Nov 102017
 

Francisco Cillán Cillán.

Los almagristas vivían en un ambiente de desesperación en la ciudad de los Reyes, consecuencia de las muchas necesidades que pasaban desde la batalla de las Salinas (6 de abril de 1538) en la que fue derrotado Diego Almagro, el Viejo, y posteriormente ajusticiado. Situación que chocaban con la paz y el sosiego del que gozaba Francisco Pizarro en estos últimos años de su vida y la opulencia de muchos de sus partidarios.

 

El rey de España. Carlos I, para zanjar el conflicto, que había surgido tras la creación de la provincia de Nueva Toledo, entregada a Almagro, con los límites de Nueva Castilla, de la gobernación de Pizarro, nombró el 15 de junio de 1540 un Juez de residencia en la persona de Cristóbal Vaca de Castro, natural de León, oidor de la Audiencia de Valladolid, hombre prudente y cauto, para que fuera a poner orden al Perú ante tanto desconcierto. Entre otras muchas misiones llevaba el encargo de fijar la situación de Cuzco dentro de una u otra gobernación. Además de informarse del comportamiento del Marqués y de transmitir la información al Consejo de Indias, sin que pudiera sentenciar. Sí podía juzgar y procesar a los culpables de robos, escándalos y muertes. El Rey comunicó a Pizarro y demás autoridades la llegada de Vaca de Castro, al que dio un plazo de tres años para el desempeño de su misión, con el sueldo anual de 5.000 ducados. Y le prometió que en caso de que muriese en el desempeño de sus funciones daría a su esposa doña María Quiñones doscientos ducados de renta, y dispensaría mercedes y gratificaciones a sus hijos.

 

El presidente del Consejo de Indias era el cardenal García de Loaysa, perteneciente a una ilustre familia extremeña, que sentía gran simpatía por su paisano el Conquistador y siempre intentó favorecerlo. Y cuando fue nombrado Vaca de Castro para tan alta responsabilidad le dijo: “El gobernador Francisco Pizarro, creedme a mi señor, es un bendito hombre e que con él faréis lo que al servicio de Dios e del Rey conviene”. Pero los almagristas vieron en dicho nombramiento las consecuencias de los manejos de Hernando ante el dicho Consejo, por lo que el cardenal Loaysa le había encomendado la causa. Estas ideas las transmitieron a sus partidarios del Perú quienes cogieron gran inquina al cardenal, y un día quisieron quemar su figura en la plaza pública de Lima, y si no lo hicieron fue por que lo impidieron los dominicos, afirma Raúl Porras.

 

Pizarro creía que con la llegada del Comisionado real se iban a solucionar los problemas y se terminaría el rencor y el distanciamiento insalvable que había producido la toma de Cuzco por los almagristas, y, como consecuencia, la batalla de las Salinas. No sospechaba, que a decir de Raúl Porras, el Justicia venía inclinado a entregar la capital de los incas a Almagro. Por otra parte, Pizarro consideraba suya la citada ciudad, pues le correspondía por derecho de conquista y porque tras la ampliación de sus dominios en 70 leguas, concedidas por Carlos I antes de la creación de la nueva provincia, entraba dentro de las 270 leguas otorgadas. Y, además, estaba tan identificado con las tierras peruanas que las consideraba como su auténtica patria. El poeta anónimo, que llegó a conocerlo y luchó a su lado, lo atestigua en los siguientes versos, que pone en boca del Marqués, cuando trazó la raya en la Isla del Gallo y tal vez llegara a repetir ahora:

 

Yo quiero seguir en esta tierra,

quien della me saca más me destierra,

porque ésta tengo por muy natural.

(Anónimo, 1537: CLXXIV)

 

Los de Chile, que era el apelativo que se daba a los almagristas, por lo general eran hidalgos empobrecidos, que en su mayoría llegaron al Perú con Pedro Alvarado en el 1534, lo mismo que habría sucedido a los Pizarro de haber seguido en su tierra natal. Se habían trasladado a las Indias Occidentales con la intención de mejorar su situación económica y social, y al no conseguirlo, andaban desconcertados. El Marqués que era “noble y generoso”, se había visto obligado a quitarles los indios, por lo que tuvieron que compartir los pocos alimentos que conseguían e incluso la ropa. Hubo un grupo de compañeros, hospedados en la misma posada, que compartían por turno una capa raída que poseían cada vez que salían a realizar alguna gestión, a los que se conocía como los “Caballeros de la Capa”, afirma Cieza, apelativo que se generalizó a todo el grupo. Y para comer juntaban los dineros que tenían o ganaban en el juego y Juan de Herrada lo administraba. “Así estuvieron socorriéndose unos a otros, sin querer recibir cosa alguna de los del bando de Pizarro, por mucha necesidad que tuviesen” (Inca Garcilaso, lib. III: Cap. V).

 

Los pizarristas, al ver la postura que habían adoptado, “aunque les veían morir de hambre, no les ayudaban con cosa ninguna, ni querían en sus casas darles de comer” (Chupa: Cap. XXVIII). Incluso, aprovechaban el desconcierto y mala fortuna de sus enemigos para burlarse de ellos, e inventaban coplas, chuflas o montaban parodias y charangas callejeras animadas con decires y cantares, que ponían en evidencia al adversario, y ocasionaban más daño que el castigo físico. Las coplas satíricas y burlescas tenían una función festiva y trágica al mismo tiempo. Mientras unos se divertían cantándolas, otros se sentían zaheridos por sus adversarios. Las burlas y parodias existieron siempre en toda la conquista del Perú, y aparecieron en los momentos más significativos.

 

Algunos por elogiar al Gobernador y ofender a los de Chile inventaron una farsa que se representaba en Cuzco en ciertos días festivos. Un indio “trasijano y tuerto” se paseaba por la ciudad montado en una mula, mientras se limpiaba el ojo con un pañuelo, a la vez que “lloriqueaba ridículamente”. El grupo que le acompañaba le preguntaba con ironía y mofa: ¿Cómo te llamas? Y él respondía: Almagro. Sus acompañantes seguían con la bufonada y decían: “Daca la provisión”. Y el indio, que hacía de bufón, sacaba del pecho unos naipes, causando la risa y carcajadas de todos los participantes. Raúl Porras dice que “así se burlaban los soldados de Cuzco de la desmedrada figura física del Manchego, de su ciclópeo defecto, de sus ínfulas de Gobernador y de su pasión por el juego”. Y estos escarnios herían más la sensibilidad de los almagristas que los castigos corporales, por lo que se quejaban de que se burlasen de la pérdida del ojo que había sido en servicio de S. M. (Porras Barrenechea, 1978: 587).

