Oct 011978
 

Francisco Fernández Serrano.

Si de acuerdo con la formulación del insigne don Eugenio D’ors, lo que no es tradición, es plagio, yo confieso de entrada que he plagiado literalmente a un escritor de los siglos I-II, llamado Plutarco de Queronea, el primero que escribió en cuanto sabemos unas Vidas paralelas. Yo esta vez, reiteró la confesión, he plagiado el título, y he plagiado el método. Me consuelo de esta postura honorable para Plutarco de Queronea y humillante para mí, reconociendo que no he sido el primero que le ha plagiado en 19 siglos, y que esperó fundamentalmente no ser tampoco el último que le plagie.

Si he copiado literalmente el título, y seguido más o menos fielmente el método adoptado por Plutarco, pero que advertir que mis parangones no se ciñen como los del autor griego a sujetos claros de griegos y romanos, sino que mi primer capítulo está ceñido a dos cortas semblanzas biográficas de dos extremeñas recientemente fallecidos: el primero Alonso González Cancho, cuando preparaba sus maletas en Caussade, pueblecito francés del departamento de Tarn et Garonne, hace dos años en agosto de 1976, con la secreta esperanza de participar por vez primera en los Coloquios Históricos de Extremadura cuya trayectoria él seguía de lejos con reconocido interés, y el segundo en la clínica madrileña, sujeto a una operación que había demorado luengos años, porque parecía simple innecesaria y de mero trámite, pero que a la postre, la hora de la verdad le resulta fatal, el 18 de febrero de 1978.

Y al decir que este resulta mi primer capítulo de unas posibles Vidas Paralelas de extremeños, ya está abiertamente declarado que mis vidas paralelas son por ahora solamente dos, mientras las conocidas de Plutarco se cuentan hasta 46, abarcando los tiempos míticos y los históricos de Roma y de Grecia, pero sin llegar a incluir personas que fueran contemporáneas del autor. De aquí también otra diferencia entre mis Vidas Paralelas y las de Plutarco: el tuvo que acudir a fuentes numerosas, y escritas, algunas definitivamente perdidas para la posteridad, y apenas pudo contar con relatos orales sobre sus biografiados, aunque no le faltasen tradiciones verbales; yo en cambio he gozado de luengos años de la amistad y aún de la familiaridad con los dos sujetos de mis Vidas Paralelas. Alonso González Cancho nació en Garciaz, yo también -y aunque me adelantaba en nueve años, un parentesco no inmediato, nuestras madres eran primas hermanas- facilitó nuestras personales relaciones sobre todo en los años más duros de su exilio francés; y con Francisco Elías de Tejada y Spinola, a partir de la segunda asamblea de Estudios Extremeños celebrada en Cáceres, cuando uno y otro contábamos sólo 31 años, he mantenido unas relaciones orales y escritas, amplias que me permitieron conocer su personas seriamente y va, orar sobre todo sus pensamientos.

La primera coincidencia

La primera coincidencia de estas dos biografías la situó en la circunstancia lamentable de que la muerte y desaparición repentina del uno y del otro pasó completamente desapercibida de las informaciones de la prensa de Extremadura. Esos que pomposamente se auto titulan «órganos de información regional» y representantes del pensamiento extremeño, ni siquiera levemente aludieron a la muerte de Alonso González Cancho y de Francisco Elías de Tejada. Ante nuestros periódicos bien informados, ni el uno ni el otro contábamos ni pesaron absolutamente nada. Ni una mera noticia, ni una esquela, ni una evocación. Nada. Como si no hubieran existido, para Extremadura la tierra que uno y otro amaron apasionadamente y por lo que con eficacia, no siempre vista ni reconocida y mucho menos aireada los dos trabajaron.

Pero lo que no consiguieron en su propia tierra, es difícil ser profeta, aún muriéndose uno, en la propia tierra, lo merecieron en poblaciones ajenas.

La Depeche de Midi, en su edición 10, el día 25 de agosto de 1976, entre los epígrafes de Caussade escribía: Carnet de Duelo «Con emoción profunda y tristeza infinita hemos conocido la cruel y súbita desaparición, a la edad de 68 años de Mr. Ildefonso González. Este antiguo maestro de la república española refugiado en Caussade desde enero de 1939 se había ganado la estima y el afecto de nuestros conciudadanos, por su inteligencia clara, por su dignidad sonriente por su fidelidad inalterable a las ideas de progreso y de tolerancia. Después de haber trabajado durísimamente en los años sombríos, había logrado éxitos excepcionales en la delicada y difícil profesión de avicultor. Agradecido al país que le había acogido, terminó por adquirir la nacionalidad francesa aún conservando un amor profundo a la tierra de sus antepasados.

A su esposa esforzada y digna compañera, a todos los suyos, a sus amigos innumerables, presentamos nuestra condolencia sincera y nuestra simpatía fraternal. Murió el jueves 19 de agosto de 1976 hacia la 1:30 de la madrugada. Fue inhumado el viernes a las 17 horas».

En estas pocas líneas un escritor desconocido y amigo trazó levemente la semblanza de Alonso González Cancho en La Depeche de Midi: una biografía sintetizada en la que se pusieron de relieve las conexiones del desaparecido con la tierra y gentes del departamento de Tarn et Garonne, y los rasgos que más habían destacado en la relaciones sociales con sus convecinos franceses.

El Alcázar diario madrileño en su número del 15 de marzo de 1978, firmado por Pedro Rodrigo publicó el siguiente «Réquiem por un sabio: Elías de Tejada». Involuntariamente en parte y con preconcebido propósitos muchos, la muerte de un sabio español como Francisco Elías de Tejada y Spinola ha pasado inadvertida para el gran público, incluso para la llamada clase intelectual o que pretende serlo. Vivimos en un tiempo cruel y sectario que no reconoce el mérito, ni aún a la hora de la muerte.

Catedrático de Filosofía del Derecho y Derecho Natural de la Universidad Complutense de Madrid, historiador y ensayista, Elías de Tejada lleva su vastísima obra de 200 libros vinculada a unos principios inmutables, a los que había adscrito su acción de polemista político formidable. No tenía rival en este sentido, y si la vida parlamentaria le hubiera atraído, y otros fueran los tiempos, su verbo hubiera podido equipararse a Vázquez de Mella y a Menéndez Pelayo, a los que puede equipararse en cultura.

