativa, es decir, al mismo tiempo que se delimitan los términos señoriales y concejiles se está procediendo a la fijación de los pobladores a la tierra. Este primer proceso por simple que parezca no es menos importante. Estamos hablando de dos formas de organizar el territorio. En el realengo la forma predominante es la que representa una determinada villa o ciudad a la que se convierte en cabeza política y desde la que se procede a la organización y explotación del territorio de ella dependiente; en el caso de las órdenes militares la fragmentación del territorio confiere un carácter que supera el ámbito estrictamente local del realengo[19]. La unidad básica que representa la encomienda imprime un ritmo de repoblación y crecimiento económico tan diverso como el número de éstas, un dato que puede confirmar la eficacia de este sistema de organización territorial es que en torno a 1260 los dominios santiaguistas están prácticamente consolidados y se conservan numerosas noticias sobre las primeras actividades roturadoras[20].

El asentamiento de la población en zonas fronterizas se realizó a través de una carta de población o fuero en el que se contenían los elementos necesarios para regular la vida socioeconómica y jurídica del lugar. La Orden de Santiago hizo uso efectivo de estos ordenamientos para asentar sus pobladores. Así, dio fueros a la villa de Montánchez, similar al de Cáceres en algunos de sus aspectos, Mérida, quizás el más importante por cuanto refleja la verdadera relación de la Orden con sus vasallos, Usagre, lugar al que se dio el fuero de Cáceres con las variantes necesarias que regulaban la gestión señorial, Llerena también usó el mismo fuero[21]; Segura de León y Puebla del Prior fueron dotados de cartas pueblas muy interesantes a pesar de la brevedad de sus contenidos, y Montemolín que gozó del fuero de Sevilla dado en 1282. Esta entrega de fueros se complementó con los continuos deseos de la orden de ver aumentar sus vasallos, para ello puso en marcha determinadas medidas, como la confirmada en 1275, por la que todos aquellos miembros de la Orden que lo desearan podían fundar pueblas y lugares.

En todos ellos podemos encontrar noticias referentes a las exenciones concedidas al conjunto de los pobladores que residan en algún lugar de la Orden, las exenciones se extienden por un periodo de diez años y se contemplan especialmente en lugares como Montemolín, lugar al que se le confirmó el fuero en 1311. Otro caso bien conocido es el fuero de Zalamea, en esta carta los pobladores venidos de otras partes que no fueran de sus propios territorios gozaban de la misma exención, otro tanto ocurre en lugares como Capilla[22]. De esta forma, y sin olvidar la existencia de suelos más aptos para la agricultura y otras prácticas económicas, como la ganadería, se puede entender no sólo la rápida organización territorial sino la creciente fijación de pobladores al suelo. La organización del terrazgo agrario en algunos lugares santiaguistas confirma en cierto sentido el éxito de las medidas tomadas.

Estas mismas condiciones -o quizás más ventajosas- fueron las que encontraron los pobladores que comenzaron su nueva andadura en tierras del concejo de Badajoz. Aunque las primeras noticias no arrancan hasta 1255, la organización del mismo se había estado realizando con cierta seguridad. La imagen que presenta Badajoz a mediados del siglo XIII es la de una nueva ciudad en plena actividad organizadora, en la que la pervivencia de antiguos pobladores y la llegada de otros nuevos permitió mantener viva cierta actividad económica como se demuestra a tenor de los numerosos lugares aldeas o pequeñas alquerías distribuidas por gran parte de su término[23].

Aunque las noticias sobre la concesión del fuero son confusas y sólo se ha conservado una pequeña parte de su articulado, es fácil imaginar que la carta foral debía ser similar a las otorgadas a otros concejos extremeños. El asentamiento de pobladores debió ser un hecho cierto incluso tenemos noticias de sus procedencias, llegaron de Béjar, Salamanca, Galicia, el Algarve, Plasencia y otros lugares. Pero es igual de factible pensar que gran parte de la población pacense distribuida por sus términos fueron los rescoldos de la anterior ocupación.

Al igual que en tierras santiaguistas el medio físico se presentaba idóneo para el rápido desarrollo de las actividades agrarias apoyado en la infraestructura dejada por los musulmanes[24]. Así, entre 1255-1256 y fechas posteriores la actuación de los sexmeros del concejo había culminado. La repartición de heredades, o al menos la delimitación de gran parte de ellas se había realizado, como así lo atestiguan algunos documentos de 1265 en el que Alfonso X confirmaba la partición de las heredades prohibiendo que pasasen a manos de órdenes[25].

Pero la realidad bien pudiera ser distinta. A pesar de que la imagen inicial que se desprende de estas noticias y otras muchas llegadas hasta nosotros, es la de una ciudad y tierra activa y paulatinamente poblada, las noticias sobre las dificultades para mantener la población llegan por partida doble. Por un lado, es posible que la llegada de pobladores cristianos se viera truncada en el último tercio del siglo XIII, entre otras cuestiones por la propia crisis demográfica del reino de Castilla y la conquista de Andalucía. Lo más importante es que esta escasa afluencia de población quizás se vio acompañada de un abandono de tierras por parte de aquellos pobladores víctimas del endurecimiento de las condiciones sociales.

En relación con este último aspecto, las dificultades para la repoblación de la ciudad y término de Badajoz vienen motivadas no sólo por la afluencia o marcha de la población, sino por la prevalencia de aspectos fundamentales ya señalados por otros autores: el inicio de ciertas transformaciones políticas generadas en el seno del concejo, órgano rector del amplio término, que con el consentimiento de la Corona tuvo su máxima expresión en un movimiento de apropiación de tierras por parte de determinados grupos. Esta cuestión nos remite irremediablemente a un tema de especial delicadeza como es el del régimen señorial de la propiedad de la tierra cuyos orígenes y diferencias pueden rastrearse desde la época de repoblación.

Para desarrollar este aspecto tenemos que revisar brevemente los distintos usos señoriales de repartición de la tierra reflejados en las cartas de poblamiento y fueros. Tanto en tierras de órdenes como en el realengo el asentamiento de la población era precedido de un repartimiento de la tierra en heredades a las que el poblador tenía acceso directo tras el consentimiento del concejo. El nuevo poblador de esta forma se convertía en propietario de la heredad que le tocara en suerte. Conocemos sólo un tanto de los repartimientos santiaguistas realizados, suponemos, según consta en el fuero dado a la villa de Mérida en 1235. Este se realizó en dos momentos uno primero en el que se entregaron tierras a todos aquellos venidos (o ya residentes), y otro que se realizaría conforme concurrieran nuevos contingentes. Una cuestión importante que no debemos dejar pasar es que las zonas de aprovechamiento comunal imprescindibles para el desarrollo de la vida campesina, la Orden se reservaba las dos terceras partes, aunque, también hay que señalarlo, esta apropiación señorial del territorio fuera a priori importante y decisivo en el desarrollo de la economía campesina, conforme crecía la población muchas de estas zonas reservadas por la mesa maestral fueron entregadas a petición de los concejos en beneficio y potenciación de las actividades económicas de los pobladores[26].

En el concejo de Badajoz debió ocurrir algo similar. La llegada de pobladores fue precedida de un repartimiento de la tierra. El asentamiento de los pobladores en sus respectivas heredades los convertía en propietarios de pleno derecho, aunque sujetos a ciertas condiciones que prefijaban la autoridad señorial sobre la tierra, estas heredades no se podían vender a gentes ajenas al concejo, es decir, órdenes militares o religiosos, lo cual parecía ser práctica frecuente a tenor de las noticias conservadas. Lo más interesante es que los espacios comunales quedaban sujetos al control de los concejos, espacios en los que los vecinos encontraban un complemento fundamental para sus delicadas economías.

Esta rápida panorámica del proceso de asentamiento y reparto de la tierra, nos es fundamental para entender el cambio que se había puesto en marcha. En la tierra realenga se produce una alteración en las estructuras iniciales que afecta no sólo a la consecución de heredades en propiedad sino al aprovechamiento de los espacios comunales. En general las dificultades para la población se agravaron tremendamente, traducidas no sólo en la incapacidad de aumentar sus efectivos sino en conservar los existentes, todo lo contrario de lo que ocurre en las tierras de órdenes militares en las que el crecimiento poblacional parece ser más lento -a pesar de que no se conservan suficientes noticias hasta el periodo bajomedieval- pero mucho más consistente[27].

La documentación conservada contiene numerosos ejemplos todos ellos muy interesantes porque dan luz a un asunto de la transcendencia del que se nos plantea. Las dificultades para repoblar la ciudad y el término de Badajoz se van a prolongar durante todo el siglo XIII y se agudizarán en el siglo siguiente. Efectivamente, en este problema de vacío poblacional no podemos olvidar un conjunto de elementos que contribuyen en la explicación del fenómeno. Por un lado, la cercanía de la frontera portuguesa, aún tierra de nadie no ofrecía expectativas demasiado halagüeñas para la población sobre todo si tenemos en cuenta los intereses de los portugueses sobre las tierras próximas al Guadiana; tampoco debió contribuir en la fijación de la población la competencia que encontraron con otros jurisdicciones en la lucha por la conquista y ocupación del espacio y los numerosos pleitos resultantes de esta actividad. Es posible que sin olvidar estas dos premisas la realidad que marca el problema de la tierra deba mirarse desde la perspectiva relacionada con el control al acceso de la propiedad de la tierra.

Las noticias sobre el problema de falta de tierras, la ocupación de espacios comunales y la huida de pobladores a otras jurisdicciones no sólo aparecen unidas sino que son abundantes si no olvidamos la temprana andadura por la que atravesaba la zona. La confirmación de este hecho la recogemos en 1277, fecha en la que según un documento otorgado por Alfonso X la gente huía a tierras de ordenes o al reino de Portugal lo que redundaba en un despoblamiento y desmejoramiento de la tierra: “… que se despoblaba la villa y el termino de Badajoz, que se iban los pobladores a Portugal y a las villas de las ordenes y a otras partes porque vos (los cogedores de los pechos) non les queredes guardar las cartas que les yo di al concejo y a los pobladores … ”. La situación no sólo debió continuar así, sino que se agravó a finales de la centuria, cuando Sancho IV ante las peticiones del concejo tuvo que mejorar las condiciones para el asentamiento de población prolongando las exenciones de pechos por periodos de diez años[28].

A primera vista, estos documentos encierran realidades duras y constantes a lo largo de los siglos medievales. Si al escaso número de simples campesinos no vinculados al oficio de la guerra le unimos la posibilidad de que ciertos sectores sí vinculados a ella comenzaron a conforman importantes patrimonios territoriales a costa de las heredades que habían quedado vacantes, tropezamos con la cuestión base del problema de la tierra íntimamente relacionada con el vacío poblacional en Badajoz. Aquí no podemos argumentar elementos de carácter físico porque en conjunto no son relevantes -además nos remitimos a las fuentes árabes ya citadas-, la explotación y organización del territorio fue puesta en marcha por los musulmanes y el número de pequeños asentamientos indican una realidad contraria.