 

El Inca Garcilaso, 2ª parte, lib. III: Cap. VI, afirma que los de “Chile, para descuidar al Marqués echaron fama que Vaca de Castro era muerto”. Y tanto lo repitieron que incluso ellos mismo llegaron a creérselo, vista su tardanza en llegar. El Comisionado no se apresuró por ir a resolver los asuntos. En octubre aún no había salido de Sevilla. A primero de enero de 1541 llegó a Santo Domingo y de allí partió para Panamá a mediados de dicho mes. Rechaza un galeón que le ofrece Pizarro para su traslado rápido a Lima y busca vías de comunicación más complicadas que retrasan su llegada y producen la angustia y la desesperación en ambos bandos litigantes. Parece que tuvo mal viaje por el mar, lo que hizo que desembarcara en Buenaventura. Pasa a Cali, Popayán, Quito[1], en lo que tardó seis meses, cuando por mar hubiera llegado en unos catorce días. Durante ese tiempo se producen acontecimientos trascendentales como el asesinato del Marqués. Llevaba una Real Cédula, emitida el 9 de septiembre de 1540, en la que se le nombraba miembro del Consejo de Castilla y recibía poderes para reemplazar a Pizarro en la gobernación del Perú en caso de que falleciera, lo que le predisponía a dejar que los acontecimientos se desarrollaran por sí solos, consciente de que le podrían favorecer. De esta forma su prolongado retraso favoreció la invención del bulo de su posible muerte, que se propagó en diversas coplillas, que se emitieron en momentos festivos principalmente.

 

En la festividad del Corpus del 1541, que se celebraba con gran solemnidad en Lima, como en el resto de España, iba un villano zafio y bellaco a quien llamaban Pizarro zapatero, que divertía al público con sus cabriolas y piruetas, cuenta Raúl Porras, mientras cantaba:

 

¡Viva la gala del Marqués

e la vaca dio al través!

 

Pues creían que el Juez de residencia, Vaca de Castro, había naufragado entre Buenaventura y la isla del Gallo. Esta coplilla exasperaba aún más a los almagristas y los ponía más nerviosos, ya que esperaban que con su llegada se solucionarían todos sus problemas. El público maliciosamente aplaudía y coreaba otro pareado, surgido de la improvisación.

 

¡Viva la gala! ¡Viva la gala!

que la vaca es abarrancada.

(Porras Barrenechea, 1978: 588)

 

A veces la copla ya venía preparada y los partidarios del Manchego se sentían más ultrajados, porque se dirigía directamente a ellos, pidiendo su muerte.

 

Mueran, mueran los enemigos

del gobernador Pizarro,

y viva él y sus amigos,

que embarrancada es la Vaca.

(Coello, 2001: 238)

 

Este ambiente enrarecido es el que se vivía en Lima, a pesar de que el Conquistador hacía todo lo posible por apaciguar la situación, mientras los almagristas cada vez más sumidos en la pobreza y enardecidos deseaban su muerte. Cronistas de Indias, como Pedro Pizarro, Zárate, Gomara, Garcilaso, entre otros recogen el hecho histórico del asesinato de Francisco Pizarro, pero de todos ellos Pedro de Cieza de León en su Guerra de Chupas, libro segundo de la Cuarta Parte de la Crónica del Perú, es el único que la presenta como la de un héroe de epopeya. Cieza muestra una serie de acontecimientos anteriores al atentado que van preparando el camino para el desenlace fatal, como sucede en los poemas épicos. En un día significativo acontece un hecho, aparentemente intrascendente, que los almagristas toman por un pronóstico de mal augurio. Antonio Picado, el secretario del Marqués, sale a acaballo, como los demás vecinos, para festejar la proximidad de la fiesta de San Juan, y toma en las ancas del animal al loco Juan de Lepe, que por entonces estaba en Lo Reyes, y éste comenzó a entonar: «Esta es la justicia que mandan hacer á este hombre». Los de Chile que le oyeron se holgaron de ello y dijeron “que ellos tenían esperanza que el dicho del loco era profecía», y que “sus enemigos serían vengados con semejantes palabras” (Chupas: Cap. XXVIII)[2].

 

Hubo otros acontecimientos que delatan el ambiente previo al asesinato. Cuenta López de Gomara y Agustín de Zárate que una noche los almagristas ataron tres sogas de la picota y pusieron una en dirección de la casa de Francisco Pizarro, otra del alcalde y doctor Juan Vázquez y la tercera del secretario Antonio Picado, y el Gobernador no hizo nada por castigar aquella insolencia y osadía. Zárate, lib. IV: Cap. VI, añade que “el Marqués era tan confiado y de buena condición y conciencia, que respondía que dejasen aquellos cuidados, que harta mala ventura tenían (los almagristas) viéndose pobres y vencidos y corridos”. Pero todo ello dio alas para que los de Chile se crecieran más y perdieran el respeto al Gobernador, “tanto que algunas veces los más principales pasaban por delante del sin quitarse las gorras ni hacerle otro acatamiento”. Y abusando de ese exceso de confianza, se juntaban sin recelo, hasta venir desde doscientas leguas del reino, donde estaban desterrados, a reunirse con sus líderes para tratar de la muerte del Marqués.

 

Agustín de Zárate asegura que existía “por la ciudad un rumor, acompañado de un silencio profundo entre los indios, diciendo que ya se acercaba el día final del Marqués, en el cual había de ser por los de Chile muerto”. El rumor se apreciaba en los mercados, corría por las calles de la ciudad y las indias lo transmitían a sus amos. Un día el electo obispo de Quito, Garcí Díaz, le dijo al Gobernador lo que sucedía, y éste lo echó a broma, diciendo que eran cosas de indios[3]. Estaba tan convencido de su buen hacer, de que era querido y respetado por sus conciudadanos, pues muchos días bajaba acompañado tan solo de un paje desarmado a ver las obras del molino, que estaba haciendo junto al río, sin que nadie le hiciera daño ni él lo sospechara. Pero el rumor de su muerte era tan intenso que muchos le advirtieron de ello, a los que respondía “que las cabezas de los otros guardarían la suya”. Otros le aconsejaban que llevara gente que le protegieran, y él les decía: “que no quería que pareciese que se guardaba del Juez que S. M. enviaba” (Zárate, lib. IV: Cap. VII) y (Gomara: Cap. CXLIV)[4]. Mientras, Diego Almagro, el Mozo, se hacía acompañar por varios hombres armados, y Cieza afirma que Juan de Herrada, el cabecilla de la conjura, cuando salía, iba siempre armado y escoltado por veinte o treinta de los suyos.