Con estas dos breves referencias periodísticas externas a Extremadura se justifica el lamento por los silencios en la prensa de Extremadura, y la oportunidad de traer sus biografías a los Coloquios Históricos de Extremadura.

Alonso González Cancho (Garciaz, 19 julio 1908 – Caussade 19 agosto 1976)

Entre esas dos fechas se encierra una vida múltiple, rica, variada que difícilmente se puede sintetizar, que ha de reflejar la biografía del más ilustre de nuestros -habló de mi pueblo natal- paisanos exiliados.

Una vida que es el fruto primero de un matrimonio contraído el 12 de octubre entre Pedro González Pérez, nacido en 1877 y fallecido en 1965, y Orencia Cancho Lozano nacida en 1887 y muerta en 1912.

En los cuatro años de matrimonio los esposos González Cancho sólo tuvieron dos hijos, Alonso, el mayor y Sotera, que aún vive viuda en Garciaz.

La falta de cariño materno, aún compensada parcialmente por la suavidad, la dulzura y la benevolencia paterna fue un detalle determinante de Alonso González Cancho, quien creció desde los tres años y pico en un ambiente de soledad afectiva, de aislamiento, que tal vez hubiera podido suplir su tía Eufemia, joven hermanas de su difunta madre, pero ésta vivió luengos años en Trujillo como religiosa concepcionista en el convento de Santa Clara y poco o nada pudo influir en el hijo de su hermana.

A la soledad afectiva entre un padre benévolo y una hermana menor, se unió en el ambiente familiar la bancarrota económica que Alonso vió, vivió y sufrió en su primera juventud. Los hermanos González Pérez que a principios de siglo contaban con un capital decoroso que mantenía unidos dos hermanos, por reveses de fortuna tuvieron que ir deshaciéndose poco a poco de los bienes que constituían su destacado patrimonio. Y vendieron la dehesa El Rincón, igual que numerosas fincas muradas que poseían en el término municipal de Garciaz.

En este ambiente de soledad afectiva y de ruina económica algo salvó de la completa bancarrota la persona de Alonso González Cancho. Su padre en combinación con los maestros Gallardo Palacios, primos hermanos de Orencia Cancho Lozano, madre difunta de Alonso, procuró que su hijo estudiarse en la entonces corta carrera de Maestro Nacional, cuyos estudios podía normalmente realizarse en el período de cuatro años, y así obtuvo su título de Maestro Nacional en la Escuela Normal del Magisterio de Cáceres antes de cumplir los 20 años. Realizado el servicio militar en Cáceres, en calidad de cuota, que no podía sufragar su propio padre y que le costeó el maestro y pariente don José Gallardo Rico, Alonso González Cancho inició sus tareas profesionales del Magisterio actuando como interino en el extremo occidental de la provincia, en Valencia de Alcántara. De su estancia corta en la frontera de Portugal le quedó un grato recuerdo: el hombre que había conocido la soledad afectiva, y la derrota económica en el propia ambiente de su pueblo y de su familia, quiso muy pronto constituir una familia y entabló serias relaciones con una compañera de profesión en la misma población que estuvieron a punto de fructificar en matrimonio. Pasados muchos años tanto Alonso en su lejanía francesa como doña Cecilia en Valencia de Alcántara recordaban emocionados unos proyectos que de haberse realizado hubieran dado un cariz muy diverso a la vida de Alonso González Cancho. El afán legítimo de estabilizar su situación dentro del magisterio superando la mera integridad le llevó a unas oposiciones que le convirtieron en el año 1931 en Maestro de la única escuela que había en el pueblo abulense de La Nava de San Juan, en el partido judicial de Cebreros a tres kilómetros de El Barraco.

1931-1936. El cambio de régimen secular español de monarquía en república le llegó a González Cancho en las peores condiciones anímicas, económicas y sociales, 24 años de edad. Una aparente robustez física, que escondía tras su talla más que regular una tuberculosis larvada; la bancarrota familiar económica superada por su ingreso en el escalafón del magisterio nacional, aún en su categoría más insignificante y modesta, y en un pueblo que resultaba prácticamente un anejo. El aislamiento de su familia natural que se quedaba a cientos de kilómetros, y sin fáciles comunicaciones directas o indirectas. Y la escasa cultura que podía lograrse sin previo bachillerato pasando de la escuela primaria con cuatro cursos de Escuela Normal Provincial. Todas estas circunstancias preparaban fácilmente a encandilarse con las ideas de la revolución social que estaba en el ambiente y en cuyo río revuelto se empeñaron en pescar y aún hacer su agosto muchos incautos y jóvenes pescadores. El 16 de junio de 1931, a dos meses de proclamada en España la República, y 12 días antes de celebrarse las elecciones generales para unas Cortes Constituyentes, llegaba Alonso González Cancho a la Nava de San Juan. No hace falta decir que se alistó en los partidos más audaces y revolucionarios, ni que en la preparación de aquellas elecciones actuó si no en Avila si en Garciaz y la provincia de Cáceres trabajando con el ardor propio de la juventud en favor de candidatos abiertamente revolucionarios. Se iniciaban las primeras discrepancias y choques con su ambiente familiar, de sentido claramente conservador, pero la distancia y las circunstancias de aquellos años en que no fue posible la paz, suavizaban en el seno de la familia las inevitables tensiones.

En sus ambientes abulenses, donde permaneció desde 1931 a 1936 Alonso González Cancho, que por su juventud, por su escasa formación cultural, y por su falta de arraigo provincial no podía lógicamente ambicionar protagonismo de primera línea en el marco político vivió ilusionado y deslumbrado por dos figuras políticas, a las que él ha mantenido una fidelidad meritoria durante largos años. Eran sus mentores a distancia, porque rara vez pudo alternar con el uno y con el otro, dos nombres destacados en el entonces llamado partido radical-socialista: don Claudio Sánchez Albornoz, profesor de la Universidad de Madrid, Académico de Número de la Real Academia de la Historia, medievalista bien conocido y acreditado en España y en el extranjero, que había obtenido acta de diputado rabiosamente republicano, por la provincia de Avila. Y la otra figura política se llamaba don Rodolfo LLopis, diputado por Alicante pero que había logrado escalar un puesto destacado en el Ministerio de Instrucción Pública como se llamaba el que nuestros días se titula de Educación y Ciencia, donde había sido nombrado Director General de Primera Enseñanza.