Autores como José Luis Martín han señalado que el problema real de Badajoz y su despoblación es la falta de campesinos pecheros y sobre todo la dificultad de éstos para adquirir heredades en propiedad, y esto es plenamente cierto[29]. En un documento de mayo de 1277 se confirma lo que señalamos. Según se desprende determinados personajes consiguieron heredades de dos formas, la primera cuando “fue la villa parada”, es decir, conquistada y repartida, y la segunda a través de la compra ante lo que parece ser la imposibilidad de sus ocupantes de explotarlas. Pero el problema de la escasez no queda ahí. Otros puntos a tener en cuenta son las pretensiones mantenidas por estos grupos vinculados a la guerra hacia los espacios comunales o simplemente no ocupados. La usurpación de heredades vacantes y comunales redundaría primero en la conformación de amplias extensiones adehesadas dedicadas a las prácticas ganaderas[30], y segundo, y quizás más importante, es que la falta de tierras impedía la posibilidad de crecimiento de los campesinos pecheros que además vieron recortados sus derechos sobre los espacios comunales“… por tal punto que los encinales y los alcornocales y las riberas y las piedras para sus aceñas y las cartas tales ficasen y quitas para el concejo; y por razon de quellas cartas que las toman y les embargan todas estas cosas sobredichas y no les quieren dejar usar dellas asi como usaban antes… ”[31]. Sancho IV llamaba la atención sobre la posesión ilegal de heredades y posibles prácticas usurpadoras mandando hacer una pesquisa entre todos aquellos que habían conseguido mayor número de propiedades especialmente si eran compradas.

Por tanto, a la dificultad inicial del concejo de Badajoz por poblar la villa y término lógicamente por la escasa afluencia de población, hay que unirle las desfavorables condiciones que se generaron con el transcurso de los años para el asentamiento del campesinado en general. Este problema agravado en el siglo XIV debido a las guerras con Portugal y la Peste de mediados de siglo, infirieron un desarrollo peculiar al crecimiento de la zona así como potenciaron la práctica de ciertas actividades económicas propias del conjunto de la Transierra extremeña.

Por último, esta perentoria despoblación del término pacense explica una doble cuestión decisiva en su posterior desarrollo, por un lado el movimiento de apropiación de lugares por parte de las ordenes militares, especialmente de aquellos ubicados en la zona más alejada en la que la autoridad concejil era menor, esto es al sur y en torno a la ribera del Guadajira, tan favorable para el desarrollo de actividades agrarias; la segunda cuestión es la desmembración y señorialización de una parte del término a manos de personajes residentes tanto en la ciudad de Badajoz como personajes próximos a la corona.

Las usurpaciones de lugares por parte de la orden de Santiago coinciden precisamente con el aumento de las noticias sobre la despoblación del territorio. Primero fueron los castillos de la banda sur, próximos a Sierra Morena, zona de relativa despoblación y quizás de escaso interés para el concejo pacense. En un segundo momento de apropiaciones, los santiaguistas y templarios “… poblaron de nuevo a Olivença e a Taliga e a Villanueva et a los Santos et a la aldea de Don Febrero et a la Solana et a la aldea de los Cavalleros et al Çaraço en logares de nuestro termino que nos tomaron por fuerça… ”[32]. Poco después estos lugares fueron reintegrados a la tutela del concejo no sin numerosas controversias de índole jurisdiccional en especial las relacionadas con la autoridad diocesana que el obispo a través de sus delegados se apresuró a definir.

Otro momento interesante dentro de este proceso de desmembración del término de Badajoz es el que protagonizan los continuos beneficios y donaciones que los reyes, con el consentimiento del concejo o no, realizaron en tierras y lugares que se habían visto envueltos en las luchas de términos. Son bastantes los lugares enajenados al concejo que pasaron a manos de eclesiásticos y seglares. Las primeras donaciones conocidas son las que hicieron al obispo de Badajoz, tras consejo real, de los lugares de Uguela y Campomayor, a los que el obispo, pese a la despoblación de la ciudad donde residía, de inmediato dotó de fueros para fomentar su desarrollo. Luego le tocó el turno a Villalba (de los Barros) en la que Sancho IV donó seis caballerías de heredad a Vicente Godínez, poco después, en 1289, el mismo rey concedía a su camarero mayor Juan Mathé la merced de hacer villa su lugar de Villalba de don Falcón[33]. Las aldeas de Zafra, Falconera y los Santos se vieron envueltas en la misma disyuntiva. Tras los tremendos escándalos mantenidos con la orden de Santiago por la posesión de estos lugares, en 1290 y según nos informa un documento emitido por la cancillería real habían sido nuevamente enajenadas al concejo, ahora pertenecían a don Juan Alfonso de Alburquerque[34].

Conclusiones

Tras estas breves líneas sobre la repoblación del valle del Guadiana podemos destacar una serie de ideas fundamentales para entender en el posterior desarrollo de la zona. Primero debemos señalar que la ocupación es rápida si la comparamos con la realizada en la alta Extremadura, la persistencia de la línea de frontera condicionó fuertemente el poblamiento de la cuenca del Tajo. Por el contrario la ocupación de la actual provincia pacense fue mucho más rápida pero también de resultados desiguales a tenor de las noticias que señalan la existencia de una amplia labor roturadora y la persistencia de pobladores.

El sector occidental, correspondiente a la actual comarca de Los Montes estuvo prácticamente despoblada durante todo el siglo XIII, no debemos olvidar que gran arte de esta actual comarca constituían los extremos del concejo de Toledo y los intereses por poblar la zona no se dejaron ver claros hasta finales del siglo XIII. La Serena constituye un espacio a caballo entre la zona centro-occidental y la Comarca de los Montes, en ésta podemos observar la existencia de un poblamiento estrictamente militar reducido y muy localizado, aquí entran en juego determinados aspectos como la deficiente repoblación de la zona, cuestión nada ajena al resto de la región, pero sobre todo la prevalencia de intereses señoriales como la práctica extensiva de la ganadería.

De distinta forma se presenta el panorama para la citada área centro-occidental correspondiente a los dominios santiaguistas y al concejo de Badajoz. En origen ambos participan de las mismas ventajas: existencia de un espacio roturado y con ciertas dosis de organización, pero sobre todo cuentan con la persistencia de contingentes poblacionales de distinto signo. Partiendo de esta doble realidad la repoblación y paralela organización del territorio que imprimen las distintas entidades señoriales confieren desiguales ritmos de conformación y crecimiento. El rasgo más evidente de todos ellos no es sólo la rapidez con la que se organiza y compartimenta el territorio sino las facilidades dadas al conjunto de la población con la intención de fomentar su definitivo asentamiento. En otras palabras, los resultados exitosos o no de las medidas tomadas en el proceso de repoblación pueden medirse por la fijación de los pobladores al suelo.

Aquí es donde podemos encontrar ciertas diferencias achacables a una serie de cuestiones, primero y más evidente al distinto modo de organizar el territorio, la organización en encomiendas confiere cierta agilidad al ritmo de crecimiento que imponen los señores sobre su territorio, en el realengo hemos visto que las condiciones de desarrollo son distintas y no tan ventajosas como en un principio se ha pensado; segundo, a la distinta presión que ejerce el centro rector sobre el resto de su término, el excesivo alejamiento del centro y las condiciones de dependencia a las que se ven sujetas la mayoría de los lugares son decisivos; por último, a la especial política desarrollada por los señores y grupos de privilegiados en la apropiación del espacio fundamentalmente agrario en consonancia con el cúmulo de intereses opuestos a los de la mayoría de la población campesina.


NOTAS:

[1] Julián Clemente Ramos: “La Extremadura almohade (1142-1248). Organización defensiva y sociedad”, Anuario de Estudios Medievales, 23 (en prensa).

[2] José Luis del Pino y otros: Historia de la Baja Extremadura, Badajoz, 1986, pág. 686

[3] Daniel Rodríguez Blanco: La Orden de Santiago en Extremadura (siglos XIV-XV), Badajoz, 1985, pág. 60. Bernabé Chaves: Apuntamiento legal sobre el dominio solar que por expresas donaciones pertenecen a la orden militar de Santiago en todos sus pueblos, (reimp) Barcelona, 1974, págs. 38-39. Ya en el siglo XIII los términos jurisdiccionales de la Orden quedaron definitivamente establecidos.

[4] Manuel González Jiménez: Diplomatario Andaluz de Alfonso X, Sevilla, 1991, doc 80.

[5] Antonio Francisco Aguado de Córdoba: Bullarium Equestris Ordini S. Iacobi, Madrid, 1719, págs. 193-194.

[6] ibidem, págs. 32-33 y 148-149.

[7] Ibidem, págs. 163-164. Julio González: Reinado y diplomas de Fernando III, Córdoba, 1986, Vol. III, doc. 763.

[8] José Luis Martín Martín y Mª Dolores García Oliva: “Los tiempos medievales”, en Historia de Extremadura, Badajoz, 1985, pág. 254.

[9] Mª Ángeles Pérez: Fuentes árabes de Extremadura, Salamanca, 1992, pág. 37. “Parte del término de Badajoz yaze al poniente de Cordova. E la cibdat de Badajoz ha muchos terminos e muy buenos de sementeras, de los mejores que ha en Espana. E otrosy es muy conplida tierra de vinas e muchas, e ha la mejor tierra de crianças que omne sepa en ningunas tierras… ”.

[10] Alfonso X: Primera Crónica General, Edc. de Ramón Menéndez Pidal, Madrid, 1955, pág. 736. Miguel Ángel Ladero Quesada: Fiscalidad real en Castilla, Madrid, 1993. pág. 76. En las cuentas de los años señalados se alude genéricamente a comunidades mudéjares extremeñas, pero sin precisar la cuantía de su pecho: Badajoz, Moura, Serpa, Valencia, Hornachos, Magacela, Benquerencia y los otros lugares de las Órdenes. El Libro de 1292 se limita a señalar la cuantía del pecho de la aljama de los moros de Badajoz -100 mrs, de la moneda nueva- y a añadir varios más de comunidades mudéjares que no pechaban con anterioridad. La Orden de Alcántara alcanzaba un privilegio el 4 de octubre de 1285 en el que conseguía en beneficio propio la exención de pechos reales a los moros de Alcántara, Magacela y Benquerencia.

[11] Archivo Histórico Nacional, Sección Osuna, leg. 351-2.

[12] Señalado ya por Emilio Cabrera: “Del Tajo a Sierra Morena”, en Organización social del espacio en la España medieval. La Corona de Castilla, Barcelona, 1985, pág. 142. Aunque sólo apunta una remota posibilidad de permanencia de población. La existencia de grandes juderías distribuidas por el conjunto del territorio confirman lo que decimos, lo mismo podemos decir de la permanencia de comunidades mudéjares.

[13] Alonso de Torres y Tapia: Crónica de la Orden de Alcántara, Madrid, 1763, T.1, Vol. II, pág. 297; y 232-233.

[14] La importancia de los pastos de esta zona viene confirmada por la presencia de ganados trashumantes desde etapas anteriores, concretamente desde 1193. Ignacio José Ortega y Cotes: Bullarium de la Orden de Calatrava, Madrid, 1761, págs. 29-30.

[15] A.H.N., Secc. Osuna, carpeta 11, nº 10.

[16] Antonio F. Aguado de Córdoba: Bullarium de la Orden… ob. cit, pág. 266.

[17] El asentamiento de la población desde luego se llevó a efecto con cierta rapidez, tampoco debemos olvidar la existencia de importantes comunidades judías y mudéjares.

[18] Francisco Santos Coco: “Documentos del archivo catedral de Badajoz”, Revista de Estudios Extremeños, Badajoz, (1934), págs. 423-425.