 

Pedro Pizarro da explicación a la primera frase de diferente forma. Cuenta que cierto día un cacique dijo a un vecino de Cuzco, llamado Gregorio de Setiel: – “Hágote sauer que los de Chile an de matar al apo macho”. Los indios llamaban “apo” al “señor”, y “macho” equivalía a “viejo”, que era el nombre que los nativos en señal de respeto daban a Pizarro, pues así se lo había dicho su “guaca”, que era el lugar donde habla el demonio o su dios. Y si no me crees, ven conmigo y verás como lo dice. El amo quedó sorprendido cuando la “guaca” contestó: -“Es verdad: yo te dije que lo quieren matar”. Y escribió al Marqués contándole lo sucedido, a lo que respondió, como solía hacer, sin dar la mayor importancia al hecho: – “Su caueza guardara la mía” (Pizarro, 1571: Cap. XXVIII).

 

El Gobernador no era amigo de tomar precauciones ni represalias, confiaba en su valor, en su fuerza y en la creencia de que no tenía enemigos, y menos entre los españoles, a los que había dado un imperio donde cada uno podía labrarse su porvenir mejor que en su tierra natal. Varios cronistas cuentan un hecho premonitorio, aunque con variaciones incluso significativas unos de otros, quizás propia de la mutabilidad que sufrió el acontecimiento, al pasar de unos a otros oralmente. Nosotros seguiremos a Cieza de León, introduciendo aquello que nos parezca relevante de otros autores. En cierta ocasión los jefes de los almagristas recibieron noticias, que tuvieron por muy ciertas, de que el Marqués recogía armas para prenderlos, desterrarlos o darles muerte, aunque él siempre lo negó, y no era creíble por su forma de ser, pues aunque algunos le habían aconsejado que los echara de la tierra, él les respondió “que nunca tal cosa hiciera”, pues tenía por lema “hacer de los enemigos amigos”, como le aconsejó a su medio hermano Juan, cuando le eligió por su teniente de gobernador de la ciudad de Cuzco. Sin embargo, los de Chile por consejos de Cristóbal de Sotelo, Francisco de Chaves y otros decidieron conseguir armas, bajo el pretexto de defenderse si venían a prenderlos o a matarlos. Cuando el Marqués se enteró mandó llamar, por mediación del obispo electo de Quito, a Juan de Herrada, quien se presentó ante Pizarro con quien tuvo un sustancioso y premonitorio diálogo[5], mientras ambos interlocutores aclaran sus posiciones. El Gobernador se encontraba en una huerta, hasta donde llega el cabecilla de los amotinados al que pregunta:

 

“¿Qué es esto Juan de Herrada, que me dicen que andáis comprando armas, aderezando cotas, todo para efecto de darme la muerte? Juan de Herrada le respondió: «Verdad es, señor, que yo he comprado dos pares de coracinas é una cota, para defender con ello mi persona. El Marqués dijo: «¿Qué causa os mueve agora a buscar armas más que en otro tiempo? Juan de Herrada tornó a responder e dijo: Porque nos dicen y es público que vuestra Señoría recoge lanzas para matarnos a todos, y diciendo esto dijo más: Ea, pues acabemos ya y vuestra Señoría haga de nosotros lo que fuere servido, pues que habiendo empezado por la cabeza, no sé yo porque se tiene respeto a los pies. Y asimesmo dicen que vuestra Señoría ha mandado matar al Juez, y si piensa matar a los de chile no lo haga, destierre en un navío a don Diego, pues es inocente y no tiene culpa, que yo me iré con él a donde la ventura nos quiera echar. El Marqués, con rostro airado, dijo: «¿Quién os ha hecho entender tan gran maldad o traición como es ésa? porque nunca yo lo pensé; y el Juez más deseo yo de verlo acá que no vos… el otro día salí a cazar e no vide en cuantos íbamos una lanza, e mandé a mis criados que marcasen una y ellos mercaron cuatro. Plega a Dios, Juan de Herrada, que venga el Juez, e Dios ayude a la verdad y estas cosas hayan fin” (Chupas: Cap. XVIII).

 

Francisco López de Gomara y Agustín de Zarate consideran que fue Juan de Herrada quien se dirigió a la casa de Pizarro, acompañado de cuatro compañeros a preguntarle si era verdad que quería matar a don Diego Almagro y a sus criados. A lo que respondió el Gobernador que no quería ni pensaba realizar tal acción. El diálogo se reduce con una respuesta contundente por parte del almagrista y una aclaración por parte del cronista.

 

“Juan de Rada le respondió que no era mucho, que, pues Su Señoría compraba lanzas, que ellos comprasen corazas para defenderse. Y tuvo atrevimiento para decir esto, porque bien cerca de allí dejaba en retaguardia más de cuarenta hombres muy bien armados” (Zárate, lib. IV: Cap. VII).

 

La postura de uno y otro es clara, la confesión abierta de adquisición de armas con un fin defensivo por parte de los de Chile, aunque en el fondo guardan la preparación del asesinato. El rencor por el ajusticiamiento de su jefe. La situación desesperada de hambre, pobreza y abandono en que se encuentran los almagristas. La fidelidad incondicional al hijo del líder muerto, como heredero del gobierno. Por otra parte está la indignación de Pizarro cuando escucha el bulo que se han levantado sus enemigos, y el deseo de que venga el Juez para que ponga fin a los odios entre castellanos. Al final de la escena el cronista habla del amor que Pizarro muestra a Herrada, y del gesto respetuoso que él tiene hacia el Gobernador. Un contraste claro entre la sinceridad de uno y la hipocresía del otro, en una aparente ceremonia amistosa. Y continúa el historiador al que seguimos:

 

“El Marqués, mostrándole más amor, le dijo: «No plega a Dios que yo haga tan gran crueldad». Juan de Herrada se quitó la gorra e se quiso ir, e ya que se iba, estaba allí un loco que se llamaba Valdesillo, y díjole al Marqués: «¿Cómo no le das de esas naranjas a Juan de Herrada?» Y el Marqués le respondió: «Por Dios que dices bien e yo no miraba en tanto». Y entonces el mesmo Marqués cortó con su mano media docena de naranjas del árbol, que eran las primeras que se daban en aquella tierra, e dióselas a Juan de Herrada” (Chupa: Cap. XXVIII).

 

Agustín de Zárate y Francisco López de Gomara eliminan del episodio la intervención del loco, y es el mismo Pizarro quien toma unas naranjas y se las da a Juan de Herrada, “que entonces por ser las primeras, se tenían en mucho, y le dijo al oído que viese de lo que tenía necesidad, que él lo proveería. Y Juan de Rada le besó por ello las manos”, y marchó donde le esperaba el resto de los conjurados.

