Oct 012002
 

Francisco Vicente Calle Calle.

Como indica el título de esta ponencia, dos son los elementos fundamentales en torno a los que va a girar: la leyenda de la Serrana de la Vera y un capítulo de la novela titulada Cumbres de Extremadura, escrita por José Herrera Petere[1].

El primero de los elementos citados, la leyenda de la Serrana de la Vera, es bastante conocido. A pesar de ello vamos a presentar un resumen de la misma siguiendo las palabras del historiador jarandillano del siglo XVII Gabriel Azedo de la Berruela, uno de sus primeros estudiosos:

(…) Fue esta determinada serrana natural de Garganta la Olla, lugar bien conocido en la Vera de Plasencia, e hija de muy honrados padres (…). Puso los ojos esta bella serrana en un joven, natural de su mismo lugar, y conociendo sus padres el empeño en que su hija estaba, trataron divertirla por otro camino, proponiéndola un casamiento, al parecer, conforme a su calidad y estado (…). Mas (…) dijo a sus padres que no había de ser otro su esposo sino aquel a quien ella tenía más que rendida su voluntad; y viendo la repugnancia que los padres hacían en darla gusto, (…) determinose y como desesperada se salió de casa de sus padres y se fue como perdida a habitar entre las fieras que esconde la gran fragosidad de aquellas altas y empinadas sierras. (…). Dio esta hermosísima serrana, habitadora de los montes en salirse a los caminos con una flecha al hombro y una honda en la mano, y (…) salteaba a todos los pasajeros y caminantes que encontraba, y si no querían ir de grado y de su voluntad, los llevaba por fuerza a su cueva, y allí les quitaba lo que llevaban. Entreteníalos el tiempo que le parecía, haciéndoles perder el miedo y regalándolos lo mejor que podía con perdices y conejos que cazaba (…). Después de estos y otros muchos entretenimientos que con los pasajeros tenía, hacía que hubiesen sus gustos y deleites con ella; y después, por no ser conocida ni descubierta, les quitaba la vida (…). Esta es, en suma, la historia de la Serrana de la Vera[2]”.

En cuanto al segundo elemento, la novela Cumbres de Extremadura, decir que se trata como señala su subtítulo de una novela de guerrilleros, escrita en 1938 por José Herrera Petere. En ella se cuentan los avatares de Bohemundo, pastor del pueblo de Torviscoso (Cáceres), al que el estallido de la guerra civil va a convertir en jefe de un grupo de guerrilleros que luchará por tierras de Extremadura.

Su autor José Emilio Herrera Aguilera, (Guadalajara 1909-Ginebra 1977) (“Petere” era un apelativo cariñoso con el que le conocía su madre), fue uno de los principales poetas de la Generación del 27, combativo y comprometido. En 1931 publicó sus primeros poemas de tono surrealista. Durante 1933 y 1934 colaboró en la revista Octubre, dirigida por Rafael Alberti.

Antes del comienzo de la guerra civil, ingresó en el Partido Comunista, y en el transcurso de aquélla se alistó como voluntario en el bando republicano. Su participación activa en la contienda le llevó a escribir romances, canciones, obras de teatro, cuentos y novelas cuyo tema fundamental eran los avatares de la guerra, vistos, como en la novela que nos ocupa, desde una perspectiva muy personal. Por Acero de Madrid (1938), narración épica sobre la defensa de Madrid, le concedieron el Premio Nacional de Literatura.

Al terminar la guerra civil emprendió el camino del exilio. Estuvo en el campo de concentración francés de Saint-Cyprien, y desde allí se marchó a París y más tarde a Méjico. Tras su estancia en Méjico, en 1947 se trasladó a Ginebra (Suiza) como funcionario de la OIT, donde siguió escribiendo hasta su muerte en 1977.