[19] Ángel Bernal Estévez: “La historia medieval local: Metodología para la diversidad”, Fuentes y métodos para la historia local, Zamora, 1991, 81-87.

[20] Por ejemplo, podemos citar algunos casos como por ejemplo la villa de Llerena, este lugar aparecido en torno a 1241 no tenía apenas importancia, en el siglo siguiente se constituye como uno de los lugares más poblados e importante del sector meridional de la Orden. Muestras de las actividades roturadoras se conservan en la Puebla de Juan Fernández en el río Palomas, en cuya delimitación se observan conjuntos de campos y viñedos perfectamente organizados y deslindados.

[21] Establecimiento y leyes de la Orden de Santiago. Copilación de las leyes capitulares de la Orden de la Cavallería de Santiago del Spada, Madrid, 1605, pág. 125. “Otrosi, es nos dichos, y querellado, que en el fuero de Caceres, que se usa en la villa de Llerena y en otras villa y lugares de nuestra Orden … … ”

[22] A.H.N., secc. Osuna, leg. 172, nº 9.

[23] Véase mapa 1.

[24] Son numerosas las menciones de aceñas, huertas, molinos, canales y otros elementos que denotan la existencia de un espacio agrario altamente organizado. Ha sido señalado por Esteban Rodríguez Amaya: “La tierra en Badajoz desde 1230 a 1500”, Revista de Estudios Extremeños, Badajoz, (1952), pág. 26. José Luis Martín Martín: Los tiempos … ob. cit, pág. 305.

[25] Memorial Histórico Español, Madrid, 1861, doc. de 1265. Coincide en el tiempo aproximado de reparto con lo señalado por Antonio Floriano para la villa de Cáceres.

[26] Son numerosos los bienes comunales entregados a las distintas poblaciones, los bienes de propios no existen porque redundan en perjuicio del colectivo campesino, Daniel Rodríguez Blanco: La Orden de Santiago… , ob. cit, págs. 231-232.

[27] Sirva como dato orientativo el número de aldeas registradas en los siglos XIII y XIV. Mientras que Badajoz cuenta en el siglo XIII con 33 lugares, de los que 11 fueron señorializados y otros tantos despoblados, la Orden de Santiago sólo cuenta con los lugares cabeza de encomiendas, en total 20. En el siglo XIV para Badajoz sólo se recuentan 6 lugares mientras que en territorio santiaguista la cantidad de lugares es duplicada, en total 12.

[28] Tomás González: Colección de privilegios, franquezas, exenciones y fueros concedidos a varios pueblos y corporaciones de la Corona de Castilla, Madrid, 1829, T. VI, doc. 123. A.H.N., sección Códices, nº 1182b, Ascensio de Morales: Confirmación de privilegios de Badajoz. Copia autorizada de Instrumentos y Privilegios de la iglesia de Badajoz, Madrid, 1753-1754, “… por facer bien et mercet al conçeio de la ciudat de Badaioz et por se poblar mejor la villa et las aldeas del termino, mando que todos aquellos que y venieren poblar daqui adelante assi de Portugal como de tierra de las Ordenes commo de los otros logares que nos son mios posteros quesean escusados del da que se y fiçieren vezinos fasta en diez annos conplidos de todo pecho et de todo pedido et de todo servido et de toda ayuda et de martiniega et de ffonsado et de ffonsadera et de toda fazendera et de otro pecho qualquier … salvo de la moneda forera de siete en siete annos… ”.

[29] José Luis Martín Martín: Los tiempos … ob. cit, pág. 306.

[30] Francisco Santos Coco: “Documentos del … ”, art. cit., nº, (1929), pp. 262-263.

[31] Esteban Rodríguez Amaya: “La tierra en Badajoz … ”, art. cit, pág. 51

[32] ibidem, pág. 17.

[33] Real Academia de la Historia, Colección Salazar, M-5 fols. 24v, y 98v – 99r;

[34] Mercedes Gaibrois: Cuentas y gastos del rey Don Sancho de Castilla, Madrid, 1930, pág. 39-40.

Oct 011993
 

Juan Luis de la Montaña Conchiña.

Becario de la Fundación Valhondo

El doble proceso de conquista y repoblación llevado a cabo en Extremadura durante el siglo XIII hay que entenderlo dentro de la dinámica de ocupación del espacio, crecimiento económico y desarrollo de determinadas estructuras socioeconómicas iniciada en los reinos de Castilla y León. Este proceso, iniciado con anterioridad en zonas que vivieron la coyuntura impuesta por la frontera, es el antecedente que marca el desarrollo de determinadas formas sociales que tuvieron en Extremadura su proyección desde los primeros momentos de la conquista.

El territorio que encuentran los cristianos en los momentos de la ocupación favoreció el desarrollo de una sociedad característica que, aunque en la base posee el mismo signo y desarrollo que la de otras zonas, generó debido a la influencia de la frontera ciertos rasgos estructurales puestos de manifiesto a lo largo del siglo XIII. Entre ellos el escaso o nulo desarrollo de vida urbana siempre creadora de progreso económico[1] y como contraposición el carácter rural impreso, escasa población, la conformación de un equilibrio jurisdiccional y como resultado una sociedad que es envuelta en la progresiva feudalización enmarcada territorial y jurídicamente en los distintos dominios de los que son titulares reyes, órdenes militares, nobles y obispos. El hablar de espacio fronterizo refiriéndose a Extremadura no lo excluye de ser considerado un espacio donde el feudalismo, la sociedad feudal, esté ausente. Es cierto que los movimientos cíclicos de la frontera durante más de una centuria no favorecieron el asentamiento de pobladores ni por supuesto, la formación de la nueva sociedad (este último concepto hay que entenderlo como desarrollo de un modelo distinto al existente), pero el rápido avance de la frontera precipitó la consolidación en el siglo XIII de las estructuras sociales ya ensayadas en otras zonas de Castilla y León.

La coyuntura fronteriza facilitó la concurrencia de las diversas fuerzas señoriales que, utilizando métodos semejantes, acotaron sus dominios y procedieron al asentamiento de pobladores. La convivencia de diferentes formas de poder condujo al establecimiento de un equilibrio jurisdiccional cambiante según la evolución que sufría la frontera, de la primera etapa donde la sociedad extremeña se caracteriza por el predominio de las formas abiertas, se pasa a otra en la que se precisa una evolución hacia formas más o menos cerradas en consonancia con los presupuestos de la sociedad feudal.

En el contexto ocupacional, además de las diferencias jurídicas hubo ciertas diferencias territoriales marcadas ya en la época de conquista. La evolución de la frontera extremeña, es distinta en la zona del Tajo, ocupada en los siglos XII y comienzos del XIII, que en la del valle del Guadiana. En el primer caso la frontera pervivió durante un periodo de tiempo muy breve, mientras que en el segundo esta situación prácticamente no existió pues la frontera se desplazó inmediatamente hasta Andalucía. Como consecuencia se produjo la rápida intromisión de las fuerzas señoriales aprovechando la despoblación y las potencialidades que ofrecía el territorio: amplias zonas desiertas en las que fundar poblaciones y establecer extensos dominios; amplias zonas de pastos e importantes zonas de buenos suelos en los que se podía desarrollar un asentamiento rentable. Todo ello tuvo como último fin la señorialización de la tierra en fechas relativamente tempranas[2].

La adquisición del espacio: la conquista y la formación de los dominios.

El asentamiento de pobladores y la gestación del nuevo orden social en la España cristiana, va precedido de una actividad militar denominada tradicionalmente Reconquista. Lejos de polemizar en torno a la utilización de los términos Reconquista y Repoblación por la historiografía[3], otros se inclinan por la idea de agresión feudal como parte integrante de un amplio proceso de expansión en el que se ven inmersos los reinos de Castilla y León. Es importante dejar claro la transcendencia implícita de la actuación militar como parte del proceso de conquista del espacio[4].

Partiendo de esta idea, la actuación militar alcanza en este lado de la frontera una importancia inusitada. La Transierra extremeña desde el primer momento en que entra en los objetivos de expansión del rey y de los concejos extremaduranos de Ávila y Salamanca, adquiere unas dimensiones hasta ahora no conocidas. Durante la presencia musulmana el poblamiento se encuentra fuertemente localizado en torno al valle del Guadiana. Al norte sólo se localizan puntos defensivos entre los que incluyen las plazas de Cáceres, Alcántara y en último extremo la ciudad de Coria. La escasa presencia de musulmanes en torno al Tajo animó a las fuerzas cristianas a desarrollar una serie de campañas que terminarían con la conquista de la ciudad citada y algunos de los castillos que hasta entonces se mantenían en su poder. La primera conquista fue la de Coria en 1142. A partir de ese momento la presencia de guerreros y pobladores está garantizada en Extremadura. Tras esta victoriosa campaña los intentos de conquista de lugares como Cáceres y el propio Badajoz son recogidos fielmente por las fuentes cronísticas y documentales. Sólo parte de la Alta Extremadura pasa a manos de señores y órdenes militares, como las de Santiago (fundada en Cáceres en 1170) y Alcántara (que adoptaría el nombre décadas después de su fundación en 1176). Las vicisitudes no son pocas, las razzias musulmanas mantienen a raya a los expedicionarios cristianos, que hasta la conquista de Alcántara en 1212, no encuentran el momento favorable para traspasar el Tajo. La conquista de Cáceres por Alfonso IX en 1229 y las posteriores de Mérida y Badajoz en 1230, Trujillo en 1233, supone un avance importante en cuanto a que los cristianos tienen acceso directo al valle del Guadiana.

A diferencia de otras zonas donde la intervención nobiliaria es mayor, en ésta la participación de los freyres nos es conocida desde la conquista de Coria[5]. Los templarios fueron los primeros que intervinieron militarmente, por lo que obtuvieron amplios territorios. Con el favor de Alfonso VII tomaron Alconétar[6]. Poco después mantuvieron bajo su dominio, gracias a suculentas donaciones, lugares como Coria en 1168, Portezuelo, San Juan de Máscoras (Santibáñez el Alto) hasta 1211. En Badajoz participaron en la conquista de Capilla en 1235, que le fue dada junto con sus términos un año después[7]. En el sur de la Provincia consiguieron los lugares de Valencia del Ventoso, Burguillos del Cerro, Alconchel, Jerez de los Caballeros, Cheles, Higuera de Vargas, Villanueva del Fresno, Valencia del Mombuey, Zahinos, Oliva y Fregenal de la Sierra donde conformaron una baylía.

Las órdenes que realmente intervienen en la conquista son las de Santiago y Alcántara. La primera de ellas participó activamente en al proceso de conquista hasta 1230. Obtuvo los lugares de Trebejo y Palomero en 1186 y 1195, Granadilla en 1191, La Atalaya de Pelayo Velidiz en 1203[8]. Tras la conquista de Cáceres los santiaguistas participaron activamente en la conquista de Mérida, que le fue entregada en 1230. La intensa actividad militar desplegada por esta orden en la actual provincia de Badajoz le abrió amplias posibilidades de expansión, que en lugares como Toledo y la Mancha les había sido negada. Entre sus poblaciones destacan Alhange y Hornachos en 1235, Llerena, Guadalcanal, Fuente del Maestre, Reina en 1246 y Montemolín en 1248[9].