 

Pizarro, dejándose llevar de su bondad y generosidad, ofrece los primeros frutos de su esfuerzo y de las tierras recién conquistadas por él y sus hombres. Herrada quiere todas las riquezas del Perú y parte a reunirse con los conjurados. Es significativo que el asesinato de Pizarro coincida con los primeros frutos obtenidos tras el esfuerzo del trabajo de su conquistador. Por otra parte, contrasta la postura conciliadora del Marqués con el cinismo del adversario. Mientras, los pizarristas adoptan un comportamiento muy diferente, valiéndose de su posición de vencedores se mofan continuamente de los vencidos. Cuenta el Inca Garcilaso, lib. III: Cap. VI, que una persona tan allegada al Gobernador, como era su secretario Antonio Picado, salió aquellos días montado en su jaca y se paseó por delante de la puerta del hijo de Almagro, mientras lucía “en la gorra una medalla de oro muy rica, esmaltada en ella una higa, con una letra que decía: “Para los de Chili.”, lo que indignó y encolerizó tanto a los almagristas, que fue un motivo más para que llenos de ira decidieran asesinar al Marqués, aunque algunos decidieron esperar la llegada del Comisionado, convencidos de que resolvería sus problemas.

 

Pizarro era un hombre de profunda religiosidad, encarnada en la devoción a la Virgen, aprendida en su ciudad natal desde niño, lo que le dio una gran fuerza moral en todo el proceso de la conquista. Así lo atestigua en su testamento, donde afirma, refiriéndose a la Madre de Dios: “Yo la he tenido por abogada y señora de todos mis hechos”. Pero también confiaba plenamente en su fortaleza física, a pesar de la edad. Era alto y seco de figura esbelta y atlética, de buen rostro cubierto de barba rala, con cabellos blancos, y cuerpo ágil y jovial, aunque escuálido y algo arqueado por las muchas hambres y fatigas que había pasado, dirá Raúl Porras, y tendríamos que añadir que por el paso de los años[6]. Como persona era muy animosa, valiente, hombre de palabra y de gran verdad, pero, a pesar de la evidencia, confiaba en que no tenía enemigos. No podía entender que su signo estuviera marcado por lo trágico y su muerte, próxima. Como en las grandes tragedias una señal astral apareció, que según la creencia indígena e incluso de los españoles vaticinaba un acontecimiento fatal. Cieza asegura que unos días antes del asesinato del Marqués estaba la luna llena y clara y declinó su color “á rubia sangre la mitad della, y la otra mitad negra, y mostraba lanzar de sí unas esponjas, todos de color de sangre, muchos hubo que lo vieron así como yo lo cuento”, dirá Cieza (Chupas: Cap. XXXI)[7].

 

Vaca de Castro no llegaba y corrían rumores de que había muerto. Los de Chile se hundieron en la desesperación, al no tener a quien recurrir para que les hiciera justicia del agravio en el que creían encontrarse. Humillados frecuentemente y pasando necesidad, deciden matar al Gobernador como única solución a sus problemas. Los cronistas consideran que hubo otras intentonas de asesinato anteriores a la fecha del crimen. La festividad del Corpus Christis de ese mismo año fue en un principio la elegida, pero tal vez consideraron un día poco adecuado, y decidieron que fuera el mismo día de San Juan, como asegura Gomara erróneamente que sucedió, y Cristóbal de Sotelo lo impidió, afirmando que no convenía hacer tal cosa por entonces hasta que no viniese el Juez, y si una vez que estuviera allí no hacía justicia recta o se inclinaba hacia el Conquistador, matarían a los dos. “El buen Marqués andaba tan descuidado de que le matasen los de Chili, como ellos ansiosos de matarle” (Inca Garcilaso, lib. III: Cap. VI).

 

Pasado el día de San Juan, Herrada habló con Almagro el Mozo y le dijo que tenía noticias del arribo de Vaca de Castro a las costas peruanas, pero que venía sobornado por los dineros que había mandado el Marqués a España, y sospechaba que Pizarro quería matarlos, por lo que habían determinado darle muerte, y de esta forma vengar el ajusticiamiento del Mariscal. Don Diego, el Mozo, era muy joven para tomar decisiones de tanto riesgo y trascendencia y se limitó a decirle “que antes que se determinase á nada, que pensase bien lo que había de hacer”. Herrada no dudó en convocar una asamblea e informar de la situación, que él suponía se había creado, a sus compañeros. Y decidieron matar al Marqués de la manera que fuese.

 

El licenciado Carvajal, que había escuchado los rumores de asesinato que corrían por la ciudad, llamó a Juan de Herrada y le dijo que se atuviese a las consecuencia si era cierto lo que se oía. Pero Herrada cínicamente le respondió que ellos no tenían ninguna intención de ser desleal al Marqués, pues esperaban la llegada del Comisionado, porque pensaban que haría justicia correctamente. Y el Licenciado, no fiándose, avisó al Gobernador para que estuviese acompañado y tomase las precauciones necesarias con los de Chile.

 

Los conspiradores solían reunirse en casa de Diego Almagro, el Mozo, bajo el pretexto de preparar la entrevista con el Comisionado real y demandarle justicia. Dirigían las reuniones Juan de Herrada y Juan Balsa, y la mayor parte de las veces las encaminaban a estudiar la manera de derrocar al Gobernador legítimamente instituido. Los almagristas vivían esparcidos por las diferentes ciudades del reino peruano, pero con la excusa de la llegada de Vaca de Castro se concentraron unos trescientos en Lima, para exponer al Juez sus quejas y demandas. Almagro, el Mozo, vivía en una casa que le había dejado el capitán Gerónimo de Aliaga, a ruegos de Gómez de Alvarado, sita en la esquina opuesta en diagonal a la de Pizarro en la plaza principal de la ciudad. El Marqués conocía todos esos conciliábulos que tenían sus adversarios y no hacía nada por impedirlos.

 

La noche antes del crimen, el sacerdote Alonso Enao dijo al secretario Picado: – “Mañana Domingo, quando el Marqués saliere a misa, tienen concertado los de Chile de matarlo, y a vos y a sus amigos”. Esto me ha dicho Francisco de Herrada en confesión para que os venga a avisar. Y Picado se lo contó al Gobernador, a lo que respondió: – “Ese clérigo, obispado quiere. Ya os e dicho, Picado, que su caueza guardará la mía” (Pizarro, 1571: Cap. XXVIII)[8]. Esta es la versión que da Pedro Pizarro de la fatídica noche anterior al crimen, muy distinta a la que ofrecen otros cronistas. Agustín de Zárate asegura que el citado clérigo fue donde estaba el Marqués cenando con sus hijos y su hermano, Francisco Martín de Alcántara, a quines contó lo que sabía acerca de su muerte. El Gobernador, que no podía creer lo que oía, pues Herrada le había asegurado que no pretendían matarle, se lo hizo saber a su secretario, Antonio Picado, y ambos con algunos indios, alumbrados con antorchas fueron a casa del alcalde mayor de Lima, Juan Velázquez, que se encontraba en cama y quien le tranquilizó asegurándole “que en tanto él tuviera aquella vara en la mano no se osaría revolver nadie en toda la tierra” (Zárate, lib. IV: Cap. VII). Luego convocaron a Francisco de Chaves[9] para determinar lo que debían hacer, y decidieron que Pizarro al día siguiente, que era domingo, no fuese a misa y la escuchara en su domicilio, bajo el pretexto de que estaba enfermo. Y por la tarde prenderían a Diego Almagro, el Mozo, a Juan de Herrada y Juan de Balsa, por ser los instigadores. Posteriormente cada uno marchó para su casa y el Marqués se fue más sosegado confiando en el buen hacer de su alcalde.

