Mar 052014
 

Narciso Sánchez Morales.

 Escojo el término para hablar de lo que será el futuro de las Órdenes Religiosas, porque, en el análisis, más o menos acertado, voy a valerme de medios humanos, históricos, de previsiones lógicas en función de las circunstancias imperantes y que, más o menos son conocidas por cualquiera que con cierto interés, siga de cerca los procesos religiosos de cualquier tipo. Prescindo de lo Escatológico, de las “Tá ásjava””, que se nos presentaría en el umbral de la Parusía. Y, aun dentro de la futurología, no ningún Herman Kahn, ese computer hecho carne, nuevo Casandra de la guerra atómica, pero tranquilo y sereno con la gravedad que le dan sus 120 kilos de peso y sus 175 centímetros de estatura, a la vez, que poseedor de un coeficiente de 200 puntos, superior en 50 al normal del Genio. No, ciertamente, no soy ningún alumbrado de las ciencias modernas impartidas en el Instituto Hudson, ni tampoco un vidente de lo que será el mañana de las Órdens Religiosas. En lo material y científico , ya Kahn ha escrito en su nuevo libro acerca de esas maravillas futuras, submarino-urbanas, submarino-agrícola: una nueva “era de esclavos” con robots y  monos para el gobierno de la casa, y grandes almacenes de repuestos orgánicos. Pero me lleva a nuestro terreno, el religioso, el “ex abrupto” final lanzado por Herman Kahn en el último simposio de los científicos de “Dovos”, “Road theBiblo”,”Leed la Biblia”, que fue tanto como espetarle: todo cuanto prometo será posible si tenéis una conciencia apocalípticas, si lográis dominar al dragón que amenaza el alumbramiento del nuevo mundo.

Pues bien. En cuanto a futurología religiosa, nos encontramos ante un nuevo alumbramiento del espíritu, alumbramiento que nos exige un conocimiento de esa gestación ya real y palpable, si bien andamos a tientas en el predecir cual será la nueva criatura, qué forma y dimensiones tendrá, pero que viene concebida y gestada en función de esas “tá ésjata” o parusía de Cristo, tal vez como una definitiva corrección al triunfalismo histórico al colocar el triunfo de la Iglesia, es decir del Mesías, no en el tiempo, sino allá donde acaba el tiempo y se inicia su última y definitiva venida. Soy de los que opinan que, precisamente, esas Órdenes Religiosas brotaron como un anticipo de su corrección de la Iglesia, como un grito o trono profético, cual un aviso de Casandra, y que la Iglesia. Escarmentada por la realidad histórica, verdadero azote de Dios sobre la “semper corrigenda”, ha tomado conciencia de su misión preter- ultrahistórica, y camina a pasos apresurados a despojarse de tanto ropaje hipócrita, de tanta farándula y farsa, para estar juntos a su divino Fundador en un reino que no es de este mundo, pero que tiene límites y fronteras dentro de él. Desde este momento, es decir, desde el momento que sea una realidad universal en la Iglesia esa separación in mente de espíritu y materia, y la segunda se convierta en esclava del primero, no para desaparecer, sino más bien para ser asumida y transfigurada, nos encontramos que toda la Iglesia es una Orden Religiosa viva y santa y que la corrección ya no tiene razón de existir, con lo que nos enfrentaríamos con una nueva futurología religiosa. Estamos en lo espiritual, tal vez como un reflejo de la “analogía entis”, ante una situación símil a la que se da hoy en día en el campo científico. Lo acabamos de leer en la Prensa. Científicos rusos han llegado a aislar la antimateria y este aislamiento tiene una importancia extraordinaria en materia de creación de energía, ya que la puesta en contacto de materia y antimateria desencadenará una fuente de energía de gran potencia, que puede utilizarse como propulsora y alcanzarse con ella velocidades similares a las de la luz.

Pues bien, en avances religiosos hemos llegado igualmente a aislar experimentalmente lo que es espíritu de lo que es materia, lo que es reino del mundo de lo que es Reino de Dios, y el nuevo contacto de esta pura doctrina , que es la de Cristo, con el mundo de hoy va a desencadenar una fuente de energía que va a dar velocidades desconocidas a la actividad del espíritu religioso sobre materiales de este mundo. Estamos, pues, en un punto de inflexión en lo que a Órdenes Religiosas toca. Pero aclaremos el proceso histórico de las mismas para luego osar una visión de lo que será el futuro de ellas . ¿ha llegado su fin? ¿Seremos todos los cristianos., por esencia, religiosos? ¿Habrá necesidad de nuevas correcciones y, por tanto, de nuevas órdenes Religiosas?.

 

&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&

 

La historia, en todos sus aspectos, incluso, es Maestra de la vida. En lo que a Historia de la Iglesia se refiere, también habrá que acudir a las causas sociales que motivan el rápido desarrollo de las órdenes en sus formas más primitivas, la vida en el desierto de San Antón y la vida cenobita de San Pacomio.

La Iglesia se radica en el mundo con Constantino, acepta las estructuras del imperio y pierde el sello divino de su misión, de la que poseía una conciencia viva en su tiempo de persecución y catacumba.