La orden de Alcántara incorporada más tarde al proceso de conquista, recibió en 1218 la villa de la que tomó nombre, previo acuerdo con la orden de Calatrava. Poco después las donaciones de las que fueron objeto sobrepasaban en número a las de sus coetáneas, quizás porque se encontraban más cerca del rey leonés y ofrecían mayores garantías en la defensa de la frontera portuguesa. Recibieron los lugares de Portezuelo, Santibáñez el Alto en 1220, Milana en 1226, Salvaleón en 1227, Almenara, Cadalso y Puñoenrostro, estas dos últimas aldeas ubicadas en el valle del Arrago[10]. También tomaron parte en la conquista de numerosos castillos en tierras de Badajoz. Así, conocemos que sitiaron y tomaron el castillo de Medellín en 1234. En 1236 poseen Cabeza de Esparragal; Zalamea y Benquerencia en 1240. Su jurisdicción se extenderá hasta la comarca de los Montes de Toledo con Puebla de Alcocer, dada por el rey en 1245[11].

La participación nobiliaria en las empresas militares extremeñas es escasa y localizada en torno a algunas zonas marginales. Realmente tiene efecto a partir del siglo XIII. Conocemos las avanzadillas creadas por Alfonso Téllez, noble proveniente del norte, que con algunos de sus vasallos se acantonó en 1222 en los castillos de Muro, Cedenilla, Malamoneda, dominando gran parte de la Comarca de los Montes y en torno a 1218 en Alburquerque, formando una cabeza de puente que los cristianos aprovecharon para la conquista de Valencia de Alcántara sólo tres años después. Durante el siglo XIII será el señorío nobiliario más importante de Extremadura.

Formación y evolución de las jurisdicciones señoriales

El segundo paso, prácticamente paralelo al anterior, es la vertebración del territorio extremeño realizado en gran medida durante la segunda mitad del siglo XIII. Una vez repartido el territorio, se produce el fenómeno de consolidación de los marcos jurídicos de dominación. Utilizando métodos similares las entidades señoriales consiguieron centralizar al máximo el poder sobre tierras y hombres de dos formas: a través de la conformación-delimitación de términos y facilitando el asentamiento de pobladores a través de las cartas pueblas y fueros. Ambos elementos son en esencia los rasgos estructurales resultantes del poder feudal en la organización del territorio[12]. Este control a nivel particular de cada jurisdicción era ejercido a través de una compleja organización administrativa traducida en las encomiendas para las órdenes militares, sometidas a la autoridad del maestre y del capítulo general. En la jurisdicción realenga el control del espacio y de los pobladores se canalizó a través de la conformación de concejos en los que el rey intentaba materializar su poder y contrarrestar el avance de competidores a través de numerosos privilegios. El concejo dotado de autonomía regía la forma en que debía ocuparse su término, la villa o ciudad se convertía en el centro rector. El marco jurisdiccional restante está representado por los dominios correspondientes a los cabildos catedralicios, quienes con el obispo a la cabeza ejercían el dominio sobre tierras y hombres. Basándose en la unidad parroquial enmarcada en unidades mayores o arcedianatos como elemento para el control de tierras y hombres, el cobro de los derechos diocesanos que reclamaban en las iglesias de las villas y sus alfoces fue un motivo de constante enfrentamiento. Si bien los concejos intentaron eludir el pago de algunos de los derechos como diezmos procuraciones, primicias, y derechos de catedrático, fue con las órdenes militares con las que mantuvo numerosos enfrentamientos algunos de ellos de relativa seriedad.

Vistas en líneas generales las bases organizativas de cada jurisdicción podemos señalar rasgos identificativos propios de Extremadura. De entrada hay que confirmar un predominio claro del maestrazgo frente al realengo como se constata desde los primeros momentos de la conquista. Para confirmar este punto podemos comparar la extensión ocupada por el maestrazgo y el realengo -las dos jurisdicciones predominantes-, la primera rondaba los 17.000 Kms2 y la segunda 9.000 Kms2. Como se puede observar, las órdenes militares juegan un papel esencial en la repoblación de Extremadura y ello se refleja en el conjunto de posesiones territoriales que poseen a finales del siglo XIII. La iglesia, en plena organización, es la que menos identidad territorial posee.

En cuanto a la orden de Alcántara, desde el establecimiento de la casa de la orden en la villa que le dio nombre, consolida su presencia en el sector occidental de Extremadura, su radio de acción se iba a extender hasta la sierra de Gata por el norte, y hasta la sierra de San Pedro por el sur, al que se denominó partido de Alcántara. La orden intentó controlar todo el espacio occidental junto a la frontera portuguesa donde podía conseguir una inmensa extensión territorial, prueba de ello son las rápidas delimitaciones de términos que se realizan en la sierra de San Pedro con el concejo de Badajoz. El mismo motivo se observa en la otra zona de expansión que se extendía por la comarca de la Serena, en la que hacia 1240 se establecen los términos entre los lugares de Hornachos, Magacela, Reina y Benquerencia, y en 1253 se realiza análogo proceso pero con la orden del Temple sobre los lugares de Capilla, Almorchón y Benquerencia. Más tarde extendieron sus dominios hasta la comarca de los Montes atraídos por el tránsito ganadero[13]. Aunque esta orden fue dotada de numerosos privilegios, las dificultades para el asentamiento de pobladores fueron grandes a juzgar por la tardía concesión de fueros. Comenzaron en 1253 dando el fuero a la villa de Salvaleón, para luego entre 1260 y 1274, fecha en la que se da el de Segura de León, hacer lo mismo con las poblaciones más importantes.

Este pequeño desequilibrio temporal en la delimitación de términos y conformación de jurisdicciones con respecto a la repoblación de los mismos, tiene su justificación en que la posesión de esta vasta extensión territorial permitía fuertes ingresos procedentes de la práctica ganadera. La frontera además de los riesgos poseía sus ventajas, el escaso poblamiento existente traducido en mano de obra, la frontera y las condiciones físicas fueron determinantes para impulsar el desarrollo de la ganadería. Este hecho predispuso a la corona a conceder numerosos exenciones de montazgos y portazgos, así como otros derechos reales que favorecieran a la orden[14].

La orden del Temple, exceptuando Capilla, que era el lugar idóneo para el control del paso de ganados provenientes de Castilla, ubicó sus dominios cerca de la frontera con Portugal y en el centro sur de la provincia pacense. Los lugares bajo su control, debido a su dispersión, no constituyeron un bloque compacto y cohesionado hasta la segunda mitad del siglo XIII, cuando a costa del concejo de Badajoz consiguieron delimitar la encomienda de Valencia del Ventoso que incluía numerosos lugares del extremo suroccidental de Badajoz (Jerez, Fregenal de la Sierra, Oliva, Mombuey y Villanueva del Fresno entre otros)[15]. Al margen de otros datos de índole cuantitativo no sabemos nada sobre la población de sus dominios, sólo tenemos constancia de que los intereses de esta orden también circulaban en torno al tránsito de ganados, especialmente por el lugar más significativo dentro del conjunto de posesiones extremeñas: Alconétar. Tenemos noticias de los problemas surgidos entre esta orden y la de Alcántara por el cobro de montazgos y peajes en el puente sucedidos en 1257 que se saldó con la destrucción de aldeas y la muerte de algunos de sus pobladores[16].

Los santiaguistas, por su parte, sólo poseyeron núcleos muy localizados en torno a la frontera con Castilla, el más importante era la Atalaya, donde el rey leonés intentó que la orden estableciera la casa principal. Sus dominios se extienden preferentemente por lo que se dio en llamar Provincia de León, que abarcaba desde Montánchez hasta Monesterio y Guadalcanal, sin olvidar poblaciones de la talla de Llerena, Jerez de los Caballeros, Azuaga y Hornachos, por citar algunas. La zona que les corresponde a los santiaguistas posee más tradición pobladora, de ello tenemos noticias en la población de Montemolín, pero especialmente en determinados lugares como Reina y Hornachos, que pasaron a manos cristianas a través del pacto de sumisión favoreciendo la permanencia de pobladores musulmanes. Este motivo facilitó la temprana concesión de fueros entre 1235 y 1236 (fueros de Mérida y Montánchez respectivamente).

El otro gran bloque jurisdiccional está representado por los concejos de realengo. Esta jurisdicción, más benévola en cuanto a las condiciones que ofrecía a los pobladores y ampliamente desarrollada en zonas de frontera, estaba mejor representada en la zona que se extendía desde el Sistema Central hasta el valle del Guadiana, especialmente entre la primera y el valle del Tajo. Aquí los concejos constituyen verdaderos centros de atracción para los pobladores. Coria, primero, aunque luego pasó a manos de órdenes militares, Plasencia, Cáceres, Trujillo -incorporado después de 1235- y Badajoz son los ejemplos que tenemos en Extremadura. Al sur del Guadiana el realengo no está presente, debido, en parte, a la pérdida de atención por parte de la corona sobre esta zona, que conquistada poco antes de la ocupación militar de Andalucía ejercía menos atractivos. El sector oriental de la Alta Extremadura conocida desde antaño por Las Villuercas pertenecía al concejo de Talavera, que desde mediados del siglo XIII estaba intentado fomentar el poblamiento a través de privilegios reales. Como resultado nacieron los lugares de Castrejón, antigua dehesa, y el Pedroso no exentos de conflictos con el concejo de Ávila, que al igual que en el Campo Arañuelo, reclamaba la zona del Pedroso como “extremos” en los que pastaban sus ganados[17]. La Comarca de los Montes cambió varias veces de jurisdicción, así a finales del siglo XIII estaba bajo el dominio de Toledo, ciudad que le concede fuero.

El asentamiento de pobladores en zonas realengas era mirado con cierto recelo por las órdenes militares que, como la de Alcántara, van a intentar por todos los medios desarrollar una serie de condiciones similares a las dadas en el realengo para poblar sus extensos dominios. No contentas con el posible paso de pobladores a sus dominios y aprovechando la despoblación de gran parte de los términos a finales del siglo XIII, llevaron a cabo una labor de rapiña que se concretó en la usurpación de lugares por la fuerza. Un ejemplo lo tenemos en Badajoz, sus amplios términos, deducidos en su mayoría por el deslinde de la ciudad de Sevilla realizado en diciembre de 1253, se vieron sistemáticamente mermados durante la segunda mitad del siglo XIII. Los hechos acaecieron poco antes de establecer la primera concordia con el Temple en 1277, y poco después, en 1282 con los santiaguistas. La gravedad del problema reclamó la atención del rey, que representado por el infante don Sancho ordenaba la devolución de los “…lugares de Olivençia, Taliga, Villanueva de los Santos, aldea de don Febrero e la Solana, e aldea de los Cavalleros y el Caraço, en los logares de nuestro termino que nos robaron por fuerça[18]. Poco después las quejas de Badajoz reclamaron nuevamente la atención del monarca que decidía reintegrar los lugares a la jurisdicción pacense: “…nos el conceio de Badajoz anduviemos en pleito e en contienda grand tiempo ante D. Alfonso, e con las ordenes del Temple y de Ucles por raçon que los Comendadores de estas ordenes poblaron de nuevo a Olivença e a Taliga e a Villanueva et a los Santos et a la aldea de Don Febrero et a la Solana et a la aldea de los Cavalleros et al Çaraço en logares de nuestro termino que nos tomaron por fuerça …”[19].