La figura deslumbrante del sabio diputado por Avila, y la figura política más interesada del Director General de Primera Enseñanza ejercieron una fascinación permanente en el ánimo de joven maestro garcieño enquistado en la lejanía de la Nava de San Juan partido judicial de Cebreros a 3 km. de El Barraco, le ligaron cada vez con más fuerza al carro de los políticos radical-socialistas, en cuyo fervor quemó horas, abundantes, fuera de las que profesionalmente dedicaba a su escuela, relaciones, viajes y charlas para las que estaba singularmente dotado por su especial simpatía. Tenía materia y condiciones del líder y empezó a destacarse en el ambiente de la Nava de San Juan el Barraco, y en algunos círculos de la capital de Avila.

La vida política, a más de consumir ilusiones políticas y sociales sin reservas, propias de la juventud, llenaba el aislamiento familiar en que vivía, parcialmente compensado por la que empezó muy pronto a ser su nueva familia, y a la que pertenecía su futura esposa Ascensión Sánchez. Esta joven de El Barraco terminaba de perder a su madre, fallecida el 6 de junio de 1931, días antes de que Alonso González Cancho se personase en las tierras abulenses, y el padre mantenía en el pueblo de El Barraco una fonda, en la que naturalmente recalaban todos los funcionarios de la zona. No fue una excepción el nuevo maestro de la Nava de San Juan, que diariamente acudía desde su pueblo al Barraco en paseo de tres kilómetros. El padre de Ascensión que había sido alcalde de su pueblo durante la dictadura benévola del general Primo de Rivera, era también el habilitado encargado de pagar sus nóminas estatales a los miembros del magisterio. Nada extraño que al poco tiempo Ascensión y Alonso se declarasen públicamente novios.

Novios y solamente novios fueron desde 1931 hasta 1936 pero novios que se trataban más frecuentemente por la soledad en que vivía el maestro, buen partido para una joven de pueblo, y por las fáciles y no evitarles connotaciones importaban contrato frecuente entre Alonso González Cancho y la familia Sánchez donde había cuatro hijos, tres mujeres y un varón, que humanamente le recibieron entre ellos, y que no frenaron, no podrían aunque hubieran querido, los desmesurados compromisos políticos que se tomaba el joven maestro. Un episodio de 1936 revela perfectamente la vinculación que aquellos cinco años de convivencia familiar habían producido. Un ataque de apendicitis en mayo de aquel año le puso a Alonso González Cancho a las puertas de la muerte. En los días álgidos, difíciles y peligrosos del ataque le cuidaron, no tenía otras personas cercanas únicamente el médico de la Nava San Juan y dos hermanas Sánchez. La situación fue tan grave que la familia Sánchez se sintió obligada a avisar a la familia natural de Garciaz que con el natural retraso de aquella época sólo pudo llegar a tierras abulenses el 27 de mayo de 1936. Como en la Nava de San Juan donde ejercía el magisterio no podría reponerse por vivir sólo, en la casa de Sánchez pasó un período no muy largo de su restablecimiento, esperando poder sufrir la operación correspondiente en el verano de 1936.

1936-1939. El estallido del 18 de julio de 1936 partió a España entera en dos zonas: la Nacional y la Roja o Republicana. También la provincia de Avila quedó escindida en dos: la capital fue desde el primer momento zona Nacional; pero el Barraco, la Nava de San Juan a 28 kilómetros de la capital con desierto en medio fue zona roja, y a la vez fronteriza con las enormes desventajas de esta categoría.

Lo que era verdad indefectiblemente en Avila eran solemnes mentiras en el Barraco; y lo que pasaba por verdad inconclusa en el Barraco, informes y actuaciones propias y ajenas, no pasaban de sartas de mentiras en la capital. Por ley natural de guerra aquello no era ni siquiera diálogo de sordos, sino una babel y confusión caótica de noticias, sucesos e informaciones.

Un libro publicado en Bilbao el año 1937 en plena contienda escribe así: don Hilario Yuste nos informa de lo que en su municipio San Juan de la Nava sufrieron. Al secretario del Ayuntamiento le pegaron siete tiros (al desenterrarle, faltaba una pierna a don Jesús Martínez. Los restantes fusilados fueron: don Ceferino Gil, terrateniente; don Leocadio Montero, lucero; doña Fausta Yuste y su esposo don Cesáreo Montón, de la Inclusa de Madrid; doña Paula Arroyo, mujer casada y buena; don Alvaro Díaz, casado sesentón; don Rufino García, soltero de 25 años, jornalero. Y el autor del libro añade «San Juan de la Nava estaba envenenado por arte de un maestro desaparecido, fundador de la casa del Pueblo. Emigró con los rojos».

No hace falta indicar que este maestro, no había otro, se llamaba aunque no lo consigne Teodoro Toni, Alonso González Cancho.

Reiteradas ocasiones él en persona me afirmó que no había tenido arte mi parte directa en aquellos actos de locura colectiva que ensangrentaron las poblaciones de San Juan de la Nava y de El Barraco, y justificó su ausencia de aquellos peligrosos escenarios, como explicó la persistencia machacona con que algún otro interesado volcaba sobre la persona del ausente, de el exiliado, responsabilidades que le resultaban completamente ajenas.

Por lo pronto Ascensión y una hermana suya junto con Alonso González Cancho, salieron del Barraco en agosto de 1936, camino de Madrid, donde para subsistir daba clases en escuelas del magisterio y donde también voluntariamente, pero subyugado por el ambiente que en Madrid se respiraba se alistó en un batallón de maestros, accediendo como es lógico, a los correspondientes ejercicios militares. Los tres se hospedaron en casa de unas primas de las Sánchez, en la calle de Fucar núm. 20. A poco estos familiares les proporcionaron a los tres refugiados en Madrid un piso en la calle de Atocha, frente al Hospital de San Carlos. Pasados quince días el padre de los Sánchez vino a Madrid para traer a los huidos ropa y dinero, de que estarían todos necesitados. El padre intentó volverse al Barraco, zona militar, pero no pudo llegar a su pueblo ya que desde El Tiemblo los militares rojos le impidieron continuar la ruta y le obligaron a volverse a Madrid. Y en Madrid frente al Hospital de San Carlos intentaron rehacer su vida, y hasta pensaron en que Alonso fuese operado tranquilamente de su apendicitis. Pero si de ordinario el hombre propone y Dios dispone en guerra los hombres proponen y los adversarios ordinarios disponen. Y así el mismo día de noviembre de 1936 que estaba señalado para la operación de Alonso las fuerzas Nacionales que habían llegado de los barrios de la capital de España en un bombardeo de trámite se encargaron de frustrar aquellos propósitos, y en diciembre los tres familiares Sánchez con Alonso salieron de Madrid camino de Valencia. El promotor del viaje, era la persona de más relieve y de mayores relaciones y cultura, fue Alonso, y ya estaba personalmente convencido de que no sus partidarios sino los nacionales ganarían la guerra, por lo que sólo le preocupaba el problema de acercarse a la frontera con Francia. Aunque Valencia era por entonces todavía la antítesis de Madrid, abundancia en vez de carestía, lograron a fines de diciembre de 1936 situarse en Gerona a donde llegaron el día 24. Fue a la Inspección del Magisterio pidió un servicio profesional, por su tuberculosis había sido declarado inútil total para la guerra, y le dieron una colonia de niños en Llansá. En Llansá a escasos kilómetros de la frontera convivieron los tres Sánchez con Alonso González Cancho y en Llansá celebraron su matrimonio Alonso y Ascensión, desde 1936 a 1939.