Hecha esta introducción, y antes de analizar el capítulo octavo de la primera parte o cumbre de la novela y compararlo con las diferentes versiones del romance de la Serrana de la Vera, queremos señalar que en los capítulos precedentes se ha narrado cómo la sublevación sorprende a Bohemundo en Jarandilla, y cómo tiene que tirarse a la sierra Llana. También se nos cuentan sus primeras escaramuzas con los nacionales y cómo, una mañana caliente de verano, tras dejar a un lado Tornavacas, Jerte y Cabezuela, cayó por encima de Garganta la Olla (p. 40).

El capítulo octavo lleva por título “Allá en Garganta la Olla”. Es imposible no relacionar de inmediato este título con el primer verso de varias de las múltiples versiones que existen del Romance de la Serrana de la Vera:

Allá en Garganta la Olla

En la Vera de Plasencia

(…)

Ante este título, el lector avisado, que va siguiendo la azarosa huída de Bohemundo de Torviscoso por la sierra de Tormantos, debe ya darse cuenta de que hay muchas posibilidades de que el protagonista encuentre problemas en dicho pueblo. Esta sensación viene además avalada por la frase que cierra el capítulo precedente: “Bohemundo acababa de entrar en plena España fascista. Necesitaba andar con cuidado” (p. 42).

Lo que va a ocurrir a partir del momento en que Bohemundo llega a Garganta la Olla puede considerarse como una reescritura del romance de la Serrana de la Vera. Como vamos a ver, se trata de un “exercice de style” interesantísimo en el que José Herrera Petere no sólo muestra su gran conocimiento del mito, sino que además lo transforma sabiamente adaptándolo a las particulares circunstancias históricas y vitales en las que se halla inmerso el protagonista de su novela.

Según los estudiosos del romance, éste se divide en cuatro unidades temáticas:

  1. Retrato de la Serrana: vinculado a su conducta y comportamiento.
  2. Encuentro con un “intruso”: el leñador, el serrano, el pastor, el soldado, que nos vincula al hábitat de la serrana: cueva, montaña agreste…
  3. Engaño de que es objeto por el citado “intruso”, y persecución furiosa.
  4. Enigma final, definido o no, acerca del personaje al ser descubierto[3].

Como acabamos de señalar, José Herrera Petere maneja y adapta a su antojo la estructura original del romance. Así, en lugar de darnos al comienzo del capítulo elretrato de la serrana, lo que hace es darnos el de Bohemundo, a quien podemos calificar como “el serrano”, pues no en vano, acaba de descender de la sierra de Tormantos. He aquí la descripción de su entrada en Garganta la Olla:

Cuando un hombre tiene hambre, los campos parecen hogazas, los ríos vasos de vino blanco vertidos, el aire huele a cochifrito.

En ese estado entró Bohemundo en Garganta la Olla. Tenía hambre. Además su cuerpo era gigantesco; su espalda, corva de puro musculada. Si se estiraba y se subía el pantalón «podía hacer conquistas”. Al hombro traía una zamarra y en sus ojos sus treinta y cinco años de astucia”. (p. 43)

Si comparamos el retrato de Bohemundo con el de la Serrana del romance, podemos ver que ambos personajes comparten varias características como son su gigantismo y su hambre, ya de alimentos, ya de hombres, o de hembras, en el caso de Bohemundo:

Allá en Garganta la Olla,
siete leguas de Plasencia,
habitaba una Serrana
alta, rubia y sandunguera.

Con vara y media de pecho,
cuarta y media de muñeca
con una trenza de pelo
que a los zancajos le llega.

La Serrana es cazadora.
la cintura lleva llena
de perdices y conejos,
de tórtolas y aligüeñas.

Cuando tiene ganas de agua
se baja pa la ribera;
cuando tiene ganas de hombres
se sube a las altas peñas.
 (p. 176)

Al contrario de lo que ocurre en las diferentes versiones del romance, en las que la Serrana se lleva a su cueva al “intruso”, que puede ser un “pastorcillo”, un “soldadito”, un leñador, un “pajecito”, un “serranillo”, un caminante o un caballero, aquí, es el “intruso”, Bohemundo, que es pastor (p. 21; p. 35), quien se introducemotu proprio en el territorio de la Serrana, es decir, en Garganta la Olla.