Ya en el plano económico, estos enfrentamientos tuvieron su reproducción entre concejos. La defensa de los lugares de aprovechamiento comunal, con vistas a preservar los derechos de los vecinos e incluso los de aquellos propietarios de ganado, se convirtió en el principal argumento para reclamar zonas que eran invadidas por pastores. Tenemos noticias de los deslindes realizados entre Cáceres y Badajoz en 1264, se conocen algunos con Montánchez en 1242 y 1250, y la resolución de conflictos con otras jurisdicciones como los mantenidos con la orden del Temple en 1252[20]. De Trujillo conocemos los deslindes realizados con el propio concejo cacereño, pero especialmente los realizados con los santiaguistas de Montánchez y la ciudad de Mérida en 1250.

En cuanto a la iglesia extremeña, la más temprana jurisdicción está representada por el obispado de Coria, restaurado por Alfonso VII en 1142. Los límites de la diócesis eran lo suficientemente grandes -no se correspondían con los de la ciudad- como para competir con los de las diócesis de Ciudad Rodrigo y Salamanca[21]. Se extendían desde la Sierra de Gata, Hurdes y cercanías de Hervás, bajando por la Guinea o Ruta de la Plata, y abarcaba las iglesias de Montánchez, Cáceres y las tierras pertenecientes al partido de Alcántara. Por su parte el obispado de Plasencia, por ser de nueva creación, se le atribuyó un considerable espacio que se extendía originariamente desde Béjar y sus aldeas hasta el río Guadiana: “A bone memorie dedit, et Bejar, quod infra terminos ipsos situm esse probavi, trugellum etiam et Medellinum, Sanctam Crucem, Montanches, salvo iure toletanae ecclesie in hiss, si quos habet et Montem fragorum ut hec omnia iure dicocessano perpetuo possideatis…”[22]. Los conflictos sobre ciertos lugares comenzaron nada más consolidarse la fundación de la diócesis. En 1217 y 1218 Roma tuvo que mediatizar entre los obispos de Plasencia y Ávila sobre la posesión de Béjar y sus aldeas, resolviéndose favorablemente para la primera. En 1221, llegaba la confirmación de los límites diocesanos de Plasencia, donde ya se contemplan modificaciones sustanciales, como la pérdida del Campo Arañuelo reclamado constantemente por los abulenses y las zonas excluidas pertenecientes al arzobispado de Toledo con la que compartía límites. Todavía en 1235 seguían pleiteando con la ciudad de Ávila sobre lugares como Tornavacas ubicados en los pasos del Sistema Central claves en la circulación de mercancías y ganados[23].

Al igual que el concejo, el obispado de Badajoz cuya fecha de fundación está bastante discutida, algunos autores quieren situarla en torno a 1255[24], tuvo problemas con los límites de su diócesis por cuanto las distintas entidades señoriales intentaban no reconocer la autoridad del obispo en sus iglesias, lo que significaba la consiguiente pérdida de derechos, es el caso del señorío de Alburquerque con el que se mantuvo numeroso pleitos hasta concordar una repartición justa. Los problemas no fueron pocos, pues nada más iniciarse la segunda mitad del siglo XIII las disposiciones reales en favor del obispo de Badajoz fueron contundentes. Se instaba a todos los habitantes de la ciudad y término a no usurpar los bienes de la catedral, así como no ocupar los lugares entregados por la corona, en los que el obispo y su cabildo estaban obligados a conformar una población. Los límites de esta diócesis abarcaban un amplio espacio que se extendía desde la Sierra de San Pedro Hasta el sur de la región, que curiosamente venían a coincidir con los de la ciudad, pero que no se extendían hacia el centro-oeste de la región donde estaban asentadas las órdenes.

La evolución de las jurisdicciones extremeñas durante la segunda mitad del XIII, sufre un cambio análogo al del resto de las zonas de frontera. El ascenso del poder nobiliario, que ya participó activamente en la batalla de Las Navas de Tolosa y especialmente en la conquista de Sevilla en 1248, supone una fuerte cortapisa para la consolidación de los dominios reales. Desde esta perspectiva la unión de los reinos de Castilla y León y la conquista de Andalucía tuvo como consecuencia una presencia señorial más constante en Extremadura[25]. El problema económico, al que se une la continua devaluación de la moneda, obligó al rey a compensar los esfuerzos militares realizados con la entrega de numerosos lugares no ubicados necesariamente en la frontera.

Esta es en esencia la realidad que obligó a un cambio importante en Extremadura. A partir de la segunda mitad del siglo XIII la señorialización es inevitable, especialmente durante el reinado de Sancho IV. A finales del siglo XIII, se conforman los primeros señoríos jurisdiccionales[26]. Algunos señores, como don Juan Alfonso de Alburquerque, ya habían establecido sólidamente sus dominios en la zona central de la región desde 1218. La zona más afectada es la de Plasencia. Prácticamente despoblada en la segunda mitad del siglo XIII conoce en 1284 la primera ruptura de sus términos a favor de allegados de Sancho IV. En diciembre de dicho año, se donaba Jaraicejo a Gonzalo Godínez, escribano del rey, lugar en el que se conformará una pequeña marca señorial, que tras numerosos cambios de mano, será reintegrado a la ciudad de Plasencia. Poco después era entregada la aldea de Albalat a Fernando Gómez y Diego García, aunque por escaso tiempo, pues con el paso del tiempo quedaría despoblada.

Sociedad de frontera. Sociedad feudal.

El desarrollo de la sociedad extremeña, como el de cualquier otro lugar, está precedido de la llegada y asentamiento permanente de pobladores que constituyen el verdadero elemento de consistencia en zonas caracterizadas por la despoblación, y a su vez son la base sobre la que se cimenta el poder señorial.Antes de profundizar en el conocimiento de la sociedad es necesario acercarnos, aunque de forma simbólica, al conocimiento de la población extremeña. A diferencia de otras zonas, como la andaluza donde cuentan con libros de repartimientos, los datos que poseemos sobre la población extremeña son escasos, por no decir ningunos, aunque ello no coarta la posibilidad de formular algunas hipótesis referidas a la procedencia de los pobladores y su número. La proliferación de las nuevas conquistas y fundaciones se tradujo en la constitución de nuevos lugares a los que los pobladores accedían libremente atraídos por los numerosos privilegios y libertades. No obstante, y es un hecho señalado por distintos autores, la población en Extremadura pasaría de largo debido a la proximidad de fechas entre la conquista de Extremadura y la de Andalucía[27].

Pero ¿qué población existía con anterioridad a la conquista? Este interrogante no tiene en principio difícil respuesta. En la Alta Extremadura el poblamiento de origen musulmán era escaso y localizado. Las fuentes sólo nos señalan a Coria como el lugar poblado más al norte de la frontera, junto a esta ciudad destacan una serie de plazas, como Alcántara, Cáceres y Trujillo, cuya función militar obliga a desechar la idea de que concentraran un poblamiento digno de ser tenido en cuenta[28]. En torno al Valle del Guadiana la situación es distinta hay motivos para pensar en la permanencia de pobladores musulmanes, la toponimia lo confirma. La adquisición de lugares mediante el “pacto de sumisión” es posible que permitiera la continuidad de sus antiguos pobladores, aunque despojados de gran parte de sus bienes. En esta situación se vieron los lugares de Hornachos, Montemolín y Reina. Aunque no podemos dar tampoco cifras aproximativas, datos del siglo XIV dan por supuesto la permanencia de pobladores musulmanes viviendo en la región de Mérida, donde Juana Rodríguez compraba a doña Fátima y a doña Xaucen, moras, sendos pedazos de tierras que tenían en término de dicha ciudad[29].

Pero la incógnita la constituye la masa de población cristiana. De su número no conocemos apenas nada. Poseemos algunos datos aislados del siglo XII para la zona de Plasencia, que afectada por la razzia musulmana de 1196 vio como 150 de sus habitantes caían prisioneros y eran mandados a trabajar en una de las mezquitas de Marraquech. Ya en el siglo XIII, no sabemos exactamente cual es el crecimiento de la población, pero podemos hacernos una idea a través del número de iglesias que se mencionan dentro de las villas y aldeas. El número de parroquias es desde luego ínfimo si lo comparamos con el resto de villas y ciudades de Castilla y León[30]. Sólo tenemos noticias de los lugares más importantes como Plasencia donde son mencionadas en 1254 cuatro iglesias, con posterioridad a 1284 aparecen tres iglesias más[31]. De Trujillo conocemos la existencia de tres iglesias, como en Alcántara; de Badajoz tenemos constancia de la existencia de alguna iglesia además de la catedral[32].

Sabemos más de la procedencia de los pobladores. Se trata con toda seguridad de habitantes de los concejos castellano-leoneses limítrofes que habían adquirido intereses materiales en la zona. Gentes de Ávila y de las aldeas de su tierra, gentes de Salamanca, Béjar y algunos más procedentes de tierras del norte como Navarra (el obispo Navarrón que llegó a Coria en la conquista de 1142), Iscar y Zamora[33].

El asentamiento de la población está recogido en los fueros y cartas de población de los concejos de realengo, aplicable también al maestrazgo. Para conocer la primera etapa contamos con los fueros de Coria-Cáceres y Plasencia. Las condiciones en ellos expresadas ponen de manifiesto las ventajas iniciales de comenzar una nueva vida en la frontera, entre las que destacan la inexistencia de pechos solariegos y la libre posesión de tierras, sólo aparecen algunas obligaciones señoriales relacionadas con la frontera. El repartimiento de las heredades de concejo se realizaría en un primer momento por los denominados quadrilleros, quienes otorgaban las distintas unidades en función de la participación en la conquista y del periodo de llegada cuando se hizo el llamamiento general. Pasado el primer momento de asentamiento de la población, era el concejo el encargado de proceder al reparto de la tierra a través de los sexmeros. El territorio dividido en sexmos a su vez estaba compuesto por veintenas, cada una de aproximado valor y era entregado a los pobladores los domingos por la mañana.

Pero igualmente estimulante era la exención de pechos solariegos durante un tiempo determinado, la duración es similar, así por ejemplo, en Coria sólo era durante el primer año de estancia, al igual que en Cáceres[34]. En cuanto a las obligaciones debidas al señor sólo destacan las relacionadas con la frontera como el fonsado (obligación de asistir con el rey a la guerra). La importancia de la actividad militar queda seriamente regulada en los distintos fueros, como el de Cáceres que se manifiesta claramente en este sentido: “Mando et otorgo al conceio de Caceres que non vayan en hoste mays de XXX dias, et esto con el cuerpo del rey, et no con otri, et en su frontera ”, el fuero de Plasencia es similar en este sentido, sólo que el tiempo de asistencia con la hueste real se prolongaba durante tres meses y sólo quedaban exentos niños y mujeres, en Cáceres se excusaba a los que llevaban sólo un año de casados.

Las facilidades obtenidas por los pobladores en los momentos iniciales del asentamiento se ampliaban a otro conjunto de exenciones y derechos que no sólo atañen a la vida militar. Tanto en Coria como en Cáceres los pobladores no tenían que pagar la fazendera, mientras que en Plasencia aparecía como una obligación[35], en cambio se eximía del pago de la mañería, una de las cargas jurisdiccionales desarrolladas en espacio no fronterizo. Otra ventaja, ya relacionada con el concejo, es la exención del portazgo y otros cobros, normalmente reservados por el rey como el montazgo, una libre disposición del término por parte del concejo como se contempla en la primera rúbrica del fuero de Plasencia, y la escasa participación del rey en las rentas concejiles que revertían en beneficio de la comunidad[36]. Dicho en otras palabras, se delegaba gran parte de la autoridad y del gobierno correspondiente al rey a estas nuevas instituciones a las que se favorecía económicamente para fomentar su desarrollo.