El exilio

El día 26 de enero de 1939 las fuerzas nacionales entraban triunfantes y desfilaban tranquilamente por las Ramblas barcelonesas. La guerra prácticamente había terminado. La desmoralización, la desorganización, el sálvese quien pueda saber general. También Alonso González y Ascensión a pie pasaron la frontera terrestre por Le Perthus el 27 de enero de 1939, sin más pasaportes que sus personas, sin más valijas ni repuestos que lo que llevaban encima, y Alonso tuvo que recorrer el trayecto Llansá-Le Perthus con unos zapatos nuevos. A la otra parte de la frontera les aguardaba a ellos y a todos los que desbandados huían de las tropas de Franco, no los educados gendarmes franceses sino los soldados negros del Senegal que defendían todavía por entonces la bandera francesa. En seis años Alonso González Cancho había quemado su juventud, sus ilusiones, su familia natural, su porvenir profesional, en aras de la política de una locura colectiva, y se encontraba completamente solo a los 30 años de vida: en tierra extraña, con una lengua que no conocía, sin conexiones familiares, con un destino misterioso, pero felizmente con un punto de apoyo en la existencia de Ascensión que con él había compartido las ilusiones de los años en el Barraco y San Juan de la Nava; las peripecias guerreras de Madrid, Valencia, Barcelona y Gerona, los años tranquilos de la colonia escolar en Llansá y el derrumbamiento de su vida en el camino del exilio.

El exilio de infantería

Las masas de exiliados de nuestra guerra última y de todas las guerras podrían clasificarse en tres secciones como los antiguos ejércitos y divisiones militares: la fuerte y atropelladora caballería, la más segura, y la más audaz, constituida por los profesionales de la política. Ellos son los que destacan y mantienen el fuego sacro de la guerra. Pasado el tiempo ellos son los que sacan más ventajas de la llamada resistencia, que han simbolizado frente al vencedor. También en los años que han corrido de 1939 hasta 1975 los políticos, caballos más bien qué caballeros han obtenido sus ganancias personales, han capitalizado para ellos más que para sus ideas o teorías, los beneficios del desgaste ajeno, y han salvado con auxilios externos hasta sus propias economías. La caballería la forman los que tanto en el triunfo como en el exilio se benefician, alientan las resistencias de los otros, y cobran las facturas. Políticos de ayer y de hoy esta nueva sección de la caballería. En el exilio la pesada artillería la forman los intelectuales, los escritores, los poetas, valores no militares, ni siquiera económicos, que fácilmente se sujetan a los propósitos de los políticos, la caballería, no los caballeros, y a veces en razón de los servicios prestados, no siempre reciben sus recompensas: honoríficas o económicas. Hombres de ideas, de sentimientos, de recursos, son fácilmente teledirigidos por los profesionales de la política, y cuando no sirven a estos profesionales, encuentran en su cultura, en sus escritos, libros y publicaciones medios para subsistir al menos, para rehacer sus vidas deshechas en la guerra por la derrota. Baste recordar que el llamado Colegio de México se organizó fundamentalmente con intelectuales españoles exiliados tras el año 1939, y que don Claudio Sánchez Albornoz organizó en Buenos Aires una Escuela de Estudios Medievales Españoles que le permitió continuar sus tareas de medievalista en tierras americanas, y salvó sus economías personales destrozadas por sus anteriores actuaciones políticas.

La masa inmensa de los exiliados se acoge como es natural al capítulo de la fiel infantería. Son los anónimos innúmeros que siguieron las consignas de los políticos, y las elucubraciones de los intelectuales o los poetas ilusos, los que a la hora de la verdad, la derrota, se encuentran abandonados y solos, los que carecen de recursos económicos propios, o de valores con que recuperarse de una economía, los que marchan al extranjero con un porvenir oscuro, negro casi desesperante.

Formando parte de este grupo inmenso aquel 27 de enero de 1939 entraron en Francia separados, pero logrando pronto reencontrarse Alonso González Cancho y Ascensión Sánchez de González. Desde Le Perthus fueron llevados a Cerbere, y embarcados masivamente en un tren desde Cerbere al día siguiente llegaron a un lugar desconocido de la geografía de Francia que se llamaba Caussade en el departamento de Tarn et Garonne. Suerte o providencia especial para ellos fue que no conocieron el ambiente malsano de los campos franceses de concentración vigilados por senegaleses a cielo abierto en pleno invierno; que no hubieron de cambiar sus destinos reiteradamente; que su viaje único y lento se redujo al trayecto Cerbere-Caussade a través de Perpignan, Narbonne Carcassone y Toulouse. Un trayecto que total o parcialmente en circunstancias muy diversas desde las dramáticas de 1939 hasta las turísticas de los años setenta, ellos recorrieron infinidad de veces a lo largo de 37 años.

Tarn et Garonne, uno de los más pequeños departamentos de Francia, menores que el son únicamente La Rhone, La Seine y La Vaucluse. Un departamento que hace un siglo contaba con 240.000 habitantes, que hacia 1900 bajó hasta los 200.000 y que en 1954 se reducía a 172.000 de los que unos 85.000 vivían estrictamente de la agricultura. Y Caussade es una ciudad que apenas si sobrepasa los 4000 habitantes, sin recursos de grandes industrias, sin notables y destacadas empresas de fáciles recursos económicos.