El lugar donde vive la Serrana también es diametralmente opuesto en el romance y en el capítulo que estamos analizando. Si en el primero se trata de una cueva que se encuentra en lo más espeso del bosque:

No le lleva por caminos
Ni tampoco por veredas,
Lo lleva por altos montes,
Por donde nadie lo vea.
(p. 176)
Tomárame por la mano
para guiarme a su cueva;
no me lleva por caminos,
ni tampoco por veredas,
sino un robledal arriba
espeso como la hierba
(p. 178)

En el segundo, se trata de una posada, lugar público y de acogida, al que se llega por un camino empedrado y que se encuentra enclavado en medio de lo que pudiéramos calificar como un locus amoenus:

Más abajo divisó un pueblo pequeño, rodeado de robledales y cerros color de vino, atravesado por un arroyo de agua de jabón donde lavaban centenares de mujeres; cerca, la ropa tendida parecía nieve: era Garganta la Olla”. (p. 42).

Dejó de lado varios campos de patatas; cruzó callejas empedradas, sobre el agua de jabón.
A la posada se entraba por un corral grande, lleno de perros y de gallinas.
Una mujer sacaba agua de un pozo y peinaba sus cabellos negros con un peine niquelado; otra, echaba de comer a las gallinas, imitando graciosamente su canto”. (p. 43)

El único elemento negativo del lugar parece ser un “retrato del «generalísimo» Franco, en el que aparecía en una actitud que quería ser arrogante (…)” (p. 43), aunque a Bohemundo no le impresiona en absoluto, pues él ve tal actitud como “la de una croqueta enharinada”. (p. 43). Por ello, “Bohemundo entró decididamente en la cocina, atraído por el olor de los guisos, como el río de la vida por el mar de la muerte”. (p. 44).

Aquí se encuentra con una mujer, la hija del posadero, que era viuda, y que comparte con la Serrana del romance algunas características; por ejemplo su sensualidad:

Salteome una serrana
Blanca, rubia, ojimorena.
(p. 161)Sus hermosos ojos negros
Saltean como ella mesma;
Pues si ella quita las vidas,
Ellos matan y dan penas.
(p. 163)
Una mujer de ojos morenos, tal vez demasiado vivos, blanca, de dientes demasiado salientes, cara ovalada, de busto prominente, como dos rocas hermanas, cuerpo abundante como un río crecido, y pantorrillas como dos botellas de champán invertidas.”“La viuda estaba blanca, rubia, ojimorena, y caracoleaba apoyada en la pared”.
(p. 44)

Pero la sensualidad no está reñida, ni en el romance ni en la novela, con ciertos elementos que hacen de la serrana y de la posadera dos mujeres no muy “femeninas”:

Es hombruna y zanquilarga,
membruda y ojimorena,
y se baña desnuda
en los charcos de la sierra.
(p.166)Con vara y media de pecho,
cuarta y media de muñeca,
con una trenza de pelo
que a los zancajos le llega.
(p. 182)
No le pasó por alto el detalle que fumaba y bebía como un carretero”.
(p. 44)

Lo mismo que la Serrana, la hija del posadero ofrece a Bohemundo comida y cama:

De perdices y conejos
sirvióme muy rica cena,
de pan blanco y de buen vino
y de su cara risueña.
Si buena cena me dio
muy mejor cama me diera;
sobre pieles de venado
su mantellina tendiera.