Los grupos sociales hasta la primera mitad de siglo vienen contemplados en los fueros, son los caballeros villanos y los peones identificado esté último con el campesino pechero. El grupo de los caballeros villanos formado en la frontera, rápidamente hace acto de presencia, aunque no alcanza la fuerza necesaria como para destacar por encima de los demás grupos sencillamente por su escaso peso demográfico. Los fueros contemplan la figura del caballero al cual se exime de cualquier tipo de pechos consiguiendo además numerosos privilegios que tendrán su manifestación más clara décadas después, su principal dedicación es la guerra, de ella obtienen sus principales ganancias pues en los repartos del botín salían ampliamente beneficiados[37]. Se puede decir, que en los momentos en los que la frontera se encuentra más próxima el grupo de la caballería villana no es un grupo poderoso ante todo porque las condiciones demográficas y la escasa repartición del suelo no lo permiten. El otro grupo de exentos que contemplan los fueros son los clérigos, aunque en principio les era difícil conseguir una heredad en el concejo, pues la venta de bienes raíces a hombres de órdenes, nobles y clérigos estaba prohibida, bien es cierto que estos poseían sus residencias en las villas y se encontraban exentos de pechos y obligaciones.

Los pecheros o peones, superior en número, exentos de una gran mayoría de las rentas sería un grupo militarizado que tendría como única obligación participar en las campañas militares, las mayores presiones vendrían dadas por parte de la jurisdicción eclesiástica, que no concedía ningún tipo de exención. Este grupo se erige como una masa de pequeños propietarios desde el momento en que son asentados en las distintas partes del término de la población y se les entrega lo que va a constituir la unidad de explotación campesina básica perfectamente definida en los fueros de Coria-Cáceres. Esta se componía principalmente de una casa, una vez de molino, un asno, una vaca, dos bueyes, doce ovejas y un cerdo, junto a otros bienes muebles de menor importancia. En Plasencia cambiaba, se constituía de seis eminas de pan, un yugo de bueyes y una aranzada de viñas[38].

Por debajo del grupo de los pecheros los fueros contemplan la figura de los denominados asalariados rurales. Este grupo de desfavorecidos se caracteriza por no poseer bienes como los pecheros, poseer un nivel de riqueza inferior y vender su fuerza de trabajo estacional. Son trabajadores asalariados sin ningún peso específico en el conjunto de la comunidad. Entre estos se señalan a los yugueros, hortelanos, pastores, messegueros. Los dependientes, así llamados porque entablan una relación cerrada con sectores sociales superiores, caballeros y clérigos, gozan de cierto privilegio de exención. Algunos artículos de las cartas forales señalan que junto al caballero y al clérigo sean eximidos sus dependientes[39].

Diversos acontecimientos en la vida política de Castilla a mediados del siglo XIII suponen un cambio importante en las estructuras socioeconómicas. El cambio de política sugerido por Alfonso X, que como afirma A. Ballesteros fue “una defensa de los intereses reales frente a los señoriales propiamente dichos que comenzaban a formalizarse tras el parón que sufrió la reconquista de gran parte de Andalucía”[40]. De esta defensa se deriva la promulgación del famoso Fuero Real (1255-1256) como respuesta al Fuero Viejo, que el conjunto de los nobles intentaba mantener. Por otro lado, la disminución del realengo en beneficio de los señores fue un punto que preocupó al monarca que como respuesta desarrolló una política de nuevas fundaciones, e intentó por todos los medios reintegrar todos los lugares posibles a su dominio[41]. Un cúmulo de elementos relacionados con las dificultades climáticas, la detención del proceso reconquistador, y fluctuaciones en la moneda, provocaron la inestabilidad política de donde salieron beneficiados unos y perjudicados la mayoría[42]. De la situación inicial en la que sólo eran ventajas para el conjunto de la población, se sufre un deterioro considerable y un deslizamiento hacia formas oligárquicas en consonancia con las directrices impuestas por la sociedad feudal.

Esta segunda etapa, es la que más nos interesa. Se extiende a lo largo de la segunda mitad del siglo XIII y se va a caracterizar por la existencia de importantes cambios orientados hacia la consolidación de la sociedad. Los cambios se dejan notar perfectamente, aumentan los derechos señoriales -fielmente recogidos en los fueros dados por órdenes militares y obispos- y en el realengo determinados grupos “guerreros” se consolidan como una oligarquía que controla la vida de los concejos[43]. Aún así existen diferencias en las distintas jurisdicciones, como en los maestrazgos donde las condiciones para la reproducción del grupo de los caballeros se encuentran francamente mermadas. Por su parte, la iglesia comenzaba a dar ciertos visos de organización e intentaba coordinar sus esfuerzos por pervivir en una zona en la que la escasez de pobladores y la pobreza de éstos obligó a los monarcas a beneficiarla de manera continua permitiendo, dada la mala situación monetaria del reino, aumentar sus respectivos patrimonios territoriales a costa de tierras y derechos pertenecientes a los concejos.

Los cambios en la sociedad fueron importantes. Partiendo de la lucha entre las jurisdicciones realenga y maestral por conseguir el mayor número de vasallos, dada la escasez de población, se suceden las usurpaciones de términos y los agravios contra las poblaciones de un lugar y otro. Pero, las diferencias se marcan especialmente en los privilegios obtenidos por las clases favorecidas, como el caso de los Caballeros villanos y la iglesia, y el endurecimiento de las obligaciones que tuvo que soportar el colectivo de los pecheros. Así, en el realengo las diferencias con la etapa de frontera si no son muy importantes sí podemos calificarlas de decisivas, aparecen los pechos solariegos representados por el pago de un maravedí anual; en el fuero de Cáceres se contempla perfectamente esta medida: “Después que fueren LX annos passados que Caceres fue presa, el que oviere a pechar fuero al Rey non pectet mas de I morabeti en el anno, fueras moneda”[44].

Los cambios se acentuarían con la promulgación del Fuero Real elaborado por Alfonso X. Este fuero contempla las tendencias evolutivas del realengo durante el siglo XIII. El fonsado y su equivalente la fonsadera siguen siendo obligatorios al igual que la fazendera, además hay que unirle el pago del yantar, que con el tiempo tiende a convertirse en una contribución regular[45]. En el Fuero Real dado a Trujillo en 1256 se contempla definitivamente la existencia del pago de la renta solariega a través de la marzadga. La evolución es perfectamente observable en el fuero de la Puebla de Alcocer dado por el concejo de Toledo en 1290, en él se recogen las tendencias que se vislumbraban a mediados de siglo, se reconoce la existencia de renta solariega que debía pagarse después de los seis años de habitar en el lugar y se confirma el pago de otra renta solariega como era la marzadga[46].

Pero sin duda las diferencias entre jurisdicciones son las que marcan realidades sociales distintas. Así, el maestrazgo presenta diferencias y afinidades con los lugares de realengo, de entre estas similitudes podemos señalar la exención del pago de pechos durante los diez primeros años de estancia en el lugar, un plazo más amplio que en el realengo fruto de la política de atracción de pobladores que ejercieron estas jurisdicciones, de hecho en tierras de Santiago el fuero aplicado es el de Cáceres, con ligeras variantes como la salvaguarda de los derechos señoriales[47]. En segundo lugar, estos fueros, como los de Santiago, se caracterizan por la ausencia de disposiciones claras sobre la renta solariega, no así los de Alcántara, que a mediados del siglo XIII hizo extensivo el pago de la martiniega a todos los lugares de su jurisdicción, pero más importante parece ser la existencia de las temidas banalidades como la obligación de usar los hornos señoriales[48]. Lo más significativo es el predominio de la orden sobre el concejo. La institución concejil se encuentra relegada a un segundo plano, los oficiales del concejo son designados por el maestre y participan en la administración de justicia. Por otro lado, se observa una mayor participación de los freyres en las caloñas del concejo y los derechos cobrados por las distintas tasas impuestas por el tránsito de mercancías y ganados así como en la distribución y aprovechamiento del término[49]. Esta intervención de la orden teóricamente suponía un recorte de las libertades y una presencia del poder señorial más fuerte.

¿Cómo se manifestaron estos cambios en el entramado social? Las diferencias existentes entre unos grupos y otros se profundizaron. Los verdaderos beneficiados en este sentido son los caballeros villanos. La aplicación del Fuero Real durante el reinado de Alfonso X supuso el aumento de poder y dominio de este grupo[50]. El fuero contemplaba el aumento de la participación en campañas guerreras y por tanto el aumento de las ganancias, pero más importante es la consolidación de las exenciones que gozaban décadas anteriores. Inmediatamente después de la concesión de este fuero proliferaron los privilegios dados a los caballeros donde se confirmaba su status frente al resto del colectivo vecinal. En las ciudades y villas extremeñas tenemos numerosos ejemplos, quizás los más significativos sean los de Plasencia. El primero de ellos se dio en 1255, y poco después, en 1262 se concedía nuevas exenciones junto al Fuero Real dado a la ciudad[51]. Los caballeros de Cáceres también fueron objeto de exenciones en 1273 con motivo de su asistencia a las campañas realizadas en tierra de Granada[52].

Ahora bien, debemos considerar que los cambios surtidos en el alejamiento de la frontera repercutieron directamente en los caballeros que, viendo que las posibilidades de aumentar su riqueza en la frontera disminuían considerablemente, desviaron su atención y consolidaron posiciones en aquellos lugares en los que con el paso del tiempo habían acumulado grandes patrimonios. Es el momento en el que comienzan a dirigir los destinos de la comunidad concejil en beneficio propio, se reservan los cargos concejiles y determina la entrega de propiedades a los nuevos pobladores, a los que pondrán numerosos inconvenientes. Del mismo modo, la posible pérdida de rentas fue suplida por una actividad ganadera y aumento de sus respectivos patrimonios territoriales[53]. Una forma de ampliarlos es a través de las compras y usurpaciones de tierras; no sólo son los caballeros los que participan de esta política, el clero y las órdenes militares, haciendo alarde de los privilegios emanados de la corona, están presentes en la consecución de tierras en detrimento de los grupos menos favorecidos. En Badajoz a finales del siglo XIII los distintos monarcas tuvieron que legislar en favor de los pecheros que veían sus derechos y propiedades seriamente amenazados por la desenfrenada adquisición de tierras por parte de los caballeros y su posterior adehesamiento. La situación llegó a tal punto que en 1277, Alfonso X tuvo que confirmar el conjunto de privilegios que poseían los pobladores de Badajoz ante la huida de estos hacia otras tierras, especialmente de órdenes militares[54].

Este último aspecto incidió poderosamente en la vida social y económica del campesinado pechero. La periodización de los pechos y la merma de los derechos comunales tuvieron como consecuencia el empobrecimiento de este grupo. La actuación de los caballeros y el probable desinterés por parte de los monarcas ralentizó el asentamiento de pobladores, pero aceleró la huida de estos hacia tierras de Portugal y hacia tierras de órdenes militares. La huida de la población pechera suponía la pérdida de ingresos por parte de la corona, de ahí que, ante la grave situación que padecían determinados lugares, como el concejo de Badajoz, el rey se apresurara a tomar medidas que evitaran el desastre. Se confirmaron los privilegios y libertades de la población, y se aumentaban las exenciones durante un periodo de diez años[55]. Aunque no tenemos noticias directas sobre este hecho en otros concejos de la región es de suponer, a juzgar por indicios indirectos, que fue práctica común.