Fue aquí donde empezando de cero, el matrimonio González Sánchez, con una laboriosidad y tenacidad bien meritorios, en medio de dificultades, apuros, soledades, transformaron sus vidas, su economía, su hacienda y aunque no lo creyeran los interesados sus ideas, sus convicciones, sus entusiasmos.

Si al morir Alonso González Cancho en agosto de 1976 contaban con una economía saneada y fuerte, que les permitía vivir de sus propios ahorros espléndidamente y atender a familiares y amigos con generosidad hasta económica, no son para referir y menos para detallar los trabajos, las dificultades de todo orden que hubieron de superar en un mundo nuevo y en condiciones nada fáciles. La granja avícola de Pechberty, y los campos anejos que últimamente habían traspasado y arrendado, el chalet dentro de la población de Caussade al sitio de Le Pradet, los viajes frecuentes a España, donde a nadie fueron gravosos y derrocharon a manos llenas, pero sin fanfarronería, el cariño y los obsequios, la amistad y la ayuda económica, la simpatía y el buen uso del dinero, fueron más que nada el fruto maduro de una etapa dura de su vivir en Francia. Ascensión ganó los primeros francos con que atender a las más perentorias necesidades poniendo en juego sus habilidades de cosido y bordado. Alonso en la tolerante y progresiva Francia no pudo jamás utilizar sus títulos de Institutuer de la Republique Espagnole, pero sí pudo demostrar en todos los servicios más humildes de la sociedad su capacidad de adaptación: barrendero, zapatero, comerciante, jornalero de la agricultura, el hijo de su padre que jamás había servido sino a la patria militarmente en España, hasta que pudo parcialmente emancipar su economía y logró montar una granja.

Mientras centenares y centenares de exiliados españoles consumían días, semanas, meses y años sin dar golpe en tierra extraña, y se acostumbraban a vivir, por lo menos a subsistir miserablemente con las colectas de organizaciones políticas internacionales, a las que insensiblemente se sometían y esclavizaban, este matrimonio rehacía su vida y ampliaba su cultura. Aprendían aunque ni fuese a la perfección el francés una lengua que continuaban ignorando aún viviendo en Francia centenares y millares de españoles exiliados, en Montauban yo visité un café repleto de exiliados españoles que vivían del cuento de las internacionales y donde todo el mundo hablaba español, sin esforzarse siquiera en aprender y adquirir un pequeño vocabulario francés, trataba de alternar con los intelectuales franceses de su zona, en 1960 visitamos juntos al ilustre literato Pierre Bayrou en su casa de Saint Antonin de Rouergue, a la vez que transformaba y potenciaba su economía.

Qué restaba ya en 1960 del revolucionario primitivo del año 1931-1936. Sólo el recuerdo, la emoción, las amistades, las personas. Francia le había reeducado había encontrado desde lejos a su padre que acudió en busca del hijo perdido y hallado en 1954. Viajó el padre hasta Cerbere, y allí pudo abrazar de nuevo a su hijo tras 18 años de separación y ausencia. No llegaba Alonso con el precioso Mercedes de sus últimos tiempos, sino en un modesto Citröen de dos caballos viejo y desvencijado, eran todavía tiempos duros, con el que le llevó a Caussade y Pechberty. Había recuperado a su hermana, y su cuñado y sobrina de Garciaz. Habían conectado desde 1948 con José el hermano de Ascensión, y en 1957 folló el primer familiar lejano que le visitaba su propia casa y finca. A 25 años de distancia nos reconocimos en el stop de una carretera. No era ya el joven descreído y arreligioso de la juventud, sino el hombre que distanciado de las autoridades eclesiásticas, sabía orar a Dios en su corazón, y sabía retirarse a ermitas alejadas del bullicio para enfrentarse con Dios y con su conciencia. Era el hombre que respetaba las leyes de la Iglesia sin considerar las ridículas vanidades, se ofreció a darme comida de vigilia los viernes como guardaban rigurosamente los católicos franceses, y me llevó a la parroquia de Caussade.

La vuelta a España de los exiliados fue siempre relativamente fácil para los políticos destacados, notables, vividores. No fue difícil para los intelectuales, los escritores, los poetas, pero adquiría caracteres a veces dramáticos para los infortunados de la fiel infantería. Los primeros, si no se obstinaban en la permanencia extranjera donde se habían acomodado o se habían instalado decorosamente, hallaban el camino fácil, la persona accesible, el informe favorable, y otra vez en España continuaban o politiqueando o sencillamente viviendo. Los segundos podían tropezar con algunas dificultades verbales, con declaraciones y posturas improcedentes, con situaciones inconvenientes. El tiempo, las relaciones sociales y hasta el prestigio suavizaban los retornos, aunque algunos quisieran emperrarse en no volver (Sánchez Albornoz en 1963 en Spoleto).

Pero los exiliados de infantería vivían de ordinario aislados, dominados por un grupo de vivillos políticos empeñados en mantenerlos falsamente informados sobre la situación española, sobre las dificultades para su vuelta a la patria, sobre temores más veces supuestos que reales. Una propaganda sagazmente organizada por cerebros politizados utilizó luengos años esta reserva de exiliados en un estado de inutilidad de perfecta hibernación. Por una parte deseaban todos regresar a España, y por otra notaban pasos serios, seguros y eficaces, como el águila acostumbrada a las cadenas, cuando se habían roto no se acordaba de reanudar el vuelo. Y cuando tropezaban con algunas dificultades, a veces puramente administrativas, se desanimaban, se detenían, se desesperaban. Había que vivir en el ambiente enrarecido de tantos exiliados españoles sobre todo en Francia, los exiliados de América con idioma común apenas si podían sentir las amarguras de un exilio, para poder comprender su situación anímica, que les llevaba a negar verdades evidentes y a desconfiar hasta de los más amigos y familiares. Desde 1957 en que yo llegué por primera vez a Caussade, hasta que iniciamos los trámites largos, lentos, administrativos, a veces interesadamente boicoteados por intereses familiares, para el retorno de Alonso González Cancho hasta que en 1965 pudo venir por primera vez tranquilamente a España con motivo de la muerte de su padre, y sobre todo hasta 1968 en que desaparecieron todos los obstáculos reales y aparentes, se podrían seguir una trayectoria vital y psicológica de Alonso González Cancho que va desde la incredulidad real y política hasta el reconocimiento de muchas realidades admirables de la España contemporánea que él como tantos otros intelectualmente bien manipulados, se habían obstinado en negar a pesar de la evidencia.