(p. 179)
Aquí tenemos longanizas y huevos. Cama ya la arreglaremos aquí mismo en la cocina”.
(p. 44)

Hasta aquí llegaría la segunda unidad temática del romance, el encuentro con el “intruso” y la presentación del hábitat de la Serrana. Al referirse a este encuentro, Julio Caro Baroja señala en un artículo sobre la Serrana de la Vera que “a todo hombre que encuentra lo seduce, lo lleva a su vivienda y lo sume en un estado grande de erotismo[4]”. Este estado es reflejado con gran maestría por José Herrera Petere. El erotismo aparece por primera vez en la descripción de la viuda, sobre todo cuando explica como son su busto, su cuerpo y sus pantorrillas: “(…) busto prominente, como dos rocas hermanas, cuerpo abundante como un río crecido, y pantorrillas como dos botellas de champán invertidas” (p. 44); también está presente cuando la mujer le ofrece cama y comida, consistente esta última en ¡longanizas y huevos!; las frases “la viuda se abría, se abría como una rosa” y “caracoleaba apoyada en la pared” (p. 44), no dejan lugar a ninguna duda, así como las siguientes descripciones: “La viuda tenía medio desabrochada la blusa, y con sus dedos gordos se quitaba pajas y hierbas que tenía esparcidas por hombros y cuello. Empezó a mascar un trocito de lechuga” (p. 45); “(…) ella estaba medio desnuda, martilleando con los dedos en una sartén y mirando con ojos fijos a Bohemundo. Bohemundo la contemplaba también. ¡Cómo le gustaba en esa postura!” (p. 45). La frase “en la sartén hervía fragorosamente una morcilla, con el ruido de una inmensa catarata” (p. 45), resume magistralmente el ambiente cargado de erotismo que impregna toda la escena.

Al final, y como cabía esperar después del ambiente cargado de erotismo que se había creado en la cocina,

Bohemundo probó fortuna y la obtuvo. Le rodeó el talle y quedó clavado y atado de sus ojos como de dos ventosas. Después de una conversación no muy larga, saltó la cerca.

Las uvas -viudas y, por lo tanto, supongamos que negras- estaban maduras. Saboreándolas le sorprendió el atardecer, el amanecer, el día siguiente (…). Estaba decidido a quedarse allí unos días” (p. 45).

Llegados a este punto del análisis, volvamos un poco hacia atrás. Como ya señalamos, una de las unidades temáticas del romance es el engaño que por parte del intruso sufre la Serrana. En las diferentes versiones se dice que éste era “un tuno” (p. 172), “que no fue torpe” (p. 176), que era “prevenido” (p. 178), o “astuto” (pp. 177, 182). Su astucia le va a servir para escapar, dejando entreabierta la puerta, del antro de la Serrana, que está lleno de huesos y de calaveras de los incautos que le han precedido.

José Herrera Petere también nos pinta al “intruso” Bohemundo como un hombre listo que pretende burlar no sólo a la viuda sino también a su padre, “(…) el tío Damián Luces, un viejo caciquillo de pueblo, jorobado, elegido presidente de la Falange Española y de las J.O.N.S., sector de Garganta la Olla. [Éste] tenía fama de listo y de brujo, pero, a pesar de eso, [Bohemundo] no le tenía miedo. Cuando volviese esperaba ser «más papista que el papa», más «sinvergüenza» y más «pillo», y conseguir un salvoconducto de él mismo y luego hacer todo el daño que pudiese. Un demonio sarcástico y marrullero se había despertado dentro de él” (p. 44).

Sin embargo, los planes no van a salir tal y como Bohemundo había previsto. La llegada inesperada del posadero, que sorprende a la pareja, precipita los acontecimientos y da lugar a que se produzca la segunda parte de la tercera unidad temática: la huída y la persecución. Pero antes de analizarlas en detalle, detengámonos un momento en la descripción del posadero, que aparece a los ojos de Bohemundo como un hombre cargado de tales connotaciones negativas que lo convierten en un ser casi demoníaco, lo que en cierto modo explica el carácter endiablado de la hija:

El posadero se acercó a ellos, tambaleándose (…). Venía seguramente algo bebido, marcando el paso y gritando acompasadamente: -¡Bien, valientes soldaditos! ¡Bien, valientes soldaditos!

Iba vestido con traje gris, anticuado, y gorra negra; era un tipo raro, calvo, con gafas de oro, ojos de mujer, nariz aguileña, pies de macho; en la solapa llevaba la insignia de Falange, y en la mano un periódico fascista de Cáceres.