¿No será el momento como algo, el cambio estructural de la Iglesia al asociarse al Imperio Romano? – Con ello, el orden religioso no sería mas que un intento  de corrección de este falso desarrollo, de este vano tender la mano al mundo para salvarlo. Fue aquella una huída, pero que hoy carece de fundamento, cuando la Iglesia quiere corregir aquella apertura al mundo (la constantiniana), por esta otra actual, más pura y santa, como despedida de todo. Esta espiritualidad del momento constantiniano queda clamando como una voz en el desierto, como buena conciencia de una Iglesia caída en las mallas del mundo, como un recuerdo del Reino de Dios para cuantos laicos y pueblo de Dios según los avatares de esta Iglesia, implicada en una lucha de competencia con los poderes del mundo. Mientras la Iglesia se desacraliza, la Santidad, temerosa se refugia en el desierto. Luego, a medida que esa misma Iglesia pierde la batalla con los Poderes de la tierra, esa Santidad vuelve, tímidamente, al mundo en las Órdenes de San Benito y San Basilio, penetra más y más con los Cistercienses y Órdenes mendicantes de Sto. Domingo y S  Francisco que arrastran tras sí el pueblo de Dios con sus Órdenes Terceras.

 

Cuando la Iglesia comienza a perder su señorío material, esa misma Santidad se destapa, y se lanza del convento al mundo, con la aparición de la Compañía de Jesús y esas otras ya no Órdenes, sino Congregaciones religiosas, que en su última fase evolutiva han dado lugar a los Institutos Seculares, últimamente regulados por la “Provida Mater”, de Pío XII. Es decir, cuando la Iglesia se encuentra desnuda, desposeída de todo poder temporal, se abre a todos y en toda la Santidad, y como prisionera en las Órdenes, Congregaciones e Institutos Seculares. Han terminado las polarizaciones de la extrema mundanización de la Iglesia y de la extrema reducción de la Santidad. Si la Iglesia, en su contacto con el mundo, es corregible, no menos lo pudieran ser aquellas primitivas comunidades religiosas que se arrogaron, para sí, tal vez algo egoísticamente , la espiritualidad, con desviaciones no menos corregibles. Hoy es otra la ascesis: no renuncia, sino uso moderado de los bienes y medios, porque tal vez sea más ascético fumar poco, que prescindir totalmente del tabaco; “inteligenti pauca”. Tal vez haya que acoplar la vida de la Iglesia, como lo ha intentado Foucold, a la vida de Jesús: treinta años en una vida profesional dentro del mundo, la de carpintero, cuarenta días en el desierto, y tres años de apostolado activo, como predicador del Reino de Dios. Es decir, una conjunción de vida en el mundo, pues contemplación y apostolado eclesial, el ideal  de Santa que entendió la vida carmelitana como una representación de la conjunción Iglesia y mundo. Es más, hasta en una comprensión más extensa de la Iglesia, más allá de los límites materiales de la misma, dentro de la inmensidad que nos da el cristianismo anónimo, habría que prolongar la acción del “Abbé Monuchín”, lanzando un puente entre    Europa y Asia, para penetrar en la vida contemplativa de indios y chinos y aprovechar esos caminos interiores de espiritualidad.

Pero volvamos a nuestra observación histórica, al último estadio de este proceso de Órdenes Religiosas, concretamente, a la fase actual de los Institutos Seculares que reconociera Pío XII en 1947, como nueva forma de vida de la Iglesia. No es una relajación de los tres primitivos votos de castidad, obediencia y pobreza, sino una moderna y “aggiornizada” interpretación de los mismos, a la que se han adherido, por cierto, no pocos religiosos de las antiguas Órdenes y Congregaciones, sometidos a una experiencia por las polarizaciones surgidas entre viejos observantes y nuevos reformadores, a lo Vaticano II.

No se pone en duda el voto promesa o contrato de castidad, el celibato, que es tomado como libertad para un amor más universal, en la universalidad de la Cruz, de la Eucaristía, de la presente humanidad de Cristo resucitado-libertad para ese ágape que se celebra entre Cristo como esposo y la Iglesia – esposa, como como representante de toda la humanidad. La promesa o voto de pobreza se toma como un desasimiento interior de todo bien, pero como administrador de los mismos según las posibilidades en obras de caridad y mutua ayuda, como un ejemplo del uso evangélico de dinero y de los bienes de la tierra. El voto o promesa de obediencia obliga por igual a superior que a inferior, por el que el primero confía al segundo una parcela de acción, donde este puede obrar con toda libertad, pero con una emancipación hija solo de esa misma obediencia, algo así como una interdependencia de los planes del inferior al plan general del superior, con lo que se salvan tanto la responsabilidad del uno como del otro.