 

Los almagristas no sabían que decisión tomar, pues mientras unos consideraban que lo mejor era dar muerte al Marqués y terminar con aquella incertidumbre y el estado de pobreza en que se encontraban sumidos, otros preferían marcharse a sus pueblos y lugares de residencia y olvidarse de lo ocurrido hasta que viniese el Juez para que él decidiera. Algunos afirmaban que el Gobernador estaba al tanto de todo lo sucedido y tomaría represalias severas contra ellos. Herrada les dijo que trajeran las armas que tenían, y el tiempo decidiría lo que se debía hacer.

 

Juan de Herrada o Rada[10] era el jefe de los conspiradores. Se cree que nació en Badajoz, aunque otros le consideran oriundo de Navarra. En el 1541 tenía 51 años. Llegó al Perú con Pedro Alvarado en el 1534, tras una larga experiencia como conquistador, y pronto formó parte de las huestes de Diego Almagro, ocupando puestos de responsabilidad. El Manchego le concedió la tutoría de su hijo, que “ejerció con rigidez y lealtad”[11] y estuvo junto al Mariscal en la entrevista de Mala. Era silencioso y moderado, tenaz y resuelto, hombre de acción y de pocas palabras, de bastante ecuanimidad, incapaz de tratar con el enemigo ni de perdonar agravios. Carecía de simpatía, pero inspiraba respeto, los escritos de la época no reflejan ninguna tacha moral de su persona. Apasionado, sincero y algo utópico en sus aspiraciones de justicia. Arrojado y sereno son los calificativos que le da Raúl Porras, quien agrega: fue “el cabecilla de los de Chile que los llevó por caminos inflexibles, como mal político, pero como leal y valiente capitán” (Porras Barrenechea, 1978: 594).

 

Aquella noche pasaron un gran número de almagristas en la casa de don Diego, y a la maña siguiente, viendo que el Gobernador no venía a misa, como de costumbre, mandaron al cura vizcaíno para que se informara de lo sucedido. Aconteció que Pizarro había pedido un sacerdote para que dijera la misa en su casa, según lo acordado, y, cuando llegó, se ofreció él mismo. Entre burlas y veras el vizcaíno dijo al Marqués que estuviera atento porque le querían matar, pero él se lo tomo a bromas[12]. Los de Chile enviaron de nuevo a otros dos espías para que se informaran de cuanto sucedía, Juan Ortiz de Farate o Zárate, vecino de los Charcas, y Ramiro de Valdés[13], un truhán, dirá Pedro Pizarro. Así lo atestigua una cancioncilla que los almagristas entonaban ufanos de su triunfo, y que recoge el profesor peruano.

 

Orticico fue el espía, y Valdés

de este mal que hecho es

(Coello, 2001: 238)

 

Una vez que tuvieron conocimiento de lo sucedido, decidieron abandonar el aposento de don Diego de uno en uno, como si allí no hubiera pasado nada y negar toda evidencia si los preguntasen acerca de lo ocurrido. Pero el sino de las personas tiene mucha fuerza y aconteció que un tal Pedro de San Miguel, “de los Boçudos de Segovia”, cobarde y muy flaco, poco diestro en el manejo de las armas, abrió la puerta y salió a la plaza armado con una rodela embrazada, y dando voces dijo: – “Salid todos y vamos a matar al Marqués, y si no, yo diré como estauamos para ello”. Y, una vez que Juan de Herrada y los demás se vieron descubiertos de su estratagema, salieron tras de él un número determinado de hombres y se dirigieron a la casa del Gobernador[14].

 

Cieza de León da otra versión de los hechos. Afirma que el tal San Miguel entró exaltado en la casa de don Diego, donde estaban todos reunidos y dirigiéndose a Herrada que se encontraba en la cama, le dijo: – “¿Qué hacéis, que de aquí á dos horas nos han á todos de hacer cuartos?” Esto me ha dicho el tesorero Alonso Riquelme. Pero Cieza excusa al tesorero y considera que era una invención del exaltado; mientras Raúl Porras asegura que Riquelme inventó el bulo, pues era “repulsivo y díscolo”. Había estado al lado de Pizarro desde 1529 hasta su muerte y fue en todo momento su mala sombra, que finge amistad y siempre le traiciona. Fue el principal instigador de la muerte de Atahualpa y culpó al Conquistador de ella. Trató de dividir a los expedicionarios en Santa Elena y entregará al final a Picado a los almagristas para que lo maten[15].

 

Aquel domingo varios vecinos al salir de misa, al ver que el Gobernador no asistió, fueron a visitarle y luego se marcharon para sus domicilios. Serían las once o las doce de la mañana, según la opinión de diferentes cronistas de la época, aunque otros consideran que era la hora en que todos comían[16], cuando Juan de Herrada aconsejó a don Diego que se quedara en casa y tomó a sus doce mejores hombres: “Martín de Bilbao, Diego Méndez, Cristóbal de Sosa, Martín Carrillo, Arbolancha, Hinojeros, Narváez, San Millán, Porras, Velásquez, Francisco Núñez, y Gómez Pérez”, a los que armó con cotas, coracinas y alabardas, dos ballestas y un arcabuz (Inca Garcilaso, lib. III: Cap. VI)[17]. Salieron de la casa de don Diego Almagro, el Mozo, que estaba a la izquierda de la catedral, y siguieron toda la plaza al sesgo hasta el domicilio del Marqués, que se encontraba en el otro rincón de la plaza. Antes había dado orden a Pedro Picón, natural de Mérida, a Francisco de Chaves, capitán que fue de Almagro el Viejo, y a Marchena para que salieran a caballo a la plaza para tenerla segura[18]. Y a cara descubierta, con las espadas desnudas, cruzaron el recinto público, con el asombro de los que en él estaban sin que nadie hiciera nada por detenerlos. Mientras gritaban, según algunos historiadores, ¡Viva el Rey! ¡Mueran traidores!, aunque Gomara y Garcilaso aseguran que el grito fue “¡Muera el tirano traidor, que ha hecho matar al juez que el Emperador enviaba para su castigo!”[19]. Decían eso para que la gente se indignara contra el Marqués y no salieran a defenderlo. Al llegar a la casa del Gobernador, Herrada dejó a un compañero en la puerta de la calle para que cuando ellos entraran gritara que ya habían matado a Pizarro, y de esta manera acudieran todos los de Chile, que eran más de doscientos, en su ayuda, mientras él subía con los otros diez (Gomara: Cap. CXLIV).