En el maestrazgo no conocemos nada acerca del desarrollo de los grupos sociales, pero podemos esbozar algunas ideas que nos permitan comprender las diferencias, e incluso las posibles ventajas de esta jurisdicción. El escaso desarrollo que adquiere la caballería villana en el maestrazgo viene demostrado por la falta de noticias al respecto. Esta circunstancia, unida a las exenciones y no del todo gravosas obligaciones, no permitió a priori profundas diferencias entre peones-pecheros y caballeros[56]. Por ello, es posible que las diferencias entre los distintos grupos no fueran excesivamente grandes en el momento que tratamos. Por otro lado, es conveniente anotar lo que pudiera ser una tendencia generalizada durante el siglo XIII en Extremadura respecto al poblamiento del maestrazgo. La exención durante 10 años, la tenencia de heredades libres de usurpaciones por parte de un sector militar o caballeros escasamente representado, tal vez no compensaba del todo la existencia de cargas nominales, derechos jurisdiccionales y escasa intervención en la vida del concejo, pero sí podría ser un fuerte reclamo ante la terrible ingerencia que en la vida social realizaban los caballeros villanos en la jurisdicción realenga. Este pudiera ser el motivo principal por el que los concejos se quejaban de la huida de pobladores hacia tierras de órdenes militares.

Por último, sólo nos queda señalar la presencia de otro grupo integrado en la estructura de poder local: la iglesia. El grupo eclesiástico se constituye como un grupo compacto en cuanto a sus relaciones con las demás entidades señoriales, además como grupo de poder ejerce su jurisdicción sobre tierras y hombres de formas no muy distintas a las ejercidas por órdenes militares o monarcas. La escasa incidencia de la iglesia aun como grupo exento en la organización social durante el siglo XIII, tiene su origen en la pobreza de las diócesis debido a las pocas facilidades dadas por concejos y órdenes en el control de las poblaciones, ello obligó en no pocas ocasiones a intentar extender las jurisdicciones a otros lugares usurpando intencionadamente los derechos reclamados por otras sedes.

Hasta mediados del siglo XIII la iglesia extremeña no parece sólidamente organizada. Con anterioridad no tenemos noticias de la constitución de los cabildos. El obispo parece ser la única autoridad existente y el que controla los designios de la diócesis, sólo a partir de la segunda mitad de siglo y debido a los impulsos reconstituyentes del cardenal Gil para la iglesia hispana, encontramos los síntomas de organización. En Plasencia en 1254 había diez canónigos y ocho racioneros. En Badajoz se conocen en 1264 doce canónigos y seis racioneros, un número todavía muy lejos de iglesias situadas en otras zonas del reino[57]. Tanto el obispo como el cabildo se convierten en detractores de rentas y propietarios de heredades y poblaciones enteras, aunque no es hasta finales de esta centuria cuando los clérigos comienzan a fortalecer su patrimonio[58]. Las dificultades por cobrar el diezmo motivaron numerosos pleitos algunos de ellos de extremada virulencia, en especial con las tierras de las órdenes militares, que argumentaban ser organizaciones religiosas para escapar del pago del diezmo y otros derechos. Este es uno de los motivos que produjo el empobrecimiento de la iglesia extremeña e indujo a los obispos a aumentar sus rentas participando en campañas militares -como las andaluzas- y mantener ingentes cabañas ganadera en movimiento por todo el reino, ni siquiera los privilegios de exención otorgados de manera continua por los monarcas ayudó a recomponer la maltrecha situación[59]. Si examinamos los privilegios otorgados a la catedral de Coria durante el siglo XIII, además de las delimitaciones jurisdiccionales en cuanto al cobro de los derechos diocesanos, sintomáticas por otro lado del desconocimiento de los límites exactos típicos de zonas en las que el poder no se encuentra consolidado, podemos observar las exenciones concedidas en cuanto al pago del montazgo por el obispo de Coria en los desplazamientos de su cabaña, que en cambio era traducido en un intento de gravar en demasía los ganados que provenientes de otras zonas recalaban en sus dehesas[60].

Las relaciones mantenidas con los pobladores pueden quedar materializadas en el fuero concedido por el obispo de Badajoz a los habitantes de Campomayor en 1260. Las características principales de estas relaciones vienen dadas por la continuidad mostrada en cuanto a los aspectos legislativos, sólo el señor, en este caso el obispo, se reservaba una parte sustanciosa de las caloñas y determinadas rentas como el montazgo. También es controlada la fonsadera, y es de especial interés destacar la ausencia de banalidades. Los caballeros y sus dependientes gozan de una exención similar a la del realengo.


NOTAS:

[1] J. L. Martín Martín: “Las Funciones urbanas de la Transierra”, Comunicación al coloquio sobre la ciudad hispánica durante los siglos XIII al XVI, Madrid, 1985, pág. 416. Emilio Cabrera: “Del Tajo a Sierra Morena”, Organización social del espacio en la España medieval. La Corona de Castilla en los siglos VIII a XV, Barcelona, 1985, pág. 133, señala igualmente la ausencia de centros urbanos en torno a los que acelerar el proceso repoblador.

[2] Ángel Barrios García: “Del Duero a Sierra Morena. Estructuración y expansión del feudalismo medieval castellano”, España. Al-Andalus. Sefarad: síntesis y nuevas perspectivas, Salamanca, 1988, pág. 47.

[3] En torno a la idea de conquista diversos autores han polemizado sobre las connotaciones que tiene emplear este término. La historiografía moderna, huyendo de las premisas positivistas, interpreta el fenómeno de conquista de manera diferente hasta la entonces conocida. El proceso de adquisición militar del territorio o Reconquista, identificado con la adopción de la herencia visigoda, no responde exclusivamente a la idea de que se trata de un proceso distinto que no se ajusta a la realidad imperante del momento. M. González Jiménez: “Reconquista y Repoblación del occidente peninsular”, Actas Das II jornadas Luso-Espanholas de Historia Medieval, Vol. II, Oporto, (1987), 445-489.

[4] A. Barrios García: “Repoblación y feudalismo en las Extremaduras”, I Congreso de Historia Medieval. En torno al feudalismo, León, 1989, pág. 423.

[5] Por ejemplo en el Bajo Aragón, donde la participación de poderosas familias nobiliarias en la distribución del poder es mayor que la de las órdenes militares. Carlos Laliena Corbera: Sistema Social, estructura agraria y organización del poder en el Bajo Aragón en la Edad Media (siglos XII-XV), Teruel, 1987, págs. 81 y ss.

[6] Las noticias son prácticamente inexistentes. Sólo en 1181 tenemos referencias indirectas a través de un documento. J. González: “Repoblación de la Extremadura Leonesa”, Hispania, XI, (1943), pág. 236. En el siglo XIII son muchos los problemas que el resto de las jurisdicciones colindantes tienen con los templarios de Alconétar. Al respecto véase Carlos Estepa Díez: “La disolución de la orden del Temple en Castilla y León”, Cuadernos de Historia, anexos de la Revista Hispania, nº 6, (1975), 122-186.

[7] Julio González: Reinado y diplomas de Fernando III, Córdoba, 1986, doc. 575.

[8] J. L. Martín Rodríguez: Orígenes de la orden militar de Santiago (1170-1195), Barcelona, 1974, doc. 196, Julio González: Alfonso IX, Madrid, 1944, doc. 48; doc. 92; y doc. 176.

[9] Antonio Francisco Aguado de Córdoba: Bullarium Equestris Ordinis S. Iacobi de Spatha, Madrid, 1719, págs. 163-164; y Daniel Rodríguez Blanco: La orden de Santiago en Extremadura (siglos XIV-XV), Badajoz, 1985, pág. 59.

[10] J. I Ortega y Cotes: Bullarium ordinis militiae Alcantara, Madrid, 1759, pág. 23, 26 y págs. 35-36. J. González: Alfonso…ob. cit., doc. 187 y doc. 198.

[11] J. González: Reinado y diplomas…ob. cit., Vol. III, doc. 726.

[12] Carlos Laliena Corbera: Sistema social…ob. cit. En la página 35 señala: “la interacción del sistema feudal y de la organización del poblamiento se percibe perfectamente a través de un elemento primordial de las cartas de población, la donación de términos a los pobladores, que indica el ejercicio de un control político sobre un espacio distinto”.

[13] De la tradición ganadera de esta zona tenemos noticias en 1193, cuando la orden de Calatrava recibe algunos derechos sobre el tránsito de ganados en tierras extremeñas. Ortega y Cotes: Bullarium ordinis militiae Calatrava, págs. 29-30. J. Klein: La Mesta, Madrid, 1990, pág. 178, cit. doc. de 1237 en el que se contempla el pago correspondiente al número de cabezas que procedentes de Castilla recalaban en la zona de Capilla. J. González Repoblación de Castilla la Nueva, T. I, pág. 328: “Alfonso X mandó en 1255 al concejo de Toledo tener un montazgo en Milagro y otro en Cíjara, cobrando dos por cada mil cabezas de vacas, ovejas o puercos”.

[14] J. I. Ortega y Cotes: Bullarium…ob. cit., pág. 69, doc. de 1254 en el que se concede la exención de portazgos; págs. 107-109.

[15] Esteban Rodríguez Amaya: “La tierra en Badajoz desde 1230-1500”, Revista de Estudios Extremeños, (1952), pág. 13.

[16] A. de Torres y Tapia: Crónica de la orden de Alcantara, Madrid, 1763, T.I, Vol. II, págs. 364-366.

[17] Mª Jesús Suárez Álvarez: La villa de Talavera y su tierra en la Edad Media (1396-1504), Oviedo, 1982, pág. 75. “…su mengua grande que avia donde pudiese coger pan que seminaba la tierra en que fincaban y menos omes que me fiziesen serbizio ni me diesen mis pechos”, para poblar y labrar el Pedroso -comarca situada en torno al valle del río homónimo, al oeste del Huso- “ansi como entendieren que mas sera su pro……”. J. González: Repoblación de Castilla……ob. cit., T. I, pág. 321.

[18] Esteban Rodríguez Amaya: “La tierra…art. cit., págs. 13-14.

[19] Ibidem, pág. 17.

[20] A. Floriano Cumbreño: Documentación histórica del archivo municipal de Cáceres (1229-1471), Cáceres, 1987, doc. 3 y 5Bernabé Chaves:Apuntamiento legal sobre el dominio solar que por expresas donaciones pertenecen a la orden militar de Santiago en todos sus pueblos, (reimpr) Barcelona, 1974, pág. 35.

[21] J. L. Martín Martín y otros: Documentos de los archivos catedralicio y diocesano de Salamanca (siglos XII-XIII), Salamanca, 1977, doc. 176. Bula de Gregorio IX al obispo, deán y chantre de Zamora, para que entiendan en la queja del obispo de Salamanca contra el de Coria, que había usurpado sus derechos episcopales en al villa de Montemayor.

[22] J. González: Reinado y diplomas…ob. cit., Vol. II, doc. 146.