Hasta este momento de la aparición de los Institutos seculares valía la contraposición entre “Religioso”, como de espaldas al mundo, con su “relinquere mundum”, y “Secular”, hombre del mundo. A lo más, a partir de la aparición de la Compañía de Jesús y de las modernas Congregaciones religiosas, estas comunidades marchaban como sobre dos rieles: el de la contemplación, con sus ideales conventuales, y el de la actividad apostólica, cada día más exigente y reclamadora del hombre total. Pero la última incitación a esta transformación del antiguo monacato, ya suavizado a partir de las Órdenes Mendicantes con sus Órdenes Terceras y de las modernas Congregaciones Religiosas con su completa dedicación al apostolado, la ha dado el Concilio Vaticano II.

Nos ha enseñado que hoy ya no se puede escindir la Cristiandad en dos: en la secular y en la religiosa, que no se puede adscribir la espiritualidad sólo al estado de consejo, y lo mundano o secular solo a los laicos. Ambas cosas están confiadas a ambos. Es una y única la misión de la Iglesia: la salvación de la humanidad y del mundo en todos los estados eclesiales, aunque en diversas formas. El Papa Juan XXIII lo ha dejado bien expreso en su encíclica”Mater et Magistra”: “El Señor, en la sublime oración por la unidad de la Iglesia, no ruega al Padre para que aparte a lo suyos de mundo, sino para que los preserve del mal: “Non rogo ut tollas eos de mundo, sed ut serves eos a malo” (S. Juan XVII-15). No debe crearse una artificiosa oposición donde no existe,es decir, entre la perfección del propio ser y la presencia personal y activa en el mundo, como si uno no pudiera perfeccionarse, sino cesando de ejercer actividades temporales, o como si ejerciéndolas, quedara fatalmente comprometida la dignidad de seres humanos y creyentes”. Es más, lineas más abajo, tiene palabras de aliento para esa especie de secularización santa de hombre, tanto aislada como comunitariamente: “Cuando se ejercen las actividades propias, aun las de carácter temporal, en unión con  Jesucristo, Divino Redentor, cualquier trabajo viene a ser como una confirmación del trabajo de Jesús, penetrado de virtud redentora: “qui manet in me, et ego in eo, his fert fructus multum” (Juan XV-5). Viene a ser un trabajo que no solo contribuye a la propia perfección sobrenatural, sino, también, a extender y difundir en los otros los frutos de la Redención, y a fecundar, con el fermento evangélico, la civilización en que se vive y trabaja”.

 

&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&

 

Que las pequeñas citas de la “Mater et Magistra” está bien pergeñado lo que será el futuro de las Órdenes Religiosas, algo más que monacato, contemplación, aislada dedicación al apostolado, Institutos Seculares. Se trata y preve una conversión de todos los miembros del Cuerpo místico de Cristo haciel único objetivo que el mismo Redentor se propuso: la renovación de la faz de la tirra, no su eliminación, por destrucción diabólica o por evasión religiosa. Estar en el mundo, sin ser del mundo, para redimir a éste y a la humanidad, porque todo gime con dolores de parto a la espera del definitivo renacimiento. En el bautismo de agua el único que nos somete a la muerte y resurrección en vida, bautismo que debiera recibirse en pleno uso de razón y que debiera constituir un verdadero día de votos de todo cristiano, por el que este adjurase del mal y se consagrara “in externum” a esta misión redentora de Cuerpo místico de Cristo.

Hasta en el cuerpo de la vida interior había que profundizar en esa vivencia sacramental, por la que el individuo en particular e igualmente corporativamente, en sentido místico, es él, el, al mismo tiempo, sacerdote, templo y víctima: sacerdote real, en el sentido petrino, y templo y víctima, en el sentido paulino, como miembros todos de un mismo , el de Cristo, que en nosotros se prolonga, vivencial y pasionalmente, en espera de esa última resurrección última que constituirá la última y definitiva  venida, su Parusía.

Pero hay algo más que nos permite vislumbrar este renacer del espíritu religioso, hasta ahora, salvo raras excepciones, solo adscrito a la demarcación des estado religioso. Si estas comunidades han roto los bastiones y nos devuelven en volandas la Santidad, no es menos cierto que es toda la Iglesia, ya gracias a Dios desposeída de todo poder temporal, y esperamos que hasta de los últimos  resabios de tanta humana grandeza, la que les sale al encuentro, con todo su laicado, mejor dicho, corporeidad mística, para, todos juntos, inmergerse, por real y efectivo bautismo, en esa gracia que no puede quedar reducida a las tapias de un convento, sino que debe invadir, como espíritu que es, todas las moléculas y átomos de éste y otros mundos. Como digo, una nueva ola de renovación invade el verdadero cristianismo.

Ha sido el P.Carlos Rahner, quien mejor que otro alguno, ha señalado las líneas de la nueva piedad ya nada ñoña, sino inmersa en los últimos adelantos del mundo. Tres rasgos esenciales caracterizan esta piedad del laico moderno: Primero, su inmediata y personal relación con Dios, precisamente en un mundo que pone en entredicho la existencia de Dios y todo lo confía al progreso de la materia. Cuando uno, en esta situación, es capaz de vivir con este Dios incomprensible, (si le comprendiéramos , dice S. Agustín dejaría de ser Dios), silencioso, y es capaz de hablar y confiar en El, en medio de las tinieblas que lo envuelven, aunque su respuesta sea apenas percibida como un oscuro eco de la propia voz, cuando uno acepta todo esto, sin el apoyo de la opinión pública y no solo como un acto de piedad religiosa, es porque realmente se es un auténtico cristiano piadoso.- Se necesita toda una nueva Mistagogia, a veces siendo uno mismo su propio mistagogo, se necesita toda una gran dosis de moderna Mística, para llegar a calar en esta piedad consciente.