 

Raúl Porras sigue a Cieza y considera que hubo entre veinte o treinta conjurados, casi todos hidalgos. Y cita a varios: Cristóbal de Sotelo, hombre tolerante; García Alvarado, impetuoso; Francisco de Chaves, el más decidido de los almagristas, primo del lugar teniente del Marqués de igual nombre[20]; Martín Carrillo y Francisco Peces, que serían elegidos alcaldes de Lima posteriormente; Juan Rodríguez Barragán, hombre de “mala lengua, enconado y vengativo”, que fue con anterioridad criado de Pizarro y presentó una lista de los delitos cometidos por diferentes pizarristas[21]. El profesor peruano presenta también un listado de gentes “desocupadas y turbulentas” de poco renombre, a los que califica de “rostros patibularios, malas trazas, torvos gestos”, entre los cuales estaban Santiago, el de la cuchillada, porque tenía una cicatriz que le cruzaba la nariz; Juan y Antón, hermanos de Almagro, pobres villanos; Ramírez, el Manco; Pedro de Porras; Francisco Coronado, el Alto; Juan Navarro, el de la Pedrada. Continúa con el grupo de los vizcaínos, “los más impetuosos y decididos”, tales como Alonso de Enriquez, antiguo médico del Mariscal; Bartolomé de Arbolancha; Jerónimo Zurbano, clérigo; Juan Balsa; Martín de Bilbao, al que considera el autor de la estocada mortal a Pizarro (Porras Barrenechea, 1978: 595).

 

El Gobernador se encontraba reunido con su hermano Francisco Martín de Alcántara, el doctor Juan Velázquez, el capitán Francisco de Chaves, el bachiller don Garcí Díaz Arias, obispo electo de Quito, el veedor García Salcedo, Juan Ortiz de Zárate[22], Alonso de Manjarre, don Gómez de Luna, el secretario Pedro López de Cáceres, Francisco de Ampuero[23], Diego Ortiz de Guzmán, el capitán Juan Pérez, Alonso Pérez de Esquivel, y otros muchos. En total unos cuarenta hombres en el domicilio, armados únicamente con capa y espada. Un paje del Marqués, Diego de Vargas, hijo de Gómez de Tordoya[24], que oyó las voces, salió a ver que sucedía y vio a los de Chile que venían cruzando la plaza con gran alboroto.

 

Diego de Vargas, asustado y tembloroso, volvió donde estaba el Gobernador y dando voces dijo: – “¡Armas, armas, que vienen a matar al Marqués! Y dirigiéndose a su amo exclamó: – “Señor: los de Chile vienen a matar a Vuestra Señoría”. Cuando el Gobernador lo oyó dijo a Francisco de Chaves, que era natural de Trujillo en la Extremadura española: – “Señor Chaves: cerrad esa puerta y guardádmela mientras me armo”. Pero el desleal trujillano, a quien el Marqués en su testamento de 1537 le había nombrado tutor de sus hijos y le asignaba el cargo de gobernador en la minoría de su vástago, en caso de su fallecimiento y ausencia de su hermano Gonzalo, abrió la puerta.

 

La casa del Marqués tenía dos patios, en el primero había una puerta estrecha y fuerte, que de haber echado el cerrojo, como dijo Pizarro a Chaves, no hubieran podido entrar en ella ni doscientos hombres que vinieran, afirma Cieza. El otro espacio abierto tenía una puerta, que si se hubieran puesto los que en el interior estaban tampoco hubieran conseguido entrar los amotinados. Las habitaciones estaban agrupadas alrededor de los patios. En el segundo se encontraban la sala, la cámara y la recámara del Gobernador. Al fondo había una huerta cercada con una tapia con puerta trasera.

 

Francisco de Chaves se encontraba en el corredor, delante de la puerta que acababa de abrir y allí se topó con los de Chile que venían subiendo las escaleras y les dijo: – “No a los amigos”[25]. Pero Juan de Herrada, que iba de los primeros, no le respondió y dio de ojo a los que venían detrás para que lo matasen y en medio de las escaleras cayó muerto con la cabeza seccionada y recibir múltiples estocadas, sin poder siquiera sacar la espada. Los demás huían despavoridos o se escondían debajo de las camas o en los armarios, al oír el griterío que traían. El doctor Juan Velázquez corrió hacia una puerta y de allí a una ventana que daba al río y con la vara de la justicia en la boca, para no llevarla en la mano y así se cumplieran sus palabras, saltó hacia la calle y corrió sin saber donde esconderse. Lo mismo hicieron otros muchos de tal forma que se quedaron el Marqués con su hermano Francisco Martín y los pajes Diego de Vargas o Tordoya y Cardona solos en la cámara. Pizarro entró a armarse en la recámara mientras los otros dos se pusieron a la puerta para impedir el paso de los amotinados. El Gobernador se colocó la coraza y cogió la espada ancha de la conquista a la que dijo: – “Vení acá vos, mi buena espada, compañera de mis trabajos” (Chupa: Cap. XXXI).

 

Puede que la escena que acabamos de describir sea propia de la imaginación del cronista, y que nunca existiera en la realidad, pues no la he encontrado entre los demás historiadores de la época. Cieza sabe que está narrando los hechos de un héroe y, como en los poemas épicos, crea la prosopopeya en la que el protagonista habla con seres inanimados íntimamente ligados a él. Pizarro adquiere de nuevo la grandiosidad del héroe, mientras casi todos huyen él se enfrenta al peligro, sin miedo ni alboroto, se desprende de una capilla larga de estar en casa, se pone la coraza y con amables palabras personifica a su espada. Es uno de los grandes momentos de su vida, que recuerdan la isla del Gallo y Cajamarca, no quiere que la fama conseguida se pierda en este trance crucial de enfrentarse a la muerte. Se ha transformado en el personaje heroico del que podríamos decir aquellas palabras con las que el poeta calificó al Cid: “El que en buena hora ciñó espada”.