Nadie le pidió una retractación política, nadie le demandó un cambio en su mentalidad, nadie le reclamó un rompimiento expreso con su pasado. Él pensaba y aún lo reiteraba, que era el mismo de hacía cuarenta años, pero descontaba la identidad fisiológica nadie hubiera reconocido en el Alonso González Cancho de 1968 al de 1939, y menos todavía al de 1931-1936.

Para salvar sus negocios realizados con trabajos tenaces y extraordinarios en Francia, donde había penetrado el 27 de enero de 1939 sólo con la ropa puesta y unos zapatos nuevos, en tiempos del general De Gaulle, tuvo que nacionalizarse francés, pero su espíritu continuó siendo netamente español y su amor a Garciaz, a Cáceres, a Extremadura, con la ausencia y lejanía había subido cotas altísimas, que no menguaron sino que fueron sin crescendo cuando en los últimos años, librado de sus tareas inmediatas de avicultor, pudo venirse una o dos veces al año a conocer, vivir y disfrutar de la propia tierra, que le atraía con fuerza cada vez mayor. Habiendo vivido en la mayor parte de su vida fuera de Extremadura, prácticamente desde los 23 a los 68 años, el afán del retorno completo le iba dominando. Tres meses antes de su muerte rápida y prematura, había pasado aquí una larga temporada. Tuve ocasión de coincidir con él algunos días en Garciaz y de escucharle complacido sus planes y propósitos a corto plazo. Conocer palmo a palmo toda la zona de Trujillo, ampliar los horizontes a toda la provincia y a Extremadura, de cuya problemática se consideraba plenamente solidario, y hasta comprarse en Trujillo una cosa que le permitiera no vivir en el encantador aislamiento de Garciaz, sino a media hora de su centro de gravedad y en el cruce de carreteras en todas las direcciones. A primeros de mayo el día siete concretamente en su CX moderno y potentísimo, desconocido entonces por España improvisados un viaje por las Villuercas, en el que por última vez fue descubriéndonos a dos primos suyos múltiples facetas de su apasionamiento por la tierra donde había nacido y de la que había estado tantísimos años alejado, ya que no espiritualmente ausente. Sus comentarios en Solana de Cabañas, en Cabañas del Castillo, en Retamosa, en Roturas, en Navezuelas y en Berzocana, cargados de evocaciones, recuerdos y sugerencias demostraban como había sintonizado plenamente con nuestras ideas, nuestros afectos, nuestras preocupaciones y afanes. Fue entonces cuando manifestó su propósito de acudir a los VI Coloquios Históricos de Extremadura, para empezar viendo y oyendo, sin afanes de protagonista, y continuar en años sucesivos con su cooperación activa, laboriosa y más eficaz. Un infarto de miocardio que nadie había previsto ni atisbado en el chequeo realizado pocas fechas antes, dio al traste con aquellos proyectos, planes y sueños, y dejó en eterno descanso al maestro y al exiliado Alonso González Cancho donde había consumido la mayor parte de su vida y de sus actividades, en Caussade departamento de Tarn et Garonne. Los familiares le lloraron, los amigos le recordarán con frecuencia y añoranza. Si dejó en pudo equivocarse, quien no se ha equivocado en su vida, en su edad madura hizo el bien a manos llenas. Los testimonios de un periódico francés y los funerales en Garciaz lo reconocían que testimoniaban sincera y dolorosamente.

Francisco Elías de Tejada y Spinola (1917-1978)

La segunda vida de este capítulo primero de mis Vidas Paralelas, dedicada a la memoria del profesor Francisco Elías de Tejada y Spinola, necesariamente habrá de ser mucho más corta y esto por varias razones: Primero porque ya el periódico El Alcázar al publicar su «Réquiem por un sabio» concretó algunas de las actuaciones de nuestro ilustre jurista desaparecido, y en sus páginas cualquier avispado lector puede hallar puntos de partida para ulteriores investigaciones. Segundo, porque mis conocimientos personales y mis contactos con el hijo ilustre de Granja de Torrehermosa, arrancan de una fecha tardía cuando los dos acudimos en 1949 a la segunda Asamblea de Estudios Extremeños celebrada en Cáceres durante el mes de octubre, y aunque en diversas ocasiones mantuvimos contactos unas veces hablados y otras escritos, mis fuentes de información son prácticamente escasas, mis conocimientos son esporádicos, mis testimonios reducidos, casi exclusivamente al campo de los estudios; estudios religiosos, estudios jurídicos, estudios políticos, estudios históricos. Y nuestro carteo fue todavía menos que esporádico, ya que se redujo a dos o tres cartas a lo largo de muchos años unas veces contestadas y otras veces en espera de la que ya no llegará deseada respuesta. Y tercero, porque sus 200 libros constituyen en sí una apretada biografía de la persona, de sus andanzas y de su pensamiento. Añádase a ello que la benevolencia del director de la revista Alcántara, nuestro admirado y siempre querido Carlos Callejo Serrano le recibió un artículo tecnológico titulado «Francisco Elías de Tejada y Spinola, extremeño universal» que fue publicado en el número 191 de la revista correspondiente a los meses de mayo, abril y junio de este presente año, páginas 23-26, ilustrado con una fotografía recuerdo de la primera estancia placentina de Elías de Tejada con el grupo de fundadores del seminario de Estudios Extremeños, Pedro de Trejo, y en ella aparecen junto al entonces profesor de la universidad de Salamanca nuestros colaboradores de los VIII Coloquios Históricos de Extremadura don Antonio Sánchez Paredes y D. José Martín Vizcaíno.

Apoyado pues en el viejo axioma de ne bis in idem, resumiré ahora la biografía que en día constituirá la segunda vida paralela.

Elías de Tejada nace ocasionalmente en Madrid, como Donoso Cortes naciera en el Valle de la Serena, y si el segundo se consideró siempre convecino de don Benito Elías de Tejada se confesó continuamente, natural de la Granja de Torrehermosa. Sus apellidos revelan sus antecedentes de familia acomodada rica en bienes de fortuna y con antecedentes itálicos en sus progenitores.

Los estudios universitarios de Elías de Tejada pasan por Madrid, Berlín y Oxford. Hay que convenirse que saltaba a la palestra pública de la cultura española en óptimas condiciones y con una preparación no frecuente en nuestro mundo de los años 30.