-¡Arriba España! -gritó con voz quebrada y ojos que parecían dos ratones en celo- ¿Otra tenemos? -preguntó amenazador a su hija, al darse cuenta de la situación-. ¡Está visto que yo no puedo dejarte sola!”(pp. 45-46).

Sorprendida, quizás una vez más, por su padre, “la viuda ojimorena” actúa como la Serrana que “a cuchillo pasaba [a los hombres] porque no la descubrieran” (p. 163). Para ello, “cambi[ando] de repente de actitud y de tono (…) dijo: “Este es Bohemundo de Torviscoso, un rojo que viene huido. Ha tratado de abusar de mí, pero ¡la Virgen de Guadalupe me ha defendido! Ahora no sé cómo echarle de casa sin dar lugar a escándalo”. (p. 46). Una vez más, Herrera Petere trastoca el romance pues no es la Serrana quien es engañada por el “intruso”, sino el intruso mismo, personificado por Bohemundo quien es engañado por la Serrana-posadera al acusarle ante su padre de querer abusar de ella. Pero como dice la voz del narrador “(…) ya se sabe que el hombre más tuno es siempre un pardillo al lado de cualquiera mujer lista”.

Ante el gesto del posadero de meter una mano en el bolsillo, Bohemundo, “rápido como el rayo”, le da un golpe con la sartén y, tras haber empujado a la viuda y arrancado una ristra de morcillas, saltó las tapias del corral y “corrió como un desesperado” (p. 46).

Es en esta parte final donde se produce el mayor grado de identificación entre la viuda y la Serrana, pues no en vano aparece descrita como una mujer que tenía“(…) la más maligna mirada de sus ojos penetrantes” (p. 46) y cuya “(…) voz silbaba entre sus gruesos labios y sus agudos dientes”. (p. 46). “Daba gritos histéricos e infernales”, y sus ojos y sus dientes “relucían como cuchillos” (p. 46). Todo ello nos recuerda claramente a la Serrana de los romances “bramando y gritando como una fiera”, mientras persigue al intruso, al menos un cuarto de legua.

Cuatro son las que pone de por medio Bohemundo entre él y la posadera de Garganta la Olla a la que califica por última vez como «”fumadora, borracha y amiga de hombres”. Traidora, “fina como la serpiente” y lasciva como una perra primaveral», (p. 47) expresiones que, una vez más, acercan la posadera al personaje de la Serrana.

La última relación entre el romance y el capítulo octavo aparece en la frase: “¡Lástima que se le había quedado olvidado el zurrón y la gorra!” (p. 47), en la que se evoca el hecho que el “intruso” al huir deja olvidada la montera o la pierde al ser alcanzado por una de las piedras que le arroja la Serrana (pp. 172, 176, 177, 181, 183, 204, 205, 207). El final de la tercera unidad temática también es trastocado por José Herrera Petere, pues si bien es verdad que Bohemundo en su huída pierde, al igual que el “intruso”, la gorra y el zurrón, en cambio no recibe golpe alguno por parte de la serrana-posadera. Al contrario, es él quien golpea al padre de la misma, además de llevarse consigo una ristra de morcillas, exiguo trofeo que simboliza, sin embargo, el triunfo sobre sus enemigos.

En cuanto a la cuarta y última unida temática, el enigma final de la Serrana, José Herrera Petere no hace ninguna alusión al mismo ya que el capítulo se cierra con la llegada de Bohemundo al Tajo, al que, quizás influido por la experiencia que acaba de vivir, ve como una mujer mala, con su corriente verde y rápida. (p. 47).

A pesar de la ausencia de la cuarta unidad temática, creemos que existe una estrecha relación entre el capítulo octavo de la primera parte de la novela Cumbres de Extremadura y la leyenda-romance de la Serrana de la Vera, tal y como hemos intentado demostrar en este breve análisis.