 

Los amotinados entraron gritando: – ¡Muera el traidor! ¡Acabemos con él, que se termina el tiempo y puede que le vengan refuerzos! Y llegaron hasta la puerta donde estaba Francisco Martín de Alcántara y los pajes Cardona y Vargas, quienes luchaban denodadamente por defender la entrada. Ya estaban heridos don Gómez de Luna, Gonzalo Hernández de la Torre, Francisco de Vergara, Ortiz de Zárate, y Hurtado. El Gobernador desde dentro lleno de valor se dirigió a los amotinadores: – ¿Qué desvergüenza es ésta? ¿Por qué me queréis matar? Pero los asaltantes enfurecidos, llamándole traidor, pugnaban por entrar hasta donde estaba sin atender a razones. Con una coracina a medio abrochar salió a recibirlos gritando: – “A ellos, hermano, ¡mueran! que traidores son”. Y durante un tiempo se defendieron con coraje y valentía, “que aunque uenian bien armados y ellos no lo estauan, mataron a dos”. Pero en un lance abatieron a Francisco Martín de Alcántara y a los dos pajes, y el Gobernador se enardeció más al ver a su hermano y a los dos sirvientes muertos en el suelo. Y como si hubiera recobrado la fortaleza y el vigor de años juveniles los llamaba traidores y felones mientras se enfrentaba a la mayoría de los conjurados, sin mostrar flaqueza ni desánimo. Los de Chile cuando vieron que no podían rendirlo, a pesar de la diferencia de edad que los separaba, empujaron a Diego de Narváez para que el Marqués se entretuviera con él y mientras, los otros consiguieron entrar en el recinto. Martín de Bilbao aprovechó el momento para travesarle la garganta con su espada, y los demás descargaron todo el odio y rencor que guardaban sobre su cuerpo gravemente herido a base de estocadas y cuchilladas. Calló al suelo pidiendo confesión, asegura Pedro Pizarro, untó los dedos de su diestra en la sangre de sus heridas, hizo una cruz y la besó. Así expiró «el capitán que de descubrir reinos y conquistar provincias nunca se cansó», escribiría Cieza, nombrando a Cristo, nuestro Dios, y pidiendo confesión. El poeta contemporáneo lo refleja en el último terceto de su soneto con los siguientes versos:

 

Un imperio es tu alfombra. Y hombre luz

no te apagas: te vas sobre la Cruz

que haces tú con tu sangre traicionada.

(González del Valle: 76)

 

El fraile mercenario español ve una estrecha relación entre la cruz que hace el Héroe con su propia sangre y la que un día le concediera el emperador Carlos V al otorgarle el hábito de Santiago, que con tanta ilusión lució en los actos más solemnes, bordada sobre su pecho. Así en Amazonas en Indias pone en boca del nuevo gobernador, Vaca de Castro, las siguientes redondillas, para ensalzar al Conquistador.

 

La cruz que hizo en el postrero

curso de su heroica vida,

sacándola de la herida

que abrió el desleal acero,

autorizó la que al pecho

el Cesar Carlos le puso,

pues católico dispuso

en la conquista que ha hecho

el laurel para eterna grana;

que, en quien triunfo apetece,

más noble la cruz parece

de sangre, que la de grana.

(Tirso de Molina: vers. 1046-1057)

 

Cieza concluye con un extenso epitafio, que nos permite conocer detalles de la vida del Gobernador y no nos deja poner en duda la edad, fecha y hora de su fallecimiento.

 

Fue su muerte á hora de las once del día, á veinte é seis días del mes de Junio, año de nuestra reparación de mil é quinientos é cuarenta y un años; gobernó por él é por sus Tenientes, desde la villa de Plata hasta la ciudad de Cartago, que hay nuevecientas leguas y más; no fue casado, tuvo, en señoras de este reino, tres hijos y una hija; cuando murió había sesenta é tres años é dos meses (Chupas: Cap. XXXI)[26].

 

 

 

 

 

 

Bibliografía

 

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ZÁRATE, Agustín de (1555): Historia del descubrimiento y conquista de la provincia del Perú[28]. Biblioteca Peruana. T. II. Lima. 1968.

 

 

[1] En Quito, que está casi a trescientas leguas de la ciudad de los Reyes, permanece un tiempo.

[2] Zárate en el capítulo VII de su Historia del descubrimiento y conquista del Perú y Gomara en el capítulo CXLIV de su Historia general de las Indias mencionan también el día de San Juan.

[3] Algunos cronistas escriben García Díaz, que era el obispo electo de Quito.

[4] Gomara cambia la sintaxis de la frase, aunque el significado en ambas es el mismo. En la última frase escribe: “no quería traer guarda, porque no dijese Vaca de Castro que se armaba contra él”

[5] Cieza asegura que Juan de Herrada fue solo a la entrevista con Francisco Pizarro, mientras Gomara considera que iba acompañado por cuatro compañeros. Cuneo-Vidal, Cap. LI, admite que iba solo, como acepta la presencia del loco en la huerta, que el Marqués tenía para su distracción.

[6] Se han hecho varias descripciones de Francisco Pizarro, Entre otros, Gomara afirma que era “grosero, robusto, animoso, valiente y honrado; mas negligente en su salud y vida”. “No era franco ni escaso; no pregonaba lo que daba. Procuraba mucho por la hacienda del rey. Jugaba largo con todos, sin hacer diferencia entre buenos y ruines” (Gomara: Cap. CXLIV).

[7] El 28 de septiembre del 2015 se realizó un eclipse lunar de estas características, que tuve la oportunidad de ver. Al interponerse la tierra entre el sol y la luna se dispersa la luz azul y verde procedente de los rayos solares, y sólo pasan los rojos, de modo que la luna queda iluminada por la luz que refracta la atmósfera terrestre, por lo que toma un color rojizo y a veces negruzco. Es un hecho natural y hoy no se le da mayor importancia, aunque es algo espectacular. Pero en aquella época, al no encontrarle explicación, se consideraba un signo de mal augurio. En los poemas épicos los presagios astrales tienen gran importancia, e incluso algunos escritores actuales siguen utilizándolo en sus novelas, porque persiste en el pensamiento popular. Sánchez Ferlosio, en el Jarama, antes de que muera la chica ahogada en el río, describe una gran luna llena muy luminosa.

[8] Cieza de León afirma que Cristóbal de Sotelo fue el que detuvo la realización del crimen dando la explicación expuesta. Vid. Chupas: Cap. XXIX.

[9] Aquí se refiere a Francisco de Chaves, el favorito de Francisco Pizarro, natural de Trujillo en Extremadura. Raúl Porras cree que llegó al Perú en el 1536, aunque es posibilidad de que hubiera estado en la captura de Atahualpa, en Cajamarca. El Gobernador lo favoreció muy pronto, y el 12 de noviembre de 1536 le concede la encomienda del cacique Lurigancho, y en enero del 1537, un solar en Lima, de cuya ciudad fue teniente de gobernador en ausencia de Pizarro del 1538 al 1540. Le vuelve a donar otra encomienda en el 1538 y ese mismo año se casa con la acaudalada viuda de Martín Estete, doña María de Escobar. Pizarro le nombró tutor de sus hijos en el testamento del 1537. Zárate asegura que era el hombre más principal en el Perú después del Marqués. De igual opinión fue Lohmann.

[10] Predomina en la mayoría de los cronistas el apellido Rada, aunque nosotros hemos tomado el de Herrada, que utilizan otros muchos. Incluso algunos lo denominan Herrera.

[11] Almagro encargó en su testamento la tutoría de su hijo a Diego de Alvarado hasta que llegara a la mayoría de edad y se hiciera cargo de la gobernación de Nueva Toledo, pero al marchar Alvarado a España se hizo cargo del joven Juan de Rada o de Herrada.