Otro rasgo es el aceptar el servicio al mundo a través de la vida real como un acto de piedad. De esto ya ha dicho bastante Juan XXIII en la anteriormente citada Encíclica “Mater et Magistra”. Se impone hoy día una nueva esencia, no de la privación local, sino del moderado uso de los bienes de la tierra con la santa intencionalidad de la redención del mundo.

Este es el tercer rasgo de la piedad moderna, que es característico a todos los nuevos Institutos Seculares existentes y constituirá la nota de las futuras concepciones religiosas. Lo hemos señalado antes : se necesita más voluntad de sacrificio en la moderación que en la abstención y es más fácil dejar de fumar totalmente que seguir fumando, pero cantidades minúsculas. Es lo que  pudiéramos llamar una Ascesis del Consumo, en la que prácticamente están inmersas todas las Órdenes Religiosas, ya antiguas, ya modernas, porque no se puede prescindir de cuanto Dios puso al alcance de la mano del hombre para salvarse y glorificarle. Sin embargo, el Cristo de la Cruz debe seguir vivo en nosotros. ¿Cómo? Con la mortificación de la moderación en el uso de los bienes de equipo de la gran empresa de la salvación del mundo.

Ya nos lo dice también el santo Papa, Juan XXIII: En el plano natural la moderación, y la templanza de los apetitos inferiores es sensatez fecunda en bienes. En el plano sobrenatural el Evangelio, la Iglesia y toda la tradición ascética exige el dominio del espíritu sobre la carne y ofrece un medio eficaz de expiar la pena debida por el pecado, del que ninguno está inmune, salvo Jesucristo y su Madre Inmaculada”.

Es, mi siempre guía espiritual, Hans Ura de Baltasar, con su Teología del Estado solidario, quien mejor ha descrito esta llegada de los seculares al encuentro de los Religiosos: “Lo cristiano se profundiza y desentraña más si frente a ello se intenta entender toda la existencia cristiana como algo unido y coherente. Dado que todo cristiano ha muerto ya al viejo mundo con Cristo en el bautismo, en el sentido de Romanos 6), Y se han inscrito como ciudadanos del cielo, del presente y del venidero, debe sentirse como “extranjero y peregrino”, en el sentido de Pedro 1, 2, 11, como todos los que viven y en él trabajan, lo mismo que los sacerdotes y religiosos. Todos, en el bautismo, han prometido una fidelidad de por vida al Señor, y esta promesa bautismal es la base de toda cristiana existencia como lo fuera la de los votos de los religiosos, una especie de segundo bautismo, que no debilitaba al primero ni lo repetía, sino que lo hacía mas existencial y agotador. Retiro del mundo y dedicación al mundo no son categorías cristianas, mucho menos, si son entendidas aisladamente o enfrentadas una contra otra. Una sola consagración a Cristo es la que caracteriza a los creyentes: La imitación de aquellas sus palabras: “Como tú me enviaste al mundo, así yo les envío ellos al mundo, y yo por ellos me santifico, para que ellos sean santificados de verdad, (S. Juan 17-18, 19), es decir, santificación en la dedicación al mundo, ya que según S. Pablo, (I Corintios 7,)  cada uno tiene de Dios su propio carisma”.

Una Futurología no puede ser enteramente precisa, pero creo hemos indicado algo de lo que bien pudieran ser las Futuras Comunidades Religiosas: Si la Iglesia termina por batirse en retirada de toda apetencia y resabio del mundo, para volver al mismo con ese espíritu de santificación, entonces huelga toda distinción entre piedad cristiana y estado religioso. Todo será una misma cosa. Si, en cambio, continúa la hipocresía y desvirtuación del verdadero Reino de Cristo, nada extraño que, bajo esa máscara, se zafe la santidad y huya a rincones incontaminados del mundo del mal y de la hipocresía de la Iglesia. Volveríamos a repetir la Historia y retardaríamos la llegada del auténtico Reino de Cristo.

 

Bibliografía:

 

 Teología del Estado religioso, en “Osadía de la imitación”, de S.Richer Ofm, Edit. F. Schoning, Paderborn 1964.

 

Hans Albert Timmermmann: “Nuevo camino de lo Institutos seculares, en idem, idem.

 

Karl Rahner: “Vieja y nueva piedad, en Academia Teológica, Tomo 4. Edit. J. Knecht, Fracfot del Mono-1967

 

Friedich Wulf: “¿Necesita la Iglesia aun las Órdenes Religiosas?”

Juan XXIII: Encíclica “Mater et Magistra”

 

Pío XXII:  Encíclica “Próvida Mater “

 

 

Oct 011978
 

Narciso Sánchez Morales.