Se comprende que desde muy joven serían impresos trabajos suyos personalismos. El conocido Manual del Librero Hispanoamericano de la familia Palau sólo cita en el tomo V «Las doctrinas políticas de la Cataluña Medieval». Barcelona, Aymó editor, 1950. Pero aquel mismo año había editado en Cáceres y no lo recogió Palau dentro de la Colección de Estudios Extremeños otro libro que tituló «Tres escritores extremeños Micael de Carvajal, José Cascales Muñoz y José López Prudencio», subtitulándose ya Catedrático de la Universidad de Salamanca.

Pero mucho antes que ese libro referido a Cataluña, Elías desde los 20 años venía manifestando una abundancia y facilidad de producción librera que tenían que asombrar a muchos.

Lo primero de todo fueron unas «Notas para una teoría del Estado, según nuestros autores clásicos (siglo XVI y XVII)» editado en Sevilla el año 1937. No hay que olvidar que Elías de Tejada había nacido en 1917.

Al año siguiente imprimió en Cádiz «Sobre Derecho social» en las Notas al Fuero del Trabajo de Luis J. Pedregal.

Apenas terminada la guerra desde editoriales madrileñas sacar su «Jerónimo Castillo de Bovadilla» 1939.

En Berlín el año 1940 lanza «Para interpretar a Angel Ganivet» separata de Ensayos y Estudios.

En 1941 utilizar dos revistas madrileñas para publicar «Acerca de una posible historia del pensamiento político español», en la Revista general de Legislación y Jurisprudencia y en la Revista de la Facultad de Derecho «Monarquía y Caudillaje» en torno a dos textos olvidados.

El año 1941 le vincularía a Salamanca en donde permanecerá luengos años, y lanza el «Programa de un curso de Filosofía del Derecho», a la vez que en Madrid la «Introducción al estudio ante la ontología jurídica»; los «Puntos de vista para una filosofía de la historia del Derecho, y la idea de la cristiandad hispánica en Antonio Sardinha».

Será tarea de los bibliófilos extremeños singularmente seguir y recopilar detalladamente la voluminosa producción literaria de Elías de Tejada que acertadamente fue calificado por Pedro Rodrigo como un verdadero sabio.

Las tres universidades en las que profesó desde la primera juventud, antes de cumplir 30 años hasta su muerte, fueron el cauce principal, no el exclusivo de ininterrumpida producción literaria.

Como extremeño ya subrayado en Alcántara el descubrimiento de las raíces extremeñas de Donoso Cortes que son las mismas de tantos extremeños que sin airearlo pasan la mayor parte de su vida, como Elías, fuera de Extremadura.

De él se pudo decir como de Menéndez Pelayo que como otros leen solamente libros él se leía bibliotecas enteras, y muchos estudios que en otros hombres aún intelectuales incultos, en Elías apenas se pasaban de epidérmicos.

El político

Su vigor cultural le arrastró a intervenciones de altura en la vida pública. No bajó nunca a la arena pequeña de los partidos, de los grupos, ni aún de los organizadores menudos. Su política, como la de Aristóteles, se cifraba en el pensamiento y no en lo puramente administrativo. Y del pensamiento y la especulación procedían sus actuaciones. Tal vez por herencia familiar, pero ciertamente por convencimiento, originado en sus estudios, fue profundamente español y aún tradicional, y en algunos casos hasta tradicionalista. No porque se encuadrara en la llamada Comunión Tradicionalista que siempre rehuyó el nombre más o menos tendencioso de partido, sino porque coincidía con los motivos profundos religiosos y políticos que habían fundado y mantenido, aún lejos de las prebendas gubernamentales, al tradicionalismo español más de un siglo. En este sentido fue leal a sus ideas desde la juventud hasta la muerte, pero apenas supo descender a la disputa pequeña, a la competencia más o menos desleal, a los compromisos de cada día. Desplantes juveniles entre adversarios le proporcionaron disgustos ocasionales como cuando unos adversarios del SEU, le propinaron a la fuerza en el retiro de Madrid una fuerte dosis de aceite de ricino; o cuando él se permitió la audacia de suspender como profesor aún ministro de Agricultura que se examinaba, a puerta cerrada, en la Universidad de Salamanca; o mantenía una especie de guerrilla profesional con los miembros del Opus Dei, a los que calificaba en la Universidad de Oviedo públicamente como ardillas espirituales.

Esa necesidad de no vivir pura y exclusivamente el terreno de lo especulativo le llevó a formar parte de la junta que el frente a los Círculos de Estudio Jaime Balmes declaró sabor juanista, levantó la otra bandera de los Círculos Vázquez de Mella que patrocinaban los tradicionalistas, y con gran sorpresa de cuantos conocían su personal trayectoria, acudió un día a la visita del Jefe del Estado con una comisión que presidía don Esteban Bilbao. Los amigos supimos porque no se recatò Elías en airearlo, que Franco al saludar en su casa al que tantas veces se había manifestado enemigo personal de Franco, tal vez más por el amargo recuerdo del ricino que le habían propinado los del SEU que por convicciones filosófico-políticas, le advirtió cariñosamente: «espero que no sea la última vez que nos encontremos». Y Elías volvió más de una vez al Pardo, y conversó largamente exponiendo sus pensamientos, ideas y posibles soluciones a diversos problemas culturales, con aquella libertad y desgarro que le resultaban consubstanciales y fáciles de expresar. Elías de Tejada podría presidir y presidió congresos de Estudios Tradicionalistas, pero jamás se enzarzó en las redes que le tendían políticos amigos o enemigos, que deseaban llevarle al campo bajo de las disputas personales no ideológicas y administrativo.

Si en la ciudad terrena Elías era fundamentalmente un ideólogo, un estudioso, que iluminaba con el magisterio serio la trayectoria humana, aborreciendo del oportunismo y la moda pasajera de la política en religión, no ofrecía dicotomía alguna su pensamiento cultural y sus directrices cristianas, que mutuamente se completaban y se iluminaban. Su religiosidad no se fundamentaba ni en la piadosa tradición de una familia o de un ambiente, aunque de ellos procedieran los primeros pasos, ni se cifraba principal y menos exclusivamente en el trato respetuoso y obediencial de clérigos a mayor o menor altura ministerial. Amigo de sacerdotes, obispos, cardenales o papas. Apoyado en un profundo conocimiento de la teología, del derecho canónico y de la historia de la Iglesia, con hincapié en la vertiente española que le afectaba profundamente, jamás admitió en el campo de las ideas opiniones menos ortodoxas por muy adobadas que vinieran con recomendaciones externas de valores que suben y bajan con el tiempo como las cotizaciones de la bolsa. La religión, para él era demasiado seria, nos liga a todos con Dios, para dejarla fluctuante a la merced de los grupos, aunque fueran clericales, de los oportunismos de los tiempos, que se consideran siempre los mejores, de las directrices de ciertas modas que hoy son y mañana no parecen.