[12] Este clérigo vizcaíno, después del asesinato de Pizarro, salió por la costa peruana a caballo con una cota de mallas sobre la sotana y un puñal a la cintura, proclamando la muerte del Marqués. En la revolución de Gonzalo tomó partido por el Rey.

[13] Valdés fue a la casa de Almagro tan pronto terminó la misa el cura vizcaíno. Raúl Porras cree que las rivalidades regionales españolas se pusieron de manifiesto en el asesinato del Gobernador, pues la mayoría de los que intervinieron en los momentos claves eran vizcaínos. Sin embargo, considero que es excesivo establecer este juicio a mi modo de ver con poco fundamento.

[14] Vid. Pizarro, 1571: Cap. XXVIII.

[15] Vid. Porras Barrenechea, 1978: 601.

[16] Zárate, lib. IV: Cap. XVII, piensa que sería entre las doce y la una del mediodía, puesto que la gente estaba sosegada en sus casas y los criados del Marqués se habían ido a comer. Y admite el mismo número de participantes en el crimen y el mismo grito que Gomara y Garcilaso.

[17] No se ponen de acuerdo los diferentes cronistas en el número de asaltantes que fueron al domicilio del Gobernador. López de Gomara, Cap. CXLIV, dice que fueron once, elegidos por Juan de Rada, porque no cita a Gómez Pérez. El Inca Garcilaso, que toma los nombres de Gomara, completa el número. Cuneo-Vidal, Cap. LI, admite los mismos nombres que Garcilaso y da poca información novedosa al proceso del ajusticiamiento. Pedro Pizarro habla de quince o dieciséis los asaltantes. Cieza de León aumenta el número a veinte o treinta, y Raúl Porras mantiene el mismo número de participantes directamente en el crimen que el anterior. Algunos de los que cita Cieza son: Baltasar Gómez, Diego de Hoces, Juan Guzmán, Juan Sajo, natural de Navarra; Francisco Núñez, de Granada; Juan Rodríguez Barragán, natural de los Santos; Porras, de Ciudad Rodrigo; Jerónimo de Almagro; Bartolomé de Inciso; etc.

[18] Mendiburu, T. II, asegura que Francisco de Chaves, el Almagrista, participó en la preparación del asesinato del Gobernador, pero no intervino directamente porque se quedó al cuidado de Diego Almagro, el Mozo.

[19] López de Gomara afirma que el crimen se cometió el día de San Juan. Los asaltantes se dirigieron a la casa de Pizarro vociferando “Muera el tirano, muera el traidor, que ha hecho matar a Vaca de Castro” (Gomara: Cap. CXLIV).

[20] Esta parentela entre los dos Chaves, el almagristas y el pizarrista, lo atestigua el Inca Garcilaso, lib. II: Cap. XXXVI, donde al referirse al primero asegura que “era primo hermano de otro de su nombre, íntimo amigo del Marqués”.

[21] Se cree que este tal Barragán, antiguo criado de Pizarro, cuando éste estaba gravemente herido pidiendo confesión, le dio un gran golpe en la cabeza con una alcarraza de plata que contenía agua. La ingratitud se puso de manifiesto en este personaje vil que mordió la mano de quien en tiempos le dio de comer.

[22] Algunos cronistas consideran que Ortiz de Zárate fue el que avisó a los almagristas de que el doctor Velázquez quería matarlos por orden del Marqués, pero Cieza considera que era un bulo del pueblo y que no hubo tal mensaje, pues él también fue herido en el asalto a la casa del Gobernador. Raúl Porras afirma que era el espía que estaba en la casa de Pizarro la mañana del crimen e informaba a los de Chile de lo que allí sucedía, luego fue gobernador de Río de la Plata.

[23] Pizarro casó a su criado Ampuero con doña Inés, la madre de los dos hijos mayores del Conquistador, que luego se convertiría en un personaje importante de la política local. Por entonces ya se había celebrado dicho matrimonio, pues se piensa que fue a finales del 1538 o principios del 39, antes de que naciera el primer hijo de las nuevas relaciones del Marqués con doña Angelina.

[24] Pedro Pizarro afirma que el paje se llamaba Tordoya sin aclarar más. Mientas que Cieza cree que el grito de Diego de Vargas fue: ¡Armas, armas, que los de Chile vienen a matar a mi Señor!

[25] Pedro Pizarro pone tan solo esas palabras en boca de Chaves, pero Cieza asegura que Chaves al verlos venir dijo: “¿Señores qué es esto? No se entiendan conmigo en enojo que traéis con el Marqués que yo siempre fui amigo”. Arbolancha le dio una estocada mortal, que luego el capitán Francisco de Chaves cayó dando arcadas con las ansias de la muerte, y fue rodando hasta el patio (Chupas: Cap. XXXI). Garcilaso asegura que Chaves entendió que sería alguna pendencia entre soldados y salió a apaciguarla, cuando subían los amotinados las escaleras. Y turbado, al verlos, preguntó: “¿Qué es lo que mandan vuesas mercedes?”. Recibió por respuesta una estocada, luego otro le cortó la cabeza y rodó el cuerpo las escaleras abajo (Gomara, Cap. CXLIV) y (Inca Garcilaso, lib. III: Cap. VII).

[26] López de Gomara describe así la muerte del Marqués: Cunando terminó de armarse Pizarro ya habían muerto los dos pajes y sólo quedaba en la lucha Francisco Martín de Alcántara, al que dijo: “¡A ellos, hermano; que nosotros bastamos para estos traidores!”. Cayó luego Francisco Martín, y Pizarro esgrimía la espada tan diestro, que ninguno se acercaba, por valiente que fuese. “Rempujó Rada a Narváez, en que se ocupase. Embarazado Pizarro en matar aquél, cargaron todos en él y retrujéronlo a la cámara, donde cayó de una estocada que por la garganta le dieron. Murió pidiendo confesión y haciendo la cruz, sin que nadie dijese «Dios te perdone», a 24 de junio, año de 1541” (Gomara: Cap. CXLIV). Como se puede comprobar Gomara adelanta en dos días la muerte del Marqués, sin citar la hora en que sucedió.

[27] Este libro estuvo perdido desde el siglo XVI que lo escribió Cieza y se publica por primera vez en el año 1881, conforme al manuscrito propiedad de los señores Marqués de Fuensanta del Valle y D. José Sancho Rayón, colección de Documentos Inéditos para la Historia de España, T. LXXVI. Madrid.

[28] El autor prolonga el título del libro con lo siguiente: “… y de las guerras y cosas señaladas en ellas, acaecidas hasta el vencimiento de Gonzalo Pizarro y de sus secuaces, que en ella se rebelaron contra S M, el rey Felipe II”. Nosotros hemos preferido acortarlo porque así aparece en otros lugares.