Esperamos que estas líneas hayan servido no sólo para profundizar un poco más en los estudios que en torno a la figura de la Serrana existen, sino también para dar a conocer la novela Cumbres de Extremadura, así como la figura de su autor, al que, como a tantos otros, la guerra civil truncó una brillante trayectoria vital y literaria en su patria.

Anexos (Textos y bibliografía sobre José Herrera Petere)

Romance de la Serrana de la Vera. (Versión sacada de www.comarcadelavera.com/Refs/R0051.htm)

Allá en Garganta la Olla
por las Sierras de la Vera
se pasea la Serrana bien
calada su montera;
Con la honda en la cintura
y terciada su escopeta.
Se ha encontrado un pastorcillo,
que jugaba a la rayuela,
y le dice… pastorcito
bien remachan tus ovejas.
Remachen o no remachen,
¿qué cuidado la da a ella?…
Pastorcito, pastorcito,
¿sabes tocar la vihuela?…
Sí señora, sí señora,
y el rabel si usted me diera.
Le ha cogido por la mano.
Le lleva para su cueva,
no le lleva por caminos
ni tampoco por veredas.
Le lleva por unos montes
más espesos que la yerba.
Pastorcito, pastorcito,
esta noche rica cena,
de perdices y conejos
la petrina traigo llena.
En lo más alto del monte
se encontraron ya en la cueva;
cuando entraron, la Serrana
le mandó cerrar la puerta;
y el pastor, como era diestro
la ha dejado medio abierta.
Agarrado por la mano
le ha subido la escalera;
le mandó luego hacer lumbre,
y al resplandor de la hoguera
ha visto un montón de huesos,
y un montón de calaveras.
¿Cuyos son aquestos huesos
y estas tantas calaveras?
De hombres que yo he matado
por esos montes y sierras,
como contigo he de hacer
cuando mi voluntad sea.
Pastorcito, pastorcito,
toma y toca esa vihuela…
El pastor no se atrevía…
Y a tocar le obligó ella…
La Serrana se durmió
al compás de la vihuela;
el pastor la vio dormida
y se echó la puerta afuera.
La Serrana despertó…
Aullando como una fiera.
Y saltando como una corza
lo siguió un cuarto de legua.
Pastorcito…, pastorcito…
Que la cayada te dejas.
Mucho palo hay en el monte
para hacer otra más buena.
Pastorcito…, pastorcito…
Que te dejas una oveja.
Aunque cien mil me dejara,
a por ellas no volviera.
Con la honda, la Serrana
tiró al pastor una piedra,
que si no es por una encina
le derriba la cabeza.
Anda, le dice, villano,
que me dejas descubierta;
que mi padre era pastor,
y mi madre fue una yegua.
Que mi padre comía pan,
y mi madre pacía yerba.

Texto del capítulo octavo de la primera parte de Cumbres de Extremadura.

Cuando un hombre tiene hambre, los campos parecen hogazas tostadas, los ríos vasos de vino blanco vertidos, el aire huele a cochifrito.

En ese estado entró Bohemundo en Garganta la Olla. Tenía hambre. Además su cuerpo era gigantesco; su espalda, corva de puro musculada. Si se estiraba y se subía el pantalón podía «hacer conquistas”. Al hombro traía una zamarra y en los ojos sus treinta y cinco años de astucia.

Dejó de lado varios campos de patatas; cruzó callejas empedradas, sobre el agua de jabón.

A la posada se entraba por un corral grande, lleno de perros y de gallinas.

Una mujer sacaba agua de un pozo y peinaba sus cabellos negros con un peine niquelado; otra, echaba de comer a las gallinas, imitando graciosamente su canto. Bohemundo se subió el pantalón, se estiró la blusa, arrugó la nariz y los ojos.

En una pared había un retrato del «generalísimo» Franco, en el que aparecía en actitud que quería ser arrogante y resultaba la de una croqueta enharinada. (p. 43)

Bohemundo entró decididamente en la cocina, atraído por el olor de los guisos, como el río de la vida por el mar de la muerte.