Para Extremadura, herencia histórica de la Lusitania romana que se extendía desde las estribaciones de la Mariánica hasta la orilla derecha del Duero con balcón abierto al ocaso en las Beiras y Alentejo portugués, no puede pasar desapercibido este verano-otoño del 1973. Cincuentenario y centenarios de fastos religiosos e históricos me fuerzan a coger la pluma, no para anclarme en un tradicionalismo, que tantas veces he interpretado como culto al pasado, sino para dar vida a una Tradición, siempre en marcha hacía el futuro. El cincuentenario, -me refiero al de la Coronación Canónica de la Virgen de Guadalupe, reina de las Españas,- ya ha sido suficientemente predicado por los Caballeros de dicho Monasterio. Pero religado a esta Morena de las Villuercas, un triple cuatricentenario se nos ha cumplido y está cumpliendo en esta cesura de verano otoño. En los primeros días de Agosto de 1578, en una gesta más romántica y caballeresca que táctica y estratégica, desaparecían al menos físicamente, -ya que en las fantasías de lusos y españoles aún perviven,- un soldado poeta extremeño, Francisco de Aldana, y un monarca?emperador sacro de ensoñado Reino, el Rey Sebastián. Las sedientas fauces de los áridos torrentes de Alcazarquivir se tragó a ambos. Aldana, de progenie alcantarina, mitad soldado mitad monje, era la interpretación más guerrera que poética de aquel otro luso que dedicara en prólogo y epílogo su «Os Lusiadas» al ensoñado emperador de la futura Cristiandad, el Rey Sebastián. En ambos poetas hízose realidad la estrofa camoensina; «Numa mao sempre a espada e noutra a pena(la pluma)», porque para el luso no había más que una España, «a nobre Espanha», ya que en su relato poemático a las gentes de allende los marea siempre les hablará «sobre esta vínda desta gente estranha -que as suas térras vem da ignota Espanha», Lo mismo que Grillparzer en su «Discordia fraterna en la casa de Habsburgo» resalta la unidad de la monarquía danubiana a pesar de las rencillas internas de sus príncipes, también Camoens, sobre las guerras fraternas de los reinos de Liao, Castela, Portugal…, eleva a símbolo penínsular el nombre de España. Pero la invocación final de «Os Lusiadas», donde Camoens prematuramente envejecido incita al Rey Sebastián a no envidiar a Aquiles y superar la gesta de Alejandro, desoyendo los consejos que desde Guadalupe dirige a su sobrino el prudente Felipe II, endiosará al monarca lusitano y lo lanzará al incierto combate, para intentar plasmar en la realidad vanamente la última estrofa camoensina: «Ou facendo que, mais que a de Medusa, -a vista vossa tema o monte Atlante (el Atlas marroquí), -ou rompendo nos campos de Ampelusa (Ceuta y Cabo Espartel) -os muros de Marrocos e Trudante.» -Los 24 abriles del rey Sebastián se quebraron para siempre ante los muros de Marruecos.

Las campanas de Guadalupe doblaron por aquella promesa lusa y española que tiempos atrás se arrodillara ante la imagen de aquella Virgen, esplendor surgido de la victoria conjunta de castellanos y portugueses a orillas del Salado, victoria de los dos Alfonsos, yerno castellano y suegro portugués.

Dos centenarios, engarzados en Guadalupe, creo han quedado suficientemente reseñados en las líneas que anteceden. Pero Guadalupe no es más que la puerta, la gran puerta que se abre al sueño-realidad de la Península Ibérica, cuyas bisagras se fijan al marco de Yuste. El binomio Guadalupe-Yuste es la fórmula mágica de un Occidente misionero y civilizante. La cultura de Europa, de una Cristiandad Unida, de una Universitas Cristiana Carolina, se condensa en Yuste. En Guadalupe, en cambio se potencia y realiza, aquende y allende los mares. Pues bien, el tercer centenario que nos ocupa es el de la muerte de Don Juan de Austria, hijo de Carlos V y Bárbara Blomberg, hermano de Felipe II y tío carnal del Rey Don Sebastián. Nacido en Alemania, en el viejo Palatinado, hoy Baviera Inferior, recriado en Leganés, Yuste, Villagarcía y Alcalá y muerto en Namur en el Flandes católico y fiel a España.

Nacido el que esto escribe casi a tiro de ballesta de Yuste, educado en Bélgica en la zona de Chevetogne, Ciney y Namur, miembro del círculo literario RSG (Regensburger Schriftsteller Gruppa) y colaborador en español y alemán de su Antología III en 45 idiomas, creo que he vivido de cerca los puntos claves de la existencia de Don Juan de Austria, nuestro Jeromín: Ratisbona, Yuste y Namur, nacimiento, niñez y muerte prematura del vencedor de Lepanto.

El verano pasado recorría yo los parajes de la nacencia de nuestro héroe, Los Kuprian de Innsbruck (Austria) me trasladaban en su Mercadee de Munich a Niurenberg pasando el Danubio por Ingolstadt, y el Altmühl por Kipfenberg.