En más de una ocasión tuvo que enfrentarse con jerarquías eclesiásticas, que favorecían con excesiva parcialidad a grupitos políticos de matices político cristianos determinados, y se empeñaban en desconocer a otros grupos también políticos de distinto signo, pero de evidentes connotaciones cristianas. Las discriminaciones políticas fundamentadas aunque fuera sólo aparentemente en situaciones religiosas para Elías fueron siempre intolerables. El que no quiso etiquetarse nunca como liberal abominaba ferozmente de los liberales del siglo XIX y de los del XX que a grito pelado o con la sordina correspondiente practican la consigna de que «muera el que no piense igual que pienso yo». Y cuando por añadidura se argumentaba con apariencias religiosas, se le llevaban razonablemente los demonios. Los cardenales Siri de Italia y Bueno de Monreal de Sevilla, podían testimoniar la virulencia con que los descalificó públicamente el profesor Elías de Tejada. El almibarado ecumenismo que con sarampión malicioso aplicado en las cutis de no pocos católicos que antes pasaban por fervorosos, era otra de las hipocresías que no sufría este católico acostumbrado desde su juventud y los más altos niveles culturales, a tratar suavemente, respetuosamente con evangélicos escandinavos y tudescos, con anglicanos de Gran Bretaña, con ortodoxos de Grecia, o de los Balcanes, con mahometanos desde Marruecos a la India, y hasta con budistas, en uno de cuyos monasterios llegó a profesar simulando una conversión, por conocer de cerca y por dentro los misterios orientales de la religión. A un hombre tan audaz, tan abierto, tan profundo conocedor del pasado y del presente religioso de todo nuestro mundo le estomagaban sin poderlo evitar, los católicos que por esnobismo pretendían sentar plaza de semi-protestantes y si no expresa, tácitamente abdicaban de su propia religión, como si se avergonzasen de ella, como le estomagaban los españoles que renegaban de suceder y de su historia, unos y otros generalmente indoctos y muchas veces analfabetos y en todo caso meramente oportunistas, y hombres veletas que giraban por el lado quiso placer el viento de favor público, en busca de un reconocimiento extranjero que tarde o nunca llegaba.

Las anécdotas que en sus largos y abundantes viajes por todo el mundo se le multiplicaron a Elías de Tejada desde su juventud hasta su edad madura pudieran constituir un sabroso comentario que demostrarse su vitalidad humana desmesurada y su contextura religiosa, política y española, siempre admirables.

Discrepancias y coincidencias en estas dos vidas paralelas

Discrepancias. Nace en años diferentes, en 1908 Alonso González Cancho, en el 1917 Francisco Elías de Tejada. Aquel en el mes de julio, y éste en el de abril. El primero en Garciaz de Cáceres; el segundo accidentalmente en Madrid de familia vinculada totalmente a Granja de Torrehermosa.

Uno procede de familia humilde, sin antecedentes o medios o ambiente cultural destacado, con una hacienda modesta que acabaría por desintegrarse. El otro nace en ambiente noble con antecedentes italianos, extensas posesiones y bienes, siendo Catedrático de la Universidad de Salamanca Elías vivía un mes con el sueldo de la cátedra y once con sus rentas de Granja de Torrehermosa.

Como salida fácil, y resolución inmediata Alonso accede al cuerpo del Magisterio Nacional, como interino en Valencia de Alcántara, y como propietario en San Juan de la Nava en Avila. Elías en cambio recibe una formación universitaria distinguida en las universidades de Madrid, de Oxford y de Berlín, que le capacitan para acceder muy joven a las cátedras universitarias de Salamanca, de Sevilla y Complutense.

Alonso González Cancho vive obsesionado los primeros años por afanes revolucionarios que trastornen la sociedad y creen rápidamente otra mejor y aún más justa, como utopía renovada en las distintas generaciones. Elías en cambio opta por mantenerse en el campo de los altos estudios y renuncia a las tentaciones de la política baja, de los partidos oportunistas, de las ambiciones humanas aunque legítimas y brillantes.

Los dos coinciden en haber pasado la mayor parte de su vida fuera de Extremadura, pero los dos viven con la preocupación, cada uno a su propio nivel, por la problemática de Extremadura a la que se vuelven con frecuencia.

La política derrotista y derrotada tierra los horizontes de Alonso en España y en el exilio durísimo de la modesta infantería partiendo del cero casi absoluto rehace con tenacidad y ánimo extraordinario su vida y su hacienda, que acaba siendo notable y más que decorosa. La política pequeña y partidista de la que se evadió hábilmente Elías de Tejada pudo rozarle alguna que otra vez, pero no llegó a perturbar su trayectoria de intelectual abierto, universal, infatigable.

Los dos llegaron a matrimoniar fuera de Extremadura: Alonso en tierras abulenses, Elías en tierras napolitanas, el día de su boda, celebrada en la Almudena de Madrid -pude comentarle que Nápoles era reino hispánico- título de una obra histórica de Elías de Tejada; pero uno y otro fallecieron sin dejar en este mundo más que una viuda sin la trascendencia de los hijos.

Dos vidas paralelas de dos extremeños que pudieran ser el punto de partida para otras vidas paralelas que prosigan también en Extremadura la norma formulada hace 19 siglos por Plutarco de Queronea, al que podemos plagiar títulos y métodos, pero al que debemos completar con visiones posteriores de tantas vidas paralelas.

Alonso recuerda en Mes Bergeries Pierre Bayrou, del racionalismo, del agnosticismo más decididos, que nombres tan malévolos y ridículos, a medida que fue avanzando en edad sintió el desconcierto, la revuelta interior, la ruptura consigo mismo, la tristeza. Pero se fue haciendo más prudente, más reflexivo, más atento acaso más sabio.

Elías en cambio fue el hombre religioso de toda la vida que se afianzó en sus convicciones y conocimientos, que nunca derivó hacia oportunismos heterodoxos, que pudo tener una carne flaca, pero que mantuvo su espíritu siempre enhiesto y sujeto a la brújula de su catolicismo consciente, reflexivo e iluminado.

Zaragoza, 20 de septiembre de 1978