– A vé!* -le contestó una mujer de ojos morenos, tal vez demasiado vivos, blanca, de dientes demasiado salientes, de cara ovalada, de busto prominente, como dos rocas hermanas, cuerpo abundante como un río crecido, y pantorrillas como botellas de champán invertidas-. Conque ¿viene usted enviado por el cura de Baños de Montemayor? Aquí tenemos longanizas y huevos. Cama ya la arreglaremos aquí mismo, en la cocina.

Era una viuda. La hija del posadero, el tío Damián un viejo caciquillo de pueblo, jorobado, elegido presidente de la Falange Española y de las J.O.N.S., sector de Garganta la Olla.

Bohemundo se enteró de que en el pueblo tenía fama de listo y de brujo, pero, a pesar de eso, no le tenía miedo. Cuando volviese esperaba ser «más papista que el papa», más “sinvergüenza» y más «pillo», y conseguir un salvoconducto de él mismo y luego hacer todo el daño que pudiese- Un demonio sarcástico y marrullero se había despertado dentro de él. En cuanto a la viuda se abría, se abría como una rosa, y Bohemundo era de los que sabían distinguir. No se le pasó por alto el detalle de que fumaba y bebía como un carretero.

¡Cucha!** -decía ella-. ¡El hambre que habrá pasao! ¿Quiere más morcilla?

Bohemundo tenía duros y billetes en el bolsillo y se relamía de gusto.

La viuda estaba blanca, rubia, ojimorena, y caracoleaba apoyada en la pared. Apagó un cigarro.

-Hambre sí que me das tú, serrana!

Estaban solos.

Por la puerta entraba un cuadrado de sol y por la ventana (p. 44) se veían los azules y vaporosos montes que encuadran esta comarca. En la sartén hervía fragorosamente una morcilla, con el ruido de una inmensa catarata.

La viuda tenía medio desabrochada la blusa, y con sus dedos gordos se quitaba pajas y hierbas que tenía esparcidas por hombros y cuello. Empezó a mascar un trocito de lechuga. Bohemundo probó fortuna y la obtuvo. Le rodeó el talle y quedó clavado y atado de sus ojos como de dos ventosas. Después de una conversación no muy larga, saltó la cerca.

Las uvas -viudas y, por lo tanto, supongamos que negras- estaban maduras. Saboreándolas, mojadas con aguardiente, le sorprendió el atardecer, el amanecer, el día siguiente y la llegada del posadero, jorobado, brujo y falangista a la vez.

Todo lo esperaba Bohemundo menos lo que sucedió.

-¡La muy zorra…! Pero, ya se sabe que el hombre más tuno es siempre un pardillo al lado de cualquiera mujer lista.

La viuda ojimorena cambió repentinamente de actitud y de tono.

Cuando entró en la cocina su padre, ella estaba medio desnuda, martilleando con los dedos en una sartén y mirando con ojos fijos a Bohemundo.

Bohemundo la contemplaba también. ¡Cómo le gustaba en esa postura! Se había olvidado de la guerra, de que iba huido. Estaba decidido a quedarse allí unos días.

El posadero se acercó a ellos, tambaleándose, después de haber mandado encerrar las mulas en la cuadra.

Venía seguramente algo bebido, marcando el paso y gritando acompasadamente:

-¡Bien, valientes soldaditos! ¡Bien, valientes soldaditos!

Iba vestido con traje gris, anticuado, y gorra negra; era un tipo raro, calvo, con gafas de oro, ojos de mujer, nariz aguileña, labios gordos, orejas puntiagudas, manos de usurero, pies de macho; en la solapa llevaba la insignia (p. 45) de Fa1ange, y en la mano un periódico fascista de Cáceres.

-¡Arriba España! -gritó con voz quebrada y ojos que dos ratones en celo- ¿Otra tenemos? -preguntó amenazador a su hija, al darse cuenta de la situación-. ¡Está visto que yo no puedo dejarte sola!