En esta villa poseen un Hotel los Kintzi, pero con una dedicación especial al Círculo Europa Alemana para la Cultura y la Vida, en íntima conexión con los Caballeros de Yuste, la Turmbund de Innsbruck, el Forum-Europa de Ascona y Dusseldorf (bajo el Mecenazgo del financiero y Caballero de Yuste, Carl Friedrich Koch) y otras Asociaciones afines de parigual mentalidad. Pues bien, a la derecha se tuerce para Kelheim y de aquí para Regensburg, nombre alemán para nuestro Ratisbona español, patria chica de la Blomberg, y residencia temporal, por dos veces, de nuestro Carlos V. Regensburg, tal vez por lo de castillo (Burg) frente a la desembocadura por la derecha del Danubio del río Regen. El nombre castellano creo procede de Raetia y Bonum, parajes de los Recios, o tal vez de la mezcla germano-latina Rat y Bona=Bienes del Consejo. Los sinsabores que le proporcionaron al cesar carolino los protestantes y católicos intransigentes en la Dieta de Regensburg en la primavera del 1546 obligaban a éste a buscar horas de ocio y diversión, y así surgió el amorío con la -Blomberg y el posterior nacimiento de Don Juan de Austria en Febrero de 1547. Entre la Paz de Crespy y la victoria de Mühlberg, interpolada la malograda aventura en el Norte africano en compañía de Hernán Cortés y el Duque de Alba, la primavera del 47 constituyó una verdadera Capua para el reconstituido Emperador. El fruto de sus amores le compensaría años más tarde en el golfo de Lepanto, la derrota argelina.

Desde luego, la aventura amorosa con la Blomberg fue de mas corta duración que la un cuarto de siglo antes mantuviera en Flandes con Juana de Gheerts, y de la que hubiera a Margarita de Austria, la gran dama de les Farnesios que quedaron entrencados a la casa de Austria. «Intra Ecclesiam et extra Ecclesiam» seguía vigente el imperativo de los Habsburgos: «Tu, Felix Austria, semper nube». Y anotemos que estos «extra Ecclesiam» fueron más equilibrados y aportaron más grandezas a la Casa que la propia descendencia legítima, tal vez por abuso de uniones consanguíneas.

La Bárbara queda por algún tiempo en Regensburg, casada ya oficialmente con un tal Kegel. Su conducta mereció los reproches del hijo, cuando años más tarde, en 1578, Don Juan de Austria regía los destinos de los Países Bajos donde ella se había aislado. Es más, ante las filiales correcciones del mismo, ella propaló por los círculos burgueses que Don Juan no era hijo del Emperador, sino de un artillero con el que había mantenido relaciones íntimas. El Rey Prudente, sabedor de todo ello, la obliga trasladarse a España y en Laredo, siguiendo la misma conducta, vino a morir olvidada de todos.

El emperador nunca perdió de vista los frutos naturales de sus aventuras amorosas. A Adrián du Bois, ayuda de cámara suyo, le confió el secreto y éste entregó al matrimonio Francisco Massy, vihuelista del Emperador, y su mujer Ana de Medina al hijo natural habido de la Blomberg. Licenciado el vihuelista se estableció en Leganés donde años más tarde se presentará un tal Prevost para reclamar a Jeromín, y en virtud de las cláusulas secretas firmadas en Flandes entre Du Bois y Massy. Prevost, en virtud siguiendo instrucciones del Emperador, entregó el jovencito a Luis Méndez Quijada, mayordomo imperial, con lo que Jeromín se convirtió en el hijo adoptivo de los Señores de Villagarcía, Luis Méndez Quijada y Magdalena de Ulloa. Todos le creían hijo de estos nobles castellanos y hasta la misma Magdalena suche se temía fuera fruto de libertadas de su esposo en Alemania.

El fiel Quijada hubo de seguir al Emperador en su último retiro de Yuste y así vino a establecerse en Cuacos de Yuste, donde comprará dos casitas contiguas para aderezarse una morada digna de tal matrimonio, la casa de Don Juan de Austria, propiedad actual de Bellas Artes y confiada a la Asociación de Caballeros de Yuste. Llega Jeromín a la comarca verata el 1º de Julio de 1958, año en que muriera su padre el 21 de Septiembre. Prácticamente está en Cuacos tres meses y medio, porque en la primera quincena de Octubre parte con su madre adoptiva, su tía Magdalena como él la llamaba, para el Monasterio de Guadalupe, lugar obligado de estancia de todos los Trastamaras y Austrias.