[23] Cit. F. Alonso Fernández: Historia y Anales de la ciudad y obispado de Plasencia, Cáceres, 1952, págs. 47-48.

[24] Historia de la Baja Extremadura, Badajoz, 1986, pág. 635.

[25] Parece evidente que la conquista de Andalucía poco después de la de Extremadura no supuso una emigración masiva de pobladores que mermara los efectivos demográficos de la región. Estudios de J. González: Repartimiento de Sevilla, Madrid, 1951, 2 Vol., y M. González: La repoblación de la zona de Sevilla durante el siglo XIV. Estudio y documentación, Sevilla, 1975, ponen de manifiesto la escasa participación de extremeños en la conquista. Tal vez sea la causa de la también escasa participación nobiliaria y de la masiva por parte de las órdenes militares

[26] J. L. Martín Martín y Mª Dolores García Oliva: Los tiempos medievales, Historia de Extremadura, Badajoz, 1985, págs. 309-313. Señalan que estos señoríos tienen una clara orientación jurisdiccional. Alfonso Franco Silva: “La fundación de pueblas en tierras situadas al noroeste del Reino de Toledo a fines del siglo XIII”, Historia, Instituciones, Documentos, (1978). Señala del mismo modo que la repoblación del sector occidental de Toledo se realizó en la segunda mitad del XIII a partir de la formación de numerosos señoríos. Es probable que en Extremadura, concretamente en Plasencia, los monarcas siguieran con la misma política, de hecho el despoblamiento se precisa aún más con datos como la existencia de golfines en torno al castillejo caído de Miravete. Domingo Sánchez Loro:Historias placentinas inéditas, Cáceres, 1983, Vol.II, págs. 76-78.

[27] Esta idea queda actualmente rebatida porque la población extremeña que pudiera haberse desplazado hacia tierras andaluzas es simplemente mínima. J. González: Repartimiento de Sevilla, Madrid, 1951, 2 Vol. cita a extremeños presentes en los repartimientos en número inferior a los llegados procedentes de otras zonas.

[28] AL-IDRISI: Geografía de España, Valencia, 1974, cap. II, pág. 20 y cap. III, págs. 25-26.

[29] F. Mazo Romero: El condado de Feria (1394-1505). Contribución al estudio del proceso señorializador en Extremadura durante la Edad Media, Badajoz, 1980, pág. 47. A este efecto una población, Hornachos, consta como una de las pocas poblaciones de Castilla que poseía población mudéjar.

[30] J. González: “Extremadura al mediar el siglo XIII”, Hispania, XI, (1974), pág. 356-357. Ávila sólo contaba con 19 parroquias intramuros. Otras ciudades castellanas como Segovia contaban a mediados del siglo XIII con alrededor de 34 iglesias.

[31] Domingo Sánchez Loro: Historias…ob. cit, Vol. I A, págs. 405-412; y Vicente Paredes Guillén: “Los Zúñigas señores de Plasencia”, Revista de Extremadura, Cáceres, (1908), T. X, págs. 79-28.

[32] J. L. Martín Martín: “Las funciones…art. cit., pág. 41. Seguramente, en la frontera de los siglos XV-XVI ni una sola población, superaba los 10.000 habitantes, Badajoz, según J. González, no pasaría de 6.000, y Cáceres, tendría unos 5.500; pero las restantes del norte, Coria, Plasencia, Trujillo, quedaban muy lejos. Plasencia la mayor de las tres, sólo tenía 1.000 vecinos pecheros en 1494; muy por debajo se situaban Coria y Granadilla, con 233 y 106 vecinos pecheros, respectivamente, en 1527-1528

[33] J. L. Martín Martín: Los tiempos…ob. cit., pág. 298. Sólo en el caso de Badajoz la ciudad parece contar con dos grupos muy unidos por un origen común: portugueses y bejaranos protagonistas de los enfrentamientos a finales del siglo XIII. Gómez Moreno: Catálogo monumental de Zamora, T. I, pág. 86. Cit. Carmen Carlé: “La Caballería popular en León y Castilla”, Cuadernos de Historia de España, XXXIII-XXXIV, (1961). En la conquista de Cáceres, Montánchez, Mérida y Badajoz, las huestes del concejo de Zamora pelearon en primera línea.

[34] P. Lumbreras Valiente: Los fueros municipales de Cáceres. Su derecho público, Cáceres, 1974 rúb. 279, (en adelante Fuero de Cáceres). J. Maldonado y Fernández del Torco y E, Sáez: El fuero de Coria, Madrid, 1949, rúb. 280 (en adelante Fuero de Coria).

[35] Eloísa Ramírez Vaquero: El fuero de Plasencia, Mérida, 1987, leyes 2 y 7. (en adelante fuero de Plasencia).

[36] Fuero de Cáceres: rúb. 197, 380, 467.

[37] Fuero de Plasencia: Ley 2. A. Floriano Cumbreño: Documentación del…ob. cit., Fuero latino de Cáceres, pág. 9. Los distintos fueros disponen sobre la obligación de poseer caballos y armas a partir de una cierta cuantía de maravedís, en Cáceres son 150, 200 en Plasencia y 300 en Coria.

[38] Fuero de Coria rúb. 68, Cáceres, rúb. 75, Plasencia, ley. 490.

[39] Fuero de Plasencia Ley 14. Fuero de Cáceres rúbs. 154, 218 y 221. Como afirma J. Clemente Ramos: “La sociedad rural extremeña (siglos XII-XIII)”,Revista de Estudios Extremeños, (1990), T. XLVI, pág. 544, no se puede señalar la exención completa de este grupo, aunque todas las tendencias apuntan hacia ahí. Para una visión clara y completa de la sociedad del siglo XIII, ver del mismo autor: La sociedad en el fuero de Cáceres (siglos XIII), Cáceres, 1990.

[40] A. Ballesteros Beretta: Alfonso X el Sabio, Barcelona, 1984, pág.

[41] En Extremadura poseemos un caso en la villa de Montemolín, perteneciente a la orden de Santiago. Tras la revuelta sufrida en contra del monarca, decidió declarar realenga la villa sin entender a las pretensiones de las demás órdenes militares. Privilegio de 1282, Memorial histórico español, Madrid, 1851, Vol. II, doc. 212.

[42] Para conocer la desfavorable coyuntura de mediados del siglo XIII véase: Santiago Aguadé Nieto: “En los orígenes de una coyuntura depresiva”, Anuario de Estudios Medievales, nº 19, pp. 245-269.

[43] El modelo de sociedad rural extremeña y los cambios a los que se ve sometida durante la segunda mitad del siglo XIII están perfectamente esbozados en el trabajo de J. Clemente Ramos: “La sociedad rural…art. cit.

[44] Fuero de Cáceres, Rúb. 491. J. L. Martín Martín: “Los fueros de la Transierra. Posibilidades y limitaciones en la utilización de una fuente histórica”, Estudios en memoria del Profesor Salvador de Moxó, Madrid, 1982, pág. 699. Afirma que el establecimiento del pago de un maravedí puede entenderse como sustitución de la quinta parte del botín que los caballeros debían entregar al rey.

[45] Aparece de forma reiterada dentro de las obligaciones impuestas a los pecheros. Fuero de Cáceres, rúb. 269. También en Badajoz, M. Gaibrois: Reinado de Sancho IV de Castilla, Madrid, 1928, doc. 370. y en Coria J. L. Martín: Documentación medieval de la iglesia catedral de Coria, Salamanca, 1989, doc. 34. Sobre el carácter y evolución del yantar se puede ver: Julián Clemente Ramos: Estructuras señoriales castellano-leonesas. El realengo (siglo XI-XIII), Cáceres, 1989, págs. 213 y ss.

[46] Emilio Sáez: “Fueros de Puebla de Alcocer y Yébenes”, Anuario de Historia de Derecho Español, XVIII, (1947), pág. 435.

[47] Fuero de Segura de león, se daba la exención durante diez años y un año los nuevos matrimonios. Lo mismo en el fuero alcantarino de Salvaleón. Los esfuerzos de los maestres por poblar sus dominios fueron significativos. “…el maestre, que cuidadoso de estender su maestrazgo y que los pueblos de el se avecindasen mejor, dio fueros a los pobladores de Villasbuenas y Raygadas… (1256)”. “El año adelante hizo a los de Cilleros (1267), de que toda la tierra que desmontasen fuese heredad propia suya, de sus hijos y herederos, y como tal la pudiesen vender, cambiar y hacer de ella lo que bien visto les fuese”. Alonso de Torres y Tapia:Crónica de…ob. cit., T. I, pág. 355 y 388.

[48] Ortega y Cotes: Bullarium…ob. cit., pág. 107 fuero de Valencia de Alcántara, y pág. 112 fuero de Zarza (La Mayor) de 1266.

[49] Bernabé Chaves: Apuntamiento legal…;ob. cit., Fuero de Mérida, pág. 34; fuero de Montánchez, págs. 35-36.

[50] Carmela Pescador: “La caballería popular”…;art. cit. Se hace eco del aumento de las prerrogativas reales en favor de este colectivo. Bonifacio Palacios Martín: “Las milicias de Extremadura y la conquista de Andalucía”, Actas del V Coloquio Internacional de Historia medieval de Andalucía, Córdoba, pág. 89. Confirma que el alejamiento de la frontera tuvo amplias repercusiones en la constitución de la caballería y su funcionalidad, suplidas en parte por la concesión de numerosos privilegios.

[51] Bonifacio Palacios Martín: “Fundación y organización de Plasencia” I Congreso histórico sobre Plasencia y su tierra, 1986 (inédito), docs. 4 y 5.

[52] A. Floriano Cumbreño: Documentación…;ob. cit., doc. 6.

[53] Este aspecto ha sido puesto de relieve para Cáceres por Mª Dolores García Oliva: “Orígenes y expansión de la dehesa en el término de Cáceres”, Studia Historica, Vol. IV, nº 2, 77-100. Según señala la autora, el aumento de los patrimonios territoriales de los caballeros estaba consentido por el monarca que no se privó de realizar suculentas donaciones de heredamientos en los alfoces, restando superficie baldía de aprovechamiento comunal.

[54] Esteban Rodríguez Amaya: “Inventario general de los archivos de la S.I. Catedral y ciudad de Badajoz formado por don Ascensio de Morales en 1753 y 1754”, R.E.E., VIII-XII, (1952-1957), pág. 486.

[55] Ibidem.

[56] Daniel Rodríguez Blanco: La orden de…;ob. cit., pág. 289. Un hecho puede ayudar a comprender lo que decimos, en la constitución del organismo concejil a mediados del siglo XV dos regidurías como máximo eran reservadas a los caballeros de cuantía o a los hidalgos, el resto estaba en manos de los pecheros.

[57] J. Solano de Figueroa: Historia eclesiástica…;ob. cit., III, pág. 81. Domingo Sánchez Loro: Historias placentinas…;ob. cit., pág. 382, en el sínodo de Plasencia de 1229 sólo confirman los arcedianos de Plasencia y Béjar más cuatro canónigos y un chantre.

[58] Ibidem, Vol. II, págs. 132-140.

[59] Esteban Rodríguez Amaya: “Inventario general de…;” art. cit., pág. 412, exención del obispo y cabildo de Badajoz. Domingo Sánchez Loro:Historias…;ob.cit., Vol. I, pp. 419-424.

[60] J. L. Martín: Documentación…;ob. cit, docs. 27 y 32.