La viuda ojimorena, cambió de repente de actitud y de tono.

-Padre -dijo con voz que silbaba entre sus gruesos labios y sus agudos dientes, y con la más maligna mirada os penetrantes-, este es Bohemundo de Torviscoso, un rojo que viene huido. Ha tratado de abusar de mí, pero ¡la Virgen de Guadalupe me ha defendido! Ahora no sé cómo echarle de casa sin dar lugar a escándalo.

Bohemundo se puso en pie, atontado. El posadero inició una mueca o sonrisa, y metió la mano en el bolsillo de la chaqueta…

Rápido como el rayo, Bohemundo arrancó la sartén de las manos de la hija, y le dio al posadero con ella en la cabeza, tan fuerte, que lo tiró al suelo sin sentido.

La hija daba histéricos gritos, pero Bohemundo los acalló cantando con voz aún más fuerte una copla verata. Una zafra se derramó por el suelo, y el aceite llegó hasta la chimenea donde se incendió. Toda esa escena coincidió con una pelea de perros que tenía lugar a la puerta de la casa, y a la cual debió Bohemundo en gran parte que los gritos de la viuda no se hubiesen oído.

El sol seguía penetrando con toda libertad por puertas y las ventanas. A lo lejos se veían los montes azulados. Los ojos y los dientes de la viuda relucían como cuchillos.

Bohemundo le dio otro empellón, arrancó una ristra de morcillas que había colgada y, rápido como el aire colado, saltó las tapias del corral. Corrió como un desesperado.

Ya empezaba a congregarse la gente.

Hasta cuatro leguas del pueblo no paró. Todavía le parecía estar oyendo los gritos infernales de la posadera de (p. 46) Garganta la Olla, «fumadora, borracha y amiga de hombres». Traidora, «fina como la serpiente», y lasciva como una perra primaveral. ¡Lástima que se le había quedado olvidado el zurrón y la gorra!

Bohemundo corrió durante toda la noche hasta llegar a las orillas del Tajo.

¡Qué verde y rápida era su corriente! ¡Parecía una mujer mala!

¡Qué lomos de espuma! ¡Qué solapas! El viento acariciaba sus cabellos. (p. 47)

Bibliografía sobre José Herrera Petere.

José Herrera Petere: Artículos publicados en El Nacional de México, ed. de Narciso Alba, Ediciones de la Torre, Madrid, 1996.

Narciso Alba: «Herrera Petere o la nostalgia de España», en Castellanos sin Mancha. Exiliados Castellano-Manchegos tras la Guerra Civil, ed. de Jesús Gálvez Yagüe, Editorial Rayuela, Sigüenza, 2001, pp. 87-93.

Jesús Gálvez Yagüe: José Herrera Petere. Vida, compromiso político y literatura, Librería Rayuela, Sigüenza, 2000.


NOTAS:

[1] José HERRERA PETERE, Cumbres de Extremadura. Novela de guerrilleros, Barcelona, 1986, Anthropos, (Memoria rota. Exilios y heterodoxias, 9). Todas las citas están sacadas de esta edición de la novela. Sobre José Herrera Petere se puede consultar la bibliografía que aparece al final del trabajo.

[2] Gabriel Azedo de la Berruela y Porras, Amenidades, Florestas y Recreos de la Vera Alta y Baja en la Extremadura, Madrid, 1667. Citado por Delfín HERNÁNDEZ HERNÁNDEZ y Luis MARTÍNEZ TERRÓN, La Serrana de la Vera. Antología y Romancero, Cáceres, 1993, Asociación Cultural “Amigos de la Vera”, (Colección “Ruta Verde, 5), pp. 55-56. Todas las referencias que hagamos a las diferentes versiones del romance de la Serrana estarán sacadas de esta última obra.

[3] Delfín HERNÁNDEZ HERNÁNDEZ y Luis MARTÍNEZ TERRÓN, Op. cit., pp. 187-188.

[4] Ibid., p. 125.