Pero los tres meses de permanencia en Cuacas dejaron huellas imborrables: su encuentro con el padre aún no reconocido, es decir, su deslumbramiento ante el Emperador ya más monje que soberano, su contacto con los Jerónimos; sus juegas infantiles con la chiquillería verata; y sus bravatas con la guardia flamenca. Poco tiempo, pero ancha densidad. Maestra comarca no le ha olvidada nunca. A través de Guadalupe se interna en Castilla, en el Valladolid de sus tutores, hasta que llega el sencillo pero noble reconocimiento de su filiación austriaca en los campos castellanos. Felipe II le abraza como hermano. De ahora en adelante, tras la formación cultural de Alcalá, llegará a ser uno de los más ínclitos Capitanes, Gobernantes y Diplomáticos de la Casa de Austria. Contra los Moriscos de Granada se mostrará como un genial guerrillero y táctico; en las aguas de Lepanto como un marino estratega y jefe estados mayores conjuntos; y en Flandes, como gran gobernante y fino diplomático, que se ajusta en todo al esbozo camoensino: Numa mao sempre a espada, noutra a pena (la palabra, oral y escrita). Naturalmente cae en las redes amorosas en aquellos días napolitanos, de placeres y descanso, sus cuarteles de invierno capuanos. Por entonces circularon unos dísticos irónicos que reflejan esta momentánea relajación: «Don Juan con la raqueta, y Granvella con la bragueta pendieron la Goletta». Pero Don Juan seguía soñando como su sobrino el Rey Don Sebastián en un reino africano que abarcara hasta los Santos Lugares. Su divisa era más práctica que la del sobrino: «Quien no adelanta, retorna».

Y siguió las huellas del padre entrando en Túnez y Bizerta. Desde luego, en los treinta y un año de su corta existencia nadie hizo tanto. De él también pudiera predicarse: «In brevi implevit multum».

Y bordeó la Scylla y Caribdis de los embrollos inferiores y exteriores, en su permanencia en Flandes: los enredos de secretarios reales y principescos y las astucias de Oranges y protestantes. En los campos de Namur quedó vencido, no por espada enemiga o superioridad dialéctica de diplomacia adversa, sino por las flaquezas físicas sucumbiendo a la peste. Y su cuerpo callo hecho añicos, que a pedazos lo trajeron a la capilla lateral del panteón regio de El Escorial. Un 1º de Octubre entregaba su alma al Señor en las afueras de Namur, a la sombra de los hayedos que serpentean por las alomadas colinas de los Ardennes belgas. Tierra de he pateado en mi juventud, como la de Yuste en niñez, como las de Regensburg en mi madurez. He visto el orto, al mediodía y el ocaso de una figura señera de nuestra historia española. Su genio y figura siguen vivos aun tras la tumba. Es una tradición que no se detiene y se proyecta en el futuro, porque queda su fuerza persuasiva:«Quien no adelanta, retorna».

Oct 011974
 

Narciso Sánchez Morales.

No esperaba el que esto escribe que unas manifestaciones suyas, casi informales, sobre la Asociación de Caballeros de Yuste, fueran a reproducirse el periódico de tanta tirada como ABC de Madrid, y quisiera, que ha forma de escolión, se me permitieran unas matizaciones, antes de tocar el tema que me propongo. Y no es que yo rectifique a la periodista Isabel Montejano Montero, que tan fidedignamente las expuso, sino a mí mismo, en pequeños detalles, ante las llamadas telefónicas y cartas de algunos. Bastan, creo, dos rectificaciones: que la Asociación no está ubicada en Plasencia, -aún que en esta Perla del Jerte resida una de las más escogidas élites de los asociados, si no en Cuacos de Yuste- y que la finalidad principal es la que reza en nuestros Estatutos: a) estudio, defensa y difusión, de cuanto atañe a la protección, auge e historia del Monasterio de Yuste; y b) propagación de lo que fué y representó la estancia del Emperador en él y su Ideario de la «Universitas Christiana». La periodista transcribió «ad pedem dicti» cuando recogiera en su magnetofón, y a mí se debe, no a ella, la falta de exactitud en mis manifestaciones.

He titulado mi trabajo Tanatodoxia Hispana, palabra, la primera, que he extraído de mi caudal hélenico y significan tanto como gloria a la muerte, mientras he dudado entre el calificativo «hispana» y el más peninsular de «ibérica», ya que esta Tanatodoxia comprende tanto el tributo rendido por España a sus preclaros muertos -(a un Emperador, en Yuste, a innúmeras personalidades regias, de Austrias y Borbones, en El Escorial, y al Pueblo todo español, en el Valle de los Caídos)- como a Portugal, con su culto a la muerte en Mafra y Batalha punto al fin y al cabo, siguiendo a Camoens, España es, quieran o no los transpirenaicos, cabeza de Europa, y la hermana Portugal, cumbre y cimera de esa cabeza: «Eis aquí se descobre a nobre Espanha-como cabeça alí de Europa toda…Eis aquí,cuase cume da cabeça-de Europa toda, o reino lusitano.»

Obsesión ha sido, en ambas naciones hermanas, esta veneración a los muertos; acá, compasión ardorosa, allá, con «pathos» saudodoso, como un barrunto de los fatídicos desasimientos de sus imperios coloniales.

Nos encontramos ante un IV Centenario gigante, el de El Escorial, que nubla, en cierto modo, esa otra conmemoración de fúnebres provesiones por los campos de España. A uno rematado el panteón de los Reyes, ordena Felipe II que sean trasladados solemnemente a la cripta subterránea todos los muertos de la Casa de Austria. «Esta octava maravilla-religiosa grandeza de un Monarca» se convierte así en el común reposadero «koimateriun» de todos los Reyes e infantes de las casas de Austria y Borbón. Sólo un hueco regio espera impacientemente al más reciente y caliente de los Monarcas, esperando se le haga la misma justicia que la hermana Portugal rindiera, no ha mucho, a su último Rey.

Es la gloria, «doxa» o «schechina», que los mortales tributan al último eslabón que les une a todo Hacedor de jerarquías, de Emperadores, Reyes y Caudillos, y por cuya delegación plasman en sus monedas el cuño de «por la gracia de Dios».

Hace cuatrocientos años cuatro procesiones funerarias, como fúnebres riachuelos que fueran a desembocar aún como un regio Leteo, recorren todo el perímetro patrio, de periferias a centro, partiendo respectivamente del Monasterio de Yuste, la capilla monacal de Tordesillas, la real de la Alhambra y el cementerio regio de Madrid. Las cuatro se reencuentran en la explanada que precede al Monasterio de El Escorial. De Yuste, atravesando las faldas de Gredos y las llanuras de la imperial Toledo, arriba a la llanada escurialense el arcón que contiene los restos del César Carlos; de Tordesillas, por la hendidura que separa Guadarrama de Gredos, que llegan los vasos ya vacíos de amor de Juana la Loca y de su hija María, la desconsolada viuda de los campos de Mohacs; de Granada, de su Alhambra, accede la flor y nata de la conjunción hispano lusa, la emperatriz Isabel, ya sin hedores, pero con colores de santidades borgianas, con sus dos hijos los Infantes Juan y Fernando, acompañada de la reina Leonor, eslabón entre España, Portugal y Francia, y de la primera esposa de Felipe II, María la portuguesa; por último, del mismo corazón de Madrid, la desventurada pareja de Isabel de la Paz y el Príncipe Carlos. Toda Europa, desde los campos hungáricos hasta las saudodosas riberas lusitanos, pasando por los Alpes danubianos y las llanuras galas, aportaron polvo y ceniza de universalismo carolino a la cripta regia del Panteón escurialense. Triste sino de un Rey solitario que, en vez de esparcirse por Europa o asomarse al balcón lisboeta de cara al dilatado Atlántico, reduce a Europa, pero a una Europa ya muerta, a las soledades pétreas del Escorial. Desde las soledades no se gobierna a los pueblos, porque las soledades son soledumbres para ser gobernadas por Dios.

Tres símbolos hispanos proclaman la tanatodoxia o glorificación de la muerte, símbolos levantados, respectivamente, por un Emperador, un Rey, y un Caudillo: el de Yuste, como gloria a un solo muerto, a un Emperador, donde la sencillez y austeridad de un sepulcro albergará la suma grandeza de un Imperio universal; el del Escorial, como gloria a los muchos Reyes de una España cerrada, Panteón regio que crece a medida que decrece el poder material; y el del Valle de los Caídos, como gloria a todo un pueblo muerto, Mausoleo gigantesco como última expresión de un imperio hispano reducido a la nada, pero como ceniza amorfa de donde puede resurgir el Ave Fénix de una Hispania más real y existencial.

La tríada de gloria a la muerte ha quedado plasmada en tres puntos geográficos de la columna vertebral de Iberia: el Sistema Central, la cuna de Celtiberia.

Yuste es el desengaño y fracaso de una idea imperial, de una «koinonia» o comunidad cristiana, ideal realizable siempre que todos los pueblos acepten la praxis del cristianismo. Yuste no ha perdido su vigencia, que es tanto como tolerancia, comprensión y universalidad. En Yuste muere no un iluso, sino un decepcionado del cristianismo vigente, de un cristianismo que persiste en conjuntar la antinomia de poder y gracia, de una teocracia que se erigirá en idiosincrasia regia en la fortaleza ebúrnea del Escorial. He ahí la antítesis de la tesis yustina: la monarquía entendida a la manera de los Felipes austriacos.

Nada extraño que fluyan las simpatías hacia Yuste, mientras se mire con recelo a El Escorial. Una Asociación, como la de los Caballeros de Yuste, con unos Estatutos que se van amoldando a las características e idiosincrasias de los pueblos que la aceptan, tiene muchos visos de prosperar y favorecer un entendimiento universal. El ideario de Carlos V está aún por explotar. Fue en todo un modelo, en su política exterior y en su interior. Ahora, en nuestra próxima Asamblea de otoño en Yuste, a la que asistirán delegaciones internacionales, el profesor de la Universidad de Salamanca, don Manuel Fernández Alvarez, digno continuador de Rassow, Menéndez y Pidal,Carande,…, nos va a desarrollar la tesis del «Poder y la Oposición bajo Carlos V», que, en el fondo, coincide con Salvador de Madariaga cuando escribe que «para Carlos V el poder sólo era un medio para servir, y si terminaba el servicio, su alma de aristócrata exigía la abdicación».

El Valle de los Caídos es un volver a empezar de la nada, borrando diferencias ideológicas. Que España sea fiel a este símbolo de igualdad en la muerte, para establecer esa misma igualdad en todos los estamentos de la vida, sería volver a esa aristocracia del espíritu, creadora de una inteligencia nacional